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Full text of "Historia general de España"

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Spa>v /^X.'i. 



f^arfaaríi College líbrarg 




BEQUEST OF 



GEORGINA LOWELL PUTNAM 



OF BOSTON 



Received, July i, 1914. 



HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA. 



/ 








//í.//»-^ 



mSTORIi GENERAL 



DE ESPAÑA, 



K>B 



DON MODESTO LAPTJENTB, 



CoRSEiEiio DE Estado, Vocal del Real Consibjo de iNSTBtTcaoü MBticA 
Individuo de numebo de las Reales Acadehus de la Histobu t de Gien- 
aas mobales t políticas, mlembro correspondiente de la de giencia8 
morales y políticas de bruselas, de la de ciencias di lisboa9 1>b la db 
Buenas Letras de Barcelona , Caballero Gran Cruz de la Rbal t di&* 

TINGUUML orden DE IsaBEL LA CATÓLICA, ETC., ETC., BTC4 



EDICIÓN ECONÓMICA» 



TOMO IX. 



4 



MADRID: 1862. 

tSXmJClSlBIlTO TIPOGRÁFICO DE D. FíSnCISCO DI P. IBUADOi 

* 

CALLE DE SANTA TERESA^ NUMERO %* 



^P«'V\/ÍZ*¿^ 



uly 1, 1914 

Gheorerina Lowell Putnam 



N 






PARTE- TEftCEM. 



z>9 • jT:: ^1 • :^mi "^ K • J 9 J =^Hi - 



D01IINAa(H( DE LA CASA DE AÜSTBIA. 



UBRO V. 



BEINADO DB3 GABLDS Ü. 

cAPimo i 

PROCLAMACIÓN DE CARLOS^ 

PAZ DE AQUISGRAN^ 

Carácter de la thlnh dofta Mariaoa.-EieTaeioii de tu confesor.— Disgusto pAblÍoo.«>Pil- 
meras disidencias entre don laan de Austria y el padre NlHiard.— La guerra eon Porto* ' 
gali^M alhadada situación de aquella corte y de aquel reino.— Negociaciones de pai.« 
Parle que en ellas toman la Inglaterra y la Francia.— Paz entre Portugal y Espafia.-* 
Efidüidaios en la eórte de Lisboa.— Destronamiento de Alfonso VL y regencia de su her- 
mano don Pedro.— Guerra de Flandes morida por Luis XIY.— Rápidas conquistas del 
francés.— Triple alianza de Inglaterra, Holanda y Suecia para detener sus progresos.— 
Condiciones de paz inadmisibles para Espafia.— Apodérase el francos del Franco^Goo* 
dado.— Preparativos de Espafia para aquella guerra.— Congreso de plenipoteoeiarioi 
para tratar de la paz.— Pai de Aquisgran. 

Cuando más necesitaba la monarquía española de ana cabeza esperimenta* 
da y firme y de on brazo robusto y vigoroso, si habia de irse recobrando del 
abaiimicQta en que la dejaron á la muerte del coarto Felipe tantas pérdidas y 



C HISTORIA 1)E ESPAÑA. 

quebrantamientos como habia sufrido» entonces qmo la fatalidad que cayera 
^n las manos inespertas y débiles de un niño de poco mas de cuatro años, de 
constitución física además endeble» miserable y pobre. 

Mucha babria podido suplir la incapacidad del tierno príncipe •! talento de 
h reina madre^ tutora del rey y regente del reino. Pero desgraciadamente era 
doña Mariana de Austria mas caprichosa y terca que discreta y prudente, mas 
ambiciosa de mando que hábil para el gobierno, mas orgullosa que dócil á los 
consejos de personas sabias; y b que era peor, mas amante de los austríacos 
que de los españoles, mas afecta á la corte (le Yiena que á la de Madrid, y para 
quien era poco ó nada la España, todo ó casi todo su antigua casa y familia. Su 
primer anhelo fué dar entrada en el consejo de regencia designado en el tes- 
tamento de Felipe IV. á 80 confesor y consultor favorito el padre Juan Everar- 
doNithard, jesuíta alemán que la reina habia traído consigo, y muy parecido 
á ella ei^el carácter y las condiciones personales. Favoreció á su propositóla 
vacante que á las pocas horas de la muerte del rey quedó en el consejo por fa- 
llecimiento del cardenal Sando^^l, arzobispo de Toledo, para cuya dign'dad 
fué nombrado el inquisidor general don Pascual de Aragón. La reina llamó á 
este último, y eoipleando toda la maña y astucia que para estas cosas poseía, 
y á fuerza de súplicas é instancias consiguió que renunciara el elevado cargo 
de inquisidor general, que confirió inmediatamente y sin consultar con nadie 
á^Bu confesor, diíndole asi cabida en el consejo* 

Gran disgusto, y general murmuración produjo di nombramiento del Padre 
N¡thard,^ya por caer en persona que el pneblo.aborrecia, ya perqué en ello se 
violaban las leyes, del reinOi que no permitían dar á estrangoi os este eminente 
cargo, ya porque era pública yoz haber sido luterano hasta los catorce años. 
Y aunque la reina hizo que se le otorgara carta de naturalización, y hablando á 
todos y á cada uno logré calmar al pronto la tempestad que cpntra el favorito 
se levantaba, quedábanle sin embargo muchos enemigos secretos, que no po- 
dían llevar en paciencia la estensa autoridad que ejercía y la preferencia quo 
en tas. consultas le daba la reina sobre Iqs demás ministros y consejeros. 

.Entre los enemigos del nuevo inquisidor general» y que mas murmuraban 
y coaibatian sa elevación como escandalosa, descollaba el henpano bastardo 
del rey, don Joan, de Austria, qoe se hallaba ya harto resentido de la reina, 
porque la culpaba, no sin alguna razón, asi de haber sido la causa de sus últi- 
mas derrotas, como de haberle hecho caer del cariño y amor de su padre. 

Cuanto más que creyéndose don Juan en. su orgullo el ilnico capaz de calvar 
h monarquía, no podía sufrir que á un estrangero de tan mediana capacidad 
como el confesor se le hubiera encumbrado al inas alto puesto del Estado. Y 
^mo supiese que la reina y el P. Nithard pensaban mandarle salir de la corte. 



PARTE lU. LIBRO V. 7 

anücipóee al mandamieoto» retirándose lleno de indignación á la villa de€on- 

« 

saegra» residencia ordinaria de los grandes priores de Castilla, cuya dignidad 
poseía don Joan, y donde ya antes había estado, menos por sn gusto qae por 
voluntad y arte de la reina. No dejó ésta de recelar, y no se equivocaba mu- 
cho, que iba con el pensamiento de conspirar mejor desde alli contra ella y 
contra sa privado (4), 

Á pesar de lo mal paradas que en la guerra con Portugal babian quedado 
las armas de Gastüla poco antes de morir el rey, con alguna energía de parte 
del gobierno español habria podido todavía intentarse con probabilidades de 
buen éxito la reconquista del reino lusitano, aprovechando el desconcierto y 
desorden en que la corte de Lisboa se hallaba^ ¿ consecuencia de la viciosa y 
desarreglada vida del joven rey don Alfonso, sostenido en su disipada conducta 
y perversas inclinaciones por su favorito el conde de Gastel-Melhor. La reina 
regente sn madre, cansada de sufrir disgustos y amarguras, habia entregado 
los seOos del reino é sa hijo y retiridose á un convento; por último aquellos 
disgustos le acarrearon la muerte. La vida licenciosa del rey y los excesos y 
arbitrariedades del favorito dieron ocasión ¿ que se formara en Portugal un 
gran partido en favor del infante don Pedro, heredero presunto de la corona, 
tanto más, cuanto que se suponia que don Alfonso no podria tener sucesión, á 
causa de una enfermedad que padeció denifio, agravada con sus estragadas cos- 
tumbres. En vez de desvanecerse esta creencia, se fué confirmando después 
de 60 matrimonio con la princesa de Francia, María Isabel Francisca de Sa- 
tx>ya, hija del duque de Nemours, joven de rara hermosura, que traída á Por^ 
tngal, pareció interesar á todos, y principalmente al infante don Pedro, mas 
que al rey, no tardando en sospecharse generalmente que si bien tenía el ti- 
tulo de reina, solo exteriormente y en apariencia le correspondía el de esposa. 
Quiso el de Gastel-Melhor dominarla y gobernarla, como dominaba y goberna- 
ba al rey, pero estrelláronse sus intentos ante la altivez desdefiosa de la prin- 
cesa. Las pesadumbre» y desdichas, y las escenas vergonzosas de que la ha- 
cían ser victima en palacio, excitaron la compasión, y acabaron de robus- 
tecer el partido del infante, pensando ya seriamente en colocarle en el trono 
de su hermano, y constituyéndose él con mucha habilidad en protector de sa 
cuñada, y en reparador de sus oltrages. Entró en este partido el mismo ma- 
riscal franca Schomberg. Ardían en discordias la corte y el palacio de Lisboa, 
reinaba una agitación general, y parecía inminente una guerra civil. Empeñó- 

(I) Proclamaeion ¿e Carlos H. en Ufa- de Austria: M8. de la Biblioteca de la Real 

drid: MS. de La Bibltoteea Nacional.— Bpito- Academia de la Historia: Est. S9, Grad. 6, 

ne histórico de todo lo ocnrrido desde la e. 111.— Pápeles y noticias de la menor edad 

moerte de Felipe IV. hasta la de don Juan de Garlos U.: MS. de la Bibliot. Nación. 



B HISTORIA DE ESPAfiA 

se el infante en alejar de palacio al valido, y Riéndose el de Gastel-Melhor des* 
amparado de todos, salió una noche disfrazado como un malhechor, refugióse 
en un monasterio, y dealli partió para ir á buscar un asilo en Turin (4). 

En vez de aprovecharse el gobierno espaoolde este desconcierto del por- 
tugués para resoj^rar lo qaeeo la guerra había perdido, faltábanle las condicio- 
nes que mas nooesitaba para ello, que eran energía y medios de ejecución. 
Asi, pues, se redujo la guerra á correrías, robos y devastaciones, y á pequefios 
encuentros catre unas y otras tropas, asi por la parte de ESxtremadura como 
porla de Galicia y Castilla, peleando alli por los portugueses Schomberg y 
don Juan de Silva de Souza, por los españoles el príncipe de Parma Alejan- 
dro Farneaio, aqui el condesta^ble de Castilla mandando las armas españolas, 
l^s de Portugal el conde de Prado y Antonio Suarez de Costa (4 666), mas sin 
ocurrir en una ni otra frontera hechos notables que merezcan ocupar un lugar 
histórico» 

Deseaba yalst reina regente de España hacer las paces con Portugal, mo- 
vida, no solo por el convencimiento del poco fruto que esperaba sacar de una 
guerra dispendiosa y molesta de uvas de veinte y cinco años, sino por la ne- 
cesidad, de quedar desembarazada para atender á la que por otra parte nos es- 
taba haciendo Luis XIV. 4e Francia, con infracción del tratado de los Pirineos 
y con elpretesto que luego habremos do ver. Pero la negociación de la paz, 
que aceptaban de buena gana ios portugueses por el estado de abatimiento de 
su reino, en que intervenía el embajador del rey de Inglaterra, y para la 
cual aparentaba por lo. menos ofrecer sa mediación el monarca francés, se 
llevó con lentitud por culpa del misma rey Luis, que interesado en debilitar 
más. y más la Espiiña y mostrándojse amigo del portugués, dábale á escoger 
astutamente eatre obtener condiciones ventajosas de paz, ó continuar la 
guerra, ofreciéndole en esjbe último caso ayudarle con dinero y con tropas de 
mar y tierra, consiguiendo al fin que se decidiera á hacer coa él una liga 
ofensiva y defensiva contra los españoles y sus aliados que había de dorar 
diez años (1667). 

Pero últimamente, persuadidos lod portugueses por la conducta del rey de 
Francia de que eran sacrificados á sus intereses y ambición, y comprendiendo 
la reina regente ^e España el peligro que corría en la dilación de la paz, so- 
licitóse cor urgencia la mediación activa de Carlos II. de Inglaterra, y merced á 
su eficaz cooperación llegó á concluirse el tratado de paz entre Portugal y España 
(43 de febrero, 4668), á los veinte y ocho años de la revolución de aquel rei- 



(4) Firia y Sottsa, Epitome de Uíitoriat general de Porlagal^ 
^9rti\guesa.8, p. lV..c..5.-f-Laclede, Historia 



PARTE III. LIBRO V. 9 

BOt y Otros tantos de ana lucha no tan viva como miñosa y asoladora para' 
ambos paeblos. Por este tratado, qao se ratifí-^ó en Madrid el S3 de febrero, y. 
por el cual venia á reconocerse la independencia de Portugal, se obligaban las 
dos naciones á restituirse las plazas conquistadas, á escepcion de Ceuta, que 
quedaba del donÚDio del rey Católico, al múlao rescate de los prisioneros, al 
restablecimiento del comercio entre ambas naciones, ¿ la anulación de las 
enagenactones de bienes y heredades que se hubiesen hecho, y se dejaba á la 
bigiaterra la facultad de poder entrar en todas las alianzas defensivas y ofen-^ 
sivas que España y Portugal entre si hiciesen (4), 

Cuando esta paz se ajustó, no reinaba ya en Portugal AKonso VI. Sus des- 
ordenes le habian arrastrado hasta perder el trono; las cortes del reino le hi- 
> cieron firmar su propia abdicación de la autoridad regia; la reina, quede 
acuerdo con el infante don Pedro su cuñado se habia fugado de palacio y refn- 
giádose á un monasterio, le escribió desde allí, dicléndole que nadie mejor que 
él sabía que no había sido su esposa, y le pedia su dote. Furioso el rey con es- 
ta carta» corrió al convento, pero halló á la puerta al infante su hermano con 
ios de sq partido, que no solo, le impidió la entradl^, sino que le prendió des- 
pués, aoompañado de la nobleza. Firmada por Alfonso VI. la renuncia del tro- 
no, fué alejado de Lisboa y enviado á las islas Terceras. Los estados del reino 
pusieron el cetro en manos del infante don Pedro, bien que con solo el título 
de regente. Y para complemento de estos escándalos, el cabildo catedral de 
Lióboa, sede vacante, á petición de la misma reina Isabel de Saboya, declaró 
nolo su matrimonio con el rey, como no consumado ¿ pasar de haber llevado 
cerca de quince meses de vida conyugal, y la reina pasó á ser esposa de su 
cañado el infante don Pedro (2). Uno de los primeros cuidados del regente fué 
cdebrar la paz con España, 

La noticia de las paces de Portugal se recibió con la mayor satisfacción en 
Madrid. Tal era ya el estado miserable y abatido de la nación española, y en 
tal necesidad la habia puesto también á la sazón la injusta guecra que por otra 
parte habia movido y Qos estaba haciendo Luis XIV,. de FraQciav de que vamos 
á dar cuenta ahora. 

Había quedado demasiado débil á la muerte de Felipe IV. la España, y 
era demasiado ambicioso de grandeza y dé conquistas Luis XIY. para que re^ 



ti} Colección de Tratados de Pat.— Pa« conde de Sandwich; por Portogal, el duqoo 

lia j SottM, Epitome da Hist. Portug. p. IV, de Cada val, el marqués de Kica, el de Go->. 

c 6.— Los plenipoteDciarios que flrroaroo bea, el de MarialTa, el conde de Uirau Jai^ 

el tralado fueron: por España, don Gaspar j don Pedro de Vieyra y Silva, 
^ Qjro, marqués del Carpió y coode-du- (9) Parla y Soasa, Epítome, p. IT. c & 
H^'e de 01 Tares; por Ing'aterra, Eduardo, 



40 HISTORIA DE ESPARA. 

nunciára á ellas y no se aprovechara de nuestra debilídSd y de la ventajosa 
«itaacíon en qoese hallaba sa reino. Veíase con ejército poderoso, con macha 
y buena artillería» con excelentes generales y con dinero en el tesoro. De todo 
esto carecía España. Pero necesitaba de on protesto para cohonestar la in- 
fracción del solemnísimo pacto de los Pirineos, y este protesto le encontró en 
el derecho que pretendió tener su esposa la reina María Teresa de Austria i 
los estados de Flandes, como hija del primer matrimonio de Felipe IV., con 
preferencia á los de Carlos U., hijo de la ultima muger de aquel rey, y en que 
no se había pagado por la corte de Madrid la dote de la reina estipulada en el 
tratado. Apoyaba lo primero en una ley, la del derecho de devolución^ que 
acaso un leguleyo dijo haber encontrado en los libros del Estado de Brabante. 
En vano fué que jurisconsultos españoles de la reputación de Ramos del Man- 
zano refutaran victoriosamente tan estraña doctrina con sólidas é incontesta- 
bles razones. Conveníale á Luis no dejarse convencer, y remitir el fallo de la 
cuestión á las armas. Pero antes publicó un manifiesto para sincerarse á los 
ojos de Europa, pretendiendo demostrar la justicia que suponía asistirle. He- 
cho lo cual, pasó á la frontera de Flandes para ponerse á la cabeza de treinta 
y cinco mil hombres, disponiendo al propio tiempo que invadieran aquellos paí- 
ses otras dos divisiones, mandadas la una por el mariscal de Aumont y la otra 
por el marqués de Crequi (mayo, 4667). De aquí su interés en la liga con Por- 
tugal y en que conlinuára por acá la guerra, para que la regente no pudiera 
distraer las tropas y enviarlas á los Países Bajos. 

Desprovisto de recursos, y con poca ñierza, y esa desorganizada y sin pa- 
gas, se hallaba el marqués de Castel -Rodrigo que gobernaba aquellas provin- 
cias, cuando Luís XIV. penetró en ellas con un ejército de mas 'de cincuenta 
mil hombres, bien abastecido de todo. No era posible resistir á tan formidable 
hueste; y asi la campaña del monarca francés, aunque r.ípida y breve, no tuvo 
nada de gloriosa, por mas que se haya ponderado, ni podia serlo. Porque unas 
plazas encontró desguarnecidas é indefensas; oponíanle poca resistencia otras; 
y aunque algunas se defendieron valerosamente, todo lo que podían alcanzar 
era una honrosa capitulación, y el mayor ejército que el de Castel-Rodrígo 
pudo reunir no excedía de seis mil hombres, entre alemanes, españoles y fla- 
mencos. Apoderóse pues el francés en esta campaña de Charleroy, Bergnes, 
Furnes, Courtray, Oudenarde, Tournay, Alostj Lille, y otras ciudades y plazas 
'de menor importancia, muchas de las cuales hizo desmantelar (4). 

La rapidez de estas conquistas y la desmedida ambición de Luis oosieroii 



{Vi Qaín«y, Hl^torta militar del reioido mont, Vemorias potíUcaa^ 
dio Luis XIV. Obra» de Luis XIY.— Du- 



?ARTB III. LIBRO V. 4« 

mk ¡Mtm^ikul y cuidado á GárloB de Inglaterra y á la misma república de Hoi 
hada. Ambas naciones se entendieron para atajar el engrandecimiento de una 
intencla qne parecia ir en camino de hacerse mas temible qne lo habia sido 
b Espafia. Unídseles la Suecia, y las tres formaron aliaazai conviniendo* en 
kacerae mediadores entre Francia y Espafia, á fin <fe obligar á la primera á 
<)ae cesase ea las hostilidades, qne podian comprometer de nnevo la tranqai- 
Udad deEnropa, y encargaron á sos representantes en París que hiciesen sa- 
bara LabaqueHa resolución. Luis accediaá firmarla paz, pero con tantas 
condiciones qoe era imposible las aceptase la corte de España siempre que 
eoDs^rraní nn resto da pondonor. Tales eran, la de qne habia de cederle, en 
recompensa de los derechos de la reina, las plazas conquistadas, ü otras equi- 
valentes qoe él desígaana; la de qne en otro caso se le diera el Pranco-Con« 
dado, y que se obligara la república holandesa á mediar con la corte de Madrid 
para qoe aceptara aqaella aHemativa. Desechadas,, como era de esperar, tan 
humillantes condiciones, fué preciso continuar la guerra. Inmediatamente or- 
deñó Luis ú príncipe de Conde que penetrara con sus tropas enel Franco-Gon- 
dadOf y se apoderara, de aquella provincia. Sin mucha dificultad rindió su ca- 
pital, Besanzoa (febrero, 4668), y tras aliase le fueron entregando, con mas ó 
menos resbtencia, las. demás plazas, en términos que en menos de un mes se 
halló d rey de Francia duefio de todo el Franco-Condado (4). 

Estos sucesos, justifican cumplidamente ta necesidad y la conveniencia do 
la paz qne eneste tiempo se celebró entre Espafia y Portugal, asi como espli- 
can el interés que en realizarla y llevarla á cabo mostró Carlos II. de Ingla- 



Tan pronto como se vio Castilla desembarazada de k guerra de Portugal, 
dedicó toda su atención ¿ la de Flandes;: y en tanto quo se hacian levas de 
tropas en Galicia, Asturias y Castilla, y s^ enviaban órdenes á Cádiz para quo 
ae armaran nueve bagóles en que trasportarlas á Flandes desde la Coruña, se 
buscaban recursos y dinero. Alguno se juntó de los donativos con qoe contri*. 
boyaron generosamente el marqués de Mortara, el almirante de Castilla, el ar- 
zo|>¡^ de ToledOj el cardenal, el duque de Mental to, él conde de Peñaranda 
yotros grandes, y señores. Impúsose un tributo sobre los carruages y muías; 
se rebajó un quince por ciento más á la deuda de juros reales> y se arbitraron 
otros medios de los que la pobreza del pais consentía. La reina regento nom- 
bró general de todas, las fuerzas destinadas ó Flandes. ¿ don Juan de Austria^. 

(I) Qaincy, Qitc. mfltt, del refoaclo do müsaeseoldado, y«iiMiiquiBlanonecesi(a« 

Ldw XiV.*.El Fraoco-€ondado después de ba de las grandes precauciones militares 

la paz de los Pirioeoe se mantenía' en estado que lomó Luis XIV., ni merecía que hiibic^^ 

4e neacralidad. Por eso se hallaba también ra Ido, como fué, á celebrarla en pcrsoua^ 



ÍV HISTORIA DE ESPAÑA^ 

La razón aparente de edle nombramiento era la de necesitarse ^Uá qd hombre 
de sa representación, y que por otra parte conocía ya el carácter de aquellos 
habitantes y la situación de aquellos paises, como gobernador que había sido 
der ellos; pero el verdadero objeto era el de alejarle de España, y librar al 
P. Nithard de la inquietud que le causaba un hombre que le aborrecía de 
muerte. Don Juan lo comprendió, y sobre estar ya poco dispuesto á salir de 
España, sucesos de la corte que le indignaron mucho y que referiremos des- 
pués le afirmaron en so resolución. Y sin desobedecer abiertamente á la reina, 
después de enviar los soldados en pequeñas partidas á Flandés, hfzole presen- 
te que el estado de su salud no Ic permitia emprender la espedicion, que asi 
lo certificaban los médicos, y que la suplicaba por tanto le relevase del cargo 
y le dispensase del viage. Por mas que la reina y el confesor comprendieron 
que todo era protesto y escusa para no alejarse, admitiósele la dimisión de sa 
empleo, mandándole que se retirara á Consuegra, y en su lugar fué nombrado 
general y gobernador de Flandes el condestable de Castilla (4). 

Pero ya en este tiempo bacía meses que se hallaban reunidos en Aix-la- 
Chnpelle los plenipotenciarios délas potencias de la triple alianza, junto con 
los de Francia, España, y algunas otras naciones, para tratar de la paz. Des- 
pués de muchas conferencias se concluyó y firmó un tratado (2 de mayo, 4668), 
por el cual Luis XIV. se obligaba á restituir á España el Franco-Condado que 
«'acababa de conquistar, pero conservando todas las plazas de que se había apo- 
derado en Flandes«(2). Sacrificio grande para España, y error torpe y funesto, 
toda vez que si algo importaba conservar era lo de Flandes, y sobre ser im- 
posible la conservación del Franco-Condado, nada nos hubiera importado ce- 
derle. Pero todo pareció preferible á la continuación de la guerra, y el mar- 
ques de Castel-Rodrigo tuvo orden de no poner gran reparo á ningún género 
de condiciones. 

Lo peor era, que aun asi, nadie confiaba en la duración de la paz de Aquí»- 
gran: eran ya demasiado conocidos el carácter y los designios de Lnis XIV, y 
sus poderosos elementos para hacerlos valer, y el tiempo acreditó qne no ha- 
blan sido infundados estos recelos. 

(I) Helacion de todo Jo ocurrido en el Academia de Ilistoría, Est. 35, grad. % 
asunto del P. Juan Everard y don Juan de (3) Colección de Tratado» de Paz.— 0tfr< 
Austria. US. de la Biblioteca de la Real mont. Corpa DiplomaU 



r 



CAPITULO IL 



DON JUAN DE AUSTRIA Y EL PADRE NITHARD. 



9o «••« 4 4««» 



Cansas de las desaTtoeoelas entre estos dos personages-^Prision j sapHcio de Malladai. 
-•Indignación de don Joan eontra el confesor de la reina.— Se intenta prender á don 
Joan.— Fúgase de Gon8U6gra.^Garta que dejó escrita á 8. ll.-^nsulta de la reina al 
Consejo sobre este asnnto, y su respuesta.— Sátiras y libelos que se eseribian y circula* 
ban.— Partido austríaco 7 partido ni thardista.— Don Juan de Austria en Barcelona.— 
Goatestaeiones con la reina.— Acércase don Juan á Madrid con gente armada.— Alarma 
yeonbsion déla corte.- Enemiga contra el padre Nithard.— Carta notable de un Jesuí- 
ta.— Sale el confesor de la eórte.'^Insultos en las callea.— NoeTss exigencias de don 
Joan de Aaairia.— Transijese eon sus peticiones.— Creación de la Guardia Chamberga 
en Madrid.— Oposición que suscita.— Nuetaa queju de don Juan.— Agitación en lacór^ 
te.— Be nombrado el de Austria Tirey de Aragón y Ta á Zaragoza.— Estraftexa que cau- 
sad nombramiento.— El padre Niihard en Roma.— Obtiene el capelo.— Enfermedad 
peligroaa del rey.— Recobra su salud con general satisfacción. 



La enemiga qae ya en vida de Felipe IV. se había advertido éntrela reina, 
so flegnnda esposa, y sa hijo bastardo don Joan de Austria, y el aborrecimien- 
to con qae mútnaBiente se miraban don Juan y el Padre Everardó Nithard,^ 
coDÍesory primado de la reina; enemiga que habia costado ya al de Austria sé- 
nos disgustos, y aborrecimiento que creció desde la elevación del confesor i 
iDquiaidor general y á individuo del consejo de regencia, tomó mayores propor- 
ciones con el nombramiento del austríaco para general y gobernador de Flan- 
des, hecho á propósito de alejarle del reino, y con su resistencia ¿ salir de Es- 
pada, y fué el principio de funestas discordias que alarmaron y escandalizaron 
h corte, y pasieron en perturbación toda la monarquía. 

•iPor qué no se envía á Fiandes al reverendo confesor^ dijo un día do» 



40 HISTORIA DE fiSPAÑ\. 

los papeles e&coñtrddos á Patlfio, ontfo los cuales solo había de notable uú 
horóscopo hecho en Flandes ¿ don Joan, en qne parece se le vaticinaba estar 
destinado á mas alta dignidad déla que tenia , todo lo pasó la reina al Conse- 
jo de Castílla, mandándole diese su dictamen sobre la manera como había de 
proceder en tan grave y delicado asunto. La respuesta del Consejo (29 de oc- 
tubre, 4668) no satisfizo á la reina, ni fué muy de su agrado; pues si bien 
aquella respetable corporación calificaba de reprensible la conducta de don 
' Juan en no haber ido á Flandes, en haberse fugado de Consuegra y en los me- 
dios reprobados que se le atribuían al intento de deshacerse del confesor, dis<- 
cülp^ale en lo de pedir su separación , tratábale con cierta consideración y 
blandura, y aconsejaba á la reina que procurara arreglar sos diferencias con 
él, para lo cual debía permitírsele venir á Consuegra ó acercarse á la corte, 
bajo el seguro de que seria respetada su persona. T aun un consejero, don An- 
tonio de Contreras, en voto particular que hizo, se atrevió á proponer que le 
contestase con palabras de cariño, y que convendria apartase de sa lado al 
Padre Everardo y se confesase con otro religioso que fuese castellano, y no 
tuviese dependencia ni de don Juan ni del inquisidor jesuíta (4). Esta cónsul^ 
ta quedó sin resolución. 

Viendo con cuánta libertad y cuan desfavorablemente se hablaba en el 
ipoeUo acerca del confesor, acusándole de haber sido el autor de la muerte de 
Halladas y de la prisión de Patino, publicó aquél un manifiesto sincerando su 
condacta, protestando no haber tenido parte en aquellos dos hechos, afirman^ 
do que aquellos dos hombres habían venido á Madrid con intento de ejecutar 
sus perversos designios contra su persona, y que don Juan de Austria había 
intentado ya muchas veces hacerle asesinar. Este escrito fué contestado por 
otros que los amigos de don Juan publicaban, defendiéndole con mucho calor, 
y haciendo al confesor cargos é imputaciones gravísimas. Circulaban por la 
corte, y andaban por las tertulias y corrillos multitud de folletos, sátiras y li-^ 
belos, impresos unos^ manuscritos otros, unos perseguidos y otros tolerados, 
que encendían cada vez más los ánimos y mantenían una polémica, que era el 
pasto de los^ chismosos y murmuradores, y el escándalo de la gente juiciosa y 
honrada. Hasta las damas de palacio tomaban parte en la contienda, y se di -^ 
vidieron en dos partidos, llamándose, unas NUhardútcis, y otras Au$iria^ 
cas (2). 



(1) Co^Rulra del Consejo real de Castilla, infinilospapel^sy sátiras de aquel Ifcmpo, 

y voto particular de don Antonio de Con tre- que maoiAestan el estado lamentable ^do 

ras: en la Colección de cortes, leyes y ceda- una corte, que se alimentaba de chismes. 
las, tom. XXX. p¿g 3| á 37. Las plumas de los poetas no se daban 

{%) En oueslras bibliotecas 86 encuentran vagar á escribir criticas de los personage» 



nftTE ni. LIBRO V. 47 

Don Juan se habla dirigido disfrazado y por despoblados, primero ¿ Ara» 
gon, y después ¿ Barcelona, donde fué recibido con muestras decarifio y amor^ 
por los buenos recuerdos que cuando estuvo antes en aquella ciudad babia de- 
jado, 7 por lo aborrecido (jue era alli el jesuíta alemán. Nobleza y pueblo sa 
pusieron de su parte, y bnbo payés de la montaña que le pidió audiencia para 
ofrecerle sus servicios, y trescientas doblas que tenia de un ganado que acá* 
baba de Tender (4). Hasta ú duque de Osuna, que era virey dd PríncipadOy 
tejos de atreverse á proceder contra él, no pudo escusarse de fest^arle, mar- 
cbando con la opinión general. Desde la torre de Lledó donde se aposentó el 
príncipe, escribió al presidente y Consejo de Castilla, ¿ las ciudades de Valen* 
da y Zaragoza, al cardenal de Aragón y á otros personages, dándoles cuenta 
de los motivos que babia tenido para poner en seguridad tu persona, y escri- 
bió también á la reina pidiendo desembozadamente la salida de Espafia del 
P.Everard. Las ciudades contestaban favorablemente al príncipe fugitivo, y 
aun representaban á la reina la conveniencia de reconciliarse con él y apartar 
desn lado al confesor. La regente, temerosa de un conflicto si se empefiaba 
en contraríar la opinión pública, cedió de su natural altivez, y encargó al du- 
que de Osuna, y á los diputados de Barcelona procurasen persuadir á don Juan 
¿ que se acercase para ajustar un tratado de amistad y reconciliación. Enva» 
lentonado con esto el príncipe, contestaba á la reina que era menester saliera 
¿ates el confesor del reino, y que entretanto no dejaría él lugar seguro en que 
estaba. Por ultimo, después de muchas contestaciones y súplicas, se resolvió 
don Juan á aproximarse, no ya á Consuegra, donde la reina quería, sino á la 
corte, y con un aparato que no era propio de quien buscaba avenencia de 
paz (2). 

Salió pues don luán de Barcelona escoltado de tres buenas compafiias de 
caballos que le dio el de Osuna, so protesto de corresponder asi al decoro de 
vn príncipe. Aclamábanle á su tránsito los pueblos catalanes, y al acercarse al 
Ebro;por mas que la reina había prevenido á los Estados de Aragón que no 
le hiciesen ni festejos ni honores, salieron muchísimas gentes de Zaragoza á 
recibirle, é hizo su entrada en la ciudad en medio de aclamaciones y gritos 
de: cFíoa el rey\ vita don Juan de Atutrial muera el jesuíta NilKardln Y 
mm los estudiantes y la gente bulliciosa hicieron un maniquí de paja repre- 



que figuraban en etlos tncesos, j de las si- 
tiras que corrían y se conserTan, impresas y 
BMnuseritas, se podrían formar algunos to- 
lúmenes. 

(I) M9. del arehifo de Salazar, en la Bi- 
blioteca de la Rea i Academia de la Histo- 
ria, Esl. 4.*grad.5. k. 18. 

Tobo ix. 



(9) HAUanse eapias de la larga corres- 
pondencia que medió en este asunto en los 
meses de noviembre y dieiembte de 1668, 
en el Archivo de Salazar perteneciente á la 
Real Academia de la Historia, Est. 4.^ gra- 
da S.*, k. I S, y en oíros tomos vatios de maz- 
nase ritos. 



49 inSTORlA DE ESPAÑA. 

sentando al confesor, y llevándole á la puerta del cóúvcnto de lod jesuítas lo 
qoemaroa con algazara á presencia de los padres de la Compañía. Tomó doa 
Juan en Zaragoza hasta trescientos infantes, y con éstos y los doscientos ca- 
ballos, y otras personas armadas, criados y amigos, se encaminó hacia Ma- 
drid, llegando el 24 de febrero (4669) á Torrejon de Ardoz, distante tres 1^ 
gaas déla capital, donde hizo alarde de su gente. 

Gran turbación y ruido causó en la corte la aproximación del hermano del 
rey en aquella actitud. Alegráronse muchos, pero parecióles ¿ otros un paso 
demasiado atrevido, y que podia comprometer la tranquilidad del pais. La rei« 
na y el inquisidor se rodearon de cuantas fuerzas pudieron, como si se prepa* 
raran á resistir á un enemigo; y como viesen que no bastaban estas prevencio- 
nes para hacer desistir á don Juan, tomó la reina el partido de escribirle muy 
atenta y afectuosamente, invitándole á que dejase las armas. Contestó el príi>- 
cipe con mucha cortesanía también, pero insistiendo en que saliera de Espada 
el P. Nithard, después de lo cual seria el mas obediente de todos los subditos. 
Salió el nuncio de S. S. á Torrejon á exhortarle á nombre del papa que se so- 
metiera á la reina, y que se detuviera al menos cuatro dias en tanto que se da^ 
ban órdenes para satisfacer sos agravios; y la respuesta que alcanzó fué, que 
la primera satisfacción sería la salida del P. Nithard de la corte en el término 
de dos dias, añadiendo, <rque si no salia por la puerta, iria él en ¡Persona á ha- 
cerle salir por la ventana (4).» Guando volvió el nuncio á Madrid con tan áspe- 
ra y destemplada contestación, el pueblo corria las calles indignado contra 
el estrangero por cuya causa se veian espuestos á un conflicto la corte y 
olpais. 

Aunque los jesuitas eran los que más favorecían al partido de la reina y del 
confesor, no faltó entre ellos (tan impopular era ya su causa), quien se diri' 
giera por escrito al P. Everard representándole la necesidad de su salida, en 
términos los mas enérgicos, fuertes y duros. «Aunque V. E. (le decía) fuera es- 
cípañol, nicido en Burgos, Zaragoza ó Sevilla, con sus procedimientos y vanl- 
«dados le aborrecieran los españoles; pues considérese siendo estrangero. Muy 
ade presto le ha entrado á V. E. la grandeza, y el apetito al obsequio, ' y la 
«sugestión al mando. Bien disimula haberse criado en un noviciado de la 
«Compañía, donde los mayores príncipes del mundo, y los Borjas, los Góngoras 
«y. otros muchos han hollado todo eso con desprecio. En fin, siendo ellos como 
«eran ántf^s, se entraron en nuestra sagrada y ejemplar religión para dejarlo 
«to<^* V. E. que no seria más, ni aun tanto, se entró en la Compañía para 



(I ) Rejaoion de U stllda del P. Juan Eve- ria, Esl. 25, grad. 8.* 
rado: MS. de la Real Academia de la Hlsto- 



i>AUTÉ ni. Liftao V. <o 

tjpole'^cr caanto hay, y hacerla odiosa al pueblo, no á los prudented y sabios» 
tqoo no fueron todos los doce apóstoles, ni todos los de la Compañía de Jesús 
«padres luán Everard. Y. E. quite inconvenientes, vénzase á si mismo, evite 
«escándalos, duélase de ese ángel que Dios nos dio milagrosamente por rey. Y 
«pues tanto favor merece en la gracia de la reina nuestra señora» atienda á 
«so decoro, vayase de España, crea estos avisos que le da un religioso quo 
ftprofesasn mismo instituto, y antes fué su amigo apasionado y confidente» 
«pero ya desengañado, le habla ingenuo, y nada equivoco, con palabras de sin» 
aceridad, no de ironía. Acuérdese de la porfía del marisc|J de Ancre en el va* 
ctlimiento de Catalina de Médicis, reina madre de Francia, que por estrangero 
«y antojársele al pueblo que era causa de todos sus males, después de muerto 
ffv arrastrado por las calles de París, no se tenia por buen francés el que no 
«llevase un pedazo de su cuerpo para quemar á la puerta de su casa, ó en sa 
«pueblo el que habia venido de fuera. Dios alumbre á V. E. para que atienda 
ka esto sin ambición, y despegado de la vanidad de los puestos se retire don«* 
«de viva con quietud, y no nos embarace la nuestra (4).d 

Decidióse al fin, asi en el Consejo Real como en la junta de gobierno, aui^ 
que no faltó quien disintiera de este parecer, que era necesario y urgente decir 
ala reina que convenia al bien y á la tranquilidad pública la pronta separación 
y salida del confesor, cuya misión se encomendó á don Blasco de Loyola. Ac* 
Cedió á ello la reina, aunque con lágrimas y suspiros, y encargáronse de co* 
monicarle tan desagradable nueva sos amigos el cardenal de Aiagon y el 
conde de Peñaranda, los mismos que le acompañaron, con algunos otros, en su 
salida de Madrid. Mas para que saliese con toda la honra y decoro posible, la 
reina en su decreto hizo espresar, que accedía á las repetid %9 instancias que 
le habia hecho su confesor para que le permitiera retirarse de estos rei-> 
nos, y le dio título de embajador de Alemania ó Roma, para que pudiera ir 
donde quisiese, con retención de todos sus empleos y de lo que por ellos 
gozaba (2). 

Salió por último el célebre y aborrecido jcsuita de Madrid (lunes S3 de fO'* 

tlT tlaruidel P. Dionisio Te m pul al in« «olrasju8ta8r«loaes1levebidoeneollcefle^ 

qsiddor general: UM. SS. de la Real Acade* tic la Uceocia que pide para poder ir á la 

Bia de la Historia. En, 35, grad. 3.* c. 35. «parte que le pareciere. T deseaodo sea cpa 

(i) El decreto decía: «Juan Everard Ni* «la dei-eocia y decoro que es Justo, y solici* 

•Ihaid, de la Compañía de Jesús, mi coure- «tan sus grandes y particulares méritos, hd 

«sor, del consejo de Bslado, é inquisidor ge* «resuelto se le dé título de embajador cs- 

«neral, me ha suplicado le permita retirarse «traordioario en Alemania 6 Roma, donlo 

«de estos r¿ioo$; y aunque me hallo con lo* «eligiere y le fuere mas confenienle, con 

«da hsatbfaccion debida á su firiud, y otras «retención de todos sus puestos y de lo quo 

«buenas prendas que concurren eu su per- «goza por ellos. Bn Ma«1rid á S5 de («.'brero 

«sana atendiendo á sus instancia», y por cdcfd09.— Fo la Reinun 



20 HISTORIA DE ESPAÑA. 

bitiro, 46G9), no sia qae friese onlas calles del tránsito los Insultos, y la be- 
fa, y la gritería de las gentes que se .agolpaban en derredor de sa carruage, y 
hubiéranle algunos apedreado ó maltratado de otro modo, si no los detuviera 
el respeto al cardenal que le acompañaba y llevaba en su coche. uAdios, hijos, 
ya me voy:» decía él con cierta sonrisa de aparente serenidad. Y asi llegaron 
hasta el paeUo de Fuencarral, legua y media de Madrid, donde ya el confesor 
se contempló seguro, de donde partió al dia siguiente (26 de febrero), acom- 
pañado solo de un secretario de los de su hábito y de algunos criadoe, camino' 
de Vizcaya, y de alli se dirigió á visitar el convento do San Ignacio de Lo« 
yola (4). 

Quedaba satisfecna la exigencia de don Juan de Austria, pero no su ambi- 
ción. La reina regente habia cedido al temor y á la necesidad, pero orgullosa 
y terca y resentida de la humillación, creció en ella el odio al que la había pues> 
io en aquel caso. Don Juan, envanecido con su triunfo, se hizo mas exigente, 
y el pueblo de Madrid, irritado con ciertas amenazas suyas, le fué perdiendo 
la afición (S). La reina, lejos de acceder ¿ la petición que le hizo de venir á la 
corte, le mandó que se rettrira ¿ algunas leguas de distancia, y que despidiera 
la escolta que tenia consigo. Don Juan se retiró á Guadalajara, pero desde alli 
hizo nuevas peticiones, no ya personales, sino sobre reformas políticas, y do 
carácter revolucionario. La reina eo tanto que se proveía de los medios de de- 
fensa para ocurrir á una eventualidad que no dejaba de parecer inminente^ 
tuvo que transigir todavía, y acceder á que pasara el cardenal á Guadalajara 
para tratar verbalmente con el pnncípe sobre los medios de reconciliación, 
condescendiendo, siquiera fuese por entretenerle, con mucha parte de sos 
pretensiones. Ofreciósele, pues, que se crearía una junta, con el nombre de 
Junto de Alimoi, con el fin de hacer economías en la hacienda, disminuir los 
tributos, distribuyéndolos equitativamente, y hacer reformas en el ejército y, 

(1) Relación de la Mlfda del padre loan con flrmeu y conformidad cHstiana; no 

Everard, confesor déla reina: tomo de MM.SS. quiso admitir graesas sumas que algunos 

de la Real Academia de la Historia» Est. SS, de los magnates sos amigos le ofrecían para 

grad. 8.*, G. 85.— Bo esta relación, qne se el viage, ni llevar consigo otro tren qoe su 

eottoce haber sido hecha por un Jesnita ami- hábito y so breviario; y afiade que después 

go del desterrado, se dan pormenores corlo- de so salida se fué á registrar su casa, y se 

80^ acerca de este soceso, qoe omitimos por encontraron los cilicios con qoe se morlífl* 

carecer de importancia histórica. Al decir eaba todos los dias. Es pues aprcciable esta 

de so aotor, el P. Eterard habla ya en efec- apasioDada relación solo por ciertas noticias 

to sopUcado mnchas feces basta do rodillas aolénticas qoe coniieue. 
le permitiera retirarse, y la reina le habla (2) Papel impreso censorando los actos 

rogado siempre con lágrimas que desistiera del P. Everard y desaprobando la condnct* 

de aqoella idea: los soperiores de los Jesui- de don Juan de Austria rcRpecto de una car* 

tas fueron á so casa á persuadirle la con- ta soya de amenazas.— Bibliot. de la Real 

vcnienciade so salida: ¿1 recibió la orden Acad. de la Historia, Est. 4.* grad. 5.* 



PAUTE IlL LlIiUO V. 21 

CDla adminlstracioii de justicia, do cuya junta seria él presidenle: que seria 
restablecido en el gobierno de los Paises Bajos, no obstante haber renunciado 
esto empleo: que el P. Nitbard no volvería á España: que don Bernardo Patino 
seria puesto en libertad: que el presidente de Castilla y marqués de Aytona, 
sos enemigos, no asistirían al consejo cuando se tratara de sos negocios: que 
sn tropa seria pagada y se retiraría á sus casas ó á sus respectivos cuerpos: 
queso le permitiría entrar en la corte á besar la mano á los reyes; con algunos 
otros artículos menos importantes, que la reina aseguraba cumplir con la ga- 
rantía del papa, y que abrazaban casi todas las pretensiones do don Juan. 
Con lo cual pareció deber sosegarse la tempestad por entonces. 

Mas entretanto preveníase la reina; y sin perjaício de las órdcdGS que es- 
pidió llamando á la corte los pocos soldados que aun queJaban en las fi-outeras 
dd Portugal, dispuso á toda prisa en Madrid mismo la formación de un cuerpo 
m'litar, llamado entonces coronelía, con destino á la guarda y defensa de so 
persona, que con el nombre de Gmrdia de la Reina habia de mandar el mar- 
qués de Aytona, conocido enemigo de don Joan de Austria, con oficiales de 
las familias mas ¡lustres déla corte, tal como el conde de Melgar,.^ de Fuen- 
salida» el marqués de Jarandilla, el de las Navas» el duque de Abrantes, y otros 
partlcobres y caballeros de distinción, que deseaban Incir sus galas y bizarría 
ante las bellas damas de la corte. Este regimiento se había de vestir á la fran- 
cesa como las tropas d^ Scbomberg, de que le vino por corrupción el nombre 
dd chanhergo9 y de guardia chamberga. Aunque la leina creó este cuerpo con 
aprobación de la junta de gobierno y del consejo de la guerra, oponíase á elk) 
fuertemente la villa de Madrid, representando con energía los perjuicios que 
iban á originarse (4), y del mismo parecer fué el consejo de Castilla á quien 
se consultó; pero la regente, apoyada en el dictamen de las dos citadas cor- 
poraciones, llevó adelante su pensamiento, y tampoco quiso acceder á enviar 
aquel regimiento á la frontera, como el Consejo le proponía para calmar la in- 
quietud y los. temores del pueblo. 

Nuevo motivo do enojo dio la creación de esta fuerza á don Juan de Aus- 
tria, que rebosando en ira se quejó altamente á la reina, diciendo que los reyes 
de España nunca habian necesitado ni querido otros guardadores de su per- 
sona que los habitantes de Madrid, añadiendo otras razones que su orgullo y su 
resentimiento le sujerian.La reina, que ya se consideraba mas fuerte, no con- 
testó sino que se escusase de escribir y de entrometerse tanto en los negocios 

t<> Fob!íe¿sé on escrito Ululado: «He- la corte.» Imprimióse, y de él hay ud ejeii>» 

IMrial á 8. U. sobre lot daños é inconve- piar en la bib'ioleca de Salazar. E8l.4«*gr»» 

Üemet qae resultan de la f >rmacion de la da 5.* k. 18. 
«fmelía y asnteocia de tantos soldados en 



i 



S¿ BISTORÍA DE ESPAÜA. 

de Gobierno. Pero estas discordias alimentaban el disgusto popular, que erh 
ya grande, y tal, que se temía que de un momento á otro se remitiera la cues- 
tión á las armns; esperábase ver á don Juan venir sobre Madrid, y era tal el 
espanto y la turbación que habia en la corte, que casi nadie se atrevía á en* 
trar en ella de fuera, y llegaron á faltar los víveres y mantenimientos en el 
jncrcado. 

De repente sevíó desaparecer aquel estado de alarma. Y es que la reiría ,. 
sintiéndose ya con bastante fuerza para contener las demasías de don Juan, y 
queriendo ademas alejarle con honroso prctcsto de €uada1ajara, le envió el 
nombramiento de virey de Aragón, y vicario ó vice-regente de los estados que- 
dependían de aquella corona (4); y el de Austria, viendo satisfecha su vani- 
dad, y esperando que aquel cargo robustecería su poder y su influencia para 
sus ulteriores fines, lo aceptó gustoso, y dio las gracias á la reina con palabras 
las mas lisonjeras y hasta humildes. Medió en esto el nuncio de S. S., y apro<^ 
Techando el príncipe aquella circunstancia escribió al papa conjurándole áque 
obligase al P. Nithard (que ya se habia ido á Roma) á hacer dimisión de todos 
SDS empleos, que era todo su empeño y a£an. Estrañaron y llevaron muy á mal 
muchos amigos del príncipe que por un empleo como el de virey de Aragón se 
sometiera tan dócilmente á la reina, dejando la actitud imponente que habla 
tomado, y el pueblo de Madrid le censuraba altamente de que asi le abando» 
nara en la ocasión en que más podía contar con él ; mientras otros criticabaa 
é la reina calificando de imprudente el hecho de conferir á don Juan un- cargo 
que podría servirle de pedestal para aspirar un día á la realización del horós^ 
copo de Flandes. 

Pero es lo cierto que en la situación á que habían llegado las cosas, la rei- 
na por su parte apenas tenia otro medio de alejar á don Juan de la proximi- 
dad de la corte, con esto solo harto inquieta y alarmada, ni don Juan creyó 
contar todavía'^ con elementos seguros de triunfo, y más después de haber 
desaprovechado los primeros momentos de espanto y turbación; y con su re- 
tirada á Zaragoza se calmó por entonces la tempestad que amenazaba á todo 

(I) iXetnoft Yista el nombramienla origi- «de vírev de Aragón, con el vicariato de los 

nal, que se confterva entre los manuscritos «reinos que penden le aque ib corona, de» 

déla biblioteca del suprimido colegio mayor «seandoque eJtcuteiUuego vuestra Jorna- 

de Santa Cruz de Valladolid, hoy pcrtenc- «dii etc.a Causó mucha novedad que la 

cíente á la universidad.— £1 nombramiento reinii I0 diera el dictado de primo. Los tilu- 

era de 4 de Junio, I6G9, y dccia: aDon Juan los se expidieron luego, y don Juan pasó las 

«de Austria, mi primo: Habiendo recibido, comunicaciones respccli.vas, á la Junta de 

•por mano del nuncio de S. S. la carta del 2 Gobierno, al presidente de CaslíUa, alar* 

«de este, en que respondéis á lo que os zobispode Toledo, al více-canci-itrde Art« 

«mandé escribir, he dado luego urden para gon, etc.. 
«t^ue te (ormcn los despachos do i cargo 



PAUTE III. LIUHO V» na 

tf reino. Procuró don Juan en Aragón grangcarse la estimación del pueblo y 
de la nobleza. Las desconfianzas entre la reina y él, aunque ahora disimula- 
das, no 68 habian estinguido; y el objeto y blanco de sus ya mas ocultas disi- 
dencias siguió siendo, como por nna especie de manía común, el mismo Padre 
Nithard, que se hallaba en Roma, si no desairado, por lo menos poco atendi- 
dOk Pretendía la reina que el- papa le diera el capelo de cardenal, mientras don 
Jtian de Austria instaba pera que le obligara á hacer renuncia de todos sns 
empleos. El pontífice Clemente IX. no era muy adicto á la reina dofia Maria- 
na; el G>nsejo trabajaba en secreto contra ella en este asunto; el embajador, 
marqués de San Román, á quien la reina había encomendado la gestión de 
este negocio, contrariaba sus miras lejos de favorecerlas, y el general de los 
jesnitas se hallaba resentido del P. Nithard por lo poco que le debia la orden 
de cuando habia estado en favor. Con qne lejos de vestir la púrpura el inqui- 
sidor general de España, fué destinado por el general de su orden á un colegio 
fiíera de Roma, cosa que él llevó con ejemplar resignación, de que se alegró 
el Consejo, que llenó de júbilo ádon Juan de Austria, y que irritó á la reina, 
la cual afectada por el desaire que acababa de recibir, y no encontrando me- 
dio de vengarle, sufrió en su salud una alteración que le duró mucho tiempo. 
La plaza de inquisidor general se dio á don Antonio Valladares, presidente del 
consejo de Castilla (26 de diciembre, 4669). Sin embargo, habiendo fallecido 
por este tiempo el pap9i Gemente IX. y sucedídole Clemente X., la reina en- 
f ló en calidad de embajador extraordinario para felicitarle al P. Niihard, y 
renovando sus anteriores solicitudes consiguió que le nombrara arzobispo de 
Edessa y cardenal con el título de San Bartolomé de Insola. Contento él con 
el nuevo estado, satisfecha hasta cierto punto la reina, y conformándose don 
Joan con que no volviera á España, tuvieron asi menos funesto término que 
Ib qne se habia creido aquellas diferencias que escandalizaron el reino y pusie- 
ron en peligro la monarquía (4)» 

Otro suceso, grave, aunque felizmente dé corta duración, vino al poco 
tiempo á esparcir en toda la nación el susto y el temor de mas terribles males, 
j á despertar la ambición de los que aspiraban á convertirlos en provecho pro- 
¡MO,á saber, la gravísima enfermedad que sufrió el rey, y que puso en inminen- 
te peligro so vida (4670). Niño como era todavía Carlos IL y débil de comple- 
xión y de espíritu, su conservación era lo único que podia ir conteniendo las am- 
biciones de los partidos, asi de dentro como de fuera de España, y preservando 
«ü país de una guerra cruel que precipitara su ruina. Por fortuna esta agitación 



(4) Diario de los saccsos de este rema- suitas, de la colección que boy posee la ReiJ 
íd, US. perienecienle á los papeles de Je- Academia de la Historia. 



S 4 HISTORIA DE ESPAÑA. 

duró pocos días; él rey salió del peligro eu que habia estado, y aun al recO' 
brar su salud se notó irse robusteciendo mas de lo que antes estaba. Su resta- 
blecimiento fué celebrado con júbilo, y los poetas le cantaron como un suceso 
fausto (4)« 

(I) Noticiat de la ttenof edad de Car- bIod de haber recobrado su .taiUd el rey 

log II. 7 del gobierno de in ■ladre.-oPoeiias Carlos U.-r-|IM. 88^ {e U BiblLoteoa Na-^ 

qoe á nombre de nn labrador de Carabao- olonaL 
chel 80 escribieron é imprimieron coa oct- 



r 



GANTIILO III. 



6DERU BE LUIS HT. COITBi ESPilA. HOLANDA T El OPERIO. 



CbiiiifaeiBUXIf.dlMlTerli(rtpletnfeiite.»ProyeeU sobyvgarla Holao4a.*BiiflM la 
lepábUea otios aUadM.«DeeUur«ekHi te gnerra del fraacét.— HaaifiMioi de Luia de 
Fraaeia j de Gárloi de Inglaterra.— Situación de loa holaodeiep.F-AiuiUea de Bspafia. 
—El principe de Oraoge y el conde de Monterrey.— Sitio de Maettrick.— Confederación 
de Bspafia, Holanda y el Imperio contra la Francia.— Conferencias en Colonia para tra- 
tan de pax.— Ko tiene resaltado.— Guerra en Flandes, en Alemania y en el Roselloa.— 
Apodérase Luia XIT» del Franeo-Gondado.— Memorable batalla de Senefl entre los prf n- 
cipes de Gond6y de Orange.^Eimarisoal de Tujrena en Alemania.— Campafta de ie74 
•n el Rosellon.— Triunfo del virey deCatalufta duque de San Germán sobre el francés 
Schomberg.— Hazafias de los miqueletes catalanes.— Destentajas de los españoles en la 
f nerra de Catalnfta de td75.— Los franceses en el Ampordan.— Toman parte en la guer- 
ta otras potencias.— Progresos de los franceses ea los Paises Bajos.— Notable eampafia 
de Tnrena y Moatecoealli ea Alemania.— Muerte de Tnrena.— Conferencias en Nimega 
para la paz.— Nne?os triunfos y conquistas de Luis XIV. en Flandes, 4676.— Guerra de 
Catalufia.— Los franceses en Figueras.—£mpe fio inútil por destruir los miqueletes.— 
Pérdidas lamentables de nuestro ejército» 1667.— Apodéranse los franceses de Pul^cerdá, 
icrSw— BraTura de don SancboMiranda.— Inacción del conde de Monterrey.- Conquista 
luis XiV. las mejores placas de Flandes.— Iluef o tratada entre Inglaterra, Holanda y 
Sspafta.- Misteriosa y formidable eampaflade Luis XlV.^Ataea y toma machas pUaai 
aimnltáneamenle.— Beoibeae la noticia de la pax ea el sitiado Mona. 



Qae Luis XÍY* na había de respetar macho tiempo la pai de Aquis- 

'^n, como 00 había respetado la del Pirineo, cosa era que ya ae temía, ateo* 

dida sa ambición y los elementos de guerra con que contaba, según al final del 

capítulo 1. dejamos indicado. Hallábase irritado contra la Holanda, no pudien- 

do ensn orgullo perdonar á aquella ropúblicaí ya el haberle detenido en la 



^^ HISTORIA DE ESPAÑA. 

carrera de sus conquistas promoviendo la triple alianza, h cual Itcgó á simíx)- 
tizarse en una medalla en que se representaba á Josué deteniendo al sol en su 
carrera, ya la libertad y el atrevimiento con que le habiaa hablado aquellos 
fieros republicanos* 

Con un ejército el mas numeroso que se habfa visto hasta entonces en Eu- 
ropa, con generales los mas acreditados de au siglo, con un reino grande por 
la población y fuerte por la unidad, avaro él de dominación, ebrio de orgullo» 
por la rapidez de sus conqu<stas en la anterior campaña de Flandes y del 
Franco-Condado, poco escnipuloso en sacrificar millares de subditos con tal 
que le sirviera para añadir una aldea más á sus dominios, determinó subyugar 
la Holanda, para lo cual le favorecía la posesión de muchas plazas vecinas, que 
el célebre Vauban habia fortificado se^nin so noovo método, que ha seguido* 
llevando so nombre hasta nuestros dias. 

Sin embargo, para asegurar más sn triunfo, quiso deshacer antes la triple 
alianza, separando de la confederación de Holanda la Inglaterra y la Suecia. A 
la primera de estas naciones envió en hermana la duquesa de Orleans, á quien 
no fué difícil conseguir su objeto, como qtie sabia que el rey Garlos U., prínci- 
pe voluptuoso y pródigo, no habia de ser insensible á los halagos del sexo y á 
los atractivos del oro. La Suecia no fué tampoco indiferente á los medios de 
seducción y á las artificiosas promesas del rey Luis. Con lo cual aquellas dos 
potencias dejaron á la Holanda abandonada y sola para resistir á un enemigo 
tan poderoso como el monarca francés (4670). Viendo los holandeses la tem- 
pestad que los amenazaba, y convencidos de no poder conjurarla ellos solos, 
buscaron aliados mas fieles que los que antes habian tenido, y pidieron auxi- 
lios ¿ las casas de Austria y de Es^^aña, rivales eternas de la Francia y de 
losBorbones. Intentó también el francés separar á España de esta nueva con- 
federación, no dudando que la reina regente, débil como se hallaba el reino, 
no querría esponerse á sufrir las consecuencias de sn enojo, y aceptaría sus pro- 
posiciones. No sucedió asi. La reina doña Mariana, persuadida de la imposibi- 
lidad de conservar lo que aun poseíamos en Flandes, una vez subyugada por el 
francés la Holanda, desechó las promesas y las amenazas del rey Luis, y en- 
vió tropas y dinero á Flandes, ó para defender nuestras plazas, ó para ayudar, 
si era menester, á los holandeses (4674;. 

Con mas tino y con mejor consejo contestó la madre de Carlos U. asi á las 
cartas que desde las islas Terceras le dirigía el destronado rey de Portugal. 
Alfonso VI., como á las oscitaciones que á Madrid vino á hacerle su impruden- 
te favorito el conde do Castel-Melhor, para empeñarla de nuevo en la guerra, 
con Portugal que tan funesta nos había sido. La reina rechazó con indigna- 
ción bs proposiciones del desterrado monarca portugués y del temerario mi-^ 



PARTB IlL LlBttO V. 27 

nistro causador de su raina. No anduvo tan acertada cu desoír á Luis XIV., 
porqae si bien para conservar lo de Flandcs era necesario unirse á Holanda y. 
al Imperio, deseo hasta cierto punto natural y disculpable, debió prever las 
consecuencias de empeñarse de nuevo en una guerra contra el vengativo y 
poderoso soberano de la Francia, cuando*estábamos casi sin soldados, sin ca- 
pitanes y sin dinero, y cuando los hombres medianamente previsores conocían 
yaque de todos modos era para nosotros inevitable la pérdida de los Países 
Bajes. Hacíase esta situación mas triste por el calamitoso suceso ocurrido aquel 
afio en la bahía de Cádiz, donde á consecuencia de un furioso huracán queda- 
ron sumidas en las aguas hasta sesenta naves, pérdida irreparable en aquel 
tiempo, junto con la muerte de muchas personas y la destrucción de no pocos 
edificios en la ciudad. Acabó de consternar los ánimos la coincidencia de este 
lamentable suceso con el lastimoso incendio del monasterio del Escorial (4674), 
que doró por espacio de quince dias, y que redujo á pavesas, entre otras mu- 
chas preciosidades, multitud de libros y manuscritos arábigos y griegos de su 
^blioteca (4)^ 



(I) Los pormenores de los estragos qoa eiones se intereeplaban, las voces, lanen- 
^msóeste inceudio horrible pueden verse en tos y desentonados griios de los que se avi- 
la Historia del Monasterio del Escorial por saban del peUgro, tomaban disposiciones 6 
Qoe^edo, parte i.*, cap. 3.* Trascribiremos se lameniabaa de tamaña pérdida, aumen - 
algonos de sus párrafos. taban la confusión y el espanto; el calor 

cDeseríbir todos los pormenores de agüe- iba penetrando basta en las habitaciones 
Ufe noche terrible (la del 7 de junio, en que mas retiradas, y estaba ya muy próximo el 
comenzó), pintar todos los esfuerzos qne se momento de tener que abandonar el edíll- 
hicicroD para contener el incendio, dar una ció si querían salvar las vidas. En todas 
üea de la aflicción, de la lástima que cao- partes se combatía con empeño, pero en lo- 
saba ver eonsamirse por momentos aqnelU das era escasísimo el resultado; la voracidad 
rica maravilla del arte, seria cosa imposi- del fuego y la violencia del viento inutiliza- 

Ue;la imaginación puede concebirlo, pero ban cuantos esfuerzos se hacían. 

Bt es fácil á la lengua espresarfo» Las a;;a- 

|as de la» torres, los altos chapiteles, el vo- «Comenzaban ya á perderse las esperan- 

iomiooso^ enmaderado de las cubiertas, se tas de todo punto, la innumerable multitud 

flWB desplomando uno en pos de otro con de* de gente de los pueblos inmediatos que has- 

loeaciones horribles que hacían retemblar el ta entonoes babia peleado con ardor y tra« 

odifieio basta en sus mas hondos cimientos: bajado estraordinariamente (esio era otro 

á cada paso se hundían grandes pedazos de dia), se iba cansando de una lucha inútil al 

teefaQmbro heefioa. ascuas, para luego re* par que peligrosa, el humo y las pavesas !• 

montarse por el aire eonvertidos en chis- hablan invadido todo, los escombros inter« 

pM y pavesas*, el cielo eonegrecLlo por ana ceptaban la mayor parte de los claustros f 

densa nobe de homo no podía verse, y por escaleras, nadie daba un paso sin temer 

ttsnelo corrían los metales derretidos como qoe el pavimento se escapase bajo sus pies, 

la lava de los volcanes. Consumidas las cu- ó que el t'jcho se desplomase sobre su ca» 

Uertas y desplomadas sobre los pisos inme- bcza. Gran parle de los re'igíosos, acog'én- 

diaioa, rompía el faego por puertas y venta- dose á la única esperanza que les quedaba, 

«39, qoe semejaban cada una de ellas á las al poder de Dios, corrieron á la iglesia, y 

horribles bocas dul averno; las comunica- allí guarecidos eo un rincón de las capillas^ 



2T niSTORlA IiB ESPAÑA. 

Cuando Luis XIV. Ib tuvo todo preparado, declaró la guerra á lá Holanda,, 
publ cando un menífíeslo (7 de abril, 4672), en que se quejaba de un modo 
vago de los agravios ó injurias que decía haber recibido de los holandeses y. 
que le habían movido á tomar contra ellos las armas. También Carlos II. do 
Inglaterra se mostraba quejoso y ofendido, en otro manifiesto que dio, de los 
insultos que afirmaba haber hecho los holandeses ¿ sus subditos en las Indias, 
obligándolos á abatir el pabellón delante de sus bageles: «Insolencia llena de 
«ingratitud, decia, querer disputarnos el imperio de la mar los que en el rei- 
vnado del difunto rey nuestro padre nos pedían licencia para pescar pagando- 
)»nos un tríbulo.» Y estos dos monarcas arrastraron tras sí contra la república 
al arzobispo áe Colonia y al obispo, de Munster. Las dos grandes potencias 
aprestaron contra ella sus bageles, y Luis XIV. invadió la Holanda con tres 
fuertes ejércitos, mandado uno.de ellos por el rey en persona. 

Era cosa evidente que no podía la, república resistir por sí sola á tan nume- 
rosas fuerzas; fnéle por tanto necesario solicitar éb nuevo la protección del 
Imperio y de España. Confirió el cargo y dignidad de statuder al príncipe de 
Orange Guillermo IIL, joven de escasos veinte y doaafios, pero de grande y. 
precoz entendimiento, y de ejemplares costumbres, y que ofrecía las mas li- 
sonjeras esperanzas, por la aptitud que ya había manifestado para el desem- 
peño de los mas graves negocios. Fuerte la Holanda como potencia marítima,, 
sus flotas combatieron muchas veces las de Francia é Inglaterra, y el almiran* 
te Ruyter sostenía con gloria en los mates la honra de la república. No era 



«DOS imploraban la divina clemencia con por todas partes mnlUtad de gentes ear^** 

deTocioD y lágrimas, otros se esforzaban en das oop pioturas, reliquias y ornamentos 

desarmar la cólera del cielo dándose sao- que se iban amontonando en la anchurosa 

gríentas disciplinas. plasa que rodea ai monasterio..... El ter- 

«¡Qu6 aspecto entonces el de aqael tem- oer dia del incendio, se temió que todo se 

pío magnífico! Las fldrieras estallaban una perdiese, basta las alhajas y demás efectos 

en pos de otra cayendo desbecbas en menn- qne se babian puesto en saW o. ...... 

dos pedazos: las llamaradas que entraban «Quince dias se prolongó esta Incba ter- 

por las f entenas le alumbraban por Ínter- rtbie sin que en el!os se descansase un 

valos como el relámpago de la tempestad; el momento. ... Por flu el 9i de Junio se logró 

zumbar del Tiento, el estruendo de los hun- apagar de todo punto las llamas. La alegría 

dlmientos, el crugir de las maderas, y los y el pesar combatían i un mismo tiempo 

lamentos de los mongos se repetían y con- los corazones de todos etc.» 

fundian en aquellas dilatadas bóvedas, for* El autor refiere en el capitulo siguíes lo 

mando un sonido fatídico y espantoso, qne las medidas que se tomaron para sacar los 

parecía ser el estertor de muerte de aque- escombros y lo que se fué baciendo para la 

lia marafilla del arte. reedificación del edificio. El fuego babia 

«Juzgando ya imposible salvar nada en principiado por nna chimenea del colegio, 

el edificio do lo que podia quemarse, dirl- situada á la parte del Norte y se oreefueso 

gieron todos sus esfuerzos á librar algunas casual, y ao puesto de propósito, 
de sus preciosidades....^ Veíanse discurñc 



PAWE ITt: TJBBO V. 29 

posible por tierra hacer frente á los ejércitos de la Francia, mandados por el 
rey, por Turena y por Lnxemborg. Asi fné qne se apoderaron en poco tiempo 
de las provincias de Over-Issel, GQeldres y Utrech» y llegaron casi á las puer» 
tas de Amsterdam. La desesperación misma infundió nn valor heroico á los 
holandeses: el joven statuder se mostró digno de mandarlos, iorando estar re- 
suelto á seguir el ejemplo de sus mayores, exhortándolos á la constancia» 
anunciándoles que las potencias de Europa no tardarían en prestarles su apo- 
yo; y determinados todos á sacrificarse por la libertad y á morir antes que so- 
meterse al francés, rompieron los diques, é inundaron el pais, que era siempre 
4mo de los recursos estremos para su defensa. 

Alarmáronse en efecto otras naciones con aquellas conquistas de la Fran- 
cia (4). El emperador, resuelto á ayudar á los holandeses, logró que se le ad- 
hirieran á este fin algunos príncipes y pequeños soberanos del imperio. Espafia 
hi2o el sacrificio de enviar un cuerpo de doce mil hombres al conde de Mon- 
terrey que gobernaba los Paises Bajos, que ya habia tenido la' precaución do 
poner en el mejor estado de defensa posible nuestras plazas de Flandes para 
ver de preservarlas de una sorpresa de los franceses. El duque de Saboya se 
declaró por éstos, y para entretener una parte de las tropas españolas hizo la 
guerra á la república de Genova, que estaba bajo la protección de Espafia. De- 
cidido el príncipe de Orange á poner sitio á Gharleroy, pidió auxilio á nuestro 
gobernador de Flandes, que no vaciló en enviaríe seis mil españoles al mando 
del conde de Marsin; mas no habiendo podido tomar la plaza, retiróse á Ho- 
landa el de Orange, y los españoles volvieron á sus guarniciones. Aquel auxiüo 
puso de manifiesto al monarca francés las intenciones de la corte de España: 
quejóse á la regente de la infracción del tratado de Aqutsgran; la reina res- 
pondió que auxiliar á los aliados ao era contravenir á aquel tratado de paz; 
pero no era el rey Luis hombre de dejarse tranquilizar con esta respuesta, y 
harto comprendió, y no le sorprendía, que tenia la Espafia por enemiga. 

No podía permitir el emperador Leopoldo el engrandecimiento que á la ve- 
cindad de sus estados iba adquiriendo la Francia, sa antigua rival y enemiga, y 
por mas protestas que el rey Luis hiciera á las cortes de las naciones de que 
m intención era observar religiosamente el tratado de Westfalia, no por eso 
desbtió el emperador de realizar la confederación de los príncipes del imperio 
para acudir en ayuda de la Holanda, y de levantar tropas y prepararse pttra 
empezar la campaña tan pronto como la estación lo permitiese. Por su parte 

(1) «Si no se baoe moy pronto no gran- meges, á no ser que se raya á ofrecer A 

de esfaerio, dijo en voz alia el embajador Luis XIV. ser rey de Romanos.» Despacho 

deEs|»afia en la antecámara del empera* del caballero do GremomTille á Luis XIV., 

dor, creo rer el sitio de Viena antea de tres 30 de junío,467a 



35 ■ HISTORIA DE ESPARA. 

el francés, viendo que no eran creídos sus ofrecimientos y protestas, aumenten 
también su ejército con tropas del reino, tomó á sueldo mayor número de su i» 
zos, y obtavo dpi rey de Inglaterra un refuerzo de ocho mil hombres; y di vi* 
diendo sus fuerzas, como en la anterior campaña, en tres grandes cuerpos, de 
los cuales uno de cuarenta mil hombres guiaba él mismo llevando por genera- 
lísimo á su hermano, y los otros dos conducidos por Conde y Turena habian do 
operar en el Alto y Rajo Rhin, se preparó á emprender las hostilidades (i). 
Fué su primera operación el sitio de Maestrick, una de las plazas masfuer- 
' tes y mas importantes de Europa. Las obras de sitio fueron dirigidas por el cé- 
' lebre ingeniero Vauban, que se sirvió de paralelas y de plazas de armas, medios 
basta entonces no usados. La guarnición resistió con valor los ataques de una 
formidable artillería, y se mantuvo basta trece dias después de abiertas trin- 
cheras. Pero el príncipe de Orange no pudo forzar las líneas, y las tropas im« 
periales y españolas que aguardaba no llegaron á tiempo; con que los sitiados 
tuvieron que ca'pitolar (80 de junio, 4673), saliendo con todos los honores de 
la guerra, y siendo conducidos á Bois-le-Duc (2). 

Durante el sitio de Maestrick, y algún tiempo después sostuvo la armada 
holandesa mandada por Ruyter hasta tres formales combates con las escuadras 
combinadas inglesa y francesa, siendo el gefe de la primera el príncipe inglés 
Roberto, que llevaba por vice-almirante á Sprach, y de la segunda el conde 
de Estrées. Blankert y Tromp eran los vice-almirantes del holandés. Unas y 
' otras escuadras padecieron en estos choques terribles, pero Ruyter tuvo la 
gloria de preservar las costas de la república y salvar la flota que venia de In- 
dias. Pereció adamasen uno de estos combates el vice-almiranle inglésSpracli 
sin que los aliados lograran ninguno de los designios que se habian pro- 
puesto (3). 

£1 30 de agosto (4673) se confirmó solemnemente en la Haya el tratado de 
alianza y am'*stad entre el emperador, el rey de España y los Estados gene- 
rales de las Provincias-Unidas. Por este tratado, que constaba de diez y ocho 
artículos, se obligaba la España á hacer la guerra ¿ la Francia con todas sus 
fuerzas, y los holandeses se comprometian á restituir á España, no solamente 
la plaza de Maestrick cuando la recouquistáran, sino todas las que los frcnce- 

(4) Gesissicr, Bistoria general de las Pro- Villar, embajador del rey de Espafia: H& 

vincias-üniilas. — Leclerc , Id. — Basnage, de la Biblioteca de la Real Academia de lá 

Anales de Us Provincias-Unidiis.— ilisVoria Qísloria, señalado A. C.^Obras de Luis XIV. 

d:! Turena.— Samson, Historia de Guiller» tomo 111. 

roo III. (3) Carta de Tromp i los E8tado8.»Id« 

(3) nistoria del reinado de Luis XI V,-^ de Ruyter al príncipe de Orange.— Id. del 

|]¡<»lú*-ia déla Provincias-Unidas.— Relation principe Roberto al lord Arlingfon. — L« 

du sii'ge de Maestrick, be.ha al marqués de Ñeuville, Historia de la Holanda, libro XV. 




PARTE U!. LIBRO V. 31 

fieshabiancoTaquistado después de la paz de loa Pirineos: el emperador so 
obligaba á tener en la parte del RMto un ejército de treinta mil hombres; y 
por OQ artículo separado se comprometía también la España á declarar k guer^ 
raal rey de la Gran Bretaña si por su parte se oponia á admitir las condi- 
ciones de una paz razonaUe y equitativa (4). En virtud de este convenio el 
conde de Monterrey hizo publicar la guerra contra la Francia en Bruselas, y 
la Francia i so vez la declaró también (setiembre, 4673). El efecto inmediato 
de esta triple alianza fué volver IO0 holandeses á la posesión de las tres pro- 
vincias de que Lui$ XIY. se habia apoderado con tanta rapidez. La corte de 
España hizo aproximar también algunas tropas al Rosellon para divertir por 
aquella parte ¿ los franceses, bien que fueron rechazadas por el general Bret. 
Entretanto los habitantes del Franco-Condado, mas afectos á los franceses 
que ¿los españoles, obligaron al gobernador español á retirarse, y los suizos se 
negaron á dar paso por su territorio á las tropas españolas que fueron enviadas 
pera sujetar aquellos rebeldes. 

La Holanda, que habia hecho ya muchas gestiones con el parlamento in- 
glés para ver de separar al rey Carlos de Inglaterra de la alianza con Luis XIV* 
consiguió al fin celebrar con aquella potencia un tratado amistoso de comer- 
cio, obligándose además el rey Carlos á ser mediador con las potencias belige- 
rantes para la conclusión de la paz, á lo cual se ofrecía también el rey deSue- 
cia. El francés, viéndose asi casi abandonado de todos, aceptó las ofertas de 
mediación, y se señalóla ciudad de Colonia para tener en ella las conferencian 
sobre la paz. Mas cuando al través de las dificultades que se ofrecian, ya en 
púMioo, ya en secreto, iba la Francia cediendo en algunos capítulos, la prisión 
cgecutada en público y en medio de las calles de Colonia por orden del empe- 
rador en la persona del príncipe Guillermo de Furtemberg, plenipotenciario 
del elector de aquella ciudad, so pretesto de ser traidor á su patria (febre- 
ro, 4674), irritó á Luis XIV., que no pudiendo obtener del emperador la satis* 
fuxion que pedia, llamó sos embajadores y se propuso combatir contra todas 
las naciones coligadas. Aumentó el ejército de tierra, tomó medidas para de- 
fender las provincias marítimas de Normandía y Bretaña, envió tropas al Ro- 
sellon para que pudiera contener á los españoles el general Bret en tanto quo 
llegaba Schomberg destinado á mandarlas, y puso su mayor cuidado en aten- 
der á la Borgoña, que creia la mas amenazada por los imperiales, y de donde 
podia venir el mayor peligro para su reino (S). 

(1) Hfmer, Fosdera.— Domont, Gorps DI» {%) Negociaciones de Colonia, IIS.— De- 

ptonat, tom. Til.— Traite entre l'Espagne olaraciOD de guerra de Luis XI V. contra la 

ttkt Etato Generam: HS. Papelea de jo^ España, en Versalles, 49 de octubre. 1673. 

Küai cD ka Real Academia de la Historia. c5a Majeiii áyant eU informé qu$ le (foii* 



32 niSTORlA DE ESPASA. 

Pero libróle do esle caidado el error del emperador, que prefirió atacarla 
Alsacia, error de que supo aprovecharse el francés haciendo que el duque de 
NovaiUes se apoderara de varias villas y fuertes de la Borgofia, y que aamon- 
tadas sus fuerzas penetrara en el Franco-Condado ahuyentando los españoles, 
y pusiera sitio á la fortificada plaza de Gray, cuya guarnición rindió, entran- 
do luego sin resistencia en algunas otras oiudades. El gobierno español envió ¿ 
aquel país al príncipe de Vaudemont, que se dedicó activamente ¿ fortificar las 
dos principales plazas de la provincia, Besanzon y Dole, Contra la primera de 
estas ciudades dirigió sus miras y sus esfuerzos el monarca francés. Cercóla el 
duque de Enghien, que habia tomado el mando del ejército, y el mismo 
Luis XIY. en persona se presentó delante de ella (8 de mayo, 4674), y visitó 
todas las obras esteriores acompañado de su famoso ingeniero Vauban. Furio« 
sámente atacada la plaza, y después de haber resistido cuanto pudo la guar- 
nición, tuvo el gobernador que capitular, quedando aquella prisionera de gue^ 
ra (U de mayo). Al salir de la ciudad con las armas en la mano, la idea de 
verse prisioneros de franceses encendió en ira y en despecho muchos de aquo* 
líos valientes españoles, que aun se acordaban de lo que habian sido en otro 
tiempo, y prefiriendo la muerte á la humillación, emprendieron un combato 
desigual y desesperado, en el cual, después de haber degollado muchos fran- 
ceses, cansados y rendidos y abrumados por el número sucumbieron todos» 
pereciendo con gloria como se habian propuesto. Continuó entonces el francés 
el ataque contra la cindadela, situada sobre una escarpada roca, y abierta 
brecha y dado el asalto, el príncipe de Vaudemont que la defendía pidió capi- 
tulación, que le fué concedida, dándole pasaporte para Flandes, y desfilando él 
con toda la guarnición por delante del rey con los honores de la guerra. 

Rendida Besanzon, emprendió el de Enghien el sitio y ataque de Dole, que 
también quiso avivar con su presencia el rey Luis. Cüpole igual suerte á esta 
plaza, cabeza de la provincia, que ¿ la primera. Luego que salió la guarnición 
(4.0 de junio, 4674), mandó el rey, por consejo de Vauban, arrasar sus fortifi- 
caciones, y trasladar á Besanzon el gobierno superior de provincia que antes 
residia en ella. Salins y otras pequeñas poblaciones y fortalezas se fueron so« 
metiendo sucesivamente. En seis semanas quedó otra vez Luis XIV. dueño do 
todo el Franco- Condado, que desde entonces continuó unido á la Francia (4}« 

En tanto que esto pasaba, los confederados dejaban trascurrir tiempo en 



«erneur dt'i Payi'Boi etpatjnoU a fatí y Holanda; MS. de la Biblioteca Nacional.-* 

commencer de» acies d* ho$íilitéi par hule Sismondi, Historia de los franceseB.— Cartas 

la fronliere tur le tajett de Sa Majetli^ para la Hisloria miliUr do Luis XIV.- 

ella a ordonné, etc.» loria del Franco-Condado. 
(i) Relación de las gacrras con Francia 



Jarte iü. libuo v.- 3J 

Meditar y discutir el plan de campaña que deberían do emprender. No aál c\ 
príncipe de Conde, que mandaba el ejército francés do Flandcs, el cual, apro« 
Techando la irresolución de los enemigos é imitando la actividad de su sobera-> 
no, se apoderó de los castillos que impedian abastecer de provisiones á Macs- 
trick; y aunque solo contaba cuarenta mil hombres, se preparó á atacar al 
ejercito de los aliados mandado por el príncipe de Orange» que entre españo- 
les, alemanes y holandeses ascendia ala cifra de sesenta mil. Deseábalo el do 
Orange, confiado en la superioridad numérica de sus fuerzas, y esperaba, en 
Tenciéndole, penetrar por el reino de Francia. Enconti árense ambos ejércitos 
cerca de Senefí, provincia de H^nao, á tres y media leguas de Cbarleroy. Man- 
daba la vanguardia de los aliados, que era de imperiales, el marqués de Sou- 
che; formaban los españoles la retaguardia, mandada por el conde de Monter- 
rey; ocupaba el centro el príncipe de Orange con sus holandeses, y estaba el 
de Yandemont con seis mil caballos para proteger todas las tropas y acudir 
donde necesario fuese. 

Dióse, paes, aUi una do las mas memorables batallas de aquel siglo: se es- 
tovo combatiendo desde la mañana hasta mas de las once de la noche (ii do 
agosto, 4674): cuéntase que en el espacio de dos leguas yacían en el campo so- 
bre veinte y cinco mil cadáveres, franceses, holandeses, alemanes y españo* 
ks; sangriento y horrible holocausto humano, debido á la ambición de unos 
pocos hombres! Los dos príncipes enemigos pelearon con igual brío, yambos 
correspondieron, el uno á su antigua reputación de general insigne, el otro á la 
fama de sos mayores y á las esperanzas que ya en su juventud había hecho 
concebir. Tampoco excedió en mucho la pérdida de uno y de otro lado; asi quo 
ambos ejércitos se proclamaron victoriosos, y por una y otra parte se cantó el 
Te-Beumen acción de gracias. Bien puede, sin embargo, decirse que el triunfo 
moral fué del príncipe de Conde. Temió éste sin duda aventurarse á perder en 
otra batalla la gloria adquirida en Seneíf, y aunque el de Orange intentó em- 
peñarle en ella, mantúvose el francés en ventajosas posiciones, limitándose á 
conservar las conquistas hechas y á impedir que los enemigos penetraran en 
Francia (4). 

Culpábanse mutuamente los generales aliados de los pocos progresos que 
habían hecho en esta campaña, porque ni siquiera supieron apoderarse de Ou«* 
denarde,que el príncii)ede Orange babia ido á sitiar (setiembre, 4674), y so 
(oeron unos y otros á cuarteles de invierno; los españoles á Flandes, los de 
Alemania á su país, no sin saquear al paso los pueblos del Brabante, y sin co- 



(I) Bnueo de la Hartiniére, Historia do — Basnage, Bistofla de las Proyineiaa-ÜoN 
la «ida y del reinaJo de Luis XIV. Toin. III. das, lo ja. U.-Obras d < Luis XIV. 

Tomo ix, 3 



n DISTORIA DE ESPAÑA. 

lueUrotiOS desmanes y tropelías que desacreditaron ó hicieron od'oso einom» 
bre del conde de Soache. El de Orange partió con sus holandeses á activar y 
apretar el sitio de Grave, que desde fines de julio tenia puesto el general Ra- 
benbaut, y cuya plaza defendía el marqués de Gbamilly. Aunque el francés 
continuaba resistiendo con obstinación, hubo de capitular en virtud de orden 
que recibió del rey (octubre, 4674), para que no comprometiera las vidas do 
unos soldados tan valientes eo una defensa que por otra parte era inútil. Esta 
fué la única ventaja que en esta campaña obtuvieron los holandeses, y para 
eso perdió el de* Orange seis mil hombres en este sitio. 

Turena, que, como dijimos, operaba en el Rhin, defendió con solos veinto 
mil hombres contra mayores fuerzas imperiales la Lorena y la Alsacia, g»nd 
contra los alemanes tres batallas consecutivas, desconcertó todos los proyectos 
de los enemigos, no obstante estar mandados también por un general hábil, y 
en todas partease condujo como lo que era, como un guerrero consumado, sa« 
gaz y prudente, bien que en el Palatinado manchó algo su gloria con estrago0 
y devastaciones, contándose entre éstas el incendio y destrucción de dos ciu-* 
dades y de veinte y cinco pueblos (4). 

Ardiaal misno tiempo la guerra por las fronteras de Cataluña y del Rosc^ 
llon. Los españoles concibieron esperanzas de recobrar esta antigua provincia 
de España por inteligencias secretas que mantenian con los naturales; pero 
descubierta la conjuración, y castigados los principales autores de ella por el 
general Bret que aQi mandaba, no quedó otro recurso que intentarlo por la 
fuerza, y con toda la que pudo reunirse se puso alli en campaña el duque do 
San Germán. A mandar el ejército francés de aquella parte acudió el mariscal 
Schomberg, ya de antemano destinado á ello, y harto conocido de los españoles 
en las guerras de Cataluña y de Portugal. Pero condújose el de San Germán 
en esta campaña con una inteligencia y una astucia que acaso no habria podi- 
do esperar el francés. Después de haberse apoderado del castillo de BcUegar- 
de, que halló mal fortificado y no bien provisto, cuando se encontró después 
frente del ejército de Schomberg, empleó un ardid que le dio muy buen resul- 
tado. Hizo correr la voz de que proyectaba volverse á Cataluña, fingió preparar 
la marcha, cuidó de que llegara á oidos de Schomberg por medio de un echa- 
dizo, colocó su infantería en unos barrancos, y buscando gr^ número de ma- 
los, mandó que los llevasen por la cumbre de los montes para que aparecicso 
ser su caballería y bagages que iban en retirada. Bret, que sentia le hubiesen 
quitado el mando en gefe, y queria acreditarse con algún hecho brillnnte, sa- 
lió sin orden de so general en persecución del enemigo, suponiéndole en fuga 

(I) Historia del vizconde de Turena, tomo I» 



PARTE IM. LIBRO V. íiS 

Qanío, 46H). Esperáronle los esp3fío1es donde bien les vino, cayó el francóá 
en la emboscada, sufrió sn gente descargas mortiTeraá, y cuantQ más quería 
moverse para salir del peligro, más se embarazaba y envolvia^. 

Noticioso Schomberg de este accidente, envió un grueso retüerio de tro** 
pas á Bret para ver de reparar el desorden; con cuya ocasión se trabó una seria 
refriega ela Madrellas, á las márgenes del Tech, que aunque de corta duración, 
costó á los franceses cerca de tres mil hombres entre muertos, heridos y pri* 
eioneros, contándose entre estos el hijo de Schomberg, que era coronel deca** 
ballena. A pesar de este tríunfo^ y de que no habia pensado San Germán retr-* 
rarse á Catalufiai tuvo que verificarlo por orden que recibió del gobierno de 
Madrid, que necesitaba enviar pacte de aquella tropa ¿ Messina» donde habia 
estallado una sedición contra el gobernador de España» Con tal motivo se man- 
tuvo el de San Germán el resto del año ¿ la defensiva en la frontera de Gata- 
laña, por haberse quedado sin tropas bastantes para poder emprender espedi- 
ciones. En esta campaña» en que mandaror también como gefes, al lado del 
veterano Tuttavilla duque de San Garman, el conde de Lumiares, y los jóvenes 
marqueses de Aytona y de Leganés, hicieron señalados servicios y admirables 
proezas los miqueletes catalanes, cuyos principales caudillos eran un tal Trin« 
cheríá, y el baile de Massagoda, llamado Lamberto Manera; ya interceptando 
y cogiendo convoyes al enemigo, ya impidiéndole tomar los puentesi ya ha** 
ciendó atrevidas escursiones, llegando en alguna ocasión con increíble audacia 
bástalos muros de Pcrpiñan, ya hostigándole de mil maneras, volviendo co-* 
mnnmente cargados de botin, y matando muchos franceses, á veces regimien-^ 
tos(»si enteros, entre los cuales cayó en sus manos el teniente general de la ca^ 
ballena, asi como quitó la vida por su propio brazo el de Hassagoda al traidor 
catalán don Juan de Ardena. Verdad es que no hubieran podido ser tan felices 
en sus osadas empresas si no los favoreciera el espíritu de aquellos na turales^ 
en general tan adicto á los catalanes, á quienes tanto tiempo estuvieron uni<« 
dos, como adverso á los dominadores franceses (4). 

Tal fué en 1674 el resultado de la guerra en tantas partes sostenida pof 
los ejércitos de Luis XIV. de Francia contra las potencias aliadas, y los prínci- 
pes y estados que se habían adherido á la confederación contra el francés. 

Lejos estuvo en el de 4675 de pensarse por nadie en la paz; antes bien, á 
pesar de las grandes pérdidas por unos y otros sufridas, todos -se aprestaron á 
continuar con nuevo y mayor ardor la guerra. Por la parte de Cataluña y Ro* 
sellon no podía hacerse con gi-an ventaja para España, porque desmembradas 

(1) Progresos de las armas españolas al so en Madrid: Biblioteca de Salazar, Efit. 14, 
■lando del doqae de San Germán, capiían número 173. 
general de Cataluña, en el año 1674; impra* 

t 



es lllSroRlA DE ESIANA. 

les tropas que se embarcaron para Sicilia á sofocar la rebellón que ¿ntes indi- 
camos, y de que hablaremos después, no pudo reunirse un ej Tcito que oponer 
al enemigo. A -i fué que Schomberg penetró en el Ampurdan por el estrecho y 
difícil Coll de Bauols, se detuvo tres dias en Figueras, que abandonaron los 
españoles, se llegó á los arrabales de Gerona, y atacó la ciudad, que defendió 
con constancia el duque de Medinasidonia, hasta que el francés, cansado de 
una resistencia que no esperaba, alzó el cerco y se retiró con pena. Viéronso 
en la defensa del rastrillo de San Lázaro hechos heroicos Un solo capitán, 
don Francisco Vila, detuvo por espacio de cinco horas con treinta hombres á 
un numero cien veces mayor de franceses: y alli pereció el caudillo de míque- 
letes Lamberto Manera» después de haber peleado todo el día, cuLioito desar^ 
gre enemiga y de la suya propia. 

Pero su compañero Trinchería no cesó de acosar al ejército francés, fio de- 
jándole asentarse en parte alguna» ni menos desmembrarse en partidas suel- 
tas, ni cruzar nn convoy que no fuera atacado, habiendo alguno que aunque 
escoltado por mas de dos mil hombres fué acometido en un desfiladero por so- 
los doscientos de los almogávares ó miquelctes do Trinchería, matando éstos 
basta otros doscientos enemigos, y apoderándose de trescientas acémilas. Ya 
que no podia pelearse como de ejército é ejército, eran prodigiosas las hazañas 
de los catalanes en combates parciales. Un cuerpo de cuatro mil infantes y qui- 
nientos ginetes franceses atacó la villa de Massanet, donde solo se encontraba 
el capitán José Boneu con cuarenta miquelctes Rotas fácilmente por el ene^ 
migo las tapias de la villa, encontró á Boneu fortificado en las calles con sus cua« 
renta hombres, que las fueron defendiendo palmo á palmo por espacio de muchas 
horas. Refugiados por último en la iglesia, resistieron alli hasta que escalando 
los franceses las bóvedas y penetrando por muchas partes á un tiempo, vién- 
dose como ahogados por el número tuvieron que rendirse. Quiso el general 
f' anees mandar ahorcar á Boneu, mas luego desistió acó. dándose de que él 
mismo habia debido la vida á los catalanes, y considerando que eran terribles 
en sus venganzas. Hechos como éste se repetían con frecuencia. 

Determinado Schomberg á apoderarse del castillo de Bellegarde, que los 
españoles habian tomado el año anterior tan fácilmente, pero que habian tenido 
cuidado de poner en buen estado de defensa, atacóle con artillería gruesa quo 
hizo llevar dePerpiñan. Circunvalada la fortaleza, ofrecióse el intrépido Trin- 
chería á abrirse paso con sus miqneletes, y le abrió en efecto rompiendo un 
cuartel enemigo con indecible arrojo; pero los capitanes y soldados que el do 
San Germán enviaba en socorro del fuerte se negaron á encerrarse dentro de 
sus muros. Con lo cual los sitiados, después de una vigorosa defensa, se vieron 
precisados á capitular, y evacuada la fortaleza por la guarnición, que se com« 



PARTE III. LIBRO ?• í^7 

ponía de mil hombres, entraron en ella los franc3ses (20 de julio, -1675). Des- 
cansó Schomberg en la estación calurosa de las fatigas de la campaña, y para 
concluirb se fué á la Gerdaúa, donde exigió como de costumbre contribuciones 
para mantener su ejército, aunque sin saquear los pueblos ni talar los campos: 
amena2ó á Paigcerdá, m is hallándola bien fortificada y provista por el duquo 
de San Germán, se retiró sin acometerla á cuarteles de invierno (4).. 

En otros puntos se estaban midiendo en mayor escala las fuerzas do 
Luis XIV. con las de las potencias aliadas. El emperador habla hecho entrar . 
en la confederación otros príncipes, pero también Luis celebró pactos con el rey 
de Snecia, obligándose éste á distraer la atención de Leopoldo por el norte do 
Alemania, á cuyo fin y so pretesto de baber infringido el tratado de Westfalia 
el elector de Brandebm'g, hizo entrar tropas en la Pomerania electoral, (ene- 
ro, 4675). Buscó entonces el elector el apoyo del Imperio, de Holanda, de Dina- 
marca, y de la casa de Branswich para defenderse contra la Suecia, y asi tomó 
la lucha mas colosales dimensiones, interesándose en ella casi toda la Europa. 
En los Países Bajos el príncipe de Orange, y el duque de Yillahermosa que 
sucedió al conde de Monterrey en el gobierno de la Flandes española, junta- 
taronsas fuerzas para oponerse á las empresas de los franceses. Pero confún- 
dalos el rey Luis con los movimientos de sus ejércitos, amagando ya á un lado 
ya á otro, dando vueltas hacia una y otra parte, sin que se pudieran penetrar 
603 intenciones. Sabíanse después por los resultados. Sus excelentes generales 
Crequí, Conde y Enghien, rindieron las importantes plazas de Dinant y de Lim« 
burgo (de mayo á julio, 4675). El monarca francés impidió al de Orange y á 
h» españoles el paso del Mosa, y sus tropas los fueron persiguiendo en su re- 
troceso á Bruselas, apoderándose de paso de Tillemont. Su necesidad de sacar 
de Flandes un cuerpo considerable de tropas francesas para enviarlas á Alema* 
nía mejoró la suerte de los holandeses y españoles: el de Orange quedó en ap- 
titud de obrar con mas desembarazo (julio, 4675), pero no pudo desalojar á 
Conde de las posiciones ventajosas que escogía, ni obligarle á aceptar la bata- 
Va fuera de ellas. Otro tanto le sucedió con el duque de Luxemburg, que re- 
emplazó en el mando á Conde, cuando éste tuvo que partir á Alemania á re- 
pararen lo posible la pérdida que allí acababa de sufrir la Francia con la muer- 
te de Turena. Tampoco fué lucida la campaña de este año en Flandes para los 
holandeses y españoles (8). 

La de Alemania fué famosa, no por las conquistas que en ella hicieran ni 

(4) Spüome histórico de los sucesos de mo IV. 
Isptña, etc. MS. de la Biblioteca de la Real (3) Dasnage, Historia de las Provincias- 
Academia de la Historia, c. lU.— La JHar- UDÍdas.-r>BruzcQ de la Mariiniére, Vida y 
liaiére, Tid« y reinado de Luis XIV. to^ reinado de Luis XlV.-0:jra9.Uc Luis XIV. 



'80 BISTORIA T)E ESPAÑA. 

franceses ni imperiales, sino por las prue'jas que de su respectiva liabilidad 
dieron los (^os mas insignes generales de su siglo, Tarena y MontecucuUi. El 
de los franceses era singular en la elección de posiciones y en los artificios pa- 
ra burlar ]as asechanzas y evitar los combates siempre que le convenia. El de 
los alemanes se distinguid por su precaución en las marcbas, y por la manera 
ingeniosa con que conduela en ellas las tropas, los trenes y los bagages. De 
UontecucuUi se ha dicbo que nunca ningún general ha sabido imitarle en el 
orden de las marcbas por cualquier pais que fuese. HdBse dicha de Turena quo 
sabía retroceder como Fabio y avanzar como Anibal. Hallándose ea una oca^ 
sion frente del ejército de HontecucuUi después de baber dado disposiciones 
para la batalla, y observando sus movimientos, una bala de cañón le dejó muer-, 
to instantáneamente (29 do julio, 4676). Su muerte causó na dolor gener&I y 
profundo en toda la Francia: los hombres elocuentes lloraron todos sobre str 
tumba: su cadáver fué llevado á París, y enterrado en el panteón de los re-, 
yes (4). El ejército francés, después de la muerte de este grande hombre em-. 
prendió la retirada; los imperiales pasarou el Rhin, y entraron en la Alsacia,. 
pero no pudieron mantenerse en ella» 

Deseaban ya casi todas hs potencias la paz, y la Inglaterra era la que ira-, 
bajaba más por ella en calidad de mediadora. Ocurrian no obstante dificulta-, 
des, como siempre, á pesar de la buena disposición de la mayor parte de los. 
soberanos. El de Francia especialmente, acostumbrado á ganar mucho en ta^ 
les tratos, aparentaba hacer grandes sacrificios cuando solo cedia en cosas do 
poca monta, tal como la de convenir sin dificultad en el lugar que se seña-, 
lára para tener las conferencias* Vencidos al fin algunos inconvenientes, y 
designada de común acuerdo para celebrar las pláticas la ciudad de Nimega, 
eada soberano envió allá sus plenipotenciarios para comenzarlas negociaciones 
(diciembre, 4675). 

Mas como si en tales tratos no se pensara, asi obró Luis XIV., cada vez qu& 
80 protesto de obligar á los enemigos de la paz á no turbar las conferencias, 
reforzó sus regimientos, y puso al año siguiente (i676) cuatro ejércitos encam- 
pana; el del Rhin al mando del duque de Luxemburg, el de Sambrey Mosa al 
del mariscal de Rochefort, dando al de Noiilles el destinado á obrar en el Ro- 
sellon y Cataluña, y quedando él mismo al frente de otro de cincuenta mil 
bombres, cuyos tenientes eran el duque de Orleans, su hermano, y los ma- 
riscales de Grequi, Schomberg, Humiéres, la Feuillade y Lorges. Cayeron es- 
tas fuerzas primeramente sobre la plaza de Conde en Ffandes,. y atacáronla 

(I) Beiarain, HistorUde las cuatro úlli^ morias ha'ladas en la cartera del mariscal 
mas campañas de Turena.—Vida del vizcon- de Tureoa, por el conde de Grimoard^ 
^e de Tarena.— Coleacioa de cartas y me- 



rAHTE III. LIDRO V. 39 

con formidables baterías los .mariscales reunidos á presencia del rey. Cuando 
el principe de Orange y el duque de Villabermosa marchaban en socorro de la 
plaza, ya la guarnición consternada había capitulado (abril, 4676). Mientras el 
rey Luis en persona contenia al de Orange y Villa hermosa, otro cuerpo consi-^ 
derable de sus tropas sitiaba, atacaba y rendía la plaza de Bouchaín (mayo^ 
4676). Aun después- de enriar refuerzos á la Alsacia y la Lorena, en la revista 
que pasó á su ejército en junio vid que no bajaba de cuarenta mil hombres. 
Con ellos se corrió luego hacia Valencíennes, y acampando en Quievrain taló 
todo el país de las cercanías de Mons, después de lo cual se volvió á Francia 
(julio), dejando el mando del ejército áSchomberg. 

Mientras que el mariscal de Humiéres sitiaba la ciudad de Ayre, una de 
las m^res y mas fuertes que los españoles poseían en el Artois, y se apodera- 
ba de ella sin que llegara á tiempo de impedirlo el duque de Villabermosa (fin 
de julio, 4676), el príncipe de Orange embestía la disputada plaza de Maes- 
trick con un ejército compuesto de tropas holandesas, alemanas, inglesas y es^ 
panelas. Grandes esfuerzos hizo el joven statuder para recobrarla: muchos y 
muy sangrientos combates hubo entre sitiadores y sitiados; muchos estragos 
cansaron en unos y en otros las minas que «e volaban; á costa de mucha san- 
gre se tomaba y se perdía cada fuerte, cada bastión, cada reducto, cada camino 
cubierto. Pero acudiendo el mismo Schomberg, que hasta entonces había es- 
tado deteniendo á Villabermosa, en socorro de la plaza, resolviefon los confe- 
derados en consejo de generales levantar el cerco (agosto, 4676). No fué poco 
el mérito del statuder en saber retirarse burlando á fuerza de estratagemas al 
enemigo. Terminó la campaña de este año en Flandes rindiendo el mai%cal 
Unmiéres el fuerte de Livíek, tomando el de Grequi el castillo de Bouillon» el 
de Línk y algunos otros de menos importancia (4). 

Aunque no tan triunfantes las armas francesas en Alemania, sin embargo 
también ganaron allí algunas victorias. La ciudad de Philísburg cayó en poder 
del mariscal duque de Luxemburg; el duque de Lorena, que había reemplaza^ 
do al célebre MontecucuUi en el mando del ejército imperial, se retiró sin glo- 
ria á cuarteles de invierno (octubre, 4 676), y el mariscal francés situó sus tro« 
pas en la Alsacia y la Lorena. 

No se descansaba en la parte del Rosellon y Cataluña. El marqués de Ger* 
ralbo había sustituido en el vireinato del Principado al veterano Tuttavilla, 
duque de San Germán. A Schomberg había reemplazado en el mando de las 

(1} Cartas y despachos de Laonoy, de fis* Luis XIY. tom. IV.-.Gaceta8 espafiolas del 

trades^de Golbert y de Afaux: correspon- reinado de Garlos 11.: Noticias eslraordina.-^ 

deneia de nolanda^—Basnage, Historia de rías del Norte. 
itf PrOTÍDCias Unidas ,1. IL — Oleras de 



4(> tl.STOUiA UE ESPAÑA. 

Iropas francesas el mariscal de Noailles, que disponia de quince mil bombre^^ 
con mas unas compailtas de miqueletes franceses que formó á imitación de los 
catalanes. A fines de abril (4676) pasó el francés revista á sus tropas, mudóla 
guarnición de Bellegarde, que los españoles habian estado á punto de ganar 
por seoretos tratos, y entró en el Ampurdan por el Goll de Pertús, tomóá Fi- 
güeras haciendo prisionero un tercio catalán sin que se escapara un solo faom^ 
bre, hízola depósito de víveres, y continuó su marcha sin tropiezo. Gente nue- 
va y sin esperiencia los soldados españoles que se reunían en las cercanías do 
Gerona, no se atrevieron á hacer frente al mariscal francés. Sin embargo, sa- 
lieron á dos leguas de la ciudad, con voz, pero no con intención de ir á atacar 
al enemigo: mas sabedores por los miqueletes de que un cuerpo de infantería 
y dragones franceses, iba sobre ellos con la confianza de destruirlos como biso*, 
ños, tuvieron á bien retirarse al abrigo de la ciudad. 

Todo el empeño y todo el afán de Noailles era esterminar los importunos 
miqueletes, que no dejaban reposar sus tropas, como antes no habian dejado 
descansar las de sus antecesores. Gon orden de perseguirlos sin tregua hasta 
en los lugares mas ásperos destacó al mariscal Gabaux con todos los dragones 
V bastante infantería; pero dividiéndose los miqueletes en tres trozos para m&- 
jor burlar la persecución y hacer mas libremente sus escursiones, conocedores 
del pais, hurtábanle al mariscal ligeramente las vueltas, y cuando creía llevar- 
los delante encontrábase acometido por la espalda ó por los lados, confundíase 
y se fatigaba sin fruto, hasta que cansado tuvo que renunciará la persecución, 
y cuidar él mismo de librarse de ella. Disminuido luego el ejército francés por 
haber desmembrado cuatro mil hombres para enviarlos también á Sicilia (ju-^ 
lío, 4 676), limitóse el de Noailles el resto del año á mantener sus tropas ¿ 
costa del pais y con gran vejamen de los pueblos, hasta que aproximándose la 
estación fría y distribuyendo su gente entre el Ampurdan. y el Rosellon se re- 
tiró á Perpiñan, desde donde hacia solamente algunas escursiones (4). 

Menos feliz fué todavía para los españoles la campaña de Gataluña el añ o 
siguiente (4677). Sucedió al marqués deGerralbo en el vireinato el príncipe de 
Parma, que al poco tiempo, sin causa que aparezca justificada, fué reemplaza- 
do por el conde de Monterrey, gobernador que había sido de Flandes. Aunque 
se determinó enviar á Gataluña las tropas destinadas á Sicilia, y el Principado 
hizo un gran donativo para la guerra, y muchos grandes y nobles de Castilla 
tomaron las armas, procedióse con tanta lentitud, que eran ya fines de junio 
(4677) cuando el de Monterrey pudo ponerse en marcha con un ejército de ccr« 
ca de doce mil hombres, cuyo maestre de campo general era don José Galce-« 

(IJ Epitome histórico de los sucesos de España, etc. U^ 



PARTE llt. LIBRO V; 41 

m 

ran de Pinos, á fin de atacar al mariscal de Noailles quo con sus ocho mil iu* 
fanles infestaba y asolaba los paeblos del Ampurdan. Espera el francés en po- 
sición ventajosa al pie de una montada y al otro lado del rio Of lina. Acampó 
el de Monterrey y puso en batalla su gente á tiro de cañón. Estuvieron unos 
yotros algunos dias observándose y haciendo algunos movimientos, pero sin 
venir ¿ las manos. El 4 de julio levantó el francés su campo y fuese retirando 
con mocho silencio. Siguiéronle los nuestros llenos de confíanza, y especial 
mente la nobleza, que. creyó llegado el caso de cubrirse de gloria. Mas viendo 
el de Noailles el desorden con que la vanguardia española acometia su retaguar- 
dia» mandó hac^alto y dispai arla artillería. Empeñóse con esto una sériaybra- 
va pelea, que doró de cinco á seis horas, y en quo nuestra mesperta nobleza 
pagó su ardor y sa ciega confíanza. AUi cayó mortalmente herido el duque de 
HoDteleon, que guiaba la vanguardia; alli sucumbieron el joven marqués de 
Fuentes, el vizconde de San Jorge y otros caballeros españoles y alemanes. El 
conde de Monterrey puso en buena ordenanza toda su gente, recogiendo la 
desecha vanguardia, y el combate se hizo general, con no poco estrago de una 
y de otra parte; mas cuando le pareció al francés conveniente prosiguió su mar- 
cha y ganó el Rosellon. Por mas que en Barcelona y en Madrid se celebrara 
como un triunfo esta jornada, la verdad es que sufrimos lamentables pérdidas^ 
y que nuestro ejército quedó quebrantado, y gracias que el enemigo no hizo 
en el resto de aquel año mas irrupciones. 

Laque hizo al año siguiente (abril, 4678) fué trayendo sn ejercito reforza- 
do hasta veinte mil hombres, con el cual emprendió el sitio de Puigccrdá, ca- 
pital de la Cerdaña. Guarnecíala el bravo oficial don Sancho Miranda con dos 
vúl hombres de tropa y setecientos ciudadanos armados. Esfuerzos prodigio- 
sos de valor hizo el don Sancho en un mes entero que duró el sitio, y en el 
cual los franceses abrieron muchas brechas, hicieron y volaron muchas minas 
y dieron varios asaltos. El conde de Monterrey, que se movió con trece mil 
bombres como para dar socorro á la plaza, contentóse con situarse frente al 
ejército sitiador, sin atreverse á atacar sus cuarteles, y luego se retiró dejando 
abandonado al gobernador de Puigcerdá, que con aquella retirada imprudente 
se vio precisado á capitular (28 de mayo, 4678), con condiciones dignas de su 
gloriosa defensa. Conquistada y guarnecida esta plaza por el fi anees, volvióse 
9I Rosellon á descansar de las fatigas del jsitio. Pero en setiembre penetró de 
nuevo en Cataluña, y pasó aquel mes y el de octubre entre el Ampurdan y la 
Gerdafia subsistiendo á espensas de ambos países, y sin acometer empresa 
considerable. Por último, con noticias que el mariscal francés tuvo de es- 
tar para concluirse el tratado de paz general, hizo destruir las fortifica- 
ciones de Puigcerdá y otros cafcliilos que poseían los franceses, para que 



h2 HISTORIA UB ESPAÑA. »■ 

DO ))udicraD servir á 103 españoles en el caso do una nueva guerra (4). 
Habían estado en oste tiempo principalmente empleadas la atención y las 
fuerzas do Luis XIY. en los Países Bajos, de cuya posesión se había propuesto 
despojar á España. Y aunque había manifestado deseos de paz f sido el pii* 
mero en enviar sus plenipotenciarios á Nímega» no por eso renunció á la pro» 
secucion de sus conquistas. II izólas ahora con^ mas rapidez por el abandono de 
la corto de E«pafla en enviar socorros á Flandes. Abrióse esta vez la campada 
por el sitio de Valencíennes (febrero> 4677), ¿ cuyo campo llegó el monarcí 
desde Paría el 4 de marzo^ no obstante el rigor de h estación. La plaza de 
Yalenciennes, fuertísima y de las de primer orden, que se tenia casi por inex- 
pugnable, se rindió á los franceses (47 de marzo), no sin sospechas de haberse- 
debido en gran parte á secretas inteligencias con los de dentro. Asediada des- 
pués y embestida la ciudad fuerte de Gambray, se entregó también al rey Luis- 
por capitulación (6 de abril)^ El duque de Orleans, hermano único del rey, 
batió y derrotó en campal batalla al príncipe de Orange en Gassel, con pérdi- 
da de mas de cinco mil de los aliados entre muertos y prisioneros, y de los ca- 
ñones, morteros, provisiones y muchos estandartes. Después de lo cual conti- 
nuó el de Orleans el sitio que tenia puesto á Saint-Omer, y la rindió también- 
por capitulación (22 de abril). 

El príncipe de Orange, después de la derrota de Gassel, reunió todas sus 
tropas y las aumentó hasta formar un ejército de cincuenta mil hombres, in- 
clusos los españoles, con el cual, después de algunos movimientos para aparéis 
tar que iba á poner cerco A Maestríck, cayó sobre Charlcroy. Pero habiendo 
acud do los mariscales de Luzemburg y de Ilumiéres, y deteniendo el de Gre- 
qui al duque de Lorena que marchaba á darle refuerzo, levantó el sitio (44 de 
agosto, 4677), y se retiró sin aceptar la batalla de los franceses, contra el pa- 
recer del duque de Villahcrmosa. Gon mejor suerte el de Luxemburg, se apo- 
deró en diciembre de la plaza de San Guillain, con que terminó la campaña 
de 4677 en Fiandes, tan ventajosa para los franceses como desastrosa ó in^ 
fausta para holandeses y españoles (2). 

Por un nuevo tratado que hicieron entre si la Inglaterra, Holanda y Espa- 
ña, y que se firmó en La Haya (46 de enero, 4678), fueron retiradas de Fran- 
cia las tropas inglesas que estaban al servicio del rey Luis, y á petición del 
príncipe de Orange suministró la Gran Bretaña una escuadra de ochenta ba- 



(4) Broun da la Martlniére* Hi*t. de la toria de Francia.— Basnage, Distoria de- 
vida y reiaado de Laia XIV, tom. lU.—Ba»- laa Proiincias-Unidaa, tom. ll.-^bras d» 
nage, t. II.— Epitome bislórico, ele* LuisXiV.— NoiiciasextraordiDariag del Ñor- 

ii) Correspondoi>cia de Uolanda, Golee- te, impresas en Zaragoza, 1677: Goleocioi^ 
cion de Dctumenlos históricos para la hU- de Gaoetas de este reinado. 



PARTE m, LIDRO V. 43 

fK^l sde guerra, con treinta mil soldados. Viéndose tan seriamente amenazado 
LmsXIY., resolvió separarla Holanda de la confederación, ofreciéndole par- 
tidos ventajosos, para poder dictar la ley á las demás naciones; y á fin de obli- 
gar á E^fia á dar oídos á las condiciones de paz que quería imponerle, se 
propuso intimidarla, moviendo todos sus ejércitos ¿ un tiempo, sin revelar á 
nadie sos planes y designios, y haciéndolos marchar y contramarchar con ór- 
denes reservadas y misteriosas, qiie á nadie dejaban adivinar sas proyectos. 
Asombrado se quedó el daque de YiUahermosa que gobernaba por Espafia los 
Paises Bajos, cuando supo que los franceses atacaban á un tiempo á Iprés, 
Namur, Luzemburg y Mons. 

No menos sorprendió al gobernador de Gante, don Francisco Pardo, oficial 
español de gran valor, intrepidez y prudencia, ver atacados los arrabales de 
k ciudad por el ejército de Humiéres (marzo, 4678), hallándose sin tropas para 
defenderla. Hizo sin embargo heroicos esfuerzos, abrió las esclusas é inundó el 
pais: pero al cabo de ocho días tuvo que rendirse (9 de marzo) por falta abso- 
luta de medios para prolongar más la defensa. Igual suerte cupo á la de Iprés 
(2o de marzo), cuyo sitio dirigió el rey en persona. Indignó á los ingleses la 
conquista de estas dos plazas, por el menosprecio que el francés hacia de su 
empefio y compromiso en la conservación de la Flandes española. Empeñába- 
se el parlamento en que se babia de declarar la guerra á Francia, pero Carlos, 
ó ganado por la corte de este reino, ó bien hallado con su vida de deleites, lo 
difirió cuanto podo, hasta que al fin la declaró (9 de mayo). Este paso, dado 
algún tiempo antes, hubiera podido ser mas provechoso á los aliados: mas co- 
no quiera que las negociaciones de la paz, entabladas en Nimega, aunque con- 
ducidas con lentitud, estuviesen ya adelantadas^ y como quiera que los holan- 
deses, mas cansados de guerra que los demás, se mostrasen también mas dis- 
puestos á aceptar el tratado de paz con Francia, la guerra de los Paites fiajos 
fbé ya menos viva, si bien no se interrumpieron las operaciones. 

Los dos ejércitos, el de los franceses y el de los aliados, se dieron todavía 
sn sangriento combate delante de Mons (agosto, 4678), y aun creyeron unos y 
Otros que se renovaría al dia siguiente, cuando llegó á los dos campos la noti-« 
ciado haberse firmado la paz que poso término á esta larga y calamitosa guer- 
ra, y de cuya historia y condiciones daremos cuenta separadamente, por la 
nucho que influyó en la situación sucesiva de los estados de Europa (4) 

(I) Obras de Luis XIV. t IT«-^acetas — Correspondencls Se los generales de loa 

de 1478: Noticias recibidas del Norte.— >Ba8- Paises Bajos oon Luis XIV. y eoB la o6rt» 

sage. Historia de las Provincias Unidas.-* de EspaAa: Documeotot ioédlot» 
IfcsHKritf de las negoeiaciooes de Nimega. 



C4PITIL0 IV. 



REBELIÓN DE MESSINA. 



DO i «9 4 A t«99. 



Cauta 7 prf neipto de la rebellon.'-Medidas dol rirey para aofocarla.— Proteceíoo y lo- 
corro de los franceses á los sublevados— Vaa iropas de Galalu&a conira ellos.— Reco- 
nocen los rebeldes por soberano i Luis XIV. de Francia.— Don Juan de Austria se nie- 
ga á embarcarse para Sicilia.— Armada holandesa y espaftola.— Ruy ter.— Combates de 
la escuadra aliada contra la francesa.— Mu erle de Ruyter.— Destrucción de la armada 
holandesa y espafiola.— Nuevos esfuerzos de Espafta.— Odio de los sicilianos á los fran- 
ceses.— Declaración de Inglaterra contra la domiaacion francesa en Messina:— Retira 
Luis XIV. sus naves y sus tropas de Sicilia.— Término de la rebelión.— Rigor en los 
castigos de los rebeldes^ 



Dijimos en el capítulo anterior, que en el verano de 4674 habla sido nece^ 
sario desmembrar una parte del ejército de Cataluña para enviarla ¿ Sicilia á 
fin de sofocar una rebelión que acababa de estallar en Messina contra el go- 
bierno español. 

Nació esta rebelión de haber querido el gobernador español don Luís del 
tioyo quitar á los mesineses el gobierno particular con que ellos se regian, y- 
con el cual vivian gozando de una completa libertad en medio de una monai^ 
quía absoluta. Para conseguirlo intentó destruir el poder de la nobleza acari-^ 
ciando al pueblo. Una carestía que se esperimentó habia dado ocasión á que 
los populares se levantaran contra el senado, incendiando y devastando las ca- 
sas de los senadores. Don Luis del Hoyo aprovecbó aquella escisión para pnw 
poner que se compartiera la autoridad entre nobles y plebeyos, mas no por esto 
los tumultos cesaron, y so formaron en Messina dos partidos, uno de ellos, el 
mas poderoso^ apegado á su antigua constitución y enemigo de los españoles,, 



PARTE 1!I. LIBRO V. 45 

tojas intenciones sospechaba. El sncesor de don Luís del Hoyo, don Diego da 
Soria, marqués de Crispano, creyó que el mejor medio para sujetar á los sena* 
dores qae eran de este partido era el rigor, y llamándolos una mañana á sa 
palacio los hizo prender. Al rumor de este suceso se alborotó la población, 
tomaron las armas los dos partidos, llamados los Malvazzi y los Merli, choca- 
roQ entre si, y vencedores los Malvazzi que eran los más, dirigiéronse al pala- 
cio del gobernador, hiciéronle soltar los presos (agosto, 4674), le depusieron 
del cargo, é intentaron apoderarse de su persona, pero lo impidió la artillería 
del fuerte de San Salvador disparando contra la muchedumbre. El virey deSi< 
ciüa, marqués de Bayona, llamó tropas para sujetar la ciudad suUevada, y 
pidió socorros al virey de Ñapóles, marqués de Astorga; pero hacíanle falta las 
galeras de Malta y de Genova para dominar el mar. 

Los mesineses, viendo el peligro que corrían, aunque se habian ido apodo^ 
rando de casi todos los fuertes y arrojado de ellos á los españoles, determina-* 
ron pedir auxilio á Luis XIY. de Francia, por medio del embajador francés» 
en Roma, duque de Estrées (4). El monarca francés, que hacia tiempo deseaba 
intervenir en la vida política de Italia , y que vio tan buena ocasión de coop^ 
rar también en aquella parte al abatimiento del podei^ español, acogió >on avi- 
dez la proposición, y al momento ordenó que el caballero Valbelle fuese con 
una pequeña flota ¿ llevar provisiones á los de Hessina. A la aproximación do 
este socorro los mesineses abatieron las armas españolas, á los gritos de 
•i Viva Francia í /Muera España!» Las provisiones entraron, merced á la in- 
movilidad de dun Beltran de Guevara, que mandaba las galeras de Ñápeles, el 
coa! estaba ya en el puerto, y nada hizo para impedirlo. A instigación de Val- 
belle atacaron los mesineses el fuerte- de San Salvador, y después de minado 
intimaron la rendición al gobernador, que capituló á condición de entregar la 
plaza si dentro de ocho días no le llegaban socorros. 

Con noticia de estas novedades la corte de Madrid mandó embarcar para 
Sicilia una parte de las tropas que operaban en Cataluña, y nombró virey al« 
marqués de Yillafranca, que con aquellas tropas y las que de Milán acudieron, 
ae propuso estrechar la ciudad. Pero al propio tiempo, y cuando ya el hambre 
apuraba á los de dentro, arribaron diez y nueve naves francesas con bastimen- 
tos y soldados (3 de enero, 4675), y á poco tiempo llegó el duque de Vivonne, 
comandante de las fuerzas marítimas de la Francia en el Mediterráneo, con 
naeve navios gruesos y algunas fragatas (febrero); enarboláronse en Messina 
de orden del senado las banderas de Francia, y desembarcado que hubo el 



(I) Fué el encargado de esta comisfon personage mas influyente en aquellas cir- 
AnioDío Laffiíro, bijo del senador Gafbro, el cunstancias. 



M lUSTORlA OÉ ESPAÑA» 

francés lo faeron entregados los puestos principales de la ciudad/ y selehicio* 
ron los honores como á quien iba investido del titulo de virey. Pero la entra-^ 
da en el puerto le habia costado un terrible combate» en que al fín quedó vic-^ 
torioso, teniendo que retirarse á Ñápeles la escuadra espafiola^ El almirante 
francés declaró que Luis XIV. habia tomado bajo so benévola protección la 
ciudad de Messina, en cuya virtud se prestó en la catedral con toda la cere-» 
monia el juramento de fidelidad al nuevo soberano (28 de abrü, 1675), y el 
vircy á su vez juró á nombre de su monarca guardar los fueros, privilegios y 
libertades de los mesineses. 

Mas si los franceses dominaban en la ciudad, no asi fuera de alli» ni en el 
resto del reino, donde eran aborrecidos. Palermo se declaró contra ellos: no« 
bles y paisanos se armaban por todas partes para resistirles; y si bien para 
neutralizar aquel movimiento de repulsión publicó Luis XIV. ún manifiesto de- 
clarando que su intención era libertar á los sicilianos de la dominación espa- 
ñola y proteger el restablecimiento del trono nacional, dejándoles elegir un rey 
de su sangre, asi y todo el duque de Vivonne tenia que estar encerrado en la 
ciudad, sin atreverse á emprender espedicion alguna, hasta que le llegaron 
nuevos refuerzos navales (junio), con los cuales pudo acometer algunas ciuda- 
des de la costa, y apoderarse de Agosta y de Lentini (agosto, 4675). 

En vista del aspecto que presentaban los negocios de Sicilia, la reina re- 
gente de Espafla pidió socorros á la Holanda como aliada nuestra que era, y 
nombró á don Juan de Austria virey y general de todos los dominios españoles 
en Italia, con lo cual so proponia alejarle del reino, donde siempre le estaba 
inspirando recelos y temo: es. La república respondió al llamamiento enviando 
al almirante Ruyter, que llegó á Cádiz con veinte y cuatro navios de guerra 
(28 de setiembre, 4675), y desde alli pasó á Barcelona, donde se le debían 
reunir las tropas de don Juan de Austria destinadas á la espedicion. Pero el 
hermano bastardo del rey, á quien éste por consejo de su confesor había es- 
crito una carta de su puño llamándole á la corte, vino á Madrid, y desde aquí 
avisó al almirante holandés que podia embarcarse, pues él no pensaba partir 
para Sicilia. Y era que el rey estaba muy próximo á cumplirla mayor edad, y 
los enemigos de la reina madre tenian ya preparado, el terreno pai*a sustituir 
al influjo de la regente el de don Juan de Austria en los consejos del joven so- 
berano. 

Partió, pues, Ruyter de Barcelona sin llevar tropas de España, y después 
de sufrir dos borrascas en el tránsito arribó á Sicilia, donde se le incorporó la 
flota española. El 7 de cnero(4676)> hubo ya un recio combate cerca de Strom- 
boli entre las escuadras holandesa y francesa, mandada esta última por Fu- 
quesnc, en que ambas quedaron maltratadas, sin resultado definitivo para nin* 



gana. Al mismo tiempo el ejército espeñol de tierra batía cerca de San Basilio 
en la yecindad de Messina á los franceses y mesineses reunidos. Guando núes* 
tras tropas se hallaban á tiro de cañón de la ciudad» Ruyter se aproximó tam- 
bién al puerto con la armada^ y quedó aquella circuida^or mar y tierra. Mas 
luego en una segunda batalla naval que las dos escuadras enemigas se dieron 
cerca de Agosta ^4 de abril, 4676), hubo la desgracia de que el almirante ho- 
landés Ruyter fuese mortalmente herido, rotas las dos piernas, con lo cual tu« 
To que retirarse á Siracusa, donde murió á los pocos dias (29 de abril). Gene- 
Tal de mar de los mejores que se habían conocido, su muerte fué una pérdida 
irrepmble para Holanda y España. La escuadra de los aliados estuvo un mes 
reparándose en Siracusa; la francesa hizo lo mismo en Messina; mas habiendo 
aquella hecho rumbo hacia Palermo, fué tercera vez acometida por la de Fran- 
cia (2 de junio), ¿las órdenes del duque de Vivonne. En este combate tuvimos 
desastres y pérdidas horribles; incendiada la almirante española,todo8 se apre» 
snraron á cortar los cables y á huir de las llamas* Quemáronse también varios 
brulotes para que no cayeran en manos de los enemigos; las piezas de hierro 
y madera que hizo saltar la pólvora sumergieron otras embarcaciones, y qui- 
taron la vida á multitud de oficiales, soldados y marineros. Entre holandeses y 
españoles se perdieron cerca de cinco mil hombres, siete navios de guerra, seis 
£alQras, siete brulotes, varios buques menores y setecientas piezas de artillería. 

Resultado de esta gran derrota fué abandonar la escuadra aliada los 
mares de Sicilia á merced de los franceses, que sin estorbo pudieron ya socoro 
rer á Messina. T aprovechándose el duque de Vivonne de la imposibilidad en 
qoe España habia quedado de reparar de pronto las pérdidas, hizo sus irrap- 
tiones á la Galabria: apoderóse de Merilli en el Garíentino: Taormina y su cas« 
tillo se le entregaron sin resistencia; los españoles defendieron á Scaletta con 
valor, pero al fio tuvieron que rendirse, y las fortalezas próximas á Messina 
cayeron en poder del virey de Francia. 

Hizo no obstante España todo género de sacrificios por la conservación do 
aquella isla. El nuevo virey de Ñapóles, marqués de los Velez, obtuvo de la no- 
bleza y del pueblo un donativo de doscientos mil ducados para sostener las 
tropas sicilianas. Portocarrero, nombrado virey de Sicilia, reparó en lo posible 
los desastres de nuestra flota y la poso en aptitud de volver á servir. Los fran- 
ceses no hacian progresos, porque eran aborrecidos de los naturales del pais, 
venia misma ciudad de Messina se conspiraba contra ellos: muchos de los que 
éoteslos proclamaron, cansados é irritados con su violencia, deseaban volver á 
iaobediencia deEspaña;yla Inglaterra en las conferencias de Nimega (4 677), se 
mostraba dispuesta á declararse contra el rey Luis, si pers'stia en seguir ocu- 
pando un ponto tan importante en el Mediterráneo. Por último, el tratado que 



\i Historia üe España. 

tnas adelante hicieron Inglaterra, Holanda y España, convenció al monarca 
francés de que no le era posible conservar aquella ciudad y sus fortalezas, y 
determinó abandonarlas y retirar sus naves y sus soldados de Agosta y de Mes- 
sina (4678). Y como fel duque de Vivonne repugnara ejecutarlo, fuó enviado 
en su lugar el mariscal de la Feuillade. El nuevo virey francés^ so pretesto do 
una espedicion que decia proyectar conta Catana y Siracusa, preparó sus tro- 
pis y sus bageles: becbo esto, convocó el senado, y leyó las instrucciones quo 
llovaba para abandonarla Sicilia. Asombráronse todos, y los comprometidos en 
la rebelión se llenaron de consternación y de espanto. Todas las súplicas quo 
hicieron al mariscal para que difiriese su partida fueron inútiles: el francés es*« 
tuvo inexorable. 

Al arrancar la flota del puerto (46 de marzo, 4 678), los mesineses se pre« 
cipitaban en tropel y se lanzaban á los buques, temerosos del castigo que es- 
peraban de los españoles. Los más fueron rechazados, y solo se admitió á unaa 
quinientas familias, pertenecientes muchas á la nobleza. El O de abril entraba 
la escuadra en el puerto de Tolón. Además abandonaron la ciudad hasta sieto 
mil habitantes huyendo la venganza que del gobierno de España temian. Y no 
iban infundados en temerla: porque sí bien el gobernador, que lo era entonces 
Vicente de Gonzaga, prometió una amnistía provisiosal, aquella clemencia no 
gustó ala corte de Madrid, que envió en su lugar al conde de Santo^téCauo, 
virey de Gerdeña, con orden de secuestrar los bienes de todos los emigrados, 
de expulsar del pais á todo el que hubiera obtenido empleo durante la domina- 
ción francesa, y de levantar monumentos expiatorios en memoria de la rebe- 
lión. Parecieron suaves al conde estas instrucciones, y llevando mas allá el 
rigor por su propia cuenta, persiguió á culpables ó inocentes, abolió el senado» 
suprimió los privilegios y franquicias de la ciudad, demolió el palacio munici- 
pal, y sobre su solar levantó una columna con una inscripción insultante para 
los mesineses: mandó fundir la campana que llamaba á consejo para construir 
con su metal una estatua del rey: prohibió toda reunión , arregló á su capricho 
los impuestos, destruyó la universidad, despojó los archivos en que se conser- 
vaban los privilegios, y construyó una cindadela para mantener siempre en 
respeto á los revoltosos. 

Tal fué el término de la rebelión de Messina, muy semejante al que había 
tenido treinta años antes la sublevación de Ñápeles, si bien la de Sicilia fuó 
mas larga y menos sangrienta (4). 

(4) Relación ezaeU de las alteracioneB Istorla d* Italia.— Gacetas de este reinado* 
de ia ciadad de Mesaina desde el año 4674 Avisos extraordinarios de las cdsas de Si- 
basta el presente; París, 4676. -Archivo de ciUa. 
SaUíar. Est. U, grad. 8.*— Leo et Botta, 



C4P1T11L0 V. 



LA PAZ DE NIMEGA^ 



<Md^ 



LnÜtaddQ lof fleotpouoeitfíof en coaeorrir «I CoBgreío.— Intetit ¿e oacU oaeioD «a Ia 
eoatinuacioo de U guerra.— Mediacioa del rey de Inglaterra para la pas.— Conducta in- 
teresada» incierta y vacilante del monarca inglés.— Exigencias de Luis XIV.— Corres* 
pendencia diplomática sobre las condiciones de la pai.— Matrimonio del principe de 
Orange con la princesa Maris de Inglaterra.— AHania entre Inglaterra y Bolaada áeon* 
secaenela de este ealaee.— Nuevas negociaciones entre Cirios y Luis.— Pas ealro 
Luis XIV. y las Proriacias Unidas.— Quejas y desaprobación de las demás potencias.-* 
Resentimiento del inglés.— Tratado de paz entre Francia y España.— Sus principales ca^ 
pitulos.— Tratado de Francia coa el Imperio»— Conclusión de la guerra.— Reflexiones. 



Ta hemos visto cómo á pesar de haberse acordado desde fines de 4675 la 
reimk)& de los pleDÍpotenciarios de las potencias beligerantes en Nimega para 
tratar de la paz, tan necesaria á la tranquilidad de Europa, continuó por no 
poco espacio de tiempo viva y animada en todas partes la guerra. Nació esto 
primeramente de la lentitud en concurrir á aquella ciudad los negociadores» 
difiriéndolo con diferentes pretestos ellos y los soberanos que habían de repre- 
sentar. Cada uno obraba asi por sus particulares fines. La Espaiia, el Imperio 
y el príncipe de Orange, persuadidos de que la Inglaterra no consentiría nuncu 
que los Países Bajos pasaran al dominio de la Francia, lo esperaban todo de lii 
continuación de la guerra, y en vez de mostrar interés en que adelantara eft 
sos trabajos el congreso de Nimega, le ponían en comprometer é la Inglaterra 
áque tomara parte en la lucha. Por su parte Luis XIV. se proponía deshacer 

la confederación, y sacar mas partido tratando separadamente con cada uno do 
. Toro ix. 4 



/ 

/ 



oi HISTORU DE £SPa!}A. 

Cbarleroy, Ath, Courtray, Tournay, Valenciennes, Saínt-Ghlslain, el Limbur- 
go» Biñch y todas las conquistas de Sicilia, guardando para sí el Franco-Con- 
dado, Cambray, Ayre, y Saint-Omer; con otras condiciones relativas á las de^ 
mas potencias (4}« 

Entonces y de resultas fué cuando retiró de Francia los ocho mil ingleses» 
que desde 46712 servían en las banderas de Luis XIY« y ademas levantó veinte 
y seis regimientos y armó una escuadra de noventa bageles, y pidió á los es- 
pañoles el puerto de Ostende en los Paises Bajos para desembarcar en él sus 
tropas auxiliares. A pesar de estas disposiciones, que anunciaban una rupturd 
próxima con la Francia, todavía hizo llevar á Luis XIV., que estaba entonces 
sitiando ¿ Gante, una propuesta de alianza, con tal que le pagase de una vez 
seiscientas mil libras esterlinas de que tenia necesidad: {admirable 'apego al 
dinero el del monarca inglés! Pero las recientes conquistas que á la sazón esta- 
ba haciendo Luis XIY. en Flandes, y la actitud mas favorable á la paz que á 
consecuencia de ellas manifestaban los españoles en el congreso de Nimega, 
animado tambion por la revolución que se habia efectuado en la corte de lía- 
drid con la Separación de la reina madre y la entrada de don Juan de Austria 
en la dirección de los negocios (de cuyos sucesos daremos cuenta después), 
todo tenia envalentonado á Luis XIV. y por tanto despachó «on respuesta ne- 
gativa al embajador de Inglaterra. Unido esto á la profunda sensación qno 
causó y al grito de guerra que levantó en aquel reino la conquista de Gante, 
decidióse Garlos á hacer embarcar algunos batallones de infantería inglesa 
para Ostende. 

No nos es posible seguir paso á paso las muchas y variadas fases que por al- 
gunos meses todavía iban tomándolas negociaciones de paz, y la multitud de 
proposiciones y ofertas, de negativas y modificaciones, de cartas y notas, quo 
alternativamente mediaron sobre diferentes puntos entre el irresoluto y codi- 
cioso Carlos II. de Inglaterra, el activo y ambicioso Luis XIV. de Francia y el 
statuder de la república holandesa, que eran los que parecia haberse arrogado 
todo el derecho de arreglar á su gusto un negocio en que estaban interesadas 
todas las potencias de Europa. El inglés se hubiera prestado á todas las exi- 
gencias del de Francia, con tal que en recompensa de su docilidad se le ase- 
gurase recibir muchos miles de libras esterlinas, si no le empujaran á obrar de 
otro modo los votos de las cámaras y el espíritu general del pueblo británico, 
y si de contrariar este espíritu del parlamento y del pueblo no hubiera temido 
sera.iojado del trono como su padre (2). Tampoco el de Orange obraba ya 

(I) Dumont, Corp* Diplomatique , to- hacia por medio de büb embajadores eon* 

mo VII. testaba aquel débil soberano: «Yo accede- 

(i) A cada proposición que Luis XIY. le ría á ello, porque deseo Tiramente la pax» 



WUTF III. LinUO V, 53 

con libsrlad, porqu3 so^spechando los Estados Gonerales que intentaba alzarse 
con ]a soberanía de las provincias, mostrábanse dispuestos á negociar ellos por 
si la paz, sin contar con ePetatoder (4). De todas estas circunstancias sacaba 
partido LuisXlV. para no aceptar ninguna condición que no le fuese ventajosa. 
(Y España, España, que iba á ser la mas sacrificada j E^aña, sobre coyas po- 
sesiones en Flandes versaban las principales diferencias y disputas entre los 
grandes negociadores, manifestaba resignarse ¿ todo! Y cuando Luis XIV. pasó 
sa uUimatum á los plenipotenciarios del congreso de Nimega, don Podro Uon - 
qailio contestó con resignación al nuncio de S. S. que se le comunicó: n¿Qi.é 
ló hemos de hacer! i Ma$ vale arrojarse por la ventana que de lo alio del 
tejado (2). 

Por último, calculando el astuto Luis XIV. que habria de salir mas aventa- 
jado tratando primero en particular con los Estados Generales de la república, 
coyas disposiciones en favor de la paz le eran bien conocidas, «dirigió á este 
objeto todos los recursos de so sagaz política. Por espacio de trece dias estu- 
vieroD sos emisarios en Nimega trabajando sin descanso en este sentido con 
arreglo á sos instrucciones; el decimocuarto, cuando cada uno esperaba quo 
babria qoe renovar las hostilidades, anunciaron los de Holanda que estaban 
dispuestos á consentir, siempre que la paz se firmara antes de la media no- 
che. Uno solo de ellos, Van Harén, vacilaba, porque creia qoe debia firmarso 
al mismo tiempo el tratado con España; pero sus colegas se apresuraron á 
desvanecer sos escrúpulos; y á las once de aquella noche célebre (40 de agos- 
lo, 4678), sin conocimiento de don Pedro Ronquillo y del marqués de los Bal- 
bases, plenipotenciarios de España en aquel congreso, de España que tantos 
SBKaificios había hecho por ayudar á la república holandesa contra los france- 
ses, se firmaron dos tratados, uno de paz y otro de comercio, entre Francia y 
las Provincias-Unidas, sin estipulaciones particulares en favor de España. ¡Tal 
era el papel qoe hacía ya esta nación, un siglo antes arbitra de los destinos 
del mondo, en los congresos de Europa (3). 

Gran sensación cansó en todas las .demás potencias la noticia inesperada de 

«pero quiere voestroamo bseerm» perder part. V. 

el (roao de Inglaterra?» Despachos de Ba- (3) Despacho de MX. Estrados, d* Ayaui 

rilloii y RoTign; en los meses de marzo á y Colbert i M. de Pomponne, en 36 de abril 

«ayo de I67S. d« 1678. 

(I> «Aqol se quiere la paz, escribían de (3) Dumont, €orps Diplomat.— Actas y 
la naya en 49 de marzo de 1678, y si la memorias de la paz de Nimi^ga, t. II.— El 
ipiiere la Francia, pienso que se haría sin su tratado de paz contenía 21 artículos, el de 
aitfla, que inspira grandes celos y se atrae comercio 38.— Además había un artículo sé- 
maldiciones.» Correspondencia de Holanda, parado concerniente al príncipe de Orange,. 
en la Colección de documentos inéditos he- y una estipulación de neutralidad entro 
«tode órdeo del rey de Francia, tom. IV. Sueciay las Provincias Unidas. 



8i ni^TORTA DE ESPAIA. 

esta pnz. Al ejército español do los Paisos Bajos le sorprendió esta nueva ha- 
llándose acampado, como indicamos en el anterior capítulo, delante déla plaza 
de Mona, que el príncipe de Orange y el duque de Viltehermosa habían ido á 
libertar con las tropas holandesas, inglesas y españolas, del sitio que le tenían 
puesto los franceses, después de haber dado imprudentemente aquel príncipe 
la terrible y sangrienta batalla de Saint-Denis. Recibida la noticia, se suspen- 
dieron las hostilidades y se separaron los ejércitos. 

El tratado encontró una violenta desaprobación de parte de los confedera-^ 
dos. Los plenipotenciarios de Dinamarca, del elector de Brandeburg y del obis- 
po do Munster, se indignaron al estremo de llegar en hs conferencias de Ní- 
mega hasta el insulto con los embajadores holandeses, faltando poco para venir 
á las manos con ellos. El rey de Inglaterra, aunque interiormente no le pesa- 
ba la conclusión de la paz, protestó también contra el tratado, y el mismo- 
príncipe de Orange hizo cuanto pudo por impedir su ratificación; y en efecto» 
los Estados Generales la difirieron hasta que le suscribiera la Espafia, constí- 
tnyéndose en mediadores entre España y Francia. Creíase que la corte de Ma- 
drid, orgullosa en medio del abatimiento del reino, no sufriría el desaire que la 
ingratitud de la Holanda le acababa de hacer: pero se la vio mostrarse mas 
resignada de loque se habría podido esperar; y es que contribuía á debilitarla 
el desacuerdo reciente en que se había puesto con el imperio, motivado por la 
separación de la reina regente hermana del empeindor, y tan adicta como he- 
mos dicho á los intereses de Austria^ Algo alentó á los españoles la interven- 
ción de los Estados Generales, y el partido anti-francé^ que se formó después 
del tratado de 40 de agosto, al menos para aspiíará obtener deLuJ^XIV. 
condiciones mas favorables de las que antes proponía; y en tal sentido siguie- 
lon por algunas semanas los tratos y negociaciones. 

La Inglaterra en su resentimiento hizo entender por su embajador M. Hy- 
de ¿ los Estados Generales de la república, qvie si el francés no evacuaba, por 
cualquier causa que fuese, las plazas pertenecientes á España y cedidas en cl 
convenio, era llegado el caso de rehusar los Estados la ratificación del tratado 

de Nimega, y que á los tres días siguientes á serle notificada esta resolución 
declararla la guerra á la Francia. De sus resultas los holandeses apretaron á 
tos plenipotenciarios de Francia á que renunciasen á algunas.de la& condicio- 
nes, y éstos éi su vez ofrecieron depositar en sus manos aquellas plazas ó fin 
de obtener la ratificación; proposición que por comprometida y embarazosa 
ellos no quisieron admitir. Últimamente, después de muchas contestaciones» 
los plenipotenciarios franceses y españoles se convinieron en someterse ó la 
decisión arbitral de los Estados Generales de Holanda respecto á las condicio- 
nes que aun se discutían. Merced á la habilidad de aquellos negociadores, y á 



PAliT£ IIU LlDaO V 65 

h flexibilidad calculada de Luis XIV. en ceder en los puntos de menor impor- 
tancia, aparentando dársela grande para ganar en los que realmente la tenian, 
eonviniéronse al fin unos y otros, en la conferencia de 46 de setiembre (4678), 
en las condiciones definitivas del tratado de paz entre Francia y España. 

Treinta y dos artículos componiaQ el conjunto de esta estipulación; pero 
so parte fundamental era la que determinaba las cesiones recíprocas de terri- 
torios; á saber: el rey do Francia restituía al poder del rey Católico las plazas 
y fortalezas de Cbarleroy, Bincb, Atb, Oudenarde y Courtray; la ciudad y du- 
cado de Limburg, Gante» Rodenbuys, el pais de Weres, Saint^bislain, y la 
plaza de Puigcerdá ea Cataluña: el monarca francés conservaba, reconocién< 
dase como perteneciente en adelante ¿ sus dominios, todo el Franco-Coodado, 
cernías ciudades y plazas de Valenciennes, Bouchain, Conde, Cambray, Ayrey 
SaintOmer, Iprés,. Werwick, Wameton, Popesingue, Bailleul y Cassel (4). 

El 4 7 de setiembre los dos intermediarios holandeses, Bcvemingk y Ha« 
ren, se hallaban sentados á los dos estremos de una mesa, sobre la cual habia 
dos ejemplares del tratado, uno en francés, otro en espafio]. Al tiempo convo% 
nido entraron simultáneamente por los dos lados opuestos de la sala los tres 
plenipotenciarios franceses, mariscal de Estrados, conde de Avaux y Colbert» 
y los tres españolea, marqués de losBalbases, marqués de la Fuente y M.Chris^ 
tin. AYanzaron todos á compás hacia la mesa, se sentaron á un tiempo en si- 
llones iguales, firmaron á un tiempo los dos ejemplares, cambiándolos recípro- 
camente, y tomándolos después el holandés Harén les dijo: uBe hoy más h% 
reyes tmesiros amos vivirán como hermanos y primos (2)..» Este célebre trata<« 
do fué ratificado por Luis XIY. el 3 de octubre, y por Carlos II. de España 
el 44 de noviembre (4678). 

Dilatóse un tiempo la ratificación de España por consideración al imperio; 
pues asi como los holandeses habian diferido ratificar su tratado hasta que so 
concluyera el de España, asi la corte de Biadrid queria aguardar á que el em- 
perador se adhiriera á la paz. Era ya esto inevitable faltándole la Helada y la 
E^Kiña, y teniendo que atender á la guerra de Hungría. Siguiéronse no obstan- 
te por algunos meses negociaciones particulares entre Francia y Austria, cues- 
tionándose sobre alguna^ condiciones para la paz: pero al fin la corte de Yio- 
na siguió el ejemplo de sus aliadas, y lo mismo hicieron después, con mas ó 
menos dificultades y trabajos, los príncipes y las potencias de segundo orden 
que babian entrado en la confederación (3). 

(I) Domont» Gorps DíplomaU—Actas y etc.: en las Actas de la pex de Nimega. 

Kemorías de la pax de Nimega, t. II. (8) La historia de este célebre tratado se 

(S; Relación de loque pasó al firmarse halla minuciosamente referida en la obra 

dL tratado de pas entre Francia y £spa&a titulada: Ac^ea el me motrsi ds la paised^ 



60 HISTORIA D£ ESPaRa. 

Asi concluyó la guerra que por tantos años había afligido á Europa desdo* 
hs orillas del Báltico ¿ las del Mediterráneo. Este resaltado, tan glorioso para 
LuisXÍV. como alarmante para las potencias europeas, se debió en gran parte, 
á la conducta vacilante, indecisa y contradictoria del monarca y del gobierno 
inglés, en lo cual estamos conformes con el juicio de un historiador de aquella 
nación. Pero tampoco eximimos de culpa á la corte de Madrid por la apatía y 
lentitud en enviar socorros á Flandes y en proveer á nuestros generales de los 
medios de hacer con ventaja la guerra; efecto de causas anteriores y del des- 
concierto en que la corte de España se hallaba; ni disculpamos al principe de- 
Orange por el empleo, muchas teces inoportuno, que hizo de las tropas auxi-. 
liares españolas. Luis XIV de Francia, después de haber sabido vencer, supo, 
también negociar. Dice bien un ilustrado historiador francés. Su voluntad fuó^ 
la base de las negociaciones y la ley de los. tratados. Supo separar la Holan- 
da de la España, la España del Imperio, al emperador del elector de Brande^ 
borgy á éste del rey de Dinamarca. «Arbitro victorioso y pacífico de la Europa 
temerosa y admirada, Luis KJV llegó en Nimega al apogeo de su grandeza.» Y 
España, añadimos nosotros, puso de manifiesto en Nimega el grado de vergon- 
zosa impotencia y debilidad en que habia caido. Y sin embargedla paz deNk 
mega fué celebrada en Madrid con gran júbilo. 

JVtm«9tt«, 8 volúmenes: y la namerotfsima da por el sabio AHfnel en el tomo IV. d» 

eorrespoodeneia diplomática que li prece- las negociaciones relativas á la sucesión do. 

dio y acompañó entre los soberanos y prin< Espafta.^Coleccion de Documentos inédK 

cipes, y los embajadores y plenipotenciarios tos para ia Historia de ^raiioia,, hecha dc^ 

de todas las potenoias interesadas en este orden del rey^ 
0ra9 negocio^ ha sido bábilmente recopila-i 



CAPimo n 



PRIVANZA Y caída DE VALENZUELA. 



»e fl«9« é t«99. 



G»so M iolwdojo ea palteio.— Sus relaeiones cob el P. Nithard.-^«8a eon la eanarisU 
querida de la reina.— SerTicios que hizo al confesor en sus disidencias con don Joan de 
Anstria.— Conferencias secretas con la reina después de lá salida del inquisidor.— Llá- 
menle el duende de palacio, y por qué.— Progresa en la privanza.— Bmulos y enemigos 
qae suscita.— rHunnuracion en la corte.- Entretiene Yalenzuela al pueblo con ditersio- 
»es, y ojupa los braaos en obras públicas.— Sátiras sangrientas contra la reina y el prí* 
lado. — Conspiración de sus enemigos para (raer á la corlea don Juan de Austria.— 
Entra Carlos II. en su mayor edad —Viene don Juan de Austria á Jttadrid.— Hácele la 
Keina Tolt cfse á Aragon«— Destierros.— Danse á Yalenzuela los títulos de marqués de Vi- 
Uasierra, embajador de Venecia y grande de Espafta.- Apogeo de su valimiento.— Con- 
f -deracton y eompromisode los grandes de Espafia contra la reina y el privado.— Favo- 
rece Aragón á don Joan de Austria.— ^Viene don Juan otra vei á la cérte, llamado por 
el rey.— Fúgase Valenzuela.— El rey se escapa de noche de palacio y se va ai Buen-Re- 
tiro.— Ruidosa prisión de Valensaela en el Escorial.— Notables circunstancias de este 
suceso.— Decreto exonerándole de todos los honores y cargos.- Va preso á Consuegra y 
es desterrado á Filipinas.— Desgraciada suerte de sn esposa y familia.— Miserable oon^ 
4octa del ref en este sncesOii 



¡Qaé hucía la córie de Espafia, en tanto qoe aUá en apartadas regionel^ 
con las armas y con la diplomacia, en los campos de batalla y en el fondo do 
Ids gabinetes» en las plazas de guerra y en los congresos diplomáticos, se ven- 
tilaban las grandes cuestiones europeas y se fallaba sobre la suerte de las na* 
ciones? 4Qoé hac^ la corte de Madrid, en tanto que en Nimega se acordaba 
trasladar al dominio del monarca francés las mejores y mas importantes ciu- 
Mes que España por espacio de siglos babia poseido en los Paises B 'os? 



C3 HISTORIA DE ESPANA. 

En tan lo que asi se menguaban nuestros dominios y se ponía de manífics* 
to ¿ los ojos de Europa la impotencia en que rápidamente íbamos cayendo; en 
tanto que asi se iba desmoronando el edificio antes tan grandioso de esta Tas- 
ta monarquía, ocupaban ala corte de Madrid miserables intrigas y rivalidades 
de mando y de empleos, y k residencia de nuestros monarcas era un hervi- 
dero de enredos, de murmuraciones y de chismes, que dan una triste y lasti- 
mosa idea, asi del gobierno do aquella época, como de la poca esperanza que 
se vcia de encontrar remedio para aqueUa situación d3plorable. Cuando con 
la salida y alejamiento del* Padre Everardo Nithard, y con la ida de don Juan 
de Austria á Aragón como virey y yicarío general de todos los reinos depen- 
dientes de aquella corona, babia algún motivo para creer que por una parte 
el hermano bastardo del rey, si no satisfecho, al menos resignado con su ho- 
norífico cargo, daria tregua á su ambición y dejaría tranquila la corte, y que 
))or otra parte la reina doña Mariana, aleccionada con el suceso de so confe- 
sor, renunciaría ¿ las influencias de aborrecibles favoritos, vióse con pena que 
ni el príncipe virey desistia de sus ambiciosos proyectos, ni la reina regento 
había aprendido lo bastante para no volver ¿ hacerse odiosa al pueblo entre- 
gándose á validos, nunca tolerados en paciencia por los altivos castellanos. 

Observóse por el contrario, que en lugar del religioso alemán que so pro- 
testo de ser el director de su conciencia babia dirigido á su arbitrio los nego- 
cios públicos, obtenía su confianza y le había reemplazado en el favor un joven 
de agraciada figura, de amena y agradable conversación, no desprovisto de tá- 
lenlo, hábil para insinuarse, aficionado á las letras, y en especial á la poesía 
tierna y amorosa, en que hacia no despreciables composiciones, y aun autor 
de algunas obras dramáticas; cualidades muy estim: das todavía en aquel tiem- 
po. Algunas comedias suyas se habían representado en palacio á presencia y 
con agrado de la reina y de sus damas. 

Era este joven don Femando de Valenzuela, natural de Ronda, hijo de pa- 
dres hidalgos, aunque pobres. Ilabia venido á la corte á buscar fortuna, y afor- 
tunado se creyó entonces con entrar al servicio del duque del Infantado, que 
le llevó consigo á Roma, donde iba de embajador; y ásu regreso, en premio de 
algunos servicios que alli le hizo, le dio el hábito de Santiago. Mas como mu- 
riese á poco tiempo su protector, y se hallase otra vez el Valenzuela desvalido 
y pobre, discurrió que para iKxler vivir en la corte necesitaba arrimarse á al- 
guno de los que tenían manejo en el gobierno y en palacio. Y sabiendo que et 
confesor de la reina, el P. Nithard, de continuo amenazado por don iuaa 
de Austria, necesitaba de la ayuda de hombres resueltos para seguridad de su 
persona, ofrecióle sus servicios con resolución, al mismo tiempo que con ren-* 
di miento. Los aceptó con gusto el inquisidor, y como esperi mentase que era 



PARTE Ul. LIBRO V. S^ 

hombre de valor, de reserva, y do cierta capacidad, fuéle eatrogando su con- 
fianza basU fiarle los secretos de gobierno. Érale conveniente introducirle en 
palacio para qae le sirviera como de espía y mensagero de lo que allí pasabaj 
de coya proporción ae aprovechó hábilmente el Yalenzuela para dirigir sua 
(Aseqaios y galanteos á la camarista mas favorecida de la reina, llamada dona 
liaría Eugenia <ie üceda. Gustó tanto la camarista de las gracias de don Fer- 
nando, que consintió en darle su mano, con aprobación y beneplácito de la 
reina, la cual para favorecer el matrimonio agració á Yalenzuela con una plaza 
de caballerizo, y en machas ocasiones siguió dándole muestras de su libera- 

ydad (4). 

Guando ocnrrieron laa graves disidencias entre la reina y don Juan de 
Austria, y entro éste y el confesor Nithard, Yalenzuela se condujo como agra- 
decido con la regente y el privado, les hizo importantes servicios, y dio prue- 
bas de celo y de aptitud que le acreditaron más y más con ellos. Y cuando el 
P. Nithard fhé obligado á salir de España y don Juan de Austria se retiró á 
Aragón (4669), quedó Yalenzuela de confidente de la reina, y era el conducto 
por el que se comunicaba secretamente con el desterrado jesoita. Parecióle 
también á la reina el nuevo confidente apropósito para informarla de todo 
b que pasaba en la corte y de lo que contra ella se murmuraba, asi como para 
aconsejarla en sus resoluciones. Doña María Eugenia su esposa, á quien la rei- 
na comunicó este pensamiento, le acogió muy gustosa, calculando que era un 
camino que se abria para adelantar en su fortuna, y era la que introducía á 
don Femando á altaa horaa de la noche en la cámara de la reina. Cuéntase 
^ desde la primera conferencia, bien que tenida delante de su muger, que- 
áó establecida la mayor intimidad entre la reina y don Fernando: repetíanse 
estas entrevistas todas ó las nrósde las noches: y como de sus resultas se ob- 
servase que la reina se mostraba enterada de todo lo que se hablaba y acón» 
lecia en la corte, de los designios de don Juan de Austria y de los de su par- 
tido, y como esteriormente no se viera que hablaba con nadie desde la salida 
del P. Nithard, dio en decirse que habia algún duende en palacio que la infor- 
maba de todo. Guando se supo que el duende de pataeio era don Fernando 
Yalenzuela (que no pudo escaparse mucho tiempo á la diligencia de tantos 

fi) En «n iiMDiiserito de aquel tiempo, «¡n brazo. Bubo qnlen dijera haber sido do 
ÜtuJado: mETpitome hiéiárico de lottuctiot orden del duque de Monlalto, pero oo pudo 
dtEipañCk, dentro, y fuera de la córíe, averiguarse la verdad. De sus resultas esiu- 
de»de la muerte de F$lipeIV. \aita la de vo muchos días eo cama, y durante la cura- 
do» Jman de Auttria,» se refiere que re* cioo (ué muchas veces socorrido de la reina 
eieD casado Yalenzuela, retirándose una ao< con dinero, por intercesión de su mogpr.— > 
cheá su casa, en la calle de Leganitos, le MS. déla Biblioteca de la Real AcademU 
ii^^aron un carabinazo y le esiroticuron de lahisturid, C lii. 



Ca HISTORIA DE ESPAÑA. 

ojos), produjo el descubrimiento escándalo general, desatáronse todas las len- 
guas, y no faltaron gentes que dieran á las relaciones de privanza entre la 
reina y Yalenzuela an carácter y una signiñcacion que la malicia*- propende 
siempre á suponer, y que no se ha averiguado que tuviesen (4). 

Al paso que fué haciéndose público el valimiento de Yalenzuela, y su ia« 
fluencia en las cosas de gobierno y en la provisión de los cargos, honores y 
mercedes, crecia el desabrimiento de los ministros y miembros de las juntas 
y consejos que veían disminuida y vilipendiada su autoridad y menguado su 
prestigio; pero los pretendientes y aduladores cortesanos no dejaban de agru- 
parse en derredor del nuevo privado, que no hay ídolo á quien no inciense la 
ambición cuando de ello se promete alcanzar medros. La reina habia hecho ya 
á su favorito introductor, ó conductor, como entonces se decía, de embajado- 
res, y poco después le nombró su primer caballerizo, sin esperar la consulta ó 
propuesta que solía hacer el caballerizo mayor, que lo era á la sazón el marqués 
de Gastel-Rodrigo (2). Resintióse éste del desairo, y repugnaba dar posesión al 
agraciado, fundándose principalmente en la poca calidad del sugeto, cuya difi- 
cultad venció la reina confiriendo á Yalenzuela el título de marqués de San 
Bartolomé de Pinares. El modo que la reina tuvo de acallar las murmuracio- 
nes que esta elevación suscitaba, fué consumar bq obra haciendo á Yalenzuela 
su primer ministro. 

En los salones y en las plazas se hablaba ya con toda libertad y descaro do 
la súbita y escandalosa elevación del favorito, mostrándose la reina sorda ai 
universal clamor, atribuyéndolo todo á efectos de la envidia. Yalenzuela pro- 
curaba ganar amigos que le ayudaran, á sostenerse en el valimiento, distribu- 
yéndolos empleos, honores, dignidades, tesoros y mercedes de que era arbi- 
tro absoluto: pero sucedía lo que era fácil calcular, que si cada merced le pro- 
porcionaba un amigo, que era el agraciado, todos los denlas quedaban descon- 
tentos y enojados, y se convertían en enemigos, y cuanto más prodigaba las 
gracias, más se multiplicaban las quejas. Para, captarse la afición del pueblo 
procuraba que la corte estuviera surtida en abundancia de todo lo necesario 
para el sustento y la comodidad de la vida: cuidaba de entretenerle y diver- 
tirle con corridas de toros, comedias y otros espectáculos, de modo que Madrid 
era una continua fiesta: tampoco descuidaba el dar ocupación á los ociosos y 
necesitados, emprendiendo obras públicas de ornatay utilidad, entre las cuales 

(I) Memorias históricas déla Honarqafa (3) Al decir del autor del M9. anónimo^ 

de Espafta: Anoa. íDserio en el tomo XIV. titulado Epítome de los sucesos, se di6 en- 

del Semanario erudito de Valladares.— Ept- tonces el titulo de conductor de embajado* 

tome histórico de los sucesos de Espafta den* res, que Yelenzuela tenia, á don Pedro d». 

tro y fuera de la corte, etc. II S. de la Real Rivera. 
Academid de la Historia» 




PARTE III. LIBRO V. G< 

so cnentan la reedificación de la Plaza Mayor de Madrid en la |>arte destruida 
por el áitímo incendio, y en especial la casa llamada de la Panadería; el puen- 
te de Toledo sobre el Manzanares; el frontispicio de la plazuela de palacio y la 
torre del coarto de la reina. Al propio tiempo entretenía al rey, que comenza* 
ba é manifestar afición al ejercicio de la caza; y cuéntase que en una montería 
qoe se dispuso en el Escorial, el rey en su inesperiencia al tirar á un ciervo, 
iúríó en el muslo ¿ Valenzoela, accidente que dicen produjo á la reina un des- 
mayo. Para que el pueblo le estuviera mas agradecido, solia darle entrada 
gratuita en los espectáculos, especialmente en el teatro cuando se representaba 
alguna comedia suya. 

A pesar de estos artificios, qoe prueban qoe por lo mmios no carecia de 
algún talento el privado, no cesaban de difundirse y circular por la corte las 
sátiras y las borlas, ya sobre sus intimidades con la madre del rey, ya sobre el 
tráfico qoe era pública voz se hacía con las dignidades y empleos. Algunas de 
aquellas sátiras emn ciertamente sangrientas. Un dta amanecieron puestos al 
lado de palacio los retratos déla reina y de Valenzuela; aquella con la mano 
puesta sobre el corazón, con un letrero que decía: Esto §e dá] e\ ministro se« 
fialando con la suya á las insignias de los empleos y dignidades, diciendo: Es^ 
i9 9e vende. Verdad es que por su parte el favorito, por una flaqueza que suele 
ser común á los que obtienen el favor de la primera persona de un estado, b<« 
da también alarde publico de so fortuna; y en una de las fiestas de la corte» 
sin tener presente lo que en el reinado anterior habla costado al conde de Vi* 
liamediana presenta Tse en un torneo con aquella famosa divisa de los Amortn 
Ttales (4), quiso él lucirse también Uevando dos divisas, de las cuales dtocia la 
«na: YoéoIo tengo licencia] y la otra: A mi solo e$ permitido. Alardes de fa- 
vor, qoe dañan al que los hace, que deshonran á quien los consiente, qoe ins- 
tan á los grandes y ofenden á los pequeños, y qoe ni peqoefios ni grandes per- 
donan en España nunca. 

Llegado el caso de poner casa al rey, próximo como se hallaba ya á entrar 
CD k mayor edad, amigos y enemigos, todos acudieron solícitos á Valenzuela, 
esperando alcanzar con su favor Vos cargos mas eminentes de palacio. Pero su- 
cedió lo mismo que antes respecto á otros puestos habia acontecido; que sien- 
do pocos los empleos y muchos los pretendientes, quedaron loe más descon- 
tentos y qoejosos, y aunque la provisión se hiciera en personas dignas (2), no 
por eso los desfavorecidos dejaron de darse por muy agraviados. Asi éstos oo- 
molos que ya eran antes enemigos de Valenzuela, pusieron sus ojos en don 

(I) Recuérdese lo que sobre esto dijimos si almirante; el de mayordomo mayor al du<* 
tB el cap. 4.* del libro IV. . que de Alburquerque; el de sumiller do 

^ Díóee el empleo de caballerizo mayor Corpsal de Meiltuaceli, y asi los demás. 



I 



^i niSTORIA DE ESPAÑA. 

Junn de Austria, que se hallaba en Aragón, no olvidado nido las antigiuis 
ofensas de le reina ni de sus ambiciosos designios, como en la única persona 
que podria en su día derroc&r al valido y satisfacer sus resentimientos perso- 
nales. Al efecto ponderaban al rey la necesidad que tendría del de Austria para 
las cosas del gobierno cuyas riendas iba á empuñar en sus manos. Ayudában- 
los eficazmente en este plan el padre Montenegro, confesor del rey, el conde 
deMedellin, primer caballerizo, el gentil-hombre conde de Talara, y su maes^ 
tro don Francisco Ramos del Manzano» 

La reina sabía todo lo que se tramaba, y sufría mocho: Valen2uela vivía 
receloso y desasosegado, y los dos andaban inciertos y vacilantes sin acertar á 
tomar resolución para impedir la venida de don Juan. Los sucesos de Messína 
les depararon al parecer una buena ocasión para alejarle de Espafia, y de aquí 
el nombramiento de vírey de Sicilia de que dimos cuenta en otro lugar, y la 
orden para que se embarcara con la flota del almirante holandés Ruyter« 
Pero ya los partidarios de don Juan se habían adelantado y obtenido del 
rey una carta en que le mandaba "viniese ¿ la corte. Grande fué el enojo, y 
no menos el apuro de la reina al saber esta novedad: pidió consejo al condo 
de Villaumbrosa, presidente del de Castilla, sobro lo que debería hacer, y 
aquel prudente magistrado le respondió, que si la venida de don Juan era 
por orden del rey, solo podria obligarle á volverse el mismo que le había 
hecho venir; que viera si tenia bastantes razones ó bastante ascendiente 
con su hijo para poder conseguirlo, pues él en el puesto que ocupaba 
DO podia menos de acatar con la debida sumisión las disposiciones de sti 
soberano. 

Era la maflana del 6 de noviembre (4675), día en que Garlos II. entraba 
en su mayor edad y empuñaba el cetro del gobierno, y los grandes y palacie- 
gos tenían ya preparado que el primer decreto del rey fuera nombrar á dolí 
Juan de Austria su primer ministro. Ya don Juan habia sido conducido en un 
coche á palacio por el conde de Medellin; ya se iba á firmar el decreto, cuan- 
do la reina, toda azorada, se presenta en el Buen Retiro, habla al rey á 
solas, le ruega, le insta, le suplica con lágrimas, y consigue del débil Cérica 
que revoque la orden en que se nombraba á don Juan virey de Sicilia, y 
que le mande volver á Aragón, cuya orden le comunica el duque de Medí- 
naceli: don Juan se sorprende; sus parciales celebran una reunión aquella 
noche; mas con una debilidad y una cobardía estrañas en quienes aspi- 
raban á derrocar un poder aborrecido y parecían estar ya tan cerca de 
realizarlo, resuelven todos obedecer sumisamente, y en la mañana del si- 
guiente dia emprende don Juan de Austria la vuelta de Aragón, abruma- 
do de tristeza y de bochorno* en vez de las festivas aclamuciones con 



PARTE III. LIBRO V. 63 

que habia esperado ser saludado por la grandi'za y por d pueblo (I). 

Triunfantes la reina y el valido, que tan en riesgo estuvieron de ser deTro<« 
cados, asistieron aquella noche á la comedia de palacio haciendo gala de sa 
triunfo A poco tiempo salieron desterrados de Madrid el confesor y el maes* 
tro del rey, juntamente con el conde de Medeliin, y Valen^ela recibia los tí- 
tulos de ma 141168 de Yillasierra y de embajador de Venecia. Y porque este ul- 
timo empleo no le obligara á salir de España, preñrió hacerse gobernador y ge- 
neral de la costa de Andalucía, con cuyo motivo pasó á residir por algún tiempo 
en Granada. Mas no tardó en presentarse de nuevo en la corte, apareciéndose 
en Arai^nez cuando el rey se hallaba de jornada en aquel real sitio, con gran 
sorpresa de sos muchos émulos y alborozo de sus pocos parciales. Tan escasos 
eran éstos, que habiéndole dado el ley la llave de gentil-hombre con ejercicio^ 
honra que se consideraba entonces como una de las mas señaladas y sublimes, 
negóse á tomarle el juramento y darle la investidura el duque de Medinaceli, 
y hubo qoe recurrir para ello al príncipe de Astíllano, que lo ejecutó al regreso 
déla jomada á Madrid (junio, 4676). Y como á este tiempo muriese e caba- 
llerizo mayor marqués de Gastel-Rodrigo, dióse también este importante pues- 
to ¿Talenzuela, prefiriéndole á todos los grandes que le ambicionaban* Para 
justificar el ejercicio de tan alto empleo, á los pocos meses h izóle merced el 
rey de la grandeza de España de primera clase (2 de noviembre, 4676), de- 
darándole al propio tiempo valido, y dispuso que fuese ¿ vivir á palacio, des- 
tinándole el cuarto del príncipe don Baltasar. Acabó esto de escandalizar y de 
irritar ala primera aristocracia déla corte: ^Conque Valenzuela e$ grande f» 
se preguntaban líhos á otros; y esclamaban: ti¡Oh témpora! ; Oh mare9{t)/» 
Y subiendo con esto de panto su resentimiento y su indignación, comenzaron 
los grandes á conjurarse contra el privado con mas decisión y con mas forma- 
lidad que intes lo habian hecho. 

Vivía entretando don Juan de Austria retirado en Zaragoza, no ya con el 
cargo de virey, por haber espirado el término por el que le fué conferido, y 
ejerciendo el gobierno de Aragón don Pedro de Urríes. Lejos de haber renun- 
ciado el príncipe ¿ sus antiguas pretensiones, habíase avivado su ambición y 
encendido más su deseo de vengar los últimos desaires y humillaciones recibi- 



(I) Diario de los snceoos de la corte: HS. ya por las copias délos nombramleolos mul- 
le la Biblioteca de la Real Academia de la mos, en que se espresan sus feobas, ya por 
Historía.— Epitome histórico. HS de id.— los dietarios que se escribían, y en que se 
MeDorías lúsióricas de la monarquía, etc. iban anotando los sucesos de cada uno, ya 

(1} En las pocas é incompletas historias por otra porción de manoscritos contempo- 

qne bay de este Ninado se supone haberse- ráneos que se hallaron entre los papeles de 

le otorgado estas mercedes moy al principio los Jesuítas, hoy pertenecientes al arcbíTO 

de su pcivanM. No&otro» Bos hemos guiado, de U Eeal AcaUemia de U Bifloiia. 



t\ HtóTORlA DE ESP.víJA. 

tías de la reina. Contaba don Juan muchos parciales cutre los aragone^e<^, f 
tanto que la misma diputación del reino fué la primera que para suscitar em- 
barazos y poner en cuidado al gobierno de Madrid pidió ante la corte del Jus- 
ticia que se suspendiera al rey la jurisdicción voluntaría y contenciosa, mien- 
tras no fuera á jurar los fueros y libertades de aquel reino, con arreglo al fue- 
ro Caram guibug. Las alegaciones é instancia en este sentido practicadas alar- 
maron en efecto al ministro Yalenzuela, á la reina y á los consejos; y solo ae 
debió é la destreza de don Melchor de Navarra, vice-canciller de Aragón, que 
aquella tempestad se fuera serenando, apartando hábilmente los ánimos de 
aquel camino, con no poco sentimiento de don Ji an que eneraba mucho de 
aquella negociación. 

Entretanto los grandes de la corte interesados en separar del lado del rey 
ks influencias de la reina madre y del valido, y en elevar á don Juan deAu»- 
tría, amaestrados con el mal éxito de la gestión anterior, habian redoblado 
sus esfuerzos y procedido con mas cautela y mafia para irse apoderando d«l 
ánimo del joven monarca, persuadiéndole por una parte de que todos los des- 
órdenes y males que el reino padecía eran debidos al siniestro inflijo de la 
reina y del privado, y pintándole por otra con vivos coloras la obligación en 
que estaba de librarse de tan fatal tutela, recomendándole al propio tiempo y 
encareciéndole las altas prendas de don Juan de Austria, y la conveni^cia de 
encomendarle el gobierno de la monarquía, como el único capaz de volverle su 
antiguo esplendor y grandeza. No contentos con esto, hicieron entre sí un pac- 
to ó compromiso solemne y formal, obligándose á trabajar todos juntos y cada 
uno de por sí, para separar del lado de S. M. para siempre la reina madre, 
aprisionar á Yalenzuela, y traer á don Juan de Austria para que fuese el pri-» 
mer ministro y consejero del rey. Documento notable y curioso, que revela los 
esfuerzos que hacia la decaida grandeza de Espafia para resucitar sus antiguos 
bríos y poder, y^que daremos á conocer íntegro á nuestros lectores ya que no 
se encuentra en ninguna historia impresa que sepamos. Decia asi esta con« 

vención: 

«Por cuanto las personas cuyas firmas y sellos van al fin deste papel, reco« 
nociendo las obligaciones con que nacimos, reconocemos también el estrecho 
vínculo en que Dios Nuestro Señor por medio dellas nos ha puesto de desear 
y procurar con toda la estension de nuestras fuerzas el mayor bien y servicíp 
del Rey nuestio señor. Dios le guarde, assi por lo que mira á su soberano bo* 
ñor,, y al de sus gloriosos ascendientes, como á su Real dignidad y persona; 
y queS. M. y consiguientemente sus buenos y leales vasallos padecemos hoy 
grandísimo detrimento en todo lo dicho por causa de las malas influencias y 
asistencia al lado de S. M., de la Reina su madre, de la cual como de prime- 



H^IE til. LIBRO V. ttt 

t« rdiz so han producido y producen cuantos males, pérdidas, ruinas y des** 
órdenes experimentamos, f la mayor de todas en la execrable eleyacion de 
don Femando Yalenzuela; de todo lo cual se deduce con evidencia que el ma<» 
yor servicio que se puede hacer á S.!!.» y en que más lucirá la verdadera 
fidelidad, es separar totalmente y para siempre de la cercanía de S. M. á la 
jtttoa sn madre, aprisionar á don Femando Yalenzuela, y establecer y conser* 
var la persona del seúor don Juan al lado de S. M.— Por tanto, en virtud del 
presente instrumento decimos: que nos obligamos debajo de todo nuestro ho-^ 
Bor, fó 7 palabra de caballeros, la cual recíprocamente nos damos, y de pleito» 
komenage que unos para otros hacepoos, de emplearnos con nuestras perso- 
nas, casas, estados, rentas y dependientes á los fines dichos, y á cuantos me« 
dios fnesen mas eficaces para su cumplido logro sin reserva alguna. T porque 
mientras S« M. no estuviese libre de la engañosa violencia que padece, sea en 
la voluntad 6 en el entendimiento, se debe atribuir cuanto firmare ó pronun« 
ciare en desaprobación de nuestras operaciones, no á su Real voz y ánimo, si* 
DO ala tiranía de aquellos que en vilipendio dessas sacras prendas se las usur- 
pan, para autorizar con ellas sus pérfidos procedimientos: declaramos también 
que tendremos todo lo dicho por subrepticio, falsificado, y procedido, no déla 
Real y verdadera voluntad de S. M., sino de las de sus mayores y mas domé» 
ticos enemigos; y que en esta consecuencia será todo ello desatendido de nos- 
olros.-^Assimismo declaramos, que cualesquiera que intentaren oponerse ó 
embarazar nuestros designios, encaminados al mayor servicio de Dios« deS. M, 
y bien de la causa pública, loe tendremos y trataremos como á enemigos j(> 
radcs del Rey y de la patria, poniéndonos todos contra ellos* — Que si se ínteo* 
tare ó ejecutare algún agravio, ofensa ó vejación contra cualquiera de nosotros, 
la tendremos por hecha á todos en común, y unidamente saldremos á la in* 
demnídad y defensa del ofendido, sacando sin dilación la cara en cualquier 
boca que eso auceda, antes ó después de haber ejecutado dichos designios re* 
(eridoSk — Todo k> cual cumpliremos inviolablemente, de modo que no habrá 
motivo ó interés humano que nos aparte de este entender y obrar. — ^Esta 
•lianza y onion entre nosotros sera firme é inviolablemente observada sin intei^ 
pretacion ni comento que mire á desvanecerla ó disminuirla su vigor y ampli» 
tod, sino en la buena fé que sujetos tales y en negocio de tanta gravedad de* 
hemos observar. — ^En cuyo testimonio lo firmamos de nuestras manos, y sella* 
fiM» con el sello de nuestras armas. — ^Y el señor don Juan en su particular 
declara, que el haber venido en el ultimo de los tres puntos dichos que toca á 
so persona, es por haberlo juzgado los demás conveniente al servicio de Dios 
y del Rey, pues de su motivo propio protesta delante de su divina Magestad 

no viniera en ello por muchas razones. — ^Dada en Madrid á 15 de diciembre 
Tomo ix. 5 



Ca HISTORIA DE ESPAÑA. 

de <676.— Duque de Alba.— Duque de Osuna.— Marqués de Falces.— Cond6 
de Altamira. — Duque de Medinasidonia. — Duque de üceda. — ^Duque de Pas- 
trana. — Duque de Camina. — Duque de Veragua. — Don Antonio de Toledo.— 
Don Juan. — Duque de Gandía. — ^Duque de Ilijar. — Conde de Benavente.— 
Conde de Monterrey. — Mtirqués de Liche. — Duque de Arcos. — Marqués de Le- 
ganés. — ^Marqués de Villena. — ^La duquesa del Infantado. — ^La de Terranova. 
^^a condesa de Oñate. — La de Lemos. — La de Monterrey (4). 

Hecho esto, y cuando ya estaban apoderados del ánimo del rey, dispúsose 
la venida do don Juan de Austria, tomando para ello, como escarmentados yá, 
mas precauciones que la vez primera, para que no se malograra el golpe como 
entonces. Mas no pudo hacerse esto tan de oculto que no lo supiera Valenzne- 
la, el cual, reconociendo que no podía conjurar ya la tormenta que se le venia 
encima, desapareció una noche de la corte, sin saberse al pronto el rombo que 
habla tomado. Los conjurados, para sacar al rey del poder de la reina madre, 
dispusieron que una noche, á deshora y cuando todos estaban ya recogidos, se 
saliera en silencio del palacio y se trasladara al Buen Retiro. Asi lo ejecutó 
el buen Carlos la noche del H de enero (4677), acompañado solo de un gentil- 
hombre de su cámara. Luego que se vio en el Retiro rodeada de la gente que 
habia dispuesto toda aquella trama, despachó una orden á su madre prohi- 
biéndola salir de palacio. En vano fué que la reina, atónita con semejante 
novedad, pasara el resto de la noche escribiendo tiernas y afcctiiosas cartas á 
80 hijo, rogándole que la permitiese verle. No ablandaron al rey, é por mejor 
decir, no le permitieron qoe le ablandaran los ruegos y las súplicas de la ma« 
dre. Al dia siguiente los cortesanos se presentaron en el Retiro á besar lama- 
no á S. M., aplaudiéndole todos la resolución que habia tomado. 

A este tiempo don Juan de Austria, que en virtud de cartas del rey, de la 
reina y de sus parciales, habia salido ya de Zaragoza camino de la corte con 
grande- aparato de escolta y de criados (S); habíase detenido en Hita, donde 
fueron el cardenal de Toledo y otros señores á decirlo de parte del rey que 

(i) US. de la Real Academia de la Qfsto- que os hatlo lan ialeresado, debiendo fiar á 

ría. Papelea de Josuitag . Hay varías copias, vos la mayor parle de mis resoluciones; he 

(3) Cartas de Carlos 11. y de Doña María- resuelto ordenaros vengáis sin dilación al. 

na, llamándole á la corle; dos coniestacio- guna A asistirme en tan grave peso, como 

nes de don Juan, y otra carta suya al . papa espero de vuestro celo A mi servicio, cum- 

noticíAndole su salida de Zaragoza; MS. ar- plieodo en todas las circunstancias de la 

ebivodeSalazar, Est. 7, grad. 1.* jornada con la atención que es propia do 

«Don Juan de Austria mi hermano (le vuestras tan grandes obligaciones. Dios N.S» 

decía el rey).— Habiendo llegado las cosas os guarde como deseo.— De Madríd A S7 d» 

universales de la monarquía A términos de diciembre de 1676 —To el Rey.— Por man- 

necesitar de toda mi aplicación, dando co- dado del Rey mi señor, Gerónimo de Eguia.» 
bro ejecutivo A las mayores Importancias en 



PARTE lU. LIBRO V. 67 

despidiera la gente armada que traía» y que prosiguiera 6a viage á Madrid^ 
donde le esperaba para eacomeadarle la dirección de los negocios del Estado* 
Don Juan respondió que para seguir adelante era preciso que la reina saliera 
antes de la corte, que se prendiese á Ya1en2uelay y se estinguiese el batallón 
déla Chamberga. Hízose todo lo que don Juan queriat á la reina madre se le 
ordenó que saliese para Toledo; el batallón de la Chamberga fué enviado á 
Málaga para embarcarle luego á Messina; y el duque de Medinasidonia y don 
Antonio de Toledo partieron con doscientos cabaUos (47 de enero, 4677) pa- 
ra el Escorial á prender á Valenzuela, que supiéronse hallaba alli refugiado. 

Hé aqui cómo se verificó esta prisión ruidosa. El valido habia ido allí, no solo 
con conocimiento del rey, no solo con su beneplácito, sino hasta de orden suya; 
orden que primeramente comunicó de palabra al prior del monasterio Fr. Mar- 
cos de Herrera, diciéndole: «Te he llamado f porque no tengo de guien fiarme 
tino de ti: quiero que te lleves al Escorial á Valenzuela y lo salves;!» y que 
después á instancia del prior le dio por escrito concebida en estos términos: 

«Venerable y devoto Fr. Marcos de Herrera, prior del convento real de 
San Lorenzo: En caso que don Femando Valenzuela, marqués de Villasierra, 
vaya á ese convento, os mandólo recibáis en él, y le aposentéis en los aposen- 
tos de palacio que se le señalaron cuando yo estuve en ese sitio, asistiéndole 
en todo cuanto hubiese menester para la comodidad y seguridad de su perso- 
na y familia, y para lo domas que pudiere ofrecérsele en el particular, cuida- 
do y aplicación que fío de vos, en que me bareiá servicio muy grande. De Ma-» 
drid d S3 de dicienibre de 4676. — ^Yo el rey.» 

T enla tarde del siguiente día recibió el prior de parte del rey onpapeli-> 
to enrollado con estas palabras autógrafas: tiMañana al amanecer, tí En su vir-» 
tod al amanecer del 85 salieron el prior y Valenzuela para el Escorial, aunque 
por caminos distintos para mayor disimulo, y llegaron aquella noche al mo-> 
naslerio, no sin haber sufrido las molestias de un horroroso temporal. Valen-* 
zuela hizo ir después allá á su esposa y sus hijos (I). 

Agasajado de los mongos, y al parecer tranquilo bajo el seguro real, se en-' 
contraba Valenzuela con su familia en el monasterio» cuando en la tarde del 
47 de enero (i 677) vio llegar desde una de las ventanas de su habitación por-* 
cion de tropa de caballería que al momento circundó el edificio. Era la que ha- 
bía salido de la corte mandada por el duque de Medinaceli y por don Antonio 
de Toledo, hijo del duque de Alba, á los cuales acompañaban el marqués íe 
Falces, el de Fuentes, el de Valparaíso y otros varios personages. Acogióse Va- 

(I) Ifanuscr. áe la Biblioteca del Bsco- mismo Aoottlerio, p. 11., c. 5.* 
rial.-— i2ueTedo, Historia y Do^cripcioa del 

; 



/ 



6$ HISTORIA DE ESPAfiA. 

lenzaela asustado en brazos del prior, que después de ponerle en lugar seguro 
salió al encuentro de la tropa, y ofreciendo á los gefes alojamiento les pregun- 
tó qué era loque necesitaban: «Nada qneremos, le respondieron, y nada ne* 
ceiitamos sino que nos entreguéis al traidor de Valenauela,» Preguntóles sin 
alterarse si llevaban orden áel rey» y como le contestaron que no la lleyaban 
sino verbal, él y los demás mongos manifestaron con entereza que en ese caso 
solo por la fuerza podrían apoderarse de un hombre que ellos tenian bajo su 
protección por orden espresa y autógrafa de S. M., lo cual fué contestado con 
dicterios y amenazas de aquella gente, que iba resuelta á todo á trueque do 
satisfacer una venganza. Hubo no obstante, á propuesta del prior, negociacio- 
nes y entrevistas entre Valenzuela y los dos gefes de la comitiva, que se veri- 
ficaron en la iglesia, y en las cuales recordó Valenzuela á don Antonio de To- 
ledo los muchos beneficios y honores que le habia dispensado durante su pri- 
vanza, lo cual solo sirvió para exasperar más el duro carácter del acalorado 
}óven, y la conferencia concluyó sin resultado (4). 

Con esto, y con haber visto el prior que la tropa iba penetrando ya en el 
interior de los claustros, tomó el partido de encerrar á Valenzuela en un es- 
condite que había detrás de la iglesia y sobre el dormitorio del rey, donde le 
creía completamente seguro, y donde, fuera de la libertad, nada podía echar 
de menos, porque Fr. Marcos le había provisto de cama, ropas, víveres, vinos, 
pastas, frutas y todo lo necesario para que ni él tuviera que salir, ni pudiera 
notarse que se le llevaba comida. Muchas y muy duras y fuertes contestacio- 
nes mediañron todavía entre los enviados de la corte que se empeñaban en que 
les fuera entregado el hombre que buscaban, y el prior y los mongos que lo 
resistían con admirable firmeza. Desesperado andaba el joven don Antonio do 
Toledo. No satisfecho con tener bloqueado el edificio, dio orden á los soldados 
para que lo invadieran y registraran todo. Claustros, celdas, palacio de los re* 
yes, templos y capillas, todo fué allanado por la soldadesca furiosa, que hasta 
los altares echaba á rodar en medio de los improperios y sacrilegas interjecio- 
nes, por si detrás de alguno de ellos se ocultaba el objeto de sus pesquisas. 
Suplicó el prior al de Toledo que hiciera á su tropa respetar por lo menos el 
templo santo, porque de otro modo se vería obligado á fulminar censuras 
eclesiásticas sobre los que cometían semejante profanación, y para ver de im« 

(I) Esta especie de parlamento se verifi- tas de adhesioo y de fidelidad qoe éste lo 

c6 coa toda formalidad en el primer plano habia hecbo, reconTíniéndole con energía 

de la capilla mayor á puerta cerrada, pero á su ingratitud, esclamó el de Vedínasidonia: 

presencia de toda la comunidad, que sílen- •Confíao que ii conmigo i» hubiera hecho 

ciosa rodeaba el presbiterio. Guando Valen- eso, nunca faliaria al lado do V, E.»^ 

Euela recordó al hijo del duque de Alba las Quevedo, Historia y Descripción del fisco- 

mercedes que le debia, y las muchas protes- rial, p. 11.: o. S.* 



PARTE UI. L13R0 V* 69 

pooeries mandó poner de manifiesto por todo el día el Sant^imo Sacramento. 
Has no cesando por eso el desorden, y viendo que hasta los cánticos de los 
sacerdotes eran intermmpidos con insultos por los soldados, pronanció sen- 
tenda de excomonion contra el de Medinaceli y todos sus cómplices, se apaga-. 
ron las lámparas y candelas, enmudecieron las campanas, y se hicieron todas 
las ceremonias qae se acostumbran en casos tales. 

Nada sin embargo, fué bastante á contener la desenfrenada soldadesca: al 
contrario, bramaban de cólera, y se desataban en blasfemias y amenazas con* 
ira los monges, y todo lo atrepellaban y rompían, y andaban desesperados al 
Ter que después de coatro dias de escrapuloso registro no daban con el quepa- 
recia haberse conrertido en daende del monasterio deanes de haberlo sido de 
palacio. T en verdad habrían sido acaso inútiles todas las pesquisas, si el miedo, 
dmas terrible enemigo en tales lances, no hubiera sido causa de descubrirse él 
mismo. La noche del SI , creyendo que un grupo de soldados que oyó hablar 
habia descubierto su escondite, cc^ las sábanas y las ligas se apresuró á hacer 
nna soga con la cual se descdgó» yendo á parar al caramanchón llamado de 
Monserrat, y de alli salió aturdido á on claustro, donde encontró un centinela,. 
que le conoció y le dijo generosamente: aVaya V, E, con Dios, y él le guie y 
fatorescaí la cofUroeeñUy Bruselas.rí t^ero esto que debió servirle para salvar- 
se, le turbó más, y divaganda fué á parar al dormitorio de los novicios. Sor- 
prendidos éstos, pero resueltos á libertarle á todo trance» salieron en numero 
de cuarenta, y metiéndole en medio con disimulo, le llevaron á un: pequeño ca- 
ramanchón de la celda de Juanelo, y poniendo ua cuadro delante de la venta- 
na en qae le colocaron se volvieron á su dormitorio. Mas fuese que lo obser- 
varan los centinelas, ó bien que le delatase, según se dijo, un criado déla ca- 
sa llamado Juan Rodríguez, es lo cierto que á la mañana siguiente {i% de ene- 
ro), después de aumentar el número de centinelas se presentó don Antonio de 
Toledo con los alguaciles de corte, y encaminándose en derechura al escondi- 
te, dio con el atribulado Valenzuela, que .estaba á medio vestir, y en aquella 
disposición, que tanto se prestaba á la burla, sin permitirle otra cosa le llevó 
al alojamiento del duque de Medinasidonia, que al cabo le fecibió y trató si- 
qoiera con mas cortesía y benignidad que el hijo del de Alba. 

Aquella misma tarde partieron con el preso para fiíadrid, mas al llegar á las 
Rozas se haUaron con orden para que sin pasar por la corte se le llevara á la 
fortaleza de Consuegra, á cuyo alcaide se le previno que le tuviera incomuni* 
cado (1). Noticioso don Juan de Austria de la prisión, presentóse en la corte 



0) cLi persona de Fernando de Tilen* eual tendréis con Us guardas qae sean oe^ 
■9la(de€lala realárden) se os entregará, ia eesarias, sin manifesiarie á persona alguna,. 



70 . HISTORIA OB ESPaSA, 

el 23 de enero, siendo recibido por el rey con benévolas demostraciones, por 
los cortesanos con adulación, por el pueblo con verdadero entusiasmo, porque 
el pueblo, á quien tanto hablan encarecido sus altas prendas, creia de buena 
fé que lo iba á remediar todo. Sus primeras disposiciones como ministro fue- 
ron unos decretos, en que después de ensalzar el servicio que babian hecbo á 
la corona los grandes que se confederaron contra Valenznela, declaraba nu- 
las todas las mercedes, títulos y despachos que habia obtenido, mandando quo 
se recogieran, y comenzando por el déla grandeza de España; «por n§ bailarse 
en él, decía, ninguna de las circunstancias que deben concurrir juntes en los 
que llegan á obtener este honor (4).» Don Antonio de Toledo se había queda* 
do en el Escorial con el encargo de recoger todos los papeles, riquezas, alha- 
jas y efectos pertenecientes al don Femando, é hízolo con tanto rigor, que pe« 
netrando bruscamente en la habitación de la desgraciada dofia María de Ucc- 
da su esposa, y sin reparar ni en su quebranto, ni en ei estado de prefiez en 
que se bailaba, registró basta la cama en que yacía, y le embargó todo, ro« 
pas, alhajas y muebles. Por cierto qae ni en esta pesquisa ni en las investiga- 
ciones q;ue después se practicaron se halló que la fortuna de Yalenzuela cor- 



de oinguna ealMad, estado j condición que sado, mando qne et origioaise ponga en mía 
sea, sino ¿ los jueces que tengo nombrados, manos, recogiendo todos los papeles é ins- 
— Ducn Retiro, 39 de enero de 1677.» frumentos en que se hiciese mención dcsU 

(I) «Por cuanto he reconocido decía este merced; porque mí intención y voluntad m 
potable documento) la importancia que pro- que no quede memoria della en ninguna pa^ 
vino é mí corona de la alianra y concordia te; queriendo yo por este medio conservar á 
que hizo la primera y mas fiel nobleza de la primera nobleza de mis reinos y á los que 
mis reinos para remediar los execrables da- della están condecorados, con el honor de 
4os que padecían, para que en todo tiempo la Grandeza, con el esplendor que han teni- 
conste de ella y se reconozca el mayor cunip do en todos tiempos, del cual descaecería si 
plimiento de sus obligaciones; no habiendo se incluyese en el número de los grandes un 
concurrido en las mercedes que consiguió sugeto en que no se halla ninguna de las cir- 
don Fernando Yalenzuela aquella libre y ouostancias que deben concurrir Juntas en 
deliberada voluntad mía que era necesaria los que llegan á obtener este honor. Y aten- 
para su validación y permanencia, ni el de diendo, como los reyes mis predecesores hi- 
los méritos y servicios personales ni h^^rcda- cíeron en su tiempo, á todo lo que puede 
dos que le pudiesen hacer digno para oble-» ser mayor estimación, de tales vasallos, y al 
ncrlas, y por otras Justas causas que me desconsuelo con que se hallan viendo á don 
mucTen: he resuelto de dar por nulas dichas Fernando Yalenzuela tan desproporciona* 
piercedes y los titules despachados que de- demente incluido easu linea; he tomado es- 
lías se hubiesen espedido, mandando se re- la resolución, quedan io ssgun ella privado 
cojan, anoten y glosen, ejecutando las de- de todos los honores, preminencias y'prero- 
piás prevenciones necesarias en la forma gativasque gozan los grandes. Tendreislo 
que convenga, para que en ningún tiem- entendido en la cámara para ejecutarlo asi. 
po valgan ni se pueda osar dellas: y per y darme cuenta de haberlo hecho. En el 
que entre ellas os una el titulo de Grandeza Duen Retiro, á S7 de enero de 4677. -Yo el 
para él y sus sucesores que bajó á la cama- R- y.— Al presidente del Consejo.— Archiva 
(a en decreto de 3 de noviembre del afto pe- de Salazar, Est. 7.**, grad. I.*, núm. 63. 



PARTE III. LIBRO V. 7L 

respondiera ni con mucho ¿ la riqueza y á los tesoros que se le atribuía haber 

acamolado (I). 

La infeliz doña María fué desterrada á Toledo, donde se vio presa, y pasó 
mil tribulaciones; y cuando se le permitió fijar su residencia en Talavcra, per- 
dió el juicio y murió demente después de haberse visto reducida al estremo de 
pedir limosna de puerta en puerta. En cuanto á don Femando su esposo, des- 
pués de su prisión en Consuegra, y de terribles padecimientos, fue desterra- 
do á Filipinas, de donde pasado algún tiempo volvió á Méjico, en cuyas cer- 
canías mor ¡ó maltratado por un potro que estaba domando (2). \k tal punto 
llevó don Jnan de Austria sn vengativo encono! \Y tél fué la miserable calda 
de don Femando YaIenzuela, que tan rápida y monstruosamente se había en- 
cumbrado en alas del favor y de la fortuna! Pero si merecía la caída como to- 
do valido, y como todos se sirvió de reprobados medios para elevarse, conven- 
gamos en que no mereció que á tal es tremo se ensañaran sus enem'gos con él 
y con su familia, pues ni abosó tanto del poder, ni de él se contaban los crí- 
menes con qoe otros habían manchado su privanza, y el pueblo no tardó en 
esperimentar que na^a había ganado con el qoe vino á ocupar su puesto al 
lado del soberano. 

Si en el corso de este suceso se vio la falta de carácter y de dignidad del 
rey, en el hecho de haber permitido que se fuera con tanto aparato y estré- 
pito á prender un hombre que se hallaba confiado bajo el seguro de la palabra 
y firma real, con todo lo demás que contribuyó á dar ruido y escándalo, tam- 
bién se puso de manifiesto la supersticiosa incapacidad de Carlos 11, en un 
diálogo que al siguiente día de la prisión tuvo con el prior del monasterio fray 

(I) Ed tr«inU y dos mil doblones toé ta- del Escorial, Parí. 11, cap. 6.*^ 
sadotodo lo que se eDCOntrd pertenecieDte (S) Eo Manila fué encerrado en la forla- 
á ValcnnieU.Pareciéndole poco á don Juan leza de San Felipe; al principio faé tratado 
de Austria, y sospechando que habria babi- con mucha severidad, mas luego logró al- 
doocalucioo, requirió al prior del Escorial canzar el favor del gobernador, el cual le 
para qoe le presentara el tesoro que el preso permitió salir y representar sus propias co- 
habla Uevndo alli. La digna respuesta que medias. En IS89 obtuvo licencia para tras- 
te dio el religioso le valió amenazas y perse- ladars^ á Méjico, donde fué bien recibido 
cvciooes. 6e hicieron algunas prisiones en por el virey, conde de Galvez, hermano del 
«1 monasterio ; se reconoció escrupulosa- duque del i nfaotado, su primer protector; 
■entela easa del Kuevo Rezado en Madrid; alli obtuvo una pensión de 1,200 duros, con 
se giró Cira nueva visita al Escorial, se re- la cual vivia. Murió, como hemos dicho, de 
gistraron todas las celdas, papeles y mué- una coz que recibió de un potro que doma- 
blcs,eii busca de mas dinero y mas alhajas, ba, lo cual ha hecho creer á algunos que 
pero todo fuá inútil, no se encontró más. La era una ocupací >o y un recurso, pero nos 
prueba mas evidente de que no lo había, es otros creemos que lo haciasolo por afición 
que la desgraciada esposa de don Fernando y recreo.— Gemiili, Viage á las Islas Pira- 
se vio después reduci da á vivir de la caridad lipinas. 
pública. --i^uevedo, Historia y dcs:.ipcioo 



"T) H!STOaiA DE ESPASA« 

Marcos de Herrera. Habiendo venido á Madrid este religioao» al presentarse al 
rey, poseido de cierta emoción, le preguntó sonríéndose: ti¿Con qui kcogie- 
ronf — Le cogieran^ Señitr\» ]e contestó el prior avergonzado; y le refirió las 
circanstancias del suceso. — ¿F f u esposad preguntó Carlos. — Su esposa^ res^ 
pendió el monge, ka venido á Madrid^ y yú me atrevo á euplicar d V. M. eo 
digne ampararla á ella^ yd$u desgraciado marido,'^A su muger «t» d él nó^ 
"Señorf ¿^ etrd posible que se olvide V, M. de su desgraciado minütrot-^ 
¿Creerás, dijo el rey, que ha habido una revelación de una siervo de Dios, en 
que daba á entender que habían de prender á Valen^uela en el Escorial?-^ 
Mas bien será, repuso el padre un tanto amostazado, una revelación del demo-* 
nio\ y no crea Y. M. que defiendo á Valenxuela por interés , pues jamás he re^ 

cibidode él sino eeta pastilla de benjuí, — Aparta aparta,.,., esclamó Cáiv 

los dando dos pasos atrás y santiguándose; no la traigas contigo, que será un 
hechizo ó un venenos Trabajo costó al buen padre, al oir tal simplicidad, na 
faltar al reápeto de su soberano dando suelta á la risa. Ck)ntenióse con besarle- 
la mano y despedirse, llevando un triste concepto del hombre que acababa d» 
empuñar las riendas de la gobernación del Estado (4)^ . 

(I) Este diálogo, atl cono Us demás cir- de Auslrli j «I misno Carlos 11., taé mo-^ 
constancias que mediaron en esta ruidosa nester que el rey saplicara á Su Santidail 
prisión, igualmente que otros pormenores por tres veces el perdón de los sentenciados, 
de que no hemos creido necesario hacer Al fln el papa expidió •• breve cometiendo- 
mérito, se hallan minuciosamente re(erído8 4I nuncio la facultad de la absolución, pero 
en una Relación manuscrita que existe en imponiendo i los íncursos la obligación do 
la Biblioteca del Escorial, y que escribió sin edificar á sus espcnsas en la iglesia del Es- 
duda en aquellos dias nn monge testigo da corial una capilla conespondiente á la ma- 
los sucesos. El ilustrado bibliotecario y ex- gestad y grandeza del templo que hablan 
monge del mismo monasterio, don José de profanado, en la cual se les daria la abaolu- 
Quevedo, en su Historia y Descripción del clon en cuanto estaviera concluida. 
Escorial, que publicó en 1849, en la parte Largo era el plazo y mocho, el coste qoo 
que arriba hemos citado, nos ha dado á co- la condición les Imponía. Pero elloi logrfr- 
Bocer muchos de estos curiosos pormo- ron que el monarca propusiera al poollftce 
ñores. suplirlo con una alhaja tan rica qne sobre- 
En este mismo libro se hace un relato de pujara el valor de aquella obra. Era aquella 
las consecuencias que produjo la escomo- la caja de un reloj que le habla regalado tu 
Bion lanzada por el prior contra los profana- tio el emperador Leopoldo, de plata sobredo- 
dores del templo y violadores del sagrado rada, guarnecido de delleadisima flligraaa» 
asilo, que manifiesta las cosiumbrea y las de turquesas, amatistas,* granates, y otras 
ideas que sobre estas materias dominaban piedras preciosas, con colganles, festonas y 
en aquel tiempo. Huchas fueron las diligen* otros adornos riquísimos y de esquisíto gua- 
cias y gestiones, muchos los esfuerzos y re- toy labor. Aceptado, el cambio y recibida 
cursos que emplearon para que el prior los por el nuncio la alhaja (que con otras oui- 
absolviera de la terrible censura. Has como chas fué llevada por los franceses en 48I0}« 
el sumo pontífice, noticioso del hecho, apro- se designó la iglesia de San Isidro al Real de 
bara y ensalzara la conducta del prelado en Hadrid para que los etcomulgados reoibie- 
la defensa de la inmunidad ecleslásiica, y ran en ella la absolución. Bl dia y hora 9^ 
escribiera en este propio sentido i don Juan Halados, en medio de qn inmenso gentío, so 



PARTB 11!. LIBRO V. 73 

preseilé á U pserU Mterior el ouuelo cho liempa la enemiga y te pertecuctoa 

de S. Sw Tcsiido de pooüQoal j Con grande de aquellos rescAliJos y poderosos mag- 

aeompafiamiento. A poco comparecieron el nates. 

duque de Xedin^idonia, don Antonio de Entre los preciosos documentos del ar- 
Toledo 7 los demás comprendidos en las cea- chivo de Salazar, referentes á esta materia, 
lusas, todos descalzos y puesta una camisa se encuentra el «Alégalo que hizo el monas- 
sobre la ropilla: postráronse á los pies del torio deSan Lorenzo del Escorial en la can* 
Boneio, el cual los iba hiriendo en las eft- sa sobre la estraccion Tiolenta que de sa 
paldas con ona Yanta, y luego los lomaba iglesia se hizo de la persona de don Fer- 
del brazo y los introducía en la iglesia, y con aando Talenzuela (impreso en treinta (olios, 
estoy Las demás ceremonias de costumbre Est. 8.*; grad. 6.*);» y el BreTe del papa Ino- 
ea easos tales se concluyó aqoella ruidosa cencío XL dirigido á Carlos II. sobre lo 
caisa, pero no ios disgustos para ol prior y mismo US. ea das falios^ Xtt. 7.*, gra- 
9ir«9 mongea^ ^ae latinflin qm suíríz mii« da i.'}« 



CAPITULO \1L 



GOBIERNO DE DON JUAN DE AUSTRIA, 



Do 1699 á iC89. 



Esperaous desranecMa^-^AUiTet del pHaeipe.— So espirita d« teDgantt.^Destierrof. 
—Deaórdeo en la administración.— 'Disgusto del poeblo.*-Ocúpase don Juan en cosas 
frivolas.— Descontento de los grandes.— Tratan éstos con la reina madre.— Recelos é 
inquietad de don Juan.— Lleva al rey á las Cortes de Zaragosa.— Descuida don Juan los 
negocios de la guerra.— Sátiras y pasquines contra el ministro.—Trátase de casar al rey 
Carlos.— Miras que se atribuian á don Juan.— Conciértase el matrimonio del rey con la 
princesa Maria Luisa de Borbon.— Decaimiento de la privansa de don Juan de Aos(ria% 
«-Pierde la salud.— Muerte de don Juan.— Vuelve la reina á Madrid.— Preparativos para 
las bodas reales.— Recibimiento de la reina en el Bidasoa.— Va el rey i Burgos A espe- 
rar á su esposa.— Ratificase el matrimonio en Quintanapalla.— Viage de los reyes.— 
Llegan al Buen Retiro.— Entrada solemne en Madrid.— Alegría del pueblo.— Fiestas 5 
regocijos públicos. 



Si no es caso raro, antes bien lo es por desgracia harto frecuente, que los 
pueblos vean defraudadas las esperanzas que tenían puestas en un hombre» 
cuando á éste se le prueba en la piedra de toque de la dirección y gobierno do 
un estado, no por eso deja de ser reparable que una persona de tantas \ tan 
antiguas aspiraciones y de tan larga carrera como don Juan de Austria, tan 
conocido como debia ser de todos los espafioles por los papeles y por los pues* 
tos que habia desempeñado en Madrid, en Flandes, en Italia, en Portugal, ea 
Cataluña y en Aragón, en cuyas altas cualidades y prendas el pueblo creía y 
fiaba tanto, por cuya elevación los grandes y nobles hablan hecho tantos es- 
fuerzos y tan repetidas y solemnes confederaciones, á quien el reino de Aragoa 
Labia protegido y aclamado con tanto entusiasmo, y á quien todos en una pa-^ 



r 



PARTE 111. LIBRO V. 13 

bbra considerüban como el údíco capaz de curar los males y remediar los da- 
fios que se lamentaban, y de reslitair la felicidad y el bienestar á esla mo- 
narquía; es bien reparable, decimos, que el hombre en quien hacia tantos años 
se cifraban tan universales esperanzas, desvaneciera tan pronto tantas y tan 
antiguas ilusiones^ 

Pero es lo cierto que se obserró muy pronto que el tan aclamado principo, 
luego que se vio arbitro y dueüo absoluto del poder codiciado, en vez de la 
capacidad, del talento y de la prudencia que se le suponía para la dirección do 
los negocios, no mostró sino altivez y soberbia, ni pareiia cuidar de otra cosa 
que de satisfacer un espirita mezquino de venganza contra todos los que so 
habían opuesto á sus ambiciosos planes, ó disfrutado algún favor en el anterior 
valimiento^ ó no habían firmado el compromiso ó pleito-homenage de los gran- 
des para traerle al lado del rey. Asi que, fueron sintiendo los golpes de sus 
iras y saliendo sucesivamente desterrados de la corte el almirante de Castilla, 
el conde de Aguüar, coronel del regimiento de la Chamberga, don Pedro de 
Rivera, conductor de embajadores, el caballerizo mayor marqués de la Alga- 
va, el conde de Mcntijo,el de Aranda y varios otros grandes señores, como el 
principe de Stigliano, el marqués de Mondéjar y el conde de Humanes, ó por 
no haber suscrito la confederación, ó por haber conservado cierta fidelidad á 
la reina madre, ó simplemente por no ser sus partidarios y adeptos. Señalóse 
contra el respetable vice-canciller de Aragón, don Melchor de Navarra, por- 
^e con su prudencia habia desviado á los aragoneses de las reclamaciones que 
el año anterior habían entablado en su favor, le exoneró del cargo, y dio al 
cardenal Aragón el puesto de vice-canciller de aquel reino (4). Ni respetó al 
digno presidente de Castilla conde de Villaumbrosa, el roas íntegro y el mejor 
magistrado de aquel tiempo, sin otra razón que la de no haber firmado el plei- 
to-homenage de los grandes, dándole por sucesor en la presidencia á don Juan 
de la Puente, á quien ni el nacimiento, ni el talento, ni las letras recomenda- 
ban para tan elevado puesto. T aun pareciéndole que el conde de Monterrey 
divertía demasiado al monarca, lo cual era bastante para mirarle con recelo y 
sospecha, le alejó también de la corte, enviándole de capitán general á Cata- 
laña; y por cierto le hizo residenciar después severamente por su conducta en 
el negocio de Puigcerdá (í). 

Fijos constantemente los recelosos ojos del hermano bastardo del rey en. 
t\ alcázar de Toledo, residencia que se habia señalado á la reina madre, y don* 
de la acompañaban el embajador de Alemania, el marqués de Mancera, el car- 

(1) Beal decreto espedido en el Boen Re- ra de CaialuOa, de que bablamoa ea el ca-* 
tlro.á 10 de febrero, 1677. pitillo 3.* 

^3) A^uel suceso desgraciado de la guer* 



■ro nisioRu de espaüa. 

donal, y ^ conEeaor Hoya» de la compañía de leaúa» TÍvia mártir de la descon- 
fianza, hacia reconocer tas cartas que iban y nenian de Toledo, daba oídos 4 
todos los chismes, y como si esto no bastara para traerle en continua inquie- 
tud y zozobra, rodeóse de espias, y empleó tantos para averiguar lo que contra 
él se decía ó tramaba, que esto solo habría sido suficiente para impedirle fijar 
la atención en los negocios graves, consomirle el tiempo^ y trastornarle el 
juicio. 

£1 pueblo por su parte veia qae ni se rebajaban los impuestos, ni los pre- 
cios de los mantenimientos disminuiany. ni la hacienda iba mejor administrada, 
ni la justicia se restablecia, ni esperimentaba ninguno de aquellos bienes qae 
del nuevo ministro se habia prometido; y que por el contrarío iban las cosas en 
igual ó mayor desorden que ¿ntes, y que ocupado solo en desterrar á los que 
tenia por desafectos, y en dar valor á los chismes y enredos de la corte, 
atento solo á su interés, y mas cuidadosade entretener con pasatiempos y baga- 
telas al joven soberana que de instruirle y guiarle en el arte de reinar, por es- 
ta vez la mudanza de señor nada le habia aprovechado. Y como el pueblo 
pasa fácilmente, cuando se ve buriado, del estremo del entusiasmo al del 
aborrecimiento, hubiera sido de temer alguna sublevación á no estar ya tan 
encamado en los españoles eL respeto á sus monarcas.. Por lo demás hacíanse 
comparaciones entre el de Austria, Nithard y Valenzuela, y decíase de público 
que sobre no haber mejorado en el cambio, al menos aquellos favoritos habían 
sido mas indulgentes con él en su tiempo^ y nunca se los vio dominados de^ 
ese espíritu exaltado de venganza.. 

Ocupaban á don Juan con preferencia la» cosas mas frivolas, ó de pura 
etiqueta, ó de pura vanidad. Daba grande importancia al asiento que debería 
corresponderle ocupar en la real capilla, y tomó el inmediato á S. M. con si- 
lla y almohada, que solo habían tenido en le antiguo los príncipes de Parma y 
de Florencia. Recibía de pié á los ministros estrangeros,. y esto solo en la se- 
cretaría, dándose aire de príncipe; rasgo de orgullo que fué censurado con me. 
recida severidad. En el afán de deshacer todo lo qae habia hecho "Valenzue- 
la, hasta el caballo de bronce, ó sea la estatua ecuestre de Felipe lY. que Ya-- 
lenzuela había trasladado del Retire para coronar el frontispicio de palacio, 
íué quitada de su puesto, y vuelta al sitio en que antes estaba. Y en tanto que 
el ministro atendía á estas pequeneces, y á hacer variaciones en los trages de 
palacio, aboliendo las. antiguas y autorizadas golillas y subrogándolas con las 
corbatas, las chambergas, los calzones anchos y los bridecúes, totalmente es- 
trangeros, ni se cuidaba de reforzar los tercios de Flandes, ni de enviar alas 
tropas que allí habia socorros do dinero, y los ejércitos de Luis XIY. nos iban 
tomando las mejores plazns de los Países Bajos, y deva<^tando y asolando qL 



PAOTK III. LIBRO V. 11 

principAdo de Catalufia, yendo pAra nosotros la guerra de mal en peor, coma 
recordará el lector fácilmente por lo qae dejamos reíerido en loo capitulos 
anteriores. 

Tan largo don luán en decretar destierros como corto en otorgar recon- 
pensas, que todas se redujeron á unos pocos empleos y á algunas llaves do 
gentil-hombre, no solo concitó contra sí el odio de los nobles desterrados y de 
los parientes y amigos de éstos en la corte, sino que se enagenó á los mismos 
que habían sido sus parciales y favorecedores, que todos se consideraban con 
derecho á recibir gracias y acreedores á medros. Y ofendidos todos» los unos 
de so altivez y de su despot'smo, los otros de su orgullo y de su ingratitud, 
volvían los ojos á la reina madre desterrada en Toledo, y no faltaron quienes 
h escribieran asegurándole que su vuelta al lado de S. M. se esperaba con ¡m« 
paciencia, prometiendo que ellos por su parte harian cuanto pudieran por con- 
seguirla. Con esto y con difundírsela voz de que don loan, no obstante su ca« 
lidad de bastardo y de hijo de una cómica, aspiraba á hacerse algún diasefior 
de esta monarquía, no dejó de haber inteligencias y tratos para derribarle. 
Pero era todavía muy temprano para otra mudanza, y como don luán asedia- 
ba de continuo al rey, y no permitía que nadie sino él se le acercara, escu- 
dado con esta esclusiva influencia sobre un monarca inesperto y débil, no le 
fbé difícil ir venciendo aquellas nacientes y no bien organizadas tentativos, 6 
mas bien tendencias de conspiración (4). 

Con todo, cuando vio que el rey disponía su jomada de primavera á Aran-' 
jaez, tuvo por peligroso estar á tan corta distancia de Toledo, residencia de la 
reina madre; y representando á S. M. la conveniencia de ir á jurar á los ara*- 
goneses sus fueros, según él cuando estaba allá les había ofrecido, inclinóle á 
qne convocara cortes en Galatayud; hecho lo cuál, salieron sin aparato y por la 
paerta secreta de palacio camino de Aragón (últimos de abril, 4677), dejando 
como burlada y con cierto desconsuelo á la gran muchedumbre que en casos 
tales se agrupa siempre en calles y plazas para presenciar la salida de sus re- 
yes. A instancia de los de Zaragoza se trasladaron á esta ciudad las cortes 
convocadas para Galatayud. A primeros de mayo llegó el rey á aquella pobla- 
ción, donde después de descansar dos días en el palacio de la Aljafería hizo su 
entrada pública con gran cortejo y con gran júbilo de los naturales, que hacia 
tremta y seis afios que no veian á su natural señor. Abriéronse las cortes, juró 
el monarca los fneroa del reino, y hecha su propuesta determinó volverse proi>- 
to á bi corte á causa de la impaciencia que mostraban los castellanos, dejando 

(I) 8od ota relación del Tarlo estado que mo XIY.— Epitome hialórioo de les ineesoe 
ha traído la monarquía de Eepafla, etc. en de Etpafta, ele. MS. del Arekivo 4t SaUn 
el Semanario eradito de Valladares , to- nr, e. 11I« 



•í3 HISTORIA OE ESPAXA* 

por presidente en ellas á don Pedro de Aragón, de la ilustre casa do Cardona, 
y may venerado en aquellos reinos (4). El Principado de Cataluña y ciadad 
de Barcelona le enviaron embajada rogándole fuese también ó faYorecerlea, 
pero su resolución estaba tomada, la guerra de Cataluña le ofrecía poco ali- 
ciente, y á principios de junio dio la vuelta á Madrid, distribuyendo algunas 
gracias á los aragoneses, pero encontrando la corte un poco intranquila por la 
escasez de pan y otros artículos de necesario consumo* 

No logró reponerse el príncipe bastardo en la opinión pública despees de 
Ba regreso á Madrid, por mas que procurara acallar ¿ los descontentos, dando 
algunos empleos á los destorrados antes, ó á sus hermanos y parientes, ha- 
ciendo algunas reformas económicas, espidiendo algunas pragmáticas para mo- 
derar los trages y su coste, desterrando las muías de los coches y fomentando 
la introducción de los caballos, con otras cosas por este orden, mandadas ya 
antes muchas veces, y pocas practicadas. Mas como quiera que los sucesos de 
la guerra nos eran tan contrarios, que los vireyes y generales de nuestras tro<- 
pas en Sicilia, en Alemania, en los Países Bajos y en Cataluña carecían de so- 
corros de hombres, de dinero y de mantenimientos por mas que repetidamen- 
te los reclamaban, y que nuestras armas iban en todas partes en decadencia^ 
perdíamos territorios, y las potencias de Europa negociaban una paz que no 
podia menos de ser humillante y vergonzosa para España, atribuíase en la 
mayor parte á indolencia y á torpeza del principe ministro, decíase pública- 
mente que el crédito que en tal cual ocasión habia ganado en la guerra era 
debido á sus generales y consejeros, añadíase que el que habia perdido á Por- 
tugal perdería ¿ Flandes, la ociosa malicia hallaba materia de crítica en todas 
sus acciones, pululaban las sátiras y los pasquines, manía y ocupación de casi 
todos los ingenios medianos y de algunos agudos entendimientos en aquella 
época. Y don Juan, que en vez de despreciar con magnanimidad tales nifie** 
rías, las tomaba por lo serio, desterrando ó encarcelando á algunos de los qoo 
se suponía autores de aquellos papeles, como al marqués de Agrópoli y al doc- 
tor López, daba tentación á los hombres malignos para seguir mortificándole 
con escritos satíricos, queso multiplicaban hasta un grado que solo puede con- 
cebirse registrando en los archivos y bibliotecas los infinitos que todavía se 
conservan y existen. 

La paz de Nimega (4678), que al fin se recibió con júbilo en la corte de 
España, siquiera porque, agotados todos los recursos, era ya imposible conti- 

(I) Cerráronse estas cortes elS5 de enero gon de Carlos II. con sn hermano don Jnan 

del afio siguiente. Sos fueros y actos se im- de Austria, A de abril, 4676: impreso: Ar- 

primíeron en Zaragoza por Pascual Bueno chÍTO de Salaiar, Esl. U. 
cu 4678, en folio.— Jornada al reino de Arar 




PARTE 111. LIBRO V. 79 

Bnar la guerra sin perderlo todo, afirmó i don Juan en el favor del soberano» 
impuso silencio por algún tiempo á sus enemigos, y le inspiró un pensamiento 
que d creyó serta el que le consolidaria en el favor y el poder, sin calcular que 
\m medio semejante habia ocasionado la ruina de otros privados. Toda la na- 
cioD deseaba ya qoe el rey contrajera matrimonio, para ver de asegurar lasu« 
cesión al trono. Sabia don Juan que la reina madre le tenia destinada la ar- 
chiduquesa de Austria, bija del emperador, y que estaban ya convenidos y 
basta firmados los artículos del contrató. Interés del ministro era contrariar 
d enlace con una princesa de la misma casa y pariente de la reina. Érale, 
pues, preciso trastornar aquel plan, persuadiendo al rey que la razón de es- 
tado y la nueva marcha que después de la paz babia de llevar la política ha- 
cían necesario dar otro giro á este negocio. Propúsole primeramente la prin- 
cesa heredera de Portugal, joven, robusta y hermosa, y conyeniento además 
como medio de unir otra vez aquella corona á la de Castilla. Pero sobre estar 
ya aquella princesa prometida al duque de Saboya, el suceso de la emancipa- 
cien de Portugal estaba demasiado reciente para que los portugueses no re- 
chazaran todo lo que tendiera á llevarles alii un monarca castellano. Fué, pu'T, 
inútil toda gestión en este sentido, y entonces don Juan, aprovechando la 
buena ocasión que le ofrecía la paz con Francia, y como medio para hacerla 
ñas sólida, propuso á Garlos como el enlace mas ventajoso el de la hija pri- 
mogénita del duque de Orleans, hermano único de Luis XIV. 

Tenia este plan la ventaja de agradar á la nación y de gustar más que 
otro alguno al rey. Al pueblo, porque recordando con placer á la reina Ma- 
ría Isabel de Francia, esposa de Felipe lY., y las virtudes que le habían 
grangeado la estimación pública de los españoles, le halagaba tener otra reina 
de la misma familia. A Carlos, porque habia visto su retrato y se habia ena- 
morado de su hermosura; era casi de su misma edad, y todos los españoles quo 
habian estado en París encarecian su amabilidad, su fina educación, y las be- 
Das dotes de su espíritu. Solo no se comprendia el empeño de don Juan de 
Austria en casar al rey, puesto que cualquiera qoe fuese la reina, la legítima y 
natural influencia de esposa habia de disminuir, dado que no le fuese del todo 
contraría, la del favorito, y tal yez acabarla, como de ello se habian visto 
ejemplares en tiempos no muy apartados. Discurríase por lo tanto sobre eles- 
traño interés que mostraba en poner al rey en el caso de tener sucesión el 
mismo de quien se murmuraba que en la falta de ella cifraba sus aspiraciones 
al trono; y habia quien llevaba su suspicacia y malignidad hasta el punto de 
SQponer que con este matrimonio se proponía don Juan de Austria acabar do 
destruir mas pronto la complexión ya harto débil del rey, y allanar por este 
medio el camino del solio. La malicia de los cortesanos hacia estos y otros se*. 



L 



fO BJSTOaU DB eSfAÜA. 

knejantes discursos» que por lo menos demaestran el odio que losaniínaba hi* 
cia el valido y el apasioaado afán con que trabajaban por labrar sudes* 
crédito* 

A pedir la mano de la princesa fué enviado á París el marqués d^ los Bal* 
bases, uno de los plenipotenciarios españoles en el congreso de Nimega. La 
proposición faó muy bien recibida, asi por el padre de la princesa como por 
él rey cristianísimo, su tio^ Con cuya noticia procedió don Juan de Austria & 
proveer los oficios y empleos del coarto de la fotura reina, cuidando de poner 
en ellos las personas de su mayor devoción para hacerse lugar por medio de 
ellas en la gracia de la esposa de su rey (enero, 4679). Hizo venir de Sala- 
manca al dominicano Fr. Francisco Reluz para confesor de S« M« bajo la fianza 
que le dio el duque de Alba de que ae conformarla en todo á su voluntad. Pa- 
ra distraer ¿ Garlos de la jornada de Aranjuez, por temor de que cayera en la 
tentación de llamar á la reina madre ó de ir á verla, entreteníale con diver-« 
sienes de toros, cañas y comedias, y con cacerías en los bosques de la Zarzue« 
la y del Pardo. Pero tampoco ae descuidaban la madre y sus parciales, qno 
iban siendo más cada día, al paso que habían ido disminuyendo los de don 
Juan, en negociar la vuelta de aquella señora á la corte, y tal vez lo habrían 
logrado pronto, si el marqués de Villars, embajador de Francia, que vino á 
Ifadrid (47 de junio, 4679), á tratar de la conclusión del matrimonio, y hom-* 
bre poco afecto al ministro fovorito, no hubiera manifestado repogoancia á 
entrar en aquella intriga, y propuesto que se difiriera hasta la venida de la 
reina, no dudando que entonces seria mas cierta y aegura la caída del pri* 
vado (I). 

Asi pensaban todos los hombres que discurrían con menos pasión» y era 
sin duda el partido mas sensato. Mas iban siendo ya tantos los enemigos da 
don Juan, y tantos los que habiéndosele mostrado ¿ntes devotos le abandona» 
han, que hasta aquel mismo confesor que de Salamanca trajo ax-profeso, la 
volvió las espaldas alegando que nada habia hecho por él de b que le había 
prometido; razón singular, que revelaba las miras mundanas del buen re1igio« 
80 llamado é dirigir la conciencia real. Vio que por su mediación se alzó el 
destierro al príncipe de Stigliano» El duque de Osuna, á quien quiso el mini»* 
tro alejar más de la corte, también obtuvo su regreso por intercesión del de 
Medinaceli. Y como pidiesen al rey por los demás desterrados, y le manifea« 
tasen la oposición qoe á ello hacia el ministro, contestó Garlos con deaacostnm* 

(1) Gacetas del afto 1679. Bo ellas hay ses, embajador eitraor diñarlo del Rey 

tarias cartas de París en que se hace reía- Ntro. Sr.:» y en que se dan noticias de 

eion cde la magnifica y pomposa entrada del le que Ibt oourrteodo en orden al casa- 

Kxcelentisimo seftor marqués de los Balba* miento» 



PAKTB IIU LIBRO V. Si 

brada entereza: atmporta poco que don Juan sñ oponga] lo quiero yo, y basta,9 
Palabras que llenaron ai favorito de amargura» y le hicieron comprender que 
el favor se le escapaba» que se nublaba á toda prisa la estrella de su valí« 
miento, con síntomas de acabar de oscurecerse, lo cual le infundió una me- 
lanooiía profunda, que se agravó con una fiebre tercianaria que le sobrevino. 

El 24 de julio (1679) llegó á Madrid un estraordinario despachado por el 
de los Balbases, con la noticia de haberse ajustado el casamiento de S. M. con 
la princesa María Luisa de Orleans y firmado las capitulaciones» cosa que so 
celebró en la corte con gran regocijo y se solemnizó con tres dias de lumina- 
rias y fiestas públicas (1). Y el 30 salió de Madrid el duque de Pastrana nom- 
brado embajador estraordinario cerca del rey de Francia, para que llevara la 
joya, que entonces se decia, á la reina. Hizosele en París un recibimiento os- 
tentoso, y los desposorios se celebraron con toda magnificencia (31 de agosto) 
eoFonteneblean con el príncipe de Conti, en quien se sustituyó el poder dado 
por S.M.; noticia que se celebró en Madrid con mascaradas y otros espec- 
lácülos (2). 

No alcanzó á ver don Juan de Austria la venida de la reina: acabósele la 
vida antes que llegara la esposa de su rey: habíansele hecho dobles las tercia- 
nas; los médicos no le curaban el mal de espíritu que se le había apoderado; 
Carlos le visitó con frecuencia durante su enfermedad, manifestándole el mas 
vivo interés por su salud; él nombró al rey heredero de sus bienes, y logó á 
hs dos reinas sus piedras preciosas, y eH 7 de setiembre, á los cincuenta afioft 
de su edad, pasó á mejor vida, causando general admiración la resignación 
crlatiana que mostró en sus últimos momentos (3). Asi murió, ni bien conser- 
vando la privanza, ni bien caido de ella, el hijo- bastardó de Felipe IV. r de 
María Calderón, á quien los estrangeros representan como el último hombre 
grande de la dinastía de Austria en España, y de cuya nobleza de alma, inge- 
nio, talento, virtudes y espcriencia en el arte de gobernar hacen los mismos 
elogios que hizo el papel oficial del gobierno al anunciar su muerte. Pero este 
juicio está en completo desacuerdo con el que mereció á sus contemporáneos, 

(1) Gaeeta del 2S de Julio.— Eo la misma del presente de Carlos II. á su esposa María 
Gaceta se decía: «S. A. (don Juan de Aus- * Luisa de Borbon: impresa en dos folios.— 
tria) despaes de la cuarta sangría se bolla, á R>.'lacion del desposorio de Carlos II. etc. 
Diosgracias. mejorado de las tercianas, no id. Archivo de Salazar, Est. 7. grad. S, n.65. 
kabiéodole repetido la accesión desde el —Gacela del 12 de setiembre, 4879. 
miéreoles pasado.»— Capitulaciones matri- (3} Gaceta ordinaria de Madrid de 19 de 
mooíales entre Garlos II. y doña Uaría Luisa setiembre de 1679.— Dejó don Juan una hija 
de Orleans; otorgadas enFontentbleau: MS. mu} hermosa que había leoido de una per- 
de la Real Academia de la Historia. G. 27. sona de distinción, la cual tomó el hábito 

{3) Relación 4e la ostentóse entrada en de religiosa en las Descalzas Reales. 
Francia del duque de Pastrana, portador 

loiO IX. 6 



8^ HISTORIA DE ESPAÑA. 

y dista mucho del que iraparcialmente se puede formar de sus acciones y coa- 
docta como gobernante. Porque si bien don Juan de Austria había logrado en 
ocasiones dadas ganar alguna gloria en las guerras como general, tuvo la 
desgracia de que en sus manos se perdiera Portugal y la mayor parte de Flanr 
des, y sobre todo perdió la reputación y el buen concepto en que antes ma* 
chos le tenian desde que comenzó á obrar como ministro y á ejercer el poder 
que tanto habia ambicionado, y que por espacio de tantos aúos y por tan tor- 
tuosos medios habia intentado escalar. 

Apenes murió don Juan, cl rey, como si hubiera tenido hasta entonces el 
espíritu y el cuerpo sujetos con ligaduras, soltólas de repente y se fué á Tole* 
do á ver á dofia Mariana su madre. Abrazáronse madre é hijo, llorando tierna- 
mente y conferenciando á solas, y quedó determinada la venida de lu reina ¿ la 
corte. Volvióse Garlos, y á los pocos dias salió otra vez camino de Toledo á 
recibir á su madre: encontráronse, y subiendo los dos en un mismo coche, hi- 
cieron juntos so entrada en el Buen Retiro (28 de setiembre, 4679), dondo 
permaneció la reina hasta que se le preparó la casa del duque de Uccda que 
escogió para su morada. El pueblo, cuyo odio y cuyas maldiciones habían se- 
guido dos años antes ó la madre de Garlos II. en su destierro de la corte, 
la recibió ahora con alegría y la victoreó con entusiasmo. El pueblo, por lo 
común inconstante y voluble en sus juicios, pero á quien nada hace mudar 
tanto de opinión como el verse burlado en las esperanzas que ha concebido de 
un hombre, olvidó con las faltas de don Juan las que antes habia abominado 
tanto en la reina madre. Los cortesanos volvieron á rodearla como en los días 
de su mayor poder, aun los mismos que antes habían conspirado á su caída, 
porque todos esperaban que siendo el rey inesperto y joven, la madre reco- 
braria so antiguo ascendiente sobre él, y seria otra vez la distribuidora de las 
gracias, que calculaban serian muchas estando próximas las bodas del hijo. 
Muchos sin embargo sospechaban que escarmentada con los pasados disgustos 
se abstendría de tomar parte en la política. Todo eran conjeturas, y todo el 
mundo estaba en espectacion, pero aquella señora mostraba cierta indiferen- 
cia hacia la política, contentándose al parecer con tener y conservar la gracia 
y el favor de su hijo. 

Mas en realidad lo que embargaba la atención del rey y de la corte eran 
los preparativos para recibir á la nueva reina María Luisa. Por fortuna hubo 
la feliz coincidencia de que arribaran por este tiempo á Gádiz los galeones de 
América trayendo treinta millones; remesa que llegó tan oportunamente que 
sin ella en tales circunstancias, y exhausto como se hallaba el tesoro, hubiera 
sido muy difícil y casi imposible atender á lo; gastos del viage. A recibirá la 
reina en la frontera de am! as naciones S;üieron de Madrid (26 de setiembre) 



PARTE III. LIBRO V. 83 

el marqués de Astorga y la duquesa de Terreno va, llevando lo que se deciá 
eotODces ia casa real, que era la serviduinbre destinada á la reina, y á los po« 
eos días lo ▼erifícó el duque de Osuna que acababa de llegar de su destierro.' 
Acompafiábele el padre Vingtimiglia, teatino siciliano, que escapado de su país 
por los alborotos de Hessiiía'en que tomó parte, se refugió á España, se in- 
trodojo primeramente eon don Juan de Austria y después con el duque de Osi> 
oa, y fiado en que hablaba francés y aspirando á ser confesor de la reina, qui* 
50 ser el primero á hablarla, y no paró hasta llegar á Bayona. Avisó el mar- 
qués de los Ralbases la salida de la reina de Fontenebleau y de París, después 
de haber sido suntuosamente agasajada en su despedida del rey y de la corle, 
irayendo en sa compañía al duque de Harcourt como embajador estraordina- 
lio, á su aya la maríscala de Qerambeot como camarera mayof, y porción de 
damas jóvenes y bellas de la primera nobleza de Francia » Hacia su viage en 
jornadas cortas, y por todos los pueblos del tránsito era festejada con magni* 
6cencia, y recibia las mas cordiales demostraciones de cariño y do respeto. Al 
llegar á Bayona se le presentó el osado Yingtimiglia, y en su impaciencia do 
conquistarse su favor, y valiéndose con astucia de la gente de su servidumbre» 
comenzó por inspirarle sentimientos de desconfianza hacia la reina madre y 
el embajador francés, la persuadió á que moviera al rey á formar un consejo 
de Estado, de^ cual^ decía, seria el tnejor presidente el duque de Osuna, y por 
áitimo solicitó del de Harcourt que le presentara una Memoria que llevaba es- 
crita, desenvolviendo un plan de gobierno á su manera^ Pero en vista de su 
imporlon:dad y de su mal disimulada ambición, condenároole al desprecio, y 
abochornado el de Osuna de que á la sombra de su protección hubiera querido 
hacer valer proyectos que él ignoraba, le abandonó á su suerte, no queriendo 
ya admitirle siquiera en su compañía para que no le comprometiera (4). 

Esperaba ya á la reina la comitiva española en Irún. Habíase preparado 
tma linda casita de madera orilla del Bidasoa para que descansara; la entrega 
se había de hacer en la ya célebre isla de los Faisanes: llegó alli la reina el 3 
de noviembre (4679), y embarcándose en una hermosa falúa que estaba dis- 
puesta, la recibió el marqués de Astorga, á quien se hizo la entrega con la 



(t) El tal pádrfe Titigtiihiglia hubiera ya bra elevarse en alas del fa?or de la que Te- 

BBerto eD un cadalso en Sicilia como uno oía á ser reiüa de España, de la manera que 

de k» príoeipales revoltosos, si no bubie- hemos visto.-'Correspondencta del emba- 

n acertado á fugarse y venir é España. Jador de Dinamarca en Madrid; cartas á su 

Aquí se hiio 4el partido de don Juan de gobierno sobre este asunto, en Mignet, Do- 

Anstrta, conspiró eon él, le fué buscar A cumentos inéditos sobre la sucesión de Es- 

Zaiagou, y era el alma de la Conjuración pafta, tom. lY.— MS. del archivo de Salazar, 

enaqoella ciudad. Muerto don Juan, se ar- en su Biblioteca de la Acalcmia de la Ilis* 

rimó al daqoe de OiUna, y quiso A so iom- toria. 






HISTORIA DE ESPACIA. 

cercmonin y las formalidades de costumbre. Pasaron luego todos é Inlo, en 
cuya iglesia se cantó un solemne Te Deum en acción de gracias al Todopodero- 
so por su feliz viage. Iguales demostraciones de regocijo que en aquella villa 
fué recibiendo la reina en todos los pueblos por donde pasaba. El 84 de oc- 
tubre babia salido de Madrid el rey á encontrar á sd real esposa , con gran sé- 
quito de sefiores, caballeros y criados, todos de gran gala, y tras él partieron 
después en posta el duque de Pastrana que acababa de llegar, y el primer ca- 
ballerizo don José de Silva con un magnífico boato. El estado deplorable de los 
caminos hizo que la reina no pudiera llegar á Buidos el día que se la esperaba, 
pero la impaciencia de Carlos suplió aquella dilación, pues sabiendo que el 48 
(noviembre) habia tenido que hacer alto en la pequefia aldea de Quintanapalla, 
distante tres leguas de aquella ciudad, el 4 9 partió elrey de Burgos, precedido 
del patriarca de las Indias, no llevando consigo sino las personas ¡Hrecisas 
para su asistencia, y cerca de la hora de medio día se vieron por primera 
vez en Quintanapalla los augustos novios, saludándose coo mutuo carifio j 
ternura. 

Ratificáronse aquel día las bodas ante el patriarca de las Indias en aque- 
lla pobre y miserable aldea , que nunca pudo pensar tener tanta dicha; 
-comieron juntos los regios consortes, y partieron por la tarde en una mis- 
ma carroza. Hicieron sa entrada en Burgos, donde descansaron algunos 
dias, alternando entre las dulzuras conyugales y los festejos de mascaradas» 
comedias y otras diversiones con que los obsequiaron (4). Desde Burgos se di* 



(I) Entre las mascaradas hubo una en 
que los hombres marchaban en parejas fi^ 
gurando en sus irages aves y animales, ca- 
da uno con su mote en verso. Gomo nuestra 
de la depravación á que habia llegado el 
mal gusto literario en esta época, sin que 
por eso fallaran en la corte algunos buenos 
ingenios, vamos i citar algunos de aquellos 
.notes: 

Á dot águilai^ 



A dot co€kino$m 

Quitándome de porfías, 
porque no digan soy terco, 
yo digo que soy un puerco. 

A dot raUmet. 

De ver ratones aqui 
no hay que admirar ei esceto, 
que hace oscuro y huele á queso 



Aqueste fiero arcadax, 
aunque un águila le aprieta, 
lo mismo es que una escopeU» 

á dot mitonoi» 

Estas aves de rapifia 
«on las plumas de milanos, 
<dicen que son escríbanos. 



A dot galht- 

81 quieres parecer gallo» 
pues á ser gallo te inclinas, 
«nda siempre entre galUoas* 

A dot quo iban majando, 

Ta no dirán que el m^Jat 



PARTE 111. LIBRO V. ^5 

Tidieronlas dos comitivas de la servidumbre del rey y de la reina para do em- 
barazarse en el Tiage á Madrid, viniendo la una por Yalladolid y la otra por 
•Aranda de Duero, y el S de diciembre (4679) llegaron SS. MM. felizmente al 
palacio del Buen Retiro entre las aclamaciones del inmenso pueblo que ansioso 
ios aguardaba. Alli permanecieron machos días, recibiendo frecuentes visitas 
de la reina madre, y los parabienes de los embajadores, grandes, y caballeros 
de la corte, entretenidos con comedias y divertido el rey con partidas de ca- 
za, hasta el 83 de enero (1 680), que hicieron su entrada pública y su trasla^ 
cion al palacio de Madrid, por en medio de arcos triunfales con inscripciones y 
veraos, fachadas adornadas con variedad de gustos, comparsas de gremios, 
coros de música, y otros vistosos aparatos. Por muchos días duraron en Ma- 
drid las fiestas, tales y tan suntuosas, que parecía que la nación se bailaba en 
el colmo de su prosperidad, y que no habla otra cosa en qué pensar sino en re- 
gocijos. Ta iremos viendo la gangrena que se ocultaba bajo estas brillantes y 
epgaflosas apariencias (4) 

es eosa de najaderoi, (t) De todoi estas aoeesot nos iofonnatt 

pott majan dos cabaUarot» minaeiosamenta lu gacetas ordioarias de 

aquel tiempo, qae salían cada ocho dias, y 
A doi qu9 tuarehahan de €ipaldat, las mochas Relaciones que aa escribían y 

poblicaban como gacetaa aatraordinarias. 

No es quimera esta que vas. tales como las slgttíentesrDefcrtfeton de tos 

poes sucede, si reparas, tireumíaneiai moa eaenctal#« de h tuce- 

haber hombres de dea carM dido en la auguiUt y cilekre funeian deí 

deepotoriú del Señ^ Rey Don Cdrloe ii. 
A «iM ^reja sa» }pe pie$ hdela arriba. eonlaSerma, Real Princeta Doña Maria 

Luisa de Bortón, ejecutado en el Real 5¿- 

En esta rara Intención lio deFonlanabló^ á 31 de este presente año 

al mundo pintado Tes, de 1679, por carta de un caballero que so 

pues también anda al revés. halló présenle^ escrita á otro de esta corta 

- 4 9 efe setietnbre.'^Relaeion de la salida 
Á dos papagayot, que hixo el Bxeelenüsimo Señor Duque 

de Oiuna, eaballerixo mayor de la Reina 
Piensan qae el ser papagayo Jfuestra Señora doña JUaria Luisa do 

te animal de las Indias, Sorban, de orden de 5. Jf. etc^^Primera 

y se eofafian, porque hay muchos y segunda parte del viage de la Reina 

papagayos en Castilla Tfuestra Señora^ etc.^Diehas de Quintana- 

palla y Glorias do Burgos, bosquejadas, ete, 
T por este orden y da aate género otros '^Relación compendiosa del recibimiento 
Biichísimos motes.— Relacioa impresa de y enlrada triunfante de la Reina Nuestra 
aquelafio titulada: ci>teAa<(Í0 ('««nicMiapa- Señora, etc., en la muy Noble, Leal, Co- 
Ua. y Gloriae de Burgos,» j publicada eo- ronada villa de Madrid. T otras InGnitas 
•o gaceta astraerdíoaría* que pQdriamos ciuc* 



CAPITULO VIH. 



MINISTERIO DEL DUQUE DE MEDINACEU.. 



Be ««&• A iO^ft. 



Aspirantes tT puesto de primer minislro.— Ptrtidoe (¡ue se formaron en la o6rte.— Tri^a^ 
Jos del confesor y de la camarera.— Indecisión del rey.—Da el ministerio al de Medina*, 
celi.— Hales y apnros del reino.— Alborotos en U c6rte.— Célebre y famoso auto ge^ 
neral de (i ejecutado en la plaza de Madrid.— Desgracias y calamidades dentro de Espa- 
fia.-^Pre tensiones de Luis XIV. sobre nuestros dominios de Flandes.— Guerra con Fran» 
cía en Cataluña y en los Países Bajos.— Gloriosa defensa en Gerona.— Pérdida de Luxem- 
burgo.— Tregua de veinte aftos humillante para España.— Genova combatida por una 
tscuadra francesa.— Man llénese bajo d protectorado español.- Rivalidades ó intrigas, 
en la corte de Madrid.— La rrina madre; el ministro; la camarera; otros personages.-^ 
Calda del confesor Fray Francisco Reluz.— Retirase la camarera.— Reemplato en estos 
cargos.- Situación lastimosa del reino.— Calda y destierro del duque de UedipaceU.— 
^Qcédele el conde de Oropesa*. 



No todos pensaban sohmente en las fiestas y regocijos. En medio de b al- 
gazara popular y de aquella especie de vértigo por las diversiones que parecía 
haberse apoderado de todos, los hombres políticos se agitaban y movían: va- 
cante la plaza de ministro desde la muerte de don Juan de Austria, fiado in« 
terínamente el despacho de los negocios al secretario don Gerónimo Egnía; 
con un rey j5ven, sin eipcriencia ni talento, y á quien llamaban mas la aten- 
ción las gracias de su bella esposa que los áridos asuntos del Estado, y los ac« 
cidentes de la caza y de los toros que las necesidades del reino, hacíanse mil 
cálculos y conjeturas en los círculos políticos de la corte sobre la persona en 
quien recaería el ministerio, que era entonces como decir el ejercicio de ]ík. 
autoridad real. 




PAUTE III. LIBRO V. (7 

Entre los cpie andaban en lenguas, ó como pretendientes, ó como designa- 
dos por la opinión paia este puesto» la voz pública señalaba como les mas dig- 
nos y que reonian mas aptitud y mas probabilidades de ser llamados á él , al 
duque de Medinaceli y al condestable de Castilla. El primero tenia en su favor 
d cariño del rey, el segundo contaba con el apoyo de )a reina madre. De ilus- 
tre cuna los dos, hombres ambos de talento y de experiencia, el de Medinace- 
li tenia mas partido en el pueblo y entre los grandes por la dulzura y suaví- 
^dde su trato; era sumiller de Corpa y presidente del consejo de Indias: el 
condestable, decano de el de Estado, de mas edad y «de mas instrucción que 
Medinaceli, tenia menos adictos por la austeridad y aun por la adustez de su 
Senioy nunca don Juan de Austria babia podido atraerle á su partido por mas 
qoe babia empleado los halagos y las promesas. 

La corte estaba dividida entre estas dos parcialidades, y cada una de ellas 
ponía en juego los resortes y artificios de la política cortesana, haciéndose una 
guerra secreta. Haciasela también disimulada y sorda al uno y al otro el secre- 
tario don Gerónimo de Eguía, hombre que de la nada había subido á aquel 
poesto al amparo de los dos ministros anteriores Valenzuela y don Juan do 
Austria, acomodándose y doblegándose con avlmirable flexibilidad y sumisión 
¿ todo el que podia satisfacer sus ambiciones. Ahora, explotando cierta con- 
ñanza que habia alcanzado con el rey, y bien hallado con el manejo de los. 
aego^ios que despachaba interinamente, aspiraba ya áser él mismo ministro» 
ayudado del confesor, que no queria ver en el ministerio persona que eclipsa 
ra su influencia. Al efecto, en unión con la duquesa de Terranova, procuraba 
apartar 6 la reina madre y á los de su partido de toda intervención en el go- 
bierno, interesar á la reina consorte, inspirar al rey desconfianza hacia los 
dospersonages que estaban mas en aptitud de ser llamados al ministerio, y 
persuadirle de que debia gobernar por sí mismo, sin favorito, sin junta, sin 
dependencia de curadores. Con estas y otras trazas logró el de Eguía tenor 
por algún tiempo indeciso y Tacilante al rey, disponiendo él entretanto de la 
soerte de la mouarquia« 

Pero todas las combinaciones se le fueron frustrando; no le sirvió unirse 
con el condestable, con el confesor y con la camarera^ las dos reinas se enteiH 
dieron y unieron, no obstante las intrigas que para dividirlas é indisponerlas 
se empleaban; don Gerónimo de Eguía se fué convenciendo de que todos le 
hacían traición, porque de resultas de una conferencia que con la reina tuvo 
el de Medinaceli, y de la cual salió muy satisfecho, hasta el mismo condesta- 
ble varió de lenguaje y de conducta, sorprendiendo á todos oirle recomendac 
al de Medinaceli, antes su rival, como el mas apropósito y el que más merecia 
«1 ministerio. Por último salió el mouarcat'e aquella inesolucrcn que tanlüs 



83 HISTORIA DE CSrA5tA. 

perjuicios estaba causando, por el retraso que padeciaa los negocios del Esta< 
do y los intereses de los particulares, estancados todos los asuntos en bs ofici- 
nas de las secretarías, y el SS de febrero (4680) se publicó el decreto nom« 
brando al duque de Medinaceli primer ministro (4), y el mismo confesor, an- 
tes tan enemigo suyo, 9 encargó de llevársele. A nadie causó sorpresa el nom- 
bramiento, ni fué tampoco mal recibido, porque del duque mas que de otro 
alguno se esperaba que podria poner algún remedio al estado deplorable ea 
que se encontraban los negocios públicos* Iremos viendo si su conducta cor«« 
respondió á estas esperanzas. 

Indolente y perezoso el nuevo ministro, dejó al Consejo la autoridad do- 
fesolver los negocios, no determinando por sí cosa alguna. Creó además va-. 
rias juntas particulrres, entre ellas una de hacienda, que se llamó Magna^ 
compuesta de los presidentes de CastiUa y Hacienda, del condestable, el almi- 
rante, el marqués de Aytona, y de tres teólpgos, todos frailes, uno de ellos el 
confesor del rey, Fr. Francisco Reluz, otro el P. Cornejo, franciscano, y otro 
el obispo de Avila Fr. Juan Asensio, que reemplazó en la presidencia de Cas- 
tilla á don Joan de la Fuente (42 de abril, 4680), al cual se desterró por com-. 
placer al papa. El Asensio era mercenario calzado. 

Mala era la coyuntura en que esta junta entraba. Las gentes andaban ya may 
disgustadas, porque todos sentían los males, y todos veian crecer los apures 
del erario; que el dinero traido en ol afio anterior por los galeones de la 
India babíase consumido en los gastos y las fiestas de las bodas. En tales apu-. 
ros hubo un comerciante que presentó al de Medinaceli un memoriol, propo- 
niendo ciertos medios para aumentar las rentas reales con alivio délos pue- 
blos, y haciendo otras proposiciones al parecer muy beneficiosas. Oyóle el du- 
que, pero le despidió sin resolver nada, y no faltó quien amenazara al Marcos 
Diaz, que asi se llamaba el comerciante, con que seria asesinado si continua- 
ba haciendo semejantes proposiciones. Y asi fué, que volviendo un día de Al- 
calá á Madrid le acometieron unos enmascarados, y le dieron tales golpes que 
de ellos murió poco tiempo después. £1 pueblo á quien babian halagado las 
proposiciones de Diaz y esperaba que con ellas se aliviaría so miseria, so 
amotinó gritando que había sido sacrificado, y pidiendo castigo contra los cul- 
pables. Comedíese la casualidad de pasar el rey en aquella ocasión por junto 
¿ las turbas, rodearon so coche, y comenzaron á gritar: «{Viva el rey! íMuera 
el mal gobierno! ji El alboroto duró algunos días, sin que las autoridades pu- 
dieran reprimirle, y el rey no se atrevía á salir de palacio; pero todo se re^ 
dujo á quejas, injurias y amenazas contra las personas á quienes se atribuía la 

(1) Gaceta ordinaria de Madrid de 27 de f. bri ro de 46S0« 



f 



PkmZ IIL LIBRO Y. 89 

miseria que afligía ftl pueblo, y la sedición se fué calmando poco á poco. Coin- 
cidian por desdicha con este estado de cosas loa terremotos, la peste y el ham- 
bre qae sofrían al mismo tiempo muchas provincias de España. 

La alteración en el ^alor de la moneda hecha por el secretario Egufo, y la 
tasa puesta á los precios de los artefactos por el ministro Medinaceli produje- 
ron también serios distarbios, que promovian les artesanos y vendedores. Los 
panaderos se retiraron, y faltó este interesante artículo» quedándose un dia la 
corte sin un pedazo de pan. La codicia tentó á uno de ellos, que comenzó á 
espender cada pan ¿ tres reales. Pero se le impuso un durísimo castigo, se le 
dieron doscientos azotes (30 de abril, 4680), se le condenó á galeras, y escar- 
mentados con estoles demás abrieron sus tiendas, y se encontraron otra vez 
surt'dos de pan los habitantes, lias al dia siguiente (4.ode mayo), con motivo 
de una pragmática que se publicó poniendo un precio bastante bajo á cada 
par de zapatas, juntáronse tumultuariamente hasta cuatrocientos zapateros en 
la plaza de Santa Catalina de los Donados, donde vivía el nuevo presidente de 
Castilla, gritando como se acostumbraba entonces en los motines: «{Viva el 
ley, muera el mal gobierno!)» Un alcalde de corte que se presentó á aplacar 
el tumulto, irritó de tal modo con sua amenazas á los amotinados, que hubie^ 
la pagado su imprudencia con la vida si no hubiera sido tan diestro para es- 
cabttUirse y retii'arse. Por el contrarío el presidente de Castilla fué tan con • 
descendiente con tos tumultuados, que oidas sus queja» les facultó para que 
vendieran sq obra á como pudiesen, con lo cual se retiraron sosegados y sa* 
tísfechús. Sin embargo se castigó después á los principales motores (4). 

Parecían esclusivamente ocupados entonces el ministro y los monarcas en 
tlsitar templos y santuarios, y en asistir á fiestas religiosas. Las gacetas de 
aquel tiempo apenas contienen otras noticias interiores que relaciones minucio-^ 
aas de la función en celebridad de la canonización de tal santo, de la asisten- 
eia de SS. MM. al novenario de tal capilla, de la celebración de una misa en 
riio caldeo, y otras semejantes, con que se demostraba al pueblo la acendra* 
da devoción de sus reyes y su afición á los actos religiosos. 

Mas lo que creyeron iba á hacer perpetuamente memorab:e este misera 
peinado fué el famoso y solemnísimo Auto de fé que se celebró en la Pinza Ma- 
yor de Madrid el 30 de junio de 4680. El inquisidor general, quo lo era en • 
tonces el obispo de Plasencia don Diego Sarmiento Valladarc s,. manifestó al 
rey que en las cárceles inquisitoriales de la Corte, de Toledo y do otras ciuda- 
des habia multitud de reos coyas causas estaban fenecidas, y que seria muy 



(f) Diarfo de Yos sucMos (fe aqiK^l thm< á la Real Acad mía de la Rfatorta. 
^ V5.: PapeUf de ie^aUas ptricaciiuniea 



CO HISTORIA DE ESFAAA. 

digno de hd rey católico que se celebrara en la corte un auto general de íé, 
bonrado con la presencia de SS. MM., á ejemplo de sus augustos padres y 
abuelos. Aprobó Garlos lo que se le proponía, ofreció asistir, y quedó resuelto 
el auto general. Se avisó á los inquisidores de los diferentes tribunales del 
reino; se nombraron muchas comisiones en forma para hacer los preparativos 
convenientes á tan solemne función, y el 3d de mayo, día de San Fernando^ 
se publicó el auto con todo aparato y suntuosidad (i)^ 

Dio el rey un decreto para que se levantara en la plaza un anchuroso y 
magnífico teatro (que asi se llamaba)» capaz de contener con desabogo las mu- 
chas personas que habían de asistir de oficio, con sus escaleras, valla, corre- 
dores, balcones, departamentos, altares, tribunas, pulpitos, solio y demás, 
cuyo disefio encargó al familiar José del Olmo (2), y el cual habia de cubrirse 
con ricas tapicerías y colgaduras, y con un gran toldo para preservarse de los 
ardores del sol. Fué obra de mochísimo coste, y en que se emplearen los mas 
lujosos adornos. Se formó una compañía que' se llamó de los soldados de la fé^ 
compuesta de 260 hombres entre oficiales y soldados, para que estuviesen al 
servicio de la Inquisición, y á los cuales se dieron mosquetes, arcabuces, par- 
tesanas^ picas, y uniformes de mucho lujo« Cada uno de éstos habia de lle- 
var, como asi se ejecutó, un haz de leña desde la puerta de Alcalá hasta el 
palacio; y el capitán, que lo era Francisco de Salcedo, subió al cuarto del rey, 
llevando en la rodela su fajina, que recibió de su mano el duque de Pastr^na 
para presentarla á S. M. y después á la reina; hecho lo cuál, la volvió á en- 
tregar diciendo: «S. M. manda que la llevéis en su nombre, y sea la primera 
que se eche en el fuego » 

Para esta función se hicieron familiares del Santo Oficio hasta ochenta y 
cinco, entre grandes de España, títulos de Castilla, y oirás personas ilus- 
tres (3)« Los cuales todos acompañaron la solemne procesión llamada de tof 

(f ) «Sepan (decía d pr gon) todo* los ve- se celebró en Madrid este afio de leso, coo 

cióos y moradores de esta villa de Madrid, asistencia del Rey N. S. Cirios II. etc. Por 

corte de 8. M.» estantes y liabitantes en José del Olmo, alcaide y familiar del Sanio 

ella, como el Sanio Oflcio de la Inquisición Oflcio: un rol. k^ impreso en 4680, y reim- 

de la ciudad y reino de Toledo ceielra auto preso 4820. 

público de Ufé en la Plaza Mayor de esta (2) El mismo autor de la Relación histó- 

córle,el domingo 30 de Junio de este pr. sen- rica, ¿n ella bay una euriosa lámina, que 

te afto, y que se les conceden las gracias é representa eU«afrO( con todos los concuiw 

indulgencias por lo& sumos pontífices dadas rentes al-acto en sus respectivos trages y 

á todos los que acompañasen y ayudasen i vestimentas, ocupando cada cual el lugar 

dicho auto. Mándase publicar para que ven- que le babia sido designado, 

ga á noticia de todos.»— I^ste pregón se re- (8) Nominalmente se insertan en la rela->. 

ptióenocbo puntos pHnripales de la po- cion, y por orden alfabético de sus títulos, 

blseion, i»n que la p:ocesion hizo alto ^Re- A«i los primeros son: el duque de Abrantea,. 

lacioo histérica del auto general de fé que ei conde da Aguilar, el de Alba deListe^ eL 



PkWTE til. LIBRO V. 9» 

trmx btanea y la eruM verde, que se hizo la víspera del auto, Uevaudo el es* 
(andarte el primer ministro duque de Medinaceli, y recorriendo las principa- 
les calles de la corte, haciendo salvas de tiempo en ticnpo la compañía de loa 
soldados de la fé» hasta dejar colocada la cruz blanca en el testero del brase- 
ro, que estaba fuera de la puerta de Fuencarral, como á trescientos pasosa la 
izquierda, orilla del camino. 

Llegado el dia del auto, salió en dirección de la plaza la gran procesión» 
compuesta de todoa los consejos, de todos los tribunales, de todas las corpo-^ 
raciones religiosas,, de todos los personages de la corte, llevando delante los 
reos. cLa corona de toda esta celebridad (dice entusiasmado el historiador de 
«este suceso), y en lo que propiamente consiste la función del auto general de 
cfé, fnó la magestuosa pompa con que salió el tribunal, llevando delante los 
«a-eos para haberlos de juzgar en el ma$ esclarecido trono y magnifico teatro 
c^ue para hacerse temer y vefierar ha sabido discurrir la ostentación de los 
•hombres (1).» Esperaban ya SS. MM. el rey y las dos reinas, esposa y madre, 
00 su balcón dorado, teniendo en derredor suyo las damas de honor, los gen* 
t¡le»-hombres y mayordomos, los embajadores, el cardenal arzobispo, el pa* 
triarca y otras personas de la primera representación. En medio de este apa« 
tato y de un inmenso concurso de espectadores, en el recinto de la plaza, en 
los balcones y hasta en los tejados, subieron al tablado los reos, en número 
de ciento veinte, con sus sambenitos y corozas, sus velas amarillas en las 
manos, algunos con sogas á la garganta y mordaza á la boca, y los condena- 
dos á relajar con capotillos de llamas, y dragones pintados en ellos. Subió el 
inquisidor general á su solio, vistióse de pontifical, tomó el juramento al 
tey (2), jurando también el corregidor, alcaldes, regidores y hombres buenos 

doquede AIbarqtterqu«,eleondedeAUami- defenderá con (oda su poderla fé eatóli- 

n,el principe de AsUilaDo; signen el duque ca que liene y cree la Santa Madre Igle- 

de Bejar, el conde de BenaTenie, eio. aia apostólica de Roma, y la conservación y 

(1) La sentencia que se notificó la noche aumento de ella, y perseguirá y mandará 
anterior á los reos condenados á relajar de- perseguir á los hereges y apóstalas contra- 
da: «Bernuno, vaesira causa le ha visto y rtosdeella, y que mandará dar y dará el 
tomnnicado con personas muy doctas de favor y ayuda necesaria para el Santo Oficio 
grandes letras y ciencia, y Yuestros delitos de la Inquisición y ministros de ella, para 
son tan graves y de tan mala calidad, que que los hereges perturbadores de nuestra 
para castigo y ólempLo de ellos se ba halla- religión cristiana sean prendidos y castiga- 
do y Juzgado que maftana habéis de morir: dos conforme á los derechos y sacros cáao^- 
preveníos y apercibios, y para que lo po- nes, sin que baya omisión de parte de V. M. 
dais hacer como conviene, quedan aquí dos ni escepcion de persona alguna de cualquie- 
r.eltgiosoft.» ra calidad que sea?--T S. M. respondió: Asi 

(3) £1 juramento se hizo en los términos lo juro y prometo por mi fé y palabra real, 

figoientes: «¿V. M. jnra y promete por su —Y dijo S. B.: Haciéndolo V. H. asi, como 

ft y palabra real, que como verdadero ca- de su gran religión y cristiandad esperamoe» 

(pilco rey, puesto por la mano de Dios, ensalzará nu.stro Seftor en su aaoio •ec<« 



93 niSTOIUA UE ESPAÑA. 

á nombre dul pueblo. Comcuzó la misa, y predicó un largo sermón Fr. Toraús 
Navarro, calificador de la Suprema , sobre el tema: Exurge ^ Domine, judica 
causam tuam. 

Concluido el sermón» se dio principio á sacar de las arquillas las causas y 
sentencias de los reos» y á leerlas desde uno de los pulpitos* A las cuatro de la 
tarde se acabaron de. leer las sentencias de los relajados, y en tanto que con* 
tinuaba la lectura de las otras se hizo entregado aquellos al brazo secular, que 
condenándolos á morir en la forma ordinaria, como siempre se hacia, los man- 
dó conducir al lugar del suplicio, ó sea al brasero, que como hemos dicho, es- 
taba fuera de la puerta de Fuencarral, escoltados por una escuadra de solda- 
dos de la fé, los ministros de la justicia seglar, y el secretario de la Inquisi- 
ción que babia de dar testimonio de haberse ejecutado las sentencias. Deje- 
mos al familiar del Santo Oficio, que nos dejó escrita esta relación de orden del 
tribunal, describir esta ejecución terrible. 

«Era, dice, el brasero de sesenta pies en cuadro y de siete pies en alto, y 
«rse subiaá él por una escalera de fábrica del ancho de siete pies, con tal ca- 
«rpacidad y disposición, que á competentes distancias se pudiesen fijar los pá- 
celos (que eran veinte), y al mismo tiempo, si fuese conveniente, se pudiese sin 
«estorbo ejecutar en todos la justicia, quedando lugar competente para que los 
foninistros y religiosos pudiesen asistirles sin embarazo. Coronaban el brasero 
«los soldados de la fé, y parte de ellos estaban en la escalera guardando que 
«subiesen mas de los precisamente necesarios; pero la multitud de gente que 
«concurrió fué tan crecida, que no se pudo en todo guardar el orden, y asi se- 
«ejecutó, si no lo que convino, lo que se pudo.... Fuéronse ejecutando los su* 
«plioios, dando primero garrote á los reducidos, y luego aplicando el fuego á 
«los pertinaces, que fueron quemados vivos con no pocas señas de impacien- 
«cia, despecho y desesperación. Y echando todos los cadáveres en el fuego,, 
«los verdugos le fomentaron con la leña hasta acabarlos de convertir en cent- 
«za, que seria como á las nueve de la mañana. Puedo ser que hiciese reparo 
«algún incauto en que tal ó cuál se arrojase en el fuego, como si fuera lo 
«mismo el verdadero valor que la brutalidad necia de un culpable desprecio 
«de la vida, á que sigue la condenación eterna^.... Acabados de ejecutar los 
«suplicios, etc.» Sigue el historiador refiriendo lo que pasó hasta darse por 
terminado el acto. 

La lúgubre ceremonia de la Plaza Mayor no habia concluido hasta mas do^ 
las nueve de la noche, de modo que se emplearon doce horas en aquella ím<« 



Tfrfo h V. M. Y todas su< reales acciones, y cristiandad ba menester.» 
lé dará tanta salud y lar¿a vida como la 



PAUTE III. LIBHO V. 01 

ponente solemnidad. Los reoa iban saliendo por grupos y clases, según sus 
delitos y sentencias, que dos secretarios del Santo Oficio iban leyendo y pu- 
blicando, siendo uno de los mas terribles espectáculos el de las estatuas da los 
reos difuntos que pendientes en cestos sobresalían á los dos lados del llamado 
teatro, con sus fúnebres insignias, y algunos con la caja de sus huesos, que al 
efecto se habían desenterrado. Tal fué, compendiosamente referidct» el célebre 
auto general de fé celebrado en Madrid en 4680, testimonio lamentable de los 
progresos que iba haciendo el fanatismo en este miserable reinado (4). 

En tanto que acá Carlos II. y sus ministros empleaban el tiempo de esta 
manera, los Estados de Italia, y señaladamente Ñapóles, estaban infestados 
de bandidos 9 no pudiéndose andar con segundad ni por los caminos ni 
por las ciudades. Los flibustiers y otros piratas continuaban ejecutando 
tus acostumbradas devastaciones en nuestras posesiones de América; y 
Luis XIY. de Francia, cuya ambición no bastaban á contener todos los trata- 
dos, se apoderaba de Casal y de Strasburgo, no obstante el interés que tenian 
el duque de Saboya, el emperador y el rey de Espafia en oponerse á que se 
hiciera dueño de unas plazas que estaban en los confines de sus Estados (4 68 1)« 
Hubo también necesidad de cederle el condado de Ciney, y prevaliéndose 
aquel soberano y sus ministros de nuestra debilidad, nos iban deq)ojando poco 
i poco de lo que por allá teníamos, y con el mas leve pretesto nos hacían re* 
clamaciones y nos pedían en tono amenazador reparaciones de agravios, ó in- 
demnizaciones de daños, muchas veces mas imaginados que recibidos. Hasta á 
Portugal hubo que dar satisfacción por una plaza que se había tomado en la 
isla de San Miguel, castigando al cabo que la tomó (2). 

Las desgracias y calamidades que se experimentaban fuera parecían envia- 
das para ayudar á la indolencia del rey y de los ministros españoles á arruinar 
esta monarquía. Una tempestad hundía en el Océano cinco bageles que venian 
de la India con veinte millones y mas de mil cuatrocientas personas, sin que 
se pudieran salvar ni hombres ni dinero. La ciudad de Tortorici en Sicilia era 
destruida por *in torrente impetuoso; y rompiendo el mar los diques con quo 

0) Los reos ftieron 448: de ellos onot al>- mu pobre y fanmilde, que no se compréis 

jainonde iétot, otros de vehemenli^ machos de de qo6 erroree podrun abjurar eo mat^ 

eran Jadaiíantes, y anos fueron relajados rías de fó. 

«aestátoa y otros eD persona. El familiar En SSde octubre del mismo afio se ce» 
del Santo Oficio, historiador de este suceso, lebré en Madrid otro auto partievlar de fé, 
inserta los nombres de todos, con un su- al cual salieron quince reos. 
Bario de los delitos y sentencias de cada i3} Que fu6, dice el autor del dietario 
uno. Entre ellos loa babia artesanos iofe- manuscrito, gran colloncria de los españo- 
lices de los mas bajos oficios, miserables les. Y ailade:«{Bueaa va laprivanzal Ello 
tinrienles, y hasta muchachas de quince y dirá.» 
diei y siete aOos pertenecientes á la claee 



nV HISTORIA DE ESP.vSAé 

ie tenian comprimido los flamencos, inundaba las provincias de BrabanUt 
Holanda y Zelanda, y dejaba samidas en las aguas poblaciones y comarcasen* 
leras (1682). El francés sacaba provecho déla flaqueza en que ponian á Espa* 
fia estas calamidades, y para defenderse la nación de sus insultos se logró al 
menos hacer un tratado de confederación con la Suecia, la Holanda y el Im- 
perio, á fin de poder defender los Países Bijos, por el interés común que estas 
potencias tenian en atajar las conquistas de la Francia por aquella parte. 

A tiempo fué hecho el tratado; porque no tardó LursXIV» en pretender que 
se le cediera el condado de Alost en la Flandes Oriental, á que decia tener de- 
recho, si bien se prestaba á dar un equivalente, por evitar el acudir á las armas 
para hacerse justicia. Y como el rey de España, consultado el punto en con- 
sejo, contestase no resultar claro el derecho que suponia, Luis que no deseaba 
sino un pretesto para acometer los dominios que allí nos quedaban, alegó el 
de no observarse la paz de Nímega para invadir el condado de Alost, y para 
mandar bombardear á Luxemburg y sitiar á Gourtray {i 683). No hubo en Euro^ 
pa nadie que no conociera la mala fé y el mal proceder del francés, estando ex- 
presamente estipulado en la paz hecha con Holanda no poder poseer plazas 
sino á cierta distancia de las Provincias-Unidas, lo cual se llamaba barrera. 
Pero aunque todas las potencias lo conocian, ninguna se atrevió á defender la 
justicia de la causa de España. Circunvalada Gourtray, el gobernador, que ig- 
noraba las intenciones de los franceses, envió á preguntar al mariscal el obje^ 
to déla aproximación de tantas tropas; la respuesta del mariscal Humicres 
fué: que se rindiera, si quería salvar los habitantes de la ciudad. Llenos de 
indignación los españoles, defendieron heroicamente la plaza con. muerte do 
muchos enemigos, pero al fin tuvieron que retirarse á la ciudadela. Batida luo- 
go ésta por el de Humiéres, dueño ya de la población, abierta trinchera y 
bombardeada, vióse obligado el gobernador á pedir capitulación, que le fué 
concedida con todos los honores de la guerra (noviembre, (1683). Dueño ya do 
Gourtray, pasó el mariscal francés á Dixmude, la cual le fué entregada sin ro*> 
sistencia. 

Conociendo Luis XIV. que con semejante conducta estaba siendo el objeto 
de las censuras de toda Europa, publicó nn Manifiesto^ en que parecía tratar 
de justificarla, manifestando estar dispuesto á reanudar las relaciones de 
amistad con la España y el Imperio, quejándose de que los españoles no hu- 
bieran querido aceptar el arbitrage del rey de Inglaterra que les habia pro- 
puesto, y manifestando á todos los soberanos las condiciones con que él so 
prestaba á renovar la paz. Decia que si no se le daba Luxemburg, se conten- 
taría con Dixmude y Courtray: que si oí rey de España quería darle un equi- 
valente en Cataluña ó Navarra, tomaría qna paite de la Gerdaúa, compren- 



PAftTB til. LIBRO V. 95 

didas Paigcerdá, la Seo de Urgel, Camprodon y GasteDíblit ó Gerona, ó bien 
Pamplona y Faenterrabía en Navarra y GoipÚ20oa. Pero* añadiendo, qae si el 
rey Católico no aceptaba alguna de estas disposiciones antes de fin de afio, y 
JQO le bacía la indemnización de los lugares que prometia recibir, ¿ Espafia y 
sos aliados se deberían imputar las desgracias de una guerra que provocarían 
llegándose ¿ todo acomodamiento (4), 

De esta manera se erigía el orgdloáo Luis XIV» en arbitro de su propia 
causa y derecbo ante la Europa escandalizada á vista de tanta insolencia. De 
sobra sabia él que España no podía acceder á tales pretensiones sin degra- 
darse« Por eso lo bacía, fiado en que en último término la fuerza era la quo 
había de resolver las cuestiones. Asi fué que la corte de Madrid, por un resto 
de pundonor nacional, á pesar de su impotencia, tuvo que declarar solemne* 
mente la guerra á la Francia (S6 de octubre, 4683), y se mandó salir de Io9 
dommios de España á todos los franceses y secuestrarles los bienes. LuísXfV. 
ya se había preparado para la guerra, como quien la había andado bascando: 
iatrígó con los holandeses para que no nos diesen el socorro de catorce mil 
hombres que se había estipulado, y entretuvo el resto del invierno las tropas 
en saquear los pueblos y talar los campos vecinos, basta que llególa estación 
oportona para emprender formalmente la campaña* 

£n el marzo inmediato se dirigió un cuerpo de ejército al mando del ma- 
riscal de Bellefont por San Juan de Pié-de-Puerto y Roncesvalles á Navarra. 
Mas no hizo sino alagar á esta provincia, porque luego se fué el mariscal al 
Rosellon á mandar las fuerzas destinadas á invadir la Cataluña. En primeros 
de mayo amenazaba ya el ejército francés á Gerona, cuando aun no habían 
tenido tiempo nuestras tropas para juntarse; así fué que las que pudieron ren* 
nirse para impedir la marcha del francés tuvieron que retirarse en dispersión 
al abrigo de aquella plaza, que los franceses embistieron con intrepidez y rch 
8(ducionálo6 últimos de mayo (4684). Con valor y con brío la defendieron 
también los sitiados, y tanto, que aunque los franceses venciendo con admira- 
ble arrojo todo género de dificultades y sin reparar en la mortandad que su- 
frían, penetraron hasta el medio de la ciudad, batiéronlos allí con tal furor 
los paisanos armados que los obligaron á retirarse en la mayor confusión y é 
recoger la artillería y municiones y abandonar el sitio (2). «Veinte y tres ve*-- 



(f ) Historia y obras de Lols XIV. Ilisto- Francia que manda el mariscal de BcUe« 

riadelos Países Eajos.— Gacetas de 1683. fonds; publicase á 31 de mayo, 1084.— Ilus- 

H2aiBGy,IIisioriamíUtarde Luis el Grande, iracioná las noiiclas laureadas, ele— Ro« 

(9) Primeras ooiicias laureadas de la fa- laeioa extraordinaria de las cosas de hi 

l-Tosiiíma df fensa de la muy noble y muy guerra de Catatuba, etc.— Tres papeles \n^ 

leal eindad de Gtrooa eontra el ejército de presos en U colección de Gaoetat defS^4« 



tú AlSTORU DB ESPAÑA. 

CC8, observa á este propósito un e9cnt<K español» había sido sitiada hasta eii" 
toncas esta famosa ciudad» y en todas ellas se había cubierto de gloria; y a»L 
los catalanes, aunque toda ia nación se pierda» siempre tienen esperanzas 
fundadas de vencer mientras no se pierda ésta.;» 

Por la parte de Flandes emprendió el mariscal de Crequi el sitio de Lu- 
xemburg, la plaza acaso mas fuerte de flaropa por la naturaleza y por el arle. 
Pero á la fortaleza de la plaza correspondían los formidables medios de expug- 
nación que llevó y empleó el numeroso ejército francés que la cercaba, diri- 
giendo los ataques el famoso ingeniero Vauban, que tanta celebridad gozaba 
ya, y tan merecido renombre dejó ¿ los fi;turü8 siglos. Defendíala el principo 
de Ghimay con una corta guarnición de españoles y walones. No nos deten- 
dremos á referir los accidentes de este sitio, que fueron muchos y muy nota- 
bles. Solo diremos» que después de haber disparado los sitiados cincuenta mil 
til 03 de cafion y arrojado al campo eofomigo siete mil y quinientas bombas; 
dcspuos de veinte y cinco días de trinchera abierta y de haber apurado todos 
los recursos quo el valor, la prudencia y el arte podían ofrecer al general mas 
consumado, el príncipe de Chrmay obtuvo una honrosísima capitulación (ja- 
n o, 4G8i^}, saliendo de la plaza con banderas desplegadas, tambor batiente» 
cuatro cañones, un mortero y las correspondientes'municiones. El rey Luis» 
que so hallaba en Valencíennes cuando recibió la noticia de la rendición, dio 
por satisfechos y cumplidos sus ambicioips deseos, y se volvió lleno de gozo á 
Versalles. 

No prosiguió adelante esta campaña, porque viendo el emperador y los 
Estados de Holanda que con la toma de Luxemburg quedaba abierta al fran- 
cés la entrada en los Países Bajos, apresuráronse á hacer la paz con él, y á 
ofrecer su mediación para que España aceptara la tregua de veinte afios quo 
le proponía, bajo las condiciones de cederle la plaza de Luxemburg» restitU" 
yendo él las de Dixmude y Gourtray, bien que arrasadas sus fortifí -aciones, así 
comn todo lo conquistado desde el 20 de agosto del año anterior, ¿ escepcion 
de Beaumont, Bovines y Ghimay, con sos dependencias, y la ciudad de Stras- 
bui^. Este tratado se firmó en Ratisbona (29 de junio, 4684). Y Garlos IL de 
España, viéndose ya sin aliados que le auxiliaran, y con su ejército de Gata- 
luña derrotado por el mariscal Bellefont en una batalla junto al Ter, no tuvo 
otro remedio que aceptar la tregua, cediendo á la Francia todo lo que Luis ha- 
bía propuesto y querido. Luis XIY. llegó con esto al apogeo de su poder (4)» 

También en Italia había intentado el monarca francés arrancarnos por la 



(I) QníDcy, QitloriamiUlar de |4iiaXlV. — Disioria general de las ProYÍooiai-CDldat 
— Colección de (r^ Udoa d v pací s, tregua» «te. de FUndea.*— ^aceUui de i 6«4. 



PARTE 111. LIBRO V« 07 

fuerza la amistad de las potencias amigas. No pudiendo en el desvanecimicnlo 
de su orgullo sufrir que nn rey tan débil como Garlos U. de España continuara 
llamándose protector de la república de Genova, proyectó separar aquel Esta* 
do del protectorado español, y so protestos de agravios que decia haber reci* 
bido la Francia, armó en los puertos del Mediterráneo una escuadra poderosa, 
qoe se presentó delante de Genova, y comenzó á bombardear aquella rica ciu- 
dad. Tanto á este acto de hostilidad como á las amenazas del almirante fran- 
cés contestaron los genoveses con la altivez y la fiereza propias de republica- 
nos, y se aprestaron á resist'r la fuerza con la fuerza. Dubo pues ataques y 
combates mortíferos; las bombas arrojadas desde las naves incendiaron la ca- 
sa del Dox, la de la tesorería y el arsenal, destruyendo ó quemando hasta 
otras trescientas (mayo, 4684). El senado, temeroso de sufrir nuevas desgra- 
cias, 88 inclinaba á someterse á las proposiciones del francés; pero los espa- 
fioles qoe allí babia se opusieron á ello, y se resolvió responder que no podían 
aceptarlas, manifestando no haber dado motivos al rey de Francia para que 
asi los hiciera objt to y blanco de su indignación. Con esta respuesta se reno- 
varon los ataques por tierra y por mar, los arrabales fueron entregados á las 
llamas y reducidos á cenizas; pero no obstante estos estragos no se pudo re- 
ducir nial senado ni al pueblo á renunciar al protectorado del rey católico y 
ponene bajo el del monarca francés; con que el almirante tuvo á bien man- 
dar levar anclas, y dióse la escuadra á lávela con rumbo á las costas de Cata- 
luña, quedando solo el caballero Tourville cruzándolas de Genova con cuatro 
galeotas y cinco navios (4). 

Entretanto la corte de Madrid no se ocupaba en otra cosa que en misera- 
bles rivalidades é intrigas de favoritismo; y mientras el cuitado Carlos II. ca- 
zaba y se divertia como si el reino marchara en prosperidad, d sputábanse el 
valimiento y pugnaban por derribarse y sustituirse en el influjo y manejo de 
las cosas de palacio, no solo las dos reinas, y la camarera, y las damas 
de la col te, sino personas tan graves como debian ser el confesor y el primer 
ministro, mezclándose puerílQiente y con mengua de su dignidad en una guer- 
ra qoe hubiera podido disimularse en flacas mugeres. El gravísimo asunto que 
traia embargados á todos, era el deseo manifestado por la reina María Luisa 
de scpsrar á la camarera, duquesa de Terranova, cuya presencia y cuya se- 
veridad la incomodaba. Era negocio arduo, ya por la costumbre que babia do 
qoe las camareras no se mudaran, ya por las dificultades que ofrecía la elec- 
ción de la qae hubiera de sucedería. Designábase entre las qae contaban con 

(I) Relación de los incendios y roinas Yeocioncs de faego, desde el dia IS basta 
cjeiroUdas por la armada de Francia en la el 95 de mayo, 1084: improsa en el mismo 
ctuildd de Genova, coa bombas y otras io- año por Sol>astian dr Armcndiriz, 

lüno ix. 7 



0^ HISTORIA DE ESPAÑA. 

mas probabilidades para esto la marquesa de los Vclez, la duquesa de Albur» 
querque, la del Infantado, y la marquesa de Aytona. Y era de ver los manejos 
y artificios que empleaba la de Terranova para mantenerse en su puesto, y 
los ingeniosos medios para desacreditar con la reina á cada una de sus riva- 
les, ponderando el genio imperioso y altanero de la una, las impertinencias y 
la falta de luces de la otra, el odio de la otra á todo lo que fuera francés y 
hubiera venido de Francia; con lo cual no dejaba de ir parando el golpe, tenien- 
do á la reina indecisa. Pero hacíale una guerra disimulada y secreta la reina 
madre, que no olvidaba haber sido la do Torranova del partido de don Juan 
de Austria. 

Mezclábanse, como hemos dicho, en estos combates mugeriles el secreta- 
rio don Gerónimo de Eguía, el P. Rcluz, confesor del rey, y el duque deMe- 
dinaccli, su primor ministro, trabajando clandestinamente el confesor y Egiía 
con la de Terranova para derribar á Medinaceli, y haciendo ésto todo género do 
esfuerzos para sostenerse y para persuadir al rey á que se despidiera á la ca- 
marera y al confesor. Los resortes que el confesor tocaba para indisponer al 
soberano con el primer ministro eran sin duda eficaces, porque hacia caso y 
obligación de conciencia, de que tendría que dar estrecha cuenta á Dios, el 
separar del ministerio un hombre que con su flojedad y su ineptitud tenia el 
reino en el mayor abatimiento y miseria, y estaba perdiendo y arruinándola 
monarquía. Representábale la situación lastimosa de ésta en lo exterior y en 
lo Ínter 'or Que las tropas de Flandes carecían absolutamente de pagas; quo 
el príncipe Alejandro Farncsio, á quien acababa de conferir el gobierno de to3 
Países Bajos en reemplazo del duque de Villaherraosa, era un hombre gasta- 
dor, disipado, lleno de deudas, obeso además y gotoso, y por lo mismo com^ 
pletamente inútil para aquel cargo. Que parecía castigo de Dios la peste quo 
estaba asolando las provincias de Andalucía, y se iba estendíendo por un Indo 
ala Extremadura, por otro á la de Alicante. Que el tesoro estaba de todo pun- 
to exÉiausto, sin verso de dónde poder sacar un escudo: que los grandes ven- 
dian sus muebles mas preciosos, los banqueros cerraban sus casas, los comer* 
ciantes sus tiendas y escritorios, lo¿ empleados renunciaban sus destinos por- 
que no les pagaban y no podían mantenerse, y solo por la fuerza ó la amenaza 
seguian desempeñándolos algunos; que había sido necesario sacar muchas em- 
pleos á pública subasta,' llegando á mirarse como lícito lo que antes se había 
considerado siempre como abuso, y los que no se vendían se daban por moti- 
vos indignos y vergonzosos; que en las provincias ya no se compraba ¿ metá« 
lico lo que se necesitaba, sino á cambio y trueque de unas cosas por otras; en 
una palabra, que la situación del reino no podía ser en todo mas deplorable, y 
que sí Dios contenia algún tiempo la ira de los pueblos vejados y oprimidos. 



PARTb: 111. LIBRO V. 09 

también á veces le dejaba estallar para castigo de los soberanos que podiendo 
no habian remediado sos males. Y por último, que en cumplimiento de los de- 
beres de su cargo le advertía que si no procuraba poner remedio á tan mise- 
rabie estado de cosas, no podria en conciencia darle su absolución. 

Tales y tan graves palabras, dichas á un rey tan religioso y tan apocado y 
tímido como Garlos II. por el director de su conciencia, no podían menos de 
ponerle pensativo, apenado y triste. Mas como amaba tanto. al de Medinaceli, 
sentia en su corazón una angustiosa zozobra que no podia soportar. Decidióle 
al fin á llamar al duque, y encerrado con él en su cámara le confió todo lo que 
con el confesor le había pasado. Espúsole entonces mañosamente el de Medi- 
naceli que el padre Reluz le parecia un hombre de buena intención, pero que 
edacado en el claustro, sin conocimiento del mundo, ni menos de los negoc'os 
de gobierno, ni de las verdaderas necesidades de los pueblos, ni de las obliga- 
ciones políticas de los reyes, era un pobre iluso, de poca instrucción y escaso 
talento, que por meterse en cosas que no le pertenecían, lo confundía lastimo- 
samente todo; y que asi no debía inquietarse ni padecer el mas pequeño escrú- 
pulo por todo lo que le había dicho, y io que le convenia era buscar otro con- 
fesor mas ilustrado y prudente. 

Vacilante y perplejo el rey entre tan opuestos consejos, consultó al secre- 
tario Eguía, el cual , atento como siempre á su interés propio, y dispuesto á 
sacrificar todos sus (interiores compromisos si asi le convenia, calculó tenerle 
mas cuenta ponerse del lado del de Medinaceli, y á pesar de su intimidad apa- 
rente con el confesor y la camarera, habló al rey en favor del duque, anadien* 
, do que pensaba como él en lo de que debía buscar otro confesor mas blando y 
menos entrometido en las cosas de gobierno. Con esto el rey se determinó á 
apartar de su lado al P. Reluz, nombrándole obispa de Avila, bien que él pre- 
firió una plaza en el cousejo de la Suprema: y á propuesta del ministro nom« 
bró Carlos confesor suyo al P. Bayona, dominico y prufeisor de la universidad 
de Alcalá (julio, 4684). 

Privada con esto de su mejor apoyo la de Tcrranova, sospechó que á la 
caída del confesor no tardaria en seguir la suya', y no se equivocó. Pronto re- 
cibió un recado de Carlos, dicíéndolo que convendria pidiese so retiro fundan- 
doseensus achaques: cosa entonces desacostumbrada, porque las camareras 
solían serlo toda la vida, ó por lo menos mientras durara la de la reina á cu- 
yo servicio una vez entraban. Hízolo asi la de Terranova, esforzándose cuanto 
pudo por disimular la amargura, el resentimiento y la rabia que interiormento 
la corroían (4). Entró en su lugar la duquesa de Alburquerque, señora de bas- 

M) No pudo ilcTar muy adtiüute U ücciun y el disimulo, pues al decir de ua es- 



400 HISTORIA DB ESPA!}A# 

Unte talento y mnycolta, del partido de la reina madre, do quien tenia tam- 
bién buenos informes la reina Marta Luisa, y aun el mismo Carlos no tardó 
en deponer las malignas prevenciones que contrasella le habia inspirado la do 
Terranova. 

Creyóse con esto afirmado en su ministerio el de Medinaceli. Y tal tez ha- 
bría podido sostenerse contra sus enemigos y envidiosos, si hubiej*a encontra- 
do recursos siquiera para satisfacer ciertas ambiciones. Mas ora el caso que á 
tal estrechez habían ido viniendo los pueblos y los particulares, que por mas 
diligencias que hacia no hallaba de donde sacar dinero ni aun para las urgen- 
cias de la corte, cuanto más para los acreedores holandeses que á este tiempo 
se presentaron reclamando el pago de los anticipos que para la guerra habia 
hecho aquella república desde 4675; cosa que obligó al buen Carlos á escla- 
mar: «Jamás he visto mas deudas y menos dinero para pagarlas: si esto sigue 
«asi, me veré obligado á no dar audiencia á los acreedores.» Lo peor para el 
ministro era haber dejado retrasar el pago de la pensión de la reina madre, lo 
cual no le perdonaba fácilmente aquella señora, que habia vuelto á recobrar 
casi todo su antiguo ascendiente sobro su hijo, y por ella se daban otra vez los 
empleos sin consulta del Consejo. Por otra p^rte los amigos de fuera nos iban 
abandonando, y aquellos mismos genoveses que con tanta gloria se habian de- 
fendido contra el poder marítimo de la Francia por conservarse bajo la protec- 
ción del rey católico, reconciliáronse con Luis XIY. por mediación del papa 
(4685); que fué cosa triste ver que basta el pontífice caia en la flaqueza hu- 
mana de desamparar al débil y aun sacrificarle al poderoso! Y tanto se humi- 
llaron ante el señor y el tirano de Europa aquellos antes tan fieros repúblicos, 
que á trueque de hacérsele benévolo y propicio le prometieron solemnemente 
arrojar ellos mismos de su ciudad y fortalezas las tropas españolas y desarmar 
sus galeras. 

No dejaban de llegar á oidos del rey las quejas de tantos males, y las mur- 
muraciones contra la ineptitud de su primer ministro. Veia también que ni los 
consejos ni lasjuntas ponian remedio al desorden de la administración. Veíalo 
igualmente la reina María Luisa, señora de buenos deseos y de mas resolución 
que su marido, aunque de complexión también débil, y ella fué la que le acón- 
sejó que separase á Medinaceli. Si el mismo duque se convenció ó nó de que 
estaba siendo ya objeto de la indignación pública, y de que no servia parago- 



critorde aquel tiempo, luego que se despi- dos fuertes golpes sobre ana mesa, ó hizo 

dio de la reina y al separarse de las damas trizas un abanico, y le arrojó al suelo y lo 

que la acompañaban les dijo: cMe voy á mi pisoteó, con otros Eemejantes ademanes de 

casa á goiar de reposo, y no pituso volver cólera, 
jamás á palacio ni acordarme do él» Y dio 



PARTE III. LIBAO V* 40« 

bernar en circunstancias tan difíciles, cosa es de que puede dudarse. Porquo 
ello es qne se mantuvo en su puesto hasta que recibió una orden del rey di* 
ciéndole que podía retirarse á su villa de Ck}gollado; y acabóle de informar de 
su desgracia el saber que iba privado de todos sus empleos. Salió pues el du- 
que de Madrid para Guadalajara (44 de junio, 4685), quedándose en la corte la 
duquesa su esposa para ver si conseguía que se le levantara el deslíen o (4). 
Habiendo salido del ministerio el duque de Medinaceli, reemplazóle en el 
cargo de primer ministro el conde de Oropesa, uno de los que más babian in« 
fluido en su caída, no obstante que tenía motivos para estarle agradecido, por- 
que á él le debía el haber sido consejero de Estado y presidente de Castilla. 

(I) Relación maooscrita de los sucesos de Salaiar.— Ibid. Papeles de Jesuitas.-.- 
de la corle en este liempo: Biblioteca de la Relaciones, etc. MH.SS. de la Biblioteca 
Real Acadamia da la Bistoria» Archivo PacionaL— Diarios manuscrito» del lieinpo. 



aPITGLO IX. 



MINISTERIO DEL CONDE DE OROPl^SA. 



Do f a«6 é te»i. 



Beforaiti económicas emprendidas por el de Oropesa.— Trabajos dipiomftUcos.'-Confe- 
deracionde algunas potencias contra Luis XIV.— La Liga de Augsburg.—Penelran ia5 
tropas francesas en Alemania.— Revelación de Inglaterra.'-Destronamiento de Jaco- 
t>o 1L— Coronación de Guillermo, principe de Orange.— Conquistas del francés en Ale- 
mania —Armamentos en España.— Huerto de la reina Haría Luisa.— Segundas nupcias 
de Garlos IL— Declaración de i;ucrra entre la Francia y los confedéralos.— Campaña do 
Fiandes.— Célebre batalla do Pleurus.— SitioyreniUcionde Mons.— Campaña del fran» 
cés en el Rhin.— Ídem en Italia.— Apodérase el francés de la Sabo ya .—Campaña de Ga- 
taluña.— El duque de Noaillcs toma i Gamprodon.— Recóbrenla los españjles.— Pierde- 
80 Urgél.— Bombardea el francesa Barcelona, y se retira,— Gobierno del conde. do 
Oropesa.— El marqués de los Yelez superintendente do Hacienda.— Escandalosa graD« 
g?ria de los emplcos.-Disgusto y murmuración del pueblo.— Trabajos y manejos para 
derribar al ministro Oropesa.— La reina; el confesor; el presidente de Castilla; el secre- 
tavio Lira.— Chismes en palacio.— Conducta miscrabe de Carlos IL— Caída del conde 
de Oropesa.— Nombramiento de nuevos consejeros. 



Mostróse el de Oropesa en el principio de su ministerio mas activo y mas 
iiábil que el de Medinaceli, y sus primeras providencias se encaminaron prin* 
cipalmente ala reforma de la hacienda, á la disminución de los gastos públicos 
y al alivio de los impuestos. Abolió machos empleos militares por inútiles, 
suprimió por innecesarias muchas plazas en los tribunales y secretarías, au- 
mentó las horas de trabajo á los que quedaban y les rebajó el sueldo, bien quo 
«segurándoles el puntual cobro del que se les señalaba. Esta medida, como to- 
das las reformas de esta clase, y como la supresión que hizo de todas las pen- 



PAUTE lU. L1CI\0 V. 103 

sIoQcs que se habían dado sin causa justa, produjo gran clamoreo de parte ue 
los interesados. 

Intentó también la reforma en los gastos de la casa real, que eran escesi- 
fosy consnmian una gran parte de las rentas públicas, siendo muchos de ellos 
nosolosupérfluos, sino escandalosos además. Pero estrellóse en esto su buen 
deseo, y tuvo que retroceder ante el disgusto que sus iosinaaciones produje- 
ron en palacio (4}« 

(I) La proporción eutre los gastos de U te relación quo de órdea de 6. M. se di6 el 
Real Casa y las rentas publicas de dentro afto 1674. 
7 faera del reino puede terse por la sigaieo- 



Gatto ordinariü. 



Cata de la reina 



Dac«do8. 



La capilla * 88,000 

Ornamentos de la capilla 3,000 

Gagesde mayordomos, gentiles hombres de cámara, déla casa y boca 50.000 

Criados domésticos de casa y boca y demis de la casa • 86,000 

Gasto de despensa. .•••..• • 100,000 

PlatodeS. M II.OOO 

Cera de la capilla é • 7,000 

Umosnas de cera « , : f 0,040 

Oirás Umosnas ••• *..•• 8,000 

Aeemüeria 10,000 

Mercader ¿ 450,000 

Botica • 7,000 

Gastos de las tres guardias 50,000 

Gagesde criados de caballeriza. 1-2,000 

Casada pages y caballeriza.. 50,000 

Gasto de cámara y guardaropa • 34.000 



Oasto ordinario al «fio • 058,000 

Jomadai ordinarias. 

U delPardo^. . . • 450,000 

La de Aranjaez 150,000 

La del Retiro. • 80,000 

La de San Lorenzo. .••..•^... «..••••••4**«...« 130,000 



530,000 
qs. da mrs. 



La despensa» .•••••'•...••••• ••••••.••••••••• 112,000 

Gastos de criados.. ••.. * 13,000 

Bobillo y cámara • 50,000 

Ciballerica - 30,000 



814,000 



importan en ducados los gastos ordinarios de ambas casas • 1.769^860 



CAPITllO IL 



MINISTERIO DEL CONDE DE OROPESA, 



De «096 é «e»«. 



Beformat económicas emprendidas por el de Oropesa.^frabajos diplomáilcos.— Confe-> 
deracionde algunas potencias contra Luis XIV.— La Liga de Aufi^abnrg.— Penetran las 
tropas francesas en Alemania.—Revolacion de Inglaterra. ^Destronamiento de Jaco* 
bo II.— Coronación de Guillermo, príncipe de Orange.--Ck>nquistas del francés en Ale- 
mania --Armamentos en España.— Uuerte de la reina Haría Luisa.—ScgunJos nupcias 
de Garlos II.-*Declaracion de !;uerra entre la Francia y los confedúralos.— Campafia de 
Flandes.— Célebre batalla de Píeurus.— Sitio y remoción de Mons.— Campaña del fran- 
cés en el Rhin.— Ídem en Italia.— Apodérase el francés de la Sabo ya. —Campaña de Ca- 
taluña.— El duque de Noailles toma ¿ Camprodon.— Recóbrenla los españ) les. —Pierde* 
•e Urgél.— Bombardea el francesa Barcelona, y se relira,— Gobierno del conde.de 
Oropesa.— El marqués de hs Velcí superiutendcnte de Hacienda.— Escandalosa gran* 
g?r¡a de los emplcos.-Disgusto y murmuración del pueblc^Trabaj os y manejos para 
derribar al ministro Oropesa.— La reina; el confesor; el presidente de Castilla; el secre- 
tailo Lira.— Chismes en palacio.— Conducta miserabe de Carlos II.«*Caida del coDde 
de Oropesa.— Nombramiento de ouefos consejeros. 



Mostróse el de Oropesa en el principio de su ministerio mas activo y mas 
hábil qae el de Medinaceli, y sus primeras providencias se encaminaron prin- 
cipalmente ala reforma de la hacienda, á la disminución de los gastos públicos 
y al alivio de los impuestos. Abolió muchos empleos militares por inútiles, 
suprimió por innecesarias muchas plazas en los tribunales y secretarías, au- 
mentó las horas de trabajo á los que quedaban y les rebajó el sueldo, bien quo 
Asegurándoles el puntual cobro del que se les señalaba. Esta medida, cometo^ 
das las reformas de esta cbse, y como la supresión que hizo de todas las pen« 



PARTE lU. LlcaO V. 103 

sioocs que se habian dado sin causa jusla, produjo gran clamoreo de parte ae 
los interesados. 

Intentó también la reforma en los gastos de la casa real, que eran escesi- 
ros y consumian una gran parte de las rentas públicas, siendo muchos de ellos 
nosolosupérfluos, sino escandalosos además. Pero estrellóse en esto su buen 
deseo, y tuvo que retroceder ante el disgusto que sus iüsinuaciones produje- 
ron en palacio (4), 

(I) La proporción entre los gastos de la te relacioB quo de orden de 8. U. se dio el 
Real Casa y las rentas públicas de dentro a&o 1674. 
y fuera del reino puede verse por la sigaien- 



Gasto ordinario. 



Cata de la ret'im 



Dacado«- 



La capilla r • 38,000 

Oroamenlos de la capilla 3,000 

Gages de mayordomos, gentiles hombres de cámara, déla easa y boca.. . . • 50.000 

Criados domésticos de casa y boca y demás de la casa 36,ooo 

Gasto de despensa • 100,000 

Plato de S. M I4.00O 

Cera de ia capilla 7,000 

LiiBoenas de cera : 10,040 

Oirás limosnas '«... 8,000 

Aeemileria. • , 10,000 

Mercader ; 150,000 

BoUca • 7,000 

Gastos de las tres gaardias. . 50,000 

Gagesde criados de caballeriza. 13,000 

Casado pages y caballeriza.. * 50.000 

Gastode cámara y guardaropa • • S4,000 



Gasto ordinario al afio 068,000 

Jomadat ordinariat. 

U delPardo. 150,000 

La de Aranjuez ^ 150,000 

La del Retiro. • 80,000 

La de San I.orenzo • »..••••••« 190,000 



590,000 
qi. da mn. 



La despensa. •••••••...•• ...• •••••• 412,000 

Gastos de criados • ' 13,000 

Bobillo y cámara 60,000 

CabaHerka «. • 30,000 



914,000 



bB|orlaAeD ducadoi los gastos ordinarios de ambas casas • l.769|806 



401 niSTORIA DE ESPARA. 

Dictó asimismo otras medidas económicas, algunas acertadas, otras no 
tan convenientes, pero conformes al espíritu y á los conocimientos de te época, 
y que probaban sobretodo sa buen deseo. Tal fué la de prohibir el uso de todos 

« 

Gastoi ettraordinarioié 

Obras de palacio y sos Jardioes. ••..••• S69.640 

Gasto de monicría 2II.G0O 

Buen Reliro y sus ministros 80,000 

Real bolsillo « 7^0 OOO 

Consignaciones LOSOOOO 

Nomina de los consejos 5.900.00O 

Gastos de la casa del tesoro, correos, ejércitos y ayudas de costa. ..... . • 6.000,000 

Apresto y armada, flotas y galeones 431,000 



Coo que sumaD cd ducados todas las partidas de gastos de cada año. .... 16.492,338 

Renlat dé S- Jf. dentro y fuera de España 

Elserrioio de los feinte y cuatro millones.. . , « S.S00,00O 

El de quiebras • 1.300,000 

Servicio ordinario y estra^rdioario.. 400,000 

Papel sellado. 2:0,00O 

Almojarifasgo, sesmos, lanas, yerbas, puertos secos y montaigo, y naipos. . . 600. OOO 

Papel blanco, «zúcarea, chocolate» conservas y pescados. • 400,000 

Los dos servicios de crecimiento de carne y vino 4.600,000 

Medias anatas de mercedes. . .- ^lOO.OOO 

Los ocho mil soldados • • 900,000 

La cruzada, subsidia y escusado , 4.000,000 

Alcabalas, sin las euagenados, . • 9.500.00O 

£1 tributo de lasaU 700,000 

£1 a."" 4 porlOO f . 600.000 

£14.*'4 porlOO 600,000 

£1 tabaco • 681,618 

La martiuicga «.. 185,645 

La renta de sosa y barrilla. . « 80,000 

La renta de los diezmos de La mar 427,645 

La de maestrazgos. « 437,450 

La de lanzas 437,450 

La de galeras cargada á los canónigot profesos. . 457,450 

La de lanzas cargada sobre encomiendas 438,654 

La del maderuelo del reino.. 95,813 

LapresCamera de Vizcaya 760.545 

La de confirmaciones de privilegios. 86,000 

La de solimán y azogues, nieve y tabletas, barquillos 443,643 

Casas de aposento 450,000 

Penas de cámara, de consejos y chancillerias 350,000 

De Ilotas y galeones un año con otro • 3.500 QPO 

Las rentas de ios demás reinos. •..^. ••..«•.... O 000,000 

Las milicias. 300,000 



Importan en ducados estas partidas que tiene S. H. en este afio de 4674. . . • 36.746,43^ 
UM. $S« de la Real Academia de la Uistoria*. Archivo detelaur. 



PARTE III. LiBKO Y. 4i,á 

bá géneros y artículos estrangeros, con el doble fin de poner coto al escesivo 
7 niinoflo lajo, y de qae no saliera el oro y la plata de España, queriendo que 
empezara el ejemplo por la casa real, y haciendo quemar públicamente y á 
Toz de pregón, para inspirar mías horror á estos objetos, gran parte de los que 
existían en los comercios y almacenes. Quejáronse de ello los interesados, es<* 
trangerosy nacionales; pero acalláronse con la seguridad que el rey les dio de 
qae serían pagados religiosamente, asi como los prestamistas al estado que te* 
mieran perder sos hipotecas con la abolición de ciertos impuestos odio* 
506(4685). 

Estas proiridencias, siempre útiles, annque muy tardías para carar males 
tan afiejos, no nacian solo del ministro Oropesa, sino también en gran par« 
te de los consejos y jantas á quienes consultaba, porque era sistema de este 
miniitro compartir el gobierno con otros para no llevar solo las culpas en lo 
que desacertase. Asi dio tanta parte en los negocios á don Manuel de Lira» 
nombrado por su influjo secretario de Estado y del despacho universal; bien 
que este ambicioso, aunque hábil funcionario, le correspondió mal, aborrecién« 
doledisimuladamente desde el principio, para declararle despoés la guerra 
abiertamente. El rey mismo pareció haberse hecho laborioso » dedicándose 
menos á las diversiones y más á los negocios públicos, manifestando deseos de 
informarse de todo, y muoha satisfacción de ver el talento y la claridad con 
que le enteraba el de Oropesa. 

Veíase también otra actividad y otro tina en los representantes de España 
mUtt cortes estrangeras, para hacer ver á los hombres políticos la convenien* 
cia de unirse al objeto de cortar la desmedida ambición de Luis XIV. de Frau- 
da y de enfrenar sus pretensiones de dominación sobre la Europa entera, si 
ao habían de ser todos los príncipes victimas de su orgullo y de sus artificios» 
£n cuanto al papa Inocencio XI., la ruidosa cuestión de las libertades de la 
iglesia galicana que por este tiempo se habia agitado y duraba todavía, y la 
del derecho de fj^anquioia que gozaban los embajadores franceses en Roma» 
facilitaban al español inclinar el ánimo del pontífice á entrar en una liga con* 
tra el francés. El de Londres, don Pedro Ronquillo, trabajaba activamente pa- 
ra separar á Jacobo II. que había sucedido hacia poco tiempo á su hermano 
€¿rlos II. en el trono de Inglaterra, de la amistad que tenia con el de Francia.. 
Al propio fin se enderezabdn los trabajos de los demás ministros espafioleft 
cerca de otras potencias y soberanos. Con lo cual llegó á formarse una confe-- 
aeración, que dos años antes hablan intentado el duque de Neuburg y el prín-^ 
cipe de Orange, entre el Imperio, la Suecía» la España, y algunos príncipes 
alemanes, que se llamó la liga de Augsburg, y s^ firmó el 29 de junio (4686)« 
tüU negociación, que se hizo sin conocimicsilo del rey Luis, tenia por objeto 



ico lüSTOBíA DE ESPAÑA 

preservar cada cuál sus estados de las usurpaciones del francés, con arreglo á 
la paz de Nimega y á la tregua de Aquisgran. Los Estados generales de Ho- 
landa no entraron en ella por circunstancias especiales. 

Entretanto Luis XIV., que siempre estaba en acecho del menor preteslo ú 
ocasión para cometer violencias contra España y lanzarse con avidez sobro 
nuestras posesiones, dióse por injuriado de que el gobierno español castigara 
con arreglo á sus leyes á ciertos contrabandistas franceses que infestaban nues- 
tras provincias, para hacer reclamaciones tan atrevidas cerno injustas. T ha- 
biéndolas rechazado el ministro de Carlos con la debida firmeza, vengóse aquel 
soberbio soberano enviando á las costas de España una numerosa flota al man* 
do del mariscal d' Estrées, que presentándose delante de Cádiz apresó dos 
galeones, sorprendió aquella descuidada población, y le pidió quinientos mil 
escudos, que fué menester satisfacer al francés para evitar que la bombardea- 
ra. Estos insultos que nada podia justificar, se repetían con sobrada fre- 
cuencia. 

Las reformas emprendidas por el ministro Oropesa iban dando algunos bue- 
nos frutos, tanto quo pudo Carlos IL, afecto á la casa imperial de Austria como 
todos los de su familia, enviar socorros de hombres y dinero al emperador para 
la famosa guerra que estaba sosteniendo contra el turco en Hungría, y en la 
cunl se dio un gran paso con la toma quo entonces se hizo (diciembre, 468G) 
de la plaza de Buda (4). 

Pero ciertamente era una época ésta de calamidades y de contratiempos 
para España. Una imprudencia del gobernador de Oran don Diego do Braca- 
mente, hija de su viveza y de su temerario arrojo, fué causa de que setecien- 
tos cincuenta soldados españoles fueran degollados por los moros, incluso el 
imprudente gobernador, y hubiérase perdido aquella plaza, si el duque do 
Veraguas no la hubiera oportunamente socorrido (1687). La de Melilla estuvo 
sitiada por aquellos bárbaros cuarenta dias, y el gobernador español fué muer- 
to de un tiro de mosquete. En la América Meridional las sacudidas violentas do 
los terremotos arruinaban ciudades y comarcas, y parccia que lo3 elementos so 
encargaban de destruir lo que perdonaban los filibusteros. Y en Ñápeles se es* 
perimentaban iguales estragos, siendo víctima de ellos millares de familias. 

La confederación de Augsburg se iba secreta y lentamente ensanchando 
con la adhesión de otros príncipes, que no podian tolerar, sin faltar á su digni- 
dad y decoro, el predominio del orgulloso monarca francés. Tales fueron el 
elector de Baviera y el duque de Saboya, con quienes el papa trabajó sigilosa y 

(I) Esta guerra, en que intervinieron Las Gacetas de Madrid de todos aquellos 
(antas potencias cristianas, fué la mas im- años salían llenas casi csclusivameiite do 
portante de la segunda mitad de este ^iglo. noticias de aquella guerra sagrada. 



PARTE III. VIBRO V. 407 

mañosamente para que se unieran á otros soberanos. Las victorias por eslj 
tiempo ganadas por venecianos y alemanes contra los turcos, en la Morca y la 
Hangria, victorias que quebrantaron el poder de la Media-luna, que se solcm» 
nizaban con regocijo en Viena, y se celebraban en Madrid con mascaradas, 
faegos de artificio y oíros espectáculos, por alguna parto que en ellas teniao 
como auxiliares los españoles, daban cierto respiro al emperador, que le per- 
mitid pensar en una nueva tentativa contraía Francia en unión con los demás 
aliados. Pero antes quiso dejar coronado rey de Hungría al archiduque José, y 
lo que es más, consiguió á fuerza de artificios quo se declarara aquella corona 
hereditaria en la casa y familia imperial de Austria, contra las leyes y contra 
la costumbre del reino de elegir sus soberanos; novedad que fué por muclios 
recibida con gran disgusto, y dio mas adelante ocasión á una guerra cruel* 

Apercibióse ya Luis XIV. del plan que contra él se babia ido fraguando en 
la confederación de Augsburgo, que basta ahora se había escapado á su pcrs* 
picaciay á la sagacidad de sus ministros. Trató entonces de conjurarle, pri- 
mero separando algunas potencias, halagando á unas con ofertas é intimidan- 
do á otras con amenazas; y después, cuando vio la ineficacia de aquella ten- 
tativa, proponiendo á las cortes de Viena y de Madrid convertir en paz ver- 
dadera y sólida la tregua de veinte años ajustada en Aquisgran. También le 
fueron desejhadas estas proposiciones: en vista de lo cual se preparó para la 
Ixha que veia amenazarle, con la estraordinaria actividad propia de su genio, 
y que tanto contrastaba con la lentitud alemana y española. Verdad es que el 
emperador continuaba todavía embarazado con la guerra do Turquía, y no le era 
á él decoroso solicitar la paz, por mas que á ello le instaba Garlos IL de Es- 
paiia. Ello fue que el francés se halló pronto para entrar en campaíSa antes 
qoelos imperiales y españoles hubieran bochólos oportunos preparativos, y 
con pretesto de la sucesión al arzobispado de Colonia, y de favorecer á uno do 
los pretendientes contra el otro á quien protegían el emperador, el rey de Es* 
paña y los Estados Generales de Holanda (4), penetraron sus trepasen los do- 
minios alemanes (1688). 

Pero ocurrió á este tiempo un suceso déla mayor gravedad, que hizo va- 
riaren gran parte la política de las naciones, y produjo no poca mudanza en 
las relaciones de algunas potencias europeas. El príncipe Guillermo de Orange» 
que, como dijimos, no habia entrado en la liga de Augsburgo por mas que lo 
interesaba envolver á la Francia en una guerra con los confederados, había 
hecho en sus Estados grandes armamentos marítimos y terrestres, cuyo ver- 



fl) E\ qoe estos últimos protegían era el fuoto arzobispo: el protegido de Luis XIV. 
friBcipeJosé de Daviera, beruQaao del di* era el carUcodl de Furstemberg. 



403 niSTORIA DE ESPARA, 

dadero objeto ocultaba y do le conocía tampoco el francés. Ahora se descubrió, 
bien á pesar de éste, cuál era su designio. El rey Jacobo 11. de Inglaterra, hom- 
bre de voluntad muy firme, pero de escaso talento, había intentado estable- 
cer en la Gran Bretaña el poder absoluto y el catolicismo que él profesaba, 
con manifiesto disgusto de la mayoría de sus subditos. Guillermo de Orange era 
so yerno, y estaba educado en la secta calvinista. Mantenía el statuder de Ho- 
landa secretas inteligencias con un gran número de ingleses descontentos, 
y por mas que Jacobo fué avisado del peligro que corría, lleno de ciega con- 
fianza menospreció los avisos creyéndose con fuerzas para ocurrir á cuaúto 
sobreviniese. Coando el de Orange lo tayo todo preparado, dióse á la vela con 
una' numerosa flota en que llevaba catorce mil hombres. Sin resistencia des- 
embarcó en Inglaterra, y en el momento se le incorporaron multitud de ingle- 
ses enemigos del rey. Abandonado Jacobo hasta de su propia hija segunda, ca- 
sada con el príncipe de Dinamarca, perdió toda su firmeza, y esclamando: 
cí/Grafi Dios, tened compasión de mi, pues mis propios hijos me abandonan 
con tanta crueidadh se embarcó y huyó del reino. El trono fué declarado va- 
cante; Guillermo convocó una convención nacional, y ésta, después de ciuchos 
debates, hizo un bilí por el cual se conferia la corona de Inglaterra al prínci- 
pe Guillermo de Orange y su esposa María, determinando él mismo el orden 
de la sucesión (4/. 

(I) Vida de Jacobo U. de Inglaterra.— gaido de ellos han dado logar I aquellos 
Jacques, Memorias.— Diarios de los Lores, desaciertos. He querido, señor, asegurar con 
—Diario de Glarendon. esta carta & V. W. Imperial, que no obstan- 
Al tiempo de partir de Oolanda el prinei- te las voces que puedan haber corrido, 6 
pe de Orange, dejó escrita al emperador la corrieren en adelante, no tengo Ut menor 
siguiente curiosa carta (que poseemos ma- intención de hacer agravio á la Magettad 
noscrita, y creemos inédita), por la cual se Británica, ni á los que tuvieren derecho i 
veri si los confederados tuvieron razón para pretender las sucesiones de sus reinos, y 
darse por engañados acerca de los planes aunmenosdea^derarmeyode tn atrona 
de aquel principe. d apropiármela. Tampoco es mi ánimo qoe« 
«Señor: no he podido ni querido faltar i rer estirpar ios católicos romanos, sino so- 
dar aviso i V. U. Cesárea de que las desave- lo emplear mis cuidados á componer Ion 
nencias que de algún tiempo á esta parte desórdenes é irregularidades que se han he— 
pasan entre el rey de la Gran Bretaña y sus cho contra las leyes de aqueUos reinos por 
subditos han llegado 4 tales estremos, que los malos consejos de los mal intenciona- 
estando eu vísperas de reventar con una dos. También procuraré que en u n parla- 
rotura formal, me han obligado á determi- mentó legiiimamente convocado, y com- 
liarme á pasar la mar i vivas y reiteradas puesto de personas debidamente ealiflcadas» 
instancias que me han hecho muchos pares, según las leyes do U nación, se arréglenlos 
y otras personas considerables del reino, asi negocios de tal manera, que la religión pro- 
eclesiásticas como seglares. Bame parecido testante con sus privilegios, y los derechos 
necesario llevar conmigo algunas tropas de de la clerecía, de la nobleza f del pueblo» 
caballería é infantería, para no quedar ex- queden enteramente seguros Debo su- 
puesto á los insultos de los que con sus ma- plicar á V. U. I. se asegure que emplearé 
ios consejos y las viaiencias que se han se- todo mi er edito para conseguir que tos c*i 



PAllTE III. LIBrO V. 409 

Esta revolución inesperadd privaba á Luis XIV. de un poderoso aliado, y 
hacia al nuevo monarca inglés daefío de todos loe reconos reunidos de Holán* 
da y de Inglaterra. Por otra parte los confederados se consideraban engañados 
poreldeOrange, cuya conducta trastornaba todos sus proyectos. El ejército 
francés del Rbin sitió á Philisburg y la rindió al cabo df veinte y cuatro dias 
de abierta trinchera. Después de lo cuál brindó Luis XIV. al emperador con 
la paz, y como éste no aceptara las condiciones con que se la ofrecía, continuó 
el francés sus conquistas, y se apoderó antes del fin del afio (4688) de Man- 
hein, Spira, Worms, Oppenhein, Tréveris y Frakendal. Espada armó su es- 
cuadra, diéronse instrucciones al marqués de Gastañaga que gobernaba los 
Paises Bajos, se refoneó el ejército de Cataluña, cuyo gobierno se dio al condo 
de Melgar, hombre apropósito para conciliar los ánimos que andaban algo al- 
terados con los escesos que la tropa cometía, y se recibieron de Italia cuantió* 
sos donativos para la guerra. 

Tuvo á poco de esto el rey Carlos II. la desgracia y la pena de perder á su 
amada esposa María Luisa de Orleans(42 de febrero, 4689}, víctima en pocos 
dias de una enfermedad aguda (4). La circunstancia de no haber tenido suco- 



iátieot romana de aquel rtino gocen de ría la conformidad con lo que pasan las trea 
Uiikeriad de eoneieneia, y queden libree religionea en el romano Imperio, donde por 
ie toda inquietud en cuanto á que lot ha- la pai de Weslfdlia adquieren el derecho de 
9»^depereeguir deaueade eu religión, nalaraleza.... Yoobserfo la propia máxi- 
y que eomo la ejerzan ein ruido y eon ma en mis ejércitos, y Vuestra Dilección 
medeslia no e»tén sujetoe á easligo algu~ en el mas glorioso manejo de su gobierno no 
■a. Be tenido siempre una muy grande eieloye de los puestos militares á ios oQcia« 
ewtion para todo género de peneeueion les católicos que io merecen, etc.»^Ambas 
«• materia de religión entre criilianot. cartas se encuentran entre los Papeles de 
Pillo á Dios Todopoderoso bendiga esta mi Jesuitas, pertenecientes boy á la Real Acá- 
nacerá intención, etc.— De la Haya á iG de de mía de la Historia, 
•etnbre, in6.--Se6oT: De V. M. 1. muy bu- (I) Tenemos á la vista copia de su lesla- 
BüUe y muy obediente servidor.— G. Prín- mentó otorgado el propio dia por don Ua^ 
cipe de Orange.» nuel de Lira, como notario mayor de los 

£1 emperador le contestó aplaudiendo reinos, 
n buen prop^iiilo de no intentar coáa al- No ba faiudo quien atribuya á envenc- 
gana «contra el rey de la Gran Bretaña^ namiento la muerte de esta princesa. Asi 
«oníra eu corona, ni contra loe que tengan lo indica el marqués de Louvilie en sus líe- 
iertcko á eucederle en eila.9 Le aplaudía moriae iecretas. £1 de Laíayette, en las su- 
también la intención de abolir las leyes pe- yas, no solo lo aQrma, sino que añade ha- 
■siss contra los católicos, y anadia: «Pero berlo sido por orden del Contejo de Etpaña, 
ne obligará mis Vuestra Dilecion, y mere- Pero ni estos escritores presentan, ni nos- 
ara loa aplausos de todo el mundo si allí otros hemos hallado, ni creémosse encuen- 

K poede concluir U obra de manera que d tren, documentos ni datos que autoricen á 
luminietroe de la religión del rey (los ca- tener por cierto, ni aun por verosímil, so- 
Vilicos) te lee permUa eervirle, y al reino mejaute crimen, y para tener derecho á que 
nlopomieo.tin que te lo impidan lat se crean cargos tan graves se necesita algo 
f*fei penalee. A Vuestra Dilección es noto- mas qu& acusaciones vagas. 



<fa HISTORIA HE ESPAÑA, 

sion, falta quo en general so achacaba más al rey que á la reina, hizo mas s'^n* 
sible su muerte álos españoles, porque sabían la esperanza que en ello fundaba 
el francés de heredar el trono de Castilla (<). Entre sus papeles reservados so 
afírma haberse hallado uno escrito en francés, y que parecia ser del rey sa 
tío, en el cual la exhortaba á qu?, pues la Providencia en su altísima sabidu- 
ría no habla querido darle sucesión, no apartara su corazón y su afecto de la 
patria en que había recibido el ser, y á que procurara aprovecharse del puesto 
que ocupaba para «sembrar, cultivar y establecer las ventajas de la Francia;» 
dábale consejos y lecciones de cómo había de conducirse con su esposo, y la 
instruía de cómo había de tratar á cada uno de los personages que manéjal bq 
los negocios del gobierno y de palacio, lo cual da en mucha parte la clave do 
la conducta de aquella reina (2). 

(I) Cantaba ya el pueblo una copla que «los dos estrenaos de queja y confianza; en 

decía.* <uno y otro hay peligro... Del conde de Oro* 

«pesa servios, pero no os Q6is.... Ilaced yos. 

Si paris, parís á Espafia; «Madama, el milagro que ha menester el 

Si no parís, i Paris. «conde para mantenerse en el valimiento, 

«pero no le permitáis que se desTie de la 

(9) Sentimos no poder insertar integro, «presidencia; fácil será persuadirle i que 

por 8tt mucha e^stcnsion, este interesante «le sobran fuerzas para todo, y áque la pre- 

documento. Pero no podemos dejar de tras* «sidencia es el velo que preserva al rey el 

críbir algunos de sus mas curiosos períodos, «escrúpulo encubriendo la privanza.... Cier- 

Despues de advertirla cómo habla de sa> «tos de que si hubiese tenido parte en el 

car provecho del natural temperamento y «execrable atentado del de Orango ha con- 

'costumbres del rey, le decía: «No menor «citado contra sí justa ó implacable la ira do 

«oportunidad para intentos grandes halla- «Dios... vue ivoá su pilcaros que le maní en- 

«róisenla inaplicación del rey á los negó- «gais, y nada podéis hacer por la Francia 

ccios: llamad ésta fortuna vuestra, pero no «que le importe más y quo le esté mejor. 

«culpa suya Crecido entre melindrosas «Al confcsur del rey tratadle con csii- 

«delícadezas de mugeres; doctrinado de un «macion, pues por su estado se le debo, y 

«maestro que en las escuelas y tribunales «entiendo que él también lo merece por su 

«habla estudiado solo cuestiones cabilosas y «doctrina, virtud y modestia; valeos de él 

«formalidades impertinentes, ¿cómo podia «para aGanzar la mejor sal¡>faccion del rey, 

«en tal fragua forjarse aquella vigorosa fuer- «condoliéndoos de sus descuidos, y para dis- 

«za de espíritu que pide para ser bi -n sostc- «ponerla vuestra ei^lo que hubiereis insi— 

«nido el peso de la gobernación? i^ervios de «nuado y viereis que se dilata.... 

«esic error para vuestros aciertos.... etc. cEn don Manuel de Lira podéis estar BC'- 

•Entícndo con mucho placer mió que ya «gura de que no se malogre nuestro favor, 

«en ese palacio se hallan bien establecidos «ni se aventure vuestra confianza: él es 

«los estilos y bien recibidas las modas fran- ahombre de grande alma, noble entcadi» 

«cesas.... De esto os deberá eterna gratitud «miento, bizarros espíritus, y condición ge- 

«la Francia, pues por solo complaceros han «nerosa; sabe lo que os debe, y si no pierde 

«abrazado anticipadanu'nle los españoles «su ser, uo puede ser ingrato; nada anic* 

«(depuesta ya su obstinación antigua) en «pondrá á vuestro gusto sino su honra; él so 

«hUt'Slro l[ age y nuestro idioma los princi- «codoce superior á su esfera.... Divisando 

apios de nuestra dominación «Oropesa los quilates de Lira, no quisiera 

«Don la reina madre Cünviene mantener «verle tan cerca del rey, y deseara un hom— 

cuna correspondencia indvp.niientc entre «brc que coolentáudose con ser sccrelajrio. 




PABTE \ll. LIBRO V. 411 

El deseo de tener sucesión movió á Garlos á pensar al instante en tomar 
nueva espos:i; bien que no sintiendo inclinación á ninguna, después de algunas 
gestiones mal conducidas por el obispo de Avila con la princesa de Portugal , 
(iejó la elección al emperador su tio, el cual por consejo de la emperatriz le 
designó á la hija del elector Palatino María Ana de Neuburg, hermana suya. No 
poso Garlos dificultad, y llevóse á cabo el matrimonio, en verdad no para bien 
del rey ni del reino. Porque sobre haber enviado á España una reina imperio- 
sa y altiva, ambiciosa de mando y avara de dinero, aquel nuevo lazo de unión 
entre las dos familias reinantes de la casa de Austria en la situación en que 
DOS encontrábamos con el francés, avivó la enemiga de Luis XIV., y le dio 
Doevo motivo, si él lo necesitara, para apresurarse ¿ declararnos la guerra 
(marzo, 4689). Correspondióle á su vez la^ieta de Ratisbona proclamándolo 
enemigo del imperio por las repetidas infracciones de los tratados de Munster 
ydeNImega, y enemigo además dolos príncipes cristianos por el favor que 
contra ellos daba al turco y á los rebeldes de Hungría, digno por tanto de quo 
k)dosse unieran para vengarse de él. 

■ybaeiendoblasOD de su criatora le iributa* «más, y alguoos á las de morir mejor. Dé* 

ese inalterable obediencia.... no lo permitáis «monos el parabién, Madama, de mirar en 

«Tas..... Pésame de no poder suplicaros ani- «este estado el Consejo de Estado de Es- 

«neis con vuestra autoridad é ingCDio los «pafia 

•oiedíos qoe no faltan i Lira para la opre- «Procurad cuidadosamente que en los 
«sion del conde, por que ya os be propuesto «cuatro puestos priocipales de Italia no so 
«la importancia de que se mantenga, y por «baga novedad (y da la razón de lo que ga- 
«qne no me atrevo á medir las líneas de Li- naria la Francia en hallar aquellos domi- 
na, poes animado de vos nada le parecería nios «desabrigados de capitanes, y fácil- 
«temeridad «menle movedizos los ánimos de aquellos 

«En el Consejo de Estado, ya .veis que «subditos)» 

«DO hay quien pueda servir ni embarazar «En Balbases hallareis habilidad y buen 

•vuestros designios, pero no es poco lo que «genio para cultivar el fruto de vuestras in« 

«adelanta los nuestros la flaqueza y desauto* «tenciones pero tened presente al hon- 

«rídad á que ba declinado un Consejo que «rarle que á su predecesor costaron la vida 

«era y debiera ser el primer móvil del orbe «las desconfianzas por la correspondencia 

«ic esa monarquía.... No faltan en ese Con* «con Rochelí (debe ser Richelicu) » 

«scjo de España hombres de largas y varias Sigue aconsejándola que procure estar 

«esperienciaa, de profundo discurso, de se- siempre bien informada de lo que pasa en la 

«gOTO juicio, de fundadas noticias y de co- cámara y gabinetes del rey, y concluye: 

«Bociffliento práctico de paises, negocios é «Retirad este papel á vuestro mas sellado 

cíBiereaes, ¿pero qué artífice no se desalien- «secreto; vivid para vos y para vuestra Fran- 

«la y atrasa los compases, si al medir las 11- «cia; mirad que en España no os aman, y 

«seas de los designios halla imposibles las «no os temen; que en los corazones flacos 

«ejecQciones f «se introducen con f<M:ilidad las sospechas, 

«Don Pedro de Aragón, como siempre, «y que no son menester fuerzas para una 

«anoqae mejorado con la disculpa que lo «crueldad.»— M^. de la Biblioteca Nacio^ 

«ian sus achaques. Osuna, convaleciente nal, H. li, fol 125.— SI acaso el documento 

«de sus accidentes, y templando los siusa- no fuese auténtico, al menos fué escrito por 

«bores de su casa con el gusto de su Casti- persona entendida y conocedora de ambas 

«Ua. Otros entregados é las reglas de vivir cérles. 



na tíisto:\iA DE espaSa* 

Abrió pues el monarca francés la campaña contra todos los confederados 
(mayo, i689), con aquella confianza que le daban sus anteriores triunfus, ea 
Flandes, en Cataluña y en Italia. Pocos progresos hizo aquel año el mariscal de 
flumiéres en Flandes. Mandaba las tropas holandesas el principe de Waldeck, 
las españolas el de Yaudemont, junto con el gobernador de los Países Bajos es« 
pañoles, marqués de Gastañaga. Hubo algunos combates, pero sin resultado de* 
c'sivo. Mas afortunado en la campaña siguiente el mariscal de Luxemburg, ga« 
nó la famosa batalla de Fleurus (ij> de julio, 4690) contra holandeses y espa- 
ñoles, en que los aliados tuvieron seis mil muertos y multitud de heridos, y 
dejaroq en poder del enemigo ocho mil prisioneros, cuarenta y nueve cañones» 
doscientos estandartes y doscientos carros de municiones de guerra. No fué 
menor la pérdida del francés, porque la caballería y la infantería de los oonf&« 
rados habia hecho prodigios de valor, pero quedó dueño del campo, y los núes* 
tros se retiraron á Bruselas. Unos y otros so reforzaron después; los aliados con 
las tropas del elector de Brandeburg, que tomó el mando de todas c^mo geno- 
ralísimo*, los franceses con los refuerzos que les enviaron el mariscal de Humi> 
resy el marqués de Bouflers. Pero ni unos ni otros se attevieron á venir á las 
manos en el resto de aquel año, aunque algunas, veces llegaron á ponerse ea 
orden de batalla, contentándose con exigir contribuciones, tomar ó demoler 
alguna fortaleza, destruir esclusas ó incendiar pueblos. 

Indudablemente Luis XIV. llevaba gran ventaja á todos los príncipes en la 
actividad, en la maña y en el sigilo con que lo preparaba y lo conducía todo. 
Tenia además por ministro de la Guerra á Louvois, el hombre mas activo quo 
se ha conocido jamás. Asi fué que á principios del año siguiente (4 694), cuando 
Guillermo de Orange.ya rey de Inglaterra, se encontraba en la Haya, donde 
vino á animar á los confederados ofreciéndoles el auxilio del poder inglés, y i 
acordar con ellos el plan de campaña contra Luis XIV.; y cuando en sus con- 
ferencias celebraban ya anticipadamente sus tiiunfos, quedáronse todos ab- 
sortos al ver aparecer un ejército de cien mil hombres delante de Mons, plaza 
de primer orden de Europa, descuidado como el que más el príncipe de Berghes 
su gobernador, que laguarnecia con unos seis mil, la mayor parte españoles. 
Aun no creía nadie que fuera su ánimo poner sitio formal aplaza tan fuerte, 
pero las operaciones que fueron viendo los desengañaron, y tanto fué lo quo 
apretaron el cerco, y tan reciamente atacaron la plaza, todo á presencia do 
Luis XIV. que lo inspeccionaba y dirigía con no poco riesgo de su persona , y 
tantas las bombas que arrojaron sobre la ciudad incendiándola en su ma^or 
|)arlo, y tanta la gente que allegó el monarca francés para impedir que la so- 
corriera el de Orange, que á pesar de h gloriosa defensa que hicieron casi es- 
clusivamentc Ids eipaúules renovando la Lsm proverbial de los antiguo;» tcr- 



PARTE llf. LIBRO V. 4l3 

cios, la plaza tavo qae rendirse con capitulación honrosa (8 de abril, 4694), y 
entró en ella el rey Lais, y la dejó gaamecida con coatro mil caballos y die2 
mil infantes. 

De esta importantísima pérdida capo macha culpa á nuestro gobernador 
de Flandes, marqués de Gastafiaga, hombre de mas vanidad que talento, y 
mas dado á hacer alardes de riqueza y de lujo que á buscar recursos de goerra 
y dirigir soldados: el cual con imprudente ligereza habia asegurado al rey Gui» 
Dermo que no habia cuidado alguno por Mons, qoe la defendian doce mil hom- 
bres, y sobraban medios para sostener un largo sitio. Irritóse mucho el rey de 
Inglaterra cuando supo elengafio, y asi se lo escribió á Garlos II.; pero soste- 
nía áGastañaga en Madrid don Manuel de Lira, confidente de la reina. Sin 
embargo, cada vez mas irritado el de Orange, volvió á escribir á Garlos en 
ténnmus tan fuertes, que costó al de Lira ser separado de sa puesto, y no tar- 
dó, como á so tiempo veremos, en morir de pesadumbre. En cuanto al rey 
Guillermo, fué y vino diferentes veces de Inglaterra á Flandes, mas aunque 
no dejaba de animar con su presencia las operaciones de la campafia, ni impi* 
dio que el mariscal de Luxemburg se apoderara de Hall (junio, 4691)» m am^* 
qoe Uegó á juntar un ejército de cincuenta y seis mil hombres, hizo otra cosa 
en el resto del verano y otoño que reforzar algunas plazas, impedir los progre- 
sos de los franceses, y volverse á Londres dejando el mando de las tropas al 
principe de Waldeck(4). 

Menos de gloriosa que de feroz tuvo la campaba del ejército francés que 
operaba en el Rhin. Mientras le mandó el brutal Melac, redújose á espediclo- 
nes vandálicas, repugnantes, y hasta sacrilegas, puesto que la rapacidad m-» 
saciable del soldado no perdonó por ir en busca del oro ni aun los sepulcros 
de los Electores, cuyas cenizas fueron arrojadas al viento con atroz barbarie. 
Los pueblos que ó no querían ó no podían pagar las contribuciones que les 
imponía el francés, eran reducidos á cenizas: de éstos se contaron mas de cin* 
cuenta. El delfín, que pasó después á mandar aquel ejército, tuvo el mérito de 
defenderse de cincuenta mil alemanes, divididos en tres cuerpos, que guiaban 
el Elector de Baviera, el de Brandeburg y Dumenvald. 

También en Italia peleó el francés contra nuestro aliado el daqoe de Sabo- 
ya. Por cierto que aun suponía el duque á Luis XIV. ignorante de que hubiera 
entrado en la liga con España, aun lo creía un secreto, cuando se vio sor^wen- 
dido por el mariscal de Gatinat que de improviso penetró en el Píamente con 
doce mil hombres, antes que hubiera podido recibir socorros del Imperio ni de 

i%) Memorias para la vida militar de pañas de Luis el Grande en Flandes.— Hislo* 

Lais XIY. -Colección de cartas para ilus- ría de las Provincias-Unidas.— Gacetas de 

trar la historia militar de su reinado.— Cam-^ Madrid de 1^90 y 91. 
ioilU iX« 8 



4 i O DISTORIA DE ESPA9á« 

había salido. Asi, por mas qne la defendió con bravura don José Agulló qae la 
guarnecía, Urgél tuvo que rendirse al francos, quedando prisionera de guerra 
toda la guarnición (42 de jnnio, 4G94), y siendo en su consecuencia traspor^ 
tados al Languedoc novecientos hombres de tropa, ciento treinta j seis ofí- 
cíales, y mil doscientos paisanos. Con este triunfo un cuerpo de tropas france- 
sas se atrevió á penetrar hasta las cercanías de Barcelona, mientras Noailles 
con otro se fortificaba en Bellver para observar los movimientos del enemigo. 
El duque de Medinasidonía no se mostró mas guerrero ni manifestó mas de- 
seos de dar batallas que su antecesor el de Víllahermosa, y eso que de Aragón 
le fueron enviados refuerzos, con los cuales reunía un ejército bastante supe- 
rior al francés. 

Foreste mismo tiempo una escuadra francesa de cuarenta velas, mandaba 
por el conde de Estrécs, se presentó en el puerto de Barcelona, y bombardeó 
la ciudad por espacio de dos días, aunque con poco daño. Después se hizo á la 
vela para Alicante con ánimo de bombardearla también, si el tiempo lo permí* 
tia: arrojó en efecto sobre la ciudad multitud de bombas, hasta que se avistó 
la flota de España que mmdaba el conde de Aguibr (29 de julio, 4692). En- 
tonces el de Estrées puso la suya en orden de batalla, pero de no querer acep- 
tarla dio muestras huyendo luego mar adentro, disparándole algunos cañonazos 
la española, aunque sin poder darle alcance (4). 

Tal era el estado de la guerra que la Francia sostenía en todas partes contra 
E^MLña y sus aliados, aparte de la que nos movia también en nuestras pose- 
siones de África y de América, escítando y ayudando á los moros y á los fili- 
busteros, cuando ocurrió en Madrid una de aquellas novedades que en estos 
miserables reinados causaban siempre gran sensación, y á las cuales se daba 
mucha importancia, á saber, la caída del ministro Oropesa. Apuntaremos las 
causas que prepararon y produjeron la caída de este ministro, en quien se ha- 
bían fundado tantas esperanzas. 

Las reformas que el de Oropesa había emprendido y ejecutado en lo tocan* 
te á la hacienda y rentas del estado, no habían dejado de ir aliviando lo& apu- 
ros del tesoro, y hubieran surtido mucho mejores y mas saludables efectos, á 
no haber dado la superintendencia de la hacienda á su primo el marqués da 
los Yelez, hombre bondadoso sí, pero de escasísimo talento, que por lo mismo 



(4) Feliú de la Peña, Anales de Gatalu- lot franceses, les decia, eserito de tu pufio: 

(a, lib. XXI. cap. 40 y 1l.»Arch¡Yo de la «Y podéis estar muy ciertos qae no alia r6 

eiadad de Baroelona*— Id. de la Diputación, la mano en cuanto fuere de vuestro alíTto 

— Ibid. Libro de las deliberaciones.— Cor- en la aOiccion en que os bailáis, como lo es- 

respondencia entre la ciudad y el rey.— En perimcniaréis de mi paternal carite á toA 

una carta, con motivo dei bombardeo de fieles y leales vasallos.» 



PARTE in. LIBRO V. 117 

fió la dirección de todos los negocios de su cargo á un criado ó dependiente 
suyo llamado don Manuel García de Bustamanle, sugeto dotado de cierta ame- 
nidad en el decir, pero sin ningún pudor en lo de medrar á costa de los nego- 
cios que manejaba. Este hombre, progresando en la escuela de inmoralidad 
que se habia abierto eo tiempo del duque de Medinaceli, llevó á un punto es- 
candaloso el tráfico en la provisión de ios empleos, inclusos los de justicia» y 
aun los de la iglesia, hasta llegar á venderse las togas y las mitras como en pú- 
Uica almoneda. Era voz común que se mezclaban como partícipes en este bo- 
chornoso tráfico, con no poca habilidad para hacer subir los precios de la gran- 
jem, don Bemardino deValdésy el marqués de Santillana, indigno de la lim- 
pieza de sus ilustres progenitores. El mas a geno á esta clase de negocios era 
el marqués de los Velez; acaso también lo era el de Oropesa; pero no asi la 
condesa su muger, no poco tildada de codiciosa, y de quien llegó á sospechar- 
se lo que casi es tan feo de decir como de hacer, que le alcanzaba una buena 
parte de las ganancias que en el abasto de la carne, mas cara de lo que era 
razón, reportaban unos negociantes llamados los Prietos. Al hablar de estos 
-manejos y de los de Bustamante esclamaba un escritor de aquel tiempo: «Si 
cesto se ve, se sabe^ se consiente, se tolera, y por último en vez de castigarse 
«ee premia; ¿qué estrafia nadie que llene Dios de calamidades á una monar- 
cqaía, donde el desorden» la injusticia, la sinrazón, la tirmía, la ambición y 
«el robo reinan? (4)» 

Ta no se contentaba Bustamante con ser rico; queria honores y posición; 
y lo logró, puesto que llegó á obtener plaza en el consejo de Hacienda, y luego 
en el de Indias, y aun aspiraba á cosas mayores. Semejantes escándalos dieron 
ocasión á todo el mundo para murmurar de Oropesa» y á sus envidiosos para 
trabajar por derribarle. Tenia enemigos fuertes, y habia sido muy descuidado 
en grangearse amigos. Culpábanle del retraso que sufrían los negocios, habien- 
do espedientes y consultas que estaban en su poder años enteros sin despa- 
char; y como el cargo, era fundado, fuéle menester desprenderse de la presi- 
dencia de Gaslilla, que hasta entonces se habia empeñado en conservar, y que 
le embarazaba y ocupaba mucho tiempo. Dióse aquella al arzobispo de Zara- 
goza don Antom'o Ibañez, y esto le atrajo nuevos y muy temibles enemigos. 
Fué él primero el confesor del rey, que lo era ya Fray Pedro Matilla, traído por 
el mismo conde de Oropesa á aquel puesto, donde nunca pudo prometerse lie^ 
gar: pero tuvo la candidez de inferir de unas palabras del ministro que iba á 
ser él el llamado ásucederle en la presidencia, resintióle el desengaño, y ven- 

(I) El autor de las Memoriat hittóricat manera los empleos, y que prodajeron e^ 
tne esto diee, cita nominalmente varias de pecial escándalo, asi en España, como ea. 
kft pcKSOfiis á «(^uieaes se dieron de esta Flaodus, cu ItaUa, y en las Indias. 



lis BISTORIA DE ESPASA. 

góse en indisponer al agraciado arzobispo con el de Oropesa. Uniéronse los dos 
con el condestable, el cardenal arzobispo de Toledo, el duque de Arcos y otros 
que ya eran enemigos del conde, y sobre todo con el secretario don Manuel do 
Lira, y todos conspiraban á hacerle caer ée la gracia del soberano. 

Sin repugnancia hubiera dejado el de Oropesa el ministerio á trueque de 
descansar libre de intrigas y de persecuciones, sin el ascendiente que sobre él 
ejercia la cqpdesa su esposa, muger altiva y soberbia, que no podia resignarse 
á vivir sin las consideraciones, sin el brillo, y aun sin el interés y el provecho 
que sabia sacar dé su alta posición. La muerte de la reina María Luisa de Or« 
leans, y la venida de la nueva reina María Ana de Neuburg, fueron dos verda- 
deros contratiempos para el conde y la condesa de Oropesa. Sobre padecer la 
rtina alemana accidentas, que en ocasiones la ponían ¿ morir, y obligaban al 
rey y á toda la servidumbre ¿ tratarla con el mas esquisito esmero y cuidado, 
y á no contrariarla en ninguno de sus caprichos y antojos, que eran muchos; 
sobre tener despierta una gran codicia, y ser de un genio dominante y alta- 
nero, y á quien por lo m<smo el rey, enfermo y flaco, no se atrevía nunca 
á disgustar, metióse de lleno en el manejo de los negocios, y púsose á la ca- 
beza del partido que habia contra Oropesa. Y como don Manuel de Lira se 
adelantara á ofrecerle todo su influjo y servicios, hízole la reina su instra*- 
mento y su confidente, y destinábale para su ministro. Con este apoyo arrojó 
ya el de Lira la máscara del disimulo con que hasta entonces habia encubier-* 
to su odio á Oropesa, y descaradamente le injuriaba y desacreditaba. Pero 
sosteníale todavía la reina madre, que menospreciada por la esposa de aa 
hijo, tenia interés en mantener al conde. 

El infeliz Carlos H. ola las murmuraciones y los chismes que cada uno le 
llevaba, y sin atreverse á romper ni con Lira ni Oropesa, ni contradecir á la 
reina madre ni á la reina consorte, contaba reservadamente, á la una y al otro 
k) que el uno ó la otra en secreto le decían, haciéndose de este modo el palacio 
un hervidero de cuentos y de intrigas de mal género, que más parecía casa de. 
vecindad que morada de reyes: porque lo mismo que las reinas, y que el minis- 
tro y el- secretario, obraban el confesor, y el condestable, y el presidente de 
Castilla, y todos los enemigos del de Oropesa. Daban armaay argumentos con- 
tra él los desgraciados sucesos de la guerra, que siempre se atribuyen al qne 
ocupa el primer puesto en el gobierno. Pero la pérdida de Mons en Flandes» 
de que antes hemos dado cuenta, y la culpa que de aquel desastre se descubrió 
haber tenido el marqués de GastaAaga, imprudentemente defendido por doi^ 
Bbnuel de Lira de las justas acusaciones que le hacia el rey de Inglaterra Gqí- 
llormo de Orange, produjeron la separación del de Lira antes de ver lograda 
^u dcóco de derribar á su rival. Fué, pues, relevado el de Lira déla secretan^ 



PARTE in. LIBRO V. 449 

ilel despacho universal, y aunqae se le dio una plaza en la camarade Indias, tú< 
ToIo, coma todo el mundo, por una especie de retiro mas ó menos honroso, y 
no podía sobrellevar el peso de ver asi burladas sus esperanzas (4). 

La caída de Lira retardó algo, pero ya no bastó á detener la del ministro, 
y poco t'empo pudo éste gozar de su triunfo. La reina, irritada con la sepa- 
ración de su confidente, redobló sus esfuerzos contra Oropesa, ayudada ahora 
^ el embajador de Alemania, y aun por el mismo emperador á quien logró 
interesar, ademas del confesor, del condestable, del presidente de Castilla y 
los otros personages que antes nombramos, los cuales todos asestaron contra 
él sos baterías. Por encariñado que el rey estuviera, como lo estaba, con Oro- 
pesa, no pudo resistir á tantos ataques; cedió al fin, y un dia (24 de junio, 
4694), le dirigió el siguiente papel escrito de su mano: «Oropesa: bien sabes 
»que me has dicho muchas veces que para contigo no he menester cumplí - 
«míentos, y asi, viendo de la nxanera que está esto, que es como tú sabes, y 
»que 8Í por justos juicios de Dios y por nuestros pecados quiere castigamos 
>con su pérdida, que no lo espero por su infinita misericordia, por lo que te 
nestimoy te estimaré mientras viviere no quiero que sea en tus manos; y así 
■»tá verás de la manera que ha de ser, pues nadie como tú, por tu gran juí- 
«cio y amor á mi servicio, lo sabrá mejor. Y puedes creer que siempre te 
'«tendré en mi memoria, para todo lo qu» fuese mayor satisfacción tuya y do 
utu familia. T asi verás sí ahora te se ofrece algo para que lo esperimentes do 
mná dignidad y afecto á tu persona.: — ^Yo el rey.» 

Cuando Oropesa se presentó á su soberano, y después de algunas reflezio« 
nes le manifestó que el único medio para que no se perdiera^en sus manos la 
monarquía era que le concediera el permiso para retirarse, le dijo el rey: «Eso 
quiertiíyy es preciso que yo me conformen Entonces se echaron mutuamen- 
te los brazos, y se despidieron tiernamente. A los dos dias salió el de Oropesa 
de la corte para la Puebla de Montalvan, lugar de su cuñado el duque de Ucea- 
da. El pueblo, amigo siempre de novedades, se alegró de la salida del minis- 
tro, á quien por entonces se echaban las culpas de todas las desgracias y de 
lodo lo malo que sucedía. Cuatro dias después de la retirada del conde hizo el 
rey consejeros de Estado á los duques del Infantado y de Montalto, á los mar- 
queses de Yillafra'nca y de Burgomaine, á los condes de^Melgar y de Frígíliana 
y á don Pedro Ronquillo, conde de Granedo y embajador de Inglaterra (S). 



(I) Papel que escribió al rey don Uanuel (3) El autor de las Uemorias histórieas 

'de Lira por mano de don Juan de Ángulo, insertasen el Semanario Erudito hace una 

en qoe se despide de la asistencia del des- triste pintura de los escasos méritos y corla 

yacho universal. En el Semanario Erudito capacidad de algunos de estos nuevos con* 

de Yalladarv^s; tom. XIV. sejeros, y cuenta lo que cada cual había sir^ 



1 



4^0 DISTOBU DB ESPAÑA. 

Fonnábanse diversos cálculos y jaicios acerca del fuluro gobierno, lo mis- 
mo qae antes sucedió cuando cayó del ministerio y de la privanza el duque de 
Medinaceli. Greian unos que el rey^ cansado y escarmentado de ministros y va- 
lidos que tQntos disgustos y tantos clamores suscitaban, se dedicaría por si m's- 
mo á los negocios, hallándose ya en edad bastante para poderlo hacer. Sospe- 
chaban otros, que mas acostumbrado á las diversiones que al trabajo y débil de 
complexión como era, cuando el estado de la monarquía necesitaba más quien 
con robustas fuerzas y discreción grande remediara las desgracias y las mi^ 
serías y los desórdenes que padecía, no era Garlos quien gobernando por si 
fuera capaz de evitar la ruina que amenazaba, ni veian tampoco sugetos 
bastante hábiles, íntegros y capaces á quienes pudiera fiar la gobernación con 
acierto. Unos y otros discurrían bien; porque los primeros dias se consagró 
ol rey á los negocios con una aplicación inesperada y casi increíble; mas no 
tardó en suceder al fervor el fastidio, y cayendo en el opuesto estremo de no 
resolver nada por sí y consultar á muchos, se abrió la puerta á un desorden 
mayor que todos los de antes, aprovechándole en utilidad propia y en dailo 
del Estado, la reina» el confesor, el presidente de Castilla y los allegados y 
servidores de éstos, algunos de los cuales era mengua y escándalo entonces, y 
ahora causa bochorno y rubor tener que nombrar. 

Pero el cuadro que ofrecia el palacio, y la corte, y el gobierno de la Espa- 
ila, si no halagüeño antes, lastimoso después de la caida de Oropesa, merece 
ser bosquejado aparte, por doloroso que sea al historiador amante de la honra 
y del decoro de su patria, 

do antes, y manejos á qae debió el bal^er franoa, el de Burgomaine, 7 el mismo Ron» 
subido á tan alto paesto. Entre ellos los h«- quillo, no obstante ciertos deCeolgs* 
hia may dignos, como ei marqués de VlUa- 



CAPITULO X. 



LA CORTE Y EL GOBIERNO DE CARLOS 11 



P^ M«t é t«S1f< 



lofloenclis qoe quedaran rodeando al rey.— La reina y sus confidentes, la Berlips y el 
GoJ«.-El conde de Baftos y don Joan de Ángulo.— Inmoralidad y degradación. - Ese a n- 
daloiOB noflubnmienioa para los allos empleos.— La Junta Uagna.— Debilidad del rey. 
—Busca el acierto y se confunde más.— Lacha de rivalidades y envidias eulre loa pala- 
ciegos.— Frivanza del duque de MontaUo.->Peregr¡aa división que hace del reino.— 
Monstruosa Junta de tenientes generales.— Medidas ruinosas de administración.— Con 
triboeion tiránicn de sangre.— Resultados desastrosos de estas medidas.— Carencia ab* 
solatade reoiirsoe.—éaspensioB de todos los pagos.— Estado miserable de la monarquía. 
— YigoroM representación del cardenal Portocarrero al rey.— Célebre consulta de 
noa Junta sobre abosoa del poder inquisitoriaL— Vislúmbrase el periodo dfe su de- 
eadencia. 



Solo momentáneameDte pudo el pueblo alearse de la caída de Oropesa» 
porque tardó muy poco en conocer que si la gobernación del reino no babia es* 
tado bien en las manos desgraciadas de aquel ministro, las influencias que 
qaedaron rodeando al monarca no solo no eran mas beneficiosas, sino mucho 
mas perniciosas y fatales. Orgullosa la reina con el triunfo de la salida de Oro- 
pesa, se contempló dueña absoluta y arbitra del rey y del gobierno. Y no era 
ya ]o peor su carácter imperioso y violento, caprichoso y avaro, sino la gente 
ruin de que estaba rodeada y aconsejada, que por lo mismo tuvo influjo en la 
saerte del pais, para desgracia del reino y mengua de este reinado. 

Era una de sus confidentes la baronesa de Berlips, ó Perlips (que de ambos 
modos la nombran los escritores y los documentos de aquel tiempo), mugei 
de no ilustre estirpe, pero que llevaba muchos años de estar á su servicio: 



^53 HISTORIA DE ESPAÑA. 

habíala traído dd Alemania» y el pueblo buscando un retruécano burlesco ¿ su 
título la llamaba por desprecio la Perdiz. Con ella trataba con cierta intimidad 
un Enrique Jovier y Wiser, alemán también, pero que habia servido en Por- 
tugal, y de alli habia sido espulsado con ignominia: su intrepidez natural y 
las relaciones de paisanage le abrieron entrada en el palacio de España, y era 
d que privaba con la Berlips: nombrábanle el Cojo, porque lo era en realidad, 
y las gentes tenian cierta fruición en designarlos por los apodos, como para 
mostrar que les merecían escarnio, f en verdad no eran acreedores á otra cosa 
por su conducta estos dos personages, cómplices y agentes de la reina en sus 
injusticias y en sus dilapidaciones. Ellos con sus malas artes lograron echar de 
España al jesuíta confesor que la reina habia traido de Alemania, porque los 
incomodaba y estorbaba su virtud, y en su lugar trajeron de alli un capuchi- 
no, el padre Chiusa, hombre como ellos le habian menester, y de tal concien- 
cia que no fuera obstáculo á sus fines. 

Ancha debia ser aquella para no oponerse al medio que los tres adoptaron 
para hacer en breve tiempo su fortuna, que era el no poner freno á su codi- 
cia ni guardar miramiento en la venta que hacian de los empleos, cargos y 
dig lidades, civiles, judiciales ó eclesiásticas, que todo se proveia de esa sola 
manera. Tolerábanlo de mal grado y con repugnancia los grandes, pero al ca- 
bo lo sufrían; que es una prueba de la degradación á que ellos mismos habían 
Tenido. Y aun hubo entre ellos quien, como el conde de Baños, debió á la inter- 
vención de aquellos dos favoritos su amistad con la reina, y las mercedes con 
que el rey le distinguió, de la grandeza de España, de primer caballerizo y da 
gobernador de la caballería, cosa que asombró á todos los que conocían la bue- 
na intención del rey, y las costumbres desenvueltas ééí de Baños. Por empeño 
de la reina y de su camarilla fué también nombrado secretario del despacho 
un don Juan Ángulo, hombre de tan corto entendimiento y de tan limitada 
capacidad, y tan inepto, que el rey mismo se burlaba de él llamándole su Jlfu- 
hf y solía decir á sus criados: Sabed que no me «a mal con mi Mulo, Y para 
que no faltara lado feo á la elección de tales sugetos, era pública voz y fama 
que habia comprado el Ángulo su destino por bastantes miles de doblones. 
Tal era el cuadro inmundo y repugnante que iba presentando el palacio de los 
royes de Gasiilla á poco tiempo de la retirada del ministro Oropesa (4694). 

Si se quitó el manejo de la hacienda al impudente Bastamente, no fué por 
pasarle á manos mas limpias, sino por ser hechura del ministro caído, y aun 
con ser un concusionario. público le dejaron la mitad de sus gages. Este golpe, 
junto con otros desaires que se hicieron al marqués de los Velez sq padrino^ 
obligaron á éste á hacer dimisión de la superintendencia, que á la tercera ins- 
tancia le admitió el rey (3 de enero, 4692), bien que dejándole en muestra do^ 



PARTE iU. LIBRO V. 123 

«o aprecio la {yresidencja de Indias. Confióse la administración de hacienda á 
den riego Espejo, qoe solo la lavo basta que por medio del .confesor de la rei- 
na logró el obispado de Málaga, qoe era lo qoe apetecía. Entonces se paso en 
80 logar á don Pedro Nafiez de Prado, sin méritos todavía para tan importante 
puesto, dándole desde entonces tan decidida protección qoe mny pronto le 
icé otorgada la merced y conferido el título de conde de Adanero. 

Quitóse también la presidencia de Castilla al arzobispo de Zaragoza don 
Antonio Ibafiez, qoe nanea tuvo ni méritos ni aptitud para tan elevado cargo. 
Hasta aqui Carlos II. no habia hecbo sino satisfacer todos los antojos de su es- 
posa; pero volviendo ahora en sí, y queriendo ya poner coto al imperioso pre- 
dominio de la reina, se reservó la elección del sucesor de Ibailez, y llamando 
secretamente á don Mannel Arias, embajador que era del gran maestre de la 
orden de San Juan en España, le manifestó su resolución f no admitiéndole 
réplica ni escusa. Dos consecuencias parecía deducirse de esta inesperada no- 
vedad que hirió vivamente la altivez de la reina; la una, que el rey habia sa* 
Ido de so habitual apocamiento y entrado en ana marcha resuelta y firme; 
la otra, que en lugar de las nulidades que basta entonces habían ocupa *o los 
Mtos puestos se comenzaba á buscar hombres de mérito y de capacidad, que 
por tal se tenia al Arias por un papel que babia escrito sefialando los remedios 
para muchos de los males y desórdenes de la monarquía. Pero ambas espe- 
nnzas se vieron desvanecidas bien pronto. Carlos que solo tenia pasageros 
momentos de cierta especie de energía, cuando se los dejaban de alivio sus 
enfermedades, aflojaba tan prouto como le volvían á molestar aquellas, y se 
abandonaba á sus inespertos ó interesados consejeros; y el Arias no tardó en 
acreditar que sobre no escederlos límites de una medianía, tampoco padecía 
de escrúpulos por mantener la pureza de su honra. 

Comenzó el Arias reuniendo con frecuencia y asistiendo á la Junta Mag^ 
90, que se componía de los presidentes del consejo de Castilla y del de Ua-^ 
cienda, dedos individuos de cada uno de los dos consejos, de otros del de Es-> 
tado, del confesor del rey como teólogo, y de un religioso franciscano llamado 
fray Diego Cornejo. A] cabo de muchas reuniones se espidió á consulta de la 
Janta Magna un real decreto para cortar el abuso y la prodigalidad que habia 
en la provisión de los hábitos de las órdenes militares, prescribiend) que en 
lo sucesivo no se propusiera á nadie que no hubiera servido en la guerra, con 
etn s condiciones que se señalaban (4 de setiembre, (4698), reservándose no 
obstante el rey conferirlos á sugetos de mérito especial y do calidad noto- 
ria (4). La medida era justísima, y el- abuso babía hecho indispensable lare- 

\f{ «RecoQuciendo (decía este docuiueuluj cuáuio ha descaecido la eslimactou do 



' 



iáV HISTORIA DE ESPAÑA. 

forma. ¿Mas como se cumplió el decreto? Los consejos le observaron los prime- 
ros meses, pero luego se fué relajando y confiriéndose hábitos á personas poco 
dignas, hasta venir á parar en que por influjo de la reina y de sus dos confi- 
dentes la Perdiz y el Co/ose diese, no sin costarle gran desembolso, á un tal 
Simón Peroa, arrendador del tabaco. La fortuna fué que el encargado de ha- 
cer sus pruebas, hombre incorruptible, é innaccesible al soborno con que le 
.tentaron, volvió por la dignidad de la orden justificando que el Peroa había 
sido peniteuciado por el Santo Oficio, y se suspendió su investidura. 

Otro tanto aconteció con otra providencia que hid^iera podido ser también 
muy saludable, la de abolir las mercedes de por vida. No hubo la firmesa nece- 
saria para resistir al favor de los poderosos cuyos intereses se lastimaban: las 
juntas se cansaron de ver que sus informes se desvirtuaban ante la debilidad 
y la condescendencia del rey, y la medida quedó sin efecto. Igual resultado 
tuvo la propuesta que hizo el duque de Montalto para que se suprimiese lo 
que se llamaba el bolsillo del rey, so obstante que él cedia desde luego los 
ocho mil ducados que por aquel concepto recibía. Ni el rey, ni otros magna- 
tes en ello interesados consintieron en privarse de aquel pingfle recurso. 

La disminución en que iban las rentas inspiró al corregidor de Madrid don 
Francisco Ronquillo un remedio singular y estraño, que el rey por sugestioa 
suya adoptó, ¿ saber^ el de traer á Madrid mil quinientos hombres del ejército 
de Cataluña y formar con ellos un cordón para que nadie pudiera entrar en la 



las órdenes mlUieres de Sntiago, Cahirata ras, sta que para ello oecesiteo naeta de» 
7 Alcántara, pues cuando en otros tiempos claracion. Obsenrándose las órdenes que 
era un hábito de ellas premio competente están dadas sobre el grado y tiempo de ser- 
de heroicas proezas en la guerra, hoy no se vicios qve han de ooncarrir precisamente 
tiene esta merced por remuneración aun de en el que pretendiere el hábito, quedando, 
los mas modernos serticios, á causa de lo solo á mi arbitrio el dispensarlos, ó por la 
común que se ba hecho este honor: y conTÍ- notoria calidad de las personas, ó por ma- 
niendo restablecer en su primilif o y anti- rito especial que los facilite; y también el 
guo esplendor las órdenes, cuyo instituto y conceder alguna merced de hábito de Cala- 
orígcn fué únicamente el de acaudillar y traTa ó Alcántara á quien le mereciese en. 
alistar la nobleza en defensa de la religión empleos politices, ó por el lustre de su san-» 
y de estos reinos, siendo al mismo tiempo gre.sin que ningún eonsejo ó tribunal pase 
susin8ignias4uslroso índice de las personas é proponerlos, menos de preceder órdea 
de talento y virtud: he resuelto que de aquí mía para ello: en cuyo cumplimiento se me 
adelante no se me consulte hábito ninguno dará cuenta del mérito y calidad de la perso- 
de las tres órdenes para quien no hubiese na, haoléndome presente esta resolución, 
servido en la guerra; porque mi voluntad es quedando tambiea á mi cuidado que las en« 
que sean para los militares, y que además comiendas que vacaren recaigan en los mi» 
de esta generalidad queden reservados los litares, para que se logre su mas propia j 
de Santiago, en honor y obsequio de este natural apUeacioa. Tendráse entendido pa- 
sauto apóstol, patrón, defensor y gloría de ra observarlo puntualmente donde locare. 
España, para los que sirven ó sirvieren en Madrid y setiembre ádefosa.*— En el tte^ 
mis ejércitos, armadai, presidios y fronte- manarlo Erudito de Valladares, tom. XLV^ 



PARTB 111. LIBRO V. 423 

capital sin registro. Déjase discurrir la odiosidad qae produciría esta medida. 

Aturdido y confuso e] buen Carlos sin saber qué giro dar á la administra- 
ción y despacho de los negocios, y queriendo huir de entregarse al valimiento 
de un primer ministro, cayó en el opuesto estremo de consultar, no solo á los 
vanos consejos y juntas, sino á personas particulares de fuera de ellas, al- 
gunas oscuras y sin nombre, y á veces pidiendo informes á los que sabia ser 
enemigos del que solicitaba ó del que propon ia un asunto, adhiriéndose al 
£ctámen que le parecía, y sin que el interesado pudiera muchas veces saber 
de quién pendía su recurso, ni en qué manos estaba. Y en medio de la confu- 
sion y el laberinto que este sistema produjo, viese con cuevo escándalo dar al 
llamado el Cofo los honores de consejero del de Flandes, con opción á ocupar 
la primera vacante de número que ocurriese. Y para mayor desgracia y apu- 
ro, estando las cosas en tan miserable estado acometieron al rey tan terribles 
accidentes que pusieron su vida en inminente peligro (4693). 

El cuidado y esmero con que le asistió en su enfermedad el conde de Mon« 
tcrrey por indisposición del duque del Infantado, sugentil-hombre de cámara, 
dejó tan agradecido á Garlos, que cobró á aquel magnate tanto carífio como 
repugnancia le había tenido antes, y le hizo del consejo de Estado. Pero esto 
mismo atrajo al de Monterrey los celos y la envidia de otros grandes, y muy 
especialmente del duque de Montalto, que tuvo mafia, no solo para neutrali- 
zar y desvirtuar ia nueva influencia, sino para alzarse con la privanza, n3 
faltando más que tener el nombre de valido. A poco tiempo de esto murió el 
marqués de los Velez (45 de noviembre, 4693), cargado de achaques y de pe- 
sadumbres, que habían llegado á trastornarle el juicio, dejando vacante la pre- 
sidencia de Indias (4). Murió también luego el duque del Infantado, que era 
somilier de Corps. Movióse con esto una viva lucha de intrigas entre los pre- 
tendientes á los dos cargos y los protectores y amigos de cada uno, tomando 
la parte mas activa en esta guerra la reina, el confesor, el de Montalto, el do 
Monterrey, el de Adanero, el almirante, el condestable, el conde de Benaven» 
te y otros, recayendo al fin la presidencia de Indias en el de Montalto, y la 

(1) «Foé bombre (dice el autor de las to que tenia.... Aanque su tal«oio do fu6 

Hemoríai eon temporáneas de que tomamos nunca capax para desempeñar los puestos 

estas noticias), de moderad^capacídad, de que ocupó, como tenemof en nuesiraSt^ 

grande bamanidad, blandura y cortesía, paña la mala cotlumbre dé iñw:ho$ añoi 

aonqoe contrapesada con una grande os- d etta paríe^ de que para loe mayor e§ 

tentación, y á las teces con gran soberbia, empleot $e haya de tutear, no la tu/lctrfH 

Tan poco atento á los intereses de su casa, cia, tino la grandeza ayudada del favor, 

que en medio de ser considerable suma la bebiendo tenido el marqués el de su madre, 

quegouüba con Um gages de sus puestos y que se bailaba siendo aya del rey, le fué fá^ 

Uf rentas desús estados, era necesario em- cil obtener para principio de su carrera el 

pefiarse por no alcaniar el desorden del gas- gobierno de Orio, etc.» 



U6 HISTORIA DE ESPAÑA. 

sumillería de Corps, por ruegos y lágrimas de la reina, en el de Benavente, y 
Quedando en alto grado quejosos y desabridos todos los demás no agraciados. 

Aunque el de Blontalto iba logrando cada dia mayores aumentos en la gra-* 
cia del rey, sin que nadie pudiera competirle en la preferencia, temia» sia 
embargo, cargar él solo con todo el peso del gobierno en el infe'iz estado en 
que se encontraba la monarquía, y temía también los peligros en que podían 
ponerle tantos émulos y rivales. Por tanto su primer pensamiento fué retirar- 
se; mas no resolviéndose á renunciar á las dulzuras del mando y á los halagos 
de la posición, inventó un medio muy peregrino para contentar á sos princi* 
pales enemigos y envidiases, que fué proponer al rey so pretesto de compar- 
tir los trabajos del reino ¿ que le era imposible acudir él solo, dividir el reino 
en cuatro grandes porciones ó distritos, distribuyendo el mando superior de 
ellos entre él, el condestable, el almirante y el conde de Monterrey. El mo- 
narca estimó la propuesta, y en su virtud expidió un decreto nombrando al 
condestable teniente general y gobernador de Castilla la Vieja, al duque da 
Montalto de Castilla la Nueva, al almirante de las dos Andalucías, Alta y fiaja» 
y de las islas Canarias, y al de Monten ey de los reinos de Aragón, Navar« 
ra, Valencia y Principado de Cataluña. Mas no permitiendo al de Monterrey 
sn quebrantada salud el desempeño de aquel cargo, hízose nuevo repartimiea- 
to, señalando al de Montalto los reinos de Aragón, Navarra, Valencia y Prin- 
cipado de Cataluña, al condestable el de Galicia, el Principado de Asturias y 
las dos Castillas, y al almirante las Andalucías y Canarias. La autoridad do 
estos cargos era superior á la de todos los tribunales y consejos, y á la de to- 
dos los vireyes y capitanes generales, y era poner al rey como en tutela, y 
hacerse cada uno una especie de patrimonio de la parte de monarquía que so 
le adjudicaba. 

Con tan estravagante ¡dea creyó el de Montalto recoger muchos aplausos; 
mas lo que sucedió fué que los consejos y tribunales protestaron, algunos ge-* 
nerales y vireyes hicieron dimisión de sus empleos, y se movió un descontento 
y una irritacioú general. Ellos, sin embargo, entraron en el ejercicio de sus 
monstruosos cargos, celebrando dos reuniones por semana, y acordando en 
una de las primeras que se formara una junta de ministros á Qn de que arbi- 
trara los recursos necesarios parala guerra. Esta juqja, en que no faltaron los 
dos eclesiásticos de la Junta Magna, el confesor y el franciscano Coi nejo, des- 
pués de muchas y frecuentes conferencias, acordó: 4 .<> que no se pagase mer- 
ced alguna en todo el año 4694: 2.° que por el mismo año, no obstante ha- 
berse sacado en el anterior un cuantioso donativo á todos los consejos, gran- 
des y títulos, cedieren todos los empleados del Estado, inclusos los minis- 
tros, la tercera parte de sus sueldos: 3,o que se pidiese un donativo general 



PARTE 111. LIBUO V. 427 

en lodo él reino, sin escepcion de personas, siendo de trescientos ducados el 
de cada título, de doscientos el de cada caballero de las órdenes, y contribch 
yendo los demás en proporción á su fortuna. Se sometió á varios ministros la 
cobranza de este- impuesto, y fueron las únicas resoluciones que tomó aquella 
jauta (4). 

La que se llamaba de los Tenientes, discurriendo cómo y por qué medios 
levantaría gente para la guerra que en Cataluña como en todas partes conti- 
nuábamos sosteniendo contra la Francia, determinó que en todas lasciudades, 
villas y lugares del reino se pidiera y sacara un soldado por cada diez vecí- 
m», mandando á las justicias y regidores que tuvieran toda esta gente dis- 
puesta para principio de marz(f (4695). Levantó esta medida un clamoreo uní 
versal en el reino, llevó la congoja y la perturbación ¿ las fomilins, y llovieron 
quejas, representaciones y protestas contra ella. Pero á todo se hicieron sor- 
dos los reyezuelos de la junta, ni atendieron á másqoe ¿'hacer ejecutar y 
cnmplir su tiránico mandamiento. A su vez la mayor parte de aquellos á qoi^ 
Bes tocaba la suerte se iban fugando, y para evitar este mal y no verse com« 
prometidas las justicias metian en prisión á los que caian soldados; mas como 
faese preciso mantenerlos, y acudieran los corregidores á loe de la junta para 
que proveyeran el medio de sustentarlos, respondíanles, que le buscaran ellosm 

Fueron por último enviados á las provincias los oficiales destinados á re- 
coger la gente; pero sucedia que á Madrid, donde habian de reunirse, no lle- 
g9ban la mitad de los que salían de los pueblos, y á Cataluña no llegaba la 
coarta parte de los que habian salido de- Madrid. En el desorden é imnorali- 
dad á que había venido todo, se averiguó que los mismos oficiales facilitaban 
la fuga á los que se la pagaban bien. Y en esta malhadada conscripción se 
consumió, no solo todo el producto del donativo, sino además lo poco que ha- 
bía en las arcas del tesoro (2). 

A mayor abundamiento reinaba la discordia entre los mismos tenientes, en 
particular entre el almirante y el de Montalto, protegido aquél por la reina y 
él confesor, apoyado éste en el afecto y en la confianza'del rey, y gozándose 
en ello el condestable, y fomentando con mafia y sagacidad la mal encubierta 
rivalidad de sus compañeros. Por otra parte los consejos no dejaban de tra- 
bajar contra el de Montalto, autor y causa de la postergación en que se 



(I) Decreto de Cirios 11. exigiendo la ter- (9) tDe manera, dice un escritor coniem- 
eera parte de los sueldos de todos los em- poráneo, que á la hora presente do bay ni 
pieos para atender i las necesidades de la dinero, ni efecto pronto de que poderse ser- 
guerra.— HS. de la Biblioteca de la Real vir, asi como ni tampoco asicoio bccbo, nt 
Academia de la Historia, Archito de Sala- p^ra las asistencias de Milán, ni para las de 
lar. Est. 14. Flandes, ni para las de Cataluña.» 



ÍÍ8 TUS ORIA OE ESPAÑA. 

Veían, y él mismo con su conducta se iba endgenando las simpatías qae áfitcs 
habia tenido, tratando y respondiendo con severidad y aspereza á los preten- 
dientes, difícallando y casi cerrando á todos, aun & los mas amigos, el acceso 
al rey, y no queriendo auxiliarse de nadie para sus trabajos, como quien pre- 
sumía bastar él solo para todo, siendo la verdad que todo lo tenia atrasado, 
con lo cual se fué haciendo tan aborrecible como habia sido apreciado antes. 

Consumidos los producios del donativo forzoso, y no habiendo ron qué 
B'^udir ¿ las necesidades de la guerra de Catalufla, formóse ¿ propuesta del 
duque otra junta de ministros y teólogos presidida por él mismo, para tratar 
de si convendría emplear de nuevo el propio arbitrio; y reconocida la noces!*» 
dad por la mayoría, expidió el rey el decreto correspondiente. Has en tanto 
qae se obtenían los resultados, que no podían ser en manera alguna muy satis- 
factorios, llamó la junta de los Tenientes al presidente de Hacienda para ver 
con qué recursos podría contarse de pronto. Hiciéronle sentar en un banquillo 
que le tenían prevenido, de cuyo tratamiento él se quejó ágríamente, diciendo 
que si no por su persona, por la dignidad del ministerio que ejercía, y del rey 
¿ quien representaba, merecía ser mas considerado: mas ni por eso modera- 
ron su orgullo aquellos soberbios magnates. D9 la conferencia no ncaron otro 
fruto que la ninguna esperanza de los recursos que necesitaban. Asi fué que se 
dieron órdenes para que no se pagaran libranzas, juros, ni rentas algunas, y 
solamente logró cobrar alguno que se valia del favor y la influencia de la Ber- 
lips, y en verdad qae no alcanzaría de valde este privilegio. 

En situación tan apurada, estrecha y miserable, llegaban cada día aJ rey 
correos y despachos de Hilan, de Flandes y de Cataluña (4696), dando aviso 
de las numerosas tropas francesas que, ó se estaban esperando en aquellos 
dominios, ó los habían invadido yá, y de las necesidades que allá se pade- 
cían, y de la imposibilidad de defenderlos si no se remediaban. Has como esto 
pertenezca ya á los sucesos de la guerra, de que habremos de dar Cuenta en 
otro capítulo, reservárnoslo para el lugar á que por su naturaleza corresponda* 

Sobre este infeliz estado de la monarquía habia llamado ya algunas veces 
la atención del no menos infeliz monarca el arzobispo cardenal Portocarrero, 
que en enero de 4695 le había dicho entre otras cosas, que era muy conve- 
niente salieran de Hadrid los sugetos que estaban destruyendo los pueblos» 
erque son, decía, los que nombré á V. H. en 44 de diciembre de 4694 en el 
»Consejo de Estado que se tuvo en su real presencia; y sería en mi culpable 
»omisíon no repetir á V. M. mí rendida súplica para que esta gente salga do 
»los dominios de V. H., y en lo restante se dé planta convenidle para qoe 
» estos reinos no se vean en el abandono que hoy se consideran, reconocicn- 
»dose destruidos y arruinados, no por el servicio de V. H. sino por superfluH 



PARTE UI. LIBEO V, kii 

edades y disposiciones indignas» estando atropellada y vendida la justicia f 
9 lesperdiciada la gracia, debiendo ser éstas, bien dispensadas y observadas^ 
>la base fundamental con que se aliente el amor y servicio de V. M., que co^ 
fimo tengo dicho» ambas contribuyen á la total enagenacion del cora2on de 
«los vasallos, que es la mayor pérdida que V. H. puede haber; y están hoy 
•desesperados de lo que ven, tocan y padecen, no conviniendo afligirlos más, 
Bpoes públicamente y sin reserva alguna están discurriendo muchas noveda-* 
>d^, y con el celo de mis grandes obligaciones á V. M. no puedo omitir ha* 
»cer personalmente esta representacipn...» etc. (4).i» 

Y como en vez de disminuir observase el prelado que crecian los desórde- 
nes del gobierno y las calamidades públicas, dirigió al rey en 8 de diciembre 
de 4696 otra mas estensa y mas enérgica representación, en que por menor y 
C(m toda claridad le iba señalando las causas de los males. «Han nacido éstos, 
■ledecia,de la candidísima conciencia de V. M.,' que deseando lo mejor, ha 
«entregado su gobierno total al qile la dirige y encamina.» Pasaba luego r^* 
vista á sus confdsores: decia de Fr. Francisco Reluz que dirigia con acierto 
las cosas, paro que los'poderosos enemigos de la reina madre le apartaron do 
salado para atraer al padre Bayona, hombre docto y resuelto, aunque exce* 
sivamente contemplativo, el cual murió luego. Que su sucesor el P. Garbo- 
Dell, varón docto y santo, habia encontrado ya el daño muy arraigado, y por 
no poderle remediar se retiró á su obispado de Sigüenza. Que luego vino el 
P. Matilla, causa de la ruina de S. M. y del reino: el cual, después de haber 
abusado como director de la conciencia del rey para derribar al ministro Oro-> 
pesa, y quedando dueño absoluto del gobierno, se man tenia en él aterrando 
al timorato monarca con ejemplos artificiosos sacados de Dios y de Luzbel, y 
ooD sutilezas sofísticas, confundiendo lo humano con lo divino; que con maño-» 
sas artes se habia granjeado la gratitud de la reina y dominádola hasta dis** 
ponerá su antojo de los destinos de palacio, y pasar por su mano la provisión 
de todos los empleos públicos* 

Que solo por antojo y por interés del confesor se habia dado el escándalo 
de traer á la presidencia de la Hacienda á un hombre tan oscuro como don 
Pedro Nuñez de Prado, simple comisionado de un arrendador (decia el arzo« 
bispo), haciéndole luego, con general asombro, conde de Adanero y asistente 
de Sevilla {%). Que el tal Nuñez de Prado habia quitado á todos sus^haciendas, 



(1) M9.de la Real Academia de la Bis- como el prelado decia. Hijo de una familia 

toria, Papeles de Jesuítas. acomodada de Valladolid, habia seguido una 

S No era exacto que Nufiec de Prado carrera y desempeñado un cargo de admi-' 

hubiese sido un simple comisionado de un nistracion en Salamanca. Ciertamente nadxr 

arrendador, ni que fuese hombre Kn oscuro esperaba que pudiera ser elevado tai> proik 

iOMO iX« 9 



130 HISTORIA DB BSPAf!A. 

suprimido todas las mercedes á viadas y huérfanos otorgadas por servicios 
hechos á S.M., negado el pago de las libranzas mas legítimas, y hecho otras 
tiranías que arrancaban á todos el corasen. Qne en el reino no faltaban rique* 
zas, cándales, plata, joyas y tesoros, pero que el miedo lo tenia todo escon- 
dido. Que siendo las mismas las rentas reales, pues no se habia. suprimido 
ningún tributo, por lo menos entes habia una armada permanente y se man- 
tenían ejércitos en Flandea, Milán, Cataluña, las Castillas y Galicia, y ahora 
todo habia desaparecido, perdiéndose no solo los erarios reales, sino otro 
principal erario de los reyes, que es el pmor de sus vasallos; todo por culpa 
ade ese fiero y cruel ejecutor de las tiranías del Padre Malilla.» Que no sa- 
tisfecha la hidrópica ambición del confesor y de Adanero, habían elevado á 
los mas altos cargos á sus amigos, y los ministrps y consejeros volaban lo quo 
ellos querían; que no contentos con mandar en España, dispon ian de to- 
dos los empleos del Nuevo Mundo; y que este genero de misteriosa privanza 
procuraban conservarle entreteniendo á S. M. con juegos, músicas y jar* 
diñes. 

Finalmente, después de enumerar el cardenal varios de los otros males 
que nosotros hemos apuntado, concluia diciendo que el deseen lento y las que- 
jas de toda la nación se desahogaban en escritos, papelones é invectivas, quo 
era urgente poner remedio ¿ aquel estado, y oír una vez los justos lamentos do 
tantos y tan leales vasallos (4). 

Aqui terminaríamos la reseña que en este capítulo nos propusimos hacer 
de la corte y del gobierno de Garlos II. en este período, si po nos llamara la 
atención un importantísimo documento sobre una de las graves materias y 
asuntos de Estado de aquel tiempo, del cual nos imponemos gustosos el deber 
de dar cnenta á nuestros lectores, porque él revela con no poco consuelo la 
ideas que ya germinaban en las cabezas de los hombres ilustrados, en una 
época que parecía toda de ignorancia, de fanatismo y de hipocresía. Es un es* 
tenso y luminosísimo informe que dio á Carlos II. una junta especial que el 
rey formó para que emitiese su dictamen acerca de las competencias quo 
tiempo habia se venían suscitando entre el tribunal de la Inquisición y los 

to á empleo Uo alto eshio el de gefe supe- U ean. Aun del informe del anobitpo he-* 
rior de la hacienda, y en su deeempefto dio moa omitido algunos párrafos que no pare- 
sobrado pábulo á la censara pública. Pero oen propios de la pluma y de la mesura do 
sospechamds que el arzobispo cardenal re- un primado de Espafta. 
cargó con Untas demasiado negras el retra- (I J Consulta del cardenal Portocarrero; 
to de este personage, especialmente en lo Papeles de Jesuítas pertenecientes á la Real 
relativo á la humildad y oscuridad de su Academia de la Historia, MS. núm. i5.— 
origen y nacimiento, según hemos tenido Manuscrito de la Biblioteca nacionvi, seA»* 
ocasión de ver en los papeles del arcbifo de lado R. 54» 







•PARTE IIK LIBRO V. I3í 

consejos reales sobre puntos de jurisdicción, y sobre las facultades y privile» 
gios qae el Santo Oficio iba usurpando, y arrogándose en todas las mate-* 
rias, para tomar el rey, en vista de so informe» la resolución mas cou'^ 
Teniente. . 

lejanía, después de examinados los antecedentes que obraban en los 
consejes de Castilla, de Aragón, de Italia , de Indias f de las Ordenes, decia: 
■Reconocidos estos papeles, se baila ser muy antigua y muy universal en te- 
sáoslos dominios de V. M., en donde* hay tribunales del Santo Oficio, la tur- 
cbacion de las jurisdicciones, por la incesante aplicación con que ios inquisldo- 
«res han porfiado siempre en dilatar la suya con tan desarreglado desorden 
ten el oso, en los casos y en las personas, que apenas ban dejado ejercicio ála 
«jurisdicción real ordinaria, ni autoridad álos que la administran. No hay es- 
specie de negocio, por ageno que sea de su instituto y facuHadee, en que con 
«cualquier flaco motivo no se arroguen el conocimiento. No hay vasallo por mas 
«independiente que sea de su potestad, que no lo traten como á subdito in- 

«mediato No hay ofensa casual, ni leve descomedimiento contra sos do- 

«mésticos, que no le venguen y castiguen como crimen de religión... .No so- 

«iamente estienden sus privilegios á sus dependientes y familiares no Icd 

«basta eximir las personas y las haciendas de los oficiales de todas las cargas 
«y contribuciones públicas, por mas privilegiadas que sean, pero aun las casas 
«de sos habitaciones quieren que gocen la inmunidad de no poderse estraer do 
«ellas ningunos reos.... En la forma de sus procedimientos y en el estilo do 
«sos despachos usan y afectan modos con que deprimir la estimación do 
«los jaeces reales ordinarios, y aun la autoridad de los magistrados superio- 
«res; y esto no solo en las materias judiciales y contenciosas, pero en los pan- 
«tos de gobernación política y económica ostentan esta independencia y dcs^ 
«conocen la soberanía.» 

Hacía luego la junta una curiosa y erudita resefia histórica de los eScesOs y 
abusos cometidos por los inquisidores en su afán de invadir los derechos y 
atribuciones de la autoridad real y de la potestad civil, desde la creación del 
tribunal de la Fé hasta aquellos dias; recordaba las competencias que en cada 
reinado se habian motivado on materia de jurisdicción; enumerábalas diferen- 
tes medidas que para contener aquel espíritu invasor habia sido menester to- 
mar en cada época; quejábase de la inobservancia de aquellas providencias por 
parte de los inquisidores; lamentábase de la frecuente estralimitacion de sus 
facultades, de la usurpación de inmunidades y privilegios, del abuso que h^ia 
hecho siempre de las censuras y de sus ilegales y tiránicos procedimientos; de- 
mostraba que no tenia la Inquisición otra jurisdicción en lo temporal que la 
que los reyes le habian dado y le podian retirar, y que lo qoe en otro tiempo 



babia otorgado una piedad conñada podia ahora mejorarlo una esperíencla ad- 
vertida; y concluia diciendo: 

«Señor: reconoce esta junta que á las aesproporctones que ejecutasen los 
«tribunales del Santo Oñcio corresponderían bien resoluciones mas vigorosas* 
«Tiene V. M. muy presentes las noticias que de mucho tiempo á esta parta 
«han llegado y no cesan de las novedades que en todos los dominios de Y. M. 
«intentan y ejecutan los inquisidores, y de la trabajosa agitación en que tienen 
«á los ministros reales. {Qué inconvenientes no han podido producir los casos 
«de Cartagena de las Indias, Méjico y la Puebla, y los cercanos de Barcelona y 
«Zaragoza, si la vigilantísima atención de V. M. no hubiera ocurrido con tem- 
«pestivas providenciasl Y aun no desisten los inquisidores, porque están ya 
«tan acostumbrados á gozar de la tolerancia, que se les ha olvidado la obedien*- 

«cia A la junta parece, por lo que V. M. so ha servido de cometerla, que 

«satisface á su obligación proponiendo estos cuatro puntos generales: Que la 
«Inquisición en las causas temporales no proceda con usuras: Que si lo hiciese» 
«usen los tribunales de V. M . para reprimirlo el remedio ée las fuerzas: Quo 
«se modere el privilegie del fuero en los ministros y familiares de la Inquisición 
«y en las familias délos inquisidores: Que se deforma precisa á la mas brevo 
«espedicion de las competencias. Estoserá mandar V. M. en lo que es todo 
«suyo; restablecer sus regalías; componer el uso de las jurisdicciones; redimir 
«de intolerables opresiones á los vasallos, y aumentar la autoridad de la In- 
«quisicion, pues nunca será mas respetada que cuando se vea mas contenida 
«en su sagrado instituto, creciendo su curso con lo que ahora se derrama sobro 
«las márgenes, y convirtiendo á los negocios de la fé su cuidado, y á los ene- 
«migos de la religión su severidad, Este será el ejercicio perpetuo del Santo 
«Oficio; santo y saludable cauterio, que aplicado á donde hay llaga la cura, pe*» 
«ro donde no la hay la ocasiona (I).» 

Semejante consulta hecha á un monarca tan supersticioso como Garlos II. 
y tales doctrinas emitidas por una junta de hombres doctos á los diez y seis 
años de haberse ejecutado el célebre auto de fé de la Plaza Mayor de Madrid , 
podían sin duda considerarse como el anuncio de que la casi*omnipotencia in- 
quisitorial, que llevaba mas de dos siglos de un predominio siempre creciente» 
iba á entrar en el periodo de su declinación y de su decadencia 

(I) Colección de leyes y reales cédulas; abandante y provechosa copia de datos, que 
Eeinado de Carlos 11. MM. 88. de la Biblio- á pesar de su mucha estension nos hemo» 
teca de la Real Academia de la Historia, to* decidido á darle por apéndice á la historia 
mo XXX.— La consulta es de SI de mayo de este reinado, mucho mas cuani!o no stt- 
de 1696. hemos que haya sido dado basta ahora i la 

Es tao importante este documento, y es- estampa, y Uamamos hacia él la atención do 
U escrito con tanta erudición y con tan nuestros lectores* 




UNTÓLO XI. 



GUERRA CON FRANCIA. 



9« i«9t é t«#V^ 



CampaSts de Plandes.— Asiste Lufs XIV. en penona al sillo y conquista de Namor.-" 
Derrota Loxemburg á los aliados en 8teiDkerque.-r-Desastre de U armada francesa en 
la Bogue.— Célebre triunfo del ejército francos en Neerwinde.— Victoria naral del al- 
mirante ToiirvUle.— Mnerle de Luzembnrg: socédele Villeroy.— Recobran los aliados ft 
Namur.— Campaftas de ltalia.-^Triunfos de Catinat.— Tratado particular entre Luis XIV. 
7 el dnqne de Saboya.— Campaftas de Catalufia.— Vireinato del duque de Vedínasidonia. 
—Piérdese la plaza de Rosas.— Vireinato del marqués de Villena.— Derrota de los espa* 
Soles orillas del Ter.— Piérdense Gerona, Hostalrich y otras plazas.— Virelnato del mar* 
qvés de Gastafiaga.— Proezas de los miqueletes.— Recibe grandes refuerzos el ejército 
español.— Es derrotado orillas del Tordera.— Vireinato de don Francisco de Velasco.— 
Sitio y ataque de Barcelona por los franceses.— Flojedad y cobardía del Yirey.— AYdor 
de los catalanes.— Barcebna se rinde y entrega at duque de Vendóme.— Tratos y nego- 
ciaciones para la paz general.— Capítulos y condiciones de la paz de Rlswick.— Deseen-» 
fianza de que descanse la Europa de tantas guerras.— Objeto y miras del francés en el 
tratado de paz de Risvick.. 



La guerra que con los ejércitos de Luis XIV . estábamos hacia afios soste- 
nicDdo en todos los dominios españoles, y que dejamos pendiente en 1 691 , con- 
tinuó mas viva al año siguiente, cuando á la falta ordinaria de recursos en que 
babitualmente estábamos se añadía la desgracia de haberse perdido la mitad 
4e la flota que venia delndias, con ocho millones con que se contaba para la 
fróxima campaña. 

£1 poderoso monarca francés, que deseaba acabar de aniquilar nuestra po->^ 



134 IlISTOUIA DE ESPAÑA. 

toDcia para sujetarla después sin obstáculo al designio que sobre ella tenia, na 
'abrigando ya temores, nr por la parte de la Alemania ni por la de Saboya, re- 
solvió caer con el grueso de sus fuerzas sobre Flandes y sobre Cataluña, ha- 
biendo además equipado dos poderosas notas, la una con destino á obrar en el 
Occéano ó impedir que pasaran á Flandes tropas de Inglaterra, la otra en el 
Mediterrán.eo para estorbar que entrasen convoyes en España. Quiso mandar 
él mismo en persona el ejército de los Paises Bajos, con el cual puso sitio á Ná-t 
mur (mayo, 4692), que defendía el principe de Barbanzon con ocho mil dos-^ 
cientos españoles, alemanes, holandeses é ingleses. Encomendó, como acostum* 
braba, la direiccion de las operaciones del sitio al famoso ingeniero Vauban, y U 
plaza fué rendida (junio) después de una defensa vigorosa, sin que pudieran s(h 
correrla el príncipe de Orange, rey de Inglaterra, y el elector de Baviera, quo 
mandaban las tropas de los aliados. 

Después de algunos movimientos y de haberse estado algún tiempo obser-* 
vando los ejércitos de Francia y los déla confederación, dióse al fin una saa- 
grienta y famosa batalla en un lugar llamado Steinkerque (3 de agosto, 4692), 
ó por mejor decir, muchos sangrientos combates en un mismo dia, ppesto qu& 
on cada uno de ellos se tomaban y recobraban baterías espada en mano, y caiaa 
á las descargan regimientos enteros ; sin que tal mortandad sirviera para otra 
cosa que para acreditar el valor y la inteligencia de los dos generales (era eldo^ 
los franceses el mariscal de Luxemburg), para sacrifícar ocho ó diez mil hom- 
bres de cada parte entre muertos y heridos, y para llevar el luto y el llanto al 
seno de muchas familias distinguidas. Por lo demás los dos ejércitos se retira- 
ron á sus respectivos campos, sin que ninguno de ellos pudiera templar el dolor 
de tanta pérdida con la satisfacción del triunfo. Lo demás de la campaña de 
aquolaño se redujo á reencuentros parciales y pequeñas accionos con éxito va-*, 
rio, á arrojar bs franceses algunas bombas sobre Bruselas, y á fortificar cada 
cual sus respectivas plazas (4), 

En cambio de las ventajas que Luis XIV. había obtenido en Flandes, su 
proyecto de restablecer al rey lacobo en el trono de Inglateira le costó la pér- 
dida de su escuadra en la gran batalla naval de la Ilogue (4692), una de las 
mas terribles que en los últimos siglos se babian dado en los mares. Cincuen- 
ta navios franceses tuvieron que luchar contra ochenta y uno do línea ¡n-lc- 
^es, que llevaban cerca de seis mil cañones y treinta y seis mil soldados. Los 
franceses, obligados á retirarse, fueron arojados por los vientos á las costas 
de Bretaña y Normandía, donde el almirante inglés les quemó trece navios^ 



(I) MemoTÍaf para la Historia de la vida Unidas.—aacctas de Madrid de 4691 y Oa« 
Wiliiar de Luis \1V.— Hisi. de las Proviucias 



PARTE III. LIÜHO V. 433 

ademas de los catorce qae laeron quemados en la rada de la Hogue. £1 
rey Jacobo perdió enteramente la esperanza de volver á ceñir la corona, y 
aquel desastre señaló una de las primeras épocas de la decadencia del 
poder marítimo .de la Francia y de la preponderancia de la marina in« 
glesa (4). 

Acusaba Luis XIV. álos aliados de perturbadores de la paz pública, porque 
no le dejaban gozar con quietad de lo que les babia usurpado, cuando ellos en 
verdad no hacian sino procurar contener su ambición y defenderse desusagre-^ 
siones. Grandes eran los preparativos de unos y otros para la siguiente campa» 
fia en los Paises Bajos. El francés tenia distribuidos en la frontera ocbenta mil 
hombres, que se podían reunir en menos de veinte y cuatro horas. Las pri- 
meras operaciones, que comenzaron este año mas tarde y pasada ya la prima- 
,vera (4693), fueron en general desfavorables á los aliados. Pero todo el interés 
de esta campaña le absorbió la famosa batalla de Neerwinde, en que pelearon 
doBesperadamente franceses,, ingleses, holandeses, alemanes, italianos y espa- 
ñoles, en que el mariscal de Luxemburg ganó una de las mas insignes y seña- 
ladas victorias, y en que los aliados perdieron, ademas de muchos millares de 
guerreros valerosos, setenta y seis cañones, ocho morteros, nueve pontones, 
y ochenta y dos estandartes (SI9de julio, 4693). Los españoles maravillaron 
allí por lai obstinación y la constancia con que sostuvieron por tres veces en el 
ala derecha otros tantos sangrientos combates contra los franceses ya victorio- 
sos de loe de Brandeburg y de Hannover; y el príncipe de Orange mostró quo 
merecía ser contado entre los mas famosos generales de su tiempo, no tanto 
por sa arrojo en la pelea como por la prudencia y la habilidad con que eje-* 
cató la retirada. El ejército francés habia sido una tercera parte superior en 
BÓmero al de los confederados. Lo mas notable que ocurrió después de este 
triunfo fué la rendición de Ciiarleroy al mariscal de Luxemburg (40 de no* 
viembre, 4 693), cuando ya los cuatro mil hombres que la guamecian habian 
quedado reducidos á mil doscientos: después de lo cuál unos y otros se reti- 
raron á descansar en cuarteles de invierno (2)* 

Vengáronse también este año los franceses del desastre naval que en el 
anterior habian sufrido* Luis habia hecho construir y armar otros tantos 
navios como los que perdió en la Hogue. Una escuadra formidable al mando 
del almirante ToorviUe salió de los puertos de Francia á cruzar el Mediterrá- 
neo; detúvose en el golfo de Rosas, tomó rumbo hacia el cabo de San Vicen- 

(1) Jobo Liogard, Dist. de Inglaterra, de 48 de agosto, 4 <Í93: Refiérese el suceso. 

(Din. V. c. 5. de la sangrienta batalla, etc. De Bruselas,, 

(S) Vida militar de Luis XlV.—Hisl. de ál.* de agosto. 
h* ProtÍDciat Unidas. — Gaceta de Madrid 



ri6 HISTORIA DE ESPASA. 

te, llegó cerca de Lisboa, y á catorce leguas de Lagos presentóse la gran flota 
inglesa y holandesa cargada de abundantes provisiones de boca y guerra. El 
almirante Tourville hizo con sus naves un espacioso semicírculo, en que había 
de coger á las enemigas como en una red, no quedándoles otro arbitrio que 
entregarse ó ir á varar en la costa. De todo hubo en verdad; rindiéronse unas, 
otras fueron quemadas, y otras se estrellaron, escapándose pocas. Hasta el 29 
de junio llevaban los franceses apresadas veinte y siete y quemadas cuarenta 
y cinco, y los capitanes prisioneros calculaban la pérdida de los ingleses y ho^ 
landeses en treinta y seis millones de libras esterlinas. De gran pesadumbre 
fué este suceso para España, que habia cifrado las mas halagüeñas esperanzas 
en esta espedicion marítima de sus aliados* 

La paz que propuso Luis al fin de este año no fué aceptada por ninguna do 
las potencias» porque todas calculaban que ahora como otras veces no busca- 
ba sino protestos ó para adormecerlas ó para sincerarse ante la Europa de sus 
usurpaciones. Asi, pues, todas se prepararon para continuar la guerra. Lado 
los Paisas Bajos fué maís notable en 4694, por la habilidad y la prudencia de 
los generales Guillermo de Orange y Luxemburg, que por los hechos de arn 
mas; que de éstos no los hubo sino parciales, y las plazas de Huisse y Dix-t 
mude que recobraron los aliados eran de poca consideración y estaban casi 
abandonadas: mientras aquellos admiraron á la Europa por la manera hábil do 
hacer las marchas y contramarchas, de elegir las posiciones y campamentos» 
Oe asegurar los convoyes, de revolverse, en ñn, dos ejércitos de ochenta mil 
]|iombres cada uno, casi siempre á la vista uno de otro, en un pais de tan po-. 
cft eátension cooxo lo era ya la Flandes española, sin dejarse sorprender nun- 
^a, y temiéndose y respetándose mutuamente. 

Gran pérdida, y muy sensible fué para toda Francia la del mariscal de Lo'? 
xemburg, que murió á poco tiempo (4 de enero, 4695); general el mas queri- 
do de los soldados, porque sobre haberlos conducido tantas veces á la victoria, 
era para ellos un padre, y mil veces los habia salvado de las privaciones con 
que los amenazaba la penuria del tesoro fraacés. Nadie, en Francia, desdo 
f'jlipo-AugustOj habia hecho maniobrar con tanta habilidad tan grandes ma- 
sas de tropas: el príncipe de Orange se desesperaba de no poder batirle nunr 
ca: el rey y el ejército lloraron sobre sus cenizas, como por una especie de 
compensación de los disgustos que le habia dado la corte. Harto se conoció su 
falta en Flandes. Villeroy que le sucedió en el mando arrojó mas de tres mil 
bombas sobre Bruselas, abrasó y demolió templos, palacios, casas y todo gé- 
üoro de edificios, mas no pudo tomarla. Por el contrario, el príncipe de Oran-, 
go, aprovechándose bien de la falta de su antiguo y temible compct'dor, re- 
(íobró la plaza y castillo de Namur (agosto y setiembre, 4695), haciendo per*. 



PARTE lll. LIBRO V. 137 

der á los sitiados mas á¿ siete mil hombres, bien qae costándole ¿ él la enor» 
me pérdida de cerca de veinte mil (4). 

Ocupado Luis XIV. en su antiguo proyecto de restablecer á Jacobo en el tro- 
no de la Gran Bretaña, ordenó á sus generales de Flandes que tomando posi-* 
Clones fuertes estuviesen solo á la defensiva. Asi lo ejecutaron, sin que el de 
Orange encontrara medios de atacarlos con ventaja, y pasóse todo el año 4696 
sin acometer ni intentar lOs unos y los otros empresa notable, y viviendo to- 
dos á costa de aquel desgraciado pai», que parece imposible que después de 
tantos años de tan asoladoras guerras pudiera mantener ejércitos tan nume- 
rosos como los que alli tenian el delfín, Villeroy y Bouflers, los príncipes de 
Orange y de Baviera, y el landgrave de Hesse, que juntos no bajarían de 
dentó sesenta mil hombres. 

En Italia, donde aliados y franceses llevaban también mas de cinco años 
de guerra, la campaña de 4692 no fué tan desfavorable á aquellos como lasan* 
teriores, bien que ellos tampoco lograron otra ventaja que tomar y destruir 
alguna otra ciudad del Delfinado, en que penetró el duque de Saboya con un 
ejército de piamonteses, alemanes y españoles , para retirarse á la aproxima- 
ción del invierno, no mereciendo el resultado de la e^edicíon las sumas in- 
mensas que costó á los confederados. Aun menos favoreció á estos la fortuna 
en 4693. Después de haber tenido sitiada por mas de cuatro meses la plaza 
dd Pignerol, y dádole repetidos ataques, y arrojado sobre ella cuatro mil ba- 
las y otras tantas bombas, no pudieron rendirla: y en una batalla que les did 
i poco tiempo el mariscal francés Catinat perdieron los aliados seis mil hom- 
bres, veinte y cuatro cañones y mas de cien estandartes y banderas. Eí mar- 
qués de Leganés, que era gobernador de Milán, no cesaba de enviar al du- 
que de Saboya refuerzos de españoles, llegando á diez y seis mil los que pe- 
leaban en aquellas partes. Hasta cuarenta y cinco mil ascendia en 4694 el nú- 
mero de los soldados de la confederación, reducido Catinat á estar á la defen- 
siva; y sin embargo el duque de Saboya gastó el tiempo en ínarcbas y contrae- 
marchas inútiles, y con aquel ejército que estaba devorando su pais ni em- 
prendió una espedicion al Delfinado ni á la Provenza, ni hizo otra conquista 
que la del castillo de San Jorge. Verdad es que la discordia reinaba entre sus 
generales, y no habia entre ellos ni cooperación, ni anidad, ni concierto. Sola 
en 1695 rindió á Casal, que habia tenido bloqueada todo el invierno con un 
cuerpo de seis mil españoles y otros seis mil alemanes, y la restituyó al du- 
que de Mantua. Eran tales las disidencias entre los generales, que ni el duque 
4e Saboya y Caprnra que mandaban los italianos, ni el príncipe Eugenio quQ 

íjt) Gacetas de 1693. 



43^ Historia de espada. 

guiaba los imperiales» ni el mai qués de Leganés que gobernaba los españoles, 
podían avenirse entre sí; culpábanse unos á otros, y desesperado el duque do 
Saboya se separó de la liga: entre éi y Luis XIV. se celebró un tratado par- 
ticular (30 de mayo, 4696), y p^r último convinieron el imperio y la Espafia 
en que se declarara la Italia pais neutral^i^vacuando en su virtud el Ptamonio 
las tropas alemanas y francesas 4). 

Aunque ademas de la Italia y de los Paises Bajos habian sido también las 
orillas del Rbin y los campos de Alemania teatro de la gran lucha entre alia- 
dos y franceses durante todos estoa afios, y aunque en todas partes peleaban 
Jos soldados españoles, ya que no como el alma déla confederación, á la ma- 
nera de otros tiempos, al menos como auxiliares de ella, donde mis se sen- 
tían los males de esta contistda fatal era en Cataluña, como parte ya do 
nuestro propio territorío« Hubo allt la desgracia de que el virey duque de 
Medinasidonia, que pudo en 469tcon un regular ejército que tenia haberse 
acaso apoderado del Roselbn cuando el mariscal Noailles contaba con muy es- 
casas fuerzas, tuvo la cobardía de retroceder desde las alturas que dividen 
ambas provincias y en que habia acampado, y dio lugar á que el francés pe- 
'netrára en el pais catalán sin batirla siquiera en los desfiladeros. Y lo que fué 
peor, al año siguiente sitió á Rosas, protegido por la escuadra del conde de E&- 
trées que salió al efecto del puerto de Tolón, y como faltase á los sitiados el 
socorro que el de Medinasidonia pudo fácilmente darles, rindióse aquella im- 
portante plaza (junio, 4693), con poco crédito y honra del nombre español: 
suceso que no alteró la impasible indiferencia del duque virey, el cual conti- 
nuó sin hacer ni intentar cosa en defensa de la provincia, como quien opina- 
ba, y la decia asi á los naturales, que no veia otro camino ni otro medio quo 
.hacerlas paces con Francia. 

Relevóle la corte enviando en su reemplazo al duque de Escalona, mar- 
qués de ViUena, hombre ni de mas talento, ni de mas resolución, ni de mas 
prudencia que su antecesor; pero tan confiado, que porque de Castilla llegaron 
cuerpos de reclutas, á quienes los mismos muchachos catalanes tenían quo 
enseñar el manejo de las armas, no contando mas que con el número decia: 
«Con veinte mil soldados, todos españoles, no hay que temer (2).» Si habia 
que temer ó no, mostróselo luego el de Noailles, que entrándose por el Ampur- 
dan con poco mas crecido ejército que el español (mayo, 4694), fué á acampar 
áTorroella de Montgri, orilla del Tisr. Allí fué á buscarle el marqués de ViUe- 
na lleno de una imprudente confianza, de la cual supe aprovecharse bien el 

(1) Leo y BoUa, Historia de Italia, li- (3) Feliá de la Peña, Analea de Cataiafia», 
bro XVll. r. 3.**— Gacetas de Madrid de los lib. Xll. cap. 13. 
afios correspoDii^ni.'S. 



l^ARTB.UI. LIBRO V, 139 

Teterano y esperimentado Noailles, esguazando el río y cayendo sobre nues- 
tros bisoüos y descuidados soldados. Allí fué prontamente arrollada y deshe- 
cha nuestra cabalieiíat prisioneros ó muertos el general y los capitanes, des- 
ordenada y ahuyentada la infantería, escapando tan precipitadamente, que en 
cuatro leguas que la fueron persiguiendo los franceses victoriosos no pudieron 
darle alcance (S7 de mayo, 4694). Solo se condujo bizarramente el catalán 
don José Bonéu, que mandaba el tercio de la diputación, el mismo que afios 
áates babia defendido tan briosamente la villa de llassanet. Perdiéronse allt 
tres mil hombres, con todas las tiendas y bagages, oon toda la plata y toda la 
correspondencia del virey. 

No se estovo ocioso después del triunfo del Ter el de Noailles. A los pocos 
dias estaban ya los franceses sobre Palamós. La escuadra de TourvUle Ileg6 
é tiempo de impedir que le entrasen socorros, y el gobernador tuvo que capí- 
tolar, quedando alU otros tres mil hombres prisioneros de guerra. Embistió 
después el de Noailles la importantísima plaza de Gerona, tan gloríosamente 
defendida otras veces. Pero engañado el de Villena con la voz que hizo cor- 
rer d francés de que iba á poner sitio ¿ Barcelona, dejó en abandono aqueUa 
plaza. Desamparó también uno de los principales fuertes don Juan Simón, y 
entrególa con poco decorosas condiciones don Garlos Sucre, sin contar para 
nada con la ciudad {%9 de junio). Luis XiV, premió los servicios del de Noailles 
sombrándole virey de Gataluña, de cuyo cargo tomó posesión el 9 de julio con 
gran ceremonia. Un terror pánico se habia apoderado del de Villeoa y de sus 
tropas. Asi fué que aprovechándose elfrancés de esta consternación acometió i 
é Hostalrich, que á pesar de su fortaleza natural se le rindió sin gran resiste^v 
cia. Igual suerte cupo á Gorbera y Gastclfoliit, quedando también prisionera la 
goamicion de esta última. Quisieron los miqueletes y paisanos recobrar á 
Hostalrich, juntándose para ello casi tumultuariamente; aparecióse entre elloa 
«I virey, pero con noticia de la aproximación de Noailles todos se retiraron* 
JLsi iban siendo arrolladas nuestras tropas en Gataluña y tomadas nuestras 
plazas, y gracias que pudo impedirse que la escuadra francesa bloquease á 
Barcelona.. 

El marqués dü Villena representaba que se hallaba sin fuerzas para defen 
der el Principado, y que los catalanes, cansados de guerra, se resistían ¿ to-*> 
atar las armas, y cou su miedo á los franceses eran la causa de los males que 
^sufrían. La corte comprendió que lo que habia de cierto era su incapacidad; 
ie indicó que renunciara al vireinato, y nombró en su lugar al marqués do 
Gastañaga,que en verdad no habia dado muestras ni de hábil ni de valerosa 
en Flandes y en Italia. Pero al menos tuvo aqui la prudencia de no aventurar 
iu ^rsona y de no desairar á ios catalanes; antes bien, encerrándose él con la 



4iO HISTORIA DE ESPAÑA^ 

tropa en las plazas, encomendó la defensa exterior de la provincia á los paisa- 
nos y miquéletes, que volvieron ¿ su antiguo sistema de molestar incesante- 
mente á los enemigos, de interceptar y apresar convoyes, de no dejar un fran- 
cés con vida de los que andaban sueltos ó en pequeñas partidas, y no unidos 
á an cuerpo de ejército, de apoderarse por sorpresa de algunas fortalezas y 
villas y degollar las pequeñas guarniciones, y aun llegaron ¿ poner formal blo- 
queo é plazas como las de GastelfoIIit y Hostalrich, cuyas fortificaciones bi* 
cieronal fin los franceses demoler, por temor de quo volviendo á ellas los mi- 
queletes las conquistaran y les sirvieran de abrigo (4695). 

Halagaba el virey, y acariciaba y agasajaba á les paisanos, y hacia cele* 
brar en Ikrcelona sus proezas y sus triunfos; mas luego se le vio cambiar de 
conducta y de semblante con ellos, 6 por órdenes que recibiera de la corte, 
que acaso recelara ya del ascendiente que iban tomando, ó lo que es mas ve- 
rosímil, porque no creyera necesitarlos yá, atendidos los refuerzos considera- 
bles de tropas que llegaron de todas partes. En efecto, llegaron por este tiem* 
po al Principado multitud de alemanes, irlandeses y walones, enviados por el 
emperador y conducidos por el príncipe Jorge de Hesse Darmstad: y también 
habian ido llegando los reclutas de Castilla y de Navarra, sacados de la mane- 
ra y con los trabajos que dijimos en el anterior capítulo. De modo que reunió 
ol de Gastañaga un ejército de cerca de treinta mil hombres, sin contar ios 
miqueletesy paisanos armados. 

En verdad, si en España habia costado sacrificios y esfuerzos la famosa 
conscripción de 4 695, y habia sido menester encerrar en las cárceles á los que 
calan soldados para que no se desertaran, y de ellos solo la cuarta parte llega- 
ba á entrar enfilas, en Francia pasaban aun mayores trabajos est« año para re- 
olutar gente, y tanto que las tropas que había en París cogían á los mozos quo 
de hallaban en aptitud de manejar las armas, los encerraban en casas destina- 
das al efecto, y los vendían á los oficiales. Habia en París treinta de estas ca- 
sas que llamaban gazaperas (/bur^): hasta que noticioso el rey de este horrible 
atentado contra la humanidad y contra la seguridad individual, mandó poner 
en libertad aquellos infelices, y que se formara causa á los aprehensores y so 
los juzgara con todo el rigor de las leyes. * 

El duque de Noailles se habia retirado á Francia enfermo y lleno de gloria, 
•y habíale sustituido en el mando de las tropas de Cataluña el duque de Ven- 
dóme, general acreditado en las campañas de Alemania, de Italia y de Fian- 
des. El virey español marqués de Gastañaga, con haber recibido tan numerosos 
refuerzos de gente, y con ayudarle no poco en sus operaciones la escuadra de 
los aliados que á la sazón costeaba el litoral de Cataluña y le enviaba socorros,, 
^i siquiera pudo tomar la plaza de Palamós á que Labia puesto sitio, y el do- 



• 



Parte iii. libro v. 441 

Venddme demolió después sos fortificaciones: hecho lo cuál, se retiraron á des* 
cansar anos y otros sin acometer otra empresa. 

Al año siguiente (1696), fueron aun menos notables los accidente de lik 
campaña. Hubo, si, entre varios encuentros y combates parciales, algunos mns 
generales y mas serios, y en uno de ellos, dado orillas del Tordera, fué el ejér* 
cito español desordenado, huyendo vergonzosamente, sin que los oficiales lo-* 
gráran detener ¿ los soldados fugitivos ; pereció casi toda la caballería walona 
conel comisario general conde de TiUí, y hnbiera sido mayor el destrozo en 
este y en otros choques sin los esfuerzos vigorosos del príncipe de Darmstad. 
Los franceses demolían fuertes, exigían contribuciones, y vivían sobre el país. 
So ejército se había aumentado mucho últimamente, y era ya muy superior al 
noestro. Con esto y con el poco vigor y no mas aptitud del marqués de Gasta- 
fiaga, era tanto el disgusto, y fueron tantas las quejas de los catalanes contra 
él virey y centra el maestre de campo general marqués de Villadarias, que la 
corte determinó relevar al uno y al otro, y nombró virey á don Francisco do 
Yelasco, hombre de probado valor y hermano del condestable ; maestre de 
campo general al conde de Gorzana, y general de la caballería al de la'Florida. 
Como habrán observado nuestros lectores, ni la famosa junta llamada do 
los Tenientes generales creada en Madrid, ni su monstruosa contribución de 
un soldado por cada diez vecinos, ni los donativos forzosos impuestos á toda la 
nación para atender á los gastos de la guerra, habían bastado á hacer mejorar 
el aspecto de la de Cataluña, antes iba empeorando cada dia visiblemente. 
Tiempo hacia que se andaba tratando de la paz general: mas como quiera que 
nanea suelen ser mayores los aprestos bélicos que cuando se andan negocian- 
do las paces, procurando cada cual mostrarse fuerte para sacar mejores condi- 
ciones de ellas, Luis XIV. quiso poner la España en la necesidad deaceptar las 
^e él dictase, á cuyo fin mandó al de Vendóme que emprendiera el sitio y con- 
quista de Barcelona, y al propio tiempo ordenó al conde deEstrées que con las 
flotas de Marsella y de Tolón fuera á cerrar la boca de aquel puerto. Todo se 
ejecutó asi, y casi simultáneamente se pusieron delante de aquella insigne ciu- 
dad (principios de junio, 4697), el de Vendóme con su ejército de veinte y 
castro mil hombres, y el de Estrées con ciento cincuenta velas y multitud de 
cañones, de los cuales puso en tierra setenta de grueso calibre con veinti" 
coatro morteros. El virey con una parte del ejército español se retiró detrás de 
Barcelona, dejando no obstante en la ciudad hasta once mil hombres al mando 
del maestre de campo conde de Gorzana y del príncipe de Darmstad, y además 
otros cuatro mil hombres á que ascendía la milicia deles gremios, gente vale- 
rosa y resuelta, armada también una parte de la nobleza del país, en la cual 
se contaba al marqués de Aytona. 



na tt:sToniA dé espada* 

Vergonzosa fué la facilidad con que se vio al dé Vendóme, & presencia del 
Virey Velasco, establecer sus cuarteles desde Sans hasta Esplngas, poner soso* 
gadamente sus depósitos en Sarria, plantar sus baterías y abrir trincheras, 
mientras los cañones y morteros de la escuadra arrojaban balas y bombas sobro 
la ciudad, y destruían y quemaban edificios. Como ú tuviera al enemigo á 
cien leguas de distancia, asi se hallaba descuidado el virey Velasco en su coar- 
tel general de Molins de Rey, cuando sus tropas se vieron sorprendidas pof 
una columna francesa mandaba por el mismo Vendóme (44 de julio, 4697). En 
la cama estaba cuando supo la derrota de su gente por los que llegaron disper- 
sos y azorados, y tan de prisa tu?o que andar él mismo, que á poco mas qne 
se detuviera apoderárase de Su persona el general francés, como se apoderó do 
80 bajilla, de su bastón y de su dinero. En esta ignominiosa acción portáronse 
cobardemente les nuestros desde el virey hasta el último soldado, á escepcion 
de una parte de la caballería que hizo frente y fué deteniendo y rechazando 
algo al enemigo. 

Tanto como se advertia de flojedad y de inercia en la tropa y en Tos ge-^ 
nerales, se notaba de energía, de decisión y de valor en los naturales del pais, 
asi fuera como dentro de la ciudad. AI terrible retumbar del caracol que llama- 
ba á somaten aparecian las monlafias coronadas de paisanos armados, condu- 
cidos por Bonéu, Agulló y otros de sus intrépidos caudillos. Dentro de BarOO'* 
lona todos gritaban que morir antes de entregar al francés aquella población 
invicta: clérigos, magistrados, mercaderes, artesanos, mugares, todos partici- 
paban de igual irritación, y todos trabajaban á porfía. La guarnición hizo di- 
ferentes salidas, y hubo dia en que sostuvo siete combates consecutivos. Mas 
al ver el poco fruto quede ello se sacaba, que se descuidaba de fortificar los 
puestos débiles, y que se negaban armas á los que las pedían, sospecb abaso 
ya muy desfavorablemente del de Corzana, y más cuando ya andaban voces dd 
capitulación. Barcelona se ofrecia ó defenderse sola, con tal que se saliera el 
de Corzana con todas las tropas, á escepcion de las que mandaba el principo 
de Darmstad. Mas justamente en aquellos dias llegó de Madrid el nombra^ 
miento de virey y general en gefe del ejército hecho en el conde de Gcrza- 
na en reemplazo de Velasco (7 de agosto, 4697), con lo cual llevó aquél ade- 
lante su plan de capitulación y de tregua, que se firmó á los tres días (40 do 
agosto), á despecho y con llanto de todo el pueblo, y con disgusto y enojo 
del de Darmstad y de los mejores capitanes. El conseller en Cap de Barcelo- 
na murió de dolor de no haber podido salvarla ciudad. Los franceses se obli- 
garon á no cometer insulto alguno contra los- naturales, ¿ conservarles todos 
sus prixil'iios, á que la guarnición saliera por la brecha con todos los hono- 
res, como asi se verificó , y á que desde primero de setiembre habría 



PARTE 111. LIBRO t, 143 

una sospension de armas, separando los dos ejércitos el rio Llobregat* 
GoQclaida la tregaa, el general francés sorprendió de nuevo al de Gon^ana» 
d cual hubo de retirarse tan precipitadamente que dejó en el campo sn propio 
coche, que el de Vendóme le devolvió con mocha atención y cortesanía. La ren- 
dición de Vicfa fué el último triunfo del francés en esta guerra. £l de Vendóme 
fué recompensado por Luis XIV. aumentándole sus pensiones, y dándole ade<^ 
más cien mil escudos para pagar sus deudas. Carlos II. de España desterró á 
doD Franciasco de Velasco á sus tierras, con prohibición de entrar en la corte 
y sitios reales hasta nueva orden, porque le culpaba de la pérdida de Barce- 
lona. Al príncipe de Darmstad le nombró general del ejército de Cataluña, que 
68 hallaba en Martorell, donde sa le babia incorporado la guarnición de Bar* 
celona (4). 

Indicamos ánfés que hacia mucho tiempo se había tratado ya de hacer ta 
paz general, pero con condiciones tales de parte de Luis XIV., que la corte 
de España las habia rechazado por deshonrosas é inadmisibles. Aunque victo* 
rioso en todas partes aqael soberano, deseaba poner término á tan larga lu- 
cha, ya por el estado de su tesoro, ya porque le convenia romper la gran liga 
europea, ya por las miras y proyectos que tenia de traer al trono de España 
na principe de su familia cuando Carlos muriera sin sucesión. En 4696 habia 
hecho ya un tratado particular con el daque de Saboya: el rey de Soecia ha« 
bia ofrecido su mediación para la paz general, y todas las potencias la habían 
aceptado. En su yirtod se habian congregado los plenipotenciarios de todas las 
Daciones beligerantes desde mayo de este año (4697) en Riswick, pueblo de la 
Holanda Meridional, á una legua de la Haya. Eran los representantes de Es- 
paña don Francisco Bernardo de Quirós y el conde de Tirlemont. Después do 
algunas conferencias y debates, en que los enviados de Carlos XII. de Suecia 
hicieron bien el oficio de mediadores, presentaron los de Francia los artículos 
sobre los cual os estaba Luis XIV. resuelto á concluir la paz, añadiendo después 
qaesi en un término dado no eran admitidos se apartaría del tratado y decidirían 
las armas sus pretensiones. En vista de esta declaración, Inglaterra, España y 
Holanda, separándose del emperador, suscribieron á la paz con Francia (20 de 
setiembre, 4697). Pero viéndose solo el emperador Leopoldo, y oídas las ra- 
zones que á sos quejas dieron los plenipotenciarios de las demás potencins, 
ordenó á los suyos que se adhirieran al tratado, como lo hicieron (30 de octu- 
bre), cesando' con esto la guerra en todas partes. 

0) Feli6 de la Peña, Anales de Cátala- se encuentran machas eartas del rey y de 

« fea,6ap. U al 19.— Entre los muchos por- la reina en contestación á las de la ciadad, 

Bienores que este escritor refiere de la y se halla la lista nomioai de los gefes y ca- 

|ii«rT« di- Catalafia y conquista de Barcelona, pítanos muertos y heridos dnranie el síiío. 



IV4 HISTORIA DE 15SPA*4. 

Por la pa2 de Riswick reconoció Luis XIV. áGuiUermoin. de Orange como 
rey de Inglaterra: se señalaron las aguas del Rfainpor limites á los domin'os 
de Alemania y de Francia: devolvía Luis XIV. todas las conquistas hechas en 
la Holanda y Paises Bajos españoles después de la paz doNimega» áescepcioa 
de algunos pueblos y plazas que decia haberle sido cedidos por tratados ante^^ 
rieres, y se obligaba también á restituir á España las plazas de Barcelona, 
Gerona, Rosas, y todo lo demás de Cataluña ocupado por las armas francesas, 
sin deterioro alguno, y en el mismo estado en que antes de la guerra se ha* 
liaba cada fortaleza y cada pueblo (i). 

Escusado es ponderar la alegría con que se recibió en todas partes la not¡« 
cia de este tratado, y principalmente en los paises que habian sido teatro do 
tan prolongada guerra. En verdad no parecia que debía esperarse tanta gene- 
rosidad de parte del poderoso monarca francés que habia sabido resistir por 
tantos años á toda la Europa confederada contra él, y cuando sus ejércitos ha- 
bian alcanzado no pequeños triunfos en todas partes. Que algún pensamiento 
grande le impulsaba á obrar de aquella manera, era cosa que no podía ocultar- 
se, y ciertamente no se ocultaba. Asi que en vano era esperar que la Europa re«> 
posara de las fatigas de una lucba tan larga y tan cruel, y en que tanta sangre 
se habia vertido, y que los estados y los príncipes se repusieran de tantas ca- 
lamidades. El motivo que había guiado á Luis XIV. á ajustar la paz de Riswick 
eran los planes que indicamos ya teñía sobre la sucesión al trono de España* 
objeto también de las aspiraciones de otros príncipes y de otras potencias, y 
cuestión que hacia años se estaba agitando dentro de la misma España, y qno 
será la materia del siguiente capítulo* 

(I) Este tratado, que consta de treinta y ejemplar de la primera edición se halla cd 
cinco artículos, se publicó é imprimió en el Archivo de Sal«zar,Bst. U, grad« 3^ 
Madrid el 10 de D<iTiembr« de 1697* Uo 



CAPITULO Sil. 



CUESTIÓN DE SUCESIÓN. 



He «••« * t 



Fandadof temores de qoe fallara toeesion directa al trono da Espafia á la moerte de 
Cirios II.— Partidos que se formaron eu la corte con motivo de la cuestión de sucesión* 
-*• Consultase informes de los Consejos.— Dictámenes y toIos particulares notables.— 
Estado de la cuestión después de la paz de Riswick.-^TrabaJee de los embajadores aus« 
trisco 7 francés en la corte de España.— Pretendientes 4 la corona de Castilla, y titu* 
los j derechos que alegaba cada uno.— Cuáles eran los principaIes.~Pariido dominan^ 
la en Ifadrid en faTor del austríaco.— Hábil política del embajador francés para desba-* 
eerle.— Dádivas y promesas.— Gana terreno el partido de Francia.— Vacilación de la 
reina.— Retírase disgustado el embajador alemán.— Muda de parlido el cardenal Porto* 
carrero.— Es separado el confesor Malilla.— Reemplázale Fr. Froilan Diai^^Vuelfe el 
eondsde Oropesa á la eérte. - Declárase por el principe de Baviera.— Célebre tratado 
psra el repartimiento de España entre varias potencias.— Enojo del emperador.— In- 
dignación de los españoles.— Protestas enérgicas.— Nombra-Carlos II. sucesor a! prin- 
cipe de Baviera.— Muere el príncipe electo.— Nuevo aspecto de la cuestión.— Motin en 
Madrid.— Peligro que corría el de Oropesa.— Cómo se aplaeó el tumulto.— Destierros do 
Oropesa y del almirante.— Quedan dominando Portocarrero y el partido francés 



La circunstancia de no haber tenido Carlos II. sucesión, ni de su primera ni 
de BU segunda esposa; la ninguna esperanza que había de que la tuviese, aten- 
dida su complexión débil; los pocos años que se suponía ó calculaba que podría 
5a Ti?¡r, y la consideración de estar próxima á extinguirse con él la línea di- 
recta varonil de los reyes de la dinastía austríaca, que hacia cerca de dos si- 
glos habían ocupado el trono de Castilla, había hecho pensar dentro y faera de 
España á todos los hombres que tenían alguna parte y manejo en la política, 
iocloso al mismo rey, en la familia y persona que deberia heredar á su muerta 

la corona de los dominios españoles. 
Tomo ix, 40 



i 10 niSTORIA DE ESPASA. 

Asanto dra esté que preocupaba los ánimos de todos, así en la corte de Esi* 
paña como en las de otras Daciones, y por sentado debía darse, aunque no lo 
dijéramos, que no había de ser el ambicioso Luis XIV. el último que fijara sos 
codiciosas miras en esta mas pslra él que para nadie apetecible herencia, ma« 
cho mas siendo uno de los que podían alegar mas derecho á recogerla para sa 
familia á la muerte de Garlos (4). Pero en tanto que estábamos en ardiente y 
viva lucha con Francia, la prudencia le aconsejaba trabajar en este plan con 
el mayor disimulo posible, y conducirle con mafiosa habilidad, como él y sos 
agentes diplomáticos sabían hacerlo. Mientras vivió la primera esposa de Gar- 
los, María Luisa de Orleans^ sus embajadores en Madrid no se descuidaron en 
preparar el espíritu y los ánimos á este propósito. Mas habiendo muerto aque- 
lla y succdídole en el trono español la princesa María Ana de Newburg, el em- 
perador ficopoldo de Alemania su pariente, que también aspiraba á que here* 
dára la corona de Gastilla su hijo el archiduque Garlos, envió de embajador 
con el propio objeto al conde de Harrach, uno de los principales de so conse- 
io, y hombr,e de gran capacidad y destreza para el manejo de estos negocios. 
Dividióse la corte, y aun la misma familia real, en dos, ó por mejor decir, 
en tres partidos. La reina, como alemana que era, el cardenal Portocarrero, el 
almirante de Gastilla conde de Melgar, y otros magnates, estaban perla sucesión 
de la casa de Austria, 6 sea del hijo segundo del emperador, que era el desig- 
nado, y en quien renunciaban su padre Leopoldo, y su hermano mayor José. 
El rey, la reina madre, el marqués de Mancera, el conde de Oropesa, á quien 
todavía se consultaba á pesar de su separación de los negocios, y otros varios 
ministros, preferian al príncipe electoral de Baviera, que también alegaba á la 
sucesión de España el derecho que luego esplicaremos. El partido del delfin de 
Francia era el menor al principio, por la circunstancia de la guerra, si bien se 
contaba en él al conde de Monterrey, al consejero de Gastilla y gran juriscon- 
sulto don José Soto, y á otros principales señores. Llegó el embajador de Aus- 
tria á alcanzar del rey la promesa de que nombrarla sucesor al archiduque, á 
condición de que el emperador le enviaría doce mil hombres para rechazar la 
invasión de los franceses en Cataluña. Mas sobre no haberse cumplido está 
condición, que la situación del imperio no permitía, y sobre pedir el empera- 
dor el gobierno del Milanesado, que era como dividir la monarquía, el par- 
tido austríaco pcrdia de cada día más en España, ya por el carácter altane- 

■ 

(I) Al decir de algunos escritores espa* y que con este conocimiento el monarca 
.fióles hacia tiempo que Luis XIV. sabia francés fué preparando con tiempo sus pla- 
que Carlos II. era inhábil para tener pos- oes de sucesión, aunque con mucha rcscr- 
íteridad, por habérselo descubierto, dicen, va por la guerra que entonces tenia coa 
su primera esposa Mafia Luisa de Orleans, Espafia. 



PARTB lli. LIBRO V. 441 

ro. codicioso )' díscolo de la reina, ya por la influencia de mala índole que cod 
ella ejercían personas de Alemania de tan miserable condición é indigno pro-» 
ceder como las que en otro lugar hemos mencionado, ya teniendo en cuenta 
ios inmensos daños que habia causado á España la imprudente protección da* 
da siempre por nuestros reyes al imperio, y la miseria y la roina que nos había 
ocasionado el afán indiscreto de estar incesantemente enviando y sacrifican- 
do nuestros hombres, y consumiendo y agotando nuestros tesoros por en- 
grandecer ó sostener la casa austro-alemana. 

El infeliz 'Garlos H. condenado á la disgustosa necesidad de oír las dispa- 
tas sobre los que tenian mejor derecho á sucéderle, y aun á tomar una parte 
principal en ellas, como aquel cuya decisión habia de influir tanto en la reso- 
Incionde tan importante negocio, consultaba á sus Consejos, y tratábalo en 
juntas especiales que formaba para oír los dictámenes de todos. Vamos á dar 
QDa muestra de cómo se trataba en ellas este interesantísimo punto, y cómo 
se le consideraba en su relación con la guerra y con los proyectos de paz, y 
daremos n conocer algunos de los votos de mas importancia é influjo, tomando 
por tipo las consultas de 4694 (4). 

«Sf^oB, (decía una de ellas): Después de haber resuelto V. M. á consulta de 
los ministros que corfaponen esta junta, que se continuase la guerra sin escu-> 
char las proposiciones de Francia para la paz y el artículo sobre la sucesión; y 
habiendo V. M. mandado escribir cartas particulares al Sr^ Emperador y de- 
más aliados, diciéndobs que sin común acuerdo de todos estaba Y. M. en fir- 
me ánimo de no dar oidos á estas proposiciones, y que antes de consentir Y. M. 
en tratados indignos aveaturaria Y. M. todos sus dominios, aunque sus alia- 
dos le dejasen solo en la guerra; se han ido recibiendo sucesivamente de los 
ministros que Y. M. tiene en las cortes de Europa y de algunos príncipes las 
cartas que resumidas ligeramente es la sustancia de su contenido como si- 
gne. — ^El Elector de Ra viera respondió de mano propia como príncipe de la 
liga poniendo todas sus acciones en la voluntad de Y. M., y como gobernador 
de Flandes envió copia de una carta que le babia escrito desde Ratisbona el 
mensagero Neuveforgo espresando lo bien que habia sido oída en aquella die- 
ta la resolución de Y> M. — También el Elector de Maguncia respondió aplau- 
diéndola. — ^Don Juan Garlos Bazan envió la respuesta que le dio el secretario 
de Estado del duque de Saboya estimando la noticia. — El marqués de Lega- 

(I) Tenemos ft la vista las minutas de interesantes y curioeas; pero nos es imposw 

■uUitad de consultas hechas en aquel iíem- ble darlas i conocer todas, porque forma» 

po y en diferentes años, pertenecientes i rian ellas solas mas de uno, y acaso mas dar 

la Colección de. Manuscritos del Archivo dos Tolúmenes. 
de Salaur, K« 41, todas ellas sumamente 



4 48 niSTORlA DE ESPAÍÍA. 

nés dijo qae para mantener lo resuelto era menester hacer con vigor la gner- 
nt. — ^Don Francisco Bernardo de Qtt¡rós,qiie él habia participado ¿ los minis- 
tros de los principes aliados que están en la Haya, y que todos habian que- 
dado gozosos y satisfechos y asegurados de que no vendrá ese tratado sin su 
anuencia. — El marqués de Canales representó que esta noticia habia llegado á 
muy buen tiempo: que el rey Guillermo estaba ofendido de que Francia no 
hablase con él en sus proyectos, y que habia remitido la respuesta al congre- 
so del Haya por si con este cimiento podia radicar alli los tratados. — ^El du- 
que de Medinaceli respondió que se valdría de la noticia, y que reconocia qua 
tu Santidad no dejaba de aprobar la proposición de ceder al elector de Ba- 
viera las pretensiones del Sr. Emperador y del delfín. — ^Y últimamente el mar- 
qués de Burgomayne dijo que elSr. Emperador habia oido sumamente gustoso 
la resolución de V« H., y aguardaba para responder á estos proyectos lo que 
diria el rey Guillermo, pero que entretanto estaba S. H. Cesárea con el espí- 
ritu sumamente fatigado por las diferentes proposiciones de Francia sobre la 
sucesión de Espafia, y no sin recelos de que aquella corona trate particular- 
mente con el elector de Baviera, de cuya sospecha recela el, marqués algún 
grave inconveniente, mayormente dudando el Sr. Emperador lo que en Y. M. 
se entiende sobre la materia, y viéndole muy sensible que para esto se piense 
en otra cosa que en la suya. 

«Con carta de 4 6 de enero remitió el marqués de Burgomayne copia de 
otro proyecto que esparcían los ministros de Dinamarca en las cortes de Ale- 
mania, el cual se reduce por lo que mira al Sr. Emperador, imperio, y duques 
de Lorena y Saboya, á las condiciones ofrecidas en el primero: en cuanto á 
España, á restituir todo lo conquistado en Cataluña en esta guerra, y en Flan- 
des, Mons y Namur, y demolido Charleroy En cuanto á la sucesión, que 

renunciará el Cristianísimo y hará renunciar al delfín todo género de preten- 
sión que pueda tener en los Países Bajos, «n calidad de que el señor empe- 
rador haga lo mismo á favor.del elector de Baviera. — Con motivo de enviar es- 
te proyecto el marqués de Burgomayne, representa que Suecia habia afiadi- - 
do á él en todo secreto que el embajador de Francia habia dicho que como 
S. M. Cesárea se conformase en cuanto á la cesión de los Países Bajos en el 
elector de Baviera, cedería Francia al señor Emperador el derecho que tiene á 
España, y que esto tenia muy enfadido al señor Emperador y á los mas de 

los aliados Este mismo proyecto remite el duque de Aledinaceli, diciendo 

que el Cristianísimo le había hecho notorio á todos los ministros de principes 
que residen en París, y que S. S. no dejaba de aprobarle. — ^También le envia 
el marqués de Canales, diciendo que habia sido presentado por el ministro de 
Dinamarca ni rey Guillermo. Siendo de advertir que en este proyecto presenta- 



r 



PARTE III. LTimO V. . 149 

do eo Londres hay an artículo separado que no está en los otros, en quo 
ofrece Francia que por lo que toca el rey Jacobo se comprometerá en las dos 
coronas del Norte, ó en el señor Emperador. Y el marqués de Canales añado 
que esta declaración no solo no ha entibiado á aquel gobierno, sino que antes 
le ha ensoberbecido, persuadiéndose á que ya la Francia siente los efectos de 
la guerra. Con que son tres las diferencias de un mismo proyecto; el presen- 
tado en Londres añadiendo lo que va referido; el de Yiena con el artículo se- 
parado acerca de ceder Francia al señor Emperador el derecho que supone 
tener á España; y el que ha dado en París á los ministros de los príncipes sin 
ona ni otra circunstancia » 

Proseguía la j un taesplicando el aspecto que presentaba el negocio déla 
sucesión á España en cada una de las cortes de Europa. T viniendo á los vo- 
tos particulares de sus individuos, el almirante, que, como hemos dicho, es- 
taba por el archiduque Carlos de Austria, decía entre muchas cosas para des- 
virtuar el derecho de Francia. 

cDos derechos tiene la Francia para la sucesión de estos reinos; uno físico 
y real é incontrovertible, que es el de sus fuerzas, el de la situación de su pais 
y el nuestro, con tres brechas abiertas tan principales en los Pirineos, y nues- 
tra ultima reconocida debilidad para la defensa? otro imaginario, pues no se 
debe llamar legal, 'habiéndole desvanecido tan clara y distintamente nuestros 
jurisconsultos. El fin que de esta proi)osicion de la Francia se viene mas á los 
ojos es el de feriar este derecho imaginario al señor Emperador, ó al duque do 
Baviera, haciendo mas formidable y mas permanente el otro derecho que le da 
su poder etc.* 

Pero entre las votos particulares de los consejeros es uno de los mas nota-' 
bles el del marqués de Mancara, que es bueno conozcan nuestros lectores: 

«SeÜor (decía la consulta de 6 de agosto, 4694): El marqués de Hancera 
dice, que la suma gravedad de la materia en que V. M. le manda decir su mo- 
do de entender le constituye en justo recelo de acertar, porque sin duda es su- 
perior á cuantas se han tratado desde que el señor Rey don Pelayo empezó á 
restablecer esta monarquía. 

«La caducidad inevitable de ella, ya sea vencida del poder del rey do 
Francia, ó ya heredada del príncipe electoral de Baviera, ni es oculta á Y. M* 
ni remota. Su impotencia universal en todas sus partes y miembros se viene 
á los ojos, por falta de cabos, por defecto de habitadores, por inopia de caudal 
ifpo y privado, por entera privación de armas, municiones, pertrechos, for- 
tificaciones, artillería, bagóles, y lo que es más, la disciplina militar, naval y 
terrestre; por el universal desmayo, desidia y vergonzoso miedo, á que por 
nuestros pecados se ve reducida la nación, olvidada de su nativo valor y ge- 



isa BisTOBU nc espana. 

nerosldád antigua. Aunque demos el caso de poder valemos de las naciones 
estrangei'as, conduciendo á España alemanes, irlandeses é italianos» con los 
gastos crecidos que esto pid^, y se hallasen medios para formar con ellos ejér- 
cito, quedamos espuestos á no conservarlos, y al peligro de que si fuesen po* 
eos los forasteros conducidos, servirían de poco, y si muchos, estará en su ar«* 
bitrio hacer lo que quisieren, y por ventura pasarse al enemigo á la primer 
retardación de paga. 

«Todo esto representa á V. M . el que vota, no para melancolizar sn real 
ónimo, sino para valerse destos presupuestos como ciertos y precisos funda- 
mentos sobre que ha de edificar su voto. 

«No hay doctrina teológica ó política que dé facultad á un rey para sub- 
vertir el orden de las leyes fundamentales de su reino por sola su voluntad, 
ni postergar el sucesor que ellas le señalan como índices de la providencia 
del Altísimo, por motivos de odio ó benevolencia, y en este sentimiento he es- 
tado y estáte siempre. Tiene apoyo esta verdad en lo que sucedió al señor 
Uey don Fernando el Católico, que estando próximo á pasar á mejoi' vida, 
ocupado del oariño de su nieto segundo él infante don Fernando, que después 
fué el primero de los Césares de este nombre, quiso nombrarle por sucesor en 
la monarquía de España, anteponiéndole al señor Príncipe don Carlos su nieto 
mayor, después emperador quinto de este nombre. Comunicó su dictamen á 
un ministro de su consejo y cámara, meritísimo confidente suyo; opósosele el 
ministro con cristiana y heroica libertad; contendieron ambos sobre la mate- 
ria, y el ministro obtuvo la victoria por la razón, rindiéndose el rey moribun- 
do áella; de que se sigue que el odio no debe escluir al le.dtimo sucesor, ni 
el amor anteponer al que las leyes excluyen. Igualmente estoy firme, y no por 
capricho ó antojo, sino movido de sólidos fundamentos, en que no solo puede, 
sino debe eq conciencia el rey preferir la utilidad, conservación y paz de 
la monarquía á la conveniencia particular de aquel individuo presunto in- 
mediato sucesor suyo , aunque sea su hijo legítimo, cuando esto conduce 
al público y universal bien; y no se ofrece otro camino de asegurársele á la 
república, porque como el rey es su padre, cabeza y tutor, debe anteponer la 
conveniencia pública á la de cualquier otro particular. Asi lo enseñó el pru- 
dentísimo señor rey don Felipe II, consultando á las universidades de España 
en el caso que nos refieren con claridad I is historias estrangeras, y con rebo- 
zo y misterio las de España, del aeñor príncipe don Carlea, au hijo único. 

«Pruébase la certeza y segundad de este dogma con el símil que sigue. 
Cualquiera que por sola su voluntad, aunque llevado de fin honesto y loable, 
^e cortase una mano ó se sacase un ojo, pecaria mortalmente incurriendo cu 
p1 condenfido en or de Orígenes, y traspasando lo que Dios tiene declarado io 




PART£ III. LIBRO V. 451 

qae nadie es dueño de sus miembros. Pero el que viéndose herido de animal 
Teoenoeo tuviese constancia para motilarse el miembro envenenado» no solo 
DO pecara, sino mereciera en la observancia del precepto de caridad, porque el 
valor del todo de aquel individuo prevalece al valor del miembro separado. 
Cree este voto positivamente que nos vemos reducidos á estos términos, y pa- 
ra mayor espresion se propondrá en forma silogística. 

«La mayor es, que no á paso ordinario, ¿ precipitada carrera va despeñán- 
dose esta monarquía al abismo de su perdición total, ya sea porque la conquis- 
te el rey de Francia, á cuyo intento parece que tiene vencido lo mas dificulto- 
so, ó ya porque la herede el príncipe electoral de Ba viera, si Dios por su infi- 
nita clemencia, como siempre lo espero, no nos socorre con la deseada suco* 
I sion de y. H., pues lo mismo será recaer la monarquía en Baviera que pasar 

. á h infeliz esclavitud de la Francia. 

«La menor es, que de nuestros aliados no tenemos que esperar ni válido ni 
oporUino remedio. No del Sr. Emperador, por su inmensa distancia y diver- 
sión de sos fuerzas en Hungría y en el Alto Rhin. No del rey Guillermo de In- 
glaterra, porque ó no puede ó no quiere asistimos como debiera, ó no quieren 
sos cabos ejecutar sos órdenes, según lo están diciendo las esposiciones. No 
de h(dandeses, por sus aviesas y cautelosas máximas, que tienen tan diversos 
fines; y mucho menos de los demás aliados, cuya impotencia es notoria. 

«Luego sigúese la irrefragable consecuencia de que V. M. en conciencia, 
en justicia y en política, está obligado y necesitado debajo del precepto divino, 
natural y político, á obviar por todos los medios y esfuerzos posibles este opro- 
bio de su nación, este yugo intolerable que amenaza á sus fíeles vasallos, este 
peligro inminente del ultrage de la religión católica de España y reverencia á 
los altares, desacato á las vírgenes consagradas á Dios, turbación del reposo 
en que yacían los huesos de muertos honrados progenitores; pues todo esto 

« 

será triunfo de la licencia sacrilega de franceses. 

«El único medio que desde la atalaya del corto discurso del que votase des- 
cubre para tomar parte en tan procelosa borrasca, después de la misericordia 
divina á quien se debe recurrir con afectuosas y humildes súplicas, es de con^ 
descender V. M. á las insinuaciones del rey de Francia, de que renunciando 
V. M. y el Sr. Emperador en favor del príncipe electoral de Baviei'a el País 
Bajo en caso de no tener V. II. sucesión, renunciasen el Cristianísimo y el 
Delfin el derecho pretenso á esta monarquía á favor del Sr. Emperador y se- 
ñores archiduques de Austria, sobre el mismo presupuesto de pegamos el 
cielo el beneficio, que espero siempre de su misericordia, de la real sucesión 
^V.M 

cQ principal fundamento de j.osticia pura prof^oner al sucesor de mejor do 



i53 HISTORIA DE ESPAÑA. 

recho y anteponer al mas remoto, consiste en la utilidad pública: porqué co- 
mo los reyes se institayen para beneficio de los reinos, y no al contrario los 

* 

reinos para conveniencia de los reyes, llegado el caso de haber de dedaiar 
sacesor, está obligado en sentir del que vota el rey reinante á elegir al que sea 
mas idóneo', y mas útil y conveniente ¿ sus reinos, sin que en esto tenga arbi- 
trio la sangre ó la mclinacion. Confio en la piedad divina que ha de sacamos 
con felicidad der este enredado laberinto, concediéndonos la real sucesión qao 
tanto importa; pero si fuese su beneplácito castigamos, ¿cómo puede pensarse 
que un príncipe de afio y medio sea mas útil al gobierno, tutela, protección y 
administración de justicia en estos y los domas reinos de la monarquía, qoo 
el Sr. archiduque Carlos en tan diferente edad, educación y esperanza? 

«Parece que hacen alguna resistencia é la renunciación del Pais Bajo los 
TÍnculos recíprocos de reiterados juramentos entre aquellos subditos y V. II. y 
sus ínclitos progenitores, de no separarlos jamás de su corona; pero cuando 
la causa pública y el bien de la paz se interesan, todo se dispensa y se fací- 
lita sin el menor escrúpulo, de que son pruebas incontrastables los ejemplos 
siguientes. — ^El sefior emperador don Carlos V. capituló con la señora reina de 
Inglaterra liaría Stuard casar á su hijo el señor don Felipe II. dotando aquel 
consorcio con el País Bajo á favor de los príncipes que dellos procediesen; y es de 
advertir que se hallaba ya el señor rey Felipe li. con hijo, que era el señor 
príncipe don Carlos, y no se hizo reparo en esta división de aquel estado, ni en 
el perjuicio del príncipe. — El mismo sefior emperador don Carlos V. renunció 
los estados hereditarios de Austria, Stiria, Carintia, etc. en su hermano el se- 
fior don Femando, tocando de derecho á su hijo único el señor don Felipe If . 
— ^Este propio señor rey renunció en su hija la señora infanta doña Isabel 
Clara Eugenia todas las diez y siete provincias que contenía entonces el Pais 
Bajo, casándola con el señor archiduque Alberto de Austria, y no personal- 
mente, sino también á favor de sus hijos y descendientes: por manera que 
estas divisiones y renunciaciones, cuando interviene la causa pública, la paz. 
quietud y conservación de los reinos, siempre han sido admitidas y aprobadas 
del mundo católico, y no se ha visto autor que las repruebe, sino la del rey 
Cristianísimo establecida en los Pirineos juntamente con los capítulos de pa- 
ces, y esto por tal ó cuál francés apasionado y de ningún crédito. 

«Lo que queda apuntado es cuanto mira á la sustancia desta importantísi- 
ma materia, en que no presume el que vota que puede hacer opinión, antes 
suplica á V. M. se sirva de comunicarla con la mayor reserva posible á sugetos 
de acetrina, prudencia, cristiandad y noticias históricas, que si hallaren re- 
pugnancia en algo de lo que va presupuesto, desengañen y den luz á Y. M. do 
lo que se debe seguir y resolver. 




PARTK Ul. LIBRO ▼• 453 

«Por lo que toca al modo de encaminar esta negociación, juzga el marqués 
sin el menor recelo de engañarse» qae no teniendo V. M. pariente, amii^u ni 
aliado que mas de corazón le ame, desee sus aciertos y se interese en sus for- 
tonas qoe al señor Emperador, debe V. II. fiarla enteramente de S. M. Cesá- 
rea» remitiéndole amplísima plenipotencia, para qoe ose dolía cuando y en la 
forma qoe lo jozg;ise oportuno, poniendo á su dirección los demás pontos con- 
cernientes á la paz, y esto con el mayor secreto y reserva que cupiese en lo 
posible. 

«Seria la mejor la que se hiciese sobre la planta de la de Westphalia. La 
menos mala la de los Pirineos. La menos buena la de Ni mega. Pero el grado 
i que DOS Tcmos reducidos no nos da facultad de escoger, sino de tomar la 
menos mala: y si cualqujcra no se estableciese con la espresada calidad da 
continuarse la liga defens'va, con cláusula de garantir todos los aliados al que 
ízere invadido de la Francia, será fundar edificios sobre arena, y perdemos 
por negociación como nos perdemos por la hostilidad. 

«Esto, señor, es lo que ha podido aprender la corta capacidad del que vota 
en la prolija serie de muchos años, negocios y ocupaciones, y lo qoe el flaco 
de la salud quebrantada le ba permitido representar á V. M. con vivo y cor- 
dial deseo ^ amor á su real servicio, pidiendo á la Divina Providencia conce- 
da á V. H . los aciertos y larga vida y feliz sucesión que nos importa á sos 
vasallos p 

Tal era el modo de pensar del marqués de Mancera sobre los dos graves 
asuntos de la paz y de la sucesión, emitido y espré)|Klo coa la franqueza y 
estilo que han podido observar nuestros lectores. Y por este orden iban dando 
sa opinión en las consultas el cardenal Portocarrero, el almirante, el con- 
destable, el duque de Montalto y el conde de Eionterrey, según el modo de ver 
de cada nao, y su inclinación ó su interés por las personas quo se designaban 
como aspirantes con mas ó menos derecho á la sucesión. 

Ajustada que fué la paz de Riswick, en la que llevó Luis XIV. el designio 
qoe hemos enunciado, y á cuyo fin se propuso contentar y halagar á los espa- 
ñoles, resolvió trabajar ya mas abiertamente y con ahinco en hacer valer el 
derecho de su nieto Felipe de Anjou á la sucesión del trono de España, en el 
caso, cierto para él, de no tener Garlos IL posteridad, á cuyo objeto envió de 
embajador á Madrid al conde de Harcourt, hombre de gran penetración y no 
escasa ciencia, guerrero valiente y afortunado, afable, cortés, y sobre todo 
astuoso, cualidades de mucha estima para los españoles. Asi fué que luego se 
empeñó una lucha activa de manejos é intrigas diplomáticas entre él y el em,-^ 
bajador del imperio conde de Harrach. Mas como quiera que no fuesen el ar- 
chiduque Carlos de Austria y el hijo del delfin de Fraocia los solos que alega^ 



13 i HISTORIA DE ESPAÑA* 

ban derechos á la futara vacante del trono de Castilla» diremos cuántos y cuá- 
les eran los pretendientes, y de dónde le venia á cada cuál el derecho quo 
alegaba. 

Era el delfín de Francia hijo de la infanta Haría' Teresa de España, primo- 
génita de Felipe IV. y heriíiana mayor de Carlos II. Por consecuencia, suce- 
diendo por las leyes de Castilla en el trono las hembras primogénitas ¿ sus 
hermanos varones á falta do hijos de éstos, bien que no hubiera la misma cos- 
tumbre en Aragón, indudablemente el derecho público de Castilla favorecía ¿ 
los hijos de María Teresa y de Luis XIV., y el delfín renunciaba ea so bijo se- 
gundo Felipe, duque de Anjou. Pero mediaba la renuncia solemne de María 
Teresa al trono de España, hecha por el tratado de los Pirineos, y confirmada 
por las cortes y por el testamento de su padre. A e$to contestaba la corte de 
Francia que aquella renuncia habia sido hecha para disipar los temores de las 
naciones europeas de quo pudieran un día reunirse en una misma persona laa 
dos coronas de Francia y de España, pero que aquella cesión no habia podido 
hacerse legalmente porque nadie puede por su sola voluntad alterar las leyes 
de sucesión de un reino con perjuicio de sus descendientes, y por tanto subsía^ 
tía íntegro el derecho de los hijos de María Teresa. 

Fundaba su derecho el emperador Leopoldo de Austria en que'estingaida 
la primera línea varonil de la dinastía austríaco-española, debia acudirse á la 
línea scgundogénita, de que él descendía como cuarto nieto de Fernando 1.» 
hermano del emperador Carlos V., y además en los derechos de su madro 
Mariana, hija de Felipe^. Para evitar la reunión de las coronas de Anslnria y 
España en una misma persona, lo cual daria celos á las potencias europeas, él 
ysu hijo mayor José abdicaban en su hijo segundo el archiduque Carlos. Ale* 
gaba además, que aun en el caso de suceder las hembras, debia preferirse la 
mas cercana al tronco, no la mas cercana al último poseedor. Bien que en esto 
caso tenia mejor derecho Luis XIV. como hijo de Ana de Austria, hija mayor 
de Felipe III. 

Apoyaba los sayos el príncipe de Baviera en ser nieto de la infanta Marga- 
rita, hija menor de Felipe IV. y primera muger del emperador Leopoldo. Y 
aunque la madre del príncipe , al casarse con el duque do Baviera, habia re- 
nunciado también los derechos á la corona de España, aquella renuncia no 
había sido confirmada ni por Carlos II. ni por las cortes de Castilla, y por 
tanto no se tenia por válida. Por eso los mas de los consejeros españoles, y el 
m'smo rey, consideraban de mejor derecho al príncipe de Baviera. 

Habia además otros tres pretendientes, á saber: el duque Felipe de Or- 
leans, como hijo de la infanta Ana de Austria, muger de Luis XIII.: el duque 
Victor Amadeo de Saboya, como descendiente de Catalina, hija segunda de Fe-- 



PAUTE lll. LIBRO V l55 

lipe If .; y aun el rey de Portugal, cuyo título era descender de la in.anta doña 
María, hermana menor de doña luana la loca, que casó con el rey don Ma- 
nuel. Pero las pretensiones de los tres últimos príncipes desaparecían ante los 
mejores derechos de los otros tres pretendientes, que eran los principales. 

Aunque todo el mundo preveía que en último resultado esta cuestión ha- 
bría de decidirse y fallarse mas por las armas que por los alegatos en deiecho, 
cada uno de los representantes de las cortes competidoras procuraba ganar 
con maña el afecto del rey, de los magnates y del pueblo español, sin perjui- 
cio de prevenirse cada soberano, y muy especialmente el francés, aumentando 
sos fuerzas de mar y tierra en las fronteras y en los puertos. Cuando llegó á 
Madrid el embajador francés Ha rcourt,. encontró el partido austríaco dominan- 
te. La reina, que con su genio imperioso tenia supeditado al débil Garlos, ha- 
bía trabajado mucho. Los gobiernos de Cataluña, de los Países Bajos y de Ña- 
póles, habían sido conferidos á los príncipes de Darmstad y de Vaudemont y 
al duque de Pópoli, alemanes aquellos, y afecto éste al mismo partido. Por ar- 
t3 de la reina fué al principio bastante mal acogido por el rey el conde de 
Harcourt; pero él disimuló, y esplendido como era, y ampliamente facultado y 
asistido para ello de su soberano; comenzó por agasnjar con delicados presen- 
tes y obsequios á los grandes menos afectos á Francia, formando contraste su 
conducta con la seca altivez del austríaco. De igiíal condición tatmbien las mu- 
gpresdelos dos embajadores, mientras el orgullo de la de Ilarrach la bacía 
aborrecible á las damas de palacio, la fina franqueza de la de Harcourt se fué 
atrayendo la adhesión de casi todas, y llegó con su dulce trato hasta á gran- 
jearse el cariño de la reina, siendo tan de corazón alemana. El oro francés 
hizo su efecto con la Perdiz y «/ Cojo, persooages tan importantes como ya he- 
mos dicho por su favor con la reina; El confesor Cbiusa fué halagado con la 
'esperanza de alcanzarle el capelo. A la reina misma le dio á entender el de 
Harcourt que sulo á so mediación quería que debiera el duque de Anjou la co- 
rona; hízole entrever la ¡dea de su enlace con el Delfín cuando quedara viuda; 
le prometió que se devolvería á España el Rosellon» y que la Francia la ayu- 
daría á la reconquista de Portugal (4), 

(f ) No permitiéndonos la naturaleza de todes que iba tomando este célebre asunto, 

esta obra hacer un minucioso y detenido y los resultados que iban dando las geslio- 

i^lato de la copiosa correspondencia diplo- net. En la gran Colección de Documentos 

i&áiica y de las Urgas negociaciones que inéditos para la Historia de Francia, em« 

mediaron durante algunos años entre los prendida de orden del rey Luis Felipe, y 

príacipes y los representantes y ministros principalmente ea los volúmenes dedicados 

délas potencias interesadas eo la ruidosa á esclarecerla cuestión relativa á la suce-* 

cueslioD de It sucesión española, y entre los Sion de España, se hallan piezas y docu-> 

rmbajadores y sus respectivos gobiernos, mentes en abundancia, que debe consultar 

Iftt. Meemos sino indicar las fases y victsi- el que desee hacer un estudio espi^cial so<« 



166 HISTORIA DE ESPAÑA. 

Con estos y otros alloientos, hábilmente empleados, estuvo la reina indc-» 
cisa y casi inclinada á abandonar el partido austríaco; y tal vez lo hubiera 
hecho ¿ no haber visto á sus mayores enemigos de parte déla casa de Borbon, 
y ¿ no haberla alentado el confesor Maiilla, el almirante y otros ministros y 
^nsejeros. Pero ya la causa de la Francia había ganado tanto en el pueblo» 
que apenas la de Austria contaba con apoyo sólido fuera de la inclinación del 
rey, y aun ésta se la enagenaban casi coiñpletamente los agentes del imperio 
con la indiscreción de estar hablando de ello constantemente ¿ Garlos, sin con- 
adoración al estado entonces ya. delicadísimo de su salad, y sin miramiento al 
disgusto con que naturalmente habia de oir el afán con que se disputaba sa 
herencia, como si ya se le diera por muerto. Esto le movió á esquivar cnanto 
pudo las visitas de Harrach*, y el embajador alemán, menos flexible y me- 
nos sufrido quq el francés, no pudiendo tblerar aquel desvío se retiró amosta- 
zado ¿ Viena, dejando en su tiígar un hijo suyo, tan altanero como él, y sin la 
experiencia y la sagacidad de su padre. Aquel enfado y esta novedad diplomá- 
tica fué uno de los incidentes que favorecieron más al influjo de la casa de 
Borbon. 

Otra de las conquistas, y acaso la mayor de todas, que hizo con su política 

m 

el francés, fué la del cardenal Portocarrero, que celoso ya del almiranle por 
privados motivos, abandonó el partido austríaco que hasta entonces habia sos- 
tenido con él, y se decidió en favor 'de la Francia. Era el cardenal hombre de 
corto talento y de muy escasa lectura, pero muy acreditado por su piedad 
y virtud, y por la incansable generosidad con que socorría á los necesitados. 
Tenia mucha influencia con el rey, y por tanto la causa que abrazaba llevaba 
muchas probabilidades de triunfo. Asi fué que á su ejemplo se alistaron en el 
mismo partido el inquisidor general Rocaberti , y otros principales señores. 
Saben ya nuestros lectores, por que atrás lo hemos dicho, que el cardenal aco- 
saba al P. Hatilla, confesor del rey, de ser la causa principal de los males del 
reino: logró pues en esta ocasión que el rey le apartara del confesonario, y á 
propuesta del m'smo cardenal vino á reemplazarle el P. Fr. Froilan Díaz, ca- 
tedrático de prima en la universidad de Alcalá, de la misma religión qoe 
Hatilla, y hombre de mas piedad que juicio y de mas virtud que talento. 

En tal estado habría podido tal vez triunfar definitivamente la política y 
d intento de Luis XIV., á no haberse aparecido de nuevo en la corte el condo 

bre esta mtteria. Asi como nos sería tam- más, en nuestras bibliotecas y arcbivos. IIC' 

bien imposible hacer lo mismo con las con- mos revisado estas numerosas colecciones, 

pullas, respuestas y dictámenes que sobre es* y de unas y otras nos liemos servido para «I 

te negocio mediaron en nuestra E^tpaña, y se sucinto extracto que damos en el testo, 

conservan, impresos unos, m^Auscritos los ' 



PARTB Uh UBRO V. Ift7 

de Oropesa, desterrado basta entonces en la Puebla de MontaWan. La reina, 
que no le amaba, pero que sabia que era hombre de valer, en el conflicto en 
que se bailaba se acogió á d, y le halagó haciéndole presidente de Castilla. 
Con la adhesión del de Oropesa se reanimó algún tanto el partido austriaoe; 
mas no tardó en desavenirse y romper con el almirante, al modo que le habia 
socedido á Portocarrero, y entonces se propuso fomentar el que podia llamar- 
se tercer partido, el del principe de Bavicra, el mas apoyado por los juriscon- 
sultos, al que más propendía el rey, pero que desde la muerjle de la reina ma- 
dre no habia tenido quien le impulsara y le diera calor. Asi se abrazaban y se 
defendían las causas de los pretendientes, pasándose de uno i otro partido^ 
fflenoa por convicción que por resentimientos, rivalidades ó intereses* 

Pero al mismo iiempo que asi se empleaba en Madrid la intriga cortesana, 
Luis XIV. acudia i otra clase de medios mas políticos y de mas elevada este- 
la. Aparentando deseos de paz, pero teniendo amedrentado al emperador con 
sos preparativos de guerra; fingiendo abandonar sus pretensiones sobre Espa- 
fia á fin de reconciliarse con el monarca inglés Guillermo 111., negoció con las 
potencias marítimas un nuevo tratado que irritara al propio tiempo al empe- 
rador y ¿ los españoles, para perjudicar á aquél, y sacar después mejor partido 
de éstos. So protesto de mantener el equilibrio europeo, y que ninguna de las 
potencias se engrandeciera demasiado con la sucesión de España, indújolas á 
hacer el famoso tratado que se llamó M Repartimiento (i 4 de octubre, 4698)« 
Porque en él se estipuló dividir los dominios de España y repartírselos, apli- 
cando al príncipe de Baviera la península española, los Paisas Bajos y las In- 
dias, al delñn de Francia los estados de Ñápeles y Sicilia, con el marquesado 
da Final y la provincia de Guipúzcoa, y al archiduque Garlos de Austria el 
Müanesado; obligándose los aliados, en el caso de que las familias de Austria 6 
Baviera negaran su adhesión á este pacto, á reunir sus fuerzas para atacarlas, 
quedando á salvo sus derechos respectivos. Este contrato celebrado entro 
Francia, Inglaterra y Holanda, habia de permanecer por entonces secreto, y 
Guillermo de Inglaterra se encargaba de pedir el consentimiento al emperador* 
íá conseguía Luis XiV. separar del Austria las potencias marítimas, y poner 
eo pugna al de Baviera con el imperio, lo cual era un gran paso para sus ulte- 
riores plaL.es. 

Como era de esperar y suponer, el emperador se mostró altamente indig« 
nado por la pequeña porción que en el reparto se adjudicaba á su familia, des- 
conociendo sus derechos. Los españoles se irritaron de ver que las potencia» 
Mtrangeras dispusieran asi á su antojo de la monarquía; revivió la natural al« 
Uvez y antigua soberbia del pueblo español; ía nación ardía en cólera, y Gár» 
k» 0., no obstante la flaqueza en que le tenia su enfermedad, se quejó enér- 



45S HISTORIA DE &SPAJÜA. 

gícamenle por medio del embajador marqués de Canales al rey de Inglaterra 
por el insulto que en el tratado se había hecho al rey y á la nación espadóla , 
y protestando contra tan escandalosa arbitrariedad» Ya el pueblo en este caso 
89^ confoi-maba á recibir al sucesor que su soberano señalase, y el conde do 
Oropesa se aprovechó de todas estas circunstancias y de las disposiciones an-» 
teríores dol rey para acabar de decidirle en favor de su candidato el de Bavie- 
ra. Los magistrados y juristas ¿ quienes se consultó, informaron también quo 
era el pretendiente de mejor derecho, y en su virtud declaró Carlos II. 8uce«> 
sor y heredero de todos sus estados después de su muerte al príncipe José 
Leopoldo de Baviera. Prorumpió el emperador cuando lo supo en tan fuertes 
quejas, y protestó con tal altivez que acabó de ofender é irritar contra sí á 
los españoles. Al contrario el rey de Francia, contento al parecer con haber 
alejado al rival mas peligroso, no se dio por sentido, sin renunciar por eso 
á sus proyectos. Portocarrero tuvo también la prudencia de no mezclarse en 
este asunto, ni manifestar oposición, no obstante sus últimos compromisos 
con el francés. 

Parecía resuelta ya con esto la cuestión. Pero un acontecimiento inesperado 
vino de repente á complicarla y dificultarla de nuevo, ¿ saber, la muerte del pre- 
sunto heredero de la corona de España, el pnncipe de Baviera, acaecida en Bru- 
selas ala temprana edad de seis años (8 de febrero, 4699). Mo nos admiran las 
sospechas que hubo de que la muerte no fuese enteramente natural. De todos 
modos este suceso acabó con las esperanzas de un partido, y puso á los otros 
dos, el francés y el austríaco, en situación de luchar frente á frente. Ambos 
eran fuertes, y no podía asegurarse cuál de ellos acabaría por vencer al otro« 
Porque si el de Austria se reforzó con el conde de .Oropesa, que hacia graa 
peso en la balanza, y faltándole el príncipe bávaro se puso del lado de la rei- 
na y el almirante; en cambio el antiguo presidente de Castilla Arias y el cor- 
regidor de Madrid don Pedro Ronquillo, resentidos de Oropesa, pasaron á re- 
forzar á Harcourt y á Portocarrero. Oropesa y el cardenal eran los personages 
mas influyentes en la corte, y como la cuestión de sucesión era el negocio quo 
absorbía todo el interés, el gobierno y la administración del Estado estaban 
abandonados completamente, y ni aun la junta de los tenientes generales 
daba señales de vida, habiendo caído en la inacción y casi en el olvido desdo 
que se concluyó la guerra. Enfermo de cada día más el rey, siendo el ju« 
gnete lastimoso de los que por ignorancia ó por malicia atribuian sus enfer- 
medades á hechizos y le trataban como á maleficiado; poseído de una profunda 
melancolía, ni se ocupaba en nada ni estaba sino para pensar en la muerto, y 
todomaichaba á la ventura. 

La falta de gobierno y las malas cosechas de aquellos aQos produjeron es*- 



PARTE Ul. LIBRO V* i59 

casez y carestía de mantenimientos en Madrid, y con ella el hambre. Ecbabs^ 
el pueblo la culpa de este mal al conde de Oropesa como presidente de Casti- 
lla, y aumentaba el disgasio y la murmuración la voz, no ya nneya» de que él 
y su mnger comerciaban y especulaban ¿.costa de la miseria pública en cier- 
tos artículos de primera necesidad. Formaba contraste con esta conducta la 
Bolicilud y la generosidad con que el embajador francés y sus amigos distrí« 
buian limosnas y prodigaban socorros, cosa que el pueblo recibe siempre bien« 
y que ellos no bacian sin estudio, siendo su comportamiento una acusación 
elocuente, aunque tácita, de sus adversarios. Una mañana (abril, 4699), por 
ano de esos choques ó reyertas que nunca faltan cuando están predispuestos 
los ánimos, alborotóse en la plaza un grupo de gentes, primero contra un al« 
Snacil, después contra el corregidor, insultándole y persiguiéndole buen tre« 
cho. La multitud amotinada llegó hasta la plaza de palacio atronando con los 
gritos de: «¡Pan^ pan I ¡Viva el Rey/ ¡Mueran los que le engañanl ¡Muera 
Oropeeaf» Acudieron varios magnates al regio alcázar, pero azorados todos, 
nadie sabia qué aconsejar al aturdido Carlos. La muchedumbre pedia que sa« 
liera el rey al balcón y se dejara ver del pueblo: la reina entonces con bas- 
tante presencia de ánimo fué la que se asomó y dijo á los tumultuados que el 
rey dormía: eMucho tiempo ha que duerme ^ contestaron aquellos, y yaloee 
deque deepterte.in Tuvo al fin que presentarse el rey, el cual les ofreció que el 
conde de Benavente les hablaría ep su nombre y oiria sos quejas. Salió en 
efecto el de Benavente, que no dejaba de tener cierta popularidad, y acaso es- 
taba en alguna inteligencia con los insurrectos; ello es que estos le prometió'^ 
TOO retirarse con tal que no se los castigara, y se nombrara corregidor de Ma- 
drid á Ronquillo. Concedido que fué esto por el rey, y llamado Ronquillo ¿ 
palacio, salieron los dos á caballo á la plaza, siendo victoreados por la mucho* 
dombre. aEl rey o$ perdona, les dijo el de Benavente, pero en cuanto á la ca» 
rtitia del panno puede él remediarla, y eobre esto eerú bien o« diríjale aV 
conde de Oropesa, que tiene los abastos. n 

No era menester más, y tal vez no con otro intento fueron pronunciadas 
aquellas palabras, para que la multitud ev.vuára instantáneamente la plaza 
de palacio y se trasladara en tropel á la de Santo Domingo donde vivía Oío- 
pesa. Lograron éste y su muger salvarse, avisados por el almirante poco an- 
tes de llegar las turbas, pero no se libró su casa de ser saqueada. Lo fué des- 
pués la d^l almirante, aun con mas furia, por la resistencia que opusieron sus 
Criados; asi fué que no quedó en ella cosa que los asaltantes no destrozaran, 
ni hubo exceso que no cometieran. Valióle al de Oropesa haberse refugiado en 
las casas del inquisidor general, ante cuyas puertas se detuvo la multitud, 
bien que no dejando de pedir á voces su cabeza. Era ya casi de noche, y el 



460 HISTOBU DE B£ÍPAflA. 

motin no se sosegaba. Salieron entonces el cardenal de Córdoba y los frailes 
de Santo Domingo como en procesión, y al mismo tiempo andaba Ronquillo á 
caballo entre los insurrectos con un Crucifijo en la mano. Bien se debiera á 
las exhortaciones de los religiosos, bien que á Ronquillo le pareciera que no 
debian ir las cosas mas adelante, ó que impusiera á los tumultuados la noticia 
de que entraba en Madrid un cuerpo de doscientos caballos conducidos por el 
príncipe de Darmstad, á quien ¿ntes se habia mandado venir de Cataluña» fué- 
ronse deshaciendo los grupos y retirándose, y quedóse el resto de la noche 
Madrid en silencio. 

Aprovecháronse de este suceso los del partido francés para gestionar con el 
rey la separación de Oropesa: él mismo pidió su retiro, fundado en la impuni- 
dad en que se dejaba á los alborotadores; mas como el rey, que aun le conser> 
vaba el antiguo cariño, se negara á admitir la renuncia de la presidencia de 
Castilla, celebraron aquellos una junta en casa del cardenal Portocarrero, y 
oido el parecer del respetable jurisconsulto Pérez de Soto, que era favorable á 
la casa de Borbon, acordóse hacer los mayores esfuerzos para alejar de la 
corte á los del partido imperial. Empleó Portocarrero todo el influjo que 
por su dignidad y sus virtudes ejercia en la conciencia del rey, hasta con- 
seguir que volviera á desterrar á Oropesa á la Puebla de Monta! van, res- 
tableciendo á don Manuel Arias en la presidencia de Castilla; que mandara al 
almirante retirarse á treinta leguas de la corte; que ordenara al de Darmstad 
retirarse á Cataluña con sus tropas alemanas. A la condesa de Berlips se le 
señaló una pensión sobre las rentas de los Paises Bajos, aunque todavía no 
salió hasta el año siguiente de España. También se desterró al de Monterrey 
por espresiones ofensivas y poco decorosas que hubo de soltar, con cuyo moti-> 
vo hubo otro amago de motin en la corte, dirigido sin duda por una mano 
oculta, que muchos no dudaban fuese la del embajador de Francia. 

De este modo quedaba campeando en 4699 el patido francés, reducido ol 
austriaco á la reina, al conde de Frigiliana, y al que era entonces secretario 
del despacho universal don Mariano de Ubilla, con algunos otros de menos 
importancia. Mas es ya tiempo de dar cuenta del peregrino suceso de los he-> 
chizos que se decia estaba padeciendo el rey, y délos verdaderos tormentos y 
Bínsaboresqoecon aquel motivo sufría. 



üPimo XIII. 



LOS HECHIZOS 



RETt 



Jfte §••• * 49ra«. 



to qat d¡6 oeasiott á sospechar que estaba hechizado.— Sus padecimientos fisieos, so c<m- 
dncta-^Gobra cuerpo la especie de los hechizo6»-*Bl ioquisidor general Rocaberti, y el 
eoiilesor Fr. Froilan D¡at.-*Su correspondencia con el vicario de las monjas de Cangas 
en istarías.— Monjas energúmenas.— Conjaros: respuestas délos malos espíritus sobre 
los hechizos del rey.— 'Relaciones estraYagantes.^-Surrimientos de Carlos. ~T9ue vas rela- 
ciones de unos endemoniados de Vieoa sobre los hechizos del rey. ~ Viene de Alemania 
nn famoso exorcista á conjurarle.— Indagaciones que se hicieron de otras energúmenas 
en Uladríd.H^^uiénGS jugaban en estosenredos.— Nómbrase inquisidor general al car«» 
denal Córdoba.— Maere casida repente. -Sucédele el obispo de Segovia. —Delata á la 
loquisicíoo al confesor Pr. Froilan Diaz.— Despójase á éste de los cariaos de confesor p 
de ministro del Consejo de Inquisicion.>-Célebre proceso formado i ^. Froilan Días 
sobre los hechisoe.— Importante y curiosa historia de este ruidoso proceso.-->Término 
qoe tuvo. 



No era nuevo en España, y acontecía lo propio en otros países en el si- 
^ XYII., atribuir á los malos espíritus, ó á obra de hechicería, ó bien ¿ arte 
de encantamiento, cierto estado, ya físico, ya moral, de los reyes y de otros 
personages ilustres» Recordemos sino las diligencias judiciales que con toda 
Cormalidad se instruyeron sobre los hechizos que se suponía daba el conde- 
duqne de Olivares al rey Felipe IV. Los que se cuenta haber padecido Car- 
los II. han alcanzado, no sin razón, cierta celebridad histórica que nos pone 
en la obligación de referir lo que sobre ello hubo de cierto, lo cual al propio 
tiempo dará idea á nuestros lectores de las costumbres de aquella época, y 
de aquella rara mezcla que se advierte de fanática superstición y candida ig* 

Borancia en unos, de hipócrita y refinada maldad en otros. 
To«o IX. 11 



4G2 HISTORIA DE ESPAÑA» 

La' estrema flaqueza y desfallecimiento físico que desde muy temprana 
edad esperimentaba el rey, junto con ciertos movimientos convulsÍTOs que en 
.determinados períodos padecía, y que los médicos no acertaron ¿ curarle, de- 
generando en dolencia crónica que á veces se le agravaba en términos de po- 
ser en inminente peligro su vida; la circunstancia de reconocerse en Garlos un 
entendimiento claro, una conciencia recta y una piedad acendrada, y de verle 
obrar comunmente en sentido contrario á estas dotes y á estas Tirtudes, hizo 
nacer y cuudir la sospecha y el rumor de que los malos espíritus estaban apo- 
derados de sü persona. Ya en tiempo del inquisidor general don Diego Sar- 
miento Valladares llegó á tratarse este asunto en el Consejo de Inquisición, si 
bien se sobreseyó pronto en él por falta de pruebas. Con noticia que de correr 
esta especie tuvo el enfermizo monarca, él mismo consultó en secreto con el 
inquisidor general Rocaberti, (principios de enero, 4698), encomendándole 
averiguase lo que hubiera de cierto, ó para buscar el remedio, ó para salir do 
su cuidado. Era Rocaberti hombre mas fanático y crédulo que avisado y 
docto. Dio cuenta de ello al tribunal del Santo Oficio; y los inquisidores, mas 
ilustrados que ser superior, no encontrando materia de procedimiento, no qui- 
sieron tampoco llenar de escándalo y turbación la corte con una cosa que mi- 
raron como inverosímil y absurda, mientras otros datos ó pruebas no hubiese. 

Insistiendo no obstante en su idea el Rocaberti, aprovechóla circunstancia 
de haber sido destinado al confesonario del rey (abril, 4 698) el P. Fr. Froilan 
Diaz, varón de tanta piedad como candidez, y de no muchas letras, aunque ca^ 
tedrático de Alcalá, para inducirle, como lo logró, á que le ayudara en sus in- 
vestigaciones sobre los hechizos del rey. Dio la casualidad que á poco tiempo 
de esto un religioso dominico, contemporáneo del Fr. Froilan, le diese noti- 
cias de que en el convento de dominicas recoletas de la villa de Gangas de Ti- 
neo en Asturias se hallaba de confesor y vicario otro religioso, amigo antiguo 
de ambos, llamado Fr. Antonio Alvarez de ArgQelles, que tenia especial habi- 
lidad para exorcizar endemoniados, como lo estaba acreditando con tres re* 
ligiosas poseidas que había en el convento, y que por lo tanto platicaba con 
los demonios, quienes le habian revelado cosas importantes. Faltóle tiempo 
al Fr. Froilan para comunicar tan interesante descubrimiento al inquisidor, y 
éste vio, como decirse suele, el cielo abierto para sus fines. Inmediatamente 
escribió al obispo de Oviedo don Fr. Tomás Reluz para que interrogara al vi- 
cario. Pero aquel prelado dio una lección de buen sentido al inquisidor gene* 
ral, contestándole, que lo que el rey padecía no eran hechizos, sino flaqueza 
de cuerpo y una escesiva sumisión á la voluntad de la reina, y asi lo que ne- 
cesitaba no eran exorcismos sino saludables medicinas y buenos consejos. 

Mas no dándose por abochornados con esto Rocaberti y el confesor, cscri» 



PARTE III. UBRO V. 463 

bieitm directamente al vicario de las monjas (18 de junio, 4698), dándolo 
instracciones de cómo habia de preguntar al demonio, teniendo en el pecho 
una cédula con los nombres del rey y de la reina. Respondióles el Fr. Anto- 
nio que habia hecho el conjuro, puestas las manos de una de las energúmenas 
sobre un ara, y que el demonio habia dicho que en efecto el rey estaba he- 
chizado desde los catorce años, y que el hechizo le había sido dado en una 
bebida (4). Prescribía luego el padre, como cosa suya, las medicinas que se le 
habían de dar en ayunas, y cómo se habían de bendecir, añadiendo que no se 
perdiera tiempo, porque habia mucho peligro. A esta carta contestó el confe- 
sor dando las gracias al P. Arguelles, pero haciéndole mil preguntas; cuántas 
Teces y en qué lugar se hablan de hacer los conjuros, qué remedio habría en 
logar del aceite que habia mandado y que el rey no podía tomar, cómo se lla- 
maba la persona que le había hechizado, y dónde vivía, etc. A fuerza de ins- 
tancias que en otras cartas posteriores le hicieron, pues á aquella no dio con- 
lestacion, respondió el vicario á nombre del oráculo á quien consultaba {t% de 
octubre, 4698), que los hechizos se los había dado en 4676 la reina doña Ma- 
riana de Aostria, por medio de una muger que se llamaba Casilda, en un po- 
cilio de chocolate, y que el maleficio le habia confeccionado de los huesos de 
no ajusticiado en la Misericordia: que esto lo habia hecho á fin de reinar, en 
tiempo de don Juan de Austria, y que Valenzuela había sido el intermedio; 
daba repugnantes pormenores acerca del filtro, é insistía en prescribir como 
lemedíos lo ádí aceite bendecido en ayunas, ungirle el cuerpo y cabeza, y 
derlas ceremonias para los exorcismos. 

Asi continuó por algún tiempo esta correspondencia, llena de ridiculeces y 
puerilidades cada día mas absurdas, hasta que el vicario de las monjas, s3 
conoce que hostigado y apretado con tantas preguntas, escribió en S8 de no- 
viembre (4698), que había encontrado á los demonios por demás rebeldes, y 
qae después de dos horas de conjuros para hacerlos hablar, le respondió Luci- 
fer que no se fatígase, que el rey no tenia nada, y que lodo lo que antes le ha- 
bia dicho era mentira. Aun no bastó tan desengañada respuesta á la fanática 
^ntc que rodeaba al infeliz monarca, y no pararon el inquisidor y el confesor 
hasta arrancar del vicario (que sin duda no se atrevia á faltar á Rocabertí, que 
habla sido su superior, y á quien llamaba tni amo) otros pormenores y señas 
dccrca de los maleficios. En estas hablaba, no solo de la Casilda Pérez, sino de 
otra segunda hechicera, por nombre Ana Díaz, que vivía en la calle Mayor; 



(O f ^ ftoff (aSadia eulaiio, y en latin regnumadminislrandum.—Vrocesocrimi' 

debemos traoscribirlo también nosotros) ad mal fulminado contra el P. Fr. Froílan 0iac, 

du¡rue»dam materiam g»nerattonis in impreso en Madrid en i7S7, tomo I. 
'<9«,((aJ enm inGapacem pontndum 0(t 



404 HISTORIA DE ESPASA. 

pero asegurando repetidamente el demonio qne ya no se descubriría más en el 
asunto hasta que fuera exorcizado el rey en )a capilla de Atocha, cosa que no 
les pareció bien á los de acá. Pero esta singular correspondencia prosiguió 
hasta junio de 4699, en que cesó por muerte del inquisidor general Roca- 
berti (4). 

Lo peregrino del caso es, que á pesar de las estravagancias de aquelbs re- 
Yelaciones, en Madrid se practicaba con el rey todo lo que el demonio por con- 
ducto del vicario de las monjas de Gangas prevenía que' se hiciese, esoepto lo 
que evidentemente se conocía que era mas apropósito para matarle que para 
sanarle. Pero se le llevó á Toledo, se trajeron á la cámara médicos de fuera, 
y se hicieron otras cosas de que nadie acertaba á^ darse esplicacion, y era quo 
venian sugeridas de Asturias. El pobre Garlos sufría muchos tormentos, y no 
era el menor de ellos el de la aprensión en que le habían metido; y cada vez 
que se advertía algún alivio ó mejoría en su salud, se atribuía á la eficacia de 
los exorcismos y de los otros remedios. La reina no se apercibió de lo que pa- 
saba hasta poco antes de morir Rocaberti: en el enojo y la indignación que le 
produjo semejante superchería, ya- que no pudo vengarse del inquisidor por- 
que la muerte le libró de sus iras, meditó cómo tomar venganza del confesor 
Fray Froilan. 

Si hasta aquí habían hablado los malos espíritus de Asturias, después co- 
^ menzaron á hablar los de Alemania, de donde envió el emperador Leopoldo 
una información auténtica, hecha por el obispo de Viena, de lo que dijeron 
unos energúmenos exorcizados en la iglesia de Santa Sofía; á saber, quo Gar- 
los II. de España estaba maleficiado, y que la hechicera había sido una mu* 
ger llamada Isabel que vivía en la calle de Silva, y los instrumentos del male- 
ficio estaban en el umbral do la puerta de su casa y en cierta pieza de palacio. 
Llevados estos papeles por el embajador del imperio al consejo de Inquisición, 
biciéronse averiguaciones, y en ambos lugares designados se encontraron unos 
muñecos y envoltorios, que por dictamen de teólogos se quemaron en lugar 
sagrado con las ceremonias que,prescribe el misal romano (julio, 4699). Para 
exorcizar al rey se hizo venir también de Alemania al capuchino Fr. Mauro 
Tenda, que tenia gran fama en esto de conjurar y lanzar demonios, el cual con 
sos conjuros, hechos con atronadora voz, dio no pocos sustos y sobresaltos al 
iafeliz monarca, que acabaron de ponerle en el mas miserable estado. Y como 
los exorcistas de ahora eran alemanes, temióse mucho que los demonios da 
Alemania trastornaran su juicio hasta hacer que viniese la corona al archidu- 
que austríaco. 

(I) Todo esto te encuentra minuciosa- eeio criminal contra §1 P. Fr, Éftúiíúm 
mente referiJo en el citado opAaculo: Pro» Dia», tom.1. 



PARTE 111. LTDRO V. 465 

En esto aconteció que un día (setiembre, 4699) se entró en palacio nna 
muger desgreñada y como frenética, sin que pudiera contenerla nadie hasta 
qae logró llegar á la presencia del rey, el cual asi que la tío sacó el ¿^ntiiii 
Crucis que llevaba consigo, con que se detuvo la muger, siendo después sacada 
en hombros hasta las galerías. Súpose que esta muger vivía con otras dos, po- 
seídas también del espíritu maligno, y se envió ¿ conjurarlas á Fr. Mauro 
Tenda, acompañándole algunas veces de orden del rey el padre Froilan. Tnter« 
rogado él demonio, resultó esta vez de su respuesta ser los autores del ma- 
leficio la reina y un allegado sayo, llamado don Juan Palia, que le habían 
dado los hechizos en un polvo de tabaco, cuyos restos se conservaban en un 
escritorio. Jugaban además en ello otras mugeres, y no salían bien librados 
niel almirante ni la reina Mariana de Neuburg, lo que dio lugar á que muchos 
. sospecharan que este mal espíritu era francés, y la reina acabó de enarde- 
cerse contra el P. Froilan Dfaz. 'Delatóle á la Inquisición, pidiendo que se le de- 
^ clarara porreo de fé; y para qud la denuncia no fuese ineficaz, trabajó mucho 
para que el rey nombrara inquisidor al comisario general de la orden de San 
Francisco Fr. Antonio Folch de Cardona, que era partidario suyo. Mas por es- 
to mismo, y porque era emigo del almirante, se resistió ¿ ello Garlos, nom- 
brando al cardenal Córdoba, hijo de los marqueses de Priego. Guando el nue- 
vo inquisidor general se mostraba resuelto á proceder severamente contra el 
alihirante, á quien suponía agente principal de todos aquellos enredos, hacien- 
do que le prendiera el Santo Oficio de Granada, donde á la sazón había sido des- 
terrado, y que se ocuparan y sellaran todos sus papeles, sobrevínole al carden^ 
Córdoba una ligera indisposición: hiciéronle sangrar los médicos, y tal fué la 
eangriá que á los tres dias, y en la propia noche que le llegó la bula de ín- 
qmsidor general, había dejado de existir. Sobre tan repentino fallecimiento 
luciéronse los juicios y comentarios que el lector podrá discurrir en época do 
tanta intriga y enredo. 

Desfallecido entonces el rey, y mas agitado que nunca su espíritu con tan 
estraordinarios accidentes, fuéle fácil ala reina lograr el cargo de inquisidor ge- 
neral, ya que no para el comisario de San Francisco á quien aborrecía Carlos, 
para el obispo de Segovia don Baltasar de Mendoza, con quien la reina conta- 
ba, y á quien ofreció proponer para el capelo si obraba en conformidad á sus 
planes. Hízolo asi el prelado, delatando á la Inquisición á Fr. Mauro Tenda por 
sopersticioso (enero, 4700), y haciendo que lo fuese después el conf^r fray 
Froilan, acusándole de todo lo sucedido en el asunto del vicario y las ende- 
moniadas de Gangas y en los exorcismos del rey. Aunque el P. Froilan decla- 
ró haber sido todo practicado por orden del difunto inquisidor general Roca- 
bertiycon anuencia del soberano, no pudo conjurarla tormenta que contra él 



íes GISTORIA DE ESPAÑA. 

se había fraguado entre la reina y Mendoza. Presentóse el naevo inquisidor 
general al rey prdiendo separase del confesonario á Fr. Froilan como procesa- 
do por el Santo Oficio. £1 infeliz Garlos no estaba ya en disposición de resistir 
¿ nada, y el cargo de confesor fué conferido á Fr« Nicolás de Torres^Padmota, 
capital enemigo de Fr. Froilan, el cual al dia siguiente fué privado también 
de la plaza que tenia en el Consejo. 

Todo esto, sin embargo, no era sino el principio' de la larga persecución 
que aquel religioso estaba destinado ¿ sufrir, en expiación, no de sus malda- 
des ni crímenes, sino de su credulidad y supersticiosa ignorancia, y de la ene- 
miga y maldad de sus perseguidores. A los pocos dias se le mandó presentarse 
en su convento de San Pablo de Valladolid. En dirección de esta ciudad salió 
el depuesto confesor, mas torciendo luego el camino fuese á Roma, donde en 
virtud de severísimas órdenes recibidas.de la corte le arrestó el* embajador, 
duque de Uceda, y le envió á España en un mal bifque, en el cual arribó con\o 
por milagro á Cartagena. Alli le esperaban ya los ministros del Santo Oñcio, 
^ue apoderándose de su persona le condujeron á las cárceles secretas del do 
Murcia. 

Mas como quiera que este ruidoso proceso durara hasta mucho después de 
la muerte del rey, y que á este tiempo estuvieran ocurriendo otros gravísimos 
sucesos que hablan de producir fundamentales mudanzas en la suerte y la ▼i" 
da de esta monarquía, fuerza nos es dejar ya el incidente de los hechizos y de 
la célebre causa del confesor, de cuya marcha y terminación podrán no obs- 
tante informarse nuestros lectores por la sucinta relación que de ella hacemos 
en la nota que va al pie, y dar cuenta de lo que en Madrid y en las cortes 
cstrangeras se trabajaba en el negocio de la sucesión al trono de España en 
los últimos momentos del reinado de Carlos II. Nuestros lectores comprenderán 
cuan abundante pasto suministrarían los supuestos hechizos á la crítica y la 
mordacidad de los murmuradores y noveleros de Ja corte, y cuan triste espec- 
táculo estaríamos dando á todas las naciones del mundo, entretenida la corte 
de España con puerilidades y sandeces ridiculas, con los cuentos y chismes de 
los energúmenos, con los conjuros y exorcismos de un rey que se suponía he- 
chizado, manejado este negocio por inquisidores, frailes y mugeres, en tanto 
que las potencias de Europa se ocupaban en repartirse nuestros dominios, y 
en disputarse con encarnizamiento la pobre herencia que del inmenso poder 
de la España del siglo XVI. había de dejar i su muerte el desgraciado Car- 
los II. (i). 

(I) Es tan Importante, bajo el puDto de y samariamente. hasta bu fla, 
irista histórico, este proceso, que no pode* Preso el P. Froilan Dias en las ciroeles 
nos dejar de seguirle, siquiera «ea rápida del 8anto Oficio de Murcia, dióse .cuenta de 



PARTE m. LIBRO V. 467 

todo lo actuado en el Consejo Sapramo de U merecimientoe y Mnrieios, diciendo que e) 
loquisioioB, 7 leídos Waatot,á petición del escandaloso alentado cometido contra sus 
inqoisidor general, se nombró vna J)inta de personas no tenia mas causa que haber que* 
cinco calificadores; la cu^, aunque presi^ rido ellos cumplir lis leyes, las órdenes y 
dida por un consejero que no era amigo las bulas pontificias, y excitando i S. M. á 
del acusado, opinó que no merecía censura que tomara mano en el negocio, 4 fin de re- 
ni podia consideriisele como reo de fé. Vis- primir semejantes arbitrariedades y Yiolen- 
U después la causa en Consejo pleno (83 de cía». Temió la reina loa efectos de este paso' 
Joaio, 1700), todo el Consejo declaró que de- de una corporación tan respetable, y diri- 
bia sobreseerse. Empeñóse, no obstante, el gió algunos cargos y exhortó i la templanza 
inquisidor general en que había de seguirse 4 su amigo el inquisidor generaL Por sa 
hasta la deftnitiTa, j que se habla de tener parte el generalisimo de la orden de Santo 
alP.Froiian en las cárceles secretas. T en Domingo (4 que pertenecía Fr. Proilan), que 
efecto, el S de Julio se estendió y leyó el se hallaba en Roma, envió 4 Madrid un re- 
apto de prisión, como proveído por todo el ligíoso catalán de los mas doctos, y pr4ctí- 
Consejo, pretendiendo el prelado presidente co en los negocios políticos, con la comisión 
qae se rubricase. Pasm4roose al oírlo los de solicitar en su nombre la libertad y la 
consejeros, y negáronse 4 rubricar lo que absolución del P. Froilan. Habia muerto ya 
DO habían resuelto ni votado. Firmes aqu^ en este tiempo G4rlos IL El dominico cata- 
^ líos magistrados en este proposito, y no bas- lan trabajó desesperadamente y sin descan- 
tando 4 intimidarlos las amenazas del inqui- so por espacio de dos aftos con los minit- 
«dor general, mandó éste prender 4 tres y tros de Felipe V. y principalmente con el 
al secretario, cosa que produjo impondera- nuncio de 5. 8., 4 quien encontró obstina- 
ble esc4ndalo en la corte, y se hiio pábulo do y tercamente hostil al procesado. Tan- 
de todas las conversaciones. El no haber si- tas fueron las fatigas, tantas las contraríe- 
do preso también el consejero Cardona, fué dades y disgustos que sufrió, que dieron ai 
atribuido por unos á ser hermano del comí- traste con su robustei, adquirió una enfer- 
sario general de San Francisco, tan favore- medad peligrosa, y suplicó al general le re* 
cidode la reina; por otros 4 «n rico presen- levara de tan penosa comisión. En su rcem- 
te que éste había hecho al inquisidor gene- plazo fué enviado de Roma otro religioso, 
ni por enhorabuena de su nombramiento, también catalaa, hombre maduro, de mu- 
qne consistía en un juego de oratorio, 4 sa- chas letras, de gran serenidad y constancia, 
ber.cáliz, patena, platillo, vínageras, agua- y muy conocedor del mundo. £ste, como 
■unil y cuatro fuentes, todo de plata sobre- su antecesor, se entendían para sus geslio- 
dorada, y con esquisitas labores de buril, nes con el consejero Cardona, pero tanto 
cuya dádiva apreció mucho el agraciado. tuvo que luchar con el inquisidor general y el 
Noticioso el desatentado obispo de que nuncio, que también enfermó de gravedad; 
áeasa de Miguelez, uno de los consejeros si bien coniinuó sus trabajos tan pronto co- 
aneslados, concurrían varias personas de mo estuvo en convalecencia, 
distinción, y de que en las conversaciones En tal estado la cuestión del proceso 
se prorumpia en diclerios contra él, hizo de Fr. Froilan tomó unas proporciones gi- 
ma noche que el alguacil mayor y los fa- ganlescas. Porque calculando el nuncio el 
miliares del Santo Oficio, todos armados, le partido que de esta competencia podia sacar 
sacaran de su casa, le llevaran á Santiago en favor de Roma, comenzó por pretender 
de Galicia, y le recluyeran sin comunica- que este asunto no podia ser fallado ni por 
cíon en el colegio de la Compañía de Jesús el rey ni por sus tribunales, siendo todos 
(agosto, 4700). Acto continuo. Jubiló á los seculares, sino que correspondía su decisión 
tres inquisidores, y desterró de Madrid por 4 S. S. 6 4 las personas que para ello dele- 
cuatro afios al secreUrio CantoUa. gara. Llevada 4 este terreno la cuestión. 

Proceder tan despótico levdotó un cía- naturalmente vino 4 parar en si el Consejo 
Dor universal, y el Consejo de Castilla re- de Inquisición de Espafia podia resolver por 
presentó al rey en favor de los ministros autoridad propia, ó solo por delegación pon- 
Jubilados, pondcralldo su ilustración, sus tificia: si las bulas delegaban toda la Jnris- 



468 BISTORU DE ESPAÍi^. 

4jceion apottólioa en el Consejo, d lolo en penonalet en el mimo Consejo entre el Is- 

el inquisidor genera); en une palabra, si le oal y Cardona, de que resulté priTar la rei- 

Inquisición de Espafta era una mera de- na gobernadora al flscal de la asistencia al 

pendencia de Roma. Lu pretensiones del Consto, que fuó^n golpe terrible para el 

nuncio causaron una Terdadera alarma: nuncio y el inquisidor general. El rej al 

entre las personas con quienes se oonsultd regreso de una de sus espedlclones oon? oc6 

el negocio fué una el eons^ero de Inquisi- Tarias Junias, de cuyos informes, asi eomodel 

bien don Lorenso Folch de Cardona, el cual que dió el Lonsejo de Castilla, salieron mal 

en stt respuesta defendió Arme y Talerosao librados los que querían hacer de la Inqul- 

mente los derechos del tribunal, demostró eieion de Espafta una mera delegación do 

al nuncio la falsedad ó (nulidad de los funda* Roma. 

mentes y razones en que quería apoyarse, intimamente resolvió el rpy Felipe V, 

y le prcTiDO procediera en adelante con cortar por si mismo tan lari;a competencia, 

Bnas cautela en asentar proposiciones que yhabíendo conferenciado secretamente con 

tendían á despojar al rey de Espafia desús el consejero Cardona, y teniendo presente 

mas preciosas regaifas, y que al rey y á sus el informe del Cense o Real de Castilla , expi- 

tribunales era h quien competía discutir la ¿i^ ^1 siguiente decreto, que apareció un 

cuestión pendiente. dia en el Consejo de la inquisición: «Yo bl 

«Por espacio áh SOO afios (decía entre «Rbt.— Por uo efecto de mi benignidad, y 

«otras cosas), ha tenido el Consejo de In- «justicia, y para subsanar mi real concien» 

«qoisicion ?oto decisiro, á vista, ciencia y *cia, be venido en mandar que en mi real 

«tolerancia de todos los seflores inqutsido- «nombre, y por el mi Consejo de Inquisi* 

«res generales qoe ha habido en el dilatado «cien, inmediatamente se restituya al ejcr- 

«tlempo de dos siglos; y siendo siempre los «cicio de 8us< empleos á los tres consejero^ 

«breves unos mismos, ninguno ha puesto «Jubi'*<ios*<loQAnioníoZamorano, don Juan 

«duda en ellos, hasta que la suscitó el señor «Baptista Aneaioendi y don Juan Migueles» 

«inquisidor general presente: y seria cosa «verificándose en esto el Omoimoda, do 

«bien notable y de las mas raras, que é todos «suerte que sin intermisión ni hueco algu- 

«sus antecesores se les hubiese escapado le «no han de percibir enteramente todos sus 

«que á S. E. se le habla ofrecido; siendo asi «sueldos, gages y emolume utos de todo el re- 

«que en la gran modestia de 8. B. no cabía «ferido tiempo; y efectuada que sea esta mi 

«decir, ni aun imaginar,' era mas docto y «real voluntad, se pasará aviso de su entero 

«sabio que tantos ilustres y excelsos varo- «cumplimiento á mi secretaria.^Madrid y 

«nos como los que le hablan antecedido, ha« «noviembre 3 de i704«» 
«hiendo ocupado su silla varios earden^ilcs, A los cuatro dias pasó al inquisidor gene- 

«entre ellos el eminentísimo señor don ralla real orden siguiente, que es notable: 

«Fr. Francisco Jiménez de Cisneros, raron «^^ bl Rbt.— A vos el obispo de Segovia, 

«á todas luces grande, y que no seria monos «como inquisidor general. — Teoiireis enten- 

«amante de defender la Jurisdicción de sus '^i^o para vuestro gobierno y el de los que 

«dignidades que el limo, señor obispo de «os sucedan en el empleo de inquisidor ge* 

«Segovia ,.... etc.» «neral, ó presidente del mi Consejo de In- 

Es inexplicable lo que irritó á Monseñor «qoisicion , que habiéndose de mi orden 

nuncio un enérgica respuesta; quejábase «examinado por personas de la mayor lite- 

á gritos de la ofensa que decía haberse he- «ratura, virtud y prudencia todos los funda- 

cho á su dignidad y á su persona, y pedia «mentos, bulas, reales pragmáticas, y de* 

satisfacción del agravio. Replicaba Cardo- «más que sirrieron como de cimiento para 

na que contestara por escrito y con razones «la erección y creación que los réies mi) 

ásu papel, que 61 sabría defenderse. Esta «predecesores hicieron de este mi Consto 

acalorada polémica duró algún tiempo, y al «de Inquisición: que á los ministros qoe lo 

fin los amigos del nuncio y del inquisidor «componen, y á los que en adelante di- 

general publicaron un escrito, qoe escanda- «giese y nombrase mi real voluntad, que los 

lizó por lo destemplado, y pareció mal aun á «habéis de reconocer y fespetar (en cuantn 

los mismos de su partido. Hubo hasta lances eos permita la superioridad de presidente 



PARTE llU UBRO Y. 



169 



«Mdiefto BÜ CoBfejo), eomo á miDistros, y 
<^e habéis de tener presente son mis mi-» 
mbiros. qae representan mi real persona, 
•ejerriendo mi Jttrisdiccion territorial» y 
«qae eooso á tales los hayan de reconocer y 
«respetar todos bs inquisidores generales, 
too embaraiándoles de niogúá modo el vo- 
<U» detfisíTo qae por derecho les compete, 
«y en mi real nombre eJereeo«^Asímism3 
«os mmdo, pena de ocuparos las tempora- 
«Üdades, sacándoos de todos mis reinos y 
«señoríos, que dentro del tercero día, de qne 
«se ha de dar testimonio, esto es, que á 
«las Ti horas dé recibida y leída esta mi real 
«Toinotad, habéis de remitir y presentar en 
«elCooseJo de Inquisición todos los docu« 
owntos^ declaraciones., sumarias infor- 
«■aciones, cartas y demás instrumentos 
«públicos y secretos, correspondientes 4 
«la erifflinalidad fulminada por vos en di* 
«ehe Consejo contra los procedimientos 
«del H. Fr. Froilan Díaz, del orden de 
«Sanio Domingo, del mismo Consejo, con- 
«bsor que fué del sefior Carlos II. (que sen- 
tía f^loria baya); y efectuado que sea, me 
«daréis aviso de haberlo asi ejecutado, como 
«también me habéis de certificar en el mis- 
«mo Consejo de Inquisición la verdadera 
•eiisienciaó prisión de dicho religioso.— 
«lladríd 7 de noviembre de 1701.— Al obis- 
•pede Segovia, inquisidor general.» 

Ejecutado todo por el inquisidor gene- 
ral, quien al propio tiempo certiflcó hallar- 
se preso el Fr. Froilan Dias en el colegio 
de dominicos de Atocha, y llevados al Con- 
Kjo todos los papeles conceruientes á su 
e>ttsa, el Consejo dictó el siguiente f^llo: 
«Eala villa de Madrid, i 47 de noviembre 
«de 1705, Juntos, y congregados en el Supre- 
«BoConseJo.de la Santa Inquisición todos 
«los ministros qne le componen, acompafia* 
«dos de los asesores del Real de Castilla, se 
«biio exactísima relación de esta causa cri- 
«minal fulminada contra Fr. Froilan Dias.... 
«j hecho cargo este Supremo Senado de Uh 
«deenanlose le imputaba, como de la tro- 
«pella que injustamente se había hecho pa- 
«deeer i su persona en el dilatado término 
«de cuatro años, 'determinó y sentenció esta 
«esBsa en la forma siguiente: 

•Pallamos unánimes y conformes (iiemi- 
«•«diterepaiUs}, alentólos autos y mér»- 



«tos del proceso y cuanto de ellos resalta^ 
«que deb<>mos absolver y absolvemos al 
tP. Fr. Froilan Dias, de la sagrada orden do 
«predicadores, confesor del señor Cárlo« II. 
«y ministro de este cuerpo, de todas cuan- 
«tas violencias, de todas cuantas calumnias, 
«hechos y dichos se han imputado en esta 
«causa, dándole por totalmente Inocente y 
«salvo de ellos. T en sa consecuencia map- 
«damos, que en el mismo día de la publica* 
«Clon se le poni;a en libertad, para que de»> 
«de el siguiente, ó cuando mas le convenga, 
«vuelva á ocupar y servir la plaxa de mi-^ 
«nistro que en propiedad gota y tiene en en* 
«te Consejo, á la que le reintegramos desdo 
«luego con todos sus f onores, antigüedad, 
«sueldos devengados, y no percibidos, ga- 
«ges, emolumentos y demás que le han cor- 
«respondido en los referidos cuatro üflos, do 
«modo que se hade verificar el Omnímoda y 
«total percepción de todos sus sueldos, co« 
«mo si sin intermisión alguna hubiera asís- 
«tído al Consejo de Inquisición: y asimismo 
«mandamos que por uno de los ministros do 
«este tribunal (para mayor confirmación do 
«su inocencia), se le ponga en posesión do 
«la celda destinada en el convento del Ro- 
«sarío para los confesores del monarca, 
«de la que 6e le desposeyó tan Indebl- 
«damente: T que de esta nuestra sentencia 
«se remita copia autorizada por el secreta- 
«rio de la causa á todas las inquisiciones do 
«esta monarquía, las que deberán dar avi- 
eso á este Supremo tribunal de quedar en* 
«te radas de esta resolución, y asi lo pronuih 
«ciamos y declaramos.» 

Tal fué el término que t«vo el ruidoso 
proceso formado al P. Fr. Froilan Dias 
sobre loshechiros del rey, reservando para 
otro lugar hacer las muchas r4¡fiexiones á 
que se presta, y sacar las importantes coih 
secuencias que se desprenden relativamen- 
te al cambio de ideas y á la variación en la 
marcha política que se experimentó en la 
transición de uno á otro reinado- 

Hállase todo mas minuciosamente ref»« 
rido en el tom. I. del antes citado Opúscuto: 
los otros dos volúmenes contienen copias de 
las consultas que se hicieron á varios con* 
sejos y Juntas, y sus respuestas, con otros 
varios documentos, entre ellos el luminoso 
informe del Consejo de Castilla. 



CAPITLIO XIY. 



MUERTE DE GARLOS Il« 



ft«< 



Segundo tratado de partieioa de los dominios espa&oIes.-«Pfote8ta del emperador.— 
Indignación de los españoles, y quejas de Carlos II.— Interrupción de nuestras relacio- 
nes con las potencias marUfmas.— Manejos de ios partidos en la corte de Espafia.-^Io- 
certidumhre y fluctuación del rey.— Salida del embajador francés.— Consultas i los 
Consejos y al papa sobre el derecho de sucesión.- Informes farorables á la casa de 
Francia.«»Escrúpolos de Carlos.— Agrávase su enfermedad.— Instálase i su lado el 
cardenal Portocarrero.— Indúcele á que haga testamento, y le otorga.— Nombramien* 
lo de sucesor.— Séllase el instrumento, y permanecen ignoradas sus disposiciones.— Co« 
dicilo.— Creación de la Junta de gobierno.— Relación de la muerte de Carlos.— Abrcso 
el testamento.- Especlacíon y ansiedad pública.— Anécdota.— Resulla nombrado rey 
de Espafia Felipe de Borbon.— Despachos de la corte de Francia.— Aceptación de 
Luis XIV.— Proclamación de Felipe en Madrid.— Ceremonia enel palacio de Vcrsalles.— 
Palabras memorables de Luis XIY. á su nieto.— Llega el nuevo rey Felipe de AnJou i la 
fh>ntera de España. 



Repartíanse las potencias de Europa, deciamos al final del anterior capito- 
tulo, á su capricho y conveniencia los dominios españoles , mientras la con* 
te de Espafia se hallaba entretenida con los ridículos incidentes de los hech> 
zosy conjuros del rey. T asi era. Constante Luis XIV. en obligar á los espa« 
fióles á consentir en la sucesión de su familia ó someterse á la desmembración 
del reino, había negociado con Guillermo III. de Inglaterra y los holandeses 
un segundo tratado de partición, por el cual se aplicaba al archiduque Garlos 



PARTE ni. LIBRO V. 471 

de Austria, como heredero universal, la España, los Países Bajos, la Cerdeña, 
y las Indias, se añadía la Lorena á los estados que por el concierto anterior 
debía recibir el delfín de Francia, y sé daba al duque de Lorena en recom- 
pensad Milanesada. El emperador debía declararen el término de tres meses 
Á aceptaba el tratado: si el duque de Lorena no accedía ¿ este arreglo, se 
destinaría Milán al Elector de Baviera, ó en caso que éste no lo admitiese, al 
doque de Saboya; si sucedía lo primero, Francia tendría el Luxemburg; si lo 
segundo, adquiriria Niza, Barceloneta, y el ducado de Saboya con la AltaNa« 
Tanra. Este tratado se firmó en Londres por los ministros de Inglaterra y do 
Francia el 3 de marzo (4700j, y el 25 en la Haya por los plenipotenciarios do 
loB Estados generales (4). 

Protestó el emperador contra el tratado, como .quien pretendía tener de- 
recho ¿ la herencia de España, sin desmembración alguna, y en su virtud se 
prorogó el pbzo hasta cinco meses, en cuyo tiempo se acomodó amigablemen- 
te la desavenencia con Inglaterra por la mediación de la Holanda. Pero fué 
mucho mayor la irritación de Carlos y de los españoles, y tanto que en las re- 
damaciones y quejas que España produjo ante las cortes de Europa se usó de 
im lenguaje y un tono cuya actitud solo podía disculpar la justicia de la indig- 
oadon. Sin embargo, no pudieron tolerarle algunos soberanos, y especíalmen* 
te Guillermo de Inglaterra, que dio orden á nuestro embajador marqués de Ca- 
nales para que saliese de aquel reino en el término de diez y ocho días. Por 
nuestra parte se expidieron los pasaportes al embajador inglés en Madrid, 
Stanhope, y siguióse naturalmente la interrupción de nuestras relaciones con 
las potencias marítimas. Carlos II., que siempre conservaba afecto ala casa de 
Austria, y deseaba darle la preferencia en la sucesión á todas las demás, en- 
vió de embajador á Yiena á don Francisco Moles, asegurando al emperador 
que estos eran, como lo habían sido siempre, sus sentimientos. Pero el parti- 
do contrario, que entonces estaba en boga, tampoco se descuidaba en trabajar, 
y ana de las cosas que consiguió fué la salida de la Beriips para Alemania 
(34 de marzo, 4700), haciendo que el pueblo lo pidiera tumultuariamente, á lo 
cual estaba muy dispuesto, por el odio que se hania logrado inspirarle á loe 
alemanes. 

Las mismas alternativas que experimentaba el rey en su salud, pues unos 
días parecía ponerse. ¿ morir, y otros se reanimaba, se presentaba en público, 
y hasta 86 paseaba y divertid, esas mismas oscilaciones sufría su espíritu, va- 
cuando al compás de los esfuerzos que hacia cada partido para decidirle, ya 



.% 



(I) Rymer, Fcsdera.— Dumont, Corps Di- Luis XIV . 
fitoi.— CoIeccioD de TratAdo*. — Hist. de 



472 BISTORIA DE BSPA5tA. 

'en faTor del francés, ya del austríaco, usando los parciales de cada uno de io- 
do género de armas y de toda clase de invenciones para recomendar ¿ aquel 
por quien tenia interés y desacreditar á su competidor. Hacíanse ofertas, in- 
ventábanse calumnias, concertábanse planes, empleábase todo género de mane- 
jos, y hablóse entonces por algunos de la conveniencia de convocar cortes, 
que era en verdad á las que correspondía dirimir la cuestión de sucesión; 
pero este recuerdo tardío no encontró eco, porque no convenía á los que bo- 
bioran debido fomentar idea tan saludable. Entre los manejos que osaron los 
del partido austríaco parece fuó uno el de prometer á la reina casarla con el 
archiduque, en el caso de ser nombrado heredero el príncipe imperial, y que 
bien recibida por la reina esta proposición, la indujo en uno de los momentos 
en que la dominaba el afecto á su familia á revelar al rey la propuesta^ de 
igual índole que antes le habia hecho el de Harcourt respecto al Delfín. Ofen- 
dido justamente el monarca, irritóse tanto como era natural contra el emba- 
jador francés, y dio orden al de España en París, marqués de Gasteldosríus, 
para que hiciese entender á Luis XIV. la gravísima queja que tenia de su mi- 
nistro. Y como entraba en la política de Luis no dar motivos de disgusto á 
Garlos, mandó retirar de Madrid á su embajador, quedando en su lugar su pa< 
riente Blecourt. Asi es como esplican los escritores españoles la retirada del 
de Harcourt de Madrid, bien que los historiadores franceses lo atribuyan, ó á 
la necesidad de ponerse al frente del ejército francés de la frontera, ó á ardid 
parra burlar la atención pública de la- corte de Espafia (4). 

Pero quedaba aqui el cardenal Portocarrero, el partidario mas efíca2 y mas 
influyente de la casa de Borbon, que ademas de contar con muchos magnates 
de su parcialidad, era el que por el carácter de sa elevado ministerio ejercía 
mas ascendiente sobre la conciencia del rey, y como caso de conciencia le re- 
presentó el deber de consultar á los mas acreditados teólogos y jurisconsultos 
del reino y á los consejos de Estado y de Castilla, para resolver con conocí • 
miento de causa en tan delicado punto como el del'nombramiento de sucesor. 
Asi en los consejos como en las juntas de letrados prevaleció el dictamen fa- 
vorable al nieto de Luis XIV. Felipe de Anjou, con tal que se adoptasen me- 
dios para evitar la unión de ambas coronas eu unas mismas sienes. Ya lo sabia 
de antemano Portocarrero, y por eso había aconsejado las consultas. Hubo, sin 
embargo, algunos individuos que propusieron que se convocaran cortes, pero 
fué desestimida la proposición por la mayoría. Y como todavía el monarca 
repugnara tomar una resolución contraria á la casa de Austria, persuadióle 



■ 

(I) Memorias del marqués de San Feli- de la easa de Borbon, lotroducciott, See- 
pe.— Wiliiim Coxe, Espafia bajo p1 reinado cion S.* 



PARTB m. LIBBO V. 473 

Poriocarrero de que debería -pedir parecer al padre coman de los fieles, como 
el mejor y mas seguro consejero en materias de tanta monta. Un monarca tan 
timorato como Garlos 11. no podía menos de acoger bien el consejo; hizolo asi, 
y la respuesta del Pontífice fué tal como el cardenal la esperaba de la antigua 
enemistad de) papa Inocencio Sí. á la casa de Austria, ¿ saber, que los hijos 
del Delfin do Francia eran los legítimos herederos de la corona de Cas- 
ulla (4). 

Tal era el.ap0go y la afición de Carlos á s'i {¿imilia austríaca, que aun no 
bastóla poderosa y sagrada autoridad del pontífice para disipar la incertidum- 
bre y acallar los escrápulos que agitaban su corazón y mortificaban su con- 
oencta. Verdad es qne la reina y los enemigos de Francia seguian también 
trabajando desesperadamente, y en esta lucha y agitación continua pasaba 
CáiloB los pocos dias que restaban ya á su penosa existencia. Sin embargo, 
(odaria se procuraba distraerle con idas y venidas al Escorial, y lo que es mas 
de notar, con fiestas de toros, áique se hacia asistir 6 SS. MM. (2). T entre- 
tanto no se dormian las cortes estrangeras; la reina procuraba secretamente 
noa reconciliación con las potencias marítimas, pero Luis XIV. ganando en 
energía ¿ todas, publicó en el mes de setiembre una Memoria, en que sentaba 
que el modo da conservar la tranquilidad pública era realizar el tratado do 
partición, y amenazaba con no consentir que tropas imperíales pisaran nln- 
gan territorio de los dominios espafioles. Nuevo conflicto para el monarca es-« 
pafid, qne ya llegó á temer de Luis que en vez de aceptar con gusto su testa- 
mento en favor de su familia se empeñaría en desmembrar la Espafia, que 
oa lo que Carlos sentia más, y lo que repugnaba más su conciencia: y asi pro- 
caró asegurarse de la disposición del monarca francés ¿aceptar la herencia de 
España para su nieto. 

Difosa tarea sería la de seguir en todos sus accidentes los mil combates 
qae todavía sofrió el espíritu del irresoluto Carlos, asediado de la reina, 
de los ministros, embajadores, consejeros, confesores y magnates, har 
blindóle todos sctgun sos encontrados intereses y pasiones, hasta que agra- 
vada 80 enfermedad el 20 de setiembre (4 700), fué obligado al siguiente dia á 
acostarse en el-lecho de qne no babia de levantarse más. El S8 le fueron ad- 



(I) WiUiam Coxe innerta la earu del rey 
al pontífice, que entregó el embajador du- 
qnede Uceda« y la respuesta del papa. Los 
cardenales con quienes consultó S. S. fue- 
loa les de Albano. Splnola y Spada, todos 
iRs afectos 4 Francia. 

(9 Hnbo una corrida de toros on 91 de 
Jani», y otra en 14 de Julio (1700) en la Pin- 



ta Mayor, i las cuales concorrieron el rey y 
la reina. La primera se concluyó ya casi do 
noche, y se vino alumbrando con hachas 
el coche do SS. MM.— Diario manuscrito 
de aquel tiempo; Papeles de Jesuítas, per' 
tenecientes á la Real Academia de la Bis» 
loria. 



«•y* m STORIA ¿E ESPA.SA. 

ministrados los sacramentos por mano del patriarca de las Indias. Recibiólos 
el augusto enfermo con edificante religiosidad; pidió perdón á todos, aunquo 
declaró no haber tenido nunca deseo ni intención de ofender á nadie, y man- 
dó volver á las viudas lo que les babia sido quitado por la reforma. Al otro 
dia pareció tan de peligro, que la gente devota fué llevando á la cámara re- 
gia y á la capilla las imágenes mas veneradas en los templos de Madrid, la vir- 
gen de la Soledad, la de Atocha, la de la Almiidena, la de Belén, Santa María 
de la Cabeza, San Isidro, San Diego de Alcalá, y otras varias, y basta so 
mandó traer el niño del sagrario de la catedral de Toledo, en términos que 
hubo necesidad de volver algunas, porque ya no cabian. El rey esperimentó 
una mejoría notable, que la piedad no podía dejar de atribuir á las oraciones 
de los que rogaban por su salud, y á laintervenc'on de las imágenes sagradas. 
Instalado el cardenal Porlocarrero en el aposento real para hablar al 
augusto paciente délas cosas que tocaban al bien y salvación de su alma, logró 
ahuyentar de allí á la reina, al inquisidor general Mendoza, al confesor Torrcs- 
Padmola, al secretario del despacho universal Ubilla, y á todos los que no 
eran de su partido, y para el servicio espiritual del enfermo hab'a llevado con- 
sigo dos religiosos de su confianza. Entonces comenzó á exponerle, que estan- 
do su fin, alo que parecía, tan cercano, debia, para descargo de su conciencia 
y para no dejar el reino sumido en los horrores de una guerra civil, hacer su 
testamento y designar el heredero de la corona, para lo cual, decia, no debia 
escucharla voz délas afecciones terrenales, ni guiarse por motivos de odio ni 
de amistad, sino mirar la conveniencia del reino, y atenerse á lo que le re- 
presentaba como mejor la mayoría del consejo, compuesto de los hombres mas 
ilustrados y mas amantes déla justicia, y verdadero intérprete de los deseos 
nacionales (4), con cuyo dictamen estaba de acuerdo el del padre común de los 
fieles. Carlos no pudo resistir ya más, y mandando salir de la cámara á los que 
rodeaban sa lecho, y llamando al secretario Ubilla, le ordenó que estendiera 
como notario mayor de reinos su última voluntad á presencia de los cardena- 
les Portocarrero y Borja, de los duques de Modinasidonia, Infantado y Sesa» 
del conde de Benavente y de don Manuel Arias. El 3 de octubre (4700) le fué 
presentado el testamento para que pusiese en él su firma, hecho lo cual so 
cerró y selló según costumbre. uDios solo, esclamó Carlos, es el que dá los 
reinos, porque á él solo pertenecen.» Y añadió suspirando: uYa no soy nadajt 



(I) Ta hemos díeho qae la mayoría dol d« Víllafranca, Haceda y el Fresno, y los 

ooBsejode Estado se habia decidido por el coodes de Montijo y San Esteban. Solo di- 

duqne de Anjou, nieto de Luis XIV. Gom- seniian los condes de Frigilíana y de Fuen* 

ponían aquella el cardenal Portocarrero, el salida, 
duque de Medinasidonia, los marqueses 



PARTE III. LIBRO V. 475 

Ademas del sucesor ni trono, dejaba nombrada una janU qae habia de go- 
bernar el reino hasta tanto que aquél 'viniese, compuesta de la reina, con voto 
de calidad, délos presidentes de los consejos de Castilla y Aragón, el arzobispo 
de Toledo, el inquisidor general, un grande y un consejero jle Estado, los quo 
él designaria en un codicilo. 

Las disposiciones del testamento permanecian secretas é ignoradas, mas co- 
mo no lo fuesen para Portocarrero, aquella misma noche las comunicó á Ble- 
coort, quien no se descuidó en trasmitirlas á París. Pero temióse que todo iba 
¿ cambiar con la mejoría que impensadamente esperimentó el rey, tanto que 
Segaron á concebirse lisonjeras esperanzas del completo restablecimiento do 
so salud, se le divertia con músicas y se celebraba stt alivio con fiestas (4). En 
este período la reina y sus parciales renovaron sus esfuerzos para ver de apode- 
rarse del ánimo del rey; el mismo Garlos sintió revivir los impulsos nunca apa- 
gados en favor de su familia, y hubo de decidirse á despachar un correo á Viena 
indicando al emperador su pensamiento definitivo de declarar sucesor al archi- 
duque. Aparte de esto, el 24 de octubre otorgó un codicilo disponiendo que si la 
reina so esposa quisiera después de su fallecimiento retirarse de la corte, y 
vivir, bien en una ciudad de España, bien en cualquiera de los estados de Ita- 
lia ó de Flandes, se le diera el gobierno de aquella ciudad ó de aquellos esta- 
dos, con sus correspondientes ministros. 

Pero aquella mejoría desapareció pronto. El 26 de octubre volvió á agrá- 
?arse con síntomas alarmantes: el 29 did un decreto nombrando para el go- 
bierno del reino hasta la llegada del sucesor á la reina (con voto de calidad), al 
cardenal Portocarrero, á don Manuel Arias como presidente del consejo de Cas- 
tilla, al duque de Montalto como presidente del de Aragón, á don Baltasar do 
Mendoza como inquisidor general, al conde de Frigiliana como consejero do 
Estado, y al de Bena vente como grande de España. Hé aqui como anunció la 
Gaceta del 2 de noviembre todo lo que aconteció en estos últimos días hasta la 
muerte del rey. «Desde el 26 de octubre se fué aumentando la enfermedad 
con mas graves accidentes y calentura, llegando ¿ temerse alguna inflama- 
cuon interna; de suerte que desenfrenándose la causa principal del descon- 
cierto, se vio obligado S. M. á señalar el decreto en que dejó nombrado al 
«señor cardenal Portocarrero por su lugarteniente y gobernador absoluto du- 
dante la vida de S. M. en postura que no pueda despachar ppr sí. Reiteró los 
«sacramentos de la Penitencia y Comunión sagrada, y la Santa Extrema-un* 
tcion que S. M. habia pedido, como también sacerdotes que le ayudasen á 
«bien morir, con otras demostraciones de su catolicísima piedad, estando toda 

(I) Gacetas de Madrid de 9, ISy 19 de octubre de ilQO, 



176 fliSTOftIA DB ESPAÑA. 

«la corte en el último desconsuelo hasta las dos de la tarde del 34 de octubre, 
«á la cual bora, cuando estaban mas perdidas las esperanzas de todos, co« 
«menzó á recobrarse S. M. volviendo sobre sí, con un sudor benigno que le 
«duró cerca de media hora, los pulsos altos y descubiertos, y con vigor, y 
«apetencia al alimento proporcionado, y con algunas horas de reposado sueño» 
«la cual favorable novedad, que casi se tuvo por milagrosa, continuó toda 
«aquella noche y la mañana del 4. ó de noviembre, llegando á respirar las es- 
«peranzas casi muertas de todos sus buenos vasallos, fué Dios servido, por sus 
«altísimos juicios y merecido castigo de nuestros pecados, que ¿ la hora do 
«medio dia sobresaltase ¿ S. M. el mismo accidente de fiebre maligna, y le- 
«targo con tanto rigor y Violencia que le arrebató la vida entre dos y tres de 
«aquella tarde 4. o de noviembre, dejándonos solamente el consuelo de suprc- 
«meditada y cristiana muerte (4).» 

Fallecido que hubo el rey, procedióse á abrir el misterioso testamento con 
toda la solemnidad que el caso requeria, Uenándose hasta las antecámaras y 
salones de palacio de magnates del reino y de ministros estrangeros, impa-* 
cientos todos por saber el nombre del futuro rey de España, y principalmente 
los embajadores francés y austríaco» los dos mas interesados, y que ignoraban 
ó afectaban ignorar al contenido del documento. Cuéntase que estando todos 
en esta espectativa, y saliendo á anunciarlo el duque de Abrantes, saludó con 
mucha afectuosidad al embajador de Austria, y después de cruzarse muchas 
cortesias, le dijo el duque: fíTengo ei mayor placer^ mi buen amigo, y la sa* 
iisfacciot^ mas verdadera en despedirme para siempre de la ilustre casa de 
Austria (2).» Sobrecogido se quedó el de Austria con tan pesada burla, tantg 
como se vio pintado el júbilo en el semblante del embajador francés Blecourt. 
Era en efecto el designado en el testamento de Garios para sucederle en 
todos los dominios de la monarquía española el nieto de Luis XiV., hijo se« 
gundo del Delfín de Francia, Felipe duque de Anjou, y en el caso de que éste 
heredara aquel trono ó muriera sin hijos, era llamado al de España su herma- 

(I) Gaceta de Madrid del % de noviembre fechas.— Equivócase igualmenle este histo- 
de 1700.— I9o sabemos como el se&or Cano- riador en dar á Cirios IL 37 afios de reina- 
vas, en su Decadencia de España^ pudo do, habiendo sido solos 8S, de los 39 que tí- 
caer en el error de suponer iodos calos úl> tío: pequefiaftineíactiludes, pero nolables 
timos sucesos de la vida de Carlos II., in- tratándose de cosas tan aTcriguadas j 
closasu muerte, como acontecidos en el sabidas. 

«fio 47CI.— También Wiiliam Uze, en su {i) Memorias de San Simón.— Otra eota 

España bajo el reinado de la cata de Dor- semejante parece que pas6 en Versalles al 

ton, dice en dos ó tres partes haber muerto embajador austríaco con el ministro Torcy, 

•Irey en 3 de noviembre, equivocación es- según las Memoriat iecrit^t del marqués 

trafia habiendo tantos y tan públicos docu^ deLouviíle 
toemos para comprobar la exactitud de las 




PARTE 111. LIBRO V. ' 177 

DO meoor el duque de fierry. Designábase en tercer lugar al archiduque Carlos 
de Austria, bijo segundo del emperador, y á falta de éstos pasaría la corona 
al doqoe de Saboya y sus descendientes, con las mismas condiciones (4). 

Tan pronto como la junta de gobierno entró en el ejercicio de su cargo» 
se despachó un correo á la corte de Francia con copia del testamento y con 
cartas de la yiniA para Luis XIV. suplicándole reconociese al nuevo sobera« 
so de España, y le permitiese venir á tomar posesión de su reino, pero con 
¿rden al portador para que en el caso de que Luis no aceptase la herencia 
prosguiese hasta Yiena y ofreciese la corona al archiduque Carlos. Hallábase 
la corte de Francia en Fontainebhau cuando llegó el mensagero: para justifí-* 
car Luis su conducta ante los ojos de Europa, negóse á recibir al embajador 
hasta oir el parecer de su consejo de Estado, que convocó en efecto, y en él 
se discutió seriamente, como si no fuese cosa harto acordada, si se aceptaría 
ó noel testamentóle Carlos. Decidióse afirmativamente, ¿ escepcion de un 
votoqne hubo por el tratado de partición, y entonces Luis, fingiendo todavía 
dejarse ganar por las razones de su consejo y de sn hijo, declaró que le acep- 
taba, recibió al embajador, y despachó un mensage á lladrid con su respuesta 
¿la junta (2). Acompañaba á esta respuesta ana carta confidencial de letra 

()) La el&osula del testamento decía: <Y dos y seOorios. T porque es mi intencloii» y 

RooBoeiendo, conforme á diversas cónsul- conviene asi á la paz de la cristiandad, y de 

lasdemJDÍstros de Estado y Justicia, que la la Europa toda y á la tranquilidad de estos 

laioo en qae se funda la renuncia de las se- mis reinos, que se mantenga siempre deso- 

ftorasdo&a Ana y doña María Teresa, reí- nida esta monarquía de la corona de Frao- 

aas de Francia, mi tía y hermana, á la suce- cía, declaro consiguientemente á lo referido, 

siMi de estos reinos, fué evitar el perjuicio quo en caso de morir dicho duque de Anjou, 

de unirse á la corona de Francia; y recooo- ó en caso de heredar la corona de Francia, 

ciendo que viniendo á cesar este motivo y preferir el goce de ella al de esta monar- 

laadamental, subsisto el derecho de la suce- quia, en tal caso deba pasar dicha sucesioa 

sioa en el pariente mas inmediato, confor- al duque de Berry, su hermano, hijo terce- 

OM á las leyes de estos reinos, y que boy se ro del dicho Delphin, en la misma forma....» 

verifica este caso en el hijo segundo del Del* ~E1 testamento const i de cincuenta y nu»- 

phia de Francia: por tanto, arreglándome á ve artículos. Es documento bien conocí- 

dkhas leyes, declaroser mi sucesor (encaso do, y corre ya impreso en varias publi- 

qae Dios me lleve sin dejar hijos) el duque caciones. 

de Anjoo, hijo segundo del Delphin, y co- (2) Héaqai los dos últimos párrafos déla 

iBoá tal le llamo á la sucesión de lodos mis carta de Luis SJV. «Aceptamos pues á favor 

reinos y dominios, sin escepcion de ningu- de nuestro nieto, el duque de Anjou, el io«- 

oa parte de ellos; y mando y ordeno á to- umenlo del difunto rey católico, y nuestro 

ios Bis subditos y vasallos de todos mis rei« hijo el Delfln lo acepta igualmente, abando* 

nos y 8e5ofio6, qoe en el caso referido de nando sin 'dificultad los Justos é ínoonlesia- 

que Dios me lleve sin sucesión legítima, le bles derechos de la difunta reina, su madre 

leagan y reconozcan por su rey y se&or na- y nuestra amada esposa, oomo los de la di« 

toral, y se le dé luego y sin la menor dila- f unta reina, nuestra augusta madre, eon- 

cien la posesión actual, precediendo el jura- forme al parecer de varios ministros de Ss» 

Beato qoe debe hacer de observar las le- tado y Jnstioia, consoltados por el difunto 

yes, fueros y costambres de dichos mis reí- rey de Espafia; y lejos de reservar para «i 

Tomo ix. 42 



r8 HISTORIA DE ESPAÑA» 

del mismo T^uis al cardenal Portocarrero (42 de noviembre, 4700), mostrán- 
dose agradecido á sus servicios y á la parte tan principal qtfe babia tenido en 
qne se diese ¿ su nieto la corona, y ofreciéndole su protección y que el joven 
soberano se guiara por sus consejos (4). El portador de estos pliegos llegó á 
Madrid el S4 de noviembre, y el 23 se anunció que el rey cristianísimo babia 
premiado los servicios del marqués de Harcourt con la mercad de duque y do 
par de Francia, y que volvia á enviarle á Espafla de embajador. El Si se hizo 
en Madrid la solemne proclamación del rey Felipe V. con gran ceremo* 
nia, llevando los pendones cómo alférez miyor el marqués de FrancaviUa, 
acompañado del corregidor don Francisco Tlonquillo y de todo el ayunta- 
miento (2). 

Verificábanse casi al mismo tiempo en el palacio de Versalles escenas y 
ceremonias imponentes á presencia de toda la familia real, de todo lo mas 
ilustre y elevado de la Francia, y de tollos los representantes de las naciones 
ostrangeras. «El rey de España os ha dado una corona, dijo Luis XIY. á sanieto 
«ante aquella esclarecida asamblea; vais á reinar, señor, en la monarquía mas 
«vasta del mundo, y á dictar leyes á un pueblo esforzado y generoso, célebre en 
«todos los tiempos por su honor y lealtad. Os encargo que le améis, y merez- 
«cais su amor y confianza por la dulzura de vuestro gobierno.» T dirigiéndose 
al embajador de España: «Saludad, marqués, le djjo, á vuestro rey.)» El 
embajador se inclinó respetuosamente y le dirigió una breve arenga. — «Sed 
«buen español, qne ese es vuestro deber, le dijo otra vez Luis al nuevo sobe- 
«rano: mas recordad que habéis nacido francés, á fin de que conservéis la 
«unión de ambas coronas. De este modo haréis felices á las dos naciones y con- 



parte ningona de la monarquía sacríGca su no se oWide de la sangre que corre por sus 
propio interés ai deseo de restablecer el venas, conservando amorá su patria; pero 
antiguo esplendor de-una corona, que la vo- (ao solo á fin de conservar la perfecta ar- 
luntad del difunto rey católico y el voto de monia tan necesaria á la mutua felicidad do 
los pueblos conflan á nuestro nieto el duque nuestros subditos y los suyos. Este ha sido 
de Anjou. Quiero al mismo tiempo dar % esa siempre el principal objeto de nuestros pro- 
fiel nación el consuelo de que posea un rey pósitos; y si la desgracia de épocas pasadts 
que conoce que le llama Dios al trono, á Qn no en todos tiempos nos ha permitido mani- 
do que impere la religión y la Justicia, asegu- festar estos deseos, esperamos que este gran- 
rando la felicidad de los pueblos, realiando el de acontecimiento cambiará la faz de los ne- 
osplendor de una monarquía tan poderosa, y gocios, de tal modo que cada dia ae nos 
lisegurando la recompensa debida al mérito, ofrezcan ntfevas ocasiones de dar pruebas 
que tanto abunda en una nación igualmen- de nuestra estimación y particular benévo- 
lo animosa que ilustrada, y distinguida en el lenoia á la naoion española. Por tanto etc.— 
consejo y en la guerra, y finalmente en to- Firmado, £utf .«—Miopía del Diario de Ubi! la. 
das las oarrerai déla iglesitf y del estado. (1)^ Memorias del marqués de Sau Feli- 

cDirémos i nuestro ^ieto cuánto debe á pe, tom. I. 

un pueblo tan amante de sus reyes y de su (S) Gacetas de Madrid del martes SS y 

propia gloría: le exhortamos tambieD á que martes 30 de novi w'mbre d e 1700. 



I 



PARTE IIK LIBRO V, 479 

«serrareis la paz de Earopa.» T en seguida el joven príncipe recibió los ho^ 
menages debidos ¿ la magestad. 

La regencia de España manifestaba deseos de Ter cnanto antes al nueTd 
soberano, y asi le convenia para no dar lugar á las maquinaciones del Austria. 
El embajador D'Harcourt llegó anticipadamente á .Madrid el 43 dft diciembre, 
pero la salida del rey de París tuvo que diferirse hasta el 4 de -enero inme- 
diato. Al separarse de su real familia, le dirigió sa venerable abuelo estas pa« 
labras memorables: «lEstosson tos príncipes de mi sangre y de la vuestra. Dá 
hoy foás deben ser consideradas ambas naciones como si fueran una sola; de^ 
hta tener idénticos intereses, y espero que' estos principes os permanezcan 
ofeetoteomo á mi mismo. Desde este instante no hay PiaiNEos.» — Palabras, 
observa juiciosamente an escritor de aquella nación, que anunciaron á Europa 
los resoltados terribles que podian esperarse de la unión de estas dos monar- 
quías en la misma familia. 

Acompafiaron al monarca electo sus dos hermanos hasta la frontera, y so 
despidieron en la isla de los Faisanes, memorable por el famoso tratado en 
que quedó escluida para siempre la casa de Borbon de la sucesión al trono do 
Espafia. iQné contraste el de la venida de este príncipe con aquel tratado! (4). 

Asi se estinguió en España la dioastía austríaca, que habia dominado dos 
agios, reemplazándola la de los Borbones de Francia: gran novedad para on 
Pttblo. Veremos cómo influyó en la condición social de Espafia el cambio do 
la raza dinástica de sus reyes. 

p) ■«moriis de Torcy.— Id. de San Sf- mirtas seerelas de Loav|li^ 
BML->4d. del Harquto de Sen FeUpe.^M e-* . 



CiPITlILO \T. 



JSSPANA EN EL SIGLO XVII, 



I. 



OJEADA CRÍTICA SOBRE EL REHADO DE FELIPE fll. 



Lo9 reinados de Garlos I. y Felipe II. habían absorbido casi todo el si- 
glo XYI. Los de los tres últimos soberanos de la casa de Austria llenaron todo 
el siglo XVn. Una dominación de cerca de dos siglos no puede ser nn parénte- 
sis de la historia de España, como la llamó con mas ingenio que propiedad, tm 
célebre orador de nuestros días que ya no existe. 

£1 primer período fué el de la mayor grandeza material que la Espafia al- 
canzó jamás; el segundo fué el de su mayor decadencia. Aquel sol qu j en los 
tiempos del primer Garlos y del segundo Felipe nacía y no se ocultaba nunca 
en los dominios españoles, pareció como arrepentido de la desigualdad con 
que había derramado su luz por las naciones del globo, y nos fué retirando sus 
resplandores hasta amenazar dejamos sumidos en oscuras sombras, como si 
todo se necesitara para la compensación de lo mucho que en otro tiempo nos 
había privilegiado. 

«No conocemos, dijimos ya en otra parte, una raza de príncipes en qne se 
diferenciaran mas los hijos de los padres que la dinastía austríaco-espafiola.» 
Ta lo hemos visto. De Garlos J* á Garlos II. se ha pasado de la robustez mas 
vigorosa á la mayor flaqueza y estenuacion, como si hubieran trascurrido 
machos siglos y muchas generaciones; y sin embargo el que estuvo á ponto 
de hacer desaparecer la monarquía espefiola no era mas que el tercer nieto 
del que hizo á Espafia señora de medio mundo. Mas no fué la culpa solamente 



PARTE III. LIBRO V. 18i 

dd segando Garlos. Su aboelo y sa padre le habían dejado la herencia harto 
menguada. Pasevos una rápida revista á cada uno de estos tres últimos in- 
felices reinados. 

Algo mejor qae sos propios maeatros había conocido Felipe IL lo qae de 
80 hijo podía prometerse el reino. Por mas que sus preceptores le bobitosen 
dicho: uTiene, teíkor^ todat ku partes de principe cristiano; es muy reUgio-^ 
SQ, devoto y honesto: fncio ninguno no se sabe:» Felipe II. dijo á su vez suspi- 
rando poco antes de morir: víIHos, que me ha concedido tantos estadoSf me 
niega un hijo capaz de gobernarlos.» No faltó alguna razón á Virgilio Malves* 
zi para decir de Felipe III., ^que hubiera podido contarse entre los mejoree 
hombres á no haber sido rey.» Pero las naciones^ hemos dicho nosotros, nees- 
siían reyes que sepan ser algo mas que santos varones. 

La piedad y la devoción religiosa, sin otras virtudes sociales, pueden sal* 
var un hombre y perder un estado. Por ser Felipe III. el Piadoso no dejó de 
-ser Felipe III. el Funesto. Semejanto á aquel célebre astrónomo que por mi* 
rar al cielo tropezaba y caía en latierra, Felipe III. por encomendarse á Dios 
olvidaba los hombres que Dios le había encomendado. Mientras él oraba» sus 
validos se enriquecían. Asistía 6 los novenarios» pero no concurría ¿ los cense* 
jos. Pesábale el cetro en la mano y se le encomendó á un favorito, pero no le 
pesaba el blandón que en aquella misma mano llevaba en las procesiones. Po- 
blaba conventos y despoblaba lugares. Enriqueció á Espafia trayendo á ella 
los cuerpos ó reliquias de mas de doscientos santos, pero la empobreció echan* 
do del reino cerca de un millón de agricultores. No sabia como podía acos* 
tarso tranquilo el que hubiera cometido un pecado mortal, pero no reparaba 
qae sa indolencia y mal gobierno ponía á machos hombres ea la necesidad de 
darse al robo para comer, y á machas mugares en el de vender sa honestidad 
para vivir. Piadosísimo era el pensamiento de hacer un viage á pie-á Roma, 
con tal que se declarara dogma de fé que la Madre de Dios había sido concebi- 
da sin pecado, pero de mas provecho para la conservación de los dominios h^ 
redados habría sido la resolución de ir, en bagel, ó en carroza, á salvar sus 
ejércitos en Irlanda ó en las Dunas. Unción religiosa manifestaba en verdad 
coando encontraba á sus hijos con el rosario en la mano y les decía: aEsas son, 
hijot mios, las espadas con que habéis de defender el reino.» Pero no eran las 
espadas de aquel temple las que su abuelo y su padre habían empleado para 
«crecentar la monarquía que él estaba en obligación de conservar. 

Sin embargo, esta religiosa piedad, estas virtudes cristianas, que hacían 
de Felipe III. un buen hombre, no el rey que necesitaba la nación, habrían 
influido mucho mas de lo qae influyeron en el mejoramiento de las costumbres 
públicas, á no haber sido aquella estrofia mezcla de misticismo y de disipa- 



48S HISTORIA DE ESPASa. 

cioD, de practicas denotas y de aficiones y distracciones proCunas en qae pasó 
este monarca su vida, alternando entre los rosarios y los tómeos, entre las 
procesiones y las mascaradas, entre misas y saraos, orando de día ea la capi- 
lla, bailando de noche en los salones de palacio, comulgando por la mafiana, 
asistiendo ¿ la corrida de toros por la tarde, empleando la mitad de un mes 
en novenarios y setenarios, la otra mitad en partidas de ca2a, saliendo de loa 
templos de Madrid para ir á solazarse en los montes de la Ventosilla, en los 
bosques del Escorial, ó en los sotos de Lerma, pasando de escuchar el grave 
acento del orador sagrado á recrear el oido con la bulliciosa vocinglería de 
los ojeadores y de los sabuesos, no permitiendo que ¿ Lerma, ni al Escorial, 
ni á la Ventosilla, ni á sos contomos se acercara nadie á interrumpir sus so* 
laces, ni ¿ importunarle con pretensiones, ni á molestaiie con negocios de es- 
tado, ni á fatigarle con asuntos de gobierno. 

Asi el devoto y distraído rey oraba y se divertía, pero no gobernaba. El 
duque de Lerma su valido era el que gobernaba el reino solo, y le perdían en» 
IKS él y el soberano: mientras el rey pescaba en él estanque de la Granjilla, 
ó en las corrientes del Arlanza, el de Lerma acumulaba para si en la secreta- 
rte del despacho títulos, encomiendas, rentas y mercedes: en tanto que Feli* 
pe perseguía venados y perdices por valles y por montes, el valido compraba 
casas, palacios y cotos: el soberano distribuía la caza del dia éntrelos guardas 
y los labriegos dé los Reales sitios, el privado repartía los empleos y oficios 
del Estado entre sus amigos y deudos; el rey empobrecia el reino sin adver- 
tirlo por no gobernarle, el favorito gobernando le arruinaba ¿ sabiendas por 
hacer opulenta su casa y familia. 

Felipe III. que ¿ los trece días de haber subido al trono se lamentaba á las 
corles de la estrechez en que so padre le había dejado la hacienda, casi del 
todo acabada, en medio de sus distracciones no volvió ¿ advertir que la ha- 
cienda iba de mal en peor, hasta que se encontró como Enrique DI. de Gas- 
tilla con que no tenia para pagar losgages á sus criados. Habíase disipado lo- 
camente en los espléndidos gastos de las bodas reales, en los bautizos de los 
príncipes, en recibimientos de embajadores, en torneos y justas, en comedias 
y monterías, en mercedes y pensiones, en erección y dotación de conventos. 

Hasta qué punto llegara la multiplicación de los conventos y de las comu- 
nidades religiosas de ambos sexos, fundadas y dotadas por el tercer Felipe^ 
manía en que á ejemplo del monarca dieron también entonces los grandes del 
reino, muéstranlo las continuas reclamaciones de las cortes y del consejo d& 
Castilla, pidiendo que se pusiera limite y coto y aun prohibición absoluta á la 
fundación de nuevos institutos monásticos, por pefjodiciales ¿ la población y 
é la moral, por recaer las cargas de los tributos con peso desigual Eobre loa 



PARTE III. LIBRO V. 483 

demás vasallos, y por haberse hecho el centro y asilo de la holganza, donde 
serefogiaban sin vocación y acadian sin llamamiento de Oíos los que buscaban 
la seguridad del sustento sin la fatiga del trabajo. Tales medidas proponian 
y de tales frases usaban los mas respetables cuerpos del reino, asustados de 
Ter el suelo español valdio é inculto, y sembrado de monasterios 

Cuando se apercibía de la penuria, acudia á las cortes, y como se recelara 
que las ciodades repugnaran otorgar el servicio, anduvo el rey de ciudad en 
ciodad mendigando votos y recursos. Consumidos éstos, el rey devoto no tuvo 
escrúpulo en mandar inventariar y pesar toda la plata y oro de las iglesias y 
BiQoasterioB para atender con su valor á las necesidades públicas. El clero 
tronó contra esta medida del religiosísimo monarca. En vano otorgó el pontí* 
fice Qemente YUI. un breve autorizando la venta. El clero español dejó ve- 
nir el breve del Santo Padre, y continuó resistiendo al rey católico. Felipe 
cedió ante aquella oposición y revocó el edicto. El que habia fundado, dotado 
y enriquecido tantas iglesias y conventos, fué calificado de usurpador cuando 
los llamó para que le ayudaran á sacar de apuros al Estado. 

Privado de aquel recurso, apeló á los donativos voluntarios, y los mayor- 
domos y gentiles-hombres del rey de España y de las Indias andaban de casa 
encasa, acompasados de un párroco y de un religioso, recogiendo la limosna 
que cada ano queria dar. Agotado el producto del donativo, se recurrió ¿ do- 
blar el valor de la moneda de cobre. Absurda y ruinosísima medida, que llevó 
al estrangero toda la plata de ley de España, que trajo á Castilla todo el cobre 
deque los monederos falsos de otros paisas quisieron inundarla, qu&bizo es- 
conder las mercancías, interrumpió el trabajo en el seno de la paz, mató el 
trafico, cuadruplicó el precio de los consumos, y arrancó risas de alegría sar- 
cásiica á las naciones enemigas del nombre español. Has {cuál seria la estre- 
chez que acosaba al reino, cuando un monarca tan cristiano, tan católico y 
tan piadoso como el tercer Felipe, accedió á negociar an breve pontificio para 
absolver de los delitos contra la fé á los judíos portugueses á precio de un mi- 
llón ochocientos mil ducados (4)t 

(I) Un historiador contemporáneo da los puesto sobre lascadas, que se pefclbta en 

lisuientesponnenores acerca de la situación el reino de Granada, y redituaba 12,000.-^ 

<iec«ia una de las rentas reales en este Estaba hipotecada la renta de los puertos 

tiempo, sacados de unas Memorias sobre las secos de las fronteras de Castilla, Aragón, 

icntasy gastos de España en 4610, eiisten- Valencia y Navarra, que importaba 15.000. 

tes en el Archivo de la Secretaria de Es- — Empebados 140,000 ducados, délos 916,000 

l*do. que producía el derecho de exportación de 

Estaban, dice, empeBados los produc- lanas.— Hipotecadas en 150,000 las rentas 

tas de las salinas de Castilla, arrendados de ios puertos secos de la frontera de Casti- 

en 319,000 ducados anuales.- El dieimo de lia y Portugal.— Empeñados los productos 

nar.que se arrendaba en a06,00O— El im- del estanco del asogue, de los naipes, del 



I8V HISTORIA DE ESPARa. 

¿Qaé habia da sacederT Ademas de los gastos y de las dilapidaciones 
apuntadas antes, los grandes, y hasta los hidalgos habian abandonado las mo- 
destas YÍviendas de los lugares de sus señoríos, para volver á la corle y ha- 
bitar palacios, y lucir galas, y arrastrar carrozas, y marchar escoltados de ca<« 
ballerizos y de pages, y brillar en las fiestas, y ostentar lujo de joyas en sus 
vestidos y de tapicerías en sus casas, y comer en vajilla de oro, y contar por 
centenares de docenas los platos y fuentes de plata, y asombrar con sn fausto 
y su boato á los embajadores estrangeros, y desmoralizar con el ejemplo de so 
inmoderado lujo las clases medias y humildes (4). Que este empleo venían á 
tener muchas de las riquezas que de las Indias traían los galeones, cuando no 
eran apresados por los piratas berberiscos, ó por los corsarios ingleses á ho» 
landeses. La escala de la riqueza de cada uno de estos señores se medía, ó por 
la proximidad del parentesco, ó por la estrechez de la «mistad con el du« 
que de Lerma, ó por el vireinato que hubiera tenido, ó por él empleo en ha* 
denda que hubiera desempeñado. 

Hacíase, es verdad, tal cual severo y doro escarmiento en alguno de los 
que con mas escándalo se habían enriquecido á costa de la miseria pública, co- 
mo sucedió con el consejero de Hacienda conde de Yillafranqueza, á quien se 
condenó á privación de todos sus títulos, oficios y mercedes, á reclusión per- 
petua, y á la devolución de un millón cuatrocientos mil ducados, con más los 

almojarifazgo mayor de Castilla, del de In- das la alcabala y tercias reales, que aseen* 

días, del monopolio de la pimienta, de la dian á 3.100,000 ducados, y solo quedaba U* 

acufiactoa de plata, de los maestrazgos de bre el impuesto llamado de millonet . 

Santiago. Calatrava y Alcántara.— Estaban Resultaba pues, que siendo la suma Ko* 

libras las rentas de los azúcares, y las de tal de las rentas de la monarquía 45.SIS.000 

las minas de Almadén.— Empeñadas i ban« ducados, habia empeñados en 4610, los 

queros genoveses hasta ISiS las del montai- s.808,000, y que con lo que se debía á los ge- 

go de los ganados trashumantes, las de cru- noveses quedaban reducidas las rentas de la 

sada, subsidio y escusado, que Juntas produ- corona 4 3.330,000 ducados para el ma nte- 

clan 4.640,000 ducados.— Estaban Ubres, las oimiento de los ejércitos de mar y tierra, y 

^e la moneda forera, que ascendían 4 24,000, gasto ordinario de la can, y para el pago 

y las procedentes de multas y ven tas de edl- de las deudas que dejaron G4rlos V. y Fe- 

ficios, que se calculaban en 400,000; pero Upe 11.— La hacienda de Portugal no se ha- 

empeftado 4 geuoveses hasta 1643 el quinto liaba en mejor estado que la de Castilla, 

de las minas del Potosí, ^«rú y Nueva Es- (4) «Cualquier hidalgo quería que no sa- 

pafta, y el servicio ordinario que se cobra- liera su muger sino en carruage, y que ea- 

ba en las Indias 4 todos los que no eran te fuese tan bríllaoto como el del primer 

cristianos viejos ni nobles.— Estaban li* señor de la corte.» «No le Teia car- 

bres las rentas de Navarra, que produ- píntero, sillero ni artesano alguno que no 

cian 400,000 ducados, pero empeñadas las de vistiese de terciopelo 6 raso como loa oo- 

Aragoo, Valencia y Cataluña que aseen- bles, y que no tuviera su espada, su poflal 

dian 4 200,000; y lo mismo las de N4poles y y su guitarra colgada en las paredes de sa 

Milán, y lo poco que sobraba de las de Sí- tienda.*— Navarrete, Cooservaoton de Mo- 

eilia.-^Las de Flandes se consumían all4, y narquias.— ttariana, De Rege et Regís ins- 

BO bastaban.— Estaban igualmente empeña* titutionc. 




MRTE lU LIBRO Y. «£& 

cofres atestados de alhajas que se le hallaron escondidos debajo del sepulcro 
de QD convento. Pero el bondadoso Felipe no reparaba que mientras tales 
y tao justas penas se iúiponian ¿ t¿l cnál de aquellos condecorados espoliado- 
ns, el de Lerma y otra pequeña falange de magnates le estaban dando cada 
día en rostro con ana opulencia y una fastuosidad, que oscurecía el brillo y es- 
plendor de la corona, y que no podían haber sido adquiridas á ley de Dios y 
de hombres probos. ;lias qué podían ellos temer de un soberano que había 
comenzado por consentirles temar ayudas de costa y presentes de miles de du^ 
cadosde las cortes de Cataluña, de Aragón y de Castilla? ¿Ni qué podían pro- 
meter ya unos cortes que asi hacían agasajos de dinero ¿ los ministros, secreta-' 
ríos y oficiales del rey? ;Ni qué pedia esperarse de los que los recibían, sino quo 
sa acostumbraran á hacer del yalimiento especulación, y granjería del cargo? 
No era, pues, que faltara aun riqueza en España. Era que se hallaba mo- 
nopolizada y concentrada, parte en manos muertas, parte, permítasenos la 
frase, en manos demasiado vivas. Había en la corte unos ppcos Cresos, á cam- 
bio de machos menesterosos en las villas y lugares. Exentos de tributos el 
dero y los hidalgos, agobiados de gabelas los pecheros, sucedía que los pe- 
queños propietarios, agricultores ó mercaderes, sacrificaban su corta fortuna 
ala adquisición de una hidalguía, ya que de venta estaban, por el placer de 
pasearse en corte y por la vanidad de llamarse caballeros, siquiera fuesen de 
aquellos hidalguetes de Calderón, que con sus enfáticas palabras y su jubón roto 
badán reír al alcalde de Zalamea, ó de aquellos caballeros cuya ropilla y gre- 
gflescos daban al festivo Quevedo asunto para sus punzantes sátiras. Les que 
ao tenían para comprar uua ejecutoria de nobleza, ó se refugiaban en los 
daustros, ó «á la guerra los llevaba su necesidad,» como cantaba el volmta- 
no4brzo60 de Cervantes, ó se alistaban entre los aventureros que en numero- 
sas cuadrillas emigraban cada año de España, acosados de hambre y picados 
decodicia á buscar fortuna en el Nuevo Mundo. Todo menos sujetarse á labrar 
la tierra, que apenas producía para pagar los impuestos, ó ¿ ejercer un oficio 
mecánico, que era ocupación oprobiosa y degradante para el orgullo espa- 
ñol (4)» y cayo ejercicio se dejaba á los moriscos y á los estrangeros (2). De 



(4) Cnfase deshonrada la familia noble 
nqaehobiera un iodiTÍdoo que enlatara 
•a Mano eos Ude la hija de un vii arfefano, 
qaeentoBeeese decia;y cuóouae entre mol- 
ütod de ejemplos el de un pequeño mayo- 
niCodeGaUda, que por haber casado eon 
lahija de un rico curtidor, tuvo que sosle- 
■tr un largo pleito contra el hermano me- 
iv ^oe reclamaba la herencia» por haber 



deshonrado su hermano la familia con aquel 
enlace; y tantos disgustos le ocasionó el 
pleito, que después de haber pasado por Ta- 
rtos tribunales, y antes que se sentenciara, 
causó la muerte del hidalgo, abatido por el 
desprecio y los desaires que recíbia de la 
familia.— Memorias de la Sociedad Bconó- 
mica de Madrid. 
(S) Ya á flnes del siglo XVI. á cense- 



\ 



4^0 HISTORIA DE ESPAÑl. 

aquí la despoblación de los lugares, y la dccadeDcia de |a agricultura, do la in- 
dustria y del comercio, y Id falta del comercio y de la agricultura ocasionaba 
cada día mayor despoblación. ¿Qué importaba á los magnates de la corte la ca- 
restía de la mano de obra, que era otra de las consecnencias natoralesdeeata 
decadencia industrial? Ellos podían tomar ¿ cualquier precio las idas, taiiices 
y linos, las c^pas, gorras y calzado, de que les surtian las fábricas de Holanda, 
de Florencia, de Milán, de Inglaterra y de Alemania; lo que tuviera de exor- 
bitante el coste lo disminuía el contrabando, que era otra de las precisas de- 
rivaciones del atraso fabril de nnestra nación. 

Pero lo que influyó mas directa y mas rápidamente en la despoblación del 
reino y en la ruina de la industria fué la famosa medida que caracteriza más el 
reinado de Felipe III., á saber, la espulsion de los moriscos. En otra parte he- 
mos considerado ya esta providencia bajo sus tres aspectos, religioso, político 
y económico (4). Juzgada queda ya también la manera como se ejecutó esta 
medida. Cúmplenos aqui solamente observar que con la espulsion y desaparí* 
cion de aquella raza laboriosa, sobria, productora y contribuyente, de aquella 
gente toda agrícola, artista, industrial y mercantil, de aquella población en 
que no babia pi frailes, ni soldados, ni magnates, ni hidalgos, ni oficinistas,, 
ni aventureros, ni célibes de por vida; de aquella población apegada á la tier- 
ra y al taller, que producía mucho y consumía poco; que cultivaba con esmero 
y se alimentaba con sobriedad; que fabricaba con primor y vestía con sencillez; 
que pagaba muchas rentas y moraba en viviendas humildes; que construía con 
sus manos cauces y canales de riego para fertilizar heredades que no eran 
suyas; que trabajaba los famosos paños do Murcia, las delicadas sedas de Gra- 
nada y de Almería, y los finos curtidos de Córdoba, y no los usaba; con la 
espulsion, decimos, de aquella raza, al movimiento y bullicio de las fábricas 
comenzó á sustiluir la quietud, la soledad y el silenció de los talleres; las be* 
Has campiñas á convertirse en deslucidos páramos, y en secos y desnudos 
eriales; las poblaciones en desiertos, en cuevas las casas, los trajinaros en 
salteadores^ 

Con la espulsion se completó el princiiiio de la unidad religiosa en Espafia, 
que fué un bien inmenso, pero se consumó la ruina de la agricultura, que fué 
un inmenso mal: se limpió el suelo español de cristianos sospechosos, pero se 

ctteneU de estas cansas, poblaban las eioda- género de manufacluras, y se daban prisa á 
des 7 TíUas de Espafia muchos miles de ar- hacer su pequeño capital para volTcne 
tésanos estrangeros, alemanes, italianos, cuanto antes 4 su pafs.— Marina, Ensayo so- 
walones, loreneses, bearneses y gascones; bre la antigua legislación de León y Cas- 
tahoneros, carpinteros, zapateros, carbono- tilla. 

ros, etc. y hasta fabricantes de ladrillos y (I) Parte III., lib. lU., cap. 4 de nuestra 

decalqué esplotaban en su provecho todo Historia. 



PARTE ni. LtBRO T. 487 

despobbron provincias enteras: quedaron algunos moriscos para que ensefiáran 
dcoItÍTo de los campos, pero la Inquisición se encargó de acabar con ellos: el 
eraríb público dejó de percibir los impuestos mas saneados, pero se rellenaron 
las arcas del de Lerma y sus amigos. Felipe III., indolente para todo, solo fué 
actÍTo para echar gente de España. Pesaron más en su ánimo las instancias 
dedosarzobisposy que las representaciones y ruegos de los señores y de los 
dipatados de Valencia, de Murcia, de Aragón y de Castilla. Ofreció al servicio 
de Dios el esterminio de toda una generación, y sacrificó á la idea religiosa la 
prosperidad de su reino. El pensamiento de acabar con la raza morisca no era 
ima novedad; habíanle tenido los Reyes Católicos, Carlos V. y Felipe II.: nin- 
guno habia tenido valor para realizarle; le realizó el que no babia heredado el 
valor de sus progenitores. 

Primer soberano de la casa de Austria que mostró mas tendencias á la paz 
qoe á la goerra, hizo no obstante algunas tentativas de conquista que le sa- 
lieron mal, y acometió algunas empresas semejantes ¿ las de los últimos tiem- 
pos de Felipe II., que nos fueron poco menos desastrosas que aquellas. Tal 
fué la indiscreta espedicion á Irlanda. Al fin hizo la paz con Inglaterra, deque 
toda España se alegró y á, á excepción del fanático don Juan de Rivera, arzo- 
bispo de Valencia, el gran instigador de la espalsion de los moriscos, que no 
podía tolerar que un rey católico estuviera en paz con un reino protestante, 
porqae pronosticaba de ellos que todos los españoles se iban a hacer he- 



reges. 



La tregua de doce años con las provincias rebeldes de los Paises Bajos puso, 
es verdad, de manifiesto á los ojos de Europa la decadencia de España; y el 
pactar con las Provincias-Unidas como con Estados libres, y como de potencia 
á potencia, después de cuarenta años de tenaz, incesante y sangrienta lucha, 
podo parecer humillante para un monarca que aun se llamaba señor de dos 
mondos: pero no je haremos nosotros un cargo por ello. La tregua era una 
necesidad, y fué una conveniencia. No estuvo lo bochornoso en el suceso, sino 
en los antecedentes que le habian hecho necesario; y al fin el acomodamiento 
fué útil, porque detuvo el torrente de la sangre, dio un respiro ¿ España y 
aplazó su ruina por algunos años. Con la paz ^ Inglaterra, la tregua de Ho- 
landa, y el doble matrimonio de los príncipes españoles y franceses, hubiera 
podido reponerse la monarquía, sin la espulsion de los moriscos, sin la guerra 
con el saboyano, sin la imprudencia de mezclarse en las contiendas de Alema- 
nia, sin el loco empeño de auxiliar y engrandecer la casa de Austria, tomando 
una parte principal en la guerra de Treinta años, ganando nuestros soldados 
coronas para el emperador, y gastando el rey en proteger empresas é intere- 
^ eotraños^ la vida, la hacicndi y los hombres que necesitábamos par^ 



48d • HISTORIA DE ESPAlÜA. 

nuestra propia patria. Merced á alganos insignes papitanes y á algunos hábi- 
les diplomáticos, restos honrosos de los reinados anteriores, y viviendo Espafia 
de su pasada grandeza, aan se respetaba en Europa el nombre espaílol: cfín^ 
servábase faera alguna gloria: dentro eslaba la levadura del mal. 

Los últimos años del reinado de Felipe III. no fueron otra cosa que imi 
continuada serie de miserables intrigas y vergonzosas rivalidades palaciegas, 
entre grandes sin grandeza de alma y magnates sin magnanimidad de espiri- 
tu, que se disputaban el favor del monarca reinante y del príncipe sucesor. 
La locba de favoritismo entre los duques de Lerma y de Uoeda, padre é hijo, 
es uno de esos episodios bocbomosos que pasan á veces en los regios alcáza- 
res, y que degradan la magostad que los tolera, deshonran á lo« que los eje- 
cutan, y ruborizan hasta al que los lee. 

Instrumento toda su vida de un valido á quien fió el gobierno y hasta la 
firma para do hacer nada, reverso de su padre Felipe II. que quiso haceiio 
todo por no fiarse d^ nadie, Felipe III, acabó de reinar sin haber sido rey, 
y solo al tiempo de morir abrió los ojos, y exclamó con dolorido y pesaroso 
acento: tiOhí ¡n al cielo pluguiera prolongar mi vida, euán diferente fuera 
mi conducta de la que hasta ahora he tenido/» Al cielo no le plugo prolonoar 
su vida. 



n. 



BEINADO DE FEUPE IV. 



DURANTE LA PRIVANZA DE OLIVARES. 



Felipe IV., al reySs de m padre, babia ollrado ya como rey antes de ni- 
nar. En cambio antes de ser rey tenia ya su valido. Habíamos entrado en la 
época fatal de las privanzas, v se sucedían los favoritos aun antes que se su- 
cedieran los reyes. Síntoma seguro de la degradación de los tronos y de la fla- 
queza de los pueblos. 

Primera ocupación del conde-duque de Olivares; acabar con todos los que 
habían gozado de favor en el último reinado. Don Rodrigo Calderón, el du- 
que de Osuna, el de Uceda, el de Lerma ^ el confesor Fr. Luis de Aliaga , todos 
perecen, ó en el patíbulo, ó en la prisión, ó en el destierro, ó cargados de ca- 
denas, ó abruinados de pesadumbres. 




PARTE 1!I. UBRO V. 480 

^ embargo, toYO habilidad al principio el de OlÍTares para aparecer un 
gran mimstro, un gobernador prudente, y nn hombre probo. Medidas econó- 
micas, formación de bancos y de montes de piedad, providencias para la re- 
población del reino, para atajar los males de la amortización, para reprimir el 
Injo desenfrenado, para remediar la emigración y la vagancia, para el resta- 
blecimiento de la justicia y de la moralidad ^ quién no seducia la crea- 
ción de la junta de Reformación de costumbres, y á quién no fascinaba el 
ejempb de comenzar la reforma por las de la casa real? ¿Quién no aplaudia el 
femoso decreto mandando registrar la hacienda de todos los ministros de trein- 
ta años atrás para ver quiénes y cuánto se habian enriquecido por medios ile* 
gítimos y bastardos? ¿Y qué no debia esperarse de la célebre pragmática para 
que se hiciera formal y escrupuloso inventario de todo lo que poseían los que 
eran nombrados vireyes, consejeros, gobernadores, ó subían á otros elevados 
cargos, y que se practicara igual diligencia cuando cesaban en sus funciones, 
desigoandd las penas en que habian de incurrir los que hubieran engi-osado so 
fortuna mas de lo que permitia la legítima remuneración de sus empleos? ¿Qué 
estraño es que el pueblo esperara la reparación de sos males, y ensalzara has- 
ta las nubes al ministro que tales muestras daba de querer restablecer el im- 
perio de la justicia y de la moral? 

Mas pronto sucedió á la ilusión del halago el escozor de la sospecha, y á In 
dulzura de la esperanza la amargara del desengaño. Las reales cédulas que- 
daban escritas; las medidas no se ejecutaban; los pueblos no esperimentaban 
alivio en los tributos. El conde-duque de Olivares, tomando habitación en el 
alcázar regio; ocupando el departamento de los príncipes de Asturias; alejan- 
do del lado del monarca á I09 infantes, sus hermanos, á quienes miraba como 
estorbos para sus fines; dando audiencias y dictando órdenes á los Consejos 
como un soberano, ya no era, ya no podia ser á los ojos del pueblo el hombro 
prudente, el gobernador justo, el mode3to consejero. 

Por la angustiosa situación en que encontró el tesoro podia tolerarse al 
núnistro de las medidas económicas que pidiera á un tiempo subsidios de di- 
nero y de hombres á las cortes de Castilla, de Aragón, de Valencia y de Ca- 
taluña. Pero hízolo con tal altivez y con tal acritud en la forma, que disgustó 
á los' castellanos, incomodó á los aragoneses, ocasionó serios conflictos y estu- 
vo apunto de producir funestos choques con los valencianos, y fué causa de 
que la magestad real volviera desairada de los catalanes. En el viage del mo- 
narca y del favorito á aquellos tres reinos hizo el ministro al rey cometer al- 
ternativamente actos de baja lisonja y de despótica tiranta; alcanzó subsidios, 
pero dejó sembrada en el suelo catalán la semilla de un desafecto duradero al 
soberano, y de un odio perdurable al valido. 



49(9 HISTORIA DE ESPAÑA. 

Por lo demás, los recursos eran necesarios: las guerras qae desd« él prin- 
cipio del reiaado Tolvieron á emprenderse los hacian precisos; la penuria do 
la hacienda los hacia indispensables. iQué melancólico cuadro ol que presentó 
al rey un procurador de una de las ciudades de Andalucía 1 aMuchoa lugares 
despoblados, templos caidos, casas hundidas, heredades perdidas, tierras sin 
cultivar, habitantes mudándose de unos lugares á otros con sus mugares é hi- 
ios buscando el remedio, comiendo yerbas y raices del campo para sustentar» 
se, otros emigrando á diferentes reinos y provincias donde no se pagan los 
derechos de millones..».!» iQué confianza tendrían ya los pueblos en sus go» 
bemantes cuando apelaban á los obispos y curas para que vieran de remediar 
la miseria y la desnudez que los afligía por la falta de fábricas y la carestía de 
los artefactos! Ibanse sintiendo cada día más los efectos de la espulsion de la 
población morisca. 

Sin duda con objeto de fomentar la industria nacional, prohibió el de Oli- 
vares todo género de comercio con los paises rebeldes ó enemigos de España, 
que eran ya casi todos los de Eqropa, no permitiendo la introducción ni de ob- 
jetos de lujo, ni de artículos de vestir, ni de producciones alimenticias, ni do 
nada de lo mas necesario para el sustento de la vida y para el abrigo del 
cuerpo. Felipe IV. por su consejo nos aisló mercantilmente del mundo, como 
Felipe II. nos habia aislado intelectualmente. Acá no habia fabricación: del 
estrangero no podían venir artefactos: era difícil proveer á las necesidades do 
la vida: el contrabando se hi^o una ocupación para onoa, y un recurso para 
otros. 

Enmendó, es verdad, el desacierto del reinado anterior de haber do- 
blado el valor de la moneda, pero estableció la tasa en el precio de los cerea- 
les. Las cortes le esquivaban ya los recursos, ó se los escatimaban, porque lea 
dolía verlos emplear en guerras innecesarias y ruinosas. Recurrió Felipe TV., 
como su antecesor, á la generosidad de los particulares, y no la invocó en va- 
no. Hubo grandes que levantaron á su costa regimientos; rasgo laudable de 
patríotismo, pero que rebajaba el prestigio de la corona, y debilitaba el poder 
real. Con permiso del pontífice echó mano de una parte de las rentas eclesiés» 
ticas y de las de cruzada; y sin permiso de los dueiüos solía apoderarse como 
Felipe IL del dinero que venia de Indias para particulares. Vendíanse hábitos 
y oficios, y se inventó el impuesto del papel sellado. En logar del alivio que se 
habia prometido al pueblo, ae le cargaba* con nuevas gabelas. El deOlivarea 
era mirado ya como un embaidor; porque se veía además que quien al princi- 
pio se habia mostrado tan severo físcalizador de las fortunas de otros no so 
descuidaba en acrecentar la suya. La junta de Reformación de costumbre» ha«- 
.bia sido una bella creación, pero se redujo ¿ creación fantástica. Si hubiera 



PARTE 111. LIBRO V« 101 

faacíonado, habría tenido que residenciar á sa propio autor, y no sabemos qué 
pena le hubiera impuesto. 

Quiso también la fatalidad que afligieran ¿ la desgraciada España en esto 
reinado porción de calamidades públicas, inundaciones, terremotos, epide- 
mias, incendios, que asolaron pueblos y campiñas y devoraron hombres y ga- 
nados. ¿Qué remedios aplicaban, ó por lo menos qué luto vestían en tales in- 
fortunios el monarca y su primer ministro? Casi humeaban todavía las ruinas 
de la Plaza Mayor de Madrid, cuyos dos ángulos habia reducido á pavesas el 
^oraz incendio de 4634 , cuando asistieron el rey y la corte á la fiesta de toros 
7 cañas que se celebró en el mismo lugar de la catástrofe. Que estuviera cons- 
tantemente distraído con espectáculos y festines, con justas y torneos, con to- 
ns y comedias, con banquetes, monterías y saraos, y lo que era peor, con 
^denteos; esta habia sido la política del de Olivares con Felipe desde que era 
príncipe. Estudiar y halagar sus pasiones juveniles, darles pábulo, embria- 
garle con placeres y recreos, hacerle tomar aversión á los negocios y hastío á 
bs ocupaciones graves, aparecer entonces el favorito como el alivio y el sus- 
tentáculo del rey, haciendo el sacrificio de tomar sobre sus hombros la pesada 
carga del gobierno, de que sabia fingirse como abrumado, magnetizar con es^ 
tos artificios la voluntad y el corazón del monarsa y hacerse el arbitro de ia 
monarquía; éste era el sistema del conde-duque con Felipe lY. 

Si tragaba un terremoto poblaciones enteras, en Madrid se construía un 
coliseo en el Buen Retiro. ¿Qué importaba que se rebelaran provincias, con tal 
qoe el rey y la reina y las damas de palacio se entretuvieran en representar 
comedias? ¿Se insurreccionaba y se perdía un reino? El monarca y su favorito 
80 distraían entre bastidores, hacían los galanes con las comediantas de oficio^ 
y corrían aventuras y lances nocturnos; los resultados de estas misteriosas 
escenas se hacian públicos, con tanta mengua de la magestad de rey como del 
decoro y de la dignidad de hombre, y en las conversaciones y en los escritos 
80 mezclaban de continuo los nombres y se glosaban á un tiempo las travesu* 
ras de María Calderón, la cómica, y de Felipe lY. rey de España. 

Asi andaban de sueltas las costumbres públicas. Asi los galanteos sin re- 
cato; asi la licenciosa vida sin miramiento á la decencia social; asi el frecuen- 
te y publico quebrantamiento de los deberes conyugales; asi la profanación de 
los lugares mismos destinados á servir de asilo á la virginidad; asi los proce- 
sos escandalosos á individuos y comunidades religiosas de ambos sexos; asi 
las pendencias, las riñas, y los desafíos diaríos; asi los asesinatos, en casas, en 
t penales y en plazas; asi las refriegas, y las estocadas, y las muertes, de los 
grandes señores entre sí, entre los magnates y sus propios criados y coche- 
ros, y aun entre clérigos y magistrados, que á tal situación hab'an venido to« 



<9Í HISTORIA DE ESPAÑA. 

das las clases (i); asi aquellos perdona-Tidas de profesión, y aquellos espada- 
chines y matones de oficio, escándalo de la época; asi las amargas y sangrien- 
tas ceneuras de los escritores de aquel tiempo contra la corrupción y la 
inmoralidad del palacio, de la corte y del pueblo, queles valian el destierro, la 
prisión y las cadenas. 

Pero asi aseguraba el conde-duque de Olivares su privanza con el sobera- 
no, para quien todo iba bien, con talY|ue le proporcionaran goces, y no le tur- 
bara nadie en ellos, que estos eran los reales hechizos de que por primera vez 
comenzó á hablar el vulgo. Estorbábanle al conde-duque los Consejos, y en- 
comendaba los negocios á juntas estraordinarias, que formaba á su conve- 
niencia y disolvia á su antojo. Aquella multitud de juntas, algunas de las 
cuales eran ya estravagantes por sus títulos y ridiculas por la frivolidad de 
sus ocupaciones, semejaban otras tantas máquinas que se movian por un re- 
sorte oculto, y funcionaban á voluntad del fabricante, y solo en la forma y 
por el tiempo que entraba en su interés y en sus cálculos. No se puede negar 
al de Olivares cierta habilidad y artificio para resolver á su arbitrio todos los 
asuntos del reino bajo la apariencia de resoluciones de los tribunales, de los 
consejos ó cuerpos consultivos del Estado, asi como para aparecer ¿ los ojos 
del rey un ministro fabulosamente laborioso é incomprensiblemente infatiga- 
ble. Causaba grima y compasión al buen Felipe ver á su lado un hombre 
chorreando siempre memoriales, consultas, legajos y espedientes, sacrificando 
el sueño, el reposo, la salud y la vida, todo por tener el reino gobernado y 
arreglado á maravilla con descanso y sin molestia de su rey y señor! 

No fué mas feliz el de Olivares en las luchas esteriores en que empeñó á 
su soberano y en que volvió á comprometer la España. Con la muerte de Fe- 
lipe III. se acabó aquel breve período do reposo, cuya prolongación hubiera 
sido tan conveniente á la monarquía para reponerse de sus quebrantos. «To 
os haré, dijo el de Olivares al nuevo monarca, el señor mas poderuso de la 

(I) EDlre los machos hechos de esta es- les^ de eriados, de seftores y de plebeyos, 
pecieque podríamos citar, solo mencionare- una para arrancar al reo de las maaosdel 
mos el del condestable de Gasiill:i, que mató verdu^ro, otras para hacer que se ejecotára 
¿ uno de sus criados, é hizo armas contra el suplicio, y hubiera habido un choque 
un alcalde de corle, todo lo cual quedó im- terrible, que por fortuna se evitó por haber 
pune: el del asesinato del marqués de Gañe- declarado el cochero que él era el culpable, 
te por UD lacayo suyo, en venganza de ha- Por aquellos mismos dias el cochero del 
ber íoteutado su amo herirlo áotes; masco- duque de Paslrana en una reyerta con su 
mo quiera que el asesinato apareciera y se amo le dijo, que lodos eran hombres, y que 
creyera cometido por don Antonio de Ama- cada uno se tenia por hijo de su padrcu To- 
da, y éste fuera condenado á muerte. cLeio, do esto era producido por el género de vida 
grandeza y pueblo, todos tomaron parle, que baciao muchos de los grandes de aquel 
unos en contra, otros en pro del sentencia- tiempo con desdoro de la clase. 
do, y formáronse cuadi illas armadas defrai- 



PAUTE lil. LIBRO V. 493 

tierra.» Y lo creyó el joven é inesperto príncipe» Y acaso llegó también á 
creerlo el mismo don Gaspar de Guzman; {que tan alto rayaba la presunción 
de sa capacidad y talento! Y puso otra vez á la enflaquecida Espafia en lacha 
eon toda Europa como en los tiempos de su mayor pujanza y robustez. Re- 
sacita imprudentemente la cuestión de la Valtelina, y provoca ana confedera- 
ción de Francia, Saboya, Yenecia y Holanda contra Espafia. Oblí^ganos á hacer 
esfuerzos y sacrificios prodigiosos, y con ayuda de algunas repúblicas y prín- 
cipes italianos logramos salvar ¿ Genova y s^star un tratado de paz. Maa 
laego sueña en agregará la corona de Castilla el ducado de Mantua, ó por lo 
menos la mitad del Hontíerrato: otra guerra en Italia entre españoles y franr 
ceses, imperiales, saboyanos y venecianos, en que perdemos al ilustre mar» 
qoés de Espinóla, alma y sostén del nombre español, y sin ganar á Mantua, ni 
conquistar siquiera á Casal, tenemos que sucumbir ¿ la humillante paz de 
Qaerasco. 

El loco empeño y temerario afán de hacer á los españoles los redentores 
del emperador en sus sangrientos litigios con la Turquía, y la Bohemia* y la 
Siecia, y con los príncipes protestantes del imperio germánico, habia llevado 
al propio tiempo las armas españolas á Alemania. Glorioso era que tremolara 
triunfante el pabellón de Castilla en los campos de Fleurus; justo y natural 
era el orgullo de ver al cardenal infante de Espafia don Fernando coronarse 
de laureles en Nordlinghen; pero, aparte de la gloria militar, ¿qué bien re- 
dandaba á España de que los sajones fueran arrojados de Bohemia, ni de que 
d Rliindgrave Otbon fuera derrotado por el loreoés, y de que sucumbieía 
peleando heroicamente en Lutzen el gran Gustavo de Sueciat Consumir hom- 
bres y tesoros, y quedamos sin tesoros y sin hombres con que mantener 
soestros propios dominios. 

Fué desgracia haber espirado al adven'miento de Felipe lY. al trono la 
tregua de doce años con las Provincias Unidas de Holanda, y que volviera á 
encenderse también la antigua guerra de los Países Bajos. Otro ministro me- 
nos presuntooso y mas hábil que el de Olivares hubiera procurado ó renovar 
la tregua ó convertirla en paz: el favorito de Felipe lY., que desde el princi- 
pio pareció haber querido inspirar á su rey aquella jactanciosa divisa con que 
•edice que después hizo acuñar moneda: Todos contra Nos, y Nos contra tO" 
<^t; no halló dificultad ni reparo en luchar con todos los aliados de los holan- 
deses, con Dinamarca, Francia é Inglaterra; y las fuerzas militares de la em- 
pobrecida España, desparramadas por las tierras de Europa y por los mares 
de África y de la India, peleaban simultáneamente en Alemania y en Flandes, 
eoLorena y en Milán, en la Alsacia y en laYaltelina, en el interior de Francia 

y en las costas de Ina;la térra. Nuestios guerreros y nuestros marinos manto- 
Tomo ix. 13 



494 HISTORIA DE ESPAÑA. 

nian todavía la antigua gloría y renombre de Espafla: Espinóla en el sitio de 
fireda, don Martin de Aragón en el combate del Tesino, don Fadríque de To- 
ledo en Puerto Rico y Guayaquil, don Francisco Manrique en las costas africa- 
nas, un ejército de imperiales y españoles amenazando á París como en los 
tiempos de Carlos V. y Felipe II., todos estos eran esfuerzos honrosos, sefiales 
y como restos gloriosos de la antigua grandeza, pero semejantes ya á los úl- 
timos arranques de un enfermovque está cerca de acabar, á los últimos fulgo- 
res de una antorcha que está para extinguirse. 

La nueva guerra de Flandes nos costó la pérdida de Landrecy, de La Cha- 
pelle, de Ghatelet, de Hesdin, de Arras, y de otras plazas importantes en el 
Brabante, en el Artois y en el Luxemburg: en Italia nos tomaron los franceses 
á Turin: nuestras tropas fueron arrojadas de la Guiena y del Languedoc: los 
ejércitos de Francia se atrevieron á penetrar en Guipúzcoa y en el Roselloo, y 
aunque fueron escarmentados delante de Fuenterrabía y de Salces, merced 
aqui al arrojo de los voluntarios catalanes, allá al denuedo de los soldados 
castellanos» es lo cierto que la España, invasora por mas de dos siglos, comen- 
zaba á ser invadida por mas de una frontera. Nuestras escuadras, mandadas 
por Oquendo y Mascareñas eran derrotadas por los almirantes holandeses en 
el canal de la Mancha y en los mares de la India. La compañía holandesa de 
este nombre nos apresó en trece años sobre quinientos bagóles de guerra y 
mercantes, y aquellas presas la decidieron á intentar la conquista del Brasil. 
£1 príncipe de Nassau subyugó todo el litoral de la América del Sur. Pero don 
Oaspar de Guzman era primer ministro de España, y seguia nombrando á sa 
rey Felipe el Grande. 

En tal estado, suceden las dos revoluciones casi simultáneas de Cataluña y 
Portugal; aquella para entregarse á un rey estraño, ésta para darse un rey 
propio; la una y la otra para librarse del gobierno de Castilla, de quien habían 
recibido agravios. Ta no eran países remotos, ya no eran regiones apartadas 
por la inmensidad de los mares que nos arrebataba una potencia enemiga ó 
rival. Eran nuestras propias provincias las que espontáneamente se separaban 
de su natural y legítimo soberano. íQué descenso desde Felipe O. hasta Feli- 
pe rV.! Felipe II. habia estado á punto de ser rey de Francia, y sns tropas 
dieron guarnición á París. En el reinado de su nieto es proclamado rey de Ca- 
taluña Luis XIII. de Francia, y tropas francesas vienen á guarnecer á Barce- 
lona. Felipe II. de Castilla fué á Lisboa á coronarse rey de Portugal. Feli- 
pe IV. de Castilla supo que Portugal habia dejado de pertenecerle cuando es- 
taba ya coronado en Lisboa don Juan IV. de Braganza. Y sin embargo el adu- 
lador ministro de Felipe IV. seguia apellidándolo el Grande J 

¿A qué sino á la soberbia y la torpeza del ministro castellano se debió quo 



PARTE III. LIBnO V. i95 

estallara la rebelíoa en Catalana? ;A qaé sino á so torpeza y su soberbia so 
debió la duración de ana guerra que pudo haberse sofocado en so orígenT An- 
tiguo y no infundado era el odio de los catalanes al conde-duque: recientes y 
fondadas eran sos quejas por los malos tratamientos que habian recibido de 
las tropas reales y del gobierno de Uadrid. El mismo que habia sido «iempre 
era ahora el pueblo catalán* El de Olivares debía conocerle y no le conoció. 
Ahora como á fines del siglo XIII. la decisión y el arrojo de los catalanes lanzó 
é loe ejércitos franceses del Rosellon. Si entonces destrozaron el ejército de 
Felipe el Atrevido de Francia, ahora acababan de escarmentar las huestes de 
Luis XIII. acaudilladas por el príncipe de Conde. ¿Merecían por recompensa la 
car^ de los alojamientos, la violación de sus fueros y usages, los ultrages ó 
insultos de los soldados castellanos, los menosprecios del marqués de los Bal- 
bases^ las irritantes respuestas del conde-duque, y los rudos ordenamientos de 
Felixie de Castilla? ¿Se habia olvidado lo que habia sido siempre el pueblo cata- 
lán en' los arranques de su indignación y su despecho? ¿Habíase borrado de la 
memoiia la guerra de diez años sostenida en el siglo XV. por ese pueblo be* 
Ikoso, altivo, pertinaz, temoso é inflexible en sos adhesiones como en sus 
odios, contra don Juan II. de Aragón su legítimo soberano? ¿No se tenia pre- 
sente que en aquella ocasión ese pueblo, tan adicto á los monarcas nacidos en 
so suelo» anduvo brindando con la corona y señorío del Principado sucesi- 
vamente á Luis XI. de Francia, ¿ Enrique IV. de Castilla, á Pedro de Portu- 
^1, á Renato y Juan de Anjou, y que se dio á buscar por Europa un príncipe 
que (fuisíera ser rey de Cataluña, antes que doblegar su altiva cerviz al mo- 
narca propio contra quien una vez se habia rebelado? 

Nosotros dijimos entonces: «Semejante tesón y temeridad daba la pau- 
€ta de lo qae habia de ser este pueblo indómito en análogos casos y en 
dos tiempos sucesivos: pueblo que por una idea, ó por una persona, ó 
«por la satisfacción de una ofensa, ni ahorra sacrificios , ni economiza san- 
«gra , ni cuenta los contrarios , ni mide las fuerzas , ni pesa loe peli- 
cgros (4)j» ¿No era de temer, afladimos ahora, que se entregara en esta 
ocasión á Lais XIII. de Francia, como entonces se entregó i Luis XI? ¿O 
no han de servir nada á los que gobiernan los Estados las lecciones de la 
historia? 

Si desacertado y torpe anduvo el de Olivares en no precaver una rebelión 
qoe se veía venir, no anduvo mas atinado en los medios de vencerla cuando 
conoció la necesidad de reprimirla. La sublevación, que comenzó por los bár- 
baros desmanes de las turbas de agrestes segadores, por el asesinato del virey 



(I) Parte IL lib. 111. cap. II de nuestra Historia. 



lOC eSTORlA DB fiSPi$A. 

Santa Coloma y por las tragedias horribles ejecutadas con los magistrados, 
los nobles y los soldados castellanos, se convirtió por su culpa en ruda, obsti- 
nada y sangrienta guerra, sembrada de matanzas horrorosas, de lastimosas 
catástrofes, de represalias feroces. Si al' principio las disciplinadas tropas del 
rey de Castilla vencían y arrollaban por todas partes las irregulares masas de 
los insurrectos, después entre franceses y catalanes acabaron sucesivamente 
con tres ejércitos castellanos, mandados por los marqueses de los Velez, de 
Povar y de Leganés, haciendo uno de ellos prisionero, sin que se escapara ni 
infante, ni ginete, ni maestre de campo, ni oficial, ni soldado. Y cuando el 
conde-duque de Olivares comprendió la necesidad de sacar al rey de la man- 
sión encantada de la corte y de acercarle al teatro de la guerra para que die- 
se con su real presencia ánimo á sus guerreros y calor á la campaña, conten- 
tóse con tenerle como enjaulado en Zaragoza, luciendo brillantes galas^pero 
sin cuidarse de operaciones militares; y mientras el rey de Castilla jugaba á 
la pelota en la capital de Aragón, el mariscal francés La Motte derrotaba al 
ejército castellano en la colina de los Cuatro Pilares. Felipe lY. regresaba 
mustio de Zaragoza á Madrid, y el general francés era recibido en triunfo por 
los catalanes en Barcelona. Por no perder el de Olivares su privanza, perdió 
la corona de Castilla para siempre el Rosellon, y el monarca y el privado de- 
jaron triunfante la insurrección de Cataluña, después de baber impuesto al 
reino sacrificios costosísimos, que vio con tanta amargura malogrados como 
habia sido la buena voluntad con que se habia prestado á hacerlos. 

La revolución de Portugal no fué otra cosa que el movimiento natural do 
4in pueblo vejado y oprimido, que se acuerda de que fué libre» y que encuen- 
tra ocasión de recobrar su antigua independencia. Tratado por los tres Feli- 
pes más como reino conquistado qne como hermano y amigo, su anexión á 
Castilla duró solamente lo que Castilla tardó en debilitarse y Portugal en 
preparar su emancipación. El conde-duque de Olivares acabó de avivar, en 
vez de templare estinguir, las añejas antipatías entre pueblo y pueblo; la guer- 
ra de Cataluña dejaba desguarnecido de fuerzas á Portugal ^ y Portugal se ha- 
bría levantado aun sin las instigaciones y auxilios de la Francia. El sigilo con 
que se manejó la conjuración, la rapidez con que el plan fué ejecutado, el éxi- 
'vO completo y fácil que alcanzó, todo manifiesta evidentemente que era uno de 
esos movimientos nacionales, que empujados por la fuerza impalpable é irre- 
sistible de la pública opinión llevan en el sentimiento universal de nn pueblo 
la seguridad de su triunfo. Felipe lY. de Castilla nada supo hasta que le anun- 
ciaron que don Juan lY. de Braganza era rey de Portugal. Un monarca que 
ignora lo que pasa en uno de sus reinos hasta que le ha perdido, no merece 
poseerle. El ministro Olivares le dio la nueva riendo, y quiso hacer partici- 



r 



PARTE ilU LIBRO V« 497 

par de sa fioi^ida risa al monarca diciéndole que el de Braganza babia i>erd¡do 
cIja'cio.El rey debió comprender que quien le babia perdido era el conde- 
duque de Olivares. 

¿Qaébizo después el de Olivares para ver de engastar otra vez á la corona 
deCasUlla y de León aquella joya lastimosamente desprendida? Mientras don 
Juaa IV. obtenía el reconocimiento de las principales potencias europeas, la 
corte de Madrid se contentaba con trabajar, á costa de prolncir escenas de 
escándalo, para que el embajador portugués no fuera recibido en audiencia por 
el Santo Padre. En tanto que el de Braganza era jurado en las cortes portu- 
guesas, y que se rodeaba de decididos y leales vasallos y se afirmaba en el 
trono de sus mayores, el de Olivares se vengaba en hacer aprisionar allá en 
Alemania al valeroso é inocente príncipe don Duarte de Portugal. El nuevo 
monarca lusitano fortificaba sus plazas de guerra, y el soberano de Castilla 
perdíalas antiguas posesiones portuguesas de África y de las Indias, que se 
agregaban á medida que se iban informando del alzamiento de Portugal. Fra- 
guóse ana conspiración para derrocar al de Braganza y proclamar de nuevo al 
de Castilla, y los conjurados perecieron en los calabozos ó en los patíbulos: ni 
siquiera supo el ministro del rey de España cómo babia sido descubierta la 
conjara. Se trató de formar ejércitos para la reconquista, y merced á un lla- 
mamiento patriótico y á un esfuerzo estraordinario sé logró reunir algunos 
cuerpos de tropas en las fronteras de Extremadura, de Galicia y de Castilla, no 
bien disciplinadas y peor dirigidas. El nieto de aquel Carlos V. que viajó cja- 
renta veces por Europa ganando coronas y sujetando imperios, no se movió do 
h corte para recobrar un pequeño reino que se le escapaba casi ¿ la vista de 
hs balcones de palacio. La nación cuyos ejércitos habian dado la ley al muado» 
se ¥eia reducida á hacer vandálicas incursiones de Incendio y de saqueo en una 
de sos mismas provincias. La poderosa España era impotente para recobrar 
el Portugal. A tal flaqueza babia venido con Felipe IV. la monarquía gigante 
de Felipe II. 

Aon quedaba en España bastante pundonor, al menos para no sufrir con 
resignación impasible tantas humillaciones y quebrantos fuera, tanto baldón 
éignominia dentro, tan miserable y bochornosa situación dentro y fuera. El 
dedo público señalaba al de Olivares como al causador de todas las afrentas, 
y el fascinado monarca halló al fin quien le apartara de los ojos la ven ('a que 
se los cabria hacía mas de veinte y dos años. Hiciéronle ver que el hombre de 
los pomposos ofrecimientos, el que babia prometido hacer á España la nación 
inas formidable del orbe, y al monarca español el príncipe mas poderoso de la 
tierra, era el hombre que estaba acelerando la ruina y perdición del n- enarca 
7 ia ruina y perdición de la mpnarquía. El mismo rey no pudo sostener ya al 



198 HISTORIA DE ESPAÑA. 

fayorito, y cayó el conde-duque de Olivares. Debióse esta novedad principal- 
mente á la reina Isabel de Borbon, ofendida del valido, que hasta allí habia 
llegado su desatentado, orgullo: á la princesa Margarita de Saboya, que por 
causa suya habia perdido la regencia de Portugal; y á algunos prelados, oonse- 
jeios, timbajadores y grandes , que ayudaron á aquella buena obra tan pronto 
como encontraron tan poderoso apoyo. No se pareció la caida del don Gaspar áé 
Guzman á la de don Alvaro de Luna y ¿ la de don Rodrigo Calderón. Para el 
de Olivares no hubo patíbulo ni roca Tarpeya: bajó del Capitolio más como 
quien se desliza suavemente y por su voluntad, que como quien es derrumba* 
do con violencia y por castigo. Felipe IV. se dignó concederle el peimídO que 
solicitaba de retirarse» diciendo que estaba muy satisfecho de su desinterés y 
de su celo. Bastarla esto solo para hacer la calificación de este monarca. 

Francia habia ido creciendo todo lo que España habia ido menguando. Eran 
dos reinos que vivian de devorarse, al modo de dos plantas vecinas, de las 
cuales la una se alimenta y robustece del jugo que roba á la otra. La rÍTali- 
dad venia desde Carlos V. y Francisco I. Verdad es que Luis XIII. era maa 
rey que Felipe IV,, y que los guerreros de la Francia comenzaron á brillar, 
cuando los insignes capitanes españoles se babian casi estinguido, y de ellos 
no quedaba sino tal cual muestra y muchos gloriosos recuerdos. Pero lo que 
influyó más en la preponderancia de ano sobre otro reino fué la gran diferen- 
cia, en capacidad, talento, astucia y energía, entre el primer ministro del 
soberano francés y el primer ministro del monarca español. Richelien fué un 
gran político y un grande hombre, mientras Olivares no fué sino un gran pre- 
suntuoso y un gran soñador. Y no es que el ministro cardenal aventajara al 
magnate favorito, ni en moralidad, ni en pureza, ni en sobriedad, ni en re- 
cato, ni en otro género do virtudes. Al contrario, con ser un prelado de la 
Iglesia Armand Duplessis, aun fué mas dado al fausto y ala disipación que don 
Gaspar de Guzman: montaba el gasto de su casa á mil escudos de oro por dia; 
las riquezas que acumuló el de Olivares eran una modesta fortuna al lado de 
la escandalosa opulencia de Richelien: si el Guzman alejó de la presencia dei 
rey á los infantes sus hermanos, Richelieu iba siempre delante de los prin- 
cipes de la sangre, pensó sobrevivir á su soberano, y hacerse patriarca y re- 
gente del reino: si Olivares sacrificó algunas víctimas á la envidia y la rivali- 
dad, él ministro de Luis XIÜ. ejerció execrables venganzas personales, tira- 
nizó la nobleza, abatió los hugonotes del reino siendo protector de los calvi- 
nistas de fuera, fué ingrato con la reina madre, con el hermano del rey, con 
el rey, y con la reina misma, á quienes se hizo tan necesario como odioso: 
acabó con las libertades francesas, y vivió y murió aborrecido. 

tías si en las prendas del corazón no aventajó el de Richelien al de Oliva- 



r 



PARTE m. Lir.RO V. 499 

reí, en las dotes del entendimiento no sufren paralelo las de nno y otro mi* 
Bistre, y el gran talento y la sabia política de aqael tenaz y eterno enemigo 
de la casa de Austria fueron las dos grandes fatalidades para la monarquía es^ 
pañoken este reinado. Sin que aceptemos nosotros la apasionada asimilación 
que algunos escritores franceses quieren establecer entre el célebre Richelieu 
y el inmortal Jiménez de Gisneros, modelo éste de virtud y de grandeza, va« 
Ttm santo y gobernador admirable á un tiempo, confesamos que la Francia de* 
bió á Richelieu grandes servicios, que abatió las dos ramas de la casa de Aus- 
tria, humilló una aristocracia insolente, favoreció el movimiento de la civiliza- 
ción, protegió las letras y las artes, engrandeció el reino, y le colocó á la 
cabeza de las naciones europeas. Asi fué que si por sus vicios y su orgullo el 
ministro de Luis Xlll. murió aborrecido, por sus servicios y su grandeza mu- 
rió admirado. El ministro de Felipe IV. vivió teniendo quien le aborreciera, 
y murió sin teQer quien le admirara. 



m. 



REINADO DE FELIPE IV. 



BESDE LA caída DE OLIVARES HASTA LA MUERTE DEL RET. 



Algo mejoró con la caida de Olivares la situación del reino, aunque no 
tanto, ni con mucho, como el pueblo creia y esperaba; que los pueblos son 
siempre fáciles en creer y largos en esperar de toda mudanza que desean. Pa- 
reció, en efecto, que el rey eropezaDa i ser rey, la reina á ser reina, ¿ ser 
consejos Io6 consejos, á funcionar las cortes como cortes, y á ser tratados 
como hombres de valer los hombres que algo vallan. El rey dando de mano 
á los devaneos y poniéndola en los negocios; la reina recobrando su influen- 
aa legítima; los consejos deliberando; las cortes votando los subsidios; los 
hombres de valer volviendo del destierro á ocupar los altos cargos.del Estado, 
Comenzaron ¿ arribar con plata los galeones de Méjico; mejoró la guerra de 
Cataluña; tremoló en Lérida el pabellón de Castilla; y Felipe IV., que ya fué 
al teatro de la guerra, no como un cautivo con las insignias y galas de rey, 
sino como un rey que había salido de la cautividad, entró en aquella dudad 
fn triunfo, y le juró sus fueros. 



200 BISTORI A DE ESPAÑA. 

Coincidió felizmente eon este cambio la maerte del ministro de Francia' 
Ricbelieu; sucedió el fallecimiento del monarca Luis XIII; la hermana del rey 
de España quedaba regente de aquel reino á nombre del niño Luis XIV; es- 
perábase mucho de tan inmediato deudo entre la gobernadora de Francia y el 
monarca español; confiábase no poco en los disturbios que allá se suscitarían 
en la minoría del rey; y cuando se trató de paz se desechó el pensamiento, 
por creer que traía ya mejor cuenta guerrear que hacer paces. Todo iba bien 
con tal que durara. 

Pero si hubo algunas prosperidades» sobrevinieron mas infortunios; aque- 
llas fueron breves y pasageras, éstos largos y duraderos. Malogróse en Flandes 
el cardenal infante de España don Femando, y desgracióse en Madrid la reina 
Isabel de Borbon. Allá con el infante faltó á España la única columna que sos- 
tenia, mal que bien» e) resto de nuestra dominación en aquellos paises: acá 
con la reina faltó al monarca el buen consejo, la única influencia legítima y 
saludable. La reina regoote de Francia no se condujo como la hermana de Fe- 
lipe rV. de Castilla, sino como la viuda de Luis XIII. y como la madre de 
Luis XIV. de Francia. Con la muerte de Ricbelieu nada adelantamos; porqije 
Mazatinoque le sucedió, cardenal como él, primer ministro como él, privado 
como el, político como él, y todavía mas astuto y sagaz que él, era tanto ó mas 
enemigo que él de las casas de Austria y de España, con tanta ó mayor perti** 
nacia y tenacidad que él empeñado en abatir y destruir los dominios alemanes 
y españoles, 

Y en tanto que allá sucedía un gran político á otro gran político en el mi- 
nisterio, acá reemplazaba en la cámara real un privado á otro privado. Feli- 
pe IV. se cansó pronto de obrar como rey: fatigábanle los negocios y volvía á 
los devaneos, y entregó su poder y su confianza á don Luis de Haro, como an- 
tes la había entregado á don Gaspar de Guzman. Asi el indolente monarca 
dividió su largo reinado en dos períodos, señalados por dos privanzas de dos 
inmediatos deudos, tío y sobrino. El favoritismo parecía ya hereditario como 
la corona, Y en verdad no pronosticó bien el que á la caida de Olivares fijó á 
la puerta del palacio aquel pasquin que decia: <t Ahora serás Felipe el Grande y 
pues el conde-duque note hará pequeiio,» Felipe IV. no fué mas grande con 
el marqués del Carpió que con el conde-duque de Olivares, con don Luis de 
Ilaro que con don Gaspar de Guzman, 

La batalla de Rocroy, en que el joven Conde recogió los laureles con que 
engalanó la dorada cuna del niño Luis XIV., acabó con la reputación que aun 
liabian podido ir conservando los viejos tercios españoles de Flandes. Alli pe- 
reció el valeroso conde de Fuentes, último representante de aquella antigua 
escuela de ilustres guerreros castellanos. El triunfo de imperiales y españoles 



PARTE ni. LIBRO V. 801 

allá en los campos de Tottlinghen no fué ya sinó como una chispa que revivió 
V brilló entre apagadas cenizas. Sucesivamente nos fué arrebatando el fran- 
C€S las plazas de Thionville» Gravelines, Hardick, Armentieres, Courtray y 
Dunkerque. Nuestros generales, Meló, Fuensaldafia, Piccolom'ni, GarmOna y 
Bech, no eran hombres que pudieran competir con Orleans, Conde, Gassion, 
GhatiUony Rantzau; ni' el archiduque Leopoldo de Austria fué el sustituto que 
se necesitaba en el gobierno de Flandes para reemplazar al cardenal infante 
de España. Los Paises Bajos amenazaban acabar de perderse. 

Gon languidez vergonzosa se arrastraba la guerra de Portugal, reducida ¿ 
irropclones asoladoras, y ¿ tentativas recíprocas, de los castellanos sobre Oli* 
Yenza, de loe portugueses sobre Badajoz. Las fuerzas de Castilla estaban casi 
todas en Cataluña, donde alternaban entre triunfos y reveses, merced á las 
disidencias y al disgusto que entre los pocos buenos generales que aun que- 
daban produjo el nuevo favoritismo á que se había entregado el rey, retirán- 
dose desazonados los que hablan sabido vencer, y dirigiendo la campaña los 
que en otros paises no habian sabido triunfar. Y cuando habría podido sacar-' 
se gran provecho de la reacción que en el espíritu de los catalanes se estaba 
obrando en contra de la Francia y en favor de Castilla, sobrevienen las insur- 
recciones de Sicilia y de Ñapóles, y con ellas la necesidad de desmembrar el 
no robusto ejército de Cataluña para apagar el fuego que por aquella parte 
ardía voraz é imponente. 

Las rebeliones de Sicilia y de Ñapóles fueron producidas por causas seme- 
jantes i las de Cataluña y Portugal: acá^or la imprudencia y el mal gobierno 
dd rey y su ministro, allá por las tiranías y las concusiones de los vireyes, 
acá y allá por la multitud de exacciones y tributos arrancados á los agobiados 
pueblos para atender ó tantas guerras funestas y ruinosas, y para enrique- 
cerse á la sombra y so prete3to de ellas ministros, vircyes y gobernadores. 
Gerto que en la península española como en la italiana soplaba el francés 
la discordia y atizaba la rebelión. Pero al modo que Cataluña y Portugal 
se hubieran alzado aun sin las intrigas de Richelieu, Sicilia y Ñapóles se 
babrian rebelado también aun sin ser movidas por Mazarino. Revolucio- 
nes GD que se alzaban tantas poblaciones y tantos hombres no podían 
meaos de ser populares. En todo el reino de Sicilia solo la ciudad de Mes-^ 
ana se mantuvo fiel á España: en sola la ciudad de Ñapóles llegaron á po- 
nerse en armas ciento veinte mil hombres. ¿Cómo, si aquellos alzamientos no 
bobieraa sido populares, habrían podido llegar á dominar en capitales tan 
populosas hombres de tan baja eSlraccion como un calderero y un vendedor 
de pescado? ¡Qué degradación la de nuestros vireyes! iQué transacciones tan 
iocboniosas, la del marqués de los Yelez con Xosc Ale^^io, la del duqae de Ar-^ 



SOi niSTORIA DE ESPAÑA. 

eos con Hasanlello! ¿Quién habría podido reconocer en aquellos dos degenera- 
dos magnates los sucesores del gran don Pedro Tellez Girón, duqae de Osuna? 
Sofocóse la insurrección de Sicilia merced ¿ los sefiores y barones del país 
que la combatieron. Tenaz y sangrienta fué la de Ñapóles. Después de mil es* 
cenas de horror» de desolación, de estragos, de muerte y de esterminio, 
aquella rica y bella conquista de los monarcas españoles estuvo ya muy cerca 
de perderse ignominiosamente para Espafia. A imitacioo de Catalana, Ñápe- 
les aspiró á hacerse independiente, proyectó erigirse en república, y conclu- 
yó por entregarse á un francés, descendiente de la antigua casa de Anjon* Por 
fortuna la elección de los insurrectos fué para ellos desacertada. Si el duque de 
Guisa no hubiera sido un presuntuoso, que comenzó portándose con impruden- 
cia para acabar conduciéndose con cobardía, la insurrección habria triunfado. 
Gomo gobernador, cansó y descontentó á los napolitanos, como guerrero no 
supo resistir á las tropas españolas. Hecho prisionero en Gapoa, y traído al al- 
cázar de Segovia, fugóse de la prisión, pero alcanzado en Vizcaya, foé de 
nuevo encerrado en ella. El que había sido imprudente en Ñápeles, cobarde 
. en Gapoa y desleal en Segovia, obro después como un ingrato para concluir 
su carrera como traidor. Bien hicieron la reina Ana de Austria y el ministro 
Mazarino en no proteger la dominación del de Guisa en Ñápeles, aun con ser 
principe francés, y Espafia fué la que recogió el fruto de aquel desvío* 

Debióse, pues, la recuperación de Ñápeles á las locuras de Masaniello» ai 
desenfreno y la versatilidad del populacho, á la presuntuosa arrogancia del de 
Guisa, á las rivalidadea entre la regente y el ministro de FmTicia con la casa 
de Lorena, al oportuno socorro que llevó don Juan de Austna, y al reemplazo 
del indiscreto y desconceptuado duque de Arcos por el acreditado y hábil con- 
de de Ofiate. El joven de Austria, hijo bastardo de Felipe IV., comenzó alli su 
carrera, obrando con una firmeza, con una cordura y un tino que hizo concebir 
esperanzas de que en los hechos como en el nombre habría de ser un trasunto 
del bastardo de Garlos V. Esta ilusión desapareció después. El de Ofiate pecó 
ie severo y rudo en el castigar, y tanto regó aquel suelo de sangre, que Saltó 
poco para que volviera á brotar la insurrección. 

El tratado de Westfalia poso término á la guerra de los Treinta años en el 
imperio alemán, y á la lucha de ochenta años entre Espafia y las provincias 
disidentes del País Bajo. ¡Ochenta años de continuo pelearl lOchenta añoe de 
consumir tesoros y hombres para acabar por reconocer la independencia de 
aquellas provincias! Y sin embargo, aquella paz fué recibida y celobrada con jú- 
bilo en Madrid. ¿Qué había de hacerse yá? Quebrantado el poder de Espafia 
en Flandes, enflaquecido en Italia, anulado en Portugal y vacilante en Gatalu«> 
tía, la paz de Westfalia, si bien ponia de manifiesto nuestra flaqueza a los ojos 



PARTE III. LIBRO V. 203 

de Europa, daba al menos un respiro para atender á las dos guerras que 
ardían simaHáneamente en dos estremos de nuestra propia península. 

Lo único en que Felipe IV. y don Luis de Haro obraron con algún talento 
foéfo atizar las discordias que luego agitaron la FVancia, fomentando las 
fierras llamadas de la Fronda. Lograron ver al temible Mazarino objeto allá 
del odio popular, como acá \o había sido el de Olivares: abatirle y ensalzarle 
atternatÍTamente los partidos: desterrarle los unos del reino, los otros darle 
mas ascendiente y poder: en f^eligro estuvo su cabeza, y á milagro pudo tener 
alvaiia. Los mas famosos generales franceses abandonaron la causa del rey, y 
emigraron á Flandesá tomar partido en favor de España: algunos nos dejaron 
para volver á ser realistas de LuisXIY., pero el gran Conde permaneció cons- 
tante aliado y auxiliar perseverante del rey Católico y del archiduque gqber- 
fiador de Flandes contra el Cristianísimo de- Francia, su soberano. Magnífica 
ocasión para reponerse España de sus pasados revesee y pérdidas» á no haber- 
le contrariado dos fatalidades. De la una culpamos á la torpeza política de 
noestra eórte;laotra no podía ser remediada. Fué la primera no haber sabido 
el de Haro ni nuestros embajadores en Londres convertir en provecho de Es- 
pafiala revolocion de Inglaterra: mas hábil ó mas afortunado que ellos el car- 
denalMazaríno, acertó á decidir á Comwell en favor de fa Francia, y el terrible 
protector envió tropas inglesas á Flandes cdntra nosotros, y naves inglesas 
oonUa nuestras Antillas, se apoderó de la Jamaica, amagó á Méjico, Cuba y 
Tierra Firme, y nos apresó galeones, hombres y dinero. 

Fué la segunda fatalidad, que el joven Luis XIV., el que al cumplir su ma- 
yor edad entró en el parlamento con un látigo, símbolo de la monarquía abso- 
luta qae iba á establecer, entró también en los Países Bajos espada en mano, 
símbolo de su belicoso espíritu, y de sus aspiraciones á dominar la Europa con 
lasannas. No era menester más que un rey del temple de Luis Xiy., que pre- 
senciaba todos los sitios de las plazas, y hacía las campañas como un soldado, 
para augurar la suerte que habían de correr nuestros ya harto cercenados do- 
minios de Flandes. Don Juan de Austria y Conde habían sido afortunados de* 
lante de Valenciennes, pero después perdimos nuestro ejército en las Dunas, 
sitio tan fatal para nuestros tercios de Europa como lo habían sido los Gelbea 
para nuestras tropas de África; y asi como la Holanda nos habia llevado antes 
toda la parte septentrional de los Países Bajos, la Francia nos arrebató des-« 
poesía parte meridional del Brabante, del Artois y del Henao. 

Barcelona, y casi todo el principado de Cataluña, volvieron á la obediencia 
ddiey de Castilla á los trece años de una guerra sangrienta y tenaz, y vol- 
TiaroQ más por odio á los franceses que por afición á los castellanos. Sin reba-* 
jv^ mérito del marqués de Mortara y de don Juan de Austria en el sitio dQ 



201 inSTOn!A DB ES?.\ÍA» 

Tbrcelona que produjo su rendición, de cierto no habría sido fácil, dado qco 
fuera posible, sujetar al Principado, á no haber precedido el grito popular de: 
amueran los franceses!)» Tan abominablemente se habian éstos conducido, ta- 
les habian sido sus ti; anías, atropellos, vejaciones, desafueros y liviandades, 
\ue les pareció á los catalanes cien veces mas soportable y preferible la domi- 
nación de Castilla que habian sacudido, que el yugo francés á que se habían 
sujetado, y aquel pueblo altivo y fíero se irritó más contra los nuevos tiranos 
por lo mismo que los habla invocado como liblrtadorcs. La ingratitud de la 
. Francia al pueblo catalán fué horrible; asi el od'o que qued<$ en Cataluña at 
pueblo francés fué tan profundo que duró todo el lesto de aquel siglo y gran 
parte del otro. Discreto y político, como no tenia de costumbre, anduvo Fe- 
lipe IY.fde Castilla en confirmar á los catalanes sus fueros tan luego como so 
sometió Barcelona, 

Menester es conocer el tesón y la tenacidad de los naturales de aquella 
provincia para no sorprenderse déla pertinacia y temeridad de algunos cata- 
lanes, que no obstante la sumisión general del Principado llevaron su espúrita 
de rebelión al estremo de seguir ayudando á la Francia á mantener todavía 
la guerra en su territorio por otros seis años. Fué necesario nn tratado de pa2 
general para que las armas francesas evacuaran el suelo catalán, que por cerca 
de veinte años habian estado asolando. 

Afrentoso era lo que entretanto pasaba por las fronteras de Portugal. Tan 
raquítica y miserablemente se habia hecho la guerra por aquella parte, qne 
se celebró como hazaña y se solemnizó como suceso próspero haber rendido 
¿ Olivenza á los diez y siete años de lucha y después de cien tentativas frus- 
tradas. En cambio á poco tiempo de esto se vio la corte de Castilla conster- 
nada, el rey abatido, los ministros azorados, asustados los consejos, encendida 
eo vergüenza y ardiendo en ira toda la población. ¿Por qué tanto aturdimien- 
to y espanto? Porque un general portugués estaba á punto de a^raderarse de 
Badajoz, la plaza mas importante de la Extremadura española. La nación con- 
quistadora de tantas regiones é imperios se veia invadida y temía 3er domi- 
nada por el diminuto reino lusitano, poco há provincia suya. Hiciéronse tales 
esfuerzos como si se tratara de una empresa gigantesca, y el primer ministro 
y favorito del rey se vio precisado ¿ trocar los goces de la corte y los arteso- 
nados salones del regio alcázar por el estruendo y las fatigas del campamento 
militar. Por fortuna el portugués abandonó el sitio de Badajoz antes que Ile-^ 
gara don Luis de Haro. Pero debió creer sin duda el sucesor y heredero de loe 
títulos y del favor de Olivares que era lo mismo atacar una plaza que recibir 
un embajador, y librar un combate al enemigo que dar un consejo al rey: 
porque solo asi se esplica la confiada arrogancia con que penetró en Portugal 



PARTB 111. LIBRO V. ^05 

y paso sitio á Elvas contra el dictámea del veterano San Germán: ¿para qué? 
para presenciar ia batalla desde punto donde no podian alcanzarle las puntas 
de las lanzas, ni siquiera el humo de los mosquetes, y huir azoradamente á 
uña de caballo después de haber perdido un ejército y olvidado con la prisa 
hasta los papeles de la cartera ministerial, Y todavía légamo Felipe IV. ¿ su 
corte y le mantuvo en su real privanza. Hizo más; que fué escogerle y en- 
viarle, no solo como el hombre de su mayor conGanza, sino como el n)33 há-* 
bii n^ociador político, á la isla de los Faisanes, á conferenciar con Mazarino 
sobre la paz general de que ya entonces se trataba. 

La paz de los Pirineo», tan humillante como fué para España, no era sino 
una natural y precisa consecuencia de la diversa situación en que se encontra- 
ban las dos potencias contratantes. Fué la promulgación oficial de la pujanza 
francesa y de la decadencia española formulada en capítulos. Fué lo que no 
podía ya menos de ser. La política de Felipe II. dejó á Felipe III. la necesidad 
de la tregua de doce años; aquella tregua hacia presentir el tratado de West- 
falia; y tras la paz de Munster no era difícil augurar la paz del Bidasoa. Los 
tres tratados fueron sucesivamente la espresion de la debilidad, de la flaque- 
za, y de la impotencia á que gradualmente iba viniendo España. Esto tenia 
que suceder con monarcas como Felipe III. y Felipe IV. y con ministros como 
el de Lerma, el de Olivares y el de Earo, en pugna y competencia con sobe- 
ranos como Luis XIII. y Luis XIV., con ministros como Richelieu y Mazarino. 
Esto tenia que acontecer, vista la superioridad de los generales franceses Tu- 
lona. Conde, Crequi, Grammont, La Motte, Luxcmburg y Schomberg, sobre 
loe generales españoles marqueses de los Balbases, de los Velez, de Pobar, de 
Leguiés, de Ay tona, de Garacena, y sobre el mismo don Juan de Austria. Si 
ya el tratado de Westfalia habia sido una necesidad, quebrantado, como diji- 
mos, el poder de España en Flandes, enflaquecido en Italia, anulado en Por- 
tugal y vacilante en Cataluña, ahora que Felipe se veia abandonado del em- 
perador con ingratitud inaudita, que los príncipes de Saboya babian cambiado 
la alianza espadóla por la francesa, que nos habia faltado el auxilio del lore- 
nés, que la flor de nuestras posesiones de Flandes y de la India se habían re- 
partido entre holandeses, ingleses y franceses, que el Rosellon habia dejado 
de pertenecemos, que las quinas portuguesas abatían el león de Castilla, que 
en Cataluña luchábamos débilmente contra la Francia, ¿qué habia de ha- 
cer Felipe IV. sino aceptar la paz de los Pirineos con las condiciones que 
qaisiera dictar el vencedor? 

Una de ellas, (a del mitrímonio de la infanta María Teresa de España con 
Lnis XIV. fué sin duda li cláusula en que contrastaron más la astucia y la 
doblez del ministro de Franca, la nob'.eza y buena fé del que ellos llamaban 



20« • HISTORIA DE tSPÁÜA. 

«QD camplido caballero espafld.» Con anticipado ciknlo y con propósito para 
lo futuro la propusieron y estipularon Luis XIV. y Mazaríno; sin proveer qao 
con el tiempo habia de costar sangrientos litigios sa interpretación, la acor- 
daron y suscribieron el ministro y el rey de Castilla. Luis XIV. después do 
abatir la España qui^ cimentar su futura dominación sobre ella. Ei cimiento 
fué la cláusula matríiironial de la paz de los Pirineos. La muerte de Mazarino 
precedió poco tiempo á la del marqués del Carpió, como la de Ricbeliea ha* 
bia acontecido poco antes de la caida y de la muerte del conde de Olivares* 
Los dos favoritos del rey de España no sobrevivieron á los dos ministros car- 
denales de Francia sino lo necesario para conocer y llorar lo cara que al rei« 
no babia costado su rivalidad con quienes tanto loa habían aventajado en 
talento. 

Portugal no babia sido comprendido en el protocolo de los Pirineos, pero 
se estipulp que Francia no le daria auxilios. Dióselos sin embargo Luis XIV. 
muy eficaces. Esta fué una hiiquidad de la Francia muy fatal á Castilla. A pe- 
sar de esto, Portugal debió ser reconquistado; porque ningún otro punto nos 
quedaba ya á qué atender; allí pudimos concentrar nuestras fuerzas. Favore- 
cíanos el ser el nuevo monarca portugués un joven licencioso, un calavera, un 
libertino de la peor especio, desconceptuado entre los estraños y aborrecido 
de los suyos. Pero faltaba á Felipe IV, sufrir la última amargura, y i Epafia 
la última afrenta con el resultado de esta postrera campaña. 

Don Juan de Austria fué en Portugal como en Flandes afortunado en el 
principio y desgraciado después. Rindió muchas plazas y llevó el espanto 
basta Lisboa: tomó á Evora para ser luego derrotado en Amejial, donde so 
portó como msfl general, y peleó como buen soldado. Pero al menos en Ame- 
jial se salvó la honra y la fama del valor castellano: no asi delante de Castel- 
Rodrigo, donde la gente que acaudillaba el duque de Osuna, hijo degenerado 
del gran don Pedro Tellez Girón, no recogió en su cobarde huida sino baldón 
y vituperio. Am]||os generales fueron bien separados. Como un remedio heroi- 
co se hizo venir de Flandes al marqués de Caracena, que prometió con poro- 
suntuosa arrogancia marchar en derechura á Lisboa, y conquistar todo el rei- 
no con la rapidez de un César. Al poco tiempo el soñador de tan rápida con- 
quista comunicaba al rey desde Badajoz el desastre que habia sufrido en 
Villaviciosa, donde se consumó la ruina militar de España, y aseguró Portugal 
su independencia. La poderosa monarquía de Carlos V. y de Felipe II., la 
nación á cuyo nombre y ante cuyas banderas babia temblado el orbe entero, 
después de agotar todos sus recursos acabó por ser anonadada en Villaviciosa 
por un puñado de portugueses. El infortunio do Villaviciosa fué el resAmen de 
un siglo entero de política infausta, consumido en empresas temerarias y ral- 



r 



PARTE IlU LIBRO V« 2Ü7 

dosm; fué ú fruto y como el compendio de los errores y de los desaciertos de 
tres reÍDados. 

Feüpe IV. y no obstante la resignación religiosa con qae eaclamó: «/Dios lo 
quierúy cúmplase su voluntad!» no pudo resistir aquel golpe, y sucumbió de 
posadombre. Bajó pues á la tumba, dejando la monarquía menguada de reinos» 
deqwbladade hombres, agotada decaudales, desprovista de soldados, eatenuadar 
defaerzas, desmoralizada, abatida y pobre dentro, menospreciada y escarne- 
cida fuera« 

«Hallábanse, dice un escritor contemporáneo, los reales erarios, sobre oon* 
«sañudos, empeñados ; la real hacienda vendida ; los hombres de caudal uno» 
«aparados y no satisfechos, j otros que de muy satisfechos, lo traian todo 
«apurado;- los mantenimienAs al precio de quien vendia las necesidades; lo» 
«▼estuarios falsos como exóticos; los puertos marítiuMs con el muelle para Es- 
«pafia y las mercadurías para fuera, sacando ios estrangeros los géneros para 
«volverlos á vender beneficiados; galera y fletes pagados á costa de Espafia, 
«pero alquilados para los tratos de Francia, Holanda é Inglaterra; el Mediter- 
trineo sin galeras ni bageles; las ciudades y lugares sin riquezas ni habitadores; 
«los castillos fronterizos sin mas defensa que su planta, ni mas soldados que su 
dbaen terreno; los campos sin labradores; la labor pública olvidada; la moneda 
«tan incurable, qne era ruina si se bajaba, y era perdición si se conservaba; 
id» tribunales achacosos; la justicia con pasiones; los jaeces sin temor á la 
«fama; los puestos como de quien los posee habiéndolos comprado; lasdignida* 
tees hechaa herencias ó com|Kras; los honores tan vendidos en pública almo* 
«Deda, que sdo faltaba la voz del pregonero; letras y armas sin mérito y cob 
«deprecio; sin máscara los pecados y con honor los delitos; el real patrimonio 
«angrado á mercedes y desperdicios; los espíritus apagados á la vil tolerancia, 
«ó ala violentar impaciencia; las campañas sin soldados, ni medios para tener-* 
«los; los cabos procurando vivir mas que merecer; los soldados con la precisa 
«toleraucia que pide traerlos desnodos y mal pagados; el francés, como victo- 
trioso, atrevido; el emperador defendiendo con nuestros tesoros sos dominios; 
«y finalmente sin reputacioQnuestrasarm.is;sia crédito nuestros consejos; coa 
«desprecio los ejércitos^ y con desconñanza todos.» 

¿Qué dejaba Felipe lY., cuando descendió á la tumba, para remediar tan 
boodos malesT Una reina regente, alemana, caprichosa, soberbia, dominante, 
y enemiga de España; muchos hijos bastardos (4), y un solo hijo legítimo, niño 

(I) Hacemos mérito de esta eireonsUa- de inmoralidad, y causa grande de abande* 

c^ ptn que se vea con cuinta rason ho- no en el gobierno del Estado. Cuéntase pue» 

BKM hablado de la vida desenvuelta, diii- entre loa hijos bastardos de á^n Felipe» ade- 

Ms y licenciosa del re j, ejemplo funeslo más del conocido don Josa de Aualria. ctr» 



^Oft HISTORIA DE ESPAÑA. 

endeble, eofeimizo, pusilánime, apropósito para dejar caer el reino en mayor 
postración. 

Pero este reinado tan desastroso en lo militar, tan funesto en lo político, 
tan miserable en lo económico y tan vituperable en lo moral, señalóse en ana 
de las glorias mas apreciables de un pueblo, la gloria arttslica y literaria. No 
hubo, es verdad, ni grandes filósofos, ni políticos profundos, ni publicistas dis- 
tinguidos; y gracias que alguno alcanzó no coman reputación de pensador y 
escritor entendido, en medio de la compresión que ejercía sobre las inteligen- 
cias en estos ramos del saber el severo tribunal del Santo Oficio, y del aisla- 
miento en que vivia España del movimiento intelectual europeo desde Fel'- 
pe 11. En cambio florecieron y brillaron multitud de ingenios en el campo libre- 
mente cultivado de las bellas letrab y de las artes liberales, y siempre se re - 
cordarán con deleite y se verán con admiración los delicados pensamientos del 
fecundo Lope, las maliciosas agudezas de Tirso, las lozanas galas de Calderón, 
los sutües, aunque estravagantes conceptos de Góngora , las amargas sales do 
Quevedo, las delicadas rimas de Rioja, asi como los inspirados y encantadores 
cuadros de Yelazquez, las grandiosas y sencillas obras de Gano, las escalentes 
y atrevidas de Zurbarán, y las dulces y maravillosas creaciones de Uurillo. 

Ni faltaban todavía hombres doctos, y muy enteros en sostener con firmeza 
las regalías de la corona en las competencias y negocios de las jurisdicciones 
eclesiástica y real. Monarcas tan piadosos como Felipe III. y Felipe lY., que 
consagraron tantos esfuerzos y trabajaron con tanto ardor ¿ fin de que se decla- 
rara dogma de fó el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen, recla- 
maban de Su Santidad, á consulta, do consejeros de ciencia y de ánimo firme, 
la libertad de opinar en materias do jurisdicción, y que no rigieran en España 
las declaraciones de la Congregación del índice, ni se estimaran las prohibición 
oes publicadas por el Nuncio contraías obras y escritos en que sedefendian las 
prerogativas del poder real (I). 

dOD Franolseo de Austria, qoemarió de edad maba Julián Talcarcel, y ñié despaet don 
de ocho años; dofta Margarita, monja que Enrique Felipe de Gozmau. 
fu6 en la Encarnación de Madrid; don Alfon- (I ) Quedó un testimonio solemne y hoii« 
80 de Santo Tomás, obispo de Málaga; nn roso de las ideas que aun en aquellos tiem- 
don Carlos ó don Fernando Valdés, general pos de abatimiento sostenían los espaftoles 
de artillería en Milán; don Alonso de San doctos en tales puntos, en el célebre Memo- 
Martín, obispo de Of iedo; y don Juan Cor* rial que á nombre del rey Felipe IV. pro* 
so, llamado fray Juan del Sacramento, que sentaron al papa Urbano VIH. en calidad do 
se hizo predicador célebre. El reconocí- embajadores extraordinarios el obispo do 
miento dd don Juan de Austria le hizo á i ns- Córdoba don Fr. Domingo Pimentel y el 
tig ación del conde-duque de Olivares, que consejero de Castilla don Juan Chumaeero 
tampoco tenia hijos legítimos, y deseaba que sobre abusos de la Nunciatura y de la 09m 
el rey diese el ejemplo para reconocer él taria de Roma, sobre provisiones de be- 
á on bastar Jo que también tenia, y se Ha- ncS(io% sobre Jurisdicción de los obispos 




fAHTE III. LIBRO V. S09 

Mas ¿c43mo podían sostenerse estos arranques de dignidad naoionalt ¿Cómo 
habían de sagair sosteniéndose con' entereza estos saludables principios de 
derecho público? ¿Cómo habían de poder conservarse la gloria de las letras y el 
lostre de las artes en medio de la abyección general? Imposible qae sobreYivie- 
nto al oQÍTersal marasmo. Y á la muerte del cuarto Felipe el genio de las letras 
7 el genio de las artes debieron avergonzarse de la corrupción en que con ra- 
pides tan lastimosa habían caldo. 



IV. 



REINADO DE CARLOS U. 



ILPABRB NITBARD: Li REINA MADRE: YALENZÜELA: DON JIJAN DE AOSTlUi. 



iQaién puede determinar nunca cuál es el último grado de la escala del 
engrandecimiento de un imperio, y quién puede decir: «este es el postrer es- 
cakm de su decadencia , y de aqai no descenderá ya má^» Por precipitada y 
rápida que ésta sea, las naciones que han llegado á ser muy poderosas tienen 
Doa distancia necesaria que recorrer desde la cumbre de su grandeza hasta el 
abismo de su ruina. Por eso la caída de los grandes imperios se semeja siem- 
pre á un estado de agonía mas ó menos prolongada y lenta. Por eso también, 
anoqae en los últimos tiempos de Felipe IV. parecía haber llegado la monar- 
quía de Garlos Y. al último período de su caimiento, todavía le faltaba venir á 



cspaftoleí , sobre ereaeion de Rotas, eoin* fray Domingo Pimenlel, obispo do Córdoba, 

paeitasde ministros do Espafta, y otros di- y don Juan Chomaeero y Carrillo, do so 

fcreotes puntos do disciplina. Este famoso Consejo y Cámara, eo la embalada á qmo 

EoBorial, aonque no surtió todo .el fruto vinieron el afio de 633, incluso eo él otro que 

Vie le deseaba, produjo no obstante una es- presentaron los reinos de Castilla Juntos eo 

peéis de eoneordato muy farorable á Espa- cortes el aflo antecedente, sobre diterentet 

'<f 7 ÍBé como la base y el principio de la agravios que reciben eo las espediciones do 

'Mtrina llamada regalista que con tanto Roma, de que piden reformación: con la 

^a, firmeía y dignidad sostuvieron los es- respuesta de Monseñor Maraldi, y la réplica 

píceles mas eminentes del siguiente siglo. dolos mismos embajadores.» Este célebre 

El titulo de este célebre opúsculo era: documento, impreso en aquel mismo siglo, 

*E norial deS. M. C. que dieron á nuestro se reimprimió en Vitoria en 184a. 
Buy Sanio Padre Urbano Papa VIH. don 

Tomo ix. U 



210 HISTORU BE ESPAÑA. 

Diayor postración. No podia ni pronosticarse ni esperarse otra cosa de loa ele- 
mentos que quedaban dominando á*la muerte de aquel monarca. 

En nuestro discurso preliminar habíamos dicho: «Un rey de cuatro años, 
flaco de espíritu y enfermizo de cuerpo, una madre regente caprichosa y terca, 
toda austriáca y nada española, entregada á la dirección de on confesor ale- 
mán y jesuíta, inquisidor general y ministro orgulloso; con un reino este- 
nuado y un enemigo tan poderoso y hábil como Luis XIV., ¿qué suerte podia 
esperar á esta desventurada monarquía?» 

Nada mas natural que el aborrecimiento del pueblo español á la reina re-* 
gente y al confesor Nithard, y que este pueblo volviera los ojos al hermano 
bastardo del rey: porque al fin don Juan de Austria, con no ser ni un genio 
para la guerra, ni una capacidad para el gobierno, ni un ejemplo de virtudes, 
ni un dechado de personales prendas, era la persona de mas representación 
que había quedado en España; y por su buena edad, y por los cargos que ha- 
bía desempeñado, y por ser hijo de rey, y por enemigo de la reina madre y 
del inquisidor alemán, y como apreciado de la grandeza, parecia el único quo 
pudiera reanimar la monarquía y sacarla de su desfallecimiento y de su letar- 
go. ¿Cómo correspondió don Juan de Austria ¿ estas esperanzas del pueblo? 

Firme y enérgico se mostró en un principio en su lucha con 1á reina y con 
el confesor, prefiriendo el destierro de Consuegra al gobierno de Flandes; 
constituyéndose en vengador del infame suplicio de Halladas, y de la ruidosa 
separación de PatíñQ¿ proclamándose dreparadordelos escándalos déla corte; 
haciéndose el gefe natural del partido español contra las influencias austría- 
cas, y el eco del odio popular á la madre del rey y al jesuíta alemán sn fa- 
vorito. Su carta á la regente desde Consuegra al huir de la pnsion que 1^ 
amenazaba, revelaba un hombre de corazón y de nervio, lleno de justo enojo, 
capaz de grandes y atrevidas resoluciones, y decidido á ejecutarlas. Guando 
luego se vio al fugitivo de Consuegra partir de Barcelona con gruesa escolta en 
dirección á la corte, ser recibido con aclamaciones en Zaragoza, allegársele 
allí nueva gente de armas, acercarse en esta imponente actitud á tres leguas 
de Madrid, y exigir imperiosamente desde Torrejon la pronta salida de España 
del P. Nithard, intimidóse la reina, esperanzáronse sus amigos, turbáronse sos 
contraríos, y temieron unos, y confiaron otros, y creyeron todos que era hom- 
bre capaz de trastornar el gobierno y erigirse en arbitro de la monarquía. 

Salió pues de España el confesor jesuíta, befado y escarnecido, y casi ape* 
dreado del pueblo, sin pena de los mismos jesuítas españoles, y solo llorado 
de la reina. Gomo rival y enemigo del inquisidor, ha triunfado el bastardo 
príncipe; se ha vengado; ha satisfecho su amor propio. Gomo hombre de go- 
bierno» e;(ige refQrOiats y economías^ la reina le teme, accede á todas susprc- 



PARTE m. LIBRO V. 4M 

teDsi<mes, inclusa la creación de la Junta de Alivios^ y le asegura su cumplí* 
miento con la garantía del papa. ¿Qué faltaba ¿ don Juan para hacerse duefíó 
delreinoy regirle á su placer, dirigir al rdy menor, y llenar las esperanzas y 
deseos que generalmente se hablan en él fundado? Amigos y enemigos, en gran^ 
Damero aquellos, en corto éstos entonces, todos le estaban viendo entrar en 
Madrid, y la corte se hallaba en una angustiosa espectativa. Pero vióse con 
sorpresa al hombre amenazador y exigente de Torrejon retroceder primero 
i Gaadalajara, retirarse después mansamente á Zaragoza, y quedar mandan- 
do sin contradicción la reina madre. ¿Qué fué lo que produjo tan súbito cam- 
bio en don Juan de Austria? El príncipe para cuya ambición parecía no bastar 
im cetro, que se habia presentado como un Aníbal á las puertas de Roma, dio 
por satisfecha su vanidad con el vireinato de Aragón,* besó humildemente la 
mano de su real enemiga, y regresó dócil á regir una provincia de la monar- 
quía española en nombre de la reina alemana. 

Si él creía en el horóscopo de Flandes, y el horóscopo de Flandes le habia 
avivado la ambición, anunciándole que estaba destinado para grandes cosas» 
«qoé le impidió intentar un golpe de mano sobre Madrid, y acaso aprovechar 
b ocasión de ver cumplido el vaticinio astrológico? Apoyábale el favor popular; 
Cataluña y Aragón le guardaban la espalda; aclamado habia sido en su víage; 
favorecíale la opinión de los consejos, de las ciudades y de los prelados á quie« 
Bes se habia dirigido; eran sos amigos la mayor parte de los nobles; el papa y sn 
nuncio no eran afectos á la regente; el confesor salió desterrado; llena de es- 
panto estaba la reina; sin tropas de guarnición la corte; y la guardia CAoiii- 
berga que se creó para resistirle, se organizó trabajosamente y con universal 
repagnancia. Con tantos y tan propicios elementos no tuvo resolución don Juan 
para penetrar en la corte, librar á España del aborrecido gobierno de la re- 
gente, y ser proclamado como libertador del reino; y prefirió volverse á Ara- 
ggn á gestionar desde allí con el papa para que privara al jesuíta Nithard de 
los títulos y empleos que aun conservaba, en vez de darle el capelo que pre- 
tendía. Semejante conducta daba la medida de los pensamientos y de la tíapa* 
cidad del de Austria. ¿Podía este hombre ser el regenerador de la desfallecida 
nxmarquia? 

Casi no habia ann fijado su planta don Joan en Aragón, cuando ya cam- 
peaba en palacio uü sucesor del P. Nithard en el favor-y en la privanza de la 
reina. Este no era ni religioso, ni confesor, ni inquisidor, ni jesuíta. Era un 
joven aventurero, agraciado, decidor, resuelto, galante, poeta, que de pago 
de on grande habia pasado sucesivamente á adlátere* del confesor, á galan- 
teador de ana camarista, y á confidente de la reina. La nueva privanza cre- 
ció y se mantuvo llevando el favorito y oyendo la regente los chismes, las 



2 1 2 HISTORIA DE £SPAÑ A. 

murmaraciones y las intrigas de la corte contra la madre del rey. El título 
de Duende de Palacio fué el primero con que bautizó la voz popular ál jó* 
Ten Valenzuela por su habilidad en ejercer esta especie de indigno espionage. 
Hasta los valimientos degeneraban yá, y se iban degradando. 

Vióse luego al Duende subir rápidamente á introductor de embajadores, á 
primer caballerizo, á marqués de San Bartolomé de Pinares, á caballerizo ma- 
yor, á primer ministro, á marqués de Villasierr^, á Grande de Espafia, ¿ em- 
bajador de Venecia, á general de la costa de Andalucía, á todo lo que quico y 
podia ser encumbrado. \S\ al menos el improvisado poderoso hubiera guarda- 
do los deberes del decoro, y las prescripciones del recato y del pudor! ! Pero 
aquellas divisas de que hacia jactancioso y pueril alarde en los torneos, aque- 
llos lemas de los Amoree reales y de Yo tolo tengo licencia, motes mas impru- 
dentes que verdaderos, ¿qué habian de producir sino pasquines como el de 
Eito $e wnde, y Eeto $e da^ señalando el uno á Iqs empleos, el otro al corazoa 
de la reina? 

T con todo eso, los magnates al principio tan resentidos, los cortesaDOs 
que tanto le aborrecían, los ociosos que tanto murmuraban, los poetas que 
tantas sátiras escribían, el pueblo laborioso que tanto se lamentaba, erando 
observaron que el Duende era el dispensador de las mercedes, y el distriboi- 
dor de los títulos, el repartidor de los empleos y dignidades, todos iban que- 
mando incienso en las aras del nuevo ídolo, todos se iban agrupando en tomo 
suyo, los unos por alcanzar píngOes sueldos, los otros en busca del lucro de 
las magníficas obras que emprendía, los menos interesados porque les gustaba 
asistir de valde á los teatros, donde daba entrada gratis cuando se represen- 
taban comedias suyas. Asi trascendía la degradación, de los monarcas á los 
validos, de los validos á los magnates, de los magnates al pueblo. Y solo coan- 
do veian que no había puestos elevados ni empleos lucrativos para todos, sol- 
vían los desairados, que eran muchos, á conspirar contra el favorito, á poner 
otra vez los ojos en don Juan de Austria; á traerle de nuevo á Madrid, á in- 
troducirle en palacio, á proponerle al rey el día que entraba en su mayor edad 
para su primer ministro. 

Pero toda aquella trama, que parecía tocar á su término, se deshace como 
el humo al débil soplo de una muger. La reina habla á su hijo. Don Juan re- 
cibe orden de volverse á Aragón. Sus parciales se reúnen y murmuran, pero 
no obran. Al siguiente día, el general de los ejércitos de Ñapóles, de los Paí- 
ses Bajos, de Cataluña y de Portugal, el que había rehusado el gobierno do 
Flandes y el vireinato de Sicilia por no salir de España, el destinado por el 
horóscopo para grandes cosas, el aclamado en Cataluña, en Aragón y en Ma- 
drid, el querido del pueblo* el protegido de la nobleza, el presunto regenerador 



PARTE III. LIBRO V. 2» 3 

de España, emprende otra yez el camÍDO de Zaragoza, mustio, pero no resig- 
Bado, abochornado, pero sin renunciar á sus proyectos, lleno de pesadumbre, 
pero devorado de la misma ambición. 

Alimentada ésta por aquel pueblo generoso, amparo casi siempre de los 
perseguidos por los monarcas, y ahora justamente indignado contra la reina y 
el valido; confederados después los magnates de la corte, y hasta las sefioras 
de la primera grandeza, y juramentados todos para derrocar el poder de la 
reina madre y del privado Valen zuela; fugado el rey de su propio palacio á 
deshora de la noche, como un niño que se escapa del colegio por huir de la 
férula de su maestro; llamado otra vez por todos donJuan á Madrid para 
conferirle el poder como el único redentor y salvador del reino, por tercera vez 
se presenta el de Austria en las cercanías de la corte con grande aparato; pe- 
ro no entra; pide desde alli que le sean apartados todos los estorbos; y todo se 
le allana: y la guardia chamberga se aleja; y la reina madre es enviada á 
Toledo; y Valenzuela se esconde; y suceden las escandalosas escenas de sa 
prisión en el Escorial; y se le encierra en un castillo; y el'rey espera á sa 
hermano bastardo con los brazos abiertos; y grandes, y prelados, y nobles, y 
pueblo, todos aguardan á don Juan de Austria con hosannas y festejos que le 
tienen preparados. T cuando ya no hay obstáculo que le detenga, ni estorbo 
que le embarace, entra don Juan en Madrid» y empuña las* riendas del go- 
bierno que tanto ambicionaba. 

Ta es dueño del apetecido poder el hombre por todos aclamado; ya domi- 
na sin contrariedad al débil Garlos el bastardo príncipe que lleva el nombre 
de otro ilustre bastardo del linage de Austria; todos le ayudan, y nadie le es- 
torba; libre y desembarazadamente puede consagrarse el nuevo ministro á 
sanar los males y cicatrizar las llagas de la monarquía. ¿Cómo corresponde á 
las públicas esperanzas? 

Ensáñase don Juan con sus adversarios, pero no recompensa á sus amigos. 
Largo en venganzas y mezquino en premios, persigue, pero no remunera. Al- 
tivo y soberbio, dase aire de príncipe mas que de ministro: toma para sí silla 
y almohada en la capilla, y no da asiento en la secretaría á los embajadores. 
El hombre de la Junta de Aliviag cuando era pretendiente, recarga á los pue- 
blos en vez de aliviarlos cuando es gobernante. Los tributos crecen, los man- 
tenimientos menguan. La justicia anda tan perdida como la hacienda, y 
h goerrt tan mal parada como la hacienda y la justicia. Mientras se pierden 
plazas en Cataluña y Flandes, don Juan se ocupa en proscribir las golillas de 
los cuellos y en sustituirlas con corbatas. Mientras Luis XIY. dispone de la 
«aerte de España en Nimega, don Juan dispone que el caballo de bronce sea 
trasladado del palacio al Buen Retiro. Fijos el pensamiento y los ojos en el al*. 



su HISTORIA DE ESPAÑA. 

cazar de Toledo, ni ve, n¡ oye, ni lee lo que pasa en los Países Bajos, pera 
ve, oye y lee todos los chismes que de la reina madre le traen ó comanican 
sus numerosos espías. Nimiamente suspicaz, y puerilmente receloso, el que se 
suponia con aspiraciones ¿ una corona, desciende al papel de un gefe de poli- 
cía local. Las sátiras y pasquines que contra él pululan le trastornan el juicio; 
tómalos por lo serio, castiga en vez de despreciar, y llueven escritos malignos 
y picantes, que á él le desesperan, y al pueblo le alivian en su desesperación. 

Este pueblo, que, como hemos dicho en otro lugar, pasa fácilmente del 
oplauso al enojo, del entusiasmo al aborrecimiento, y más cuando ve de tal 
manera defraudadas sus esperanzas, toma á don Juan tanto odio como había si- 
do su cariño, y hace escarnio y befa del ídolo que antes habla adorado. Hal 
correspondida la nobleza que le encumbró, da las espaldas al de Austria, y 
vuelve otra vez el rostro á la desterrada de Toledo, que con ser caprichosa y 
a\ara, orgullosa y vengativa, con ser estrangera y desafecta á España» con 
haber merecido la abominación general, le parece preferible al príncipe espa- 
ilol y conspira para traerla de nuevo á k corte. El pueblo casi echaba de menos 
ú Valenzuela; la grandeza buscaba otra vez á la reina madre: melancólico tes-^ 
iimonio del menosprecio en que habia caído el príncipe bastardo, á quien no 
quedaba mas amparo que el rey» que ni le amaba ni le aborrecía; visitábale 
on sus enfermedades, pero en los negocios solía decir: ulmporta poco que don 
Juan te oponga.» Sucumbió el de Austria devorado por la pesadumbre de tan 
universal abandono, y no alcanzó á ver las bodas del rey con María Luisa de 
Qrleans, que él mismo había negociado con la ilusoria esperanza (que de es- 
peranzas y sueños viven mas que todos los hombres los que reciben mas tris- 
tes desengaños), de que habia de encontrar en ella favor y apoyo« El rey ni 
tfntíó su muerte, ni se alegró de ella: no pensó mas que en esperar á su espo- 
sa, y en ir á Toledo á buscar á su madre para traerla otra vez á su lado. El 
pueblo continuó preparando sus fiestas para el recibimiento de la princesa de 
Francia que venia á ser su reina. 

Asi se pasó el primer tercio del reinado de Carlos IL Ni qd solo pensa- 
miento salvador para esta desgraciada monarquía, ni un solo hombra de esta- 
do, ni una sola esperanza de remedio. Nada más que orgullo acompañado de 
ineptitud^ ambición acompañada de flaqueza y cobardía, genio para la in- 
triga acompañado de incapacidad para el gobierno; que esto y no más repre- 
sentaba la reina madre,, el confesor Nithard» el privado Valenzuela, y el her- 
mano natural del rey. El pobre Carlos II, que cumplió la mayor edad para no 
dejar nunca de ser tratado como niño, víctima inocente de aquellas intrigas y 
rivalidades, tenia al menos la fortuna de no sufrir, porque tenia la desgracia 
de QO conocer cómo se iba acabando la monarquía. Hasta ahora figuraba taa 



PARTE lU. L13R0 V. 215 

poco el rey en su reino, que, como habrá observado el lector, apenas hemos 
tenido necesidad de nombrarle. 

Con tan miserable estado en lo interior del reino, ¿qué podiamos prome- 
temos fueral Si al menos Luis XÍV., ya que no acostumbraba á ser generoso, 
hubiera sido justo....! Mas no pueden ser éstas nunca las virtudes del hombre 
é quien domina una ambición insaciable. £1 monarca francés, aguijoneadp por 
la codicia y nada atormentado por la conciencia, rasga sin escrúpulo las pági- 
lai del tratado solemne de los Pirineos, y por una parte fomenta y protege 
la guerra de Portugal, y por otra conduce atrevidamente sus ejércitos á los 
Pdises Bajos, alli para arrancamos un reino, aqui para arrebatamos los meo- 
goados dominios que nos quedaban, so protesto del pretendido derecho de de^ 
vÁwekn que alega corresponder á la reina su esposa. 

No nos maravilla que en menos de tres meses se hiciera el francés dueño 
de toda la línea de fortificaciones que habia entre el Canal y el Escalda, y 
qoe en cuatro semanas se apoderara del Franco-Condado. Confesamos sii ac- 
tividad, pero no le atribuimos gloria, porque no hay gloria donde no hay re- 
sistencia, y era bien escasa la que podía oponerle el marqués de Castel-Rodri- 
go. Triste necesidad, pero necesidad verdadera fué para España, si no habia 
de desatender á lo de Flandes, hacw las paces con Portugal, y reconocer la 
independencia del reino lusitano, casi ya de hecho reconocida, después de 
veinte y ocho afios de estéril y vergonzosa lucha. La pérdida estaba consuma- 
de: el reconocimiento no era más que una formaUdad. Aun desembarazada 
Castilla de aquella atención, habria sido impotente para recobrarlo de Flan- 
des, porque sus fuerzas, y sus recursos estaban agolados (4). 

(1} «Ve be Informado particularmeDte. nativos de personas de categoría, aun no 

cienbfa el embajador de Francia, de los he sabido mis que el del almirante de Ca9- 

iMdios qoe se han empleado aquí para reu- tilla de mil pistolas. Sin embargo, la reina 

nirdinero á fin de socorrer pronto áFlan- ha escrito una carta circular á todos los 

des....... Los feftores del consejo de Castilla particalaresespooiendo los apuros del reino, 

^dado volunta ri amenté la mitad de sus y asegurándoles que estari eternamente 

cnolomentos de nn año, que puede calcu- agradecida por los auxilios que le preste 

luwen veinte mil escudos El de indias cada uno en esta ocasión según sus fuerzas. 

ka dado cuarenta mil en ciertos-btenes con- Gomo este medio es puramente voluntario, 

iieados que le correspondían. Loe demás no creo produzca mocho dinero, porque ya 

nas^M han seguido la misma proporción, principia i decirse qoe eso viene á ser pe- 

iiasta el de Estado...... y he sabido que el dir limosna.— Acaba de adoptarse otra reso- 

narqaés de Uortara, que no anda^inuy loción, que es rebajar aún el quince por 

^esibogado, ha contribuido con mil pataco- ciento á las rentas de los Juros por vía de 

SIS. Este medio ha podido producir una socorro: antes les hablan rebajado el oin- 

untidad efectiva de eiento cincuenta idos- cuenta por ciento; en seguida el dies por 

einiosatíl escudes, que se han enviado i ciento de la otra mitad; y ahora le quitan el 

Flandes por letras de cambio, qne acaso no quince por ciento, de modo que el jurtsla 

serio aceptadas. En cuanto i los otros do- ya no cuenta eso en el núuoro ^de sus ble- 



8i 6 HISTORIA \^ ESPAÑA. 

Por fortuna la ambición y la osadía de Luis XIV. alarma las potencias ma- 
rftimas; y Suecia, Inglaterra y Holanda, recelosas de tanto engrandecimiento^ 
y temiendo por su propia seguridad, se unen para oponer un dique á tales 
egresiones, y obligan á Francia á suscribir, á España á resignarse con la paz 
de Aquisgran. España se sostiene ya de la caridad de otras potencias; pero 
recibiendo siempre heridas mortales. ¿Qué importa que se le devuelva el Fran* 
co-Condado, que no ha de poder conservar, si retiene el franoés las plazas 
de Flandes que le hacen dueño del Lys y del Escalda, y le abren fácil paso 
á los Países Bajos españoles? 

Que el violador de la paz de los Pirineos no habia de ser mas escrupuloso 
guardador de la de Aquisgran, cosa era que podia preverse. Inglaterra y 
Suecia ceden vergonzosamente al oro y á los halagos de Luis XIV.; y des- 
hecha asi la triple alianza^ y so pretesto de vengar agravios recibidos de loa 
holandeses, y como si no existiera el tratado de Aquisgran, arrójase el francés 
sobre las Provincias-Unidas; su primer ímpetu es irresistible, y penetra hasta 
las puertas de Amsterdam* La invasión do los Paises Bajos españoles había 
alarmado las Provincias-Unidas; la invasión de las Provincias alarma la Ale- 
mania. Aquella produjo la triple aliansa; ésta produce la^an confedera" 
cion entre el emperador Leopoldo, los Estados germánicos, la Holanda y la 
España, 

Vióse entonces un fenómeno notable, y digno de la consideración de loa 
hombres pensadores, Las provincias disidentes de Flandes, que protegidas 
por Francia y por Inglaterra habian sostenido una lucha sangrienta de ochen- 
ta años contra España y el Imperio por sacudir la dominación espafiob; 
aquella república de las PrSvincias-Unidas, cuya independencia reconoció por 
último España, se encontró ahora invadida por Francia é Inglaterra, sus an- 
tiguos amigos y protectores, y halló el mas noble apoyo, ios mas leales alia- 
dos en España y en el Imperio, sus antiguos dominadores y enemigos. 

T es que los papeles han cambiado. Luis XIV. de Fragacia representa en 
el siglo XVII, el que habian desempeñado en el siglo XVI. Carlos I. y Feli- 
pe II. de España, el de aspirante á la dominación universal de Europa; y 
ahora como entonces las naciones por el instinto de la propia conservación se 
unen para combatir al coloso que amenaza absorverlas. Las sociedades políti- 
cas buscan su equilibrio como los cuerpos fluidos; y la necesidad y la con ve- 
nes, lo que empobrece aquí uDa infinidad por las molas de p^so que los particulares 
de casas particulares.... También se ha montan por la ciadad. Bs cnanto paede ha- 
dado un decreto para que se paguen cien cerse aquí para sacar dinero.»~Despacfao 
escudos al afio por los carruages de cuatro del duque de Embrun i Luis XlV.'r-yig- 
paulas, cincuenta por los de dos, y quince net, Sucesión, tom. II. 



PAKTE m. UBRO V. 217 

Bieoeía del equilibrio europeo, sistema nacido en él sig^o XYL para atajar la 
desmedida preponderancia de nn monarca español» produce á su Tez que Es- 
paúa eo el siglo XVII. reducida á la mayor impotencia encuentre naciones 
que se interesen en defender lo que aun le resta de sus antiguos dominios. 
Soecia es vencida en esta lucha. Luis XIV. pierde sus conquistas con la mis- 
ma celeridad que las habia hecho. Inglaterra abandona ala Francia; desam- 
póranla también el elector de Colonia y el obispo de Munster, y Luis XIV. 
88 queda solo contra todos los aliados. No le importa, y asi se cumplen lo» 
deseos de en ministro y consejero Louvois, que le estaba diciendo siempre: 
t?«t $oh contra todos (4).» 

En esta ocasión acreditó la Francia cuan inmenso era su poder militar: 
Luis XIV. se mostró uno de los mas active» y mas hábiles guerreros de so si- 
8lo> 7 sus generales. Conde, Turena^ Crequi, Humieres, Luxemburg» Scbom- 
berg, Enghien, Rochefort; Orleans y La Feuillade ganaron infinitos lauros 
peleando contra todas las potencias aliadas, en la Alsacia y la Lorena, en 
Flandes y en Henao, en Rosellon y en Cataluña. En las campañas de 4674 
1 4679 parecían inagotables las fuerzas de la Francia, y en la persona y en 
los ejércitos de Luis XIV. se veian reproducidos los mejores tiempos de Car- 
los V. En seis semanas se apoderó por segunda vez del Franco^ondado, para 
liacerle dominio permanente de la Francia. £1 príncipe de Conde vencia en 
Senefíalde Orange, el mejor general holandés: Tnrena fatigaba y rendia en 
Alemania á Montecuculi, el mejor general del imperio: Schomberg y Noaillea 
008 tomaban en Cataluña á Figueras y Puigcex;^á. La guerra era colosal, y el 
(nunfo coronaba por lo común el vigor, la actividad y la superior inteligen- 
cia de los guerreros franceses. 

La desgraciada España, que en medio de su flaqueza y de su desconcierto 
interior, hacia esfaerzos inverosímiles^ como galvanizada por los auxilios de 
las potencias confederadas, iba perdiendo las mejores plazas del Pais Bajo es- 
pañol, y sdo en Cataluña estaban sirviendo de estorbo á mayores conquistas 
del francés las hazañas heroicas de los miqueletes del pais, que hacian ma- 
lavillas de valor y de arrojo. 

Mas para colmo de nuestro infortunio, hubo necesidad de desmembrar 
las escasas fuerzas que operaban en el Principado, para llevarlas á Italia. 
Messina, la única ciudad de Sicilia que habia permanecido fiel ¿ España cuan- 
do se sublevaron aquel reino y el de Ñápeles en el reinado de Felipe IV., se 
ÍDsorreccionó ahora contra el gobernador español en reclamación de sus fue- 

(I) 4i algoo emblema ha sido Josto ba- lodot.v^Testamento politioo de Lonvelii, 
SoiodM los pontof deTíflta, es el que se ha en la Coleccioa de Tetlamentos poliiieos» 
liech» para Vuestra Magcsiad:c5olo cvnlra tomo IV. 



218 HISTORIA DE ESPA^^A. 

ros hollados. Ahora en Messina, como entonces en Ñapóles, faeron abatídos 
los escudos de armas españoles al grito de a;Vtt>a Francia* ¡Muera Espatkafn 
Aquella ciudad aclamó y juró por rey á Luis XIV., como Barcelona alganos 
años antes á Luis XIII. Allá pelearon también por tierra y por mar las tropas 
y las naves españolas y francesas: sufrimos contratiempos y reveses sangrien* 
tos, perdimos una escuadra, y pereció lastimosamente nuestro mas poderoso 
auxiliar, el famoso almirante holandés Ruyter. 

Tal era nuestro miserable estado en Italia, en Cataluña y en Flandes, 
cuando se estipuló la célebre paz de Nimega, en que á costa de algunas pla- 
zas que nos fueron devueltas, perdimos todo el Franco-Condado y catorce 
ciudades de los Paises Bajos. Victorioso en todas partes Luis XIV., tan diestro 
negociador como incansable guerrero, tuvo habilidad para ir pactando sepa- 
radamente con cada potencia y obligando á todas. ¿Qué había de hacer España 
sino resignarse y aceptar cualesquiera condiciones, viéndose abandonada de 
las Provincias-Unidas, ajustadas ya en convenio separado con la Francia? ¿T 
qué habian de hacer el emperador y los príncipes del Imperio sino someterse 
y suscribir, faltándoles ya todos sos aliados? La paz de Nimega señaló el pan» 
to culminante de la grandeza de Luis XIV. Habíase cumplido la máxima de 
Loavois: Solo eonira todos. 

Con la paz de Nimega comienza el influjo moral de Luis XIV. en España. 
La política de la corte de Madrid muda de rumbo. Desbécese el tratado de 
casamiento de Carlos II. con una archiduquesa de Austria, solemnemente es* 
tipulado y firmado, y se trae para reina de España á María Luisa de Qrleaos» 
sobrina carnal de Luis XIV, 



PART£ m. LIBRO V. 



2I!> 



V. 



REINADO DE GARIOS U. 



1RDIIVAG8LI: 0R0P8SÁ: LAS REINAS: PORTOGARRERO: CAMBIO DK DINASTÍA. 



La corte de Madrid se divertía en celebrar las bodaa, y consniniaen fiestas 
todo lo que renia de Indias/ Sin corso los espedientes, sin despacho los ne* 
godos, sin movimiento la administración, solo se movían y agitaban los aspi- 
rantes al puesto vacante de primer ministro. Pretendíale entre otros un bom- 
fare que de simple escribiente» habia ido subiendo hasta secretario de Esta* 
do, pero tenia cierto favor y confianza con el rey, por el mérito de haber 
serrido á todos los favoritos anteriores. Dividíanse las Influencias y andaban 
las intrigas entre la reina madre, la reina consorte, el confesor del rey, 
hcaoiarera de la reina, el secretario Eguta y algunas damas de ana y otra 
reina; hasta hombres gravea se mezclaban en esta guerra de favoritismo de 
ttogeres^ 

El duque de Medinacelí, que se alzó por fin con el primer ministerio, 
Ira un hombre amable y dulce, pero tan indolente y perezoso que todo lo 
lemitia y confiaba ¿ las juntas. En la de Hacienda, que era la magna, díó 
cabida á tres teólogos. Asi andaba la administración. La alteración de la mo- 
leda y b tasa en los precios de los comestibles y artefactos produjo alboro- 
tOB fulares. Los panaderos cerraban sos tiendas ó dejaban su oficio, y los 
zapateros se tumultuaban y ponían en consternación la corte. Al propio tiem- 
po, de todas partes se recibían calamitosas nnevas« Una tempestad hacía des- 
aparecer en el piélago los galeones, el dinero y la tripulación que venían de 
Indias. Los piratas filibusteros devastaban nuestras posesiones del Nuevo Mun« 
do. El reino de Ñapóles estaba plagado de bandidos. Un torrente destruía una 
ciodad de Sicilia. El mar rompía los diques de Flandes, é inundaba provin* 
cías y tragaba poblaciones y comarcas enteras. Lo cnal, unido al huracán de 
(4d¡z, qae antes habia sumido en las aguas sesenta bagóles, al horrible y 
Gastador incendio del Escorial, á las epidemias que habían diezmado las 
(roTÍncias espafiolas de Mediodía y Levante, y á los desastres de las anierits 



$20 JIISTOHIA DE ESPAÑA. 

res gaerras, todo parecia anunciar el término y fin de esta d^syentnrada 
monarqoia. ' 

T todavía el desapiadado Luis XIV. , prevaliéndose d^ naestro infeliz esta- 
do, bajo frivolos protestos de imaginados agravios, con apariencias pacificas 
mal disfrazadas, so color de no observarse por nuestra parte la paz de Nimega, 
cuando era él el violador de todos los tratados, con mas codicia que razón, y 
con menos corazón que avaricia, queriendo fascinar á Europa con un mani- 
fiesto insidioso, pretendía usurparnos condados enteros en Flandes, acometía 
¿ Gerona en Catalana, intentaba ser dueño de las principales plazas de Gui- 
púzcoa y de Navarra, y sus escuadras bombardeaban ¿ Genova ¿ fin de arran* 
caria del protectorado español; y lo que ni el fuego, ni la destrucción, ni la 
sangre pudieron lograr de aquella república, lo alcanzó mas adelante el fran- 
cés con sa engañosa diplomacia. 

Aterrados y débiles los demás Estados de Europa, transijan flacamente 
con el poderoso, y consCituy endose nuevamente en mediadores ponen á Es- 
paña en la triste necesidad de aceptar la tregua de veinte años. La frontera de 
Francia se estendió desde el Sambre basta el Mosela, y el mismo emperador 
tuvo que ceder Strasburg y Rehl. Nunca tan alto habia rayado el poder de 
Luis XIV. 

Eolretanto en la corte de España los reyes y el primer ministro alter- 
naban, como en tiempo de Felipe lU., entre festividades religiosas y diversio- 
nes profanas, entre novenarios y cacerías, entre canonizaciones de santos y 
representaciones de comedias nuevas; celebraban autos de fé con asombrosa 
solenmidad y con dispendiosa magnificencia, siquiera para exornar y vestir 
con lujo el teatro hubiera que traer los soldados desnudos. Tomaban parte 
activa en las miserables intrigas palaciegas, y miraban como los mas graves 
negocios de^ Estado el que el P. Reluz, confesor del rey, fuera reemplazado 
4poT el P. Bayona; que á la camarera duquesa de Terranova sucediera la de 
Alburquerque; y que el duque de Medinaceli fuera sustituido en el primer 
ministerio por el conde de Oropesa. Esto último podia ser lo de mas trascen- 
dencia, y aun esto se debió á la reina Haría Luisa; que el infeliz Cárloe U. 
no hacia otra cosa que oir á todos, y dejarse conducir por quien tuviera maa 
maña para apoderarse de su ánimo. 

Comenzó el ministerio de Oropesa bajo buenos auspicios, y muy pareci- 
dos á los que en el reinado de Felipe IV. señalaron el principio del gobierno 
del conde-duque de Olivares. Economías en los gastos; alivio en los impues- 
tos; supresión de empleos inútiles y de. sueldos innecesarios; represión del lu- 
jo; medidas de moralidad dentro del reino; más dignidad y más energía en los 
representantes de España en las cortes estrangeras; pareció que hasta el en<^ 



PARTE UI. LIBRO V« W 

(eodioúentodel rey se había despejado, j qoe Garlos qaeria hacerse la- 
borioso. 

No dejaban de irse sintiendo en el interior los frutos de ana administra» 
Clon regular, y el corazón se abría á lisonjeras esperanzas. En el esterior for-' 
móse para enfrenar á Lois XIV. la famosa liga de Aagsburg, compuesta del 
emperador, el rey de España, las Provincias-Unidas de Holanda, los estados 
de Alemania, el rey de Suecia y el duque de Saboya. Habían ido abandonando 
alfrancés todos sus aliados. No le faltaba ya perder mas qoe la Inglaterra, y 
esto no tardó en suceder con la revolución de aquel reino, que produjo el des- 
tronamiento de Jacobo IL, el protector de los católicos, y la proclamación del 
principe de Orange Guillermo III., el favorecedor de los protestantes. Sólo 
otra vez Luis XIV. contra la mayor confederación que jamás se habia forma- 
do (porque la gran coalición dé 4689 era mayor que la liga de Augsburg 
en 4686, como ésta habia sido mayor que la gran confederación de 4673, y 
esta mayor que la triple alianza de 4668), brindó varias veces con la paz al 
bperio y á E<spaña, paz que ni aqaél ni ésta aceptaron. El emperador se ha- 
llaba envalentonado con sus recientes victorias contra los torcos; y Garlos do 
Espafia, que por este tiempo perdió su esposa María Luisa, y contrajo segundo 
enlace con la princesa alemana María. Ana de Newburg, se halló con esto des- 
ligado de Franoia, y estrechado con nuevos vínculos de familia con Alemania 
y el Imperio. 

A pesar del completo aislamiento en que se vio Luis XIV., acreditó al 
mondo y á la historia que ana gran monarquía, ventajosamente situada, con 
on soberano enérgico, y con on ejército numeroso y disciplinado, mandado por 
Senerales entendidos, puede luchar sola contra mochas naciones confedera- 
das, impulsadas por intereses diferentes y heterogéneos, sin unidad de miras, 
ysinouplan uniforme y ordenado. Luis XIV. arroja resuelta y simultánea- 
mente sos ejércitos sobre Flandes, sobre Alemania, sobre Italia y sobre Gata- 
lofia. Allá en los Países Bajos, á presencia del mismo monarca, gana el maris- 
cal de Luxemburg la famosa batalla de Fleurus contra holandeses y españoles, 
y rinde á Mons y se apodera de Hall con harta desesperación de Guillermo 
de Orange. En el Rhin se defiende el delñn de Francia contra tres ejércitos 
alemanes. En Italia Gatinat penetra de improviso en el Piamonte, vence en 
StaSirde al de Saboya con su ejército de saboyanos, españoles y alemanes, y 
K apodera de casi todas las plazas y ciudades de Gerdeña. En España el do- 
qoe deNoB^illes nos arrebata diferentes plazas de Gataluña, derrota los ejér- 
Qtosde Castilla y los miqueletes del país, y el conde de Estrées con ana es- 
<¡Qdra francesa bombardea á Barcelona y Alicante. 

Sin temor ya por Alemania ni por Saboya, carg^ las formidables faerzas 



22i^ HISTORIA DE LSPAÑA. 

del francés sobre Flandes y sobre España. Allá rinde á Kamur Luis XIT. en 
persona. Loxemburg gana al de Orange la sangrienta batalla de Steinkerqne, 
complemento de la de Pleuras: dos triunfos que solo podían ser eclipsados por 
el mayor que poco dospuéa alcanzó aquel insigne mariscal en Neerwinde con- 
tra ingleses, holandeses, alemanes, italianos y espafioles, á que siguióla ren- 
dición de Charleroy, con que puso término á su gloriosa carrera el general 
mas prudente de su siglo, el mas querido de sus soldados» y cuya pérdida lio» 
FÓ la Francia tan amargamente como la del gran Conde. 

El afán de restablecer en el trono de Inglaterra ¿ lacobo U. costó á 
Luis XIV. la pérdida de ana escuadra en la Hogue; principio de la preponde- 
rancia de la marina inglesa sobre la francesa. Pero Tour?ille, que supo toda- 
vía mantener á buena altura el poder nayal de la Francia» volvió pronto por 
la honra de sa pabellón marítimo en las aguas de Lisboa. 

Todo era desastres para nosotros en Cataluña. Infructuosos eran los aacrí* 
ficios del reino; inútiles los refuerzos que iban de Castilla; en vano se sostitaian 
unos ¿ otros vireyes; ó flojos, ó ineptos, ó cobardes, ni el duque de Villaher- 
mosa, ni el marqués de Yillena, ni el deGastafiaga, ni el conde de Corzana, ni 
don Francisco de Velasco, ni el príncipe de Darm8tad,contenian los progresos 
de los generales franceses Noailles y Vendóme. Nuestras plazas y fuertes iban 
cayendo en su poder. Gerona, la Invicta Gerona, el baluarte y la esperanza de 
los catalanes, fué miserablemente abandonada, y vergonzosamente rendida. 
Solo los naturales del pais hacían una resistencia desesperada. Eran los cata- 
lanes de todos los tiempos: resueltos y heroicos siempre» cualquiera que fue* 
se la cansa que abrazaran. El bronco sonido del caracol qae resonaba en las 
montañas llamando á* somaten era el terror de los franceses. Hondos gemidos 
de dolor y lágrimas de desesperación y de corage arrancó á todos los catala- 
nes la noticia de haber sido entregada Barcelona al duque de Vendóme, y bo- 
bo conseller que sucumbió á la fuerza de la amargara y de la pena. La ciudad 
ae había ofrecido á defenderse sola, y acaso se hubiera salvado; pero no le fué 
otorgado; decretada estaba ya su suerte. La separación del duque de Saboya 
de legran liga» y su acomodamiento con Luis XIV. permitió al francés des- 
cargar con mas desahogo su terrible furia sobre los dominios de España. 

Afortunadamente entraba ya la paz en los cálculos del soberano francés*, 
deseábanla más qae él la mayor parte de las potencias confederadas: Saboga 
)e había separado de la coalición; Suecía se había ofrecido á servir de media- 
dora; Inglaterra y Holanda esperaban salir aventajadas; para España era una 
uecesídad apremiante: y aunque á disgusto y contra la voluntad del empera* 
dor, se firmó la famosa paz de Ryswick (4697), teniendo al fin que adherirse 
¿ ella el mismo Leopoldo* 






PARTE lll. LIBKO V. 223 

¿Cómo habta de haberse prometido la infeliz España, arrollada en todas 
partes, en todas victorioso el rey Luis, salir tan beneficiada en esta paz, 
hasta el ponto de deyolverle generosamente el francés las conquistas hechas 
en Cataluña y en los Paises Bajos después de la paz de Nimega y aun de la 
tregua de Ratisbona? No nos maravilla que se recibiera con universal alegría, 
mezclada con el asombro de la sorpresa. ¿Pero quién no investigaba una cau- 
sa? Porque no era Luis XIV. hombre que tuYÍera fama de obrar con abnega- 
clon y desinterés, y por pura generosidad. En el tratado de Ryswick parecia 
haberse olvidado el gran principio de la alianza, el de asegurar á la casa de 
Austria la socesion de España. Olvido meditado fué por parte del que pres- 
cribió las condiciones; porque si Luis XIV. puso fin á la guerra, fué para 
mejor negociar la sucesión de España. La paz d.' Ryswick, sin ser el término 
de sos glorias, fué el punto en que se detuvo su fortuna. 

Al fin, en el esterior, aunque España no tenia mas vida que la que le 
pr^taba el egoísmo de otras naciones, salvó como milagrosamente los pobres 
restos de su antigua dominación, merced á los ulteriores designios del que 
había estado á punto de aniquilarla. Peor y mas irremediable se presentaba 
su mal en el interior: la gangrena estaba corroyendo las entrañas del cuerpo 
social: la miseria, la corrupción y la inmoralidad le iban devorando. El minis- 
terio da Oropesa, que pareció el mas decente de los de este reinado, ca* 
yó también en descrédito por el repugnante tráfico y la vergonzosa grange* 
ría que se hacia de todo, sin esceptuar lo mas sagrado. Hasta I9 misma con- 
desa alcanzó la fama de partícipe en aquel deshonroso comercio. 

Por si algo faltaba al cuadro lastimoso que presentaba la corte, vino á 
darle mas subido color la reina María Ana de Newburg, segunda esposa del 
rey, altanera, antojadiza, codiciosa, entremetida en negocios, y enfermiza 
además. Vióse, pues, el infeliz Carlos colocado entre dos reinas, ambas ale- 
manas, ambas donúnantes y soberbias, ambas caprichosas y avaras, dadas 
las dos á la intriga y al enredo, de que f onstituian dos «focos. La primera vio* 
tima de la nueva reina fué el mÍDÍstro Oropesa, contra el cual se conjuraron 
también un confesor lleno de codicia y falto de conciencia, un secretario y un 
prelado ingratos, un embajador avieso, y varios magnate» envidiosos. Resig- 
nóse, pues. Garlos á separar al de Oropesa, haciéndole protestas de afición y 
de cariño. Y era verdad que Garlos quería bien al de Oropesa, como habia 
querido bien á Nithard, á Valenzuela, á don Juan de Austria y al de Medí* 
naceli;como quería bien á Malilla y al , de Lira. Garlos quería bien á todos; 
era incapaz de querer mal á nadie, pero los apartaba de su lado si otros no 
los querían bien. 

Con la caída de Oropesa pareció haberse estinguido en la corte y en el pa- 



^ 



«24 HISTOBIA liE ESPAÑA. . 

lacio délos reyes de Castilla todo sentimiento de dignidad y toda ideado 
pudor. La nuera reina alemana qaedó dominando con sus influencias. Rubor 
causa recordar los nombres con que el pueblo alto y bajo designaba en las ca- 
lies y en las tertulias, en las conversaciones y en los escritos, en los libelos y 
en los salones, estas influencias bastardas y ruines. La Perdiz^ el Cojo y 
el Mulo llamaba á estos personages de siniestro influjo, que todo lo vendían 
desyergonzadamente, empleos, dignidades y honores. Pero la Perdiz había 
&ido hecha baronesa de Berlips; el Cojo obtuvo los honores de consejero 
de Flandes, y el Mulo era secretario del despacho (4). Todo iba asi, merced 
¿ la reina y sus dos confidentes. El pueblo lo lamentaba y lo sufría; los gran- 
des lo sentían y lo toleraban. Los ingenios de la corte de^jahogaban su dis* 
gusto en sátiras amargas, y el vulgo le espresaba cantando coplas horrible- 
mente cáusticas (2). 

Cosas pasaban tan de bulto, que al mismo Garlos le sacaban de su apatía y 
apocamiento, y aguijado por el escándalo (porque él era bueno, y juicio recto 
no le faltaba), daba algunas muestras de resolución y de energía, apartando 
influencias perniciosas, y queriendo remediar los males por sí mismo. Mas 
luego le postraba su enfermedad habitual, le faltaban las fuerzas del cuerpOi 
le abandonaban las del espíritu, y volvía á caer en la misma inacción. Los 
alivios eran pasageros y fugaces; la enfermedad del rey pertinaz y crónica; á 
la del reino no se le veía remedio ni cura. 

La junta Magna de Hacienda dictaba algunas providencias útiles, pero no 
se ejecutaba ninguna. Se pensó en abolir las mercedes de por vida, y hasta 
lo que se llamaba el bolsillo del rey. ¿Mas no estaba ya harto agotado el bol- 
sillo de un rey á quien poco tiempo antes no habían querido los mercaderes 
fiar las provisiones de la cocina real, y cuando sesenta palafreneros se habían 
salido de las reales caballerizas por debérseles los salarios de cerca de tres 



(I) Con el titolo de: Lágrimoi del 9ulgo 
eufdo 9% llorar iot detaeterlot del regir, 
se publicaron unas endechas alusíYas 4 
estos tres personages, que empezaban: 

Pies del reino es on Cojo; 

13 na Perdií las manos; 

Un romo es la cabeía; 

Viren por Dios qué tres, si fueran cuatro. 

T entre otru, contenia las estrofas si- 
fttientes: 

Con estos pies Espafta 
pJa de pié quebrado, 



Haciendo revevincias. 

Sometida á cualquiera leve amago... 

llanos para sangrlaSi 

Sutiles cirujanos, 

Que hasta que sangre no haya 

Sangrarán sin soutir al real erario... 

(3) Como una que decía: 

Rey inocente; 
Reina traidora; 
Pueblo cobarde: 
Grandes fin honra* 



5?5 



PARTE Ilk LlimO V, 

años, teniendo el caballerizo mayor qne Talene de los mozoB de esquina pa* 
ra limpiar los caballos del rey? 

Agotados los recursos, y siendo el único qne producía algo el derecho de 
las puertas y aduanas, hubo artículos que se recargaron hasta el doscientos, y 
aan hasta el cuatrocientos por cienlo de sa valor (4). Y para reprimir el 
contrabando que tan desmedido impuesto producía fué para lo que se inventó 
acordonir Madrid con un cuerpo de quinientos caballos que se hizo venir do 
Cataluña; sobre lo cual se escribieron también do pocas sátiras, ridiculizando 
al corregidor Ronquillo (2). 



(I) Memoria del conde da Rebeoae, em» 
fiajador en EspaAa. 
(S) Hé aquí algunas de eUasc 

Lo cierto es que al buen RonqailU 
M le ha de estar mal su ardid» 
' ^ el cordón para Madrid 
seri para su bolsillo. 
^a que se enoja de oillo» 
y nos quiere pers^aadir 
que esto puede producir 
para conquistar ¿ Argel; 
ftaqmtme en éU 



• • • 



Dice han de dar los niontadoi 
i las realas mas valores, 
y si los arrendadores 
quebraren, les trae soldador 
Va qne por ello obligado» 
la taberna y el 6gon 
le ofrecen sueldo y blasón 
de leniente coronel; 
I tñ que IM0...... en él. 

Ti 'a junta Magoa, que llamaban tam** 
bien/iin/ade ComtieneiaXe decian: 

íQay tan grande impertinencia 
cotno andar»e preguntando 
^vé es lo que se esiá tratando 
en la Junta de Conciencia, 
cuando sin indiferencia 
K dice por esas plaias 
qne está discurriendo trazas 
para elegir lo mejor, 
nund.indo al corregidor 
que tase las calabazast 

T en otra décima: 

IKgame; lo que se junta 
í« mercedes reformadas, 
luMO ix. 



leñcriaB limilladas, 
y cuanto el decreto eooierra» 
Iflñ ha de aplicar k la guerrt, 
ó A comedias y jornadas? 

CooM se vé por estas muestras, y se veria 
por otras inQniiasque podríamos fácilmente 
acumular, y según anteriormente hemos ya 
observado, el gusto literario, ya harto cor- 
rompido alfln del reinado anterior, acabó de 
perderse en el é« Cirios H. Habla, si, abun- 
dancia de ingenios, y eran innumerables las 
eomposiciones poéticas que se escribían; 
pero aquellos en general no llegaban cuan- 
do más sino A la medíanla, y éstas por lo 
común aransAiíras ligeras sobre los vicios y 
contra bs flaqueeas y miserias de los perso- 
oages de la corte; en .las cuales, ¿ vueltas 
de tal cual agudo chiste, de tal cual inge- 
nioso retruécano, y de algunas sazonadas 
.agudezas dichas con donaire, se empleaba 
las mas veces un lenguage vulgar, poco de- 
coroso, y hasta cbocarrero, y frases 'que no 
solo ia cultura, sino la decencia rechazan» 

También en ocasiones se lamentaba por 
lo sérJo el estado de las cosas públicas, y 
DO sin cierto fuego y energía en la idea y 
en las palabras, como en el siguiente so-^ 
neto: 

¡Ob, EspaAa, madre tin tiempo de victorias, 
Y hoy irriiion de todas las naciones! 
¿Qué se han heefio tus bélicos pendones, 
Que aliaje su orgullo faltan las memorias* 

¿Quién ha borrado tus augustas glorias, 
Siendo toda proezas y blasones? 
¿Dónde están tus castillos y leones. 
Que dieron tanto asunto á las historiast 

Ya de todo te ves desBgurada, 
Sin providencia, sin valor, ni leyes, 

45 



S%6 niSTORIA DB ESPAÑA. 

£q verdad, los medios ¿ qae apeló por último la Junta Magna para ver do 
salir de apuros eran bien sencillos, y no exigían gran esfuerzo de ingenio. 
Imponer por dos años seguidos un fuerte donativo forzoso á todo el reino , 
sin escepcion de personas; rebajar la tercera parte de los sueldos á todos los 
empleados altos y bajos; y por último, no pagar, ni mercedes, ni libranzas, ni 
viudedades» ni juros» ni rentas de ninguna especie. El sistema era sin duda 
bien cómodo, al menos para aquellos consejeros de administración. No lo faó 
menos para la célebre junta llamada de ios Tenientes el modo de reclutar 
gente para la guerra. Verdad es que el resultado correspondió á la medida; 
puesto que si la junta sacó un soldado por cada diez vecinos, á Galalnfia ape- 
nas llegó uno por cada diez soldados, ocultándose ó desertándose los nooTO 
décimos; eran encubridores de prófugos las mismas justicias» consentidores do 

Ni quien te mire como madre atento; Oaefase en diferentes formu U censara 

Todo es llanto; la culpa entronizada, mas amarga de todos los personages, mu 

Y faltando los reyes á ser reyes, perdonar ¿ los reyes, como en el sigttieQto 

También falta razón al escarmiento. juguete. 

cLa gran comedia de La Torre de Babel y confusión de Babilonia, que se representa 
en Madrid, reducida á papeles: 

PBESONAS QUE BABLAH BR BLLA. 

La Magettad cautiva El Rey. 

La Ambición y al Poder. ..•••••• La reina regente. 

La Nobleza ultrajada ••:•••' La reina Mariana. 

La Heregia exaltada , La Berlips. 

La Púrpura y la Ignorancia El Cardenal. 

El Todo y la Nada El Condestable. 

Nembrot y Narciio, El Almirante. 

La Verdad sin provecho Montalio. 

l^ Presunción y Arrogancia Villafranca. 

La Traición laureada Aguilar. 

La ¡nieneion malograda. Monterrey. 

El Desengaño por logro Balbases. 

La Malicia y el Escarmiento Oropesa. 

La Fortuna y la Desgracia Baños. 

El Sacrificio violenfo Carnero* 

La Insensatez premiada Arias. 

La Simpleza agradable • • • • Benavente. 

La Maldad necesaria Pedro Nu&et. 

La Universidad de lenguas. . • Villena. 

La Pérdida de Barcelona Gastaflaga. 

La Experiencia mas inútil. . Mancara. 

El Diablo con familiar ' El Cojo. 

El Antecristo de España El Confesor. 

La Desunión é Ignorancia El Consejo de Estado» 

La Paz oclaviana El de Guerra. 

La Injusticia solapada • . • • El de Castilla. 



r 



PABTE in. LIBRO V. 227 

la deserción los oficiales miamos encargados de la entregt de los reclatas; tan 
impopular era la medida, y tanta ya la corrupción y la venalíd)id en todas 
las clases del Estado! 

' Con esta flaqueza y penuria, y con este desconcierto y desorden, ¿cómo 
DO habia de ser Espala arrollada y vencida en la lucha con una nación tan 
pojante entonces como la Francia, y con un soberano tan poderoso, tan famoso 
en las lides y tan diestro en la (eolítica como Luis XIV? ¿Y qué estraílo es que 
allá eo los congresos europeos se dispusiera de la suerte de España, si aquí 
m smo entre cuatro magnates dividian á su gusto la península en cuatro gran- 
des porciones, constitu\ endose á sí mismos en reyezuelos y soberanos de su 
respectivo territorio? La monstruosa junta de los cuatro TenieiTtes dio ocasión 

La Ldttima y Compasión • • El de Aragoo. * ■ 

El Vicio apetecido. . El de Flandes. * 

El Yicioilttrado £1 do Italia. 

La Sinrazón mas «mpia.; • • El do Hacienda. 

La Gala si» ¡a Milicia El de Ordenes. 

• 

La Rapiña mat cruel La Sala de Alcaldes. 

La Ettafa ettablecida El de Indias. 

El Mayor mérito El Oro. ' 

La Fábrica en lo caido £1 Corregidor. 

El Robo permitido £1 (>ordoD. 

El feituario turbado La Covachaela. 

El Apuntador,, Larrea. 

El Teatro £1 Orbe. 

La Eiperansa del Remedio La Sucesión* 

La Monarquía acabada, y la comedia tambieeí. 

O como el sigaiente: 

CALBNDABIO G05 LIS FIBSTAS DBL ABO. 

La Btpeetfieion Por todo el mes. 

La Noehe^buena . En el Retiro. 

El Niño perdido En Palacio. 

El Prendimiento En el Escoriil. 

El Patrocinio « En Aragón. 

Todos Santos En la Jnnta. 

Los Inocentes En el reino (Ayuno por faena.) 

La Transfiguración,, • En el gobierno. 

La Crucifixión , En Consuegra. 

La Soledad En Toledo, etc., etc. 

Siguieron, paes, las letras, como las ar- del historiador Antonio de Solis, 6 como el 

^ el moTímiento general de descensión del pintor Claudio Cuello, servían de glorio^ 

^todo lo que contribuye al bienestar, 6 al sa reminiscencia de los buenos tiempos lilc« 

^P^Ddor, 6 i la prosperidad, ó á la dignidad rarios y artisticos de España. 
^BB pueblo, y solo algan ingenio, como el 



♦ 



n% HISTORIA DE ESPAx^A. 

á que se dijera » no ^in razón, que en España por falta de an rey se liabian 
levantado cuatro soberanos. La fortuna fué que ellos no supieron serlo. 

Débil y flaca la monarquía desde el principio del reinado; flaco y débil 
desde sus primeros afios el monarca; siempre en tutela como un nrño por su 
espirito apocado; viejo á los treinta y seis afkiSi sin 'haber sentido nunca 
el vigor de la juventud; casado sucesivamente con dos mugeres; sin sucesión 
de ninguna, y sin esperanzas de tenerla; miradas por toAos como próximas á 
extinguirse su vida y su raza; suscítase anticipadamente la cuestión de suce* 
sion para llenar de amargura los últimos dias del rey, y de nuevos conflictos 
al reino. 

El desventurado Garlos, bipocondríaco y enfermo, se ve condenado á no 
oir hablar sino de la proximidad de su muerte y de las gestiones de los que 
aspiran á heredar su trono. En las cortes estrangeras, en la de España, den- 
tro de su mismo palacio, en el confesonario, en la cámara, en todas partes so 

« 

agita la cuestión do sucesión. Es el objeto de las negociaciones diplomáticas; es 
el asunto de las consultas; es el tema de las conversaciones y de ios escritos; es 
el argumento de las intrigas. Emperadores, reyes y príncipes de Europa, el 
romano pontífice y sus legados, los embajadores de las potencias, los consejos 
de España, las juntas, la reina madre, la esposa del rey, los confesores, los 
teólogos, los jurisconsultos, los prelados, los magnates, el pueblo, todos toman 
parte en esta ruidosa contienda. Hay desacuerdo en los x^nsejos; disidencia 
entre los grandes; la corte y el pueblo se dividen en dos grandes partidos, 
austríaco y francés. Motivos de resentimiento sobraban á los unos contra la 
Francia; motivos de queja contra el Ailstría sobraban á los otros. Largas y 
sangrientas guerras habia movido á España el francés, y habia usurpado gran 
parte de sus dominios; pero era la nación mas podero:a de Europa; su dinas- 
tía la mas robusta; las reinas que de alli habían venido las que habían dejado 
mejores recuerdos. Austria era hacía siglos la aliada natural de España; su 
dinastía la dinastía española; pero era ya un linage degenerado; las reinas 
que de alli habían venido, habían sido y estaban siendo funestas á España; 
Austria nos habia correspondido con ingratitud» y su amistad nos habia sido 
mas fatal y mas costosa que la enemistad de la Francia. Alemanas las dos 
reinas, ambas querían un sucesor alemán; pero la una pretendía qtte fuese 
de la casa de Baviera, la otra del Imperio. No habia acuerdo, ni entre la. 
madre y la hija, ni entre el esposo y la esposa. La disputa de sucesión habia 
desatado los lazos de la sangre, y los lazos del consorcio. 

Deseábase conocer la voluntad del rey, pero mas para contrariarla qoe 
para cumplirla. Faltaban fuerzas á Garlos pira hacer respetar su voluntad; 
faltaban fuerzas á la nación para hacer respetar la voluntad de su monarca r 






PARTE U!. LIBRO V. ^ 

Las eórtes del reino, ese tribonal sopremo y legítimo en que debían fallarse 
las cawtiones de alto interés nacional, habían dejado de existir: heridas de 
mtierle por Garlos I., habían ido arrastrando una .vida lánguida hasta que 
morieron por inanición con Carlos II. (4). En vano se consultaban consejos y 
jantes. Esta cuestión esencialmente española no la había de rXolver la Espa- 
ña: la solución ae esperaba de fuera: lá tal estremo de impotencia habíamos 
veaido) 

Mas de trasta aftos hacia que Luis XIV. y el emperador Leopoldo se es- 
tabín disputando con prodigiosa antelación la herencia de España. Ya en 466S 
se la habían repartido entre si con arbitrariedad escandalosa. La situación de 
Ettrdpa Tarió después. Carlos II. de España contrajo primeras y segundas 
impcias. El emperador tuvo sucesión, y de una infanta de España nació el 
principe de Baviera. Amnentéronse con esto los que podían tener derecho á 
la corona de España. Las guerras produjeron hondas enemistades entre el 
austríaco y el francés. Cuando Leopoldo vio rotas todas las antiguas alianzas 
^b Francia, disuelta la liga del Rhin, la Alemania unida al Austria por 
temor del francés, la dinastía de Orange reemplazando en el trono de Ingla- 
terra á los Estuardos^ la Snecia empeñada en los negocios del Norte, la Es- 
pada en guerra con Francia, y á Luis XIV. aislado y solo, entonces ya no se 
contentó con una parte de la herencia española, aspiró á poseerla íntegra. 
Qoiso inotilizar á todos los que podían derivar sus derechos de las hembras 
descendientes de Felipe IV., haciéndolos remontar á las que descendían de 
Felipe IIL; asi se erigía en único y legítimo heredero de Carlos II. 

¿De qué servia al monarca español dar la preferencia al príncipe bávaro, 
adoplarie por sucesor suyo, y aun otorgar testamento en su favor? El empe- 
rador dominaba á Cárlps por medio de la reina, y obligaba al débil monarca 
á rasgar el documento hecho en favor del príncipe electoral. Un alemán man- 



(4) Felipe IV. había coQf ocado poco an- 
tes de morir las^córies de Castilla (31 de 
HMo,f065) para que Juraran al principe 
Cirtei. Mas habiendo fallecido el rey el 47 
^setiembre inmediato, la reina Ti«da, do- 
^ Mariana, gobernadora del reino, dispuso 
<pie 00 to?iera efecto la reunión de las c6r- 
^ (leal Cédala de V de aeliembre), puea- 
^ qae había cesado la eausa por que las 
*>udó eoofocar el rey, habiéndole sucedí- 
^ ya Caitos en el trono. 

Ho eoosia ninguna celebración de oór- 
^cnel reinado de Carlos II. La proroga- 
^ del servicio de millones se hacia pi- 
<iCB>lolai]í« ciudades y fiUas, y oiofuá»- 



dola éstas. Practicábase esto por medio de 
una diputación permanenie, compuesta d< 
tres procuradores de las ciudades de voto 
en corles, á quienes tocaba por turno. El 
cargo de la di potación era Tígilar si los tri- 
bunales contraveoiao á las leyes y á las 
condiciones bajo las cuales se otorgaban 
los servicios, consultando al rey poniéndo- 
lo en su noticia, procurar la defensa de lo* 
pueblos, y celar por lodo aquello que podía 
tener interés para la'causa pública. En 1694 
hizo Garlos 11. algunas modificaciones, aun- 
que poco esenciales, en la organización y 
forma de esta diputación» 



^0 BISTORIA DE ESPAÑA. 

daba las armiiis efi Gataliifia» y e\ embajador de Yiena ífitngaba en la c¿tt6t 
acosaba al rey, le hostigaba, le causaba tedio y hastío, pero tanto le impor- 
tunó, qae estuTo á punto de arrancarle el llamamiento del archiduque de 
Austria. , 

En tal estaco la paz de Ryswick (4699), en que Luis XIY. ha tenido la 
destreza de dejar suelto el cabo de la sucesión española, le permite reanudar 
los hilos de la trama que habia venido urdiendo desde su matrimonio con la 
infanta de España. Entonces se presenta en Madrid el embajador francés. 
Hábil, astuto, amable, pródigo, fecundo en artes diplomáticas, vence al em- 
bajador a\,eman, y le hace retirarse desesperado y aborrecido. El partido 
austriaco, que era el dominante, se debilita; robustécese el francés: afilian- 
se en él el cardenal Portocarrero, el inquisidor general y otros magnates: 
es apartado del lado del rey el confesor, de la fracción austríaca, y es traído 
ni confesonario una hechura del cardenal. 

Fáltales sin embargo vencer al rey, ganar á la reina, y destruir el infla- 
yen te manejo de Oropesa, que ha vuelto del destierro ó la corte á reanimar 
el partido del príncipe bávaro. Entonces Luis XIV. d» otro rumbo á su polí- 
tica; reconciliase eon Guillermo, rey de Inglaterra y de Holanda, y so pretes- 
to de manlener el equilibrio continental, negocia con él el repartimiento 
de los.dominios españoles; con que logra irritar al emperador, ponerle en 
pugna con )as potencias marítimas y con la casa de Baviera, y herir en lo 
mas vivo la altivez española. Era lo que el astuto francés se proponía. La 
corte y el monarca de Castilla, justamente indignados de que potencias ea- 
trangeras dispusieran asi á su antojo de la suerte de la monarquía, se deciden 
por el príncipe José de Baviera, y Garlos en otro testamento le declara he- 
redero suyo. » 

La muerte prematura del tierno príncipe electo (4699), da- ocasión á que 
los franceses supongan culpable de ella al Austria, á que los alemanes á su 
vez atribuyan á Francia la culpabilidad del suceso. Nadie dejó de sospechar 
un crimen. ¿Quiénes serian mas capaces de cometerle? De todos modos, la 
cuestión que parecía resuelta, ^vuelve á quedar en pié. Se ha simpUficado, 
porque restan ya dos pretendientes; pero se 'ha hecho mas espinosa, porque 
la lucha ha de ser mas viva y terrible entre dos rivales igualmente irritados, 
y casi igualmente poderosos. En la misma corte de Madrid crecen las dos 
parcialidades, adhiriéndose á la una ó á la otra los adictos á la que quedaba 
ya estinguida, sostenidos los unqs por Oropesa, los otros por Portocarrero. 
Todos se deciden menos el rey, que, enfermo, melancólico, aturdido, mareado 
entre hechizos, exorcismos é intrigas de sucesión, permanecía irresoluto y 
vucilante, como quien solo desea morir para que le dejen descansar. 



PARTE \\U LICRO V. ^l\ 

Üo motin popular viene á dar nueva fuerza al partido francés. El pueblo 
atríboyela escasez de los mantenimientos al conde y la condesa de Oropesa, 
que dice han vuelto á sa antigua costumbre de especular con la miseria pú- 
blica, y grita: «Muera Oropesa!» Harcourt y Portocarrero se aprovechan há« 
bilmeote de este tumulto popular para recabar del rey el destierro de Oro- 
pesa y sus parciales; y el de Oropesa, y el almirante, y el de Darmstad, y el 
de Monterrey, y la Berlips, y casi todos los partidarios de Austria son aleja- 
dos con uno ú otro protesto de la corte. Queda campeando el partido de los 
Borbones, contra .la reina y muy contados de los suyos. 

. Jamás monarca ni pueblo alguno se vieron en tan lastimosa situación y en 
tan misero trance como se hallaron en este tiempo Garlos II. y la España. El 
rey tratado como endemoniado; la nación como presa que se disputan los mas 
fuertes; el monarca siendo juguete miserable de mugerzuelas hechiceras y 
de frailes exorcistas; la monarquía objeto de partijas entre potencias enemi- 
gas y estrañas; el rey moribundo y creyéndose él mismo poseido de los ma- 
los espíritus; la nación en otro tiempo sefiora del orbe siendo materia de 
partición y como deoda que se reparte en concurso de acreedores: Garlos sin 
saber á quién pasará su corona; Espafia sin saber á quién pasarán los.domi- 
minios españoles; monarca y monarquía sin saber quien y de dónde habrá 
de veoir á heredarlos* 

Ridículo, estravagante y pueril, absurdo y bochornoso jné todo lo que pa- 
só en el asunto de los hechizos y de los conjuros. Entre inquisidores fanáticos 
y supersticiosos, confesores indoctos y crédulos, frailes admirablemente can- 
didos ó refínadamdn te maliciosos, médicos ignorantes, intrigantes cortesanos, 
monjas que se suponía endemoniadas, y mugeres que se fingian energúme- 
nas, el infeliz monarca, que con igual docilidad se prestaba á tomar las pó« 
cimas que le propinaban los médicos, que á sufrir los conjuros de exorcistas 
alemanes y españoles, de continuo atormentado su flaco cuerpo y su débil 
espíritu, debia ser, si no lo era, lastimoso espectáculo á propios y estrenos. 
De sobra se traslucía que los malos espíritus no eran ágenos al negocio de 
cncesion, y que las respuestas de los energúmenos eian sugeridas alternati- 
vamente ó por el demonio del Austria ó por el demboio de la Francia. El 
ónice que dio pruebas de discreción y de sensatez en este negocio fué el con- 
sejo de la Inquisición, que sopo tratar como se merecían, asi al malicioso exoi^ 
cisCa alemán Fr. Mauro Tenda, como al candido exorcrsta español Fr. Froilan 
Biaz (4). 

(f) La eondocta prodeDle del tribunal té el rey sobre la manera de corregir las 
en esta ocasión, y el luminoso informe de la usurpaciones de jurisdicción y otros abusos 
ioDla especial de consejeros, á que cónsul- del Sanio Oficio, documento á que nos re- 



ÍSi HISTORIA DE ESPAÑA. 

£1 segundo tratado de la repartición de España hecho entre Lma XIV. y 
GttlUeriDo de Inglaterra (4700), fué mirado, como era de mirar, por el em« 
peredor Leopoldo y loa austriacos como una traición, por Cirios II. y toa es- 
pafloles como nn insulto inaguantable y como una humillación insufrible. 
Duro y acre, pero merecido y justo, fué el lenguage con que el gobierno es* 
pafiol se quejó de tan insolente arbitrariedad ante aquellas cortes. La nación 
en medio de su decadencia aun conservaba el sentimiento de su dignidad, f 
el abatido espíritu de Cários todavía se sublevaba á la idea de iina desmem- 
bración de su reino. Tenia Garlos II. entre otras esta buena prenda de rey. 
Pero conocíala Luis XIV., y por eso le ponia en esta dura alternativa y cruel 
perplegidad con los tratados de partición. Si elegía sucesor de la casada 
Austria, á' que le inclinaba sa corazón, esponia su reino á ser miserabkmen* 
te desmembrado y repartido. Si prefería ua príncipe francés, como aconseja* 
ba la política, desheredaba su propia dinastía. Para cualquiera habría sido 
terribl», cuanto más para un hombre que se hallaba en tan deplorable es- 
tado de cuerpo y do espíritu, la alternativa, ó de sacrífícar su pu^lo á sa 
familia, 6 de sacrificar su familia á su pueblo. 

Dominante á la sazón en Madrid el partido francés, á cuya cabeza estaba 
Portocarrero; consultados nuevamente é instigación del cardenal consejos y 
juntas, teólogos y letrados; favorables sus dictámenes á la sucesión de Fran- 
cia, como la mas legítima y de mejor derecho, y como la única capaz de man- 
tener la integridad del reino, ¿ condición de no reunirse nunca en una misma 
cabeza las dos coronas de Francia y España; agravados luego los padecimien-' 
tos de Garlos, y postrado en el lecho de muerte; habiendo cesado los exorcis- 
mos, pero circundadas su cámara y su alcoba de los cuerpos, las reliquias y 
las imágenes de todos los santos y santas de mas devoción suya y del pueblo, 
trasladados allí de los templos de la corte; instalado á su cabecera Portocar- 
rero con dos confesores de su confianza para aconsejarle la resolución mas 
conveniente al descargo de su conciencia y á la salvación de su alma, firma 
por ttltiniQ con Jtrémnla mano el moribundo monarca el testamento en-qae de- 
clara sucesor de su reino y heredero de su corona á Felipe de Anjou, y pro- 
nuncia aquella melancólica frase: Ka no <oy nada, 

Mnere Garlos II, y se abre su misterioso testamento. La nación espafiola 

ferimos en olt« parte, y qtiA damos por mero, de sólida erudición j da buena doe- 

lapéndice, todos eraa anuncios de lo cerca trina, que tiabian de servir de núcleo i la 

'que esuba la institución de sufrir refirmas marcha de reformación que no había de 

^ ir perdiendo de influjo y de poder; y todo tardar en emprenderse en Espafta tan luego 

iodioa qiM en medi» 4ék aAraao tntelectaat como hubiese quien le diera un impvlso sa- 

enquo España kabia ido eayendot, aun ha- tuUabIr 
Vb hombres, bien qfkt no fuese en ^ran un- 




PARTE ni. LIBRO vr. 233 

CB ni mayoría recibe con júbilo la noticia de sa últicfla reeolocion tettammita- 
lia. Siglos hacia que no había ocurrido un acontecimiento de tanta trascen- 
dencia. Solo la inquietaba ya saber la decisión que á sa vez tomaría Lois XIV. 
La Francia y la Earopa entera participaban de la misma inquietad. Tratábase 
paratodos de la resolución mas importante del siglo. Los consejos de Francia 
se dividan también en opiniones, y al ra'ismo monarca francés no le faltaba 
por qué vacilar. Tenia que elegir entre ana corona para sa nieto y el engran- 
decimiento de sus propios estados; entre la estension de so sistema mas acá 
de los Pirineos y mas allá de los Alpes, y la estension de sa poder propio; 
entre su honor como rey y las ventajas de su leino; entre su familia y la 
Francia. Cualquiera resolución podia traer la guerra; pero en un caso, podia 
ser corla y de éxito seguro, en otro, de duración incierta y de éxito dudoso. 

Por último, ante una asamblea de señores y altos funcionarios del reino, 
presenta al duque de Anjon, y les dice: aSeñores, aqui tenéis al rey de Espa- 
M.»LaÍ8 XIV. ha pronunciado: todo está resuelto. La dinastía de Austria ha 
coDclaido en España. Reemplázale la dinastía de Borbon. La suerte y la con- 
dición de la monarquía española ha cambiado esencialmente. 



PARTE TERCERA. 

BDAB II9DBBNA. 

DOMINACIÓN DE LA CASA DE BORBON. 



UBRO VI. 

REINADO DE FELIPE V. 



CAPITULO I. 



FELIPE V. EN ESPAÑA. 



LA REINA MARÍA LUISA DE S ABOYA, 



Aclamaeioiies: regocijoc públicoa.^Con8eJo de gobierno: Portocarrero; Arias; Hareoart.^ 
Sistema de reformas.— Influencia francesa.— Disgusto contra los ministros.— Reconoci- 
miento y Jura del rey en las Cortes de Madrid.— Oposición ai resiableoimient» de las 
aocigaas Cortes de Castilla para tratar las cosas de gobierno.— Conciértase el matrimo^ 

. BÍo de Felipe con María Luisa de Saboya.— Jornada del rey á Cataluña ¿ recibir ¿ la rci- 
oa.— Nombra i Portocarrero gobernador del reino en su ausencia.— Recibimiento de 
Felipe en Zaragoza.-*-ldem en Barcelona*- Llegada de la reina con la princlssa de Icf 
ursinos.— Cortes de Cataluña.— Determina el rey pasar á Ñápeles.— Regencia de la rei- 
na.— Celebra cortes á los aragoneses— Viene á Madrid.— Admirable talento, prudencia 
y discreción de la JóTen reina.— Reforma de costumbres.— Admiración de Ltiis XIV.-« 
Estado en que halló Maria Luisa In corle de Bspaña.— Disposición de los ánimos. 



La solemnidad y el júbilo con que, á ejemplo de Madrid, proclamaron al 
nue'vo rey Felipe V. de Borbon todas las ciudades de España, sin esceptuar 
las de Cataluña, no obstante hallai'se alli de virey el príncipe de. Darmstad, 
Hasiriaco y adicto al emperador (bien que fuese pronto reemplazado por el 



S36 HISTORIA DE ESPAÑA. 

conde de Palma, que fué el primer despacho que el nuevo monarca Brsió de 
su mano eo Bayona); las fiestas y regocijos populares y las demostraciones de 
afecto con que fué recibido y agasajado en todas las poblaciones por dondo 
pasó, desde que puso su planta en el suelo español (28 de enero, 4701) haita 
que llegó ¿ la capital de la monarquía (18 de febrero); el buen efecto que pro- 
dujo la presencia del joven príncipe, afable, vivo y cortés, en un pueblo acos- 
tumbrado al aspecto melancólico, al aire taciturno y á la prematura vejes del 
último soberano, todo parecía indicar el gusto con que acogían los españoles 
, al vastago de una estirpe á la sazón vigorosa, que venia ^ reemplazar en el 
trono de Castilla á la vieja y degenerada dinastía de Austria; 

Felipe, después de haber dado gracias á Dios por su feliz arribo en el 
templo de Nuestra Señora de Atocha, pasó á aposentarse en el palacio del 
Buen Retiro que se le tenía destinado, hasta que se concluyeran los preparati- 
vos que se hacían para su entrada pública y solemne, la cual habla de verifi* 
carse con suntuosa ceremonia y con magnificencia grande. El primer acto del 
nuevo monarca, después del besamanos de aquel dia, fué nombrar al cardenal 
Poriosarrero, al gobernador del Consejo de Castilla don Manuel Arias y al em« 
bajador francés conde de Harcourt, para que asistiesen al despacho con S. M. 
y dar orden á don Antonio de Ubilla para que continuara desempeñando la se- 
cretaría del despacho universal. Anticipadamente la había dado ya á la reina 
viuda para que saliera de la córte/Una disputa que esta princesa había tenido 
con los individuos de la junta de gobierno, y sobre la cual había elevado sus 
quejas al rey, sirvió ¿ éste de protesto para enviarle antes de llegar ¿ Madrid 
la siguiente sucinta pero significativa respuesta: «Senora; toda vez que algu* 
cenas personas intentan por diferentes medios turbar la buena armonía qoe 
cídebe haber entre nosotros, parece conveniente, ¿ fin de asegurar nuestra 
«mutua felicidad, que os alejéis de la corte hasta que yo pueda examinar por 
<cmí mismo las causas de vuestro resentimiento. He dado las órdenes necesa- 
(crias para que -seáis tratada con toda^ las consideraciones que os son debidas; 
«recibiréis puntuulmínte la viudedad que os señaló el rey vuestro esposo, y 
«ofl autorizo á escoger para vuestra residencia la ciudad de España que pueda 
«seros mas agradable.» Con esta carta y ccn algunas mortificaciones que Por* 
tocarrero*la hizo todavía sufrir, decidióse la reina viuda dofla Mariana de Neu- 
burg á trasladarse á Toledo, donde también la madre de Carlos II. estuvo en 
otro tiempo desterrada. 

Inmediatamente dieron principio Portocarrero y Arias é proponer al rey su 
sistema de reformas, comenzando por la supresión de muchos empleos en la 
servidumbre de palaoio; los gentiles-» hombres quedardn reducidos é seis de 
cuarenta y dos que eran: reforma á que Felipe accedió en conaideracioo á la 




PARTE 111. LIBBO VI. «S7 

dtsminiiidas y empoSadas qae encontró las rentas reales» pero con la cual dís-' 
gustaron aqaelloe ministros á machas familias de la corte, quedando como 
qoodaban los reformados sin sueldo, gage, ni emolumento de ninguna especie. 
Por consejo de Portocarrero, que se proponía consolidar su influjo deshadén- 
dose de todos los que no le eran devotos, so protesto de parcialidad á favor de 
la casa de Austria, fué privado el almirante don Juan Tomás Enriques de su 
cai^ de mayordomo mayor: confirmado el destierro de Oropesa; mandado re* 
tirar á so obispado de Segovia el inquisidor general; proscritos y alejados do 
la corte varios otros grandes» y colocados en los gobiernos de las provincias y 
en los empleos de la administrocion los parciales y hechuras del cardenal; lo 
cual, aunque se hizo con sosiego y sin resistencia, dio ocasión á que empezá* 
ra á manifestarse en la corte cierto espíritu de oposición al nuevo gobierno. 

En estas medidas, y señaladamente en la deferencia á los consejos do 
Portocarrero, no hacia Felipe sino seguir las instrucciones que de Luis XIY., 
su abuelo, había recibido, y en que le decía: «Tened gran confianza en el car« 
denal Portocarrero, y mostradle la buena voluntad que le tenéis por la con« 
dttcta que ha observado (4).i 

(I) Primeras iostmeciones de Lais XIT. y pensad en el comercio, 
é ni nieto: cVivid en estrecha unión eon Francia, 

«No fjlteis jamás á vuestros deberes, en no siendo nada tan útil para ambas poten- 

especial con respecto á Dios; conservad la cías como esta unión, á la cual nada podrá 
pareza de las costumbres en que babeís si-, resistir. 

do educado; honrad al Señor siempre quepo- cSi os veis obligado á emprender nna 

dais, dando vos mismo ejemplo; haced cuan- guerra cualquiera, poneos al frente de vues« 

lo sea posible para ensalzar su gloría; lo tros ejércitos, con cuyo fln procurad regu-r 

cual es uno de los primeros bienes que pne- larizar vuestras tropas, empezando por las 

den hacer los reyes: de Flandes. 

«Declaraos en todas las ocasiones defen- «Jamás abandonéis los negocios para en- 

tor de la virtud, y enemigo del vicio. tregaros al placer, pero estableced un mé- 

«!fo tengáis Jamás afecto decidido á todo tal que os dé tiempo parael recreo f, 
nadie. la diversión. 
«Nada hay mas inocente qne la caza y 

«Amada los españoles y á todos lo» sób- la afloion á las cosas del campo» eon tal 

ditos que amen vuestro trono y vuestra per- que no os ocasione esto gastos excesivos, 
sooa; no deis la preferencia á los que mas os «Prestad grande atención 6 los negocio» 

adulen; estimad á aquellos que no teman de que os hablen, y al principio escucha* 

desagradaros á fin de Inclinaros al bien, mucho, sin decir nada. 

pnes qne estos son vaestros amigos ver- « 

daderos. «Procurad que vuestros vireyes y gober* 

«üaeed la felicidad de vuestros subditos, nadores sean siempre españoles. 

ycon este intento no emprenderéis guerra , 

aigunasinocuando os veáis obligado á ello, «Tened gran coa fianza en el cardenal 

y que hayáis considerado bien y pesado Portocarrero, ote. 

en vuestro consejo los motivo s. «No olvüeis á npdtnar, gobernador dor 

«Procurad poner concierto en la hacien- los Paises Bajos, que es persona de mérito^ 

la; cuidad de las lod'as y de vu ostras aota3, y capaz de serviros bi n. 



¿33 mSTORlA DE ESPAÑA. 

Una vez lanzados los dos ministros Portocarrero y Arias <m el camino de 
las reformas, no perdonaron ni á los establecimientos de beneñcencia, ni á las 
miserables viudas, y, lo que fué peor para ellos y les atrajo mas enemigos, ni 
á los militares, cuyos sueldos se rebajaron, en ocasión que ellos esperaban iban 
á llover las gracias, como suele ser costumbre al advenimiento de un nnevo 
soberano. A estos motivos de descontento para una gran parte del pueblo y de 
familias respetables se agregó una medida que hirió en lo mas vivo el orgullo 
nacional, ¿ saber, la de dar á los pares de Francia los mismos honores y con- 
sideración que á los grandes de España (i). Sucedió también (y esto era do 



«Dad entero crédito al duque de llar-, os bailéis en España, y especialmente al 

court, pues es hombre hábil, que os dará entrar en Madrid. 

consejos desinteresados, no teniendo en .....'.... 

cuenta mas que vuestro interés. cEvitad cuanto podáis el conceder gra- 

«Procurad que los franceses no salgan ja- cías á los que dan dinero para aLanzarlas. 

más de los límites del respeto, y que no «Dad oportuna y libe raímente, y do acei»> 

fdlten á loque os deben. teis regalos, á menos que np sean bagate- 

«Tratad bien á vuestros servidores, pe- las; y cuando no pudiereis evitarlo, haced 

ro no oséis con ellos de familiaridad estre- otros de mas valor que los que recibiereis, 

mada; que no s: an confidentes vuestros, pero con intervalo de algunos días, 

pero servios de ellos mientras si>an pruden- «Tened una caja en que conservéis lo 

tes, y despedidlos á la menor falla-, no apo- que merezca estar mas reservado, y cuya 

yándolos jamás contra los españoles. llave guardareis vos mismo. 

«No tengáis mas trato con la reina viuda «Goucluyo dánJoos up consejo de los 

que aquel de que no podáis dispensaros: ha- mas importantes: no os dajels gobernar: sed 

ced de modo que salga de Madrid, pero siempre amo, no tengáis fnvorí lo ni primer 

procurad que no salga de España. Observad ministro . Escuchad y consultad á los de 

su conducta, y no consintáis que se mezcle vuestro consejo, pero decidid. Dios que os 

en negocio alguno: mirad con recelo á los hace rey os dará todas las luces necesarias, 

que tengao con ella trato demasiado fre- mientras abriguéis buenas intcnciones«p — 

cuente. WiHiam Coxe, España bajo el reinado do 

«Amad siempre á vuestros deudos, re- la casa de Uorbon, cap. 4. 

cordando el dolor que han tenido al separar- (I). El duque de Arcos, como grande de 

se de vos. Conservad con ellos continuas re- España, elevó al rey una enérgica y sentí- 

laciones, sobre iodo en los negocios impor- da represeotacíon en queja de esta provi- 

tantes; en cuanto á los pequeño», pedidnos dencia, haciéndole ver por U historia que 

todo aquello que necesitéis y no se halle en ningún monarca se había atrevido á conce- 

vuestro reino, que lo mismo haremos de f tales honores y prerogatívas á loses- 

nosotros. trangeros, por elevada que fuese su calidad, 

«No olvidéis jamás que sois francés por como no fuesen principes de la sangre. Al 

lo qne pueda acontecer. Cuando tengáis final de ella se lee el siguiente curioso par- 

asegurada la sucesión de España en hijos rafo, que nos da idea de los privilegios que 

que os conceda el cielo, id á Ñapóles, á Si- entonces posaban los grandes de España, 

cilía, áMilan y á Fiandes, lo cual nos dará «Yai V. M. fuese servido do mandar 

ocasión de volver á vernos: mientras tanto . examinar todos los archivos, y consultar 

visitad la Cata uña, Aragón y otras provin- nuestras verdaderas historias, hallará eu 

pias; no descuidando lo que convenga hacer ellas lo que fuimos y lo que somos. Y que 

en Ceuta. las mismas casas y familias, extintas mu- 

«Arrojad algún dinero al pueblo cuando chas yá, las cuales se decían ricos-hombres 



PARTE líl. LltRO VI. S^i 

esperar, porqae es una consecuencia casi natural de la venida de un monarca 
estrangoro), que la corte se fué inundando de franceses de todas las clases, de 
los cuales unos, pertenecientes ¿ la plebe, desacreditaban su pais con sus vi- 
cios ó insultaban á los naturales con sus escesos, otros de mas elevada esfera, 
envanecidos con habernos dado un monarca de su nación, aspiraban ¿ introdu- 
dr sos trages, uniformes, usos y costumbres, y basta las salsas francesas en la 
leal cocina; innovaciones que no podían dejar de ser de muy mal efecto en un' 
pueblo el mas apegado á sus antiguos hábitos. 

Distaban mucho Portocarrero y Arias, por su carácter, por su talento y por 
su poL'tica, de ser apropósito para captarse las voluntades y hacerse partido, 
ni para acreditar su gobierno y administración, ni menos para atraer y afian- 
zar el cariño del pueblo hacia el nuevo soberano. Engreido Portocarrero con 
los servicios que habia hecho á la casa de Borbon; avaro de influencia y de 
poder; pareciéndole poca toda recompensa á sos merecimientos; mañoso para 
inspirar mutuas desconfianzas entro el monarca y los grandes, y para alejar á 
éstos de palacio, so color de preservar al rey de la esclavitud en que habían 
tenido ¿ Garlos II. los favoritos; dando el dictado de austríacos á todos los que 
quería desacreditar, ó que le inspiraban celos; lento y nada lince en el despa*» 
che de los negocios; reservado, adusto y terco con Ips inferiores; flexible, aco- 
modaticio y agasajador con los que calculaba que podían serle útiles; adulador 
hasta la bajeza con Luis XIV., cuyos deseos quisiera adivinar, y cuyas indica* 
cíooes eran para él como leyes, que hacia ejecutar sin examen, y sin mirar si 
aran útiles ó perniciosas á los intereses de España; imprudente en las reformas 



eBtoocet, loo las que hoy se Uaman gran- primeros y mas cerca dos -al prfqcípe, y que 

des, con tos mismos derechos y los mismos no manteniéndolos éste, te sigue un grave 

privilegios de cubrirse, dp sentarse, de ser perjuicio al mas autorixado braio de la na- 

tfatadoscon grado de primos, de presidir cien española, etc.» 

en lis Cortes á todos los del gremio de Poco debió agradar al rey esta represen* 

nuestra nobleza, de tomarle las armas cuan- tacion, hecha en Julio de 1701, cuando el 19 

do entran por la posesioqde grandeza á be- de agosto le pasó el real decreto siguiente, 

lar la mano, ponérseles guardas en los cjér- — cExcmo. Señor.— El rey N. S. (Dios le 

titos donde residen 6 por donde pasan; y «guarde) me manda decir A Y. B será muy 

coando entren en las metrópolis de Aragón, •conforme á las grandes obligaciones de 

3lavárra y Catalufia, visitarlos las ciudades «V. E. y á la representación üe su dignidad 

y los reinos, y si iban -i los de Italia, los vi- «el pasar luego á Plandes A dar ejemplo con 

reyes, eomo eoNApoles, Milán, etc., dando* «su persona y valor en el ejército de S. M., 

les preferen^ ia en su casa y en la calle que «como se lo ordeno, de que aviso A ?. JS. • 

no estilan con otro alguno; .no pueden sin «para que lo tenga entendido. Dios guarde 

cédula especial rendirse A prisión, que es «A V. E. muchos años como yo deseo. Pala^ 

lo mismoque no estar sujetos A la Justicia «ció, 19 de agosto de noi Don Antonio 

ordinaria, con los mas pn^legjos que son «Ubilla.— Sr. duque de Arcos.o— MS. del ar- 

notorios: demostraciones todas que en cual- chivo de la Real Academia de la Histo- 

qoier estado monárquico arguyen ser los ría, Leg.7, v. 13. 



^ .a HISTORIA DE ESPáRa. 

e inconsiderado con las familias que quedaban amiinadas, ni siquiera sabia ser 
político con el monarca francés á quien se habla propuesto servir; porque 
egoísta antes que todo, cuando observaba que una medida producía gran des- 
contento y excitaba antipatías» apresurábase á culpar de ella ¿ la corte de Yer- 
salles, y hacer recaer el odio popular sobre el mismo ¿ quien él servilmente la 
había propuesto. 

Aunque de mas talento y mas apto para los negocios don Ifanoei Arias, 
presidente del consejo y cámara de Gastüla, no era ni mas tratable y espansi- 
vo, ni menos áspero que el cardenal, y acaso le excedía en el servUigmo y hu- 
millación con los que necesitaba. Veía con envidia la púrpura que adornaba á 
BU compañero, y con la esperanza de vestirla y de llegar á ser inquisidor gene- 
ral y primado de España, se acogió á la l^esia y se hizo sacerdote á loa cíD" 
cuenta años, y obtuvo la mitra de Sevilla. De sus ideas políticas da muestra la 
máxima que profesaba de que Dios tenia destinado á Felipe para ser el rey mas 
absoluto de toda la cristiandad, y de que sus vasallos no nenian ni aun el de- 
recho de quejarse sin su permiso. 

No era posible por mucho tiempo la concordia y buena armonía entre dos 
perscinages de tal carácter y de tanta ambición; mas por de pronto, no abosan- 
do de su influencia y teniendo de continuo asediado al rey, íbanle haciendo 
retraído, apocado é indolente, no obstante ser de claro y despejado entendi- 
miento, y adornarle otras virtudes no comunes en su edad, Y unida ia inespe* 
riencia del monarca al abuso de los ministros, ibase formando en la corto 
misma de España un partido de descontentos, que los soberanos y las poten- 
cias enemigas de la nueva dinastía comenzabín á esplotar, y con el cual con-* 
taban para los planes que desde el advenimiento de Felipe, y aun desde ta 
aceptación del testamento de Garlos 11. por Luis XIY. estaban fraguando, y po* 
niendo ya en ejecucíou para ver de arrebatarle la corona como iremos viendo. 

Uno de los primeros actos del nuevo monarca, aun antes de hacer la entra** 
da pública con que se solemnizó su traslación del Buen Retiro al palacio (44 de 
abril, 4704), habi^ sido el de convocar á los diputados délas ciudades y villas 
de voto en cortes (4 j, con objeto de que le prestaran el juramento de fidelidad, 
y de jurar él al propio tiempo las leyes y fueros del reino. Aun esta buena idt^a 
no fué inspirada por Portocarrero, sino por el marqués de Villena, mas adver- 
tido en esto que el cardenal. Las Górtes se juntaron el 8 de mayo en la iglesia 
de San Gerónimo, y el juramento mutuo se hizo con toda la ceremonia y con 
todas las solemnidades de costumbre {%)• 

(4) ]le«l cédula convocatoria de 40 de (3) Diario del secretario Dbilla, doadé 
; mano se bace una descripción minuciosa de nio 



r 



PARTB ni. LIBRO Vt. S(l 

Qoeria laego el marqués de Villena, doque de Escalona, y propaeo que sj 
convocaran de noeTO cortes en Castilla, no ya para una ceremonia eomo e) fO^ 
conocimiento de un soberano, sino para que trataran como antignadiente las 
cosas de gpbiemo, y principalmente del negocio importante de la hacieñtida* La 
razón de este empeño fué, que Portooarrero , abrumado con las dificuHades do 
la gobernación, que excedían en mucbo á sus escasas luces, no contento con ha- 
ber indocido al rey á que aumentéera su consejo de gabinete con dos ministros 
más, que fué el marqués de Mancera, presidenta del de Aragón, y el duque de 
Mootalto, del de Italia, pidió á Luis XIY* le enviara una persona que pudiera 
establecer un plan de hacienda en España, y corregir y reformar los abusos de 
la administración* El monarca francés envió á Juan Orri, hombre de oscuro 
nacimiento, de carácter impetuoso, impaciente y altivo, si bien inteligente y 
práctico. Hizo el superintendente ó ministro de Hacienda francés grandes re^ 
íormas en la cobranza de las rentas, pero tuvo la imprudencia de querer asimi- 
larlo todo de repente al sistema rentístico de Francia, y desarraigar algunos 
abasos que tocaban á los grandes señores. Con esto ofendió ó todas las clases, 
á las unas porque lastimaba sus intereses, ¿ las otras porque chocaba con las 
infeteradas costumbres de la nación* Asi fué que los nobles, y principaJmente 
el de Villena, uno de los mas ilustrados de entre ellos, clamaron porque se 
r^ablecieran con sus antiguos derechos y se llamaran las cortes deCa^AIa, 
decaídas desde Garlos V. y olvidadas en el ultimo reinado. 

Eobo sobre este punto diferentes opiniones y debates en los consejos. Con* 
soltóse al monarca francés, á quien Portocarrero pai'ecia querer entregar el go* 
biemo interior de España, y Luis XIV,, mas prudente y mas político que los 
ministros españoles de su nieto, se negó á intervenir en un negocio tan deltca- 
<lo y puramente nacional. Vuelto á trataír el asunto en consejo, prevaleció el 
d'ctimen contrario á la convocación de las Cortes; bien que para no ofender al 
pueblo y á muchos grandes, se dtó por pretesto que el rey tenia que partir á 
Catalana á recibir á la reina María Luisa de Saboya, cott quien se había estipu- 
lado so matrimonio, según se anunció ya en las Cortes de mayo (4) 

Ed efecto, el rey Cristianísimo había negociado el matrimonio de Felipe 
con la hija del duque de Saboya Víctor Amaded, uno de los príncipes que prr« 
mero reconocieron al nuevo rey de España. El marqués de Castel-Rodrigo fué 



aeto, eoo los Dombres y Utalos de todos los Comtitiarwt éé l« ffu§rré ds ffipsAa, é 

qae prestaron juramenlo.-^UacaDáz. Me- autoria de F$Up€ F., da algunos porm«- 

ttoriaspara la Historia desde la muerte de ñores sobre los debates del Oensejo en la 

Cirios IL, HS. tomo 1. cap. S.— Belando, cuestión ét iUmar 6 no las Cortes, lom. 1., 

Balería cítíI de España. P. I. c. 8 y 9. afio 1701. 

II) £1 marqués de $an Felipe, en sus 

lOlO IX. 4 g 



942 HISTORIA DE ESPAÑA. 

é ajustar y firmarlas capitulaciones; y debiéndola reina venir por Barcelona, 
resolvió Felipe ir ¿ esperarla á aquella ciudad, y celebrar al mismo tiempo 
Cortes de catalanes, y si podia también de aragoneses y valencianos, siendo 
notable que para esto no hubiera oposición en el Consejo. Habiendo comenza- 
do ya entonces la guerra movida por el emperador, de que daremos cuenta 
después, y sospechando Felipe que su ausencia de la corte podria ser larga, se 
previno para todo evento dejando nombrado gobernador dd reino al cardenal 
Portocarrero, con asistencia de don Manuel Arias (4), al marqués de Villena 
para el vireinato de Siotlia, y para el despacho de los negocios durante el via- 
ge determinó llevar consigo al duque de Medinasidonia, caballerizo mayor, al 
conde de Santisteban, y al secretario Übilla, que acababa de recibir el título 
de marqués de Rivas, debiendo acompañarle también el conde de Marín, quo 
habia reemplazado en la embajada de Francia al de Harconrt. 

Hecho este arreglo, emprendió el rey su jornada (5 de setiembre, 4704 ) 
camino de Aragón, en cuyo reino, desde que puso en él su planta, y princi- 
palmente en la capital, fué recibido con las mas vivas demostraciones de afec- 
to y de júbilo, y festejado con toda clase de espectáculos, locos los aragoneses 
cou la espresiva fisonomía y los modales agraciados de Felipe, que les habían 
pintado con dafiada intención contrahecho de cuerpo, y pobre y escaso de es- 
píritu. En los dias que se detuvo en Zaragoza juró en el templo de Nuestra 
Señora del Pilar, ante el Justicia mayor, comunidades, magnates y pueblo, 
guardar las leyes, fueros y libertades aragonesas (4 7 de setiembre). AUi recibió 
noticia de haberse celebrado el 4 4 sus desposorios con María Luisa y de que el 
48 salía de Turin ¿ embarcarse para España. 

Partió pues Felipe de Zaragoza (80 de setiembre), y después de haber sido 
agasajado en Lérida y otros pueblos de Cataluña, hizo su entrada pública en 
Bjrcelona (8 de octubre); y primero en la plaza de San Francisco, donde ha- 
bia un suntuoso solio, después en la catedral, y luego en las Cortes que con- 
gregaron para esto (48 de octubre), juró también guardar los fueros, usages y 
constituciones de la ciudad y del principado (8). Como ya en este tiempo hu- 
biera estallado una conjuración en Ñapóles contra el gobierno de España, mo- 
vida y manejada por el emperador, empleó Felipe los dias siguientes en dis- 

(I) Rpalr.<; (decretos de 31 de agosto y 9 cieron canónigo, y lo dieron asionto en el co- 
do setiembre, 1701. ro, y todos los dias iban dos racioneros y 

(9) Vkgc de S. M. é Barealona con todtt un pertiguero con las ropas de coro á He- 
las circuoslaocias que sucedieron: US. de varíe el pan que le locaba por el canonica- 
la Real Academia de la Histona.->Macanat, to. el cual repartía 61 á los pDbres.-]k'an- 
Memorias. tom.I.,cap.4. MS.— ArchiTode do. Historia cifil de España, liarte I.» ca- 
la corona de Aragón, Procesos de G6rtes.**- pilulo 19. 
lEl día qi^e Jur6 el rey en la catedral le hi- 




PARTE lll. LIBRO VI. 213 

poner el embarque de tropas de Cataluña y de otras partes para a()neUa ciu-* 
dad de sus dominios. Después de lo cual se dirigió á Figieras á esperar y re- 
cibir ¿ la reina su esposa. Llegado que hubo la princesa, ratificó el matrimo- 
Dio el patriarca de las Indias (3 de noviembre), y á los dos días partieron los 
ré^os consortes para Barcelona, donde fueron agasajados con magníficas fiestas 
yeco todo género de regocijos. Participó Felipe tan fausto suceso á Luis XIV. 
yá las cortes de todas las potencias amigas. 

El monarca francés habia dispuesto que al llegar la reina ¿ la frontera d3 
España fuese despedida toia la comitiva de piamonteses que traía, y asi so 
ejecutó con gran pesadumbre de la joven Haría Luisa. Hacíalo Luis XIV. por 
temor á la doblez y á la ambición del duque de Saboya su padre, y al influjo 
que los personages saboyanos podrian ejercer en el ánimo y conducta de la 
reina. Acompañábala solamente, en concepto de aya y de camarera mayor, 
bascada y escogida para esto por el mismo Luis XIV., la princesa de los Ursi« 
nos, Ana Haría, hija de Luis, duque de Noirmoutiers, de la ilustre familia de la 
Tremouille. Eita señora, destinada desde entonces á ejercer una grande ín- 
floeocia y á representar un gran papel en todos los negocios d« España, ba- 
bia vivido algún tiempo en la península con su primer marido Adrián de Ta- 
lieyrand. Después estuvo en Roma, donde conoció y tuvo amistad con Porto • 
carrero, ministro entonces de España cerca de la Santa Sede. Casó en segun- 
das nupcias con Flavio de Orsini, duque de Bracciano, cuyo apellido tomó y 
conservó después de haber enviudado de este segundo marido (4). Habíase he- 
dió notable en Roma por su talento y sus encantos: no fué menos ventajosa- 
mente Qonocida en la corte de Versalles donde se hizo amiga íntima de la cé- 
lebre madama de Maintenon. De ella y de la duquesa deNoailles se valió para 
indicar su deseo de venir á Hadrid luego que supo haber sido elegida para 
esposa del rey una princesa italiana (2). No vaciló Luís XIV. en elegir para 
camarera de la nueva reina de España á una señora (le tan raras prendas y 
condiciones y que le inspiraba por muchos títulos una confianza completa* 
Proponíase que con'su talento neutralizaría el ascendiente que de la reina te- 
f&ia, aunque joven, sobre el carácter dócil y suave en demasía de an nieto, y 



(1) Llamaban los fraBceses, y asi lo et- á dar cuenta á S. M. de los pormenores da 

eribiao, «dea I7rjin«,» á la familia de los Or^ mi viage. Soy viuda d» un grande de Bspa- 

nat; y loa españoles, traduciéndolo del fran- fta, sé el español, me esliman en aqael pais, 

^dijeron siempre lot Üninot: de aqui y tengo en él muchos amigos, entre ellos el 

dkaber seguido denominándola constante- cardenal Portocarrero. Según esto Juziiad 

iBeoteU Princesa de lo§ Urtinot. vos qué podría resistir á mi inOufo, y si e» 

(S) «Mi deseo, escribía á la de Noailles, es estrafia vanidad en mí ofrecer mis aervV^ 

Ir hasta Madrid, donde pernianeceré el tiem- oíos.»— Memorias de Noailles. 



Po qoe platea al roy, viniendo en seguida 



2H HISTORIA DB ESPAÑA. 

esperaba qjae seria también apropósito para instruir á la joven reina en el arto 
dj dirigir y manejar una corte con dignidad. El tiempo justificó la previsión 
del monarca francés (4). 

Aunque las Cortes de Cataluña, que entonces se celebraron en Barcelona» 
y cuyas sesiones duraron hasta el 4S do enero del ano *6igaiente (4702), sir- 
vieron desde luego al rey con un donativo de milton y me&o del pa», y 
acordaron un servicio de doce millones pagaderos en seis años, qoe no llegó á 
realizarse, su principal objeto y ocupación fué el restablecimiento de sus anti- 
guos privilegios y franquicias, y la adquisición de otros nuevos. Y 01 bien el 
rey puso al principio alguna resistencia á varias de las peticiones qoe le ha- 
cian caída dia, es lo cierto qoe en último resultado obiavieron mas de k> qaa 
habian podido prometerse, y que, como dice un acreditado escritor de aqoel 
tiempo, «lograron los catalanes cuanto deseaban, pues ni á ellos lea quedó 
que pedir, ni al rey cosa especial que concederles, y asi vinieron á quedarso 
mas independientes del rey que lo está el parlamento de Inglaterra (S).» Dio* 
les ademas catorce tílnlos de marqueses y condes, veinte prÍTÜegios de no- 
bleza, veinte de caballeros, y otros veinte de ciudadanos. Lo cual no fué 
agradecido, ni sirvió mas que para enorgallecerlos, no atribuyéndolo á gene* 
rosidad del rey sino á temor y debilidad, y no tardaremos en ver cómo conea* 
pendieron á la liberalidad de su nnevo soberano. 

Los sucesos de Ñápeles inspiraron á Felipe el deseo y la resolución d9p&-i 
sar á Italia en persona, á jurar sus fueros á los de Ñápeles y Sicilia, v p<y 
nc^rse al frente de su ejército para resistir á los enemigos. Mas no b hizo sia 
p^dir su venia y aprobación á Luis XIV. su abuelo. «No perdiera Relipe U. 
«(le decía muy dignamente entre otras cosas) sus estados de Holanda» ai á 

(1) El marquói de San SimoD, quo codo- quien había visto nrachot paiaea y conocido 
cia personalmente á la princesa de los Ursi- muchos personages; su tono de vot 7 mane- 
nos, hace de ella el siguiente retrato: ra de hablar agradables 7 dolces. Había 
«Era ana mager mas bien alta que baja, leido mucho, y meditado bastante, j como 
BMTena, 000 ojos azule» que decían loque habia tratado tantas gentes, sabia recibir á 
olla quería, torneada cintura, hermosa gar- toda clase de personas por elevadas que 
ginla, rostro encantador, aunque DO bello, y fuesen.... Gomo tenia mocha «mbieioD ero 
aspecto noble. Tenia en su porte cierta también dispuesta á intrigas; pero ona am- 
magestad, y tanta gracia hasta en la cosa bicion elevada, muy superior á las do sn se- 
mas ínsigniQcante, que á nadie he visto quo xo y á las de machos hombres.... atc.»-^aa 
se parpciese ni en cuerpo ni en entendí- Simón, Memorias, tomo IIT. 
miento: agasajadora, cariikosa, comedida, (2) Macanas, Memorias manosoritas, lo* 
agradable por solo el placer de agradar, y ao I., cap. 5.— -En el mismo sentido, y mas 
seductora hasta un punto que no era fácil fuertemente se esplica el marqués de Sao 
resistir. Ai^adiase á esto cierto aire que al Felipe en sus Comentarios, tom.l.,aAo4708> 
propio tiempo que anunciaba grandeza, —Archivo de la corona de Aragón, Rcgísiro 
. airaia en vez de imponer: su conversación de Corles.— Di Jrto de GbiUe* 
era deliciosa, inagotable 7 divertida, como 



PAUTE III. LnRO VI. . 8*5 

aellos se hubieFa trasladado cuando con venia; por lo qae á mí toca, ostespon- 
cdoque si llego á perder algunos de mis estados, no será jamás por igual fal- 
«ta.i> No pudo Luis negarle su consentimiento á pesar de algunos inconye- 
nientes que en ello veía, y al fin le escribió una carta satisfactoria de apro- 
bación (Creciéndole navios ^ara su embarque y el de sus tropas, y dándole 
instmcciones y sanos consejos (I). 

Pensó Felipe en el principio llevar consigo á su esposa, á lo cual le ani« 
maban también la misma reina y la princesa de los Ursinos, aquella por el 
natural deseo do no separarse de so esposo, y ambas por el placer de presen- 
tarse en su país con el brillo y aparato de su nueva posición. En cuya virtud 
Labia ya nombrado una junta de gobierno bajo la presidencia de Portocar- 
rero, dando á éste la misma autoridad que había tenido la reini doña Maria- 
na por el testamento de Garlos 11. Pero la consideración al aumento de gastos, 
el temor de Luis XIV. á que la reina volviera á verse con su padre el duque 
da Saboya, el estado de la corte misma de Madrid, donde los ánimos anda- 
ban ya. inquietos, agitados por los austríacos, todo movió á Felipe á renunciar 
asa primer pensamiento. 'En su consecuencia determinó dejar á la reina enco- 
mendado el gobierno de España (%), y que se volviese á Madrid después de ce- 
bbrar Cortes á los aragoneses. La joven María Luisa sufrió la privación de ir 
á Italia y el dolor de separarse de su marido con una resignación y una pru- 
dencia que encantó á Luis XIV., admiró á Louville que le habia noticiado la 
resolución, y acreditó un talentd y una fortaleza de ánimo que en su corta 
edad no esperaba nadie. «No tengo mas voluntad que mi deber,» solia decir 
aquella joven reina (3). 

Ni Portocarrero ni los consejos aprobaban la jornada del rey á Ñapóles, é 
hicieron repetidos esfuerzos para disuadirle de tal propósito. Pero Felipe les 
contestó con una firmeza é insistió en ello con una resolacion que á todos 
asombró, atendida la docilidad de carácter que hasta entonces habia manifes- 

(I) cHe aprobado siompre (le decía ) el i n- vuestra firmeM y coafirmo vuestra deei- 

|tenlo qae leñéis de ir á Italia, y descoque sion ele.»— Noailles, Memorias, io- 

lelleTeis acabo; pero por lo mismo que me mol!. 

ínleresa Tuestra gloria, no puedo menos de (3) Decreto de 8 de mano, 170i. 
pealaren las dificultades que vos no podéis (3) «Bien puedo deciros sin que se ofen- 
prefeér. Las be examinado todas, y debéis da la modestia (escribia á Luis XIV.), quo 
cooocerlas por loi apuntes que Martin os ha amo con pasión al rey sin embargo, re- 
leído. Veo con satisfacción que no os arre- conozco que es preciso hacer este sacrificio 
dranpara acometer una empresa tan digna por su gloria, y permanecer en España para 
de Tuestra sangre como es la de ir tos mis- dar ejemplo de fidelidad á sus subditos qna 
mo i defender fuestros estados de Italia, desean mi permanencia, y socorrerle en 
Ocasiones hay en que debe uno resolver por las necesidades que la guerra trae consigo. 
yirni^mo, y puesto que no os íniimidan los Espero, señor, que con los buenos eODSejOJ 
íncuBveaientes que os bao espaes(o, alabo que V. M. le da.... etc.» 



246 HISTORIA i)£ ESPASA. 

tado. Asi fué que el tiempo que permaneció en Barcelona aguardando los ba- 
góles de Francia, le empleó en dictar disposiciones para el gobierno de Esiia- 
ña dorante su ausenciat en preparar y dar el destino conveniente á las tropas 
que habian de quedar y las que hablan de irse, en proveer los principales 
mandos y puestos» especialmente los militares; ^ luego que llegaron los na- 
vios de Francia con el vice-almiranle conde de Estrées, y que todo estuvo 
listo para la jornada, despidióse tierna y cariñosamente de la reina, y dióse 
á la vela para Ñápeles (8 de abril, 4702). Allá le seguiremos después» 
y daremos cuenta á su tiempo de lo que hizo en esta espedicion im- 
portante. 

A los dos dias salió la reina camino de Zaragoza, con título de lagiarteniente 
del reino, y con plenos poderes para celebrar las Cortes de Aragón, que esta- 
ban convocadas desde el 49 de marzo. Acompañóla el nuncio de So Santidad, 
á quien encontró en Monserrate, el cual venia á suplicar al rey se inclinase á. 
procurar la paz de Europa. La entrada de la reina en la capital de Aragón, fuó 
saludada com las mismas demostraciones que antes se habian heoho al rey: 
también ella juró los fueros y leyes del reino, y el 27 de abril (4702), después 
de haber regalado una preciosa joya á la Virgen del Pilar, abrió las Cortes» 
osplicando los motivos de la jornada del rey á Italia, pidiendo que confirmasen, 
moderasen y corrigiesen sus leyes y fueros, según les aconsejara su prudeneia, 
y suplicando concluyesen lo mas brevemente posible las Cortes en atención «1 
estado de la monarquía. 

Sin embargo, no pecaron tampoco estas Cortes de dóciles y complacientes • 
Sin faltar en nada á la reina, y atentos con ella los aragoneses, mostráronse 
remisos en otorgar los subsidios, recelosos de la autoridad real, y severos en 
rechazar todo aquello de que sospecharan que podia lastimar, siquiera fuese íi^ 
directamente, sus fueros. 

Las Cortes hubieron de suspenderse y cerrarse, prorogándose para de alli á 
dos años, á<^usa de haber recibido la reina un despacho del rey, en que la pre- 
venía que se trasladara con urgencia á Madrid, y entonces los cuatro brazos del 
reino acordaron hacerle un donativo de 400,000 pesos. S. fil, se apresuró á 
enviar este débil socorro á su marido para hs necesidades de la guerra, y 
partió de Zaragoza muy satisfecha del afecto personal que le habian mos- 
,trado los aragoneses (46 de junio, 4702). En aquel despacho nombraba 
el rey una junta de gobierno que había de auxiliar á la regente, compues- 
ta del cardenal Portocarrero , de don Miguel Arias, ya electo arzobispo 
de Sevilla, del duque de Montalto, el marqués de Mancera, presidente del 
consejo de Aragón y de Italia, el conde de Monterrey, del de Flandes, el 
.duque do Mt;dinaj;eli, dQl de ludias, el marqués de Yi.bírajica^ mayordo* 



PARTE III. VHRO VI. 247 

no mayor de S. M., y secretario don Manuel de Vadillo y Velasco (4)- 

Llególa reina á Madrid el 30 de junio. Con un talento, una prudencia y una 
política admirable en sus cortos auos (que contaba solamente catorce), habia 
prevenido que se escusasen de hacer para su recibimiento comedias, ni toros» 
ni otra clase alguna de regocijos, pues que estando el rey ausente no quería qae 
se hiciesen gastos ni alegrías públicas, y se contentó con que la aguardasen en 
palacio, donde se encaminó en derechura, y sin ostentación, ni aparato, ni 
ruido. A todos asombró la modestia, el desinterés, la rectitud, la discreción, la 
inteligencia y afán con que la joven María Luisa se consag^ desde so llegada 
al despacho de los negocios públicos, asistiendo diariamente á las sesiones deU 
ianta de gobierno, haciéndose respetar de todos los consejeros, enterándose 
con admirable facilidad do los asuntos, no habiendo consalta que no examinara» 
ri papel que no leyera, ni queja que no escuchara, sin vérsele nunca ni «n las 
diversiones ni aun en los paseos, adicta siempre ó remediar las necesidades de 
los pueblos, y á que no faltaran a) rey los posibles socorros. cEsta ocnpacioo» 
solía decircon aire jovial, es sin duda muy honrosa, pero no es muy divertide 
para una cabeza tan joven como la mia, sobre todo no oyendo hablar á todas 
horas sino de las necesidades urgentes del tesoro y de la imposibilidad de salir 
del paso.» 

Asistiéndola y ayudándola con lealtad su camarera la princesa de loe Orsinos» 
reformaron entre las dos las costumbres interiores de palacio: prohibieron los 
galanteos de las damas y camaristas que estaban tan admitidos y fueron cansa 
de tanta murmuración en los reinados anteriores, ó hicieron del regio alcázar 
Doacasa de virtud y recogimiento. 

Con una política que no habria ocurrido á on hombre de 'madura edad y 
esperiencia, cada vez que recibía noticias del rey, no se contentaba con 
comaoicarlas al consejo y á los grandes, sino que ella misma saliendo á uu 
balcón de palacio las ponía verbalmente y en alta voz en conocimiento del 
paeblopara satisfacción desús yasallos; con cuyo motivo siempre que se sabia 
haber llegado despachos de Italia, acudían las gentes á la plaza de palacio an • 
sosas de oír de boca de S. M. noticias de la salud de su rey y de los sucesos de 
ia guerra (2). 

Semejante conducta no pudo menos de captarle la admiración, la confianza 
y el cariño de Luis XIY., en términos que á las cartas en que le pedia consejos 
contestaba lleno de entusiasmo: «No consejos, sino elogios es lo que debo y 
«(qaiero daros: seguid como hasta aqní vuestras inspiraciones, á que podéis 



(<) Decreto de li de mayo de 1703. cap. T. 

{2; Macaaáz, Memorias, MM.SS. tom. 11.. 






8&S HISTORIA^DB ESPAfíA. 

ceritregaros con toda seguridad: sin embargo, do os negaré los consejos de mi 
«experiencia, pero cierto estoy de que los adivinaréis vos, y de que solo tendré 
aque admiraros y renovar la seguridad de la ternura que os profeso.» No era 
solo Luis XIV* el que pensaba asi: uno de los españoles mas ilustrados de la 
época escribía, hablando de la reina, estas notables palabras: «Su espíritu so 
«descubría tanto mas, cuanto excedía á toda humana comprensión: y asi en 
«su gobierno todos fueron aciertos, y si hubiese sido sola, se habrían vis* 
«to milagros.» 

El pueblo y lamerte de España, con solo cotejar el comportamiento de su 
qaera reina con el de las últimas princesas austríacas que habían ocupado el 
troao de Castilla, habrían tenido sobrado motivp para felicitarse del cambio 
de dinastía, y la joven María Luisa de ^boya habría excitado mas el amor 
popular, á no haber encontrado la corte minada por las intrigas de loa ale- 
manes, los consejeros y ministros divididos entre si, en mal sentido algunos 
magnates, aborrecido Portocarrero del pueblo por su carácter, su conducta* 
su ambición y su iacapaoidad, y ofendido qI orgullo español de la sumisión á 
la influencia francesa, que se ponderaba de propósito, y á la que había empe* 
do en atribuir todas las desgracias de la monarquía. 

Pero es tiempo ya de dar cuenta de la sftuacion en que habia colocado ¿ 
Espafia respecto á las potencias de Europa el testamento dé Cárlofl II. y el 
advenimiento de un soberano de la familia de Borbon, y de los impartanií. i- 
mos sucesos á que habia dado ya lugar por este tiempo una novedad de tan* 
la irq^ceodenQia. 




CAPITULO IL 



PRINCIPIO DE LA GUERRA DE SUCESIÓN. 



FELIPE y. EN ITALU. 



tf#« * ««#•• 



K^eoDoeeD algnoas polencjas á Felipe V. como rey de BspaRft.— fisfaenot de Luis XlT. 
pinjutiflearse ute tas naciones de Buropa.^Niégase el Imperio á reeonooor á Fott* 
pe,-Coiidaeta de Inglaterra y de Holanda.— Invasión francesa c« los Paisas Bajas.— 
Gsasfiradon os Ñapóles, novidn for ol emperador.— lomada de Felipe ¥. á Ñipóles.— 
Bspiríto j eomportamienlo de los napolitanos con el rey.— Pasa Felipe i Milan.->P6- 
eeseal frente del ejército.— Guerra en el Milancsado.—Derroia Felipe el ejército ans- 
Maoo orillasdelPi.— Uniforma las divisas de Us tro pas francesas y espafioias.— Airo* 
J^ydeenedo dd rty en los eomt>alos.— Bl principe Eugenio: el doque deSaboya: Tttt- 
*^: Creqol.— fiogios que hace Lois XIY. de stt nieto.— Retirase Felipe á Hilan con , 
iaíBo de regresar á Espafia.— Gaaus de eeta resolocion.— Conducu indiscreta del mo- 
■>rea francés — Inglaterra y Holanda Juntamente con el Imperio declaran la guerra 

, i Francia y España.— Guerra en Alemania y en los Países Bajos.— Espedicion naval 
fingieses y holandeses contra Cádii.— Miserable situación de Andalaeia.— Apuros de 
la serte.— ResoiaeiOB heroica de la reina.— Frústrase el objeto de la espedicion e»- 
fl^^Iandesa.— Lastimosa catástrofe de la flota española de Indias en el puerto de Yi- 
pk— Pmdencia y serenidad de la reina María Lnisa.— Defección del almirante do Cae* 
tilia.— Regresa Felipe Y. á Bspafia.— Decreto notable espedido desde Figueras.— Ada- 
Rieiones y festejos con que es recibido en Madrid. 



Había sido Lub XIY. bastante hábil para conseguir que fuera sin díficul- 
M reconocido j proclamado su nieto Felipe como rey de Espafia, asi en los 
^^ Bajos, que gobernaba el elector de Baviera, como en Milán, donde es- 
^de gobernador el príncipe de Yaudemont, sübdi'o austríaco» y como en 



üoO niSTORIA DE ESPAÑA. 

Ñapóles, cuyo víreinato tenia el daque de Pópolí. Raspéelo á las potencias es- 
irangeras, empleando alternativamente la amenaza y el halago» logró que le 
reconociera Portugal firmando un tratado de alianza con Luis; ganó al duque 
de Saboya negociando el enlace de su hija con Felipe, y lisonjeando al pía* 
montes consiguió poner guarnición francesa en Mantua para ir asegurando la 
Italia. Supo también atraerse en Alemania á loa electores de Colonia y do 
Sajonia, y al obispo de Munster. 

Por lo que hace al Imperio, y ¿ las potencias marítimas con quienes había 
hecho los tratados anteriores de partición, de sobra conocia Luis XIV. que do 
habían de resignarse ni permanecer pasivas á vista del poder colosal que ad- 
quiría la Francia ocupando el trono de España un príncipe de la casa de Bor- 
bon. Por eso, aunque el monarca francés estaba bien convencido de que eo 

r 

üUimo resultado la cuestión había de decidirse por las armas, y no se había 
descuidado en prepararse para la guerra, intentó sin embargo justificar so 
conducta, y al comunicar oficialmente á aquellas naciones la aceptación del 
testamento de Carlos 11. y el advenimiento de Felipe al trono de Espáfia, lo 
presentó como un acto de necesidad, como un sacrificio de los intereses de 
ia Francia hecho en obsequio de la paz de Europa, la cual había de asegurar 
mejor que los tratados de partición, protestando su deseo de conservar la 
baena armonía con aquellas potencias, y la integridad y la independencia de 
la monarquía española (i). 

Era evidente que no habian de bastar tales disculpas para tranquilizar 
aquellas naciones, que sobre conocer la desmedida ambición del monarca 
francés y sus artificios, comprendían demasiado que aunque pareciesen dos 
dominaciones distintas la de Felipe de Anjou y la de Luis XIV., él interés 
*de familia las h'abia de confundir, y lejos de fiarse de sus pacíficas promesas, 
suponíanle el pensamiento de realizar sus antiguos designios, de unir otra 
vez el Portugal á España, las Provincias Unidas de Holanda á los Países Ba- 
jos españoles, de restablecer en el trono de Inglaterra á los Estuardos, y 
sobre, todo de colocar con el tiempo en una misma cabeza las dos conxias 
de Francia y de Castilla. Luis XIV. habla cometido la grave falta de dar la- 
gar á este juicio, dejando traslucir este pensamiento en sus. cartas patentes 
de diciembre de 4700 con ciertas palabras proféticas (2). Sin embargo, ni In- 
glaterra ni Holanda se declararon al pronto contra él. Solo el emperador Leo- 
poldo se negó abierta y resueltamente á reconocer el testamento de Carlos n., 

(I) Memoria enviada por Torcy al emba- (S) Cartas patentes de Lnis XIY. para 

jador do Inglaterra. —Carta de Luis XIV. al conserTar á Felipe V. sus derechos eren- 

embsjador francés conde de Briond.— Obras tiiatcs á la corona de Francia. Memorias de 

de Luis XIV , tom. VI. Lamberty, lom.L 



PARTE III. UQRO VI. S5I 

dicteado qae ni había podido hacerle libremente, ni en ningún caso tenia fa* 
cuitad para dictar ana disposición contraria á I09 derechos de su familia y á 
los compromisos solemnes de ios tratados, y se preparó á la guerra, ó para 
conquistar la sa3esion de España, ó para desmembrarla al menos. Inglaterra 
7 Holanda, aunque sin acabar de decidirse, tomaron también sus dispo- 
siciones; llenaron sus almacenes, repararon sus fortalezas» aumentaron sus 
fuerzas de mar, y se dieron á estender sus alianzas. 

Pero Luis XIV., que se habia anticipado á todos cerno, de costumbre, y 
tenia listos para ello sus ejércitos, hizo invadir de impío viso los Países Ba- 
jos, y de acuerdo con el elector de Baviera se apoderó de todas las plazas 
qae guamecian los holandeses en virtud del tratado de Ryswick, haciendo 
prisioneros quince mil soldados. Intimidado con esto el gobierno holandés, y 
después de conferenciar los diputados de la república con los representantes 
de Inglaterra en la, Haya, decidiéronse ambas potencias á reconocer ¿ Fe- 
lipe Y., bien que exigiendo que evacuaran inmediatamente las tropas france- 
sas los Países Bajos, y que los ingleses no pudieran tener guarnición en 
Nieaport y en Ostende, proposición que oyó Luis XIV. con silenciosa al- 
tivez. 

Tampoco se habia descuidado entretanto el emperador, ya excitando á 
las potencias marítimas á la guerra, ya enviando emisarios donde quiera que 
podia suscitar enemigos al francés, inclusa la corte de Madrid, donde no fal- 
taban parciales de la casa de Austria, y donde el descontento crecía con el 
gobierno aborrecido del cardenal Portoearrero, y ya principalmente dirigiendo 
<QS faerzas á Italia, y preparando una conspiración en Ñapóles. Inclinados ¿ 
la novedad los napolitanos; divididos entre sí, aunque no mal gobernados 
por el duque de Medinaceli, prevaliéndose algunos contra él de ciertos des- 
arreglos propios de la juventud á que se entregaba (4), las intrigas del empe- 
rador encontraron algún eco en aquella ciudad: llegó á estallar la conjura- 
ción, se atentaba á la vida del duque, se dio suelta á los presos de las cár- 
celes, y se puso en lugares públicos el retrato del archiduque de Austria (2. . 

(1) «El tircy, dice Lcbret, estaba domi- ouncíado este proyecto i Uedinaceli, y i 

sado de ona pasión violenta hacia uua can- la media noche hito prender y dar tormento 

tatrixUamada Angelina Giorgina, que había é los dos asesinos. La conspiración, sin 

Hevadode Komn como sirviente de su mu- embargo, üegó á estallar, aunque parcial- 

Ser. Por su mano pasaban todas las gracias, mente. Cometiéronse algunos desórdenes, 

sedaban iodos los empleos, y á su influen- y se puso una bandera imperial en el cou" 

<^9e atribuían todas las injusticias y las vento de San Lorenio. La sofocó ei duque 

dilapidaciones de los caudales públicos.» de Pópoli, poniéndose al frente de algunos 

{% Los conjurados habían ganado al co- soldadosespa&olesy de machos nobles del 

eherodelvirey y al mae.-tro de armas de país. Fueron ejecutados algunos sediciosos; 

tus pige? para que le asesinaran. Fuéle de- el marqués de Pescara y el principe de Ca* 






252 HISTORIA DE ESPAiNA. 

La energía del de Medinaceli y algunas fuerzas espafiolas mandadas «por el 
duque de PópoU, sofocaron aquel amago de rebelión en su origen. Pero la 
noticia de este suceso, y la de los trabajos y manejos que estaba empleando 
el emperador en Italia, recibidas por Felipe V. en su espedicion ¿ Barce- 
lona, fueron bastantes para inspirarle el deseo y la resolución de pesar ¿ 
Italia ¿ visitar y proteger personalmente aquellos pueblos de sus dominios, 
para lo cual tomó las disposiciones que en el anterior capítulo dejamos in- 
dicado. 

• Embarcóse, pues, según dijimos, Felipe V. en Barcelona (S de, abril, 4702), 
con veinte galeras y los ooho navios que babian llegado de Francia, Uevando 
consigo á don Garlos de Borja, limosnero mayor; á su confesor el padre Dan- 
*benton, jesuíta; al embajador francés conde de Marsin; al duque de Hedí- 
nasidonia, nombrado Gran Justicia del reino de Ñápeles; al conde de San Es- 
teban; al secretario general Ubilla, marqués de Rlvas, qon cuatro oficiales; 
al conde de Bena vente, al de Villaumbrosa, al duque de Osuna, al conde de 
Priego, al duque de Monteleon, al de Béjar, y otros varios señores con sos 
respectivos mayordomos y pages; asi como varios caballeros franceses de su 
servidumbre, cuyo gefe era el marqués de Louville; entre todas ciento doco 
personas, sin contar los sirvientes. Hizo felizmente su navegación, y Inego 
que hubo desembarcado salieron á recibirle el marqués de Viilena, nuevo vi- 
rey de Ñápeles, éí arzobispo de la ciudad cardenal Gantelmo, y muchos no- 
bles napolitanos en lujosas carrozas, con cuyo séquito hizo su entrada sn 
aquella hermosa capital (46 de abril), en medio de la muchedumbre que 
obstruía las calles, y las aclamaciones de las tropas españolas, que á sa 
paso abatían las banderas y gritaban: «iViva Felipe \A» 

Aunque causó una agradable impresión en el pueblo napolitano la presen- 
cia de su nuevo monarca, y todos los funcionarios y corporaciones acudieron 
¿ besarle respetuosamente la mano, no prodajo en verdad aquel entusiasmo 
. que 08 la espresion del verdadero amor y cariño. Un incidente, de aquellos 
á que el vulgo da en ocasiones gran significación, vino á hacer formar estra- 
nos juicios y cálculos á las gentes crédulas y sencillas. El dia que ,S. M. fué 
á visitar la capilla de la catedral llamada ol Tesoro, donde se conserva con 
gran veneración la sangre del santo mártir y patrono popular de Ñápeles 
San Genaro, el arzobispo y cabildo quisieron hacer ver al rey el milagro de 
licuarse la preciosa sangre de la santa ampolla. Pero aquel dia no se liquidó 
como otras veces la sangre á la aproximación del relicario que encierra la 

serta fueroD acusados de alta traieioo, y se , de reemplazarle con et marqués deVHlena» 
.es cooflscaroD sus bienes. Sin embargo, duque de Escaloaa.--BoUa,i»ttoriad* Italia» 
hubo aecesidad de relevar á Medinaceli, y 



PARTE! ill. LIBRO VI. Sr>3 

cabeza del santo, y Felipe salió del templo con el d^sconsnelo de no haber 
visto aqael tan celebrado prodigio. La sangre se licuó después; apresara da* 
mente salieron algunos á dar aviso, a) rey, que ya iba camino de palacio, y 
\olvió n»s tarde á ver el milagro, lias ya no faltó en el pueblo quien co- 
meotára el suceso como una señal visible de qae no le había de asistir U 
protección del cielo (4). 

Hizo DO obstante cuanto pudo Felipe para captarse el aprecio de aquellas 
gentes: indultó á los comprometidos en la pasada conspiración: rebajó impues- 
tos, perdonó deudas atrasadas, suprimió gabelas; remuneró largamente á los 
qae se babian conducido bien en el motin de 23 de setiembre de 4704, con- 
firió á machos nobles napolitanos la grandeza de España, haciéndolos cubrir 
á so presencia; recibió cortés y afablemente á los legados de Roma, y á los 
qoe iban á besarle la mano y rendirle bomenage á nombre de los príncipes y 
de hs repúblicas de Italia; presentábase con frecuencia y con cierta franca 
dignidad en los sitios y en las diversiones públicas; juró solemnemente los 
fueros y privilegios otorgados á aqu^ reino por sus antecesores; halagó al 
clero y al pueblo, obteniendo una bula de S. S. en que se declaraba á San 
Genno patr^m de España como el apóstol Santiago; oía misa diariamente, y 
daba ejemplo de devoción y de piedad; en las fiestas públicas le ensalzaban y 
prodigaban alabanzas, y le consagraban multitud dé honrosas inscripciones. T 
sÍQ embargo, no cesaban de susurrarse tramas, ni dejaba de hablarse; de cons-» 
píraciones, que probaban no ser del todo sinceras aquellas esteriorcs demo" 
traciones de afecto; algunas personas fueron desterradas, y otras eran vigila- 
das por sospechosas (2). ' ' • 

Deseaba ya Felipe V. pasar áe Milán para ponerse a) frente del ejército do 

(4) Joumal du ooyage d* ¡ítUie, dé I* ii^ Rotte lof manascrito» de la Real Aea^ 

9i»eihle 9Í glorieux monarqu» Fhilip- demia de la Q>sioria se encuentra um* 
p*V.jrofd* Etpagne H de Napier. par bieacepia en itaüano de un bando paeslo 
Ai^Mne Bulifoi^, por los coojarados á oombre de CpirÍ9 Vi, 
^1 Botta',Sioriad' Italia.— Dochez, Ojea- Atf dt Aispo/t; unos versos castellanos f eli- 
da sobre los destinos de los Estados i u lia- citando al rey por la separación de Uedi- 
aosdelTOO á f76S.— Balando, Historia civil naceli, y ona comedia festiva y satírica, en 
deEspafta, Pact. IL, cay T.^Rebelion de tresJoroMlas, Utulada; La pérdida de B- 
Ñápales en 470i: 4'cliivo de Salazar, númc- paña renovada en NápMt^ cuyos pápele» 
vos 86 y 65. se dislribuian de laynanera siguiente* 

Rey don Eodrigo Duque de Hedinaceli. 

Ataúlfo, yríBier minisiro. - Principe Ottaíano. 

fil obispo Oppas*...^....... Monseñor Noriega (el eonfesor). 

Florinda, (a) U Cava ....^ La Giorgína. 

Gande don Jaliao..... ... Príncipe de Machia. 

ttftncral TariL......... Don Garlos de Sangro (el qae degollaron > 

Xota-^--..-^ El principe de Casería, ete. 



55 V HISTOBIA DE ESPASA. 

Lombardíá, donde los imperiales conducidos por el príncipe Eugenio hacían 
la guerra á españoles y franceses á intento de arrebatar á Felipe la posesión 
del^Milanesado. Babia tratado Eugenio de sorprender á Mantua y á Cremona, 
y aunque no logró su propósito, hizo prisionero al mariscal francés Villeroy, 
que fué reemplazado por el intrépido Vendóme. Un ejercito de cincuenta mil 
franceses, enviado por Luis XIY., babia penetrado en Italia, obligado al prín- 
cipe imperial á levantar los sitios de Mantua y de Goitp, y á concentrar sos 
fuerzas entre Mantua y el Pó. A apoderarse del pais que domina el Pó y á ar- 
rojar á los alemanes de Italia dirigia sus miras y sus movimientos el general 
francés. En tal estado sal^ó Felipe de Ñapóles {% de junio, 4702); fué visitando 
las plazas y guarniciones españolas de la costa de Toscana, recibió felicitacio- 
nes de las repúblicas de Genova, y el 44 desembarcó en Finale, donde le es- 
peraba el gobernador de Milán príncipe de Vaudemont con gran cortejo de 
damas y de caballeros, y donde hizo multitud de mercedes de grandezas r 
títnios, y dio libertad á algunos oficiales alemanes prisioneros que le fueron 
presentados, diciéndoles: «Id al ejército imperial, y decid á mi primo el prío- 
«cipe Eugenio que pronto me verá al frente de mis tropas.» Prosiguiendo su 
viage á Milán, salióle al encuentro cerca de Alejandría el nuncio de S. S.» aquel 
mismo de quien dijimos en el primer capitulo que habia venido á España á 
tratar de la paz á nombre del pontífice, y que habia encontrado á la reina en 
Monserrate. AUi acudieron también é saludarle los duques de Saboya, padres 
de su esposa la reina de España, y después de mutuos agasajos y de algunas 
conferencias volviéronse aquellos á Turin y el rey continuó su jornada á Milán, 
donde llegó el 48, (junio, 4702) é hizo su entrada á caballo» y recorrió las ca- 
lles en medio.de las mis vivas aclamaciones de los milaneses (4). 

Todo era en Milán festejos y regocijos; mostráronsele tan de corazón adic- 
tos aquellos naturales, que á diferencia de los catalanes, aragoneses y napo- 
litanos, ni siquiera le indicaron que les jurara sus fueros; adhesión á que el 
rey correspondió también por su parte; pero las fiestas y agasajos no le impi- 
dieron pensar en los aprestos de guerra para salirá campaña, como lo verificó 
el 4 .0 de julio (1702), después de dejar ordenadas las cosas del gobierno (2), 
En Cremona, donde se reunieron Jos generales y se celebró gran consejo, de- 
terminó el rey mandar en persona un cuerpo de treinta mil hombres, con el 



(fl) Journal da voyage d*Italie.— Maca- á Ubilla para que en lo sveesWo estuviera 
nái. Memorias, MSS. lom. I., cap. 7.-~WI- sentado mientras el rey despachaba: ccosia, 
iliam Goxe, Historia de Felipe V., c. 6.— Be- «aftade, qae jamás se habia visto, pues has- 
lando, Historia civil, P. II., es. 8 y 9. «ta entonces el secretario del despacho uoh 

(a) Seguia despachando con él el secreta- «versal siempre habia asistido mientras du-* 

;rlo Ubilla, y cuenta Macanas que allí facultó «raba el despacho hincado de rodillas.» 




Parte iii. libro vi. S55 

duque de Venddme, j el conde de Águilar, general de la caballopa estrangc* 
ra: oiro de veinte mil había de mandar e! príncipe de Yaudemont, con el 
marquésdeAy tona, maestre de campo general; y distribuidas conveniente- 
meate las demás fuerzas, se puso en marcha el ejército combinado (20 de ju- 
lio), dividido en columnas, de bs cuales la izquierda era Va del rey, con reso- 
loción de pasar el Pó. No lejos de este rio encontró el de Vendóme, que so 
babia adelantado con una parte de la columna del rey, un cuerpo respetable 
de tropas imperiales (S6 de julio), el cual, depues de un combate obstinado, 
foéoompleiamente derrotado y deshecho, con mas de mil muertos y heridos» 
y con pérdida de muchos pertrechos de guerra y trece estandartes, que se tra- 
jeron ala iglesia de Nuestra Sefiora de Atocha en Madrid. Llamóse aquel el 

« 

campo de la Victoria, y aquella misma noche apresuróse el rey á comunicar 
tan faosla nueva, asi á la reina de España, su esposa, como á Luis XIV.,. 
soabaelo, el cual publicó el parte en Versalles con mucha pompa y haciendo 
grande elogio del joven monarca español; 

Desde aqael dia todos los movimientos y operaciones de la campaña fue- 
roa importantes. En mas de dos oaeses que asistió á ella Felipe, apenas se 
dio ttQ dia de descanso; en unas parles acometia él mismo á la cabeza de sus 
escuadrones, en otras intimaba las plazas y las rendía, y en otras recorria las 
lúeas á caballo en medio de los iflayores peligros, sin querer tomar ni cota 
de malla, ni peto, ni espaldar, ni otra defensa alguna. Para unir mas las tropas 
deambas naciones, mindó qne á la escarapela encarnada, que era la de los es- 
padóles, se añadiera la blanca, que era la francesa ^ y que los franceses á su 
vez juntaran á la escarapela blanca la encamada de los españoles, quedando 
asi confundidas las divisas de las tropas de ambos reinos. En uno de los mas 
recios combaites, el que se dio á la parte meridional del Pó, orillas del canal 
deTezo (44 y 45 de agosto, 4702), pasó el rey cerca de cuarenta horas sin 
dormir, y casi sin tomar alimento. En ^sta célebre batalla murió, por parte 
délos austríacos, el príncipe de Commerci, el mas hábil de sus generales y el 
mas querido del príncipe Eugenio; por parte de los franceses, el veterano ma^ 
nacal de Crequi con otros generales; el mismo Felipe fué herido, aunque 
no de gravedad, y una bala de cañón mató á on oficial que estaba á so 
lado. No se distinguió menos por su valor y serenidad en el sitio de Bor- 
golbrte. 

«Repárese, dice un ilustrado historiador español de aquel tiempo, que el 
«dia de Santiago fué el primero que el rey marchó con el ejército en batalla; 
«dia de Santa Ana derrotó á los enemigos en el campo de la Victoria; dia de 
>ia asunción bn el de Luzzara, y dia de la Natividad de Nuestra Señora se le 
•rindió Goastalla; todas Cuatro fiestas celebradas de ios espiróles, y de graa 



t >6 HISTORIA DK ESPAÑA. 

tfdevocion de los seftores reyes (4).» Condajéronse Umblen bizarramente el da« 
que de Vendóme, el de Saboya, que mandaba las tropas de su estado, el conde 
de San Esteban de Gorma z, el de Monteleon, el virey marqués de Tillena, j 
otros ilustres generales españoles. Al de Vendóme púsole el rey por su mano 
el toisón de oro en premio de su comportamiento en esta campafia. El reato 
de eUa se pasó tomando casi todas las damas plazas que ocupaban loa ioipo- 
riales. 

A fines de setiembre se retiró Felipe V. á Milano con ánimo de regresar & 
España, donde urgia ya su presencia á causa de sucesos que estaban ocur- 
riendo en otros estados de los dominios españoles, y muy especialmente en la 

• 

península y en la corte misma. Desde Italia escribió al rey Cristianísimo dan-* 
dolé las gracias por los eficaces socorros que le babia enviado, y Luí» XIY. 
le contestó alabando su conducta en la guerra. «Habéis corrospondidOy le de- 
«cia, durante la campaña, á lo que yo esperaba de yaestro valor, y las prae* 
«bas que de él habéis dado muestran que sois digno de vuestra sangre y del 
atronó en que el Señor os ha colocado. El amor de los españoles aumenta á 
«proporción de la gloria que habéis adquirido, y antes de vuestro regreeo 
«á España os doy con placer todas las alabanzas que ya sabia yo habíais de 
«merecer, las cuales no deben pareceres sospechosas, siendo^ yo el que oa las 
«tributo, porque solo alabaré en vos lo d%no de elogio, asi como os daró 
«consejos en punto á vuestros defectos, deber que me imponen el carido quo 
«os profeso y la confianza que en mi tenéis..... (f)j> 

Tampoco habrían venido mal al mismo anciano monaroa algunos boeixw 
consejos. Puesto que en vez de calmar con una <;ondQeta prudente y mode- 
rada los celos y la alarma de las demás naciones, las provocó y exasperó do 
modo que se envolvió él y envolvió á España en sangrientas luchas que acaso 
se habrían podido evitar. No contento con' haber reconocido tácitamente en 
sus cartas patentes los derechos eventuales de su nieto á la corona de Fran- 
cia; con irritar á la Holanda invadiendo bruscamente los Países Bajos; con 
dañar é incomodar á la Inglaterra, lastimando sus intereses mercantiles, y 
cerrando á los buques de las dos potencias marítimas los puertos de Espafta^ 

(1) Naeanii, tf em«ria8 de Tessé, tom. 1. b<» fneseii kts d«l»guem, y qaejáinseque 

—Journal du Tojage d* Italie.— Belando, basta las cartas qae le escribía, asi á él oono 

P. IL capitulo 40 á 13.— Bolta, Storia á la reina de España, eran dietadas por Lou- 

d* Italia. ville. Lo cual acaso consistía en cierto ba- 

(-2) Memorias de Ifoaílles* tono II.— Los «lor hipocondriaco qae se obsorró haber co« 

consejos, ó mas bien reconvenciones que menzado á dominarle en Italia, y que lUg& 

le hacia en la misma caria» se referían á & degenerar después en una terdadera eo« 

cierta indolencia 6 apatia que decía noCár* ftrmodad y terrible padecimiento; 
sele para el despacho de otros aegocioa que 



r 



PARTE ni. LIBRO VI. S57 

eos poneHas en el caao de confederarge con el Imperio, con Dinamarca y coil 
Brandaborg para libertar los Países Bajos de la ocupación del ejérdto íran* 
cés, impedir la reunión de las dos coronas de España y Francia en una mís« 
na persona, y la posesión que Francia pretendia de una parte de las Indias 
Occidentales españolas, y ann la agregación de los Paises Bajos al dominio 
fnacés; todavía cometió otra mayor imprudencia, qne pnso el sello é todas 
las anteriores. Habiendo maerto el destronado rey de Inglaterra Jacobo H* 
(17 de setiembie, 4704), Luis XIV. hizo la locura de reconocer á so hijo oo» 
mo legítimo rey de la Gran Bretaña; acto que el pueblo inglés miró como an 
vltrag^, como un atentado contra sus derechos y su independencia, y qoe hí* 
20 prommpir á aquella nación en un grito general de guerra contra Francia* 
Entonces el parlamento aprobó por unanimidad el tratado de la Haya, totó 
auxilios poderosos para el aumento del ejército y para los gastos de la guerra» 
japroYechando Guillermo III. aquel espíritu tan favorable á sus miras, se 
sjffesoró ¿ enviar á Holanda un cuerpo de diez milhombres al mando del con* 
da de Marlborougb, y se preparó ¿ pasar él mismo el estrecho para dirigir las 
operaciones de la guerra (4). 

La muerte sorprendió ¿ aquel belicoso príncipe cuando tan cerca estaba 
de realizar sus planea (8 de marzo, 4708). Pero el pensamiento estaba ya ea 
d espirita de la nación inglesa, y no por eso se entibió el ardor nacional* 
Llamada al trono la princesa Ana de Dinamarca, hija de Jacobo, pero pro« 
testante y enemiga de la Francia; confiada por la nueva reina la administra* 
cioD del estado á Godolfin y á llarlborourgh, versado el primero en los no* 
godos de hacienda y de gobierno interior, distinguido el otro por su habili* 
dad ea la guerra y en la diplomacia: puestos los dos de acuerdo con el gran 
peosionario de Holanda Heinsius, renovóse la unión de las dos potencias ma« 
rilimas tan estrechamente como cuando habian sido regidas ambas por Gui- 
llermo de Nassau. 

Mas si Marlboroagh llegó á reunir en los Paises Bajos un ejército de sesen* 
ta mil hombres» otros tantos mandaba alli el duque de Borgofia, nombrado 
por Luis XIV. general en gefe de sus tropas, dirigido por el mariscal Boflers; 
esto ademas de los cuarenta y cinco mil con que habia cubierto la frontera 
de Alemania. Sin embaído, no obtuvieron los franceses en aquella campaña 
las ventajas á qtie estaban acostumbrados, antes bien perdieron 'varias pla« 
zas importantes, entre ellas Venlóo, Ruremunda y Lieja. También en la Al* 
sacia presenciaron la rendición de la de Landau. La guerra de Alemania ha« 



(I) lohtt Lingard, centiavaelon de la Hit- d«, Bisloria ehril. Parle III., c. 4 á 4« 
twiadela lofrlaicrra, oapi. 19 j 16.— Belan- 
lOMO 1X« 47 



953 HISTORIA DE ESPAÑA. 

bia sido declarada on la Dieta de Ratisbona, y publicada en un mismo día 
en Londres, Viena y la Haya (i 6 de mayo, 41 Ot) con Luis XIV. y Felipe V. 
como usurpadores del trono de España» y corria sus vicisitudes y alternati- 
vas, sostenida con habilidad por los generales del Imperio. 

Pero lo que puso más en cuidado á la reina y al gobierno español fué la 
noticia de haber arribado á la bahía de Cádiz (julio, 4702) una escuadra an- 
glo-holandesa de cincuenta buques de guerra, con los barcos necesarios para 
el trasporte de catorce mil hombres, de que era general en gefe el duque de 
Armond, y almirantes el inglés sir Jorge Rooke y el holandés Allemond. £1 
objeto de esta espedicion formidable era apoderarse de Cádiz y de los puntos 
vecinos, y establecido un centro de operaciones irse derramando por el país 
y promover un alzamiento general contra Felipe, para lo cnal contaban con 
los adictos al Austria y con los descontentos del gobierno. El plan había 
sido fraguado entre el príncipe de Darmstad, que desde Lisboa fué á incorpo- 
rarse á la armada, y el almirante de Castilla, uno de los magnates enemigos 
del gobierno de Portocarrero, y hombre de muchas relaciones y mucho in- 
flujo en las provincias del Mediodía (4). 

Razón sobrada habia para alarmarse y temer, atendido el estado de aban- 
dono en que la Andalucía, como todas las demás provincias, se halhiba; rai- 
nosas y desguarnecidas sus fortalezas, sin provisiones sus almacenes, sin na- 
ves sus puertos, vacíos sus astilleros y arsenales, sin tropas de que disponer 
el gobernador de Andalucía, que lo era el marqués de Villadarias, pues al ar- 
ribo de la flota enemiga apenas pudo reunir ciento cincuenta infantes y trein- 
ta caballos. No pasaba de trescientos hombres la guarnición de Cádiz, sin 
provisiones ni municiones de guerra. La poca fuerza militar de España esta- 
ba en Italia y en Flandes, y toda la que habia en los dominios espSiúoles no 
escedia de veinte mil hombres; la marina estaba reducida á unos pocos bu- 
ques viejos y estropeados. Habia una milicia urbana en la nación, pero sin 



(I) Goenta el marqués de San Felipe eo estaban las plazas, siendo como ora la llave 

«08 Gomenlarios, que algon tiempo antes del reino. Qae el holandós recogió Uespc- 

habia sido enviado an comisario holandés á cié, y regalando al almirante un reloj de re- 

Cádií, con la misión de esplorar el estado petición le dijo: vAcordaoi de mi cuando 

del pala, el de sos fuerxaa militares, el de $uenúla campana.» Con lo cual ambos se 

las plaias y castillost el de la opinión pú- ent¿^ieron. «Asi se tramó, dice, una licita 

blica, y el número y calidad de los paroia> conjura, comprendiendo el forastero esplo^ 

les de Austria. Que de alli pasó i la corte, y rador que se debia atacar la Andalucía, y 

se hospedó en la casa del embajador de Ho- que no seria el almirante el postrero ¿ de> 

tlanda yambos hablaron con el almirante, el clararse por los austríacos. Asi lo refirió á 

cual enseñándoles un mapa de España, y su vuelta al gobierno de Holanda, etc.»— 

alabándoles el pais de Andalucía, les infor- B.^ando, Qistoiia civil, partei., c. 32. 
mó de lo descuidadas y desguarnecidas que 



r 



PARTB III. LIBRO VI. fiSO 

iWruccroD ni disciplina militar; se habia obligado á los labradores y ganade- 
ros i tener en sa casa un arcabuz, y se babia inscrito por fuerza sus nombres 
eD un libro, pero no habia otras señales de su existencia (4). 

Coando parecia'no haber medio de conjurar taii grave conflicto, la reina 
liaría Luisa de Saboya, con una resolución, con un valor y una hiteligencia 
Superiores á su edad y á su sexo, reúne su consejo, ofrece sus joyas para aten- 
der á los gastos de la guerra, y declara que está dispuesta á ir ella misma á 
ándaiucía, y perecer si es necesario, para salvar aquella provincia. 

«Yo veo, les dijo, que no pensáis en las providencias según la necesidad lo 
tpide: el rey empeñado en combatir sus enemigos en Italia ha espuesto cada 
cdia su persona á los mayores peligros, y no será justo que en el interior yo 
«estecen quietud viendo padecer sus vasallos y peligrar la España. Y asi 
ilened entendido que desde esta tarde saldré yo á campaña, é iró ¿ esponer 
«mi persona por mantener al rey lo que es suyo, y librar á sos vasallos délas 
thostilidades de los ingleses; pues cuando el rey acabe allá, y yo perezca acá 
«por tan justa causa, habremos cumplido lo que ha estado de nuestra parte; y 
«asi mis joyas, oro, plata y cuanto tengo, ha de salir hoy conmigo de esta 
«rórte, para ir á la oposición de los enemigos.» Y diciendo esto, dejó derra- 
mar algunas lágrimas (2). 

La decisión y la elocuencia de la joven reina sacan de. su apatía á sus in- 
dolentes ministros; el cardenal Portocarrero se ofrece á mantener seis escua- 
drones de tropas ligeras; el obispo de Córdoba nn regimiento de infantería; el 
arzobispo de Sevilla todos los frutos y rentas de sa arzobispado; nobleza, 
clero, pueblo, todos se prestan á tomar las armas, todos le ofrecen sus vidas 
y haciendas, y hasta el almirante de Castilla, conde de Melgar, el autor de 
aquella empresa estrangera contra su patria, para alejar la sospecha que de 
él se tenia y disimular su complicidad, ofrece sus servicios á su soberana. To- 
da la Andalucía alta y baja se puso en armas, pretendiendo cada cual ser el 
primero en sacrificarse por su patria y por sus reyes. 

Por fortuna, divididos y desacordes entre sí los gefes de la expedición, de»> 
!^ de enojosos debates sobre el modo do verificar el desembarco y el ata- 
".Qe y de las dilaciones que esto produjo, limitáronse á amagar los fuertes de 
Santa Catalina y Matagorda, á saquear los pueblos de Rota y Puerto de Santa 
ibíia, donde los habitantes de Cádiz habian trasportado sus objetos mas 
pficiosos, no perdonando templo ni lugar sagrado en que no se cebara sa 
<^icia, no pudiendo evitar las vírgenes consagradas al Señor la brutalidad 

(f) San Felipe, GomcnUrios, fpm. 1., pá- (S) Ifacanái, Memorias HM. 8S. cap. 9r 
|IB«. 80. 



«60 BfSTORlA DE ESPA5ÍA. 

lasciya y desenfrenada del soldado. T acobardados ante la actitud imponente 
que ya presentaba el país, volvieron ¿ embarcarse, dejando machos prisione- 
ros y muertos, libre la provincia y llena de inmortal gloria la reina. T elprfo- 
cipe de Oarmstad, que babia dicho con arrogancia: fiHahia ofrecido ir á Mü" 
dridpoiande por Cataluña-, ahora veo qtie será preciso ir á Cataluña pa» 
sando por Madrid,» renunció á venfr á la corte, contentándose con llevar al- 
gunos millones á que ascendió el fruto del pillage y del saqueo. Con esto su- 
frió un notable cambio el espíritu publico de España, indignando tan ^fame 
oondocta de los aliados á los mismos que ¿ntes parecia estar mas dispuestos á 
declararse por la causa del Austria (4). 

lias á este tiempo había llegado al puerto de Vigo (huyendo de encofitrarBO 
en Cádiz con la armada enemiga) la flota que venia de Indias con dinero á car- 
ga del general don Manuel de Velasco, y escoltada por una escuadra francesa 
que mandaba filr. de Chateaurenaud. Como el arribo á aquel puerto era una 
cosa impensada y fuera de costumbre» y no se encontrara alli ministro que 
reconodera las mercancías para el pago de derechos, sin cuyo requisito no 
podb hacerse el desembarco, según las leyes, sucedió, que en tanto que se 
dio aviso á ia corte» que aqui se discutió largamente sobre la persona que 
babia de enviarse, que se determinó enviar á don Juan de Larrea, que este 
cmiaejero dispuso d^pacio su viage, y empleó en él largo tiempo, y que des- 
loes de UegBr se entretuvo en discurrir sobre el ajuste de lo que venia en la 
flota ; dióse lugar á que la armada anglo-holandesa de Cádiz, que tuvo noticia 
de todo, se dirigiese y arribase á las aguas de Vigo antes de efectuarse el des- 
embarco. Y embistiendo la flota española, y rompiendo la cadena que de- 
fendía la boca del puerto, y sufriendo el fuego que se les hacia desde los 
baluartes de la ciudad, apresaron trece navios españoles y franceses, entre 
ellos siete de ^erra, echaron á pique otros, incendióse uiio de tres puentes 
Inglés, perdióse una inmensa riqueza en oro, plata y mercancías, perecieron 
dos mil españoles y franceses, y ochocientos ingleses y holandeses, y sucedie- 
ron otros desastres lastimosos (octubre, i 70S). 

Recibióse la noticia de esta catástrofe en Madrid el dia y ¿la hora que se 
babia señalado para que la reina saliera en público á dar gracias ¿la Virgen de 
Atocha por los triunfos del rey y ¿colocar en aquel templo las banderas cogidas 
á los enemigos en Italia. Aquella prudente señora lloró amargamente tan fatal 
noeva, mas no queriendo afligir y desalentar ¿ su pueblo, revistióse de firmeza» 
yUevando adelante su salida, presentóse con tan sereno rostro que dejó ¿ todoa 

(i) Solo «1 fobernador de Rota se pro- cferon expiar eon la vida nudeslealud.— San 
mudó por los aastriacoSt pero habiendo Felipe, Gomenl. lom.I.-nelaudo, P. I** 
saldo en manos de sui compatriotas, lobi- pituloas.' 



PAHTE l\L L1QR0 Vh 2C1 

maravillados de su pi-odencia y ra valor, y la ceremoQÍa se ejecutó como si na- 
da hobiera sucedido. Túvose por conveniente no formar procesa á los culpables 
déla calamidad de Vigo» que hubieran sido muchos, sin esoeptnar los miiíTstros» 
y todavía podo sacarse no despreciable cantidad de oro y plata de los boques 
qoe se habían ido á fondo (f). 

Aonque al almirante de Castilla le alcanzaba tanta responsabilidad por la 
desgracia de Vigo, como consecuencia de la espedícion contra Andalucía, sin 
duda solo se tenian de él sospechas, cuando el cardenal Portocarrero para ale- 
jarle de la corte y siendo tan contrario suyo no se atrevió á hacerlo sino bajo 
vn protesto honroso, nombrándole embajador cerca de la corte de Versalles, 
donde no podía hacer dafid, y cuyo nombramiento aprobó el soberano francés. 
Vaciló algún tiempo el orgulloso magnate en aceptar aquel cargo, recelando 
qoe foese una emboscada política, y temiendo hasta verse preso en llegando 
allá. Pero después, discurriendo que aquello mismo pedia facilitarle burlar 
mejor ¿ sus contrarios, admitió la embajada, y tomando públicamente sus dis- 
posiciones para emprender el viage, y sin revelar su oculto pensamiento sino 
al embajador de Portugal don Diego de Mendoza su amigo, despidióse de la 
reina y de la corte, y partió camino de Francia. Mas á las pocas jomadas, 
figurando haber recibido nuevas instrucciones de la reina para pasar antes á 
Portogal, vario ds rumbo y encaminándose á aquel reino penetró en éi y se 
dirigió á Lisboa, donde ya desembozadamepte esplicó las razones de aquel pro- 
ceder, y aun publicó un manifiesto, que era una verdadera invectiva contra 
el gobierno de Madrid, bien que protestando todavía fidelidad á sn rey. Sin 
embargo, el embajador de Espafia en Portogal le proclamó rebelde, y de serlo 
dio hartas pruebas en adelante siendo uno de los mas eficaces partidarios y au- 
xiliares del archiduque de Austria. Formósele proceso, y le fueron confiscados 
les bienes. 

La defección del almirante, uno de los mas poderosos magnates de Casti- 
lla, y de los mas emparentados con casi toda la grandeza y nobleza de Espa- 
Ha, hombre además de bastante ingenio, travesura y expedición, fué de un 
ejemplo funestísimo, y todos consideraron su fuga como la señal de una de- 
fección genera] en la grandeza y como el preludio de la guerra civil. 

Todos estos acontecimientos habían hecho y hacían cada día mas necesario 
el pronto regreso de Felipe V. á España. Detúvose no obstante todo el mes de 
ectobre en Milán hasta poder pasar revista á un regimiento de caballería espa- 
fiola y otro de infantería walona, con una compañía de mosqueteros flamencos. 



(4 Kacaiiái, Memorias manuscritas « ca- —Be lando. Historia cítíI, P. h, c SB. 
pílalo S.--&ID Felipe, Gomeotarios, A. f70a. 



26$ HISTORIA DE ESPAÁ\. 

que creó para guardia de su real persona. Hizo allí merced del Toisón á los 
príncipes sus hermanos y á algunos otros caballeros franceses; otorgó varias 
mercefles de títulos y grandezas de España, distribuyó los mandos del ejército 
de Italia, y designólas personas que le habian de acompañar á la península. La 
ciudad de Milán le regaló una corona y un cetro de oro en señal de su fidelidad, 
ünico presente que S. M. aceptó de aquellos naturales. Allí recibió también al 
cardenal d'Estrées, enviado por Luis XIV. como embajador extraordinario de 
España en reemplazo del conde de Marsin. Las instrucciones dadas por el mo- 
narca francés al nuevo embajador manifiestan que, mas conocedor ya del ca- 
rácter del pueblo español, había determinado seguir una nueva y diferente po- 
lítica para con la España: puesto que en ellas le exponia sus quejas de Marsin 
y de Louville por su funesta influencia con Felipe, á causa de la excesiva pre- 
ferencia que leiíacian dar á los franceses, con justa ofensa y manifiesto agra- 
vio de la dignidad y del orgullo español, cuyo amor y simpatías corría grande 
riesgo de enagenarse. Añadíale que la mejor consejera del rey debía ser la rei- 
na 8u esposa, cuyo talento y discreción elogiaba, en unión con la princesa de 
los Ursinos (4). 

Partió pues Felipe V. de Milán (7 de noviembre, 470S), acompañado del 
nuevo embajador, y encaminándose por Pavía, y Alejandría á Genova, detú- 
vose algunos dias en esta ciudad, recibiendo los obsequios y atenciones del dux 
y del senado de aquella república enemiga. Llególe allí por estraordinario la 
fatal noticia de la catástrofe de Vigo, y aunque pareció que debería ser an agui- 
jón para acelerar sa viage, hízole mas lentamente de lo que era de esperar. 
Puesto que desde Genova, donde se reembarcó el 46, hasta Figneras empleó 
un mes cumplido (hasta el 46 de diciembre). Esperábale alli el conde de Pal- 
ma, virey de Cataluña. Desde aquella ciudad despachó un estraordinario á la 
reina, con un decreto en que mandaba cesase la junta de gobierno que babia 

(I) «Desvia «I rey de tn servicio á los es- «rey de Espafia el mayor conato en ganar 

«pañoles (le decía eotre oirás cosas) á causa «la voluntad de sus vasallos: si estima poco 

«de una prefcrenoia demasiado manifiesta á «á los españoles, es (oerza que lo oculte 

«lo» franceses. Diriase que sus subditos son «cuidadosamente» reOexionando que ellos 

«para él insoportables; á lo menos de esto «son los que gobierna y con ellos tiene que 

«se quejan ellos, asegurando que por esta «vivir La nación española no hadado al 

«razón muchos se volvieron á Madrid en lu- «mundo menos hombres eminentes que otra 

«gardo acompañarle al ejército: añaden «cualquiera, y puede dar muchos más toda- 

«que desde que S. M. ha salido de la capí- «via Su amistad á Francia debe inspirar- 

«tal ha cesado completamente de hablar su «le el deseo de que vivan en la mas estrecha 

«idioma El reyes frío, y los españoles «unión españoles y franceses, y si prefiero 

«circunspectos: nada por lo tanto sirve de «á estos, se aumentará el odio de aquellos, 

«lazo entre el soberano y sus subditos, y asi «y harto fuerte es ya por desgracia la an* 

«se aumenta la natural antipaifa entre fran- «tipatia.»— Hemu ía de NoaiUes, tom. U 
ÍQCS9S y españoles. Es preciso que ponga e] 



r 



*».. UbtiOVl. 263 

creado al iíempo de pasar á Italia, agradeciendo mocho el celo con qne du- 
rante saaosencia habían desempeñado sa cargo todos los ministros, el cual 
tendría presente para remunerar sus servicios, y ordenando qne se le enviasen 
lo6 n^ocios para despacharlos por sí mismo, á escepcion de los que por su 
urgencia hubiera de despachar la reina (4). 

Prosiguió el rey su viage por Cataluña y Aragón, descansando algunos días 
en Barcelona y Zaragoza; y no empleando mas celeridad que antes en el ca- 
mino llegó eH3 de enero á Guadalajara, donde había salido la reina ¿ recibir- 
le, y juntos hicieron su entrada en Madrid (47 de enero, 4703), siendo acla- 
mados por el pueblo con las mismas ó mayores demostraciones de regocijo que 
cuando por primera vez entró en la corte de España (2). 

(I) IIaeanls,IIemorii9, eap.9.^8anFe- (S) San Felipe, Comentarios.— Belando, 

Iipe,Goment.A. l703.~SUÜoeTarto de sa flístoriacitU.— Vaeanix, Memorias, II8S.— 

Tjage basu salir de Italia paede verse en Diario de sucesos de 1701 i 4706. MÓ> '• la 

dopAsculo JomrwU dé PkHippe V. 9ñ Biblioteca NaciooaU 
ikoíif. 



GAPITIILO lU. 



luchAl de influencias en la corte. 



AGTIYIDAO DEL BEY« 



tfea« 



C»ndiMU del rey é «i regreto á Sspafie.— RireNdad entre la prineeM de loa Uniaoi t el 
«mbi^tdor franeói.— iDirigas del cardeaal.-^nte8Uciooet entro Lnie XIV. y los reyes 
de Etpafia sobre este panto.— Triaofo de U princesa sobre sos rivales.— Separaeioo del 
cardenal enibjOador.«->Retirada de Portocarrero.— Nuevas intrigas en las dos eértes.— 
Bl abate Rstrées.— Aplicación del rey á los negocios de Bstado«-^Reorganiza el ejércf- 
to.~R8pontaneidad de las provincias en levantar tropas y aprontar recorsos.— Actividad 
de Felipe.— Anuncios de guerra.— Ligase el rey de Portugal con los enemigos de Bspa* 
Ha.— Tiene el arcliidoqoe de Austria á Lisboa.— Declaración de guerra por ambas par- 
tai.-^Est«de de la guerra general en Alemania, eo Italiii y en los Países Bajos 



Ten pronto oomo Felipe regreso ¿ la corte de España» y ae desembarazó 
do las primeraa cerecoonias de los besamanos, de los plácemes y de los fes- 
tejos con qae se celebró su entrada, puso en ejecución sn decreto espedido 
eu Figoeras consagrándose á despachar por sí mismo todos los negocioe de 
gobierno» sin dar entrada en el despacho á ningún consejero, ni de los que 
le habian asistido en su jornada, ni de los que hablar formado el de la reina 
durante «a ausencia; pues no queriendo servirse de todos, ni hacer preferen- 
cias que suscitaran celos y rivalidades, tuvo por mejor no admitir á ninguno^ 
Veremos luego los saludables efectos de esta conducta del joven monarca, qáe 
Cfi^ó ^n novedad y estra&ezaj» especialmente al cardenal Portocarr^t»» qoei 



r 



PAUTE ni. LIBRO VI. 265 

tanta inflaencia estaba acostambrado á ejercer. Qae aanqae todavía siguieron 
dándose los mejores empleos á sos deudos y criaturas, mortificábale macho 
no tener entrada en el gabinete del despacho. En cambio tenia en su casa 
una janta compaesta de varios eclesiásticos y letrados para tratar de todas las 
cosas da gobierno» los cuales eran muy buenos y muy esperimentados en ma- 
terias eolesiásticas y de justicia, pero ni versados ni ente adidos, y casi com- 
pletamente ágenos á las de hacienda, guerra y gobernación general de un 
Estado; y por lo tanto no hicieron otra cosa que cuidar de los adelantos y 
medros de sus hechuras, y crearse enemigos entre los magnates, y hacer mas 
odioso al cardenal (4). 

Mas no por eso dejaron de rodear á los nuevos monarcas encontradas ín- 
Hoencias como en los reinados anteriores. Eran no obstante influencias de otro 
Séoero; porque eran personages de otro y mas superior talento, de otras y 
mas elevadas miras los que figuraban en la escena del teatro político de la 
cárte de Espafia, como eran también otras las cualidades y otro el proceder 
délos dos soberanos. Hasta entonces la princesa de los Ursinos con su recono- 
dda habilidad se habia captado el favor de la reina, é influido de tal manera 
ooD sus consejos en loa negocios políticos, que no sin razón, y con el donaire 
que ella sabia usar en su correspondencia escrita, llamaba aquel período de su 
privanza nú ministerio, Pero la Tenida del cardenal Estrées, con todas las 
Biftiias de confidente de Luis XTV., enviado, no ya para dar consejos, sino 
para gobernar; con todo el orgullo de un diplomático acreditado en las cor- 
tes de Roma y Venecia» y con la presunción que traia de su mérito, co- 
locó á la de los Ursinos en ana posición nueva y muy delicada. Porque no 
tardó el cardenal en mostrar que le ofendía el influjo de la princesa, y ésta 
tuvo que luchar, no solo con la rivalidad del embajador, sino también con los 
celos y envidias de su sobrino el abate Estrées, del confidente del rey Lonvi- 
Ile, y de sn confesor el jesuíta Daabenton. 

No se acobardó por eso la princesa, y ponia en juego los recursos de su 
ing^iopara disputar á todos el terreno del favor. Por fortuna suya perjudi- 
có al embajador parporado su impaciencia por hacer alarde de su superiori- 
dad, pues negándose á entenderse con Portocarrero, con Arias y con el 
marqués de Rivas» se atrajo la enemistad de aquellos antiguos ministros; 
con sos disputas sobre preferencia paralizaba la marcha de los negocios, y 
coa quejas de que no se le permitía cierta familiaridad en la cámara del rey, 

(f) Fonnabaa estajunia, doo Juan Aa« Madrid, don Sebastian de Ortega, eonsejera 

•«lo de Urraca, canónigo de Toledo, la per- de Castilla y gran juriseonsalio, y algunos 

Matde mas confianza del' cardenal, y co- otros. 
«Pwsl iqyo, don Alonso PoriUlo f icario de 



S:S6 HISTORIA DE ESPAÑA. 

á que se oponía la camarera como contraria á las reglas de la etiqaeta de 
palacio, ofendió al mismo Felipe y á la reina. Pero en cambio sus qaejas ha- 
llaron eco y tuvieron acogida en la corte de Versalles: y aunque Luis XIV. 
sintió mucho aquellas desavenencias, y recomendó al cardenal francés mu- 
cha prudencia, especialmente con el cardenal espafiol, y le encargó se saje- 
tase á las formalidades de la etiqueta establecida, sirvieron para que Luis 
retirara su confianza á la de los Ursinos, y para que escribiera al rey, su nie- 
to, recordándole que le debia el trono, que por su causa se babia coligado 
contra él toda la Europa, y que por esto y por su inesperiencia tenia derecho 
¿ exigirle que antes de tomar cualquier medida se pusiera de acuerdo con él, 
y que para eso le habia enviado al cardenal Estrées, e) hombre de mas ta- 
lento y mas versado en los negocios que podia haber elegido. «Escoged, le 
i»decia, entre la continuación de mi apoyo, y los consejos interesados de 
j»los que quieren perderos. Si elegís lo primero, es preciso que Portocairero 

» vuelva á tomar asiento en el despacho concediendo entrada en él al 

Acaidenal de Estrées y al presidente de Castilla Si preferís lo segundo, 

»me ha de doler mucho vuestra ruina, que considero cercana.. •• etc. (4).i» 
Y encargábale que esta carta la enseñara á la reina. 

Amarga y profunda sensacioa causaron á Felipe estas reconvenciones, y 
contestó á su abuelo manifestándole las razones de su conducta, las causas que 
le hablan movido ¿ gobernar solo y por sí, y deshaciendo las acusaciones de 
que el cardenal le hacia objeto. Pero aun con mas energía, con mas dignidad, 
y con mas viveza de sentimiento le escribió la reina. — «¿Cómo, le decía, cómo 
»se ha atrevido el cardenal Estréos á deciros tales imposturas? Perdonadme 
]»si uso de esta palabra, pero no conozco otra en el doloir- que me martiriza, 
)>y es el único nombre que puede darse á lo que debe haber escrito á V. H. 
Dpara que haya valido tal carta al rey, pues ni una sola circunstancia hay que 

»no sea contraria á la verdad v Hace una defensa vigorosa de la conducta 

del rey, su marido, y viniendo á aquellas palabras del cardenal: ^Con9efos tn- 
teresados dfi ios que quieren perder al rey,n exclama: «¿Qué quiere decir con 

vesto? Si es á mí á quien ataca, juzgad hasta dónde llega su atrevimiento 

DTampoco tiene ningún derecho el cardenal para atacar á la princesa de los 
»Ursinos. Debo hacer justicia á ésta, y confesar que sus consejos me han sido 
«siempre de mucha utilidad, y que su buen juicio y comportamiento le han 

«granjeado la estimación de todo el mundo en este pais Me quitáis á la 

«princesa, y por terrible que sea para mí este golpe, lo recibiría sin quejarme 
«si viniera solo de vuestra mano; pero cuando pienso que és el fruto de los 

0) Memorias de Noailles, lom. II. 



PARTE Hl. LIBRO VI. 267 

karb'fíeios del cardenal y del abate, sa sobrino, os confieso que me desespe- 
>ro. Ruégoos que qaiteis de mi vista estos dos iiombres, que miraré toda mi 
A vida como mis mas crueles enemigos y perseguidores.» 

También le escribió la princesa, justificándose á sí misma, y haciendo una 
apología de los reyes sus señores, concluyendo no obstante con pedir permiso 
para retirarse de su puesto; proposición que se apresuró ¿ aceptar el monar- 
ca francés. El hondo pesar que causaba al rey y á la reina la separación de 
la camarera mayor; el orgullo del embajador, que desvanecido con su triunfo 
aspiraba ya á derribar al ministro Orri; sus intrigas en unión con el confesor 
jesuíta para introducir la discordia entre los mismos regios consortes, puso á 
los jóvenes soberanos en el caso de tomar una actitud tan independiente y 
tao firme, que obligaron á Luis XIV. á acceder á que la princesa no saliera de 
ILdrid y continuara permaneciendo á su lado. Con sumo talento aprovechó 
h orgullosa dama aquel primer acto de debilidad del monarca francés, empe- 
ñándose entonces en retirarse, mientras no recibiese orden formal de Luis en 
contrario; y en carta aV ministro Torcy le decía estas notables paladras: «St 
^guíreit sujetar d los españoles par medio de la fuerza , escusais de moles' 

ataros Estrées f Louville no lograrían feliz éxito en pais alguno con la 

^conducía que observan'^ pero los españoles son todavía menos apropósito que 
^ningún pueblo para aguantar semejantes amos,» 

Manejóse pues la de los Ursinos en esta lucha con tal destreza, que no solo 
elordenal y Louville, encanecidos en las artes diplomáticas y favorecidos con 
toda la confíajuza y protección de Luis XIV., se vieron obligados á ceder ala 
saperiorídad de ana muger, sino que el altivo monarca de la Francia hubo de 
reconocer lo que valían sos servicios, y se vio forzado á pedirle que continuara 
prestándolos á so nieto. 

Restablecida la princesa en el ejercicio de su influjo, y satisfecho su amor 
propio, quiso demostrar á la corte de Versalles lo que valía, y redoblando su ce- 
lo y actividad tomó una gran parte en las medidas de gobierno de que luego 
daremos cuenta. También supo adelantarse al cardenal de Estrées en la nego- 
ciación á este tiempo entablada por Luis XIV, para que se cediesen al Elector 
de Baviera los Países Bajos españoles en recompensa de su alianza y de los ser- 
vicios prestados en Alemania por aquel principe, «toda vez que aquellas pro- 
vincias, decía, no servían sino para arruinar á España, sin que de ellas saca- 
ra esta nación ningún fruto.» Ya un año antes (4702) había pretendido 
Luis XIV. que se le cediesen á él aquellos dominios, en compensación de tantos 
aoiilios como estaba prestando á España en tantas parte» para la guerra. La 
negociación fué tan adelante, que llegó Luis XIV. á nombrar al duqie de Bor- 
goúa vicario general dj los Paísei Bjos. Pero haLijuduse reie..liij de ello el 



S68 HISTORIA DK ESPARA* 

Elector de Ba? iera, ¿ quien el francés estaba tan obligado, abandonó éste su 
proyecto, por no descontentar i iin aliado tan importante, y desde entonces 
aqaeUas provincias se destinaron al elector de Baviera (4). 

Tan hábilmente se manejó la de los Ursinos en su propósito de derribar al 
cardenal embajador, que no solo interesó en sn plan al ministro de Hacienda 
Orri, sino al mismo sobrino de aquél, el abate Estrées, que no tuvo reparo 
en conspirar contra sa tio, ¿ trueque desucederle en la embajada. En cuanto & 
los reyes, logró que ellos mismos escribieran á Luis XIV. pidiendo con la ma- 
Tor instancia y empeño su separación. «Mi esposo y yo, le decia la reiiui, lo 
«detestamos á tal punto (al cardenal), que si nos pusieran en la altematÍTa de 
«tolerar que siga en Madrid ó abdicar la corona, no sé por cuál de las dos co- 
«sas optariamos.» — «Cada día que permanece en Madrid, decia el rey, causa 
«un mal irreparable ¿ ambas naciones.» Tantas instancias y tan repetidas sú- 
plicas convencieron al fin á Luis XIV. de la necesidad de retirar al embajador» 
y asi lo hizo, aunque con pesar, ordenándole que dimitiera su cargo, y anun- 
ciándole que le reemplazaria el abate su sobrino. 

Este nuevo y decisivo triunfo de la camarera produjo on cambio casi 
completo en el consejo de gobierno. El cardenal Portocarrero, que había 
visto ir disminuyendo sensiblemente su influjo, se decidió también á re- 
tirarse. De este modo los dos cardenales, el francés y el español, que repre- 
sentaban las dos mas poderosas influencias de Francia y do España en la 
corte do Felipe V., se vieron obligados á ceder á la mayor habilidad de 
la camarera mayor de la reina. A ejemplo délos dos purpurados personages, 
el antiguo presidente de Castilla Arias se retiró también á su arzobis- 
pado de Sevilla, ocupando su lugar en el consejo el mayordomo mayor 
conde de Montellano, hombre de la confianza de la princesa, y cuya inte- 
gridad, moderación y buen juicio le habian captado el aprecio unÍTer- 
sal. Se dividió la secretaria del despacho, y se dio el de la guerra al 
marqués de Canales, quedando lo demás á cargo de UbiUa. 

Mas no por esto cesaron las intrigas entre los personages h-anceses de la 
corte española. El nuevo embajador, abate de Estrées, que tan desleabnente 
babia suplantado á su tio, no se condujo con mas lealtad con Ja princesa á 
quien debía su elevación. Bajo y servil adulador en un principio; coligado lae- 
go con Louville y con el confesor Daubenton para hacerla perder el favor real, 
mientras de público ensalzaba hasta la exageración á la de los Ursinos, en sus 
cartas confidenciales á la corte de Versalles la designaba como usurpadora de la 
autoridad suprema, y la ponía en ridiculo hablando de sus galanterías, de su 

(I; Uemorits secreíai del marqués de Louville. 



PARTE in. LIBRO VL i69 

«opaesto casamiento con D*AuTÍgny, y de otros incidentes de swTida secreta* 
Interceptadas estas cartas por arte de la princesa y por mandamiento del rey, 
aquella obró con todo el resentimiento de mía muger orgullosa y herida en b 
mas hondo de su corazón; el rey escribió también á Luis XIV., so abuelo» in- : 
formándole de todo, y quejándose amargamente de las arterías del nuevo em- 
bajador; y el monarca francés, indignado con tan interminables disputas y 
cfiismes, perplejo y vacilante sin saber yaque partido tomar, amenazó con que, 
naqaella seguia, mandaría salir de Madrid i todos los franceses indistinta- 
mente. De cootado Louville fué separado; el padre Daubenton se salvó, mer- 
ced á la bondad de Felipe y á la mediación de su compañero de hábito el padre 
La-Chaise para con el rey Luis; se trató de relevar de la embajada al abate, y 
se aplazó la separación de la príncesa de los Ursinos para cuando se presentara 
mía ocasión favorable (I). 

A pesar de los disgustos y de los embarazos que naturalmente ocanonaban 
i Felipe V. tantas intrigas y enredos, no por eso dejó de atender asidua y es*> 
meradamente á los negocios del estado en los principales ramos de la admi- 
nistración. Ademas de lo que le ayudaba la política previsora y sagaz de la 
princesa de los Ursinos, la cual tuvo que entender basta en los asuntos mas 
estrato á so sexo, como eran los de hacienda y los de guerra, no faltaron 
tampoco algunos españoles ilustrados que enseñándole á conocer los males de 
h monarquía y los abusos mas perjudiciales que exigían mas pronto remedio, 
le dieran de palabra y por escrito consejos saludables, y le presentaran sis^ 
temas y máximas provechosas de moral, de justicia y de economía « que él 
iba aplicando oportunamente. Encontró, por ejemplo, prodigados los hábitos 
7 encomiendas de las órdenes militares, y ordenó que no se diesen sino por 
méritos propios y por servicios hechos en la guerra; prescripción á que no faltó 
8¡Do en algún raro caso y por razones y circunstancias especiales. Halló mul- 
tiplicadas en demasía las órdenes monásticas y religiosas, y relajada so anti- 
gua disciplina, y procuró refundir unas y regularizar otras. Trató de aimpli- 
ficar la multitud de jorísdicciones introducidas por los reyes de la casa de 
Aostría, y de abreviar los pesados trámites de la administración de justicia. 
Violas trabas que ponían y laa vejaciones que causaban al comercio los jue-' 



(I) Meinorlas de Roailles, tomtf III.— 
Uem deBerwick.— ídem de San Simou.— 
ComenUrios del marqués de San Felipe.— 
Kespectoal matrimonio secreto con D*Ai]- 
«igny, poso la princesa de sn pafto y letra 
ti margen del escrito en que se la acosaba: 
■Para casada, no.»— Wílliam Goxe dedica 
todoeleapitnioS* de sa Btpaña bajo el 



reinado á$ la casa de Barbón á la relación 
de esta lucha de influencias, é inserta una 
parle muy curiosa de la correspondencia 
entre los reyes de Bspaba y el de Francia» 
la princesa de lof Ursinos, el cardenal Es- 
trées, el ministro francés Torcy, etc.— Da- 
dos, Memorias secretas del reinado Ú9 
Luis XIV. 



270 HISTORIA DE ESPAÑA. 

ees de contrabando, y suprimió todos aquellos empleos, dejándolos solo etk 
las fronteras y puertos marítimos. Perdonó á sus vasallos todos los atrasos de 
alcabalas, cientos, millones, servicio ordinario y cstraordinario que estaban en 
primeros contribuyentes hasta fin de 4696 (4). Con estas y otras semejantes 
providencias iba demostrando á los españoles el primer monarca de la casa do 
Borbon que no se descuidaba en reparar los males que habia traido al reino 
la indolencia ó la incapacidad de sus predecesores. 

Mas como quiera que la primera y mas urgente neces'*dad fuese afianzar su 
trono, por tantos enemigos ya combatido y por tantos otros amenazado, y es- 
to no pudiera hacerse sin levantar y organizar respetables cuerpos de ejér- 
cito, desnuda como halló á Espafia y completamente desprovista de fuerzas 
militares, á esto consagró con preferencia sus afanes y cuidados. Comenzó 
Felipe por dar una nueva organización ¿ la milicia, poniéndola sobre el pié quo 
estaba ya la de Francia. Dio á los cuerpos diferente forma de la que tenian ; 
varió las ordenanzas, los grados y hasta los nombres de los gefes, que son coa 
leves diferencias los miamos que en los tiempos modernos se han conservado; 
dio á la infantería el fusil con bayoneta, y sustituyó la espada corta ¿ la larga 
que se habia usado hasta entonces; creó regimientos de caballería ligera y da 
dragones, debiendo servir estos últimos para pelear alternativamente á pió y 
á cabdllo, según las circunstancias y las necesidades; instituyó las compañías 
de carabineros y granaderos, formándolas de los soldados mejor dispuestos y 
de mas valor y destreza; abolió para la gente de guerra el incómodo y emba- 
razoso trago de golilla, invención de un holandés é introducido por Felipe lY., 
haciéndolos vestir el uniforme militar, y dejando aquél para los ministros, cozí- 
sejeros y jueces; creó un regimiento dj guardias de la real persona, según ha* 
bia comenzado ya á hacerlo en Milán; y ¡cosa digna de notarse! nombró coro* 
nelde este cuerpo al cardenal Portocarrero(2). 

Desde su regreso de Italia se dedicó con ahinco á hacer levas y levantar 
gente por toda España para acudir inmediatamente á la defensa de las fronto-» 
ras, que contaba habian de ser pronto acometidas. Fué ciertamente prodigiosa 
la espontaneidad con que los pueblos y las provincias de España, en medio del 
abatimiento y pobreza en que las dejaron los últimos reinados, se ofrecíeroa á 
hacer todo género de sacrificios, acudiendo unas con cuantiosos donativos para 
el mantenimiento de las tropas, levantando otras á su costa tercios y regimien- 
tos enteros que enviaban al rey armados, municionados y vestidos (3); de tal 

(I) Biblioteca de Salazar, Leg. 17, ?. 35, (3) El pueblo de Madrid dio y C08te6 un 

impreso 4703. tercio do caballería: M jdina de Rioscco en- 

(Ski Macanas, Memorias maouscritas, ca- TiócuaUomil p/sos; la ciudad de Orihaela 

piíulo II. otros cuatro mil; diez mil la provínciat da 



r 



PARTE III. LIBRO VI. 271 

modo que en poco tiempo pudieron ponerse sobre las fronteras de Portugal 
veintiocho mil infantes y diez mil caballos, fuerza muy superior á la que habia 
esparcida en todos los dominios españoles á la muerte de Carlos II. 

A estas pruebas de adhesión y de amor que Felipe Y. recibia de sus pue- 
blos, correspondía él trabajando con maravillosa actividad para buscar de la 
manera menos onerosa posible medios y recursos con que subvenir á todas las 
necesidades, cuidando de la organización, instrucción y conveniente distribu- 
ción de las tropas; fortificando las plazas; cubriendo las fronteras, según el 
mayor peligro de cada una; nombrando los vireyes, gobernadores, generales 
7 gefes de mas crédito y reputación, y destinándolos á los puntos y á los cuer- 
pos en que cada uno podiaser mas útil; fomentando y aumentando las fuer- 
zar de mar al propio tiempo que las de tierra, para cuyo sostén y mantenimien- 
to le sirvió mucho la capacidad rentística y la aplicación infatigable del ministro 
de Hacienda Orri. De este modo, España que al advenimiento de Felipe ape- 
nas podia mantener mías miserables y casi desnudas compañías de soldados, 
se vio otra vez como por encanto cubierta y defendida por respetables cuer- 
pos de ejército, vestidos y disciplinados, aunque en su mayor parte todavía 
bisónos (4). 

Todo era necesario. Porque ademas de la guerra que los enemigos de la 
nueva dinastía le habían movido ya en Italia y en Flandes; de la que hacian 
las escuadras inglesas y holandesas á nuestras posesiones trasatlánticas para 
apoderarse de los dominios españoles del Nuevo Mundo; de los ataques con ti- 
naos que los reyes moros de Marruecos y de Mequinez, excit idos y auxiliados 
por aquellas potencias, daban á nuestras plazas de Ceuta y Oran, obligando a 
nuestras escasas guarniciones á sostener diarias peleas y á estar en jaque 
siempre; de los frecuentes choques de nuestras naves con las flotas anglo- 
bolandesas en ambos mares, amenazaba muy próxima la invasión de los con- 
federados contra España en el territorio de nuestra propia península. 

Este plan habia sido fraguado en Lisboa. La defección del almirante de 
Castilla, su ida á aquella ciudad, y sus excitaciones fueron de eran provecho á 
los confederados contra Francia y España. El rey don Pedro de Portugal entró 
con ellos en la liga, no obstante el tratado de paz y amistad, celebrado antes 

a 

AlaTa; la de Goipúzcoi suministró un ter- que iba haciendo Felipe para el mando de 

eio de seiscientos hombres armados y equi- los ejércitos, asi como délas personas en 

pados; Granada mil infantes y quiaícntos quienes proveía las embajadas, las plazas en 

caballos; y asi por este orden las demás se- los consejos, los obispados y demás cargos 

gao so posibilidad. públicos, en los cuales se nota el cuidado 

(I) Eq el ca ni tulo 11 de las Memorias ma- que ponia en la elección délos sugetos y 

Bttscritas de Macanáz, se da una noticia lo que atendía al mérito de cada uno. 
bastante minuciosa de los nombramientos 



Vii HISTORIA DE ESPaSÍA* 

ron el francés, yelde neutralidad que posteriormente había hecho. En vano el 
estado eclesiástico de Portugal en un memorial qne presentó á su mcnarca la 
espuso con fuertes» enérgicas y copiosas razones los gravísimos inconvenientes 
y dafios que traería á aquel reino la liga con Alemania, Inglaterra y Holan- 
da; los desastres de la guerra en que tendría que tomar parte, los peligros da 
la religión, del trono y de la independencia portuguesa. Nada escuchó el mo- 
narca lusitano, y adhirióse ¿ la confederación. El emperador Leopoldo, por 
consejo del almirante, bahia hecho cesión de sos derechos á la corona de Es- 
paña en su hijo el archiduque Carlos, y la salida de éste para España quedó 
decidida. Una escuadra inglesa condujo al archiduque á Lisboa con ocho mil 
ingleses y seis mil holandeses de desembarco. El rey de Portugal lo recibió como 
al soberano legítimo de España, y él tomó el nombre de Garlos III (7 de ma- 
yo, 470i). A loa pocos dias publicaron cada uno su manifiesto, espresando sa 
resolución de acudir ¿ las armas para libertar á España de la usurpación y ti- 
ranía de Felipe de Anjou,' y concediendo una amnistía general ¿ todos losqao 
é los treinta dias de su entrada en territorio español abandonaran la causa do 
losBorbones. Acusábase en este documento ¿ la dinastía de Borbon de querer 
establecer en España el despotismo, como si esta clase de gobierno no hobíera 
sido introducida y sostenida por los reyes de la casa de Austria, hasta acabar 
con todas las libertades españolas (4). 

Pero habíase ya anticipado á ellos el rey don Felipe, que con noticia de lo 
que se tramaba en Portugal y de haberse acordado la venida del archidoqae, 
no solo habia hecho grandes aprestos para la guerra sino que determinó hacer 
por sí mismo la campaña á la cabeza de sus ejércitos y dio también un mani- 
fiesto demostrando la nulidad de los pretendidos derechos del príncipe aus- 
tríaco, y haciendo patente la mala correspondencia y desleal conducta del 
monarca portugués. Y mientras que asi se cruzaban de una y otra parte los 
papeles, adelantábanse las armas españolas por todas las fronteras del vecino 
reino* Allí las dejaremos en tanto que damos cuenta délos principales acon- 
tecimientos que en otras partes de Europa tuvieron lugar en el año 4703, y 
del estado en que se hallaba la lucha de España y Francia contra los aliados 
cuando comenzó la guerra de Portugal. 

(4) Ed el concierto eelebrtdo eaire el Plau. En aqaelUt se contaban Badajos. At 

austriacoy el portugaés habían conTenldo cántara, Albtirqaerque,Vigo, Bayona, Tu jr» 

en que tan pronto como aquél se hiciera La Guardia y otras.— Hacanii, lfeniorias« 

dueflo de Espafta cedería al de Portugal las c. 47.— Belando, Historia cítU de Bspa&a, 

principales plazas de la frontera, asi por la P. L, c. 27.— Sucesos acaecidos entre Bspa- 

parte de Extremadura como por la de Gali- lia y Portugal con moÜTO de las guerraa d« 

eiajgualmente que las ricas provincias do tucesiou, desde 4701 á 4704, Lisboa, 4707. 
la India española del otro lado del rio de la 




PARTE lil. UBRO V(. S:3 

En áiemania, acometido él duque de Bavíera, partidario de los Borbo^ 
DeSi en sas propíos e3tado6 por superiores fuerzas del Imperio, fué preciso á 
L'iis XIY. enviar en su auxilio un ejército de mas de treinta mil hombrea 
mandados por el denodado mariscal Villars, el cual por medio de un hábil mo- 
Tíniento cruzó la Selva Negra, y. burlando al príncipe Luis de Badén logró 
incorporarse con el bávaro, cosa que no habian podido creer los enemigos 
(mayo, 4703). Otro cuerpo de veinte mil franceses conducido por el doquo* 
de Vendóme' partió también para Italia á reunirse con el de Caviera, quo 
obrábala en el Tirol, y sometía el ducado da Neuburg, habiendo dejado ¿ Vi- 
llars en el Danubio, poniendo en contribución todo el país hasta el círculo de 
Soabia, y batiendo y derrotando al príncipe Luis da Badén. Vuelto á Italia el 
de Vendóme, y reforzado el de Badén con un considerable cuerpo de tropas 
alemanas, sostuvo alii la guerra contra el de Baviera y el de Villars, hasta quo 
derrotado en una batalla en que perdió siete mil hombres y treinta y tres pie- 
sis (20 de setiembre, 4703), tuvo qne retirarse cerca de Augsburgo, dondo 
procuró atrmcherarae. Por otro lado, otro cuerpo de cuarenta mil hombres» 
españoles y franceses, que ¿ las órdenes del duque de Borgoña operaba en el 
Rhin, tomó á los alemanes la importante plaza de Brissac. T habiendo regre- 
sado el de Borgoña ¿ Versalles, y quedado con el mando de aquel ejército el 
mariscal de Tallard, rindió éste la plaza de Landau, después de haber desba- 
ratado á los príncipes de Ilesse-Casel y de Nassau cerca de Spira (45 de no* 
TÍembre, 4 703), en cuya acción perdieron los alemanes treinta piezas y tuvie- 
ron mas de diez mil bajas. En cambio tomaron los imperiales en esta campaña 
las plazas de Bona y Limburgo. 

Aunque corto el ejército español de Italia, todavía fué bastante para ren- 
dir áVercelli (julio, 4703), dos años antes ocupada por los alemanes, é igual 
tieaípo bloqueada por los españoles. Iliciéronse mil prisioneros, se tomaron 
sesenta piezas do artillería, y quedó libre la navegación del Pó. El daque dd 
Vendóme, que había ido al Trenttno y estrechaba el sitio de Trente, tuvo quo 
retroceder para desarmar las tropas del duque de Saboya, de quien se supo 
que andaba en dobles tratos y habia hecho liga con los alemanes. Las tropas 
piamontesas fueron desarmadas (29 de setiembre, 4703), no obstante el so- 
corro que les llevó el general Visconti; apoderóse después Vendóme de la ciu- 
dad de Asti (8 de noviembre), que salieron á entregarle el obispo y magistra- 
<lo, y estableciendo cuarteles de invierno en el Píamente, llegaba en sus cor- 
rerías á las puertas de Turin, en^tanto que el mariscal francés Tessé con tro- 
pas de la Provenza y del Delñnado penetraba en la Saboya y se apoderaba do 
Cbamberv. 

Ea los Países Bajos fué donde ardió menos viva este año la guerra, In« 
Tono IX. 48 ' 



274 QISTOBIA DE ESPAÑA. 

gloses y holandeses tenían alli un poderoso ejército, con el cual emprendieron 
el sitio de Amberes. Pero acudiendo con celeridad las tropa» francesas y es- 
pafiolas que habia disponibles, mandadas aquellas por el mariscal de Bouflers, 
éstas por el marqués de Bedmar» lograron un señalado triunfo sobre los alia- 
dos (30 de junio, 4703), en que las tropas de Francia y del elector de Colonia 
se condujeron con admirable valor, y las españolas y waloaas asombraron ¿ 
nuestros aliados y aterraron á los enemigos. De sus resultas los holandeses 
quitaron el mando á su general. Después de aquel sangriento combate el es- 
caso ejército franco-espafiol hubo de limitarse á estar á la defensiva. 

Tal era el estado de la guerra de sucesión -en los Estados de fuera de Es- 
pafiflT, cuando con la venida del archiduque Garlos de Austria comenzó ¿ en- 
cenderse dentro de nuestra península (4). 



(i) HlttorladeUoaMdeAostria, tom. I. ad aon.— Belando, Historia civil de Etpa- 

—Historia de Baropa, ad ann.— Id. de las fia, P. il., es. 15 y l6.-«Ideiii, P. III., capi- 

ProTineias Unidas de Flandes.— Leo y Botia, tolo 8 i U.—Gacetas de Madrid de los aAoi 

Ittoria d* Italia.— Maeanái, Memorias, capi- oorrespondientes. 
tolo 19 y It.— Saa Felipe, GOmentarios, 




CAPITILO IV. 



GUERRA DE PORTUGAL. 



NOVEDADES EN EL GOBIERNO DE MADRID< 



»e ft9«4 4 i90«. 



lli 



del archidaqae y de lof aliados.— Ual estado de aquel reino.— brandes prepi« 
miliiares en España.— Salo á campaña el rey don Felipe.— El duque de Berwick. 
fos de los españoles.— Apodéraiise de varias plazas portuguesas.— Retí ranse 6 
de refresco.— Regresa el rey á Madrid.— Fiestas y regocijos públicos.— Em- 
1 de los aliados.— Dirígese la armada anglo-holandesa á Gibraltar.— Piérdese 
taote plaza.— Funesta leulaiíva para recobrarla.— Sitio desastroso.— LevAo- 
de baber pe''dido uo ejército.— Recobrau.algunas plazas los portugueses.^ 
s corles de Madrid y de Vcrsalles.— Separación de la princesa de los Ursi- 
do dolor déla reina. — Nuevo embajaJor francés —Ca'ácter y conducta do 
—Cambio de gobierno.— Habilidad de la princesa de los Ursinos para captarse 
el afecto de Luis XIV.— Va ¿ Versalles.— Obsequios que le tributan en aquella 
—Vuelve á Madrid, y es recibida con honores de reina.— El embajador Amelot.— 
El mÍQísiro Orrt.^Campa'ia de Portugal.— Tentativa de los portugueses sobre Badajoz. 
— Naeva política del gabinete de Madrid.— >E1 Consejo de gobierno.— La grandeza.— 
Coupiraciones.- Notable proposición del embajador francés.— Es desechada.— Disgusto 
islosiejes.— Uadaoxasen elgobiecno.— Situaoiondelos ánimos. 



Dejamos en el capítulo anterior hecha por amhas partes la declaración de 
goerra entre Portugal y España» y muy próximas á romperse las hostilidades. 
£1 almirante de Castilla, alma de los planes de los enemigos en Lisboa, ha- 
iÑarcpresentado al archiduque Carlos de Austria y á todos los aliados como 
noy fácil la empresa de apoderarse de este reino y de ceñir la coronado 



tío BISTOBIA DEESPARAj 

Castilla. De tal manera le había pintado abandonadas las plazas, las provin* 
cías sin defensa, sin ejército la nación, el tesoro sin dinero, descontentos los 
cspa Soles de la dinastía y del gobierno francés, y dispuestos á sublevarse y 
adherirse al austríaco tan pronto como éste pisara el territorio espafiol, qoe 
Garlos llegó ¿ creer que no hallaría resistencia formal, y no ansiaba sino el 
momento de invadir las provincias castellanas. Acaso hubo mas de ilusión que 
de mala fé en el almirante, porque en todos tiempos los emigrados á estrados 
países por causas políticas se «persuaden fácilmente de que. los espera en su 
patria un partido numeroso, irresistible, que no aguarda sino su presencia pa* 
ra levantarse y derrocar lo existente. Pues solo de esta manera se concibe que 
siguiera pensando asi aquel magnate después de haber visto el encono con 
que los extremeños perseguían ¿ los portugueses desde que Portugal se de- 
claró por el archiduque (4), y después de haber visto la suerte que habían 
tx>rrido los emisarios y esploradores enviados por él á diferentes puntos de 
España (2) . 

Por otra parte no habia en Portugal ni almacenes provistos, ni plazas ba- 
b3itadas para la defensa, ni soldados disciplinados, ni oficiales instruidos; y 
aunque se reclutaron veinte y ocho mil hombres, era casi gente toda impro- 
visada é ínesperta; no hubo medio de -montar sino una tercera parte de la ca- 
ballería; apenas se encontraba un general á quien poder confiar la dirección 
de la guerra; el mismo rey don Pedro, hipocondriaco é inerte, había perdido 
todo el vigor y la energía de otro tiempo» y no era popular en su reino la 
alianza con naciones protestantes. Disputábase quién había de mandar en ge 
fe el ejército ; resentíanse los portugueses de que no fuera uno de su nación; 
y la igualdad de grado entre los generales inglés y holandés, Schombei^ y 
Faggel, produjo también rivalidades y disputas, y todo contribuía á una inac* 
cion y pérdida de tiempo con que no había podido contar el archiduque de 
Austria. 

Todo lo contrario había sucedido en España. Ademas de los numerosos 
reclutamientos y de los preparativos do guerra de todas clases que en otra 

(1) Desde este tiempo los estremefio8C<h laya qoe mandaba en aquella frontera, y 

meniaroo á hacer invasiones en los pueblos enviado á la Goruña para que pagase alli su 

fronteriios de Portugal, qoemando campos, delito.— El hermano bastardo del almirante, 

labranias y caseríos, y no dando coartel ni que vino i levantar el Principado, fué tam- 

pordon á nigon portugués qoe cayera en bien preso, y llevado á la cindadela de Bar- 

sus manos; tanto, que tuvo el rey que pro- celona, y mas adelante á Burdeos .-^iro ei« 

bibirles aquellas entradas, hasta que po* pía que vino á Castilla disfrazado de fraile 

dieran hacerlo onidos con las tropas.— Ma» franciscano, fué igualmente dascoblcrto, 

canas. Memorias, cap. 47. cogido y doramente castigado. Asi siros va* 

(S) Uno que envió con cartas al gobema- ríos ejemplares.— Id. ibid. 
dor de Vigo (u6 preso por el conde de la Ata- 



r 



PARTG III. LIBRO VI. STl 

parte dejamos ya ÍDdicados, un cuerpo de doce mil franceses al mando del da - 
qne de Berwick) hijo natural del rey Jacobo 11. de Inglaterra, habia entrado 
ea Espafia por Bayona, y penetrado después, dividido en dos columnas, en las 
jproTÍncias de Castilla. Habíanse hecho venir algunas fuerzas de Milán y de los 
Países Bajos, y llamádose de alli los oficiales generales de mas reputación y 
esperiencia. Estas tropas, en unión con las que se h^bian levantado dentro do 
la península, fueron destinadas á las fronteras de Portugal, y principalmente 
á la provincia de Extremadura. Y en tanto que los portugueses y sus aliados 
perdian en disputas mas tiempo del que sin duda creyeron gastar en la con- 
quista, el rey Felipe V., resuelto á hacer personalmente la campafia, salió de 
Madrid (4 de marzo, 4704), dejando el cuidado del gobierno á la reina, y se- 
goido de muchos grandes y nobles que á su ejemplo quisieron compartir con 
ellas fatigas y los peligros de la guerra. El mal estado de los caminos por 
eíécto de las copiosas lluvias de aquellos dias, hizo que fuese mas lenta de 
lo qne se habia creído esta jomada del rey á Extremadura, lias ni esta cir- 
nmstancia, ni el tiempo que en Plasencia se detuvo para acordar con los ge- 
nerales el plan de la campafia bastaron á los aliados de Portugal para proveer 
coDTenien temen te á la defensa de aquel reino, ya que después de tantos alar* 
des no habían tomado la ofensiva. 

Pablicado por el rey don Felipe un manifiesto espresando los justos motí* 
vosqoe le impulsaban á emprender aquella guerra; pasada revista á las tro- 
pas, qne no bajarían de cuarenta mil hombres, y dado un severísimo bando 
prohibiendo bajo pena de la vida el robo, el saqueo, y la profanación de los 
templos; imponiendo la propia pena á todo el que causara daño ó molestia á 
k» edesiáktícoB, ancianos, mngeres, nifios ú otras personas inofensivas, ó hi- 
ciera otros prisioneros qne los que fuesen cogidos con las armas en la mano, 
BWTtóae eLrey hacia Salvatierra, primera plaza portuguesa, que embistió y 
rindió el conde de Aguilar, entregándose su gobernador Diego de Fonséca con 
seiadentos hombres (7 de mayo, 1704). A la rendición de esta plaza siguie- 
ron las de Pcnha-García, Segura, Resma rinhos, Idaña y otros logares, cuyos 
habitantes prestaban sin dificultad obediencia al rey de Espafia. La guarni- 
Qon del castillo de Monsanto que puso alguna mas resistencia, fué pasada á 
cochillo, y la villa dada á saco, á pesar de la severa prohibicioh del bando 
nal. Mientras el conde de Aguí1a»lograba estos fáciles triunfos, don Francisco 
Ronqnillo, que habia sido corregidor de Madrid y mandaba un cuerpo volante, 
ponía en contribución todo el pais basta las puertas de Almeida: el mariscal 
francés principe de Tilly por la parte de Alburquerque se habia corrido quince 
legoas dentro de Portugal, y llegado hasta la vista de Arronches; el marqués 
de Villadarias con las trepas de Andalucía entró por Ayamonte saqueando 



1 



t'S BISTORIA DE ESPAÑA. 

pueblos 7 recogiendo ganados. Sitiada Castello-Branco por el brigadier Ma- 
honi, rindióse también después de una corta df'fensa, á presencia del rey. 
Encontráronse alU víveres, armas inglesas encajonadas, vajillas de plata, y 
las tiendas destinadas para el rey de Portugal y para el archiduque, que ha- 
bian pensado hacer su cuartel real en aquella plaza. 

Construyóse luego un puente de barcas sobre el Tajo junto á Villa- Velh a , y 
después de ahuyentado el general holandés Fagel, que se habla atrincherado 
con d{>s regimientos, de los cuales se le cogieron up mariscal de campo, dos 
coroneles, treinta y tres oficiales y quinientos hombres de tropa, atacó el rey 
el puente con doce mil hombres, y penetró sin opoKicion en la provincia de 
Alentejo (30 de mayo, i 704). Tampoco la encontró en los desfiladeros y gar- 
gantas que tuvo que atravesar hasta dar vista á Portalegre, cuyo sitio dispuso 
y dirigió el duque de Berwick. Rindióse ¿ los pocos dias de ataque aquella 
importante ciudad (9 de junio, 4704), cogiéndose en ella ocho cañones, y que- 
dando prisioneros de guerra mil quinientos portugueses de tropas regulares, 
quinientos ingleses, y las milicias del pais. 

Con esto puso el rey su cam^x) en Nisa, y destacó al marqués de Aylona 
para que sitiase á Castel-Davide. Ailise destruyó y pereció por falta decebada 
y de forrage casi todo el cuerpo principal de nuestra caballería, por mas es- 
fuerzos que se hicieron para buscar mantenimientos, poro al fin se entregó 
Castel-Davide (23 de junio, 4704), saliendo la guarnición anglo-lusitana sin 
banderas. Cogiéronse allí treinta piezas de art'llería, las más de bronce. 
Y en tanto que algunas de nuestras tropas se apoderaban de Montalvan, riu- 
diendose ¿ discreción las cuatro solas ccmpaiiías que la guarnecían, el mar- 
qués de Villadarias de orden del rey tomaba ¿ Harsan, situada en una emi- 
nencia, con lo cual dejó abierta y espedita la comunicación entre Valencia y 
Alcántara. Esta serie de triunfos solo fué interrumpida por la pérdida de Hon» 
santo, que recobraroa los enemigos, después de un serio combate, en que 
quedaron vencedores, por culpa de don Francisco Ronquillo, que mas acos- 
tumbrado é manejar la vara de corregidor que el bastón de coronel, creyendo 
derrotada nuestra caballería huyó precipitadamente con la infantería qiie 
mandaba, envolviendo en su desorden á los demás cuerpos, que á su ejemplo 
se retiraron á la desbandada sin baber visto á los enemigos. Apoderáronse és 
tos de Fuente-Guinaldo, á cuatro leguas de Ciudad-Rodrigo, que aunque logar 
abierto fué de gran perjuicio para la guarda «ie aquella frontera (4). 

(1) Belando, flittoria civil de Espafia, m. Epitome de Historias portagaesa».— Sa- 
Parlel., caps. 97 4 30.— Marqués de San Fe« cesoa acaecidos entre España y Porto- 
]ipe> Comentarios, ad ann.—MacanAz, Me- gal, eto. Lisboa, 1706. -Noticias individúa- 
norias maottscritas, cap. 17.— Paria y Son- les de los sucesos mas particalares, ato. dea- 



PARTE ni. LIBRO VI. 279 

Los rigorosos calores de la estación» lo mal parada que babia quedado la 
caballería» lo fatigada que se hallaba toda la tropa» y las ¡nstaDcias de 
los generales, movieron al rey ¿ suspender la campaña, y á dar al ejército 
cuarteles de refresco: y baciendo demoler las fortalezas de Portalegre, Castel- 
Davide y Hontalvan, y trasportar á Alcántara el puente de barcas formado 
sobre el Tajo, y ordenando que el mariscal duque de Berwick se incorporara 
congos regimientos ¿ las tropas que operaban en la provincia de Beyra, em- 
preodió Felipe su regreso á Madrid (4 .o de julio, 4704). La reina salió á es- 
perarle ¿ Talavera, donde se detuvieron dos dias ¿ disfrutar de ks festejos 
que les tenia preparados aquella villa. Las aclamaciones se repitieron en todos 
ios pueblos del tránsito, y so entrada en Madrid (46 de julio) se solemnizó 
con las mas entusiastas demostraciones de amor y de regocijo. Porque la rei- 
na, dorante la ausencia de Felipe, habia seguido sa costumbre de salir á un 
bakon d^ palacio á anunciar á viva voz al pueblo los triunfos de las armas de 
Castifia en Portugal, y á darle noticias de su rey cada vez que recibía des- 
pachos del teatro de la guerra, por cuyo medio mantenía vivo el entusiasmo • 
popular, y los vecinos de. la corte iluminaban espontáneamente sus casas 
(lara celebrar las victorias y mostrar su carifio á sus soberanos. 

En esta primera campaña de Portugal debió aprender el pretendiente de 
Austria cuan lejos estaba de serle el espíritu de los es^^añoles tan favorable y 
propicio como se le había pintado el almirante de Castilla, y que no era Un 
fácil empresa como habia creido la de sentarse en el trono de sus mayores. 
U3S misinos portugueses se quejaban amargamente de la alianza de su rey con 
el archiduque. Viendo los aliados cuan mal iba para ellos la guerra en aquel 
reino, determinaron probar fortuna por otra parte» enviando dos escuadras» 
mía de cincuenta velas á Barcelona» otra de veinte á Andalucía» con objeto de 
levantar aquellos países, que suponían mas dispuestos en su favor. A fin de 
concitar á la rebelión iban unos y otros en abundancia provistos de manifies- 
tos, proclamas, cartas y despachos de gracias, con los nombres en blanco» los 
cuales entregaban en los pueblos de la costa á las personas con quienes ya con- 
taban, para que los distribuyesen. Ningún fruto produjo la tentativa en An- 
dalucía, no obstante ser el país en que estaba mas relacionado el almirante: 
las guarniciones y milicias cumplieron con su deber: los seductores fueron des- 
cubiertos y castigados, y quemados los papeles subversivos. 

No era en verdad tan sano el espíritu que dominaba en las provincias del 
Este de España, señaladamente en Valencia y Cataluña. Iba mandando la es- 
coadra destinada á Barcelona el príncipe de Darmstad, austríaco» virey que 

de 1703 á 4706, Carla 3.*, eo el SemaDarío Erudito de Valladaref,toin. VIL 



SSO BlSlORiA DE ESPAÑA. 

liabia sido de Cataluña en el ultimo reinado» y llevaba dos mil hombres de des- 
embarco. Dispaesto tenian ya los barceloneses de sa partido abrirle por la no- 
che la puerta del Ángel. Pero descubiertos y castigados los autores de esta 
trama, tuvo que reembarcarse con su gente el de Darmstad, aunque no sin 
dejar la ciadad llena de papeles sediciosos. Vista la disposición de los cátala* 
nes, tratóse de enviar al Principado tropas francesas: mas el virey don Eran- 
cisco Velasco representó tan vivamente contra esta medida, á causa de la anti-> 
patía de aquellos naturales á la gente de Francia, que auguraba que con esta 
se perderla todo, y no necesitaba mas fuerzas para mantener tranquila y obe-' 
diente la provincia que los mil seiscientos infantes y los seiscientos coraceros 
que le habian sido enviados de Ñapóles. Confianza imprudente, que pqso ai 
Principado y á la Espafia entera en el conflicto que veremos después (4)« 

Aun duraba en Madrid el júbilo producido por los prósperos sucesos de Por* 
tugal, cuando vino á turbarle un acontecimiento que había de ser de fatales 
consecuencias para lo futuro. El príncipe de Darmstad, enemigo temible, por 
lo mismo que babia estado muchos años ejerciendo mandos superiores al ser- 
vicio de España, dirigióse con su escuadra á poner sitio á la importante plaza 
de Gibraltar, que se haUaba descuidada y desguarnecida. Sa gobernador don 
Diego de Salinas habia venido á Madrid antes que el rey saliera á campaña á 
hacer presente la necesidad de guarnecer y artillar aquella fortaleza; mas sa 
justa reclamación fuó muy poco atendida, y el marqués de Villadarias, á quíort 
por último el rey encargó su cuidado, no pensó en ello, ni creyó que los ene- 
migos intentasen nada por aquella parte. Asi fué que cuando desembarcaron, 
los dos mil hombres de Darmstad (2 de agosto, 4704), apenas llegaría á ciento, 
inclusos los paisanos, la guarnición de la plaza. Cortada fácilmente por los^ 
enemigos toda comunicación por tierra y por mar, y sin esperanza de socorro 
los de dentro, todavía el gobernador contestó con valentía á la intimación del 
de Darmstad; y harto fué que resistiera dos días á los impetuosos ataques de 
los ingleses; mas como quiera que le faltasen de todo punto elementos para 
prolongar más la resistencia, hizo una decorosa capitulación, saliendo él coa 
todos los honores, y ofreciendo el príncipe austríaco conservar á los habitan** 
tes su religión, sus bienes, casas y privilegios; condición que no fué cumplida» 
porque los templos fueron profanados, las casas saqueadas, y los vecinos tra* 
lados con todo el rigor de la guerra. De este modo perdió España aquella im* 
portante plaza, baluarte de Andalucía y llave del Mediterráneo (S). Posesio- 

(f) Macanáz, Memorias, cap. 41.— Be* (S) San PeUpe, Gomeourios.— Bcl»ndo, 

<íaDJo, Uistoria Civil, P. 1., c. 30.— San Feli- Bistoria civil de E<pafta, Parlo 1., r. 3f ._ 

pe, Cunienianos, tom. I.— Peiiú de la Pefla, Macanái, MemoriiK, cap. 18.— John Utk* 

Anales deCaialu&a« gard, ilist. de Iitg aierra. 



PARTE 111. LIBRO VI. 281 

hados los ingleses de Gibraltar, ¿ nombre de la reina Ana, hicieron ana ten- 
tativa sobre Cenia, pero visla la valerosa contestación y la firme actitud del 
gobernador, marqaés deGironella, desistió el de Darmstad de aqael intento.' 

Quiso el marqués de Yilladarias enmendar su falta anterior, y acudió ¿ so- 
correr á Gibraltar, pero llegó ya tarde. Lo mismo sucedió con la escuadra fran- 
cesa del Mediterráneo, que desde Tolón, al mando del conde de Tolosa, hijo 
natural de Luis XIV. y primer almirante de Francia, tomó rumbo hacia Gi- 
braltar. Encontróse esta armada, compuesta de cincuenta y dos buques ma- 
yores y algunas galeras de España, con la anglo-bolandesa, mandada por el 
alm'rante Rook, que constaba de unos sesenta, en las aguas de Málaga. Pre* 
paráronse nna y otra para el combate; el viento favorecia á la de los aliados; 
dióse no obstante la batalla que tanto tiempo hacia se esperaba entre las fuer- 
as navales de las potencias enemigas (24 de agosto, 4704). Huchas horas 
doró la refriega; ambos almirantes pelearon con inteligencia y valor, y hubo 
pérdidas de consideración por ambas partes: de los franceses murieron mil 
quinientos hombres, con el teniente general conde de Relingne y el maríscai 
do campo marqués de Gastel -Renault; los enemigos perdieron al vice-almiran^ 
teSchowel; pero anos y otros hicieron relaciones exageradas y pomposas de 
la batalla (4), atribuyéndose cada cuál la victoria. Aunque después volvieron 
á verse ambas escuadras, no mostraron deseos de repetir el combate. Los 
anglo-holandeses hicieron rumbo hacia el Océano; el conde de Tolosa dejó do- 
ce navios coD gente y artillería cerca de Gibraltar para reforzar al marqués de 
Yilladarias, y dejando también las galeras de Blspaña en el Puerto de Sa 
Haría, se volvió á Tolón, de donde babia partido. 

Con mocho ardimiento emprendió el de Villadarias la recuperación de Gv* 
brallar, para coya empresa contaba con las tropas qoe él habia llevado, con 
los tres mil qoinientos hombres y los doce navios que al mando del barón de 
Pointy le dejó el conde de Tolosa, con la gente que llevó el marqués de Aytona» 
yconalgimos grandes qoe concurrieron voluntariamente ala empresa, como el 
conde de Aguilar, el doqoe de Osuna, el conde de Pinto y otros. Pero habia 
eide Darmstad fortificado bien la plaza: habia recibido un refuerzo dedos mil 
ingleses; echóse encima la estación lluviosa; las aguas deshacian las trínche- 
nte; las enfermedades diezmaban el campamento español; consumíanse inútil- 
mente hombres, caudales y moniciones; los oficiales generales reconocían to- 
dos qae era imposible tomar la fortaleza, y sin embargo el de Yilladarias 
cs^bia siempre al rey que pensaba tomarla en pocos dias. Asi lo creyó Felipe, 



0) B«laD<lo, San Felipe, Maeanix, en sus glaterra.— Rela'^Jon de esta baUUt ea la 
('«veeUvM historiaa.— Us hislorias de In- Gaceta de Madrid. 



282 HISTORIA DE ESPA5^A. 

hasta que con vista del plano de la plaza y obras del sitio, y pesadas las ra* 
zones del marqués y de los demás ganerales, se convenció de qae éstos eran 
los que discurrían con acierto y aquél el engañado. Has por consideración al 
m irqués, y á ñn de proceder con mas conocimiento y seguridad, no quiso dar 
orden para que se levantara el sitio hasta que le reconociera el general francés 
mariscal de Tessé, que vino por este tiempo á Madrid (7 de noviembre, 4704) 
á reemplazar el duque de Berwick en el mando superior del ejército. 

Era ya principio del año siguiente (4705) cuando el mariscal de Tessé pasó 
al Campo de Gibraltar á reconocer los cuarteles^ y vio los trabajos y fatigas 
de todo género que durante el invierno habían pasado los sitiadores, y que los 
sitiados recibían con frecuencia socorros, y que la bahía estaba cubada de 
naves enemigas; y aunque conoció la difícnltad de la empresa, no quiso aban* 
donarla sin tentar un esfuerzo. Hizo que acudieran de Castilla mas de otros 
cuatro mil hombres, y se determinó á dar un asalto (7 de febrero) con diez 
y ocho compañías, las nueve de granaderos. El asalto fué infructuoso, y costó 
algunas pérdidas. Ta no quedaba mas esperanza que el auxilio de la armada 
francesa, pero ésta fué en parte dispersada por una tempestad, en parte des^ 
truida por otra inglesa de cuarenta y ocho navios que al mando del almirante 
Lake salió del Támesis á prQteger á los de Gibraltar. Todo esto determinó al 
mirisoal de Tessé á levantar el sitio; sitio desastroso, y costosísimo ¿ Espafía» 
por los muchos hombres y caudales que en él lastimosamente se consumieron; 
y esta fué, dice con justo dolor un escritor conCemporáneo» la primera piedra 
que se desprendió de esta gran monarquía (4). 

Por el lado de Portugal, viendo el rey don Pedro y el archiduque Garlos 
una parte de nuestras tropas distraídas en el sitio de Gibraltar, otras descan- 
sando en cuarteles de refresco, y como les hubiese llegado un refuerzo de 
cuatro mil ingleses, repuestos algún tanto de so aturdimiento anterior, em- 
prendieron las operaciones por la parte de Almeída, é hicieron una tentativa 
sobre Ciudad-Rodrigo. Pero frustró sus cálculos la habilidad y presteza del du- 
que de Berwick, que se adelantó ¿ aquella ciudad con un cnerpo de ocho mil peo- 
nes, con los cuales no solo protegió In plaza, sino que contuvo del otro lado del río 
al ejército aliado, no obstante que se componía de treinta mil hombres, entre 
portugueses, ingleses y holandeses, no haciendo otra cosa el general Fagelqne 
movimientos y evoluciones inciertas, sin atreverse á pasar el rio, ni á com- 
prometer una acción, teniendo que retirarse al cabo de tres semanas (8 de oc- 
tubre, 4704) con el rey y el archiduque. Igual éxito tuvo otra tentativa de los 



(4 ) Helando , Historia civil de Espaffa, tartos, A. 4704^1706.— Macanfti, Vemoríat, 
ton. 1., cap. 31 i 85.— San Felipe, €omen« capitulo IS. 



r 



PARTE m. LIBRO VI. 28» 

aliados sobre Salvatierra, con lo cual desanim-jioa de tal modo que tuvieron á 
bien volversd á Lisboi. Al propio tiempo el marqués de Aytona con la gente 
qae mandaba en Jerez de los Caballaros manudeaba las incursiones en Lerri- 
torio portugués, tenisndo el pais en continua alaterna, y llevando siempre presa 
de ganados y no pocos prisioneros (4). 

En medio del estruendo de las armas no habian cesado las intrigas y las 
rívalidadei palaciegas, influyendo no poco en la marcha del gobierno, y aun de 
las operaciones militares. Aprovechó Luis XIV. la salida de Madrid de su nieto 
Felipe para separar á la princesa de los Ursinos, lo cual dispuso que so ejecu-' 
tara con tales y tan misteriosas precauciones, como si se tratara de un asunto 
4e que dependiera la suerte de su reino. Las instrucciones que dio á su emba- 
jador sobre la manera como habia de comunicar al rey esta respluccion ponién- 
dose antes de acuerdo con el marqués de Rtvas y el duque de Berwick; los lér- 
minos en que escribió al rey y á la reina; las medidas que mandó tomar para 
qua saliera la princesa sin despedirse de su soberana; la orden que recibió la 
délos Ursinos de emprender inmediatamente el viage hacia el Mediodía de la 
Francia, de donde se trasladaría ¿ Roma; la amenaza de que en el caso de re« 
sistirse á esta medida retiraria su apoyo y haría la paz abandonando la Espaíia 
ásu propia suerte, todo mostraba el decidido emperno del monarca francés, co- 
mo de quién estaba persuadido, y asi lo decia, de que con el alejamiento déla 
camarera iban á desaparecer todos los desórdenes, todo el descontento y todos 
los males de España. 

Separado Felipe de sa esposa, no se atrevió á oponer resistencia; la reina 
calló, devorando el amargo dolor que aquel golpe le causaba; la princesa le re- 
cibió con dignidad y con orguMo; obedeciendo el mandamiento, salió de Madrid 
' sin poder ver á la reina (marzo, 4 70 i), y en Vitoria se encontró con el duque 
de Grammont, que venia á reemplazar en la embajada de Francia al abate Es- 
trées, separado también por Luis XIV. Fué nombrada camarera mayor la du- 
quesa viuda de Dejar, una de las cuatro que el monarca francés proponía para 
sustituirá la de los Ursinos. 

Lleno de presunción, y con no pocas pretensiones de dirigir y gobernar la 
España, llegó el nuevo embajador á Madrid y S3 presentó á la reina. Mas no 
tardó en conocer que la joven María Luisa, á pesar de su corta edad, tenia so- 
brado carácter para no ser dócil instrumento de estrañas influencias: desde la 
primera conferencia comprendió también que ni perdonaría jamás la ofensa da 
haberla privado de su conñdente y su íntima amiga, ni se consolaría nunca de 



(I) Suceíos acaecidos, eic.—Belando, San dito, tono. YII, 
Felipe, Maeanáz, ub. sup-'-SemanarioEru- 



.281 mSTORIA DE ESPAÑA. 

la pena y morliñcacion que esto le había producido; y con este convencimien- 
to partió Grammont á reunirse al rey en la frontera de Portugal. Estendiánso 
las instrucciones del nuevo embnjador á trabajar por la destitución de todo el 
L'obierno formado por influjo de la princesa de los Ursinos; y como bailase re- 
sistencia en Felipe, empleó todos sus esfuerzos en convencer á la reina, por 
cnyos consejq^ sabía se guiaba y dirigía el rey: pero no pudo sacar de ella sino . 
esta irónica y evasiva respuesta: «¿Qué entiendo yo, niña é inesperta como 
soy, en materias de política y de gobiernoT» De contado esta pretensioniproda- 
jo paralización en todos los negocios públicos, confusión y desorden, quejas y 
dcscootento general* A pesar de toda la insistencia de Luis XiV. por derribar 
y cambiar el gobierno, ta) vez no habría podido vencer la resistencia de los 
reyes de Espaúa, si los sucesos de la guerra hubieran hecho menos necesaria 
sn protección. Pero la pérdida de Gibraltar les puso en el caso de no poder 
descontentar á su augusto protector, y dio ocasión al monarca francés de pon- 
derar los resaltados de la mala administración de Orri y de Canales, «quienes 
en buena ley, decía, merecerían que se les cortara el pescuezo.»* 

Con esto no ae atrevieron los reyes ¿ resistir más, y consintieron, aunqao 
con repugnancia, en el cambio de gobierno (setiembre, 4704). Orrí fuella** 
mado á París para que diese cuenta de su administración y conducta: el mar* 
qués de Canales fué separado, y se devolvió al de Rivas todo el lleno de su anti- 
guo poder como secretario de Estado, y se formó una Junta compuesta del con-> 
de de Montellano, gobernador del consejo de Castilla, del duque do Montalto» 
presidente del de Aragón, del conde de Monterrey, que lo era del deFlandcs, 
del marqués de Mancera, del de Italia, de don Manael Arias, arzobispo de Se- 
villa, y del duque de Grammont, embajador de Francia. Fué complacida la reina 
on no incluir en el nuevo gabinete á Portocarreroy á Fresno» á quienes recha- 
zaba. Pero esto no impidió para que Luis XIV., penetrado de la disposición y 
del espirito de la reina, le escribiera una carta fuerte en la cual entre otras co- 
sas le decía. «¿Queréis á la edad de quince aOos gobernar una vasta monarquía 
c(mal organizada? ¿Podéis seguir consejos mas desinteresados y mejores que los 
(cmios?.... Sobradóse que vuestro talento es superior ¿ vuestra edad.... aproe- 

«bo que os lo confíe todo el rey, pero todavía uno y otro tendréis por mucho 
atiempo necesidad de ageoo auxilio, porque no es posible tener lo qoe solo da 
cda esperíencia...... 

En cuanto á la princesa de los Ursinos, cuya ausencia no cesaba de llorar 
la reina, y con la cual seguía manteniendo reliciones confidenciales, no sola-* 
mente logró por medio de sus amigos de la corte de Versalles permanecer en 
Tolosa, en lugar de Roma, donde había sido destinada, sino que calculando 
Luis XIV. lo que le interesaba ganar aquella muger importante, comenzó á hala* 




PARTE III. L!BRO VI. 235 

garki impetrando un capelo para el abate La Tremouille, su hermano, y nom- 
brándole después embajador cerca de la Santa Sede.' Notóse desde entonces 
ooa variación completa de condjcta en ambas cortes. Tratábanse y se comu- 
nicaban con espansion los que antes no se hablaban sino con recelo y descon- 
fianza. De la nueva disposición del gabinete francés se aprovechó la reina pa- 
ra consegnir que fuera separado el duque de Berwick, y que viniera ¿ reem- 
plazarle en el mando del ejército el mariscal de Tessé, adicto á la princesa de 
los Ursinos (noviembre, 4 70 i). A poco tiempo solicitó la princesa el permiso 
para presentarse en Versalles á dar sus descargos. Goncediósele Luis XiV., y 
esta debilidad del monarca francés equivalió á confesarse vencido por el má- 
gico poder de aquella muger seductora. El mariscal de Tessé con sus infor- 
mes acerca de la situación de España y de la conducta de cada personage» 
contrarios á los que habian dado los embajadores (1), y el conde de Monte- 
llano, presidente de Castilla, con sus trabajos en favor de la reina y de la fa- 
vorita, coop3raron mucho al nuevo giro y al desenlace que iba llevando eslo 
niidoso asunto. 

Vor mas que el embajador Grammont y el confesor Daubenton trabajaron 



(!}' «Preferirían los espaftoles, decía en- en cuanto á los pormenores de la guerra, lo 
tre otras cosas en su informe el mariscal, mismo entiende qne si no hubiera Ȓdo go- 
ver la desiroccion del género humano, 4 bernador de Flandes.~ El marqués de Mejo- 
aer gobernados por los franceses: tal vezén- rada es hombre honrado y rico: no ha ser- 
tes ^hubieran sometido, pero ya es dema- vido nunca y no quiere responder de nada: 
siado tarde. La profunda aversión que llene seria un dependiente fiel y concienzudo, si 
la reina al duque do Grammont nace de ha- no tuviera masque hacer que lo que lo 
ber sabido por boca del rey que habia tra- mandaran.... Estos y el embajador de Pran- 
tado de qoe no tomase parte en los negó- cía son los que componen el gabinete...... 

eioi públicos Sabe además que el emba- Bn resumen; un rey Joven que no- piensa 

jidor y el confesor andan muy unidos y con- mas qoe en su muger, y una muger que so 

bbalados á fin de impedir la vuelta de la ocupa de su marido: cuatro ministros desu» 

bT(»r¡ta,que parece indispensable....» nidos entre si, que se hallan acordes euan- 

l'Uego, pasando revista á cada uno de do se trata de cercenar la autoridad del rey, 

Iss del Consejo decía: «El presidente de Gas- y un secretario de Estado sin voto, y que se 

tilla, Montellano.... tiene, 4 lo que parece, conforma con obedecer. -Has capaz de ser- 

boenas intenciones, jcon tal de que pase to- vir seria el marqués de Rivas» pero conM> tu« 

^ por la cámara de Castilla, que se eonsi- rola desgracia de indisponerse con la prin- 

dera eomo el tutor, no solo del reino, sino cesa de los Ursinos, se hizo insoportable A 

UQbien del rey..^ .-*£1 marqués de Manee- la reina 

^ es muy anciano, y no conoce mas que la «En cuanto al Consejo de la Guerra, com- 
pleja rutina; es eomo un consejero nominal, pénese de gentes que Jamás han estado en 
--Xoniatto parece bien intencionado, aun- ella, que han leido algunos libroteft, quo 
qne nomo atrevo á asegurarlo: aborrece la hablan del asunto, y que tienen una avcr- 
gverra, en que no entiende nada, y es in- sion indecible hacia todo lo que so llama 
capasdetüjetarte.— Monterrey ha visto algo guerra: quisieran triunfos, pero sin hacer 
snPlandesy ha logrado algunos triunfos: nada para prepararlot..M etc.»— rUemorias 
tiene mu imaginación qne ios oíros, pero de Noailles, lom. III. 



286 niRTORIA DE ESPAÑA. 

rn opuesto sentido, ponderando á Luis XIV. el pernicioso influjo de la princesa 
para con la reina, y el de la reina para con su marido, pintando á éste como 
un hombre sin voluntad propia y enteramente sometido á la de una reina ni- 
fia, que era oprobioso se mezclara tanto en los negocios públicos, y que por lo 
mismo era muy conveniente separarlos, todos los esfuerzos ó intrigas se es- 
trellaron contra la mayor habilidad de la reina y de la princesa, y contra el 
mayor ascendiente que habian ido adquiriendo sobre el monarca francés. El 
mismo Felipe se confosó arrepentido de las declaraciones contrarias é sus sen- 
timientos que habia hecho por instigación del embajador y del confesor, y el 
resultado fué tan contrario ¿ sus planes y proyectos, que los separados fueron 
ellos mismos. El monarca francés se penetró del mérito de la princesa da los 
Ursinos, y volviendo á su antiguo plan de gobernar á la reina por medio de la 
camarera, anunció á Felipe su resolución de devolver á la princesa y á Orri 
sos anteriores empleos y cargos. 

Semejante mudanza en la política de un hombre de la edad, de la espe- 
riencia y del talento de Luis XIV., por estraña que pareciera, pudo preve^rso 
desde que accedió á que la princesa fuese á Versalles á justificarse. Después 
de haber salido á esperarla el duque de Alba, embajador de España, con otros 
muchos magnates y cortesanos, su recibimiento fué como el de una persona á 
quien se trataba de desagraviar, y pronto se vio concurrir á su casa tantos 
y tan distinguidos personages como al palacio real. Cómo se manejaría esta 
muger singular en sus entrevistas y conferencias con el rey y con la Main- 
tenon, dejábanlo discurrir los favores y distinciones con que Luis XIV. de 
público la honraba. Pero lo que se comprendía menos era ver, que después 
de haber obtenido el permiso para volver á España al lado de la reina, des- 
pués de nombrado un embajador que le era completamente adicto, Amelot, 
presidente del parlamento de París, y hombre de vastos conocimientos y prác- 
tica diplomática, aun permaneciese la princesa en Versalles, sin saberse la 
causa, y dando lugar á que se hiciesen sobre ello juicios tal vez temerarios. Es 
lo cierto que parece haber despertado los celos de la Maintenon, y llegado eslo 
caso no pudo prolongar más su permanencia; con lo cual se resolvió á volver 
á Madrid, no sin traer carta blanca para nombrar un ministro y dirigir el go« 
Lierno á su antojo (4). 

Los reyes mismos salieron de la corte á esperarla, y llegaron hasta Cani- 
llejas, donde la encontraron, y después de abrazarla con efusión la invitaron 

(I) Memorias de NoaiUes, tomo 111.^ de Felipe Y., de la priaceía de los Urslnot* 

ídem de Berwick y de Tessé.— William Coxe de Torcr, y de otros persooages que Qgara- 

úiserta, como siempre que trata de estos bao eo estos enredos, 
asuntos, varias carias ouriosas deLuisXlV.^ 



PARTE III. LIBRO VI. 237 

á lomar asiento en la regia carroza, honra desosada, que ella tavo bástanlo 
diacrecion y política para no aceptar. Bn Madrid tuvo an recibimiento de 
reina (5 de agosto, 4705), y pueblo y nobleza mostraron el mayor júbilo de 
Tolverla á Ter. La reina estaba loca de gozo, y lo singular es que Luis XIV. es- 
cribiera ensalzando con entusiasmo las prendas de la princesa, y esperando 
qae seria el remedio de los males de Espafia, como antes habia supuesto que 
era la causadora de ellos. Orri y Amelot la habian precedido, á fin de tener 
|>rq)arado lo que á cada uno según su cargo le correspondía (4;. 

Pero ya es tiempo de que volvamos á anudar las operjciones de la guerra, 
en las cuales veremos cómo influyó el gobierno que hubo antes y después del 
regreso de la de los Ursinos* - 

Como todo se habia consumido en el malhadado sitio de Gibraltar, ejór- 
dto, caudales, artillería y municiones, y las pocas tropas que cjuedaban so 
hallaban repartidas en las guarniciones y fronteras, los enemigos se aprove- • 
charon de esta circunstancia para recobrar á Marban y Salvatierra, y apode* 
rarse de Valencia de Alcántara y de Alburquerque (mayo, 4705), y después 
de amagar por un lado á Badajoz, por otro á Ciudad-Rodrigo, pero sin em- 
prender el sitio de ninguna de estas plazas, se retiraron, á coarteles de re- 
fresco. Acaso influyó en esta retirada la muerte repentina.del almirante de 
Castilla don Joan Tomás Enriquez de Cabrera, el gran atizador de la alianza 
de Portugal contra Felipe V. de España (2). 

Habiendo después enviado los aliados á Portugal un refuerzo de quince mil 
hombres al mando del general Peterborough, se prepararon á emprender una 
campaña vigorosa. Y en tanto que el archiduque, y el de Darmstadt, y el do 
Peterborough, partiendo de Lisboa con grande armada anglo-bolandesa re- 
corrían todo el litoral de Espafia por la parte del Mediterráneo, sublevando 
alganas de sus provincias contra la dinastía dominante y en favor de la casa 
de Austria, en los términos que luego referiremos, el ejército enemigo de 
Portugal volvió sobre Badajoz, con ánimo al parecer de ponerle formal asedio 
(octubre» 4705). Mandaba entonces las tropas inglesas el general Galloway; 

(I) La daquesa de Bejar se apresuró á marqués de las Minas y otros, y acompafia- 

laeer su renuncia tan luego como llegó la ron al almirante hasta su tienda; dijo que 

princesa. quería reposar y se echó en la cama, y ¿ po« 

rS) Goénuse la muerte de aquel funesto co rato le hallaron muerto en ella. Habia 
magnate de la siguiente manera. Dicen que publicado un manifiesto explicándolos mo- 
comiendo con el general del ejército portu- tiros que tuvo para pasarse á Portugal, y 
gués marqués de las Minas, y disputando hecho imprimir otros documento» fmpor- 
eon el conde de San Juan, le dijo éste que tantos.— Macanas, Memorias MS., cap. 38.— 
él no era traidor como él á snrey.El almi- San Felipe, GomenUrios.— Noticias indi vi- 
rante faé á embestir al conde, y el conde por duales de los sucesos, etc. tomo Vil. del Se« 
sa parte hiio lo mismo: interpusiéronse el manario Erudilo.-Belando, P. 1., c. W. 



238 HISTORIA DE ESPAÑA. 

í^agel las holandesas, y las portuguesas el marqués de las Minas. Á socorrer 
la plaza, estrechada hacia ya mas de ocho dias, acudió el mariscal dé Tessé, 
y aunque el número de sus tropas era muy inferior á las de los aliados, no 
lograron éstos impedirle el paso del rio (45 de octubre)» Metió en ella un so- 
corro de mil hombres; y puestos luego los dos ejércitos en ademan de com- 
bate, y después de hacerse fuego por algunas horas, retiráronse los aliados, 
herido mortalmente Galloway, y abandonando multitud de cureñas, municio- 
nes y otros efectos de guerra. Con esto acabó la campaña de Portugal por 
este año de 4705. 

Mas no por eso tenia nada de lisonjera la situación de España. Pronun- 
ciábanse las provincias de Levante en favor del archiduque, como hemos in- 
dicado, y de lo cuál daremos luego cuenta separadamente, y la marcha y con- 
ducta de los hombres del gobierno contribuid no poco á empeorar, en vez de 
mejorar aquella situación. Se habian hecho algunos cambios en el personal 
antes del regreso de la princesa de los Ursinos: el marqués de Rivas hatia 
sido separado de nuevo, los negocios de su ministerio se dividieron otra vez, 
quedando los de Estado á cargo del marqués de Mejorada, los de Hacienda y 
Guerra al de don José de Grimaldo, muy estimado de los reyes. Pero quejá- 
base la de los Ursinos del difícil remedio que tenian las discordias y divisio- 
nes creadas durante su ausencia. Al mismo tiempo el embajador Amelot, que 
se habia propuesto seguir una línea de conducta opuesta á la de sus ante- 
cesores, y solicitar la coopei-acion de los ministros en vez de mostrar preten- 
siones de gobernarlos, se quejaba de su indolencia y de su abandono; de que 
seria imposible restablecer el orden de los negocios públicos; de la oposición 
á las miras de Luís XIV. que la reina habia alimentado antes, y aun duraba; 
de que los soldados se desertaban por falta de pan, loa oficiales pedian su re- 
tiro, todo el mundo reconocía la falta del dinero, y nadie se cuidaba de bus* 
cario (4); de que los grandes no pensaban sino en recobrar su antiguo poder, 

• (4) Ta en principio del afio habia apela- formáDdoroe conloqae el mismo Consejo 

do el roy á un recurso estrao.rdinario, por y ministros de él me han representado sobre 

cierto bien gravoso, con el litólo de do- «ste punto: Ordeno y mando que por via do 

nativo donativo general se cobre luego en todas las 

«Necesitando, decía el real decreto, la ciudades, villas y lugares de estos reinos 

Justa defensa de estos reinos de medios cor- un nal á cada fanega de tierra I abran^ 

respondientes á los crecidos gastos de la Ha: dot reales ú cada fanega de íierra que 

guerra, y no bastando el producto de las contenga huerta, viña^ olivar^ morrroj. 4 

rentas reales, ni el de otros medios estraor- otro» arbolee frucHferot\ cinco por ciento 

diñarlos que basta aqui han podido servir de alquileree de caeat, y en las que babi- 

de algún alivio, ha sido preciso recurrir al taren sus dueftoi el valor que regularmente 

medíoque el Consejo de Castilla me propuso tendrían s»i se arrendasen; cimeo j or ciento 

del repartimiento general por vía de donati- de loe arrendamie %loe de dgheene, pattoe 

vo en todas las provincias del reino; y con- y molino»', cinco por ciento de lo» arrenda* 



PARTE Ui. UBRO VI. SS9 

} tener al rey en perpetua tutela; de que irl descontento del pueblo crecía, f 
las canjuraciones de lo6 magnates se multiplicaban. 

Por 80 parte el ministro de Hacienda Orri, afanado por proporcionar re-* 
coreos con qoe atender á las necesidades de la guerra, no se atrevió á res-* 
tablecer sus antiguos proyectos, la tentativa de un nuevo impuesto personal 
esinvo á punto de producir una rebelión, toda propobicion para levantar fon- 
dos era combatida, y el gran economista tuvo que apelar á un donativo de 
dos millones de libras que ofreció el gobieino francés. El mariscal de Tessó 
daba por su parte iguales ó parecidas quejas respecto al número, organización, 
pagas y subsistencias de las tropas. Y la princesa de los Ursinos veía que 
coalquiera innovación, por pequeña que fuese, alarmaba y sublevaba ¿ les 
quisquillosos grandes, que asi se impacientaban por que se intentara aumentar 
lagoardia real, como porque se faltara en algo á las prescripciones déla 
etiqueta palaciega, dando al príncipe de Tilly, nombrado grande de Espa« 
lia, cierto asiento de preferencia en la misa de la capilla real. 

No era solo oposición de este género la que babia de parte de algunos 
grandes; eran ya verdaderas conspiraciones. Una hubo para apoderarse de 
los reyes el día del Corpus al tiempo que volvieran al Buen Retiro. El con* 
de de Giínentes babia formado un partido austríaco en Andalucía, y si bien» 
descubiertas sus tramas, fue preso eu Madrid, logró fugarse para ir á suble- 
var los reinos de Valencia y Aragón. Habíase preso al marqués de Leganés 
(44 de agosto) en el /nismo palacio del Retiro. Afírmase que la mañana quo 
se le prendió amanecieron las puertas de las casas de Madrid señaladas con 
dos cifras, una encarnada y otra blanca, que se tuvieron por signos ó emble- 
mas de la conspiración; y aunque no se pudo hacer prueba legal contra el 
marques, recaían sobre él vehementes sospechas, lo cual bastó para que se le 
ODcerrára en el castillo de Pamplona, de donde fué después trasladado á Fran- 
cia. La grandeza se ofendió mucho de aquella prisión del marqués, hecha 
sin guardar las formalidades y sin respeto a los privilegios de su clase (4). 

*ienlút d% lo» lugaret f términot que lot preseDleo todos los vecinos relacioD jaraüa 

twoierená patio y lafti»r, cuya paga fuere de los bienes que cada uno tiene y posee, pe^ 

efliflMrae«di<; eiueo por jeienio de fueroe, na de perdimiento de lo que ocultase 

reniat y derecho», excepto lot eeneoe; «n etc. En Madrid á 98 de enero de 1795 aftos. 
reaide cada cabeza de ganado mayor cer- —a don Miguel Francisco Guerra, goberna- 
rte, weuMo^ mular y eaballarf ocho maro- dor del real Consejo de Hacienda • MS. de 
ttdnde cada cabeza de ganado menudo, la real Academia de la llbloria. 
lauar^^brioy de cerda: que la paga de (1) Habla en contra del marqués el an-» 
estas cantidades sea íntegra, sin que por ra- lecedente de haberse negado á prestar el 
»n de carga de censo ú otra alguna se baga juramento de adeudad al nuero sob rano, 
bajan! descuento; que ante las justicias de y haber dicho en aquella ocasión: Ee coea 
cada una de las ciuJades, villas y lugares terrible querer ex.onfrmeú que deten^. 

Auno IX. 49 



290 HISTORIA DE ESPAÑA. 

A vista de estas disposiciones se hace menos estraño que la princesa do 
los Ursinos, antes tan enemiga de la influencia francesa, se mostrara ahora 
desconfiada de los españoles y partidaria del influjo y de los intereses de la 
Francia; que los reyes mismos buscaran ya en ella su apoyo, y que el emba- 
jador Amelot propusiera en el Consejo que las plazas de Sanlúcar, Santander, 
San Sebastian, y otras de Guipúzcoa y Álava recibieran guarnición francesa. 
Pero esta proposición, aunque hecha á presencia del rey, y sostenida por él» 
de acuerdo con la reina, fué combatida con energía por los consejeros como 
deshonrosa para el monarca y vergonzosa para el reino, y desechada como 
tal, expresándose con calor en Contra de ella el marqués de Mancera y el de 
Montellano, lo cual hizo al rey ^producirse con una viveza desusada, y al em- 
bajador Amelot faltar á su habitual circunspección. Con este motivo Monterrey 
y Montalto hicieron dimisión de sus plazas; se dio al conde de Frigiliana la 
presidencia del consejo de Aragón, y se nombró individnos del consejo de ga- 
binete al duque de Veragua y á don Francisco Ronquillo. En cambio empe- 
gáronse los grandes en que el embajador francés no asistiera al consejo, en 
tanto que el embajador español no asistiera también á los consejos del gabi- 
nete de Versalles (4). 

Tal era la situación del ejército, de la hacienda, de la corte y del gobier- 
no, cuando se levantó el estandarte de la rebelión en varias provincias de Es- 
paña contra su legítimo soberano Felipe de Borbon, proclamando los derechos 
del archiduque Garlos de Austria, en los términos que lamoa á referir en el 
capítulo siguiente. 



«aiiM la tipada eoníra la eiua d« Auitria, sos papeles, y llevaron á la clrerl 5 todos 
ó la cual deb$ la mia tantoi den«/lctof .»— sus oriadoa mayores. Ed cuanto á Uí causas 
Sobre la prisión y proceso del marqués de de la prisión, dice: «Es vergüenza tomar en 
Leganés pueden leerse las Memorias de «la boca las quimeras, embustes y noveda- 
Tessé, las manuscritas de Macanas, cap. il, cdes que en esta corte se han inveniaUo so- 
las cart'is de la princesa de los Ursinos i «bre que habla traición, y que corría peli- 
madame de Maintenon, etc.— El conde de «gro la persona del rey, y que había armas 
Robres, Historia de las Gue:ras civiles de «dispuestas, con otro millón de desalióos, y 
España, MS. lib. 5, párr. 3*. «solo se tiene por cierto que la prisión del 
Tenemos ¿ la vista una relación manus- «marqués ha sido por aseguiarse el rey de 
crita de esta prisión, becbaen aquellos mis- tau persona, la cual por muchos motivos ha 
mos dias, en que so dan curiosos pormeno- «sido tenida por desafecta i su real casa, y 
res del modo como fué ejecutada por el «porque no había hecho el Juramento do 
principe de Tilly al llegar el de Leganés al «fidelidad, aunquese le habla dadoá entender 
cuarto del rey, cómo se le condujo en un «lo hiciese; y otras razones que en los reyes 
coche hasta Alcalá^ donde ya l^abia otro «no se pueden apurar.»— M8. de la Bibliote- 
preparado para llevarle i Guadalajara, y ca Nacional, 11. 13. 
alii otro carruage dispuesto para trasporUr- (I ) San Felipe, Macanit, Noaillet, Tessé, 
lea Pamplona, y c6mo dos alcaldes de c6r~ Berwick, San Simón, en sus respectivas 
te pasaron luego á au casa, tomaron todos Memorias.— Duelos, Memorias secrelaa^ 



CAPITULO V. 



GO£RRA CIVIL- 



VALENCIA: CATALUÑA: ARAGÓN: CASTILLA- 



9e tf •» * ftv«v. 



Pmiidabto armada de los aliados en la costa de Bspafia.— Gomiensa la tnsorreoeton en el 
Riño de Yaiencia.— Embiste la armada enemiga la plaza de Barcelona.— El arebido- 
qae Cirios: el principe de Darmstadt: el conde de Peierborougb.— Critica posición del 
Yirejf Veiasco.— Espiritn de loscatalanes.— Ataque i Monjuieb.— Muerte de Darmsudt. 
—Toman los enemigos el castillo.— Bombardeo de Barcelona.— Estragos.— Capitulación. 
-Horrible tumulto en la ciudad.— Proclámase en Barcelona 4 Carlos IlL de Austria.— 
Beelárase toda Catalufia por el arcbiduque, i escepcion de Eosas.— Decídese el Aragón 
por el austriaco.— Terrible dia de los Inocentes en Zaragoza.— Guerra en Talencia.— 
Ocupan los insurrectos la capiUl.-Sale Felipe V. de Madrid con intento de recobrar á 
Barcelona.— Combinación de los ejórcilos castellano y francés con la armada francesa. 
-Llega la armada enemiga y se relira aquella.— Sitio desgraciado.— Retirase el rey don 
Felipe.-Jornatfa desastrosa.— YueWe el rey i Madrid.— El ejército aliado de Portugal se 
apodera de Alcénura — Marcba sobre Madrid.— Sálense de la corte el rey y la reina.-* 
Ocupa el ejército enemigo la capital.— Proclámase rey de Espafiá el arcbiduque Carlos* 
—Desastres en Valencia.— Entereza de ánimo de Felipe Y.- Reanima á los suyos y los 
rigorísa.— Parte de Barcelona el arcbiduque y viene bácia Madrid.— Sacrificios y esfuer- 
US de las Castillas en defensa de su rey.— Cómo se recuperé Madrid.— Se revoca y anu- 
la la proclamación del austriaco.— Entusiasmo y decisión del pueblo por Felipe.- Movi- 
Büento de los ejércitoi.— Retirada de todos los enemigos á Yalcncia.— Pérdidas que su« 
freo.— Cambio de situación.— EsUdo del reino de Murcia.— Becbos gloriosos de algunas 
poblaciones.— Salamanca.— Ardimiento con que se bizo la guerra por una y otra parte.— 
Coárteles de Invierno.- Regreso del rey y de la reina á Madrid. 



La pérdida de un ejército entero en el malhadado sitio de Gibraltar, la 
(alta de caudales, consumidos en aquella desgraciada empresa» las discordias 
de la corte, la oposición á admitir guarniciones francesas, el descontento y 1» 



29i HISTORIA D£ ESPAÑA. 

inquietud de los ánimos producida por las disidencias de los gobernantes, 
por los conspiradores de dentro y por los agentes de los aliados de fuera» el 
poco tacto en el castigo y en el perdón de los que aparecian ó culpables ó sos- 
pechosos de infidelidad, la ocupación en las fronteras del reino lusitano de 
las pocas fuerzas que habian quedado á Castilla, los reveses que en la guerra 
esterior habian esperimentado por aquel tiempo las armas españolas, de que 
daremos cuenta oportunamente, todo alentó á los enemigos de la nueva di- 
nasta y les dio ocasión para tentar la empresa de acometer el litoral de Es- 
paña, provocar la rebelión y apoderarse de los puntos en que contaban con 
mas favorables elementos. 

A este fin, después de larga discusión en la junta magna que se celebró 
en Lisboa entre los representantes de las potencias aliadas, se resolvió la sa- 
lida de una grande espedicion naval anglo-holandesa, compuesta de mas de 
ciento setenta naves, la mayor parte de guerra, que los Estados de las Pro- 
vincias-Unidas y la reina de la Gran Bretaña tenian preparada en aquellas 
aguas. La empresa se dirigia principalmente contra Barcelona y Cataluña, 
sin perjuicio de sublevar otras provincias del Mediodía y Oriente de España. 
Iba en la armada el pretendiente austríaco , y por general de las tropas el in- 
glés conde de Peterborougb. En medio del sol abrasador de julio (4 705) se 
presentaron algunos navios á la vista de Cádiz, hicieron una tentativa inútil 
sobre la Isla de León, que encontraron prevenida, tomaron rumbo á Gi- 
braltar, donde se embarcó el príncipe Jorge de Darmstadt con tres regimien- 
tos de tropas regladas, y pasaron á recorrer las costas de Almería, Cartage- 
na y Alicante. La lealtad de los alicantinos respondió con entereza á las pro- 
puestas que desde bahía les enviaron los confederados (8 de agosto), con lo 
que prosiguieron éstos adelante, dando fondo en Altea, donde acudió desde 
Ondara un don Gil, antiguo capitán del regimiento de Saboya, vendido ya á 
los aliados, al cual entregaron cuatrocientos fusiles y algunos tambores, para 
que levantara y armara partidas de paisanos en la comarca, dejándole tam- 
bién cartas y credenciales para el arzobispo de Valencia, el conde de Cardona 
y otros de su partido. 

En tanto que el grueso de la armada seguia su derrotero á Barcelona, al- 
gunos navios anclaron en el puerto de Denia, avisaron con salvas á los mora- 
dores, de cuyas disposiciones sin duda estaban ya seguros, y les enviaron 
pliegos pidiendo se les entregara la ciudad. Congregado el ayuntamiento con 
los principales vecinos, y de acuerdo con el gobernador, que lo era entonces 
don Felipe Antonio Gabilá, se resolvió franquearles las puertas y entregarles 
las llaves de la ciudad y castillo. Al dia siguiente (8 de agosto) desembarcaron 
los ingleses, se proclamó solemnemente á Carlos III. de Austria como rey le- 



PABTE Ilh LIBRO VI. 203 

gíliíDO de España, y se cantó el Te Deum^ en medio de los repiques de las 
campanas y de las salvas de la arjlillería. Dejaron alli los aliados por coman* 
dante general á un valenciano llamado Joan Bautista Basset y Ramos, hijo de 
un escultor de Valencia, qne sentenciado á pena de horca por mi asesinato 
que había cometido, logró fugarse, y habiendo pasado primero á Hilan y des- 
pués á Víena sirvió en la guerra qne el emperador hacia al turco en Hungría, 
7 ahora el archiduque le habia dado la patente de mariscal de campo. Esta 
fué la primera ciudad de la corona de Aragón qne faltó á la fidelidad de Feli- 
pe V. y proclamó al archiduque de Austria (4). 

Difundióse en esto la alarma y la perturbación por todo el reino de Valen- 
cia. Los trabajos del conde de Glfuentes y oíros magnates desafectos 6 la 
casa de Borbon no habían sido infructuosos. El país estaba minado: tnmol* 
tnáronse varioi pueblos, vacilaban otros, y á todos alcanzaba la conmoción. 
El don Juan Gil habia repartido los fusiles, y andaba ya con su tropa de paisa- 
nos, en cuerpo de camisa, con sus alpargatas de esparto á los pies y sus piernas 
desnudas; primeras tropas que se forman siempre en las guerras civiles. A 
sofocar aquel principio de incendio acudió á la villa de Oliva el virey de Valen- 
cia, marqués de Villagarcta, asistido del mariscal de campo don Luís deZáñiga, 
coD la poca gente de que podía disponer. Agregóseles el duque de Gandía, co- 
mo sefior de muchos de aquellos lugares, y el rey don Felipe envió al general 
don José de Salazar con la caballería de las reales guardias, y otro regimiento 
de la misma arma mandado por el coronel don José Nebot. Tal Vez habría sido 
esto suficiente para apagar en su origen la rebelión valenciana, sí iguales ó 
parecidas novedades por la parte de Aragón no hubieran hecho necesario en- 
viar allá al Salazar con sus guai^dias y las milicias, quedando solo con Zúfiiga 
él catalán Nebot. Para la defensa de Denia no tenían los rebeldes sino un solo 
caík)n: pero don Juan Gil, que habia acudido con algunos de sus^aisanos ar- 
mados, supo engañar las tropas reales figurando cafiones de troncos pintados, 
7 haciendo hileras de bultos que remedaban hombres. 

Sin embargo, este artificio habría sido insuficiente sin la infidelidad de 
Kebot, que pasándose con su regimiento á los rebeldes, llevó prisioneros á los 
cfidales que no querian seguirle, y uniéndose á Basset en Denia, salieron jun- 
tos y sorprendieron y aprisionaron en Oliva al general Zúñiga con todos los 
snyos {\% de diciembre, 4705). Este golpe fué fatal para todo el reino de Va- 
laacia. Los robeldes se apoderaron pronto de Gandía, de cuya ciudad sacaron 

(f ) Ketaeion de la eniraaa qiM hicieron perteneciente á la biblloteea de don Próspe- 

e% le ciudad de Denia lae atfnae de la rodé Bofarull, arehWero general de la eo- 

Magtttad Caiéliea del rey nueeiro Menor roña de' Aragón.— Balando, Historia dvil, 

^» CArlot IIL: impresa: tomo de Varios, Parte L, c. 36. 



294 UISTORIA DG ESPAÑA. 

la artillería qae en el siglo XVI. hizo fabricar so antigao daqoe San Francisco 
de Borja, y con ella guarnecieron á Alcíra que les abrió las puertas. Dirigié- 
ronse desde alii á la capital, que el virey marqués de Villagarcía abandonó, 
viéndolo todo perdido. El pueblo, previa una formal capitulación, en qae so 
ofreció todo lo que quiso pedir, abrió la puerta de San Vicente á su compa- 
triota Basset, que entró en Valencia con quinientos infantes y trescientos 
hombres montados en muías y caballos de labranza (46 de diciembre, 4705). 
Basset y Nebot recibieron el tratamiento do Excelencia, y Basset sustituyó el 
vireinato en el conde de Cardona, ¿ quien se le confirmó después el archi- 
duque (1). 

Declarada Valencia por el archiduque, todo fué ya sublevaciones y confa- 
sion en aquel reino. Levantóse en Játiva y se apoderó de ella un don Juan 
Tarraga; de Orihuela el marqués del Rafal; y en tanto que en los castillos de 
Peñíscola y de Montosa se refugiaban algunos capitanes leales, y que Alican* 
te y la Hoya de Castalia eran el asilo de los que se mantenían fieles, y que 
unos pueblos aclamaban á un rey y otros á otro, la gente perdida que salo 
siempre y se mueve en las revoluciones, saqueaba, robaba y asesinaba á su 
libertad y sabor. El arzobispo de Valencia, resentido de que no le hubieran 
dado el vireinato, se vino á Madrid con el marqués de Villagarcía blasonando 
de leal. A Basset le aclamaban .libertador y padre de la patria, y le daban 
una especie de adoración popular celebrando como, milagros todas sus accio- 
nes. En tal estado quedaban las cosas en Valencia al espirar el afio 4705» 
cuando fué nombrado virey el duque de Arcos, y comenzaron á entrar tro- 
pas para sujetar la rebelión. 

Sucesos harto mas graves habian ocurrido á este tiempo en Gatalufia, 
donde los ánimos de los naturales estaban mas predispuestos todavía que en 
Valencia cdntra la dinastía de Francia, incomodados además con el gobierno 
de don Francisco de Velasco, y grandemente irritados con las priniones, des- 
tierros y castigos por él ejecutados en Barcelona y otras ciudades catalanas (2). 

(I) La capitalacion coDttaba do il arti- 6 quedarse, con facultad de vender sos 
culos, 7 en ella se ofrecía: I.* que aclama- bienes; S.* que no se tocaría á los diezmos j 
rían por su rey á Carlos 111. de Austria; 2.** primicias, y demás rentas de la Iglesia, etc.— 
que se conservarían los fueros y privilegios Helando, Uistoría GivU de Bspafia, tom. U, 
que gotaban á la muerte de Garlos II.; 3 * cap. 87.— Maoanáz, Memorias MM. SS., ca- 
que se mantendrían los derechos é im: ues* pituio 88. 

ios acostumbrados 4 la ciudad y reino; 4 ' A la madre de Basset, que vivía en aa 
que tendrían franco el comercio con Casti- estado humilde, se la hizo marquesa de Cu» 
Ha; 5.* que se oonservariao las'vidas y ha- llera, y con este titulo vivió y murié en De» 
clendas; 6* que se respetafian las iglesias nia.— Belando,ubi sup. 
y comunidades religiosas; 7.** que sedaría (S) Los casos y circunstancias de los ri- 
el plazo de un afio á los que quisieran irse gores que con poca discreción (e empica- 



r 



PARTE lU UmO VI. 295 

EoUmces se vio el daño de su indiscreta obstinación en no querer admitii 
guarniciones francesas, considerándose bastante fuerte para conservar aque 
Ha provincia y ocurrir á todo evento. 

El 22 de agosto (i 705) fondeó en la playa de Barcelona I9 grande armada 
anglo-holandesa, con no poco susto del virey Velasco, que comenzó ¿ tomar 
algunas medidas de defensa, y á querer imponer con severos castigos á la 
población haciendo ahorcar algunos que tenia por sospechosos. £1 espíritu del 
país empezó también á mostrarse luego, acudiendo del llano de Vich mas de 
mil hombres á orilla del mar á proteger el deseml arco de las tropas de la ar* 
mada. Hiciéronlo éstas en los diaa siguientes, con el conde de Peterborougb, 
el príncipe de Darmstadt y otros principales cabos, acampándose en línea 
recta desde el muelle hasta San Andrés del Palomar, y al sexto dia una sal- 
va general de los navios anunció haber saltado á tierra el archiduque Carlos 
de Austria, el cual plantó sus reales en la Torre de Sans, y aUi comenzó á 
ser tratado como rey por los embajadores de Portugal é Inglaterra, y por los 
natorales del pais, que á bandadas bajaban ya de las montañas: y tanto él 
como el conde de Peterborougb en los manifiestos que publicaban y hacían 
esparcir prometían á los catalanes la conservación de su religión, de sus pri- 
vilegios, fueros y libertades, como quienes iban á librarlos (decían) del yugo 
del monarca ilegítimo que los tiranizaba. Critica era en verdad la posición 
de Velasco: la armada enemiga era poderosa y foimidable; los catalanes déla 
comarca al toque de somaten afluían á reconocer y ayudar al nuevo sobera* 
do; desconfiaba de los habitantes de la ciudad, y en sus mismos bandos y 
pesquisas indicaba el convencimiento de que dentro de sus muros se abri- 
gaba la traición; sus fuerzas eran escasas, y consistían en algunas compañías 
de miqueletes, y en las pocas tropas que habían traído de Ñápeles él duque 
de Pópolí, el marqués de Aytona y el de Risburg: la falta de medios de de- 
fensa quería suplirla con medidas interiores de rigor, ya apoderándose de to* 
dos los mantenimientos, ya mandando degollar á todo el que se encontrara 
en la calle después de las nueve de la noche, con cualquier motivo que fuese; 
ya prohibiendo bajo pena de la vida salir de casa durante el bombardeo, 
aunque en ella cayesen bombas y se desplomase, y otras providencias por es- 
te orden, contra las cuales en vano le representaba por medio de su sín- 
dico la ciudad. « 

El 44 de setiembre dos columnas de los aliados, mandadas la una por el 

ron«asi por Felipe V. j ga gobierno en la minucioso conocimiento de los hechos enín 

corte como por el gobernador Telasoo en Historia ds lat Guerras civiUt del conde 

Barcelona, contra varios catalanes acusados dé Robres^ manuscrita, cap. 8. párr. 5. 
ó sospechosos de infidencia, se refieren con 



296 UiS I CIUA D& £SPANA. 

principe de Darmstadt, la otra por el conde de Peterboroagh, sobieron por 
la montaña de HonjuLch, y matando algunas avanzadas se apoderaron de las 
obras exteriores y se posesionaron del foso. Pero una bala disparada del fuer- 
te atravesó al príncipe de Darmstadt, de cuyas resultas murió luego. Era el 
de Darmstadt el autor de aquella empresa, y el mas temible de los gefes alia- 
dos, como Tirey que habia sido de Cataluxla: fué por lo mismo su muerte moy 
sentida y Horada de todos los catalanes partidarios de la casa de Austria (4). 
Mas si bien este acontecimiento animó á los de la ciudad, y subiendo el virey 
y los demás generales lograron bacer cerca de trescientos prisioneros ingleses 
y holandeses, con lo cual se yolvieron gozosos á la plaza, no cesó en los tres 
dias siguientes por parte de los aliados ni el ataque de Monjuicb, ni el boin* 
bardeo simultáneo de la plaza y del castillo, haciendo las bombas no poco 
estrago en la población, é incendiando entre otros edificios la casa de la di- 
putación. Al cuarto dia, ó producido por una bomba según unos, ó por trai- 
ción según otros, volóse con horrible estruendo el almacén de la pólvora do 
Monjuicb (4 7 de setiembre), que contenia cerca de cien barriles, y derribando 
la mayor parte de la muralla que mira al mar y ¿ Barcelona, embistieron los 
aliados y se apoderaron del castillo, haciendo prisioneros de guerra á los 
trescientos hombres que en él habia, habiendo antes perdido la vida el gober- 
nador Caracho. 

Dueños de Monjuicb los aliados, todas las baterías de cañones y d^ mor- 
teros, asi de los navíoa, como del castillo y del medio de la montaña, formada 
esta última por los pi 'sanos, comenzaron ¿ arrojar sobre la ciudad (48 de sep- 
tiembre) tal número de bombas, balas y granadas, que aterrados los habitan- 
tes, sin cuidarse del bando del virey ni ser éste capaz á impedirlo, se alrope- 
llaban á*salir de la población, verificándolo cercado diez mil personas. Todos 
los dias siguientes continuó jugando casi sin interrupción la artillería, causan- 
do las bombas incendio y estrago en los edificios, abriendo las balas ancha 
brecha en« el muro. Escasos eran los medios de defensa de los sitiados; falta- 
ba quien sirviera la artillería, y aun dando doce doblones de entrada y diez 
reales diarios se enrontraron muy pocos que quisieran hacer aquel servicio. 
Ala primera y segunda intimación que hizo el de Peterborough á Velasco para 
que entregara la plaza si quería evitar los borcores del asalto (26 y 28 de se- 
tiembre), contestó el virey con entereza; no asi á la tercera (3 de octubre), ea 
que solo le daba cinco horas de plazo para la resolución. Entonces Velasco 
anunció á la ciudad y diputación que oslaba dispuesto á capitular, y comuni- 

(I) Dedicaron á su muerte sermones p«- del pils: de uno y de otro se conservan al- 
pcgiricos, y muchas composiciones poétieas, gunos ejemplares impresos que hemos icul* 
en 4ue se espresaba el scniímicQlo general do á la vista. 



PAUTE fll. LIBUO VI. 297 

cada esta resoiocion al general enemigo, se suspendieron las hostilidades. El 8 
de octubre se pablicaron las capitulaciones acordadas entre milord Peterbo- 
longh y don Francisco de Velasco, que en verdad no podian ser mas honrosas 
para los vencidos. Constaban de cuarenta y nueve artículos, de los cuales era 
el principal: Que la guarnición saldría con todos loa honores de la guerra, in- 
fantería en betalla, caballería montada, banderas desplegadas, tambor batien- 
te, y mechas encendidas, con diez y seis piezas de batir, tres morteros y seis 
carros cubiertos que no podrían ser reconocidos. 

Tomábanse los días siguientes las disposiciones necesarias para evacuar la 
plaza, cuando el 42 se difundió por la ciudad la voz de que el virey queria 
llevarse los presos que desde el año anterior tenia en la Torre de San Juan, 
por sospechosos de traidores, y que para eso habia pedido los seis carros cu- 
biertos. Publicóse también, y era verdad, que Gerona, Tarragona, Tortosa, 
casi coda Cataluña había proclamado ya por rey á Carlos III. de Austria, áfia- 
diosa que- Velaaco trataba de ajusticiar secretamente algunos de los presos, y 
que se habían encontrado en el foso de la muralla tres cuerpos de hombres 
decentemente vestidos, sin cabezas y cubiertos con esteras. Exaltados estaban 
con esto los ánimos, cuando el dia 44 (octubre) quiso la fatalidad que el alfé- 
rez déla guardia de la Torre, de resultas de algunas palabras que tuvo con 
QQo de los presos, echase mano á una pistola: entonces los presos oomenza 
roa á gritar: «que nos quieren matar! míseijcordia! socorro!» Los vecinos del 
larrio,queconel recelo estaban ya al cuidado, critaion á su vez corriendo do 
mía calle en otra: «A las armas, germans; qu§ degollan los presos^ aném á 
foharloslas vidas; visea la Patria J visca Carlos tercerf» A estas voces, y al 
roído de las campanas de todos los templos, inclusa la catedral, que tocaban á 
somaten, movióse general alboroto dentro y fuera de la ciudad, asustóse la 
gDarnicion, todo8,'ba8ta los clérigos y frailes, tomaron las armas que hallaban 
á mano, los vecinos dejaban la defensa de las casas á las mugeres y se lanza- 
ban ala calle yá la ribera; la primera operación de los tumultuados fué soltar 
los presos de la Torre, después los de todas las cárceles; todos discurrían co- 
mo frenéticos, acometiendo á los soldados y desarmándolos, asaltando la casa 
de la ciudad, el palacio del virey, los baluartes, sin miedo á la artillería, hasta 
apoderarse de los cañones, obligando á los tercios de Ñápeles, al antiguo de la 
milicia azul de España, á la caballería, á la gente de todas armas á abatirlas, 
ydamar: (amen catalán, sálvame la vida;» á lo que contestaban ellos: Santo 
fitt/aüa, victoria^ visca Carlos Tercer/ 

Ta en toda la comarca tocaban también las campanas á somaten; corrió la 
^oz entre los de fuera que los ciudadanos y la guarnición se estaban degollan- 
^> ; acudieron con chuzos, picas y todo género de armas en socorro de los do 



SJi HISTOmA m ESPAfiA. 

la ciudad. Todo era confusión, espanto, gritería, ruido de armas, mortandad f ^ 
estrago en Barcelona. En tal estado las tropas aliadas, y al frente de ellas el ar- 
chiduque, tuvieron por conveniente entrar, sin esperar la formalidad de la eva- 
cuación. Ya casi estaban apoderados de todo los paisanos; soldados y naturales 
se saludaban llamándose camaradas, proclamando todos; «¡Viva la casa de Aus- 
tria/ ¡ Viva Carlos llUa Sabiendo los conselleres que e! virey Velasco se hallaba 
en el monasterio de San Pedro, discurrieron que el mejor medio de salvarle la 
vida era encomendar su persona al general conde de Peterborough, y asi se 
lo suplicaron, y él aceptó gustoso la noble misión, conduciendo al Velasco isa 
lado con la correspondiente escolta á una casa de campo á tiro de cafion de la 
plaza, y desde allí le hizo conducir á los bageles, junto con loa principales chk 
bo6 de la guarnición y algunos nobles de la ciudad. Desde el 44 hasta el 20 de 
octubre fueron entrando en la plaza las tropas de los aliados, y el 5 de noviem- 
bre se verificó la entrada pública del archiduque con todos los honores de la 
Magestad, siendo solemnemente jurado como rey de España y conde de Barco- 
lona por todas las corporaciones y en medio de los mayores regocijos. Asi el 
don Francisco de Velasco, que nueve años antes (4 697) habia sido causa de que 
Barcelona se rindiera á los franceses mandados por el duque de Vendóme, lo 
fué también' en 4705 de que aquella insigne ciudad pasara al dominio del 
príncipe austríaco, perdiéndola doa veces para los reyes legítimos de Ga^ 
tiUa (4). 

Decian bien los que propalaban que casi ^oda Cataluña obedecia ya ¿ Car- 
los de Austria. Antes que los aliados ocuparan la capital, el llano de Urgel 
habia reconocido al archiduque: solo Gervera hizo alguna resistencia. Dos 
hermanos labradores que habian servido en las pasadas guerras tumultuaron 
el campo de Tarragona, el Panadés y la ribera del Ebro. Cundió la insnrroc* 
cion al Valles, al Ampurdan, á todas partes, si se esceptúa & Rosas, de tal 
manera, que como dice un escritor, testigo ocular, «en menos tiempo del que 
seria menester para andar el Principado un hombre desembarazado y biea 
montado, le tuvo Carlos reducido á su obediencia (S).» Faltaba Lérida, que 
gobernaba don Alvaro Faria de Meló, portugués al servicio de España; el cual 
hallándose sin provisiones las pidió al obispo de la ciudad don fray Francis* 

(I) FfrUltea r$laeion diaria tf a lo «ueé- del arcbidaqoe.^FeliA, Anales de Cttalufia, 

dido en el ataque y defensa de Barcelona lib. XXIII., caps, i j 3.->BelaDdo, Historia 

en etie aun 1705. En esu relación, impresa civil de España, lom. I., c. SO.^San Felipe, 

en el mismo afto, é inserta en ios temos de Comenlariis, ad. ann.— Macanas, Itfemoiiae 

Varos del señor BofaruU, se da una noticia manus., c. 33.~EI conde de Robres, Historia. 

circunsunciada de todo lo que dia por dia de las guerras cítiIcs, ined. c. 5. 

iba ocurriendo desde que se avistó la escua- (2) Bl conde de Hobrcs. 
dra de los aliados hasta la entrada solemne 



PABTE IIT. LIBRO VI. tdO 

co de Solís. Negósslas el prelado; y entonces acudió el Faria al virey interino 
de Aragón y arzobispo de Zimgoza don Antonio de h Riva Herrera; mas el 
corto socorro que éste acordó enviarle llegó con tanta lentitud, que ya el go« 
bemador, estrechado por los enemigos, desamparado por los soldados faltos 
de pan y de pagas, había tenido que rendir la ciudad, y refugiádose ¿ la 
c¡4dadeia con au muger y un solo criado. Alli se mantuvieron los tres solos 
por espacio de ocho días, manejando ellos la artillería, y corriendo de noche 
los tres llamando á los centinelas para hacer creer que habia mas gente; has- 
ta que consiguieron una honrosa capitulación, quedándose absortos y como 
dxwhomados los enemigos cuando entraron en la cindadela, y se encontraron 
eoQ aquellas tres solas personas, tan maltratados y estropeados sus cuer* 
pos como sus vestidos. Los rebeldes saquearon el palacio episcopal, expiando 
asi el prelado su acción de no haber querido socorrer á los leales (4). 

También á Aragón se estendió el contagio, y no fué el conde de Gifuentes 
qoien menos predispuso los ánimos de aquellos naturales á la sublevación. 
Avadó á ello la libertad con que los sediciosos catalanes corrían las fronteras 
de aquel reino; y un fraile catalán, carmelita descaho, hermano del conde de 
Centellas, fué el que ^cabó de escitar á la rebelión la villa de Alcafiiz. Siguid> 
nmso ejemplo Caspe, Monroy, Galaceite y otras poblaciones. Alarmados sí- 
ganos nobles aragoneses, levantaron compañías á su costa para sostener la 
cansa de la lealtad. Doscientos hombres reunió por so cuenta el conde de Aia- 
jKs, cincuenta caballos el marqués de Cherta, veinte y cinco don Manuel del 
ftey, y la ciudad de Zaragoza levantó ocho compañías de á pie y ciento se- 
ftnta hombres montados. El rey don Felipe nombró capitán general de Ara- 
pa al conde de San Esteban de Gormaz; envió en posta al príncipe de Tiily; 
ordenó que fuese el ministro Orri para la pronta provisión de víveres; mandó 
qoe acudiera desde Valencia don José de Salazar con las guardias reales, y 
dispuso que pasaran á Aragón los tres regimientos formados en Navarfa. El 
príncipe de Tilly recobró fácilmente á Alcauiz, huyendo los sediciosos á Ca- 
talana, y sujetó otros varios lugares, si bien el haber ahorcado á cincuenta 
nbeldes hechos prisioneros en Galanda abríó un manantial de sangre quo 
kabia de correr por muchos años en aquellas desgraciadas provincias. 

Ocupó el de San Esteban las riberas del Ginca cubriendo á Barbastro. Pe- 

(1) Ca«*nta el conde de Bobres que en que alborotados dentro los gremios, pidie- 

Urida se babia refugiado un hermano suyo, ron la salida de todos los refugiados, y en su 

9M con bario peligro habia podido esca . ar virtud tuvo que acogen^e ai reino de Aragón, 

^las garras de los rebeldes, dando una cu- El conde de Robres y don Melchor de M a- 

eiliUada á un paisano que le tenia asido ya canát difieren algo en la relación de algunas 

d caballo de It brida; que fué de los que circunstancias de la singular defensa del go- 

•pÍDaroopor la defensa de la ciudad, pero bernador de Lérida. 



aOO H ISl ORIA DE ESPAÑA. 

ro rebelóse todo el condado de Rivagorza, y se levantaron los valles vecinos 
al Pirineo, manteniéndose solo fiel el castillo de Ainsa; y si se conservó la 
]:laza de Jaca, debióse al auxilio qae á petición del conde de San Esteban en- 
vió oportunamente el gobernador francés de Bearnc. No habia tropas para 
atender ¿ tantos puntos, y con mucha dificultad pu<\o el de San Esteban dts* 
putar é impedir á los sediciosos el paso del Ginca y mantener en la obedien- 
cia á Barbastro, y no alcanzó á estorbarles que se apoderaran de Monzón y 
su castillo (octubre, 4705). En Fraga tuvieron que capitular con los rebeldes 
dos regimientos de Navarra que alli babia, después de haber sido gravementa 
herido el conde de Ripalda su comandante. Todo era reencuentros, choques 
y combatas diarios entre las milicias reales y los partidarios del archiduque, 
ganándose y perdiéndose alternativamente villas, plazas y castillos. Menester 
fué ya que acudiera el mismo mariscal de Tessé con las tropas de la frontera 
de Portugal, ya que afortunadamente lo permitía la retirada de los portu- 
gueses del sitio de Badajoz. Mas al llegar estas tropas á Zaragoza, negáronles 
el paso los zaragozanos alegando ser contra fuero, y hubo necesidad de acceder 
á que pasaran por fuera, á que pagaran el portazgo, á que las armas, municio- 
nes y víveres satisfacieran los derechos de aduanas, á sefialarles alojamientoe 
con simple cubierto, y ni pagando al contado les facilitaban el trigo, la cebe* 
da y otros mantenimientos, á pesar de tenerlos en abundancia; con lo coal 
se vio sobradamente el mal espíritu que dominaba en la capital de Aragón. 
Fomentábanle el conde de Sústago y el marqués de Goscojuela. El capitán 
general conde de San Esteban que babia cogido la correspondencia de estos 
dos magnates con el conde de Cifuentes y otros del partido aostriaco, qutao^ 
cortar el mal de raiz, y no pudiendo prenderlos por ser contra fuero, y puesto 
que la traición era notoria y las cartas la hacian patente, pidió permiso al rey 
para darles garrote una noche y mostrarlos al pueblo por la mañana. Felipe lo 
consultó con el Consejo de Aragón, y éste se opuso, diciendo que, sobre estar 
el conde engañado, aun cuando fuese cierta la infidelidad todo se perdería ai 
se ejecutaba aquel castigo. Entonces pidió el conde que se los sacAra del reí- 
no, con cualquier protesto que fuese. También á esto se opuso el Consejo de 
Aragón á quien consultó el rey, y aquellos dos hombres hubieron de quedar 
en libertad, por no contravenir á los fueros, dejando con esto el reino y la 
capital expuestos á todos los peligros que el conde habia previsto; costándole 
ya no poco trabajo, y no pocos esfuerzos de eficacia y de prudencia conseguir 
que ^ e franquearan los graneros á los proveedores de las tropas» y que se die- 
ra paso por algunas poblaciones álos regimientos (4). 

BeUndo, Historia civil de Espafia, to- mo 1 « c. 40á 4i.— San Felipe» ComcnUrios. 



^ 



PARTE III. LIBRO TL 301 

No tardaron en sentirse los desastrosos efectos de la fonesta influencia do 
aquellos dos hombres en Zaragoza. Las órdenes y pragmáticas del rey no eran 
cami)üda8: ellos bacian que la población se opusiera ¿ todo so pretesto de in- 
fracción de fueros, bien que fuesen de los que estaban espresamente dona- 
dos por los anteriores monarcas sin reclamación del reino: ademas de negar 
alas tropas alojamientos, raciones y bagages, obstinábanse en no permitirles 
la entrada en la ciudad. Pero el virey las necesitaba, .y el día de los Inocen- 
tes (diciembre, 4705) entró an batallón de los de Tessé con mucho silencia, 
y ooD orden del mariscal para que nada dijesen ni hiciesen, aunque oyeran 
gritar: ¿Yiva Carlos lili De allí á poco entró otro batallón por la puerta del 
Portillo, y apenas babian entrado las dos primeras compañías, el pueblo á la 
Toz de: «¡Jíueran los gabachos y vivan los fuerosU cerró la puerta, dejan- 
do cortado el batallón, y cargando sobre ks dos compañías, oficiales y solda- 
dos fueron degollados, rotas las banderas y destruidos los tambores. Montó el 
Tirey á caballo, y por todas las calles le gritaban las turbas: «¡ \iva nuestro vt- 
reyl \guárdense los fueros y no quede francés á wda\» El conde logró sosegar 
el tamnlto; pero aquella noche intentaron asesinar al mariscal de Tessé y 6 
los oficiales que con él estaban: don Melchor de Macanáz los sacó de la casa 
disfrazados, y los llevó á la del virey, de donde los trasladó al campo y á la 
Aljafería. Se llamaron las tropas del contomo, y se envió la artillería para 
castigar el insulto. Mas antes de ejecutarse, la ciudad reclamó el privile- 
gio d¿ ¿a Veintena (4), con el cual ella castigaría en un dia á los principales 
cómplices, sin exponer á los inocentes ni á que se tumultuase todo el reino, y 

-Vaetiiát, Hemorias mannf er. e. 88.— Con- ciudad ordea6 don Alfonso el Batallador por 

^ de Robres, üiflloria de las guerras eWU dd priTílegío dado en Fraga, qaeen Ules 

kfi US. tamaltos congregada la ciudad coa od nú- 

«f ar este ftKmpo, dice don Melchor de mero de consejeros que eligiese, qoe no pa« 

Bacanal en sos Memorias. m$ ktmró fi rey sarian de vain/a. se ioformasen bien de los 

CMieJ (iluto de tu seeretario, mandando» hechos, y sin salir de la Junta, ni mas for* 

SM^iM ütiitieté al conde de San Esteban ma de proceso ni de juicio, hiciesen easti* 

nntiroinaio de Aragón, como lo hice, gar á los autores de la sedición. Esto se 

hekiéndole debido especial eon^ania que practicó algunas veces, armándola ciudad 

t»r$tfondi6 al inmeneo trabajo gue alli á leu personas nobles y de conQanxa, sacan- 

(mm.»— Por consecuencia la autoridad de do nn estandarte, y haciendo un alarde ge* 

Haeaaái es de on gran peso en todo lo que neralse retiraban: y haciendo Teñir alejecu- 

urcflcre á los sucesos de aquel reino. Su tar, se buscaba al reo ó reos donde quiera 

k-^'maao don Luis Antonio Macanái era que estuviesen, aunque fuese lugar sagrado, 

ajndaote del capitán general. y sin reparar en fueros ni otras formalida- 

(i) El prífílegio de la Vei$Uena consis- des, los hacían ahorcar del primer balcón, 

liieB lo siguiente. Siendo en lo antiguo reja ó irbol que hubiese, y en esta forma 

<Kca.;iites los tumultos en Zaragoia, y rien- procedían hasta estar satisfecha la vindicta 

do «pie coa castigará los perturbadores del pública.— Fueros del reino de Aragón.— Ua- 

Mea por los términos ordinarios no se caoáx. Memorias, c. 84. 
OMue^ttia el escarmiento, á petición de la 



30á HISTORIA DE ESPASA, 

de ello se dio cuenta al rey Felipe, que ya habia pensado salir á campaña, y 
temia que de encomendar el castigo á las tropas se valiera el reino de aqad 
pretesto para ret^elarse todo, y se complicaran las dificultades, oido el Consejo 
de Aragón contestó que por aquella vez usase la ciudad del privilegio, y qae 
en ella ponia sa real confianza para el castigo de tan horrenda maldad. 

Mas no solamente no logró el rey atraer con aquella consideración y aqoe- 
11a generosidad á los zaragozanos, sino que al propio tiempo se rebelaron con- 
tra su persona y autoridad los de Daroca, los de Huesca, los de Teruel y los 
de todas aquellas comarcas, derramando la sangre de los soldados. La ciudad 
de Zaragoza fué de dificultad en dificultad difiriendo el castigo de los delin- 
cuentes, y harto daba á entender 'que no tenía intención de ejecutarle. El 
rey por su parte se propuso no dar motivo, ni aun pretesto de queja á los 
zaragozanos, á fin de que no le embarazasen su jornada, y mandó que no se 
hablara mas de ello. Antes bien dio orden al mariscal de Tessé para que pa- 
sase con sus tropas á las fronteras de CataluHa, y al virey le ordenó que pa- 
gara á los aragoneses los bagajes y todos los gastos que las tropas hubieran 
hecho y daños que hubieran causado (30 de diciembre, 4705). Todo se ejecu- 
tó puntualmente; pero nada bastó á mejorar el espíritu de aquellos natura- 
les. Ellos, so pretesto de destinarlos á la defensa del rey, hicieron fabricar 
multitud de cuchillos de dos cortes y largos de una tercia, con sus mangos 
de madera correspondientes; ellos sobornaron á los fabricantes de unas bar- 
cas qae el virey habia mandado construir para formar on puente; y el rey 
quiso que se disimulara todo para que no se inquietasen, con objeto de no te- 
ner ese embarazo máa para el viage de campaña que tenia premeditado y es- 
taba ya muy prózimo. 

La rebelión de los tres reinos babia sido escandalosa; grandes los excesos, 
robos y rapiñas á que los sediciosos se entregaban; y asi también fué cruel el 
principio de la guerra, luego que comenzaron á poder operar las tropas con 
los refuerzos que fueron de Castilla á la entrada del año 4 706. El conde de las 
Torres, destinado á atajar la revolución de Valencia, tomó á fuerza de armas 
la villa y castillo de Monroy, y los saqueó. Entró sin resistencia en Morella, y 
dejando alli una pequeña guarnición, pasó á San Mateo, de cuya empresa tu- 
vo que desistir por las copiosas lluvias y por la falta de artillería. Continuan- 
do su marcha hacia Valencia, acometió á Villareal, donde los rebeldes le hi- 
cieron tan obstinada resistencia, que después de haberle costado mucha sangre 
penetrar en la villa, halló de tal manera fort ficadas las casas, que tenia qoe 
irlas conquistando una por una, hasta que irritado de tanta pertinacia, mandó 
aplicar fuego á la villa por los cuatro costados, y en medio de las horrorosas 
llamas que la reduelan ¿ pavesas, sus soldados saqueaban v acuchillaban sin 



PARTE ni. LIBRO VI. 3:5 

piedad, sin reconocer ni perdonar edad ni sexo, salvándose solo los que 
serefogiaron á las iglesias, y las monjas dominicas, que fueron sacadas á las 
grapas de los caballos de los dragones. Con este escarmiento, Nules y otras 
villas se sometieron sin violencia: el conde corrió luego las riberas del Júcar, 
recobró ¿ CuUera, y sentó sus reales en Moneada, una legua de la capital. Y 
al propio tiempo don Antonio del Valle por la parte de Chiva con las mili- 
cias de Castilla que se le babian reunido, incendiaba á Cuarte y á Paterna^ 
é incorporados luego los dos gefes á las inmediaciones de Valencia, derrotaron 
y escarmentaron varios destacamentos que contra ellos hicieron salir do 
aquella ciudad los rebeldes Basset y ^bot. El duque de Arcos, virey de 
Valencia, hombre que ni entendía de cosas de guerra ni para ellas había na- 
cido, fué llamado por el rey á Madrid á ocupar una plaza en el consejo de Es- 
tado, pera lo cual era . mas apropósito por su instrucción y talento, ^ faé en 
él aso de los mas calificados votos, quedando por general de las tropas do 
Valencia el conde de las Torres. 

Alicante, que se mantenía fiel, y había resistido ya ¿ una tentativa que 
Bobreella hiz</el valenciano Francisco de Avila, natural de Gandía, con Ift 
gente de alpargata que acaudillaba, fué luego bloqueada por los rebeldes de 
Játiva, Oríhuela, Elche y sos vecindades, con cinco piezas de artillería; pero 
acqdtendo en su auxilio las milicias leales de Murcia, llevando por so general 
ai obispo, quitaron á los bloqneadores la artillería y cuanto llevaban, y pasa<- 
nm ellos mismos á sitiar á Onteniente. 

Valencia, teatro de las tiranías, y de la avaricia y ambición de Basset y 
deNebot, se hallaba en tan miserable estado, que tuvo por conveniente el 
general inglés, conde de Peterboroogh, trasladarse allá con un cuerpo de mi- 
qoeletes catalanes y de tropas inglesas á poner orden y concierto en la ciu- 
dad. Gomo saliesen á recibirle armados los frailes de diferentes comunidades 
y religiones, para mostrar asi mejor su entusiasmo por el nuevo rey: «Fa 
he otfto, les dijo, la iglesia militante; ahora dejad las armca, y retiraos á 
tuettros conwntoSf que por ahora no necesito de vuestra ayuda,» Puso coto á 
las exacciones de los dos caudillos valencianos; trató con cariño á los adictos 
si rey don Felipe, que sufrían todo género de vtsjámenes, y especialmente á 
las señoras que se babian refugiado á los conventos, les permitió volver á sus 
casas con seguridad, y dio escolta á las que quisieron salir ¿ buscar sus 
maridos. 

En la frontera de Aragón y Catalnfia se peleaba ya también con furor y 
crueldad, cometiéndose desmanes y excesos por los de uno y otro partido. Al 
abandonar los ingleses ¿ Fraga, después de haberla saqueado, robaron los 
^^asos de los templos, arrojaron las sagradas formas al Qnca, é hicieron ott os 



a04 HISTORIA DE ESPAÑA^ 

sacrilegios que escandalizaron á aquellos católicos habitantes. P<Mr so parte 
las tropas francesas y castellanas daban al saco y al incendio las poblaciones re- 
beldes quj tomaban, como lo ejecutaron, entre otras, con Calaoeite.la viUamas 
rica de Aragón antes de la guerra, y ahorcaban á los cabos de la rebelión, co- 
mo lo hicieron con dos hermanos, hijos de nn notario de Caspe, qne se habían 
resistido en Mirábate. Algunos pueblos del condado de Rivagorza volvieron á la 
obediencia del legítimo rey, merced á la actividad de las tropas leales. El ma- 
riscal de Tessé habia puesto so cuartel general en Caspe, donde cuidó de tenerlo 
todo preparado para la jornada del rey, qne se le habia de incorporar en aqn^ 
Ha célebre villa. Y el virey de Aragoi^ conde de San Esteban, afiadió á los im- 
portantes servicios que ya habia hecho á su monarca, el de ofrecerle todas las 
rentas de sos estados y de los del marqués de Villena su padre, con la artillería 
que tenian en varios lugares y castillos de sus seíloríos (ofrecimiento qoe^ rey 
agradeció macho, y rehusó con delicadeza); el de ir conteniendo á fuerza de 
prudencia ¿ los zaragozanos, y el de saber todos los planes y proyectos de los 
rebeldes en Gatalufia y Aragón» ganando los espías y correos, por mediopelos 
cuales se entendían y comunicaban, especialmente el conde de Cifuentes, éí de 
Sástago y el marqnés de Goscojaela, abriendo sa correspondencia» copiándola y 
volviendo á enviársela cerrada (4). 

Salió al fin el rey Felipe ¥• de lladrid (S3 de febrero, 4706) para sn jornada 
de campaña, dejando á la reina el gobierno de la monarquía, acompañado solo 
de los grandes de la servidumbre, pues no quiso que le siguieran los mncbos 
que á ello se ofrecieron, porque temió qne le embarazaran, y llevando por se- 
cretario del despacho universal á don losé de Gnmaldo. Escusóse de pasar por 
Zaragoza so protesto de tener qne acelerar so marcha, si bien dejando á la 
diputación y ciudad dos finísimas cartas en qoe les decia que dejaba confiada á 
sulealtad la población y el reino, en prueba de lo cuál iba á llevar consigo todas 
las tropas, inclusas las que guarnecían la Aljaferfa, que dejaba encomendada & 
la defensa de los naturales. Admirable y discreto modo de comprometer á la 
fidelidad á los pundonorosos aragopeses, de quiedes tanto motivo tenia para 
recelar y tan poco afectos se le habían mostrado (2). Incorporósele el conde 



(I) «To abría las cartas, dice Mactnáz, 7 hace Macanls del espíritu j sUnacioii da 

«las copiaba, j después las volvía cerradas... Zaragoza, 7 aun de todo el reino: 

«La cifra del conde de Cifuentes se bailó «En cuarenta días 7 cuarenta noches no 

«también por este medio, pues él era el que centré en cama, no tanto por las prevcncio- 

«más entretenía esta correspondencia, 7 así «nes que se hicieran para la Jornada do S. II. 

«nada se ignoraba, 7 todo se prevenía con «7 del ejército, cuanto por las continuas 

«tiempo, dando de todo cuenta al rey., etc.» «alarmas de los rebeldes 7 cuidado en ha- 

— Memorias manuscritas, c. 48. cberlos de quieUr por amor, y todos las 

(S) lié aqoí la viva 7 exacta pintura que «medios mas suaves qu se pudieran alcao^ 



PARTE Ul. UBRO VI. 305 

de San Esteban, á quien hizo mariscal de campo» y que por seguirle ala cam-* 
paSa dejó la caprtama general de Aragón, y con él fué también eh secretario 
doo Melchor de Macanáz. Y prosiguiendo el rey su jornada, llegó áCaspe, don* 
de le esperaba el mariscal de Teasó (44 de marzo, 4706). 

El plan, inspirado y aconsejado por los franceses, era marchar y caer si- 
multáneamente sobre Barcelona, el rey con las tropas de Aragón, Valencia y 
Castilla, por la parte de Lérida, el duque de Noailles con un ejército francés por 
ei Ampurdan, y por mar la armada del conde de Tolosa; con la idea de que, 
tooiada Barcelona y hecho prisionero el archiduque, se rendiría todo el Prin- 
dpado, y aun los reinos de Valencia y Aragón. El proyecto no parecia malo, si 
hubiera sido posible prevenir todas las eventualidades, y si no quedaran á la 
espalda tantos enemigos (!)• Antes de salir de Gaspe concedió el rey on indul« 
to general amplísimo á todos los que volvieran á sn obediencia dentro de un 
término dado, y este bando le hizo introducir y circular por Cat^^lnfia: pero este 
acto de política y de generosidad fué Atribuido por los catalanes á miedo, y le 
recibieron con menosprecio y desden* 



«ar; pues era tal la deagraeia, que •■ la 
«audiencia, apenas babia de quiéo fiar, tino 
«del fiscal don José de Rodrigo; en la igle- 
«iía, el anoblspo j mny poeos eiDénigoa; 
«es el tribonal del Jutieia de Aragón, aolo 
«doD Miguel de Jaca, que et el JusUcia; en 
«el del gobernador del reino, aolo don MU 
•goel Franeiteo Pneyo^ que era el gobema- 
«dor; en la nobleía, el conde de Albatera, el 
«deGoara, don Joié de Ürries y NaTarro, 
•eeode de Atares^ conde de Bureta, eonde 
«de San Clemente, cond» da Cobaüllas, 
•Barquea de Sierta, marqués de Toaos, y al- 
•gnoos caballeros, con el Zalmedina don 
«Joan Gerónimo de Blancas; y de los dipu« 
«lados del reino, el marqués de Aleáiar y el 
«dipotado de Borja. En la ciudad, casi nin- 
«guoo habla bueno;, el capitán de guardias 
•don Gerónimo Antón era muy malo. De los 
•obispos, el de Huesca y el de A'barracin 
•eran muy malos; de las comunidades de 
•Teruel, Galatayud y Daroca do habla que 
•fiar; de los puebloa« solo de l^aspe y Fraga 
«babia* entera conOanza, y Jaca que jamás 
•te perdió; Tarazona y Borja nos fut^ron 
•fieles. Y 'conoci¿odolos ¿ todos, j sabien- 
•do que lo que convenia era conservarlos á 
«eosta de sufrir con paciencia sus maldades, 
•Bose omitió cosa alguna que pudiera con- 
«venir, y si Sástago ó Goscojucla no ¿e bu- 
XOJiO IX. 



cbieaen manlenldn en el reino aninando i 
«todos los rebeldes, y concitando A loe la- 
«bradores y pelaires de Us parroquias de 
«San Pablo y la Magdalena, que fueron los 
«que ejecutaron la maldad contra las (ropas, 
«sin duda alguna no hubiera habido en el 
«reino movimiento algnno.» Memorias ma« 
nnscritas, cap. 4a> 

(I) non Melchor de Maeanii atribuye 4 
los franceses undjsi^nio siniestro en esta 
eombioaci(*n, á sabtr, el de arruinar le Ea« 
pafia, y qne quedara en ella de rey el archi- 
duque, pero tan decaída que no pudiera ha- 
cer nunca sombra á la Francia: y dice que 
entraban en este propóvito el duque de 
Borgofia, el de Noailles, el mariscal de Tes- 
só y oíros g 'fes franceses. En este mismo 
sentido se es pliea en varios lugares el mar* 
qués de San Felipe, 'y estos planes se Tieron 
después por desgracia harto confirmados; 
por loque no deja d^ ser estraflo lo quo 
respecto al caso presente afirma Helando, & 
saber, que celebrado eonsejo, el mariscal de, 
Tessé fué de opinión que convenid someter 
antes ¿ Lérida, Monson y Torlosa, para te- 
ner guardadas las espaldas en el eaao de 
00 salir con la empresa, pero que se opu- 
sieron los oficiales españoles por lo fácil que 
Juzgaban la rendición de Barcelona. Hisio* 
ría civil, lom. L, c. 47. 

20 



306 BISTORU DE fiSPAiNA. 

Al terce/ día (47 de marzo, 4706), partió el rey de Gaspecon el ejército^ j 
haciendo bertas jornadas, deteniéndose en algunos puntos per esperar ¿ que <• 
ie incorporaran mas tropas, pasó el S de abril el Llobregat, y desde las altuFas 
de Monserrat divisó la armada del conde de Tolosa, compuesta de veinte j 
seis navios de línea y muchos trasportes, que estaba ya en la bahía de Barce- 
lona. Al dia siguiente puso su ejército en batalla cerca de la ciudad, y enooo- 
tro ya acampado á la otra parte al duque de NoaiUes con el ejército francés» 
Tüdo hasta aqoi habia correspondido exacta y puntualmente á la combinación, 
£1 de Tolosa comenzó á desembarcar provisiones de boca y guerra en abon-* 
dancia, ocupando la Torre del Rio; el de NoaiUes se situó en el convento de 
Santa Madrona, ¿ la falda de Monjuicb; el rey celebró consejo» en el coal por 
acuerdo de los generales é ingenieros franceses se resolvió atacar el castillo, 
cuya operación comenzó el 6 (abril), mas con mala dirección y poco fruto» 
EmpeAóse Felipe en reconocer por si mismo los trabajos en medio del fuego 
de los morteros, t^afiones y fusiles enemigos, y como los cabos todos le diana* 
dieran de aquel pensamiento por los peligros que iba á correr su persona t 
mDonde suben los soldados á hacer el servicio, resDpndió, bien puede subir teun - 
bien el rey. — Pero soldados hay muchos, le replicaron, y rey no hay mas qtsa 
uno, — Eso no es del casoar» contestón Y subiendo animosamente aquella tar- 
de (43 de abril), reconoció todas las obras; mostróse poco satisfecho de ellas, 
pero admirando lo que habian trabajado los soldados, les mandó dar veinte y 
cinco doblones, y otros tantos ¿ los artilleros. 

Hallábase en la plaza el archiduque con escasa guarnición; pero el conde 
de Gifuentes salió á levantar el pais, cosa que logró fácilmente, de modo que 
los huestros no podían ya dar un paso fuera de su campo. Juntóseles el prínci- 
pe Enrique» landgrave de Hesse, con la guarnición de Lérida, cuya frontera 
mandaba. El ingeniero francés, que tan mal dirigía los ataques del campamen- 
te real, murió de un balazo (48 de abril). Reemplazóle con ventaja un ingenie- 
ro aragonés llamado don Francisco Mauleon, con lo que pudo el marqués de 
Aytona lomar las obras exteriores del castillo, hacer doscientos prisioneros 
ingleses, con cinco piezas de artillería, y en este combate murió el comandante 
del castillo, milord Dunnegal (24 de abril). En esto se oyó tocar á somaten las 
campanas de Barcelona: á poco rato se vio salir de la ciudad ondeando el estan- 
darte de Santa Eulalia mas de diez mil personas, hombres, mugeres, mucha* 
chos, frailes y clérigos, que subiendo en tres columnas empeñaron un vivísimo 
y sangriento combato con las tropas; hubo necesidad de desalojarlos ¿ la ba* 
yoneta, con muerte de cerca de seiscientos, arrojándolos hasta las puer- 
tas de la plaza : el marqués de Aytona corrió grandes peligros: una bala le 
llovó el sombrero; el mariscal de campo y brigadier que con él estaban 



r 



PARTE IlU LIBRO VI. 307 

(oeroa heridos, y iodos sus ayudantes quedaron reventados del trabajo* 
Lo6 diaá siguientes se atacó y boml)ard6ó resueltamente la plaza y el cas- 
tillo i un mismo tiempo por mar y por tierra. Mas cuando ya se habla comen- 
zado á romper la muralla, la mañana del 7 de mayo (4706) tres salvas de ar- 
tillería y algunos voladores de fuego anunciaron á los de la plaza el arribo do 
b escuadra anglo- holandesa compuesta de cincuenta y tres navios de línea. La 
del conde de Tolosa, que se recooocia inferior, se apresuró á retirarse á los 
puertos de Francia. Golpe fué éste que desconcertó á los sitiadores, y más 
coando vieron que desembarcaban ocho mil hombreado la armada enemiga» 
y la prisa que sd dieron los de dentro á cerrar la cortadura del maro. Pero no 
fué solo este el contratiempo. A los dos dias llegó al rey la funesta nueva de 
qoe los portugueses habían tomado la plaza de Alcántara con ocho batallones 
de-Doestra mejor infantería, y. que se proponían marchará la corte» sin que 
hubiera fuerzas que pudieran impedirlo. 

A vista de tales desastres celebró el rey otro consejo (40 de mayo, 470G) 
para deliberar si se habia de dar el asalto á la plaza, ó se había de levantar 
el sitio. Pesados los inconvenientes de lo uno y de lo otro, se resolvió lo se- 
gando. Discurrióse también por dónde ^convendría más hacer la retirada, y 
considerada la situación de Cataluña y la poca confianza que el Aragón ofre- 
cía, túvose por mas seguro retirarse por el Ampuidan y el Rosellon. Levantó- 
se» pues, el campo de noche y sin tbcar trompetas ni timbales, pero incen- 
diando todas las casas del contorno, y dejando también prendidas las mechas 
de las minas que tenían hechas al castillo, bien que una sola reventó, llegan- 
do los de la ciudad á tiempo de apagar las otras. Oscura la noche, estrecho 
el camino y lleno de precipicios, ramblas y barrancos, en desorden las tropas» 
ya era harto desastrosa la marcha del ejército, cuando apercibiéndose de ella 
los enemigos se dieron á perseguirle* y hostilizarle por alturas y hondonadas. 
Para mayor infortunio se eclipsó al día siguients el sol, se encapotó ol cielo, y 
creció la confusión y^el espanto, que la , preocupación abultaba, como á la 
presencia de tales fenómenos acontece siempre. A fin de hacer mas desem- 
barazada la huida se abandonó toda la artillería, todas las municiones, vitua* 
lias y bagages (4). Aun asi continuó siendo lastimosa su retirada, picándoles la 

(41 Loqne quedó abandonado y en poder fion; diez y seis mil sacos de harina; gran 

de ios rebeldes faé: eíenlo seis cafloaes de caniidad de trigo y avena; mas de dies mil 

i^roDce; Tcigie y siele morteros del mismo pares de zapatos; muchos horniUos de hier* 

neul; mas de cinco mil barriles de polvo- ro; la i>ottca con todas sus provisiones; ade* 

'«¡seiscientos barriles de balas da fusil; más de quinientos soldados enfermos en el 

B3sde dos mil bombas; diez iiil granadas- convento de Santa Engraci£i.~Macanáz« 

Kiles; innnmerables de mano; ocho mil pi- Memorias manuscritas, c. 49. p. .87.— Feliú, 

^f palas y sapas; cuarenta u«ilbalas de ca- Anales de GaUluAa, lib. XXIII.— Conde do 



30!^ filSTORlA DE ESPAÑA . 

retaguardia, y coronadas siempre las montañas de miqaeletes, incendiando 
ellos poblaciones y campos, y todo lo que encontraban por delante. Al fin el 2^ 
de mayo llegó el rey á Perpifian, con seis mil hombres menos de los que ba« 
bia llevado á Cataluña. 

Tal fué el resultado desgraciadísimo del sitio de Barcelona (4). Escasado 
es ponderar lo que celebraron este triunfo los catalanes y los aliados. El rey, 
después de descansar dos dias en Perpiñan, dando tiempo ¿ que fueran lle« 
gando las tropas, y dejando las órdenes convenientes para que le siguiesen, 
encomendándoles al caballero Dasfeldt, porque ya ni del mariscal de Tessó ni 



Robres, Historia manttscrita.— Marqués de. refuerzos que cada día entraban por mar y 
Sao Felipe, Comentarios de la Guerra ci« por tierra, asi de los aliados como de los 
vil, tom» l.-'RelacioD del sitio de Barcelo* somatenes del pais; de cómo cootriboia ca- 
na, tomo de varios. da corporación, cada gremio y cada clase de 
(I) Para la relación de este suceso, be- la ciudad para los mantenimientos; de los 
mos seguido las Memorias de don Melcbor pontos que cada día se tomaban 6 per^ 
de Mucanái, que iba de secretarlo del gene- dian; de los desertores que eotraban; del 
ral conde de San Esteban. arribo de U armada de los aliados; de la 
Los barceloneses imprimieron y publica- desastrosa retirada de las tropas reales, ele.: 
ron por sn parle un Diario de todo lo aeao- todo con pormenores y circunstancias, es 
cido en este célebre sitio. Este Diario con- que á nosotros no nos es dado detenemos, 
viene con las Memorias de Macanas en to- Este Diario es en general exacto y veri» 
dos los principales hechos, pero añade noli- dico, si se esceptúa en lo de dar siempre la 
cias sumamente curiosas de lo que pasaba fents^« de todos los encuentros á los cata* 
dentro de la ciudad y en el pais dominado lañes, y en lo de exagerar los muertos del 
por la rebellón, lo cual no podían conocer campo enemigo y disminuir el de los suyos, 
los que estaban en el ejército real. Cuenta- defecto en que incnrren por lo común los 
se en él, por ejemplo, qneen consejo de escritores de todos los partidos. Bnél so 
guerra se resolvió que el archiduque saliera Uama siempre Carlos III. al archiduque, y 
de la plasa para ^ue no se expusiese su peiw duque de Anjou al rey don Felipe. Al ha- 
sona á los trabajos y peligros de un asedio, blar de este Diario, vuelvo 4 insisiir Maca- 
y asi se lo participé él i la ciudad, á la di- nás en su id^a, de que tanto loo generales 
put ación y al brazo militar, pero (ue estos franceses del ejército de tierra, Tessé, Ifoaí- 
treséuerpos Je instaron tanto á que se que- lies y ol ingeniero general, como el almi- 
dase, ofreciendo sacriacar todos sos vidas rante de la armada conde do Tolosa, pu- 
por él, que al fio se resolvió á no salir: que dieron lomar la plaza, pero no quisieron, oi 
una noche mochas personas religiosas v le-- fué este nunca su propósito, sino debiliiar 
roo sobre el castillo de Monjuiob un metoo- las fuersas de Bspafla para que quedara en 
ro en fo^ma de la Cruz de Santa Eulalia, ella el archiduque,' y supone que al efecto ' 
«pero de nuestro ejército (dice el mismo se entendían secretamente con los gefes de 
Diario) ninguno le vió:> que los religiosos los aliados. Entre otros cargos, al parecer 
de todas las órdenes ocupaban por las no- no destituidos de fundamento, que les hace, 
ches sos puestos en la muralla, armados, for- es uno la conducta de la armada francesa, 
roados y con sos cabos, como si fuesen tro- que esiuv) permitiendo entrar en la plasa 
pas regladas, y por las noches andaban por socorros de hombres y de víveres, y que pa- 
la ciudad rondas compuestas de dos canóoi- recio faltarle tiempo para abandonar la ba^ 
gos y diez clérigos cada una, con lo cual se hia tan pronto como avistó la de los aliados, 
evitaron muchos desórJener. da cuenta de sin intentar combaiirla, ni embarazarla si* 
los cabos que mandaba n cada cuerpo; de los quiera . —Memorias, cap. 50. párr. último. 



PARTE Itl. LIBRO VL 30O 

de otros generales se fiaba (4), y participándole todo al rey de Francia, sa 
abuelo, partió á la ligera f^ra Madrid, por Salces, Narbona, Carcasona, Tolo- 
sa, Pan, San Juan-do-Pié-de-Puerto, Ronoesvalles y Pamplona, llegando ¿ 
Madrid el O de junio (4706), en cuyos habitantes encontró, ¿ pesar de la des- 
gracia, la buena acogida que le habian hecho siempre. 

Eo tanto que esto pasaba en Barcelona, la guerra civil ardía vivamente en 
el reino de Valencia. Había poblaciones coya decisión por la causa del archi- 
doque rayaba en entusiasmo. En cambio el reino de Murcia se distinguia por 
sa acendrada lealtad á Felipe V. Paeblos hubo que se hicieron famosos, como 
eldeHeilin, el cual, no obstante ser lugar abierto, relistiÓ heroicamente á 
diez mil rebeldes mandados pcNr Nebot y Tarraga, hasta que cortada el agua, 
y Tiendo que enfermaba casi toda la población y milicia, tuvo que rendirse és« 
ia prisionera de guerra, pasando después mil trabajos aquellos hombres va- 
lientes y lealis, ya ea Valencia, donde solo los alimentaban con algarrobas 
como á las bestias, ya en Denia, donde sufrieron todo género de tiranías, ya 
en los caminos, por donde los llevaban enteramente desnudos y amarrados 
con cuerdas, prefiriendo los martirios y la muerte á faltar á su fidelidad. En 
Valencia, desde que el conde de Peterborough regresó á Barcelona con moti- 
lo del asedio, el conde de Cardona, que era virey por el archiduque, dio un 
phzo de veinte y cuatro horas parft que pudieran salir de la ciudad todos los 
afectos á Felipe V., y asi lo realÍ2aron muchos nobles y personas distingui- 
das, que pasaron á incorporarse á las tropas reales, no haciéndolo otros por no 
permitírseles sacar bngages ni propios ni ágenos. 

£1 conde ^e las Torres, con la escasa fuerza que le había quedado, y con 
las milicias de Murcia y los dragones del brigadier Mahoni, hacia esfuerzos 
prodigiosos, y se movía con una actividad infatigable. Después de haber he- 



(1) «Decíasd en esta ocasión (dice Belan- des, y para el emperador los Estados de 
do) ser la intención del mariscal de Tess^ este duque elector. Todo era en cierto mo*. 
^e el rey don Felipe Y. se quedara en do efectuar la Imaginada divisioB de la mo- 
Fraocia, y que para ello era su persuasión narquia de Espafta; mas el monarca don Fo* 
diciendo: que pUes estaba S. M. en el rein<w upe V., con sn ya conocida constancia, ros- 
que pasase i París i f isitar al abuelo. Esto pondia siempre: tiQue no habia de ver mas 
M dijo de Tessé, y asiipismo se creyó que á Pari$, retueUo á morir en Btpaña,» 
las persuasiones del rey Cristianísimo hu- Bien conocía S. M. el traidor sistema, pero 
bierao sido para que el nieto consintiese en lo disimulaba su modestia, para no permi- 
tí noeTo proyecto de psi que habian idea* tir Jamás asiento ni entrada al espíritu tur* 
doy propuesto los aliados. Esta propuesta bador.» Hist. cítÜ, tomo 1., o. 49. 
<c redocía ¿ dar al rey doiy Felipe los Esta- cPorque tenia orden (dice Macanáz) del 
dosqae la Espafia poseía en Italia, con las duque de Borgofta de llevar al rey á París, 
itUs de Sicilia y Sardeña, y al archiduque de donde no se le dejarla Tolver; lo que el 
Cirios U Espafia con la América, dejando rey entendió, y le fu6 fácil averiguar.» lie- 
iadeterminado para el de BaTiera la Flan- morías, c. 49. 



310 CISTORIA DE ESPAÑA. 

chonn cange de prisioneros quemó algimos lugares y sometió otros, entre ellos 
la villa de Gullera, de que le hizo merced la reinii con el título de marqués, 
cuyo marquesado confirió antes el rebelde Basset á su madre, y le otorgó ade- 
más la famosa Albufera de Valencia. Animado con esto el de las Torres, inten* 
tó apoderarse de Játiva, la segunda población de aquel reino, llevando toda la 
fuerza disponible, con cuatro piezas de campaña, (mayo, 4706). Pero todos 
sus esfuerzos fueron infructuosos. Defendia Basset la ciudad. Basset era una 
especie de ídolo para todos los valencianos partidarios del archiduque: las po- 
blaciones rebeladas le tributaban cierta adoración, y él poseia el aKe de ins- 
pirar y mantener el entusiasmo en las perdonas de todas las edades y estados. 
Asi fué que en Játiva los eclesiásticos como las mugeres, y las mugeres como 
los nifios, todos hacian oficios de soldados, todos trabajaban en las obras de 
defensa, todos combatían, con armas, cfn piedras, con todo género de pro- 
yectiles: hubieran muerto el último párvulo y el último anciano antes que 
rendir la ciudad ó abandonar á Basset. Entraron en la plaza muchos socorros 
de ingleses y valencianos; súpose y se celebró el desastre del ejército real en 
Barcelona; túvose noticia de haberse apoderado los portugueses de Alcántara; 
todo era regocijo y animación dentro; y como por otra parte le informasen al 
conde de las Torres de que los enemigos amenazaban venir sobre Madrid, 
tuvo que retirarse abandonándola empresa (S4 de mayo, 4706), después de 
quince dias de ataques inútiles, para incorporarse á los que habían de dete- 
ner la marcha de los aliados á la capital del reino. 

Era por desgracia cierto que el ■ ejército aliado de Portugal, mandado por 
el marqués de las Minas y por el general inglés milord Galloway, se babia 
apoderado de Alcántara (44 de abril), ftndiendo y haciendo prisioneros de 
guerra por capitulación á diez batallones que la defendían con el gobernador 
mariscal don Miguel Gaseo. Error grande de nuestros generales encerrar diez 
batallones en una plaza dominada por la montaña, para cuya defensa en lo 
posible habría sido igual uno solo (4). Pero esto provino, dice un escritor es- 
pañol contemporáneo, de que el mariscal de Berwick, nombrado de nuevo 
general en gefe del ejército de la frontera portuguesa, obraba asi por instruí 
cion del duque de Borgoña, á quien este escritor supone siempre, y no in- 
fundadamente, autor del designio de ir arruinando la España. Y á la verdad, 

(I) IfOs prisiooeros que se hicieron fue-^ Us de tusüHl mil qulolenus balu de caflon; 

ron cuatro mil soldados e(ecii?(M, sin coDiar ocboeieoias bombas; tres mil fanegas de 

todos los gefes y oficiales, con quinientos irigo, seis mil 4^ cebada; gran cantidad de 

soldados enrermos y heridos: se cogieron vino, aceite y ganados; doce mil casacas 

sesenta piezas de artillería de diferentes ca- nuevas, y doscientos oioco caballos.— Ha* 

libres; cinco mil fusiles; doscientos quinta- eanái. Memorias, c. 52.— Sar Felipe, Comeo* 

1^8 de pólvora; mil ochocientas cajas de ba- tariQS.~Belando, Historia civil, tom. I. 



r 



PARTE 111. LIDRO VL 344 

la conducta de Berwick no parecía abonar mucho su buen propósito. Porque 
hab'endo pasado los aliados el Tajo» tomado de paso algunas irillas, detenido- 
se dos días en Coria, y oliendo luego ¿ buscar al de Berwick, que se forti- 
ficaba junto á Plasencia, fuese éste retirando, no obstante contar con diez 
batallones de infantería y cuatro mil ginetes, dejando ¿ los enemigos que 
ocuparan á Plasencia (28 de abril). De retirada en retirada, y avanzando á sn 
vez los aliados hasta el famoso puente de Almaráz (4 de mayo), ya babian 
comenzado ¿ hacer minas para volarle; mas recelando dar lugar á que se 
uniera á Berwick el marqués de Bay con las tropas que guamecian á Badajoz, 
dscurrieron en consejo de guerra la dirección que deberían tomar: milord 
Gdlloway era de opinión de perseguir ¿ Berwick hasta la capital, y hasta arro- 
jarle de Castilla; el marqués de las Minas y los suyos fueron de parecer de ir 
á sitiar a Ciudad- Rodrigo, y este dictamen fué el que prevaleció. 

A vista de tantos peligros y reveses, la reina Haria Luisa que gobernaba 
d reino con su acostumbrada eficacia, hacía rogativas públicas, escribía á las 
ciodades, movia á los prelados, escitaba el patriotismo de los nobles, estimu- 
laba á todos á la defensa del reino. Imponderable fué el entusiasmo con que 
las provincias leales respondieron ¿las oscitaciones de la joven soberana. Se- 
villa, Granada, todas las Andalucías se pusieron en armas y proporcionaron 
recorsos de guerra. Ejecutó lo mismo Extremadura. Navarra y las Provincias 
Vascongadas hicieron donativos. La universidad y la iglesia de Salamanca 
ofrecieron sus rentas: Palencia y otras ciudades de Castilla dieron provisiones 
y dinero: los nobles de Galicia se armaron, y sus milicias penetraron en Por- 
tagal guiadas por don Alonso Correa. Los gremios de Madrid, el concejode 
la Mesta, las órdenes militares que presidia el duque de Veragua, el corregi- 
dor y los capitulares de la villa, lodos los nobles de la corte se regimentaron, 
y salieron á caballo, divididos en cuatro cuerpos, llevando por coroneles y ca- 
bos al corregidor y regidores y á los señores de la primera grandeza. Toda 
España se puso en armas y en movimiento ,^ dispuesto cada uno ¿ ir donde se 
le ordenara. 

Los aliados entretanto rindieron á Ciudad-Rodrigo (fin de mayo, 4706), 
despoes de resistir valerosamente por ocho dias el solo regimiento que con 
algunas milicias había en la plaza. Ya se estaba viendo al enemigo marchar 
sobre Madrid, y á impedirlo concurrían todas las tropas, en cuyo estado llegó 
el rey á la corte (6 de junio) de vuelta de su malhadada espedicion á Barcelona. 
En el momento resolvió juntar cuanta gente pudiera, y salir él mismo acam- 
pana, y asi se lo participó á los Consejos. Mas como quiera que el enemigo 
se faese aproximando ¿ la capital, quiso poner en seguridad la reina por lo que 
pudiera sobrevenir, y dispuso que saliera ¿ Guadalajara con todos los Conse- 



31? HISTORIA DE ESPAÑA. 

jos y inlmiMiles. Yerificóse asi ú 80 de junio (4706)» y la mafiana del día si- 
gaiente partió también el rey en dirección de Fuencarral, ofreciéndose á ser- 
Yirle y sacrificarse por él todos los moradores de la «órte, á quienes enterne- 
cido manifestó su agradeeimiento. 

A tiempo salieron los reyes de Madrid. Porque el mismo dia 80 se hallalKi 
ya el ejército enemigo en el Espinar» y avanzando por el puerto de Guadar- 
rama acampó el 84 a las cuatro leguas de Madrid, de donde al siguiente dia 
se adelantó el conde de Villaverde con dps mil caballos á pedir á la corte la 
obediencia al rey Carlos III. de Austria. La corte se prestó ¿ ello sin dificul- 
tad, porque asi lo había dejado prevenido el mismo Felipe V. para evitar vio- 
lencias y desgracias» y asi se lo advertió al corregidor don Fernando de Ma- 
tanza, marqués de Fuente-Pelayo» en las instrucciones qoe le dejó, por cuya 
docilidad el conde de Villaverde le mandó continuar en su puesto hasta nue- 
va orden. Desde el 87 de junio basta el 3 de julio acamparon los enemigos en 
la ribera del Manzanares desde el Pardo hasta la Granja de San Gerónimo. Eq 
este intermedio fué aclamado en Madrid el archiduque con él nombre do 
Gérlos III. rey de España» pero presentando la población tal aspecto de tris- 
teza que mas parecia función de lute que fiesta de regocijo. En la Plaza Ma- 
yor, punto principal de la solemnidad, no había mas concurrencia que la gente 
que asistía de oficio» algunas turbas de muchachos á quienes miiord Galloway 
y el marqués de las Minas mandaron arrojar dinero en abundancia para que 
echaran vivas; pero ellos gritaban: uViva Carlos Hí. mientrtu d*»re el echar* 
noi dinero.» Costó trabajo hallar un regidor que llevara el estandarte» porque 
todos se fingían enfermos. Advertíase cierto aire mustio en todos los semblan- 
tes, reflejo del disgusto y la pena que embargaba los corazones; y la prueba do 
que el sentimiento era general fué que en una capital tan populosa apenas lle- 
garon á trescientas personas las qoe se mostraron espontáneamente adictas al 
nuevo soberano; solo la tropa se vistió de gala» y los generales del archídqqae 
tuvieron muchas ocasiones de conocer cuánta era la adhesioo de los castella- 
nos al rey don Felipe (4 j, 

(I) «Fué, dice un eserítor roDtemporá- ger las monedas.» 

neo, la (unción mas silenciosa que se bt El mismo escritor pone ana reltcloB d4H 

visto del género. Por m» que voceaba la mlnal de las personas noiables que acompa- 

divisa amarilla de queso adornaron todos, fiaron el estandarte de la prociamacion, y 

no bailó correspondencia, ni aun en. los mu- son entre todas cuarenta y una.— Semaaa* 

chachos: y hallándose el marqués de las Mí- rio Erudito, tom. VU, p. 96. 

ñas á ver el acto en un balcón de la plata Preguntó el marqués de las Minas al 

Mayor, los provocó arrojando algunas mo- zapatero que llamó para que le ealaára, 

pedas de oro y plata; acción quemado el quién era sa rey.— «Fs/ipe f., le respondió, 

teatro de fúnebre en alegre, y de silencio — Pims ya no es, dijo el de las Minas, nidt^ 

VQ grita, qae duró lo que tardaron ea reto- be ier iiho Cérloi I//.— ScAor,, le replicad 



PARTE UK LIBRO YL 3.3 

Para dar mas autoridad á las medidas de gobiorno, mandaron feuniry 
foDCÍODar los consejos y tribunales, bien que no hubieran quedado sino los 
eníermos y algunos otros que por falta de carroage ú otras causas no habian 
podido seguir á la reina (4). Hicieron timbrar papel con el sello y nombre de 
Carlos 111., y en él comenzaron á circular provisiones y ordenanzas; mas ios 
gueblos en vez de cumplirlas las enviaban originales ¿ su legítimo rey, y so 
negaron á recibir el papel sellado que se les distribuia. La ciudad de Toledo 
fué una de las que mas pronto prestaron obediencia al archiduque, por la cir- 
coDstancia de residir alii la reina viuda de Carlos II., doña Mariana de Neu- 
borg, naturalmente afecta ¿ un principe de su familia. Pero no tardó tampoco 
aquella ciudad en volver á proclamar á Felipe, á riesgo de que le hubiera 
costado muy caro, porque la viuda de Garlos II. fué insultada, y presos y mal- 
tratados algunos de sus domésticos y servidores. También Segovia volvió pron« 
to ¿ aclamar al rey don Felipe, tomando las armas los fabricantes de paAos: y 
el obispo don Baltasar de Mendoza, partidario del archiduque, porque espera- 
ba ser repuesto en el empleo de inquisidor general de que babia sido priva- 
do, tuvo que salir huyendo á Madrid, disfrazado de militar y acompañado de 
» sobrina la marquesa de San Torcaz. Por cierto que dieron en manos de 
Qoa partida de caballería del rey Felipe, y ambos fueron llevados prisioneros. 
Los aliados no dominaban sino en los pueblos que ocupaban militarmente; tan 
pronto como los evacuaban, ya no se reconocia alli la autoridad de Garlos III. 

Felipe dispuso que la reina y los consejos ^ trasladaran á Burgos para 
mayor seguridad; y asi se verificó, después de pasar un gran susto producido 
por una noticia equivocada, á saber, que los enemigos tenían interceptado el 
puerto de Somosierra, siendo asi que quien le ocupaba era el general Améza- 



UBula de la Santa Cruzada qne $e no§ 
ka dado e$te año es por Felipe F., ella noe 
efueña que U debemúi tener per nueetro 
f«y, f afi la haremei todoe.» Habicodo ido 
eide Us Alinas k Caslcjon, preguntó al al-* 
ctlde por quiéu tenia la vara. La tengo^ 
mpondió, par el rey Felipe F.— El mar- 
qvéise la tomó, y TolTieodo á entregáriela 
le dijo: Puee ahora la leneii por Car loe JIÍ, 
«T como se resistiese ¿ tomarla y le pre- 
IQDiara por qué; contestó: Porque he jura- 
do á Felipe V.^Puee ahora jarate á >^ ár- 
ietJlL—De ninguna manera; ii Cárlot UL 
kubitra venido 'dn<««, y ^o le hubiera 
jurado, tampoco jurar ia ahora á otro.^ 
No hubo medio de reducirle, y el mar- 
qués lUTO que nombrar otro alcaide. Cuén- 
(üQM lauchas de actas anécdotas que de« 



muestran el espirito del pueblo. 

(I) «La sala de Alcaldes, dice Haea* 
p&x, fué la peor, por haberse puesto por pre- 
sidente un loeosio letras, incapát mas qut 
de barbaridades (sie).» Pero en el Consejo 
de Castilla no faltó quien dijera con mucha 
firmeza de carácter, que todo lo que se ha- 
cia era nulo.— Memorias, cap. SS. 

Con la reina fueron la princesa de los Ur- 
sinos, el conde de Santistebao, el marqués 
de Castel>Hodrigo, una azafata, una moza 
de retrete, el tesorero y el aposentador. Las 
demás camaristas y damas, ó se refugiaron 
á los con? entos, como muchas seftoras» de la 
grandeza, ó se fueron á lis casas de sus pa- 
rientes.— Noticias individuales de los suce* 
sos, etc. 



3U DI5T0RIA DE ESFAÑA. 

ga con tropas reales para proteger el paso de la reina. Las falsas noticias que 
se propalaban y hacian circular de que todo estaba perdido, de que el rey so- 
lo trataba de retirarse á Francia con cautela, y otras semejantes, desalentaron 
de tal modo á sqs partidarios, que los mismos de su ejército le abandonaban » 
desbandábanse las tropas, y basta el regimiento de caballería de las Ordenes 
militares se desertaba para volverse á la corte. Súpolo Felipe en el conyento 
de Sopetran, donde se detuvo unos días: reunió los ministros, grandes y ge- 
nerales, ¿ todos Ips do la comitiva: les hizo ver la falsedad de las noticias 
que los tenian alarmados; les aseguró que nunca jamás saldría de Espafta; «si 
no me quedara, añadió, mas tierra que la necesaria para poner los pie», eUli 
moriria con la espada en la mano defendiéndola:» y tales cosas les dijo, y 
con tanta energía les habló, y tal ánimo supo inspirarles, que todos, grandes, 
ministros, generales y oficiales, á una voz y con lágrimas en los ojos, le ofre- 
cieron morir en su servicio y no abandonarle nunca. Con esto montó á ca- 
ballo, revistó las tropas, y las arengó con tal fuego, que los soldados prorum- 
pieron en vivas, juraron todos perder la vida en su defensa, y nadie desertó 
ya más. Súpose también á este tiempo que en los cuatro reinos de Andalu- 
cía se habia juntado un poderoso ejército de treinta mil infantes y veinte mil 
caballos pronto ya á partir en socorro de S. M .: con que el desánimo que an- 
tes se advertía en los reales se trocó en animación y en regocijo. El marqués 
de las Miñas pasó con su ejército á Alcalá (4S de julio, 4706), y el rey se 
retiró á Jadraque y Atienza, donde se le juntó la gente de Somosierra, que- 
dando solo un cuerpo para cortar el paso del Guadarrama. 

Mas no faltaban por otras partes reveses é infortunios. En Valencia» des- 
pués que el conde de las Torres levantó el sitio de Játiva y vino á incorpo- 
rarse á las tropas de Castilla, Basset y Nebot quedaron ensefioreándoscr ('e 
aquel reino, vengándose de los adictos al rey, apoderándose de sus caudales y 
reduciendo poblaciones, entre otras villas la de Requena, cuyos habitantes, en 
unión con el comandante Betancour, resistieron por espacio de un mes con 
un valor digno de toda alabanza. T el general inglés Peterborough, que volvió 
de Barcelona á Valencia, publicando indultos solemnes á nombre de Car- 
los III., como duefios del pais, y ofreciendo la conservación de todos sus em- 
pleos, grados y honores á los que dejaran el servicio del duque de Anjou (co- 
mo él decia siempre), hacia vacilar la lealtad de nuestras escasas tropas en 
aquel reino, y aun arrastró á la defección algunos gefes. El marqués de Ra- 
phal, quemandabí en la parte de Orihuela, se unió á los rebeldes, é hizo que 
la ciu lad proclamara al archiduque. El conde de Santa Cruz, gobernador de 
las galeras de España, que se hallaba en Cartagena, y á quien se le die^ 
ron 57,000 pesos para el socorro de Oran que se encontraba estrechada por 



PARTB III. UBRO VI. 315 

los moros, en lugar de enderezar la proa a' África se fué i buscar la armada 
enemiga mandada por Lake, y con sus galeras proclamó al archiduque. T no 
contento con esto el traidor Santa Cruz, indujo al almirante inglés } le pro- 
porcionó los m3dios de apoderarse de la importante plaza de Cartagena. Pe- 
ligraba Mareta, y era amenazada la fidelísima Alicante, para no tardar en 
caer ambas bajo el dominio y poder de los enemigos de Felipe (4). 

Mas no era esto lo que acontecía de mas adverso. El archiduque, desem- 
barazado del sitio de Barcelona, y sabedor de que su ejército de Portugal ve- 
nia sobre Madrid, resolvió venir él también en persona, con la confianza de en- 
trar sin obstáculo en la corto. Con este propósito partió de Barcelona el S3 de 
janio, (4706): su ánimo era hacer la jom ida por Valencia; mas como en Tar* 
ragona recibiese la nueva de haberle aclamado por su rey Zaragoza y todo el 
reino de Aragón, determinó variar de rumbo y venir por este reino. En efec- 
to, el 29 de junio desató la ciudad de Zaragoza los flojos lazos de la, obedien- 
cia que de mala gana estaba ya prestando al rey Felipe V., proclamó á Car- 
los III. de Austria, y envió cartas y despachos á todo el reino para que hi- 
ciese lo mismo. Los obispos de Huesca y Albarracin se apresuraron á levantar 
las ciudades y pueblos de sus diócesis: ejecutaron lo propio en las comunida- 
des de Calatayud, Daroca, Teruel, Cantavieja, Alcañiz y otras; las milicias se 
negaron á seguir al conde de Guara, que tuvo que fugarse á media noche do 
Barbastro por habérsele rebelado la ciudad. En fin, todo el reino se alzó en 
rebelión, sino es Tarazona y Borja, y la plaza de Jaca y castillos de Can- 
firanc y Ainsa, merced al socorro que á instancias del rey les llevó el gober- 

(I) Era notable la deeision y el ardor con ellos UamaroD para que dirigiese su defeOM, 

que los pueblos de Valencia y Murcia abra- revivieron «fue aunque íoda Etpaña $e 

uban oca ú oír» causa. Enlre las muchas perdiese, Bañeret te manlendria, y que 

admirables defensas á que esta decisión dio Felipe V. seria siempre rey de Báiíeres.w 

logar, merece mencionarse la de un peque* Enfurecido Bassel con tan arrogante reto 

lio lagar de Valencia llamado Bafteres,colo- de un pueblo miserable, hlxo prender i U 

eado en una altura no dominada por níngu- muger y suegra del francés Casamayor que 

oa otra. Los vecinos de. este lugarciio, deei* estaban en Játiva, y envióle á decir que si 

didos por Felipe V. dejaban encomendada no hacia que se rindiera el lus^ar las ahor* 

la guarda del pueblo á sus mugeresé hijos, caria. Contestó el francés que él no tenia 

y ellos sallan á correr la tierra, llevándose mas esposa ni mas sargra que el de conser* 

ganados y trigo, y desafiando el poder de var aquel lugar á su rey Felipe V., y quo 

Basset, no obsunle estar ya casi todo el reí- assi hiciera lo que quisiese, que no faltaríau 

no de Valencia por el archiduque. Cuando traidores en quienes rengar tal agravio. 

itipieron que el rey habla salido de la cor- Básset hizo dar á la una doscientos azotes 

te y que loe enemigos la ocupaban, tuvieron por las calles de Jitiva, y sacar á la otra á la 

tilos su especif de consejo para ver lo que TergQenza» ambas montadas en pollinos, y 

habían de hacer, y de acuerdo con un fran- luego las arrojó de la ciudad, diciendo que 

c*i, nombrado Raimundo de Casamayor, fu- si volvían serian ahorcadas. Ellas pasaron 41 

Huís de Játiva por las tiranías que Basset Viílena, y Casamayor continuo defjndienJo 

«jecuubaen los de su nation, y á quien á Dadercs.-Mac^nái. Memorias, cap. 3S. 



L 



lié HISiOaiA OE ESPAÜA. 

nador fraacis de Dea me, cruzando con grao trabajo por lo mas áspero de las 
monlañas; y allá acudió también el virey nuevamente nombrado de Aragón, 
don Fr. Antonio de SoI>s, obispo do Lérida, que andaba como fugitivo por la 
frontera de Navarra. 

El famoso agitador conde de Gifuentes escribió desde Tarragona á los la* 
bradores y menestrales de Zaragoza felicitándoles por su alzi miento (4). Las 
tropas aliadas y catalanas se adelantaron á entrar en Zaragoza el 4 de de jn- 
- lio; y el archiduque, que habiendo partido el 3 de Tarragona, no llegó hasta 
el 45, fué recibido con grandes regocijos y luminarias. Estuvo, no obstante, 
des dias sin salir de palacio, hasta hacer la entrada pública y solemne, que 
verificó el 48. Empleó los dias siguientes en nombrar justicia mayor, y mi- 
nistros del consejo de Aragón y de la real Audiencia; hizo publicar un edicto 
mandando salir de la ciudad y del reino á todos los franceses, al modo quo 
lo habian hecho ya Basset y Nebot en Valencia (2); escribió una afectuosa 
carta de gracias á los labradores y gremios de las parroquias de San Pablo y 
la Magdalena; asistió á una corrida de toros con que le obsequió la ciudad, y 
á una gran mascarada con que le festejó la cofradía de San Jorge; dio el gra- 
do de capitanes á todos los mayordomos de los gremios; formó una junta pam 
el secuestro y administración de las rentas de los eclesiásticos que seguian el 
partido del rey, y sin jurar sus fueros á los aragoneses, ni éstos reclamarlos, 
partió dü Zaragoza (24 de julio, 4706), en dirección de la corte y ¿reunirse á 
8u ejército de Castilla. 

Abiertas comunicaciones y pudiendo ponerse en combinación los tr^s 
ejércitos enemigos, el del archiduque que venia de Zaregoza, el de Valencia 
mandado por Peterborough, nombrado ya embajador de Inglaterra, y el del 

(I) «A los seflioret labradoras (deeia este oes ni valencianos: paes si este Principado 

documento) de la imperial ciudad de Zara- se movió, faé en vista de una armada y coa 

gota, y demás gremios y artesanos de ella, la presencia del rey; y si lo ejecutó Valencia 

qae Dios guarde machos aáos.— >Seftores fué preciso que pasasen tropas para poder« 

míos: el suceso del dia 39 del mes pasado tos cubrir, eto— Tarragona, I.* de Jnlio 

de haber proclamado á nuestro rey esaciu- de 4706.— B. L. U. de vuestras mercedes su 

dad, y de quedar ocupado el fuerte por la servidor; El conde de Cifueníet, Alfére* 

influencia y disposición de vuestras meroe- mayor de Cnttilla w 

des y demás amigos, be celebrado con espe- {*) Pero al salir los franceses en cumplí* 

cíal júbilo, como tan interesado, asi por las miento del bando, eran muertos ó maltra- 

glorias que merece e? a ciudad, como por lo tados por los naturales ó por los soldados 

que logra S. M., á quien al mismo tiempo del archiduque. Basset y Nebot en Valencia 

que tuve estas nuevas las puse en su real hicieron cosas horrible» con algunos. Los 

noiícia;y yo lleno de vanidad pasé á ponde^ desnudaron, loá embarcaron atados, y á 

rar á S. M. la acción tan generosa que han unos enviaron como en triunfo á Barcelona, 

hecho los aragoneses, pues hallándose sin y á otros hundieron en el mar, dando barre« 

tropas han ejecutado con fina voluntad y do al barco en que los llcvabau. , 
gloi ioso ánimo lo que no hicieroo los cátala* 



FARTE m. LIBRO VL 3)7 

marqués de las Minas que había estado en Madrid, y ocupaba á Alcalá y su4 
ÍDmediaciones, y avanzaba á Guadalajara y Jadraque á recibir é incorporarse 
á sa rey (28 de julio), parecía no podía ser mas crítica la situación de Felipe V. 
detenido en Atienza hasta que se le juntaran las tropas francesas que le 
enviaba Luis XIV. su abuelo. Llegaron éstas al fin tan oportunamente, que 
poniéndose al punto en movimiento formó su campo el dia mismo que el do 
las Minas entró en Jadraque (4)« De alli salieron los generales aliados á reco- 
nocer nuestro campamento desde una colina; el general portugués fué de opi- 
nión de que debia darse la batalla, porque' creyó que las muchas tiendas quo 
86 veían eran engaño y artificio: el inglés Galloway fué de sentir que no solo 
no debia intentarse, sino discurrir la manera de salvar el ejército. Y prevale- 
ciendo su diclám.*n, asi lo ejecutaron, emprendiéndola retirada por la nocbe» 
sin tocar tambor ni trompeta. Las llamas de las casas que iban incendiando 
foeron las que avisaron á nuestros reales la marcha y dirección de los enc^ 
mígos, en la cual se los fué persiguiendo por la ribera del Henares, picando 
siempre su retaguardia, matándoles alguna gente, mezclándose á veces las 
tiendas, y obligándolos á pasar el rio, hasta Guadalajara donde hicieron alto. 
Determinóse eiitonces dar on golpe de mano atrevido sobre la corte, el 
dia mismo que se creía babia de entrar en ella el archiduque: y destacándose 
á los generales marqués de Legal y don Antonio del Valle, con nn cuerpo de 
caballería, cruzaron éstos el rio, y por las alturas de San Torcaz cayeron an- 
tes de amanecer sobre Alcalá, sorprendieron y cogieron á algunos que iban de 
la cór^ á besar la mano al archiduque, ó interceptaron un gran convoy de 
provisiones. Alli se les incorporaron ,el marqués de Mejorada, secretario del 
despacho universal, que iba con pliegos del rey para la villa de Madrid, don 
Lorenzo Mateo de Villamayor» alcalde de casa y corte» y don Alonso Pérez de 
Karvaez, conde de Jorosa, nombrado corregidor de Madrid en reemplazo del 
marqués de Fuente-Pelayo. Y saliendo todos de Alcalá» enviaron delante on 
correo acompañado de dos guardias de corps, con carta para el procurador 
general de Madrid» en que se le prevenía que para las cuatro de la tarde tu- 
viera reunido el ayuntamiento, para darle cuenta de un despacho del rey. El 
correo y los guardias entraron en Madrid al medio dia (4 de agosto, 4706); el 
paeblolos conoció y comenzó á gritar: iVt'tMi Felipe V! Al alboroto que siguió 
á este grito montó á caballo el conde de las Amayuelas que mandaba en Ma- 
drid por el archiduque» y con los miqueletes catalanes, aragoneses y valencia- 

(I) «Aqvi perdí parte de mi ropa^dlee partidas entraron en la villa, harto biioca- 

MaeuAz, porque el dia qne entraron los da ano de tomar ineaballoy retirarse.»—' 

uemigos (en Jadraque) no tuve tiempo de Memorias, Gap.8S« 
leiírirla, paet estai\do comiendo cuando sus 



318 HISTORIA DB ESPACIA. 

1108 que teoia á sos órdenes acometió é hizo fuego al puoblo, el cual enfurecí* 
do sostenía con valor la refriega. Batiéndose estaban pueblo y miqueletes 
cuando llegaron Legal y Valle con sus escuadrones: ni una sola persona encon- 
traron desde la puerta de Alcalá basta el Buen Suceso. Allí habia ya gente: al 
Ter tropas del rey, por todas las calles resonaron las voces de: ¡ Viva Felipe Vi 
\mueran lo9 traidores\ Y el pueblo se apiñaba en derredor do la tropa, de mo- 
do que con mucho trabajo pudieron los escuadrones avanzar bosta la calle de 
Santiago, donde recibieron una descarga de los miqueletes, en tanto que por 
la parte de la casa de la villa se dejó ver el conde de las Am3yuelas con gran 
plumero blanco en el sombrero. Dividiéndose entonces los escuadrones, solda- 
dos y pueblo arremetieron por todas partes con tal furia, que, aunque a costa 
de alguna pérdida,' bgraron encerrar en palacio al de las Ama vuelas y sus mi- 
queletes, y desde allí continuaron haciendo fuego; pero sitiados, y no muy pro-- 
vistos de municiones, tuvieron al fin que capitular y rendirse, poniéndose á 
merced del rey (4). 

Duefias otra vez de Madrid las tropas reales, tratóse de sí habría de acla- 
marse de nuevo al rey, pero el mismo Felipe avisó que no se hiciese, poosto 
'qoe Madrid no había faltado nunca á su obediencia y fidelidad, y solo por la 
fuerza se habia sujetado al enemigo. Acordóse entonces descielamarf por decirlo 
asi, al archiduque. Al efecto se levantó un estrado en la Plaza Mayor, y salien- 
do de las ca^as de la villa el corregidor y ayuntamiento con gran comitiva, y 
llevando ¿ la rastra el pendón que se había alzado para su proclamación, y en- 
rollado un retrato del archiduque con el acta original del juramento, se hizo 
la ceremonia de quemar solemnemente el estandarte, retrato y acta, declaran- 
do intruso y tirano al archiduque Garlos de Austria, con grande alegría del 
pueblo «que concurrió á esta función (2). Quemóse igualmente todo el papel 



(I) Hubo en esta entrada de parte del que ya habia sido otra vet preso por haber 
pueblo los escesos que casi siempre se co- intentado rebelará tiranada.— El conde de 
meten en tale» casos. Fueron saquearlas las San Juan, portugués, que se hallaba en Vi- 
casas del patriarca, del conde Ue San Pe* Uaverde con un fuerte destacamento de ca- 
dro, 7 de otros quo babian sido desleales, balleria, noticioso del suceso de Madrid, hn- 
£1 patriarca, el obispo de Barcelona y ios y6 hacia Portugal por caminos extrariados, 
condes de Lemus hablan sido cogidos por pero en los pueblos de (iastllla y Extrema- 
las tropas yendo camino de Alcalá á recibir dura, asi qae conocían que eran portugoe- 
al archiduque, el cual creían que estaba ya ses é ingleses, en lodas parles los recibiaoá 
en Alcalá, y que iba á entrar aquel dia en tiros, hasta que fueron acabando con casi 
Madrid. A algunos de estos se envió fuera todo el destacamento, y por último á él mis- 
del reiuo, yá otros se los destinó al castillo mo le cogieron herido. Este era el espirita 
de Pamplona. Aili fueron conducidos tam- de los pueblos en las proTincias del interior 
bien el conde de las Amayuelas y su subal- de España. 

terna fray Francisco Sánchez, religioso de (S) El rey don Felipe desaprobó y sintió 

San Francisco da Paula, hombre revoltoso, mucho lo de la quema del retrato, pero faó 



PARTE III. LIBRO VI. 3(9 

timbrado con su nombre, se inutilizaron los sellos, y se declaró nulo y de nln- 
gon Talor todo lo actuado ¿ nombre de Garlos III. Los pocos que se babian 
comprometido por el rey intruso andaban despavoridos y se ocultaban donde 
podian: el pueblo pedia castigos; el alcalde de casa y corte don Lorenzo Mateo 
logré prender algunos; solo dos, un escribano y un maestro armero llamado 
por apodo Garaquemada, fueron ahorcados por las infamias que babian hecho; 
á los demás se los envió al castillo de Pamplona, casi sin formación de causa* 
^alli estuvieron muchos años, al cabo de los cuales hubo que ponerlos en liber- 
tad, por no resultar nada escrito contra ellos (1). 

Habia en este tiempo llegado el archiduque á Guadalajara, donde ademas 
tbl ejército aliado le esperaban el conde de Oropesa, el de Haro, el de Calvez, 
el de Tendilla, el de Villafranqueza, el de Sástago, el del Gasal, y otros gran* 
des y títulos, castellanos, catalanes, valencianos y aragoneses de su partido. 
Has luego que reconoció* desde las alturas del Henares el campo del rey don 
Felipe, y supo la ocupación de Madrid, comprendió que no era tan fácil f llano 
el éxito de su empresa como él se habia imaginado, y como á su llegada lo ha- 
bia ^rito á los reinos de Aragón, Gatalnúa y Valencia. Antea bien, como 
viese á los nuestros en tren de no esquivar la batalla, tomó el acuerdo de le- 
vantar el campo de noche y con gran sigilo (44 de agosto), y encaminándose 
por la vega del Tajuña, con intento, á lo que se dijo, de quemar á Toledo en 
castigo de haber aclamado de nuevo al rey don Felipe, y sacar de alli á la viu- 
da de Garlos 11. , tan adicta al príncipe de Austria como aborrecida y expuesta 
á los ultrages del pueblo toledano, acampó entre el Tajo y el Jarama. Movié- 
ronse también los nuestros, y por Alcalá y San Martin de la Vega fueron á po- 
ner los reales en Gienpozuelos (45 de agosto), estendiendo la derecha á Ai-an- 
jttez, donde ya hablan acudido seis mil hombres de las milicias de la Mancha 
con el marqués de Santa Gruz á su cabeza, á tiempo que en Toledo se juntaban 
otros diez mil; que de esta manera brotaba hombres el suelo castellano para 
defender á Felipe de Borbon. 

A sacar de Toledo la reina viuda, y quitar de alli aquella especie de bande- 
ra viva de la casa de Austria, envió el rey desde Gienpozuelos al duque da 
Osuna con doscientos guardias de corps. Trabajo le cosió al de Osuna librar á 
aquella señora del furor de los toledanos, enconados contra ella por los actos de 



vu exigencia del pueblo i que bo se creyó 
prudente resistir. 

(I) Hemories de los prisioneros que en- 
traron en el castillo de Pamplona de orden 
^ S. U. el rey N. S. que fueron conducidos 
desde Madrid y et «ampo donde se halla- 



ba S. M. y son los siguientes (sigue la reía* 
cíon nomínal}.~|[S. de la Real Academia de 
la Historia: Papeles de Jesuítas.— Oira re« 
lacion se halla impresa en el tomo Vill. del 
Semanario Erudito, juntamente con la do 
todos los que se prendieron el 4 de agosto. 



^'0 HISTORIA DE ESPAÑA. 

sórdida codicia cop qae antes y después de la muerte de su marido, ella y los 
Yuyos, en la corte y en aquella ciudad se habían señalado. Lleyaba orden el de 
Osuna de sacarla del reino y acompañarla basta Bayona, y asi lo ejecutó, bieo 
que no pasó por pueblo grande ni pequeño en que la viuda del último rey no 
fuera insultada y escarnecida, baUa arrojarle piedras y amenazarla con palos: 
que de esta manqra salió aquella reina de un país en que desde el principio no 
bizo méritos para ser bien recibida. 

V.'íase el ejército del archiduque apurado de mantenimientos, como qoe «I 
piis no los suministraba sino por fuerza, y de tan mala gana como de buena 
voluntad los f icilitaba á las tropas del rey. Los convoyes eran interceptados 
7 cogidos por la multitud de partidas de tropa, de milicias y de paisanos, que 
los asaltaban al paso de los puentes y de los rios, y corrian incesantemente la 
tierra, y los acosaban sin tregua, llegando muchas veces á las mismas líneas 
y tiendas de los reales, haciendo prisioneros á centenares y matando soldados 
7 espías, y cortando las comunicaciones y haciendo toda clase de daños. ¥ si 
bien acudió á reforzar al archiduque un considerable cuerpo de valencianos, 
que de paso se apoderaron ád la ciudad de Cuenca, en cambio, sobre no ser 
apenas dueños del territorio que materialmente ocupaban, las ^nc'alucías sn- 
ministraban en abundancia milicias y recursos al rey don Felipe, Madrid le 
enviaba artillería y dinero, los pueblos leales del obispado de Tarazona ooñ- 
tenían á los aragoneses, la Man:.ha y Toledo se alzaban casi en masa, de Cas- 
tilla y León se habian juntado ocho mil hombres que dirigía el teniente general 
dan Antonio de la Vega y Acebedo, Salamanca arrojaba la guarnición portur 
guesa que habia quedado presidiándola; así todo. De fortna que el ejército del 
archiduque y de los aliados se encontraba en el centro de Castilla, pais qae 
le era enemigo, sin víveres, acosado por todas partes, cortado el camino do 
la corte, é incomunicado con Portugal y con los tres reinos de Valencia, Ara- 
gón y Cataluña que le eran adictos. 

En tal situación, contra el dictamen del marqués de las Minas, qae ha- 
hiera querido y propuso la retirada á Portugal» acordaron el archiduque y 
los ingleses» holandeses y valencianos retroceder á Valencia; en coya virtdi 
nasaron la noche del 7 de setiembre (4706) trabajosamente el Tajo. Tan 
pronto como esto se supo, marchó en pos de ellos el ejército real, picándoles 
la retaguardia hasta Uclés, donde se detuvo el rey doo Febpo (H de set¡em« 
bre) para volver á Madrid, y disponer también la vuelta de la reina y los Con' 
sejos. Aunque de nuestro ejército se desmembraron muchas fuerzas, ya para 
escoltar al rey, ya para alentar y dar calor á las milicias de Tarazona, Borja 
7 Tudela, ya para socorrer á los de Murcia, ya para cubrir las fronteras do 
Castilla, y ya también pira recobrar á Cuenca que quedaba cortada, como en. 



PARTE Itt. LIBRO VI. 321 

efecto sé recuperó el S de octobre (1), todaTÁ fué besiante para perseguir a) 
eneni(;o hasta mas allá del íúcar. M'^ibuyóse por ayunos á aviso secreto da- 
do por d duque de Berwick el no haber cortado y hecho {Hrisioneros á diez 
mil ingleses que quedaban en Villanueva de la lara, y asi hubieron de dejar 
las tiendas, el tren del hospital con muchos heridos y enfermos , y lodo 
CDanto podia embarazarlos; y tanto corrió nuestra caballería, y tanta fué la 
confusión y aturdimiento del enemigo, que para salvarse el archiduque tuvo 
fK correr á toda brida con un piquete toda una tarde y noche hasta llegar 
al Campillo de Altobuey. 

Precipitando los unos su retirada, yindoles los otros al alcance siempre; 
dejando aquellos á cada paso artillería y municiomes, prisioneros y equipajes, 
uniéndose á éstos milicias y paisanos en los pueblofi del tránsito; el archidu- 
que y los sayos no pararon hasta internarse en el reino de Valencia; el mft- 
mal de Berwick con loa nuestros, marchando por Albacete, Chinchilla y 
AUnansa, y prosiguiendo por Cándete ó ViUena, Elda y Novelda, cayó sobre 
la gran villa de Elche, que tenían sitiada los murcianos después de haber 1¡» 
bertado á Murcia y entrado por asalto y saqueado á Qrihuela. A la vista del 
ejército de Berwick se rindieron los de Elche, quedando prisioDeros de guerra 
setecientos ingleses y trescientos valencianos, con ciento cincuenta caballos» 
siendo tanto el trigo y cebada, aceite, jabón, muías y otras provisiones y 
efectos que alli se encontraron, que hubo para mantener y surtir el ejército 
por cuatro meses* Alli recibió el obispo de Murcia el titulo de virey de ValetH 
cia. Una parte de nuestras tropas pasó á recobrar á Cartagena, qtíé se entre- 
g6 á los cinco días: halláronse en la plaza setenta y cinco píeaas de bren-* 
ce, una de ellas de estraordínaria magnitud, notable ademes por ha« 
berse cogido en la memorable batalla, de Lepante. Quedó per gobernador 
de Cartagena el mariscal de campo don Gabriel Mahoní , á quien ademasr 
hizo merced el rey de título de conde. Con esto, avanzada ya la esta^ 



(I) A Mto fbé dfslf nado el téstente gene- soldados, con tres piesas de artillería, 

n) dcD GabEiel de Hessj, con una brigada Loa irlaadeses que aotre ellos babia so itiu 

de ioraoteria, dos regimienlos de dragones, fugiaron á la cátedra), de dondeMlieron oon 

doscientos caballos. Telóte y cinco compa- la divisa de España pidiendo servir en noos- 

lías de granaderos y tres piezas. A loa ocho tras tropas, lo que se les concedió por ser 

días de siiiada y atacada la ciudad se riodie- buenos calóKcos. Fué sotable el rasgo p»> 

ron quedando prisioneros de guerra los ene- triótico de un vecino de Cuenca, que vieiw 

miyos^-qoe eran, un general de batalla, un do que su casa era la que impedia á noes-^ 

brigadier, doa eovoaeles, tres tenientes co- tras tipopas la entrada, so salió^ do ella con 

roueles, cinco sargentos mayores, nueve toda su familia, y la pegó fuego por sus cua- 

ayodantes, veinte y cinco capitanes, vein- tro ángulos; en efecto entraron luego las 

te y seis tenientes, cuarenta y un alfé- tropas por aUi, y se siguió la venéiiisn. ' 
leees, sesenta y dos sargentos, dos mil 

Tomo xu Sf 



i 



3i2 HISTORU DE ESPAÑA. 

cion, tomaron naestras tropas cuarteles de ioTiemo en aquéllas fronteras.' 
Durante los sucesos de Castilla la Nueva que acabamos de referir, había- 
se perdido la plaza de Alicante que tanto se habia distinguido por su fideli- 
dad, entrando en ella I03 holandeses é ingleses (8 de agosto, 4706), y come* 
tiendo grandes excesos y ultrajes en los habitantes y profanaciones escandalo- 
sas en los templos, no pudiendo hasta el 4 de setiembre rendir el castillo que 
defendía d mismo Mahoni que ahora recobró á Cartagena (4). Asi los enemigos 
invernaron en Alicante y en lo interior del reino de Valencia. Las tropas del 
rey tenian desde Orihuela hasta las puertas de Alicante, y desde Jijona y El- 
che y Hoya de Castalia, hasta Elda, üovelda y Salinas, corriendo la línea ¿ 
Villena, Fuente de la Higuera y Almansa* 

Calcúlase en doce mil hombres el número de prisioneros que se hicieron á 
ks ejércitos del archiduque, sin contar los oficiales, desde el campo de Ja- 
draque hasta la toma de Elche. Y al modo que desde las fronteras de Portu- 
gal hasta Madrid habia venido el marqués dé las Minas, acosando constante- 
mente al duque de Berwick, en términos que solia decir el general portugués 
oon cierto donaire, que llevaba al duque de Berwick de apagentador, asi en 
la retirada á Valencia pudo decir el de Berwick que llevaba de aposentador 
al marqués de las Minas. 

Al terminar esta campaña la situación habia cambiado de todo punto. En 
la primavera todo parecía perdido para Felipe V. de Borbon» en el otofio pa- 
recia que todo iba á perderse para el archiduque Carlos de Austria. Debióse este 
resultado, más á la decisión y á los sacrificios de las provincias que á la habi- 
lidad y á los esfuerzos de los generales. Vizcaya hizo donativos y cuidó de la 
defensa de sos puertos. Galicia, ademas de cubrir sus fronteras y sos costas, 
hizo diferentes entradas en Portugal. Extremadura hizo también invasiones 
ventajosas en aquel reino, y estuvo siempre en armas. León y Castilla la 
Vieja enviaron gran número de milicias, mantenidas y uniformadas á sus es- 
pensas. Sevilla suministró diez regimientos de infantería y cuatro de cabaUe- 
riá, aprontó cincuenta cañones y socorrió á Ceuta* Córdoba y Jaén cubrieron 
los puertos de Sierra Morena, y dieron veinte mil hombres armados y yesti- 
dos. Málaga, con su obispo y su iglesia, Almería y Granada, todas aprontaron 
hombres y dinero. Murcia resistió admirablemente á los valencianos, y sos 
milicias no reposaron un momento. Madrid, Segovia, Toledo, Ciudad Real y 
la Mancha se puede decir que se alzaron en masa contra los ejércitos del ar- 
chiduque. Rioja, Molina y Navarra, en unión con Tarazona y Borja» conté- 

(4) Bl «Imiranie inglés Lake, que tomó las Baleareí, y rindió i MaUorea é Iblit. 
á Alieante, pti ó deide tlli con lu armada 4 



PARTB IlL UBRO VI. 323 

nian á los aragoneses'. Los de Bearne contríboian á sostener la plaia de iaca^ 
y Rosas se mantenía firme aan después de rebelarse toda Catalana^ m¡en« 
Iras en ambas Castillas no babia pueblo grande ni pequeño que no acudiera 
¿ la defensa de su patria y de su rey. 

Esfuerzos dignos de particular elogio hicieron algunas poblaciones. Entre 
otras machas se señaló la ciudad de Salamanca , no solo por el ímpetu con 
que sacudió el yugó de la guarnición portuguesa que á su paso para Madrid 
babia dejado el marqués de las Minas, sino por la heroica defensa que hizo 
después contra un cuerpo de ocho mil portugueses llevando por general á un 
hijo del marqués de las Minas (setiembre» 4706). Habíase quedado la ciudad 
sin un solo soldado; que aunque León y Castilla le enviaron ocho mil bom« 
bres de sus milicias, salió con ellos el general Vega y Acebedo, diciendo que 
iba ¿ detener á los enemigos; y aunque luego reunió hasta catorce mil con la 
gente que del pais se le incorporó, y con algunos regimientos que le envió el 
rey desde Cienpozuelos, no se atrevió, ó no quiso ir al socorro de la ciudad, 
so pretesto de que era gente irregular é indisciplinada. A pesar de tixio la 
ciudad resolvió defenderse. El obispo, el cabildo catedral, el clero todo, todas 
las comunidades religiosas, el corregidor y ayuntamiento, todos los doctores y 
alumnos de la universidad, los de los colegios mayores, la nobleza, el pueblo 
enterOy hasta las mugeres, todos sin distinción se armaron como pudieron, 
todos ofrecieron sus haciendas y sus vidas, todos ocuparon gustosos los puestos 
que les fueron señalados, todos los defendieron con admirable bizarría. Loa 
portugueses tenian que ir conquistando convento por convento, colegio por 
colegio, casa por casa, hasta que se pidió capitulación, y se obtuvo muy hon- 
rosa, obligándose la ciudad á pagar doscientos mil pesos. Aun de éstos no llegó 
á entregarse sino una parte, ni los portugueses ocuparon la ciudad, porque 
con noticia que tuvieron ya entonces de la retirada del marqués de las Minas 
con el archiduque á Valencia, ellos también se retiraron á Ciudad- Rodrigo, 
contentándose con destruir las murallas y llevarse en rehenes al gobernador 
y corregidor, y otras personas notables y vecinos mas acomodados/ 

Mas no se crea por eso que esta decisión y este entusiasmo eran esdosi- 
vamente propios de las poblaciones que se mantuvieron fíeles á la causa de 
Felipe V. Con igual empeño y con igual ardor se conduelan los que tomaron 
[Kirtido por Carlos de Austria, que fué una de las circunstancias mas notables 
de esta guerra. Ya hemos visto el frenesí con que se declaró Cataluña por el 
austríaco (4). Los aragoneses lo tomaron con el mismo calor; y solamente la 



(I) SI e8piritu de los catalanes y su de- qttt fuese fraoeés se manifestaba, no tanto 
Ivio por Garlos de Aui iría j contra todo io por los beobos de armas j por la defensa da 



324 HISTORIA DE ESPAÜA. 

ciudad de Zaragoa poso en armas cuarenta y seis oompafiCas de ínfanteHa y 
diez y seis de caballería, ademas de trescientos voluntarios armados; y á 
este respecto las demás comunidades de Aragón y de Valencia que abrazaron 
aquel partido. Cada cuál parecía haberse decidido por una de las causas con 
la mas sincera convicción y la mas fervorosa buena fó. Lo mismo acontecia 
con la clase de la nobleza, y lo propio con d clero. Si los clérigos, y las co- 
munidades, y los obispos de Salamanca, de Murcia, de Málaga» de Calahorra 
y de otras ciudades y diócesis adictas á Felipe de Dorbon tomaron la espada 
y pelearon como soldados aguerridos, obispos y clérigos acaudillaban las hues«> 
tes que combatían por Garlos de Austria; y los mongas del monasterio de 
San Victorian en Aragón estuvieron sustentando á so costa todos los rebeldes 
mientras duró el sitio del castillo de Ainsa, y tuvieron expuestos 'al pnblico 
los cuerpos de San Victorian, de San Gaudioso, de San Alvino y San Nazario 
basta que se rindió el castillo» 

Asi la lucha, especialmente en Aragón y Valencia» entre los pueblos que 
se mantuvieron ó se pronunciaron por uno de los dos partidos, era encami* 
cada y cruel, y las villas y logares que mutuamente se tomaban eran sin pie- 
dad saqueadas y ferozmente dadas al incendio y al degüello; lucha en cuyos 
pormenores no nos es dado entrar, porque exigiria largos cáptalos por si 
sola, y pueden verse en las historias particulares de esta guerra. 

Hemos referido los hechos principales de ella hasta fin del año 4706, en 
que se dieron algún reposo las armas» y época en que desembarazado' ya de 

sos platal y imeblot, eomo por sos escritos lona:— Muliitad de poesías, apolofcétieos, 
7 pablieaeiones. Además de Us machis iüTecÜYas y oraciones á cada sQceso adver— 
^laga0tofiat«ii<iareciko que en diversas fof' so 6 próspero.— Ellos escribieron y publi— 
mas y en variada esiension dieron á luz so carón que darante el sitio de Barcelona ha- 
bré el que pretendía tener el archiduque á bian tisto i Santa Eulalia al lado del archi- 
la corona de Espafia y que correo todavía duque sin separarse un momento: qaa 
Impresos, publicaron multitud de folletos, las religiosas capuchinas vieron en el cielo 
opúsculos y escritos sueltos en el mismo una crui cuyo pié tocaba en la ciudad, con 
sentido, cofl lo cual mantenían vivo en el los braios sobre el castillo de Ifonjuieh: que 
pais el 6dio á Felipe de Ánjou, Luis XIV. y en el campo enemigo habían hallado siete 
los franceses, y la adhesión á Carlos do mil esposas de hierro con sus candados pnrn 
Austria y los aliados. Por ejemplo.* Apolo* ponerlas á los catalanes, y unos pinchos muy 
géiicQ d9 JEipaña Cimtra la FronCta:— £a ago los para que despedaaasen á los que ar-> 
Francia con íurbanie:— Claíiii db la Eu rimaran el cuerpo á ellas: que habla un sin- 
moPA: Uipoeresia descifrada^ España ad* número de cuerdas para ahorcar á las per» 
vertida, verdad declarada:^ Verdad ar» sonas mayores, y de marcas de hierro para 
moda daroxon:— Pro/«ciaf deun ermüaño marcar en la cara á los niños que no pasá- 
al duque de Anjou:-'Clamort de Barce» tan de siete aftos: con otras no menos ridf- 
ionaaltirdgoberndeVeUueo:—Ejereieio9 colas í&bulas é invenciones, propiaa parn 
moétieoeé Cárloi iU. y C'alaiiiiki.— JVora> avlTar el encono de los catalanes á los fran- 
ftoM á la ExceleniisiwM (tudod ds ^arc«. ceses y A todos los partidarios de Felipe Y. 



PARTE III. LIBRO VI. 323 

enemigos «I interior de España pudo Felipe V. restituirse con seguridad á la ^ 
corte. Partió, en efecto, en esta dirección desde Uclés (47 de setiembre, 4706), 
y después de pasar algunos días en Aranjuez, hizo su entrada en Madrid 
(40 de octubre), cruzando las calles para satisfacer el ansia que tenia de 
volver ¿ verle este fidelísimo pueblo, y se aposentó en el Buen Retiro. De 
allí volvió á salir á la ligera para Segovia á recibir ¿ la reina, cnyo regreso 
de Burgos á la corte en unión con los Consejos se habia dispuesto también. 
Reuniéronse SS. MM. en aquella ciudad con gran contento suyo y satisfacción 
de los fieles segovianos, y juntos vinieron al monasterio del Escorial (25 de 
octubre). Ai otro dia, desde las Rozas, camino de Madrid, enviaron á decir 
por medio del mayordomo mayor ¿ las damas de honor y demis sefíoras de 
la cámara y servidumbre de la reina que no babian seguido á S. M. en su 
salida de la corte, que se retirasen ¿ sus casas, porque las rentas de la corona 
no podian costear tan numeroso servicio en palacio, y todo se necesitaba para 
las urgencias de la guerra, sin perjuicio de quedar al cuidado de SS. MM. el 
dotarlas convenientemente para sus casamientos; pero en realidad no se ocul- 
taba que con esta providencia quiso la reina mostrar que no babia sido de su 
agrado el que no la hubieran seguido y acompañado en su ausencia y emi* 
gracion como las otras (4). Hecho lo cual, continuaron su viage, viniendo á 
oir misa en el templo de Atocha (27 de octubre), donde se cantó el Te-Deum^ 
y faeron luego á palacio estando toda la carrera lujosamente adornada, en 
medio de los plácemes del pueblo, que con vivas y luminarias, y fuegos de 
artificio y otras fiestas demostró en aquellos dias el júbilo de ver otra vez 4 
sos amados reyes en la corte, ocupada algún tiempo por los enemigos (8). 

(4) Por consecaencía no es exacto lo qae Barcelona, en i a retirada, y en todu las 

afirma Wílliam Goxe cuando dice: «Ni una campañas siguientes. Este autor reúne é ta 

tola persona de la serYidumbre de la reina reconocida ilustración el haber sido actor 

abandonó á esta princesa » -Espafia bajo 6 testigo ocular de todo lo que refiere. Ha 

el reinado déla casadeBorbon, tom. 1., ca- tenido la bondad de facilitarnos esta obra, 

pitttlo li.— Relación de lo sucedido en Ma- asi como otYos muchos y muy importantes 

drid, etc. Biblioteca de la Real Academia volúmenes que dejó manuscritos el sabio 

de la Historia. Macanáz, y que posee hoy su familia (de los 

(3} Entre los muchos libros y docamen- cuales iremos haciendo mérito según vaya** 
tos,impresos y manuscritos, que hemos con- mos tratando los asuntos A que se refieren), 
mllado, para esta parte de la guerra civil su biznieto don Joaquín Maldonado y Maca- 
hemos seguido con preferencia lossiguien- náz, Joven aprovechado y laborioso, que ha 
tes:— £aj Memorias inidiiat de don Mel^ dado ya algunas nuestras de su buen inge- 
cftar de if aeaAáz: once volúmenes que com- nio en escritos que revelan excelentes dotes 
prenden desde la muerte de Carlos II. hasta históricas, y que hacen esperar dará nuevo 
el a&o 4711. Este ilu4radisimo escritor era lustre á la familia y i la memoria de su 
secretario y ayudante del capitán general ilustre "progenitor. 

de Aragón, conde de San Esteban, y acom- La Bieioria de la$ Guerrae ctvilet dé 

paftó al rey y al ejército en la espedicion á Etpaña desde 1700 hasta 1708, del conde de 



320 HISTORIA DE ESPAllA. 

Hobrti, ion Aguitin Lopes de Mendoza y manuscritaf de lot variof sucecof Je aqn»- 
Pont, que escribió y dejó resertada para Uas guerras, hechas, 71 por los partidarios 
sus sucesores. Bste precioso mtouscrito, del archiduque, ya por los que no se apar- 
que perteneció al conde de Aranda su pa^ taron nunca de la fidelidad i Felipe dn 
rienle, es el original del mismo '•utor, y no Borhon. 

sabemos que exista copia alguna de él. Hoy Las M^moriat de San Simón, las do 
pertenece á nuestro buen amigo el ilustra- NoaiUee, las de Teteé, y las de Barwick. 
do don Próspero do Búfaruli; archivero ju- Apreciabilisimas son también estas obras, 
hilado y cronista de la antigua Corona de como escritas por los mismos personages 
Aragón, que también ha tenido la géneros!- que tuvieron una parte tan principal y aeti- 
dad de facilitArnosle; con oíros muchos inte* va en los sucesos que refieren. Mas por lo 
Tesantes manuscritos de su biblioteca partí- mismo el historiador Imparclal no paeúa 
eular relativos á la mlsm* época. También descansar en su solo aserto, sin exponerse 
el conde de Robres fué testigo de lo que re- á Juzgar con error sobre las cansas de eier- 
fiere, y es recomendable por su imparciali- tos acontecimientos traMendeniales y deci- 
dad y buen Juicio, sivos en aquella célebre lucha. Porque si 
Ánalt eontulart de la ciulaí de Barco- ellos mismos estaban en connivencia con el 
lona, tom. 11., también manuserito, y de la duque y la duquesa de Borgofta en oiertoe 
propia procedencia. planes secretos, contrarios á la causa de Pe» 
Hiitoria polUiea y eeereía de la eórU Upe, como expresamente lo afirma M acaniz, 
do Madrid, deede el ingreeo del señor don y lo Indican San Felipe, Belando y otros 
í^elipe r, en ella haela la pez. Un vq1¿- autores espaftoles, y ellos eran los conseje- 
ven también manuscrito* ros de empresas imprudentes y la causa <le 
De entre los impresos, sabido es entre sucesos desgraciados, no esestrafto qne atri- 
les hombres de letras hasta qué punto son buyan á otros las adversidades que acaeo 
recomendables los Cotnenlarios de la Guer- ellos mismos procuraban para sus fines. Asi 
rade Etpa^a del marqués de Sm Felipe, es que el híKorlador Inglés d>' España bajo 
que comprenden desde el principio del rei- el reinado de la cata de JBaróon, WilHasm 
nado de Felipe V. hasta la pai general Coxe, que> aparte de los Comentarios de 
de 178S, por la abundancia y exactitud de San Felipe, reconoce haberse gui.>do muy 
sus noticias, á pesar do sus defectos 'de especialmente por aquellas Memorias, juxgm 
estilo. de las causas de los sucesos, á nuestro pare- 
La Hiiloria oivil de España del P. Pr. eer muy equivocadamente, de muy dtfereo- 
Jfieolds de Jesús Belando. que abrazaba te manera de Macanas, Belando, Rubrrs, 
desde el afio 4700 hasta el |7S3, y se impri- San Felipe y los demás escritores eapaftoles, 
mió antes de la muerte del rey don Felipe. Documentos manuscritos de la Bibüote- 
Los conocidos Anales de Catalana de ca nacional, y de la real Academia de U His. 
Feliú de la Pefla, tan abundantes en docu- toria. Archivo de Salazar, Colección, de Ve^ 
mentes oficiales. I^as Ponce, Papeles de Jesuítas, etc. 
Machas relaeionei sueltas, impresas j 



CAPITULO VI. 



LA BATALLA DE ALMANSA. 



ABOLICIÓN DE LOS FUEROS DE VALENCIA Y ARAGÓN. 



tt«v« 



l«f ael é InfertoDlof de Felipe en la guerra esterior.— Beiroia del marisoAl ViUerey en 
Xamilllert.— ApodérueMarlboroogb de iodo el Brabante.— Piérdete la Flandet eipa* 
fiela.— Eepaftolesf fraocetes toa arrojadoe del Plamonte.— Proclámate á Carlee de Aoa* 
tria ea Hilan j en Nápolet.— Guerra de Bspafia.— VaeWe el archlduqae á Barcelona.* 
Célebre batalla de Almanta.— Triunfo memorable del duque de Benrick.-*Centeeuen* 
eiat de esta f ictoria.--Orleant y Berwick tometen á Yalencia y Zaragota.— Rendición de 
Játiva.— Sitio y eonquitta de Lérida.— Bl duque de Orleant en Hadrid.— Bautíio del 
principe de Atturiat.— Ifuera forma de gobierno en Aragón y Valencia.— Abolieion de 
lot Inerot.— Chancilleríat.— GoufiaeacioDet.^Terrible cattigo de la ciudad de Játifa,— 
Bt reducida 4 cenitat^— Edlficate tobre tut ruioat la nuera ciudad de San Felipe. 



Si grandes faeron las contrariedades que en estos últimos afios sofrióla ca- 
sa de los Borbones en España, mayores habían sido y de mas difícil remedio 
los reveses y los infortaníos de foera. Los Estados de Flandes, aquella rica 
herencia de Garlos V., por cuya con^ryacion tantos y tan costosos sacrificios 
babian hecho por espacio de siglos los monarcas españoles de la casa de 
Austria, estaban destinados á dejar de ser patrimonio de la corona de Casti- 
lla con el primer soberano de la casa de Borbon. Considerables fuerzas ha- 
bían aglomerado alli los aliados; el activo conde de Marlborough que iba y 
Tenia de Inglaterra ¿ Holanda, se había propuesto juntar cuantas fuerzas pu- 



32S lilSlORlA DE ESPAÑA. 

diese de mar y tierra para dar un golpe decisivo á Francia y España en los 
Países Bajos, y en verdad no le salió vano sa intento. 

Marchando paes el de Marlborough con sus tropas á unirse con las de Ho- 
landa, Prasía y Witemberg, dirigióse é Brabante, donde se hallaba acampa- 
do con su ejército el mariscBl francés Villeroy. No esperó éste para aceptar la 
batalla á que se le reuniera el mariscal de Marsin que pasaba ¿ juntárselo 
con diez mil hombres. La consecuencia de esta conducta, en que acaso do 
hubo ni error ni precipitación, sino obediencia á las órdenes que tenia, como 
diremos luego ^ Cae sufrir una completa derrota (maye, 4706), en que perdió 
trece mil hombres, cincuenta piezas de cañón y ciento veinte banderas. El 
resultado de la derrota de Ramilliers, que asi se llamó por el lugar en que 
se dio el combate, fué rendirse Malinas y Bruselas, de donde el gobernador» 
que era el elector de Baviera, se apresuró ¿ secar consejos y tribunales, y 
llevarlos a Amberes, y retirarse á Mons el mariscal de Marsin que se hallaba 
ya cerca del campo de batalla. El marqués de Ghamillard, ministro de la 
Guerra de Luis XIV. ^ que fué enviado por este monarca ¿ Flandes para in- 
lormarse del estado del pais y dar órdenes para su defensa, y estaba de inte- 
ligencia con los duques de Borgoña y madama de Maintenon, autores de aque- 
llos desastres, persuadió al rey Cristianísimo que con venia llevar á los Paisea 
Bajos al duque de Vendóme, único que estaba sostenieibo en Italia la cansa y 
los estados de Felipe V., y tradadar á Italia al mariscal de Marsin: funesto 
plan, que eavolvia el designio de abandonar á un tiempo la Italia y la 
Flandes. 

Asi fué que el de Marlborough se apoderó fácilmente de casi todo el Bra- 
bante, el elector de Baviera tuvo que retirarse también á Mons oon laa tropas 
walonas y españolas, y hasta cA gobernador de Amberes, que era el espafiol 
don Luis de Boija, marqués de Garacena y hermano del duque de Gandía, 
entregó aquella plaza al enemigo, mancillando el lustre y la fidelidad de sa 
casa y familia. Algo se recobró el valor perdido de nuestras tropas con la lle- 
gada del duque de Vendóme (agosto, 4706), mas no tardaron en volver ¿ 
desatentarse al ver á los enemigos enseñorearse de Menin y de Dundermonde, 
de modo que pudo el de Marlborough establecer sus cuarteles en todo el 
Brabante español (setiembre). Y todavía pasó á Holanda á pedir mas tropas 
para la próxima campaña, con tener ciáhto treinta y seis batallones de ínfan- 
terra, que hacian cerca de setenta mil hombres, y ciento cuarenta y cinco 
escnadrones de caballería, que componían quince mil caballos. También el do- 
que de Vendóme fué á París á solicitar refuerzos. Pero es lo cierto que ya 
quedaban perdidos para E^aña casi todos los Paises Bajos españoles, y para 
Francia aquella línea de fertifica cienes que con su a -ti va polftica había ido 




PAKTE in. LIBRO VI. ttO 

formando y le datn la superioridad sd)re la Holanda, siendo ahora los aliados 
Ibsqae quedaban dominando en aquellos países y amenazando ¿ la Francia. 

Solo en Alemania el mariscal do Villars sostenía con gloria el honor de las 
armas franoesas, dominando desde el Rhin hasta Philisburg, bloqueando y 
amenazando á Landau, protegiendo la Alsacia, derrotando ó teniendo en res- 
peto al príncipe Luis de Badén y al conde de Frisia que mandaban el ejército 
imperial, y poniendo en contribución á Worms, Spira y otros pueblos del Pa- 
latinado. 

Porque en Italia no habían ido las cosas de españoles y franceses menos 
decaídas que en Flandes, por influjo de las mismis siniestras causas. Guando 
los mariscales Berwicky Vendóme, tomada Niza y cortados los caminos del 
liincio, tenían ya reducido al príncipe Eugenio de Saboya á solas dos plazas, y 
con de ellas amenazada de sitio la de Turín, el duque y la duqussa de Bor- 
goSa, y madama de Maintenon, los envidiosos de la fortuna de Felipe V. do 
&paña, sacaron de allí aquellos dos generales, haciendo que el de Yenddme 
iaera llamado á Yersalles y el de Berwick destinado á la Extremadura espa- 
flola. Al fin voItíó el de Vendóme, porque hizo comprender á Luís XIV. lo 
que importaba acabar la guerra de Italia; derrotó un cuerpo de alemanes, 
odiándolos del otro lado del Adige, y unido á la Feuillade circunvalaron am* 
bes la importante ciudad de Turín, obligando al duque de Saboya á retirar á 
Genova su familia para no exponerla á los peligros de un sitio. En tal estado, 
ó por mejor decir, cuando tenían ya apretado el cerco, tomadas las obras ex- 
teriores de la plaza, abierta trinchera, intimidada la guarnición y á punto de 
coronar sus esfuerzos con la ocupación de la capital de Lombardia, no obstan- 
te que llegaba eA príncipe Eugenio con un refuerzo de tropas alemanas, en- 
tonces (julio, 4706), con motivo déla derrota sufrida por Villeroy en Rami- 
Hiers de Flandes, fué destinado el de Vendóme á los Países Bajos y reem- 
plazado por Marsin, dejando el ejército sitiador al mando del duque de Or« 
leaos. 

Dióse con esto lugar á que el príncipe Eugenio con sus alemanes forzando 
sos marchas se uniera al duque de Saboya, los cuales desde luego resolvieron 
atacar al ejército sitiador en sus mismas líneas. Dos veces fueron rechazados, 
pero á la tercera lograron forzarlas, desordenando de tal modo á los fraifteses, 
que herido de muerte el mariscal de Marsin, (de cuyas resultas murió de allí á 
poco),'con dos heridas también el de Orleans, muertos cerca de cuatro mil hom- 
bres, y hechos otros tantos prisioneros, el resto abandonó la artillería, tiendas, 
mimiciones y bagages (setiembre, 4706), y huyendo en el mayor desorden, en 
lugar de retirarse por el Milanesado, donde había otro cuerpo de ejército, re- 
]Mó lotf Alpes, dejando libre, no solo á Turín, sino todo el Piamonf e, cuyas 



330 «TSICRIA DE ESPINA. . 

plazas 86 dieron sin resistencia alguna al de Saboya, Desembarazados de la 
guerra del Piamonte, pasaron el de Saboya y el principe Eu§íenio al Milaiieeado: 
entregóseles Novara; Milán les abrió las puertas; fué ocupado Lodi; las tropas 
francesas y españolas se recogieron á las plazas fuertes, y se proclamó á Gáik» 
de Austria en el M lanesado. Si el duque de Borgofia y sus malos consejeros, 
¿quienes muchos saponian autores de estas pérdidas, se proponian debilitar el 
poder de España, celosos ó envidiosos del engrandecimiento de Felipe, debie* 
ron conocer cuánto se estaban dañando á sí mismos, porque todo esto cedía 
visiblemente en mengua de la Francia, y sus fronteras quedaban espuestas á 
las invasiones de los aliados. 

No se ocultaban estas y otras gravísimas consecuencias al claro entendi- 
miento de Luís XIV.; y aunque perdido ya su antiguo vigor, no tanto por la mo- 
cha edad como por la poca salud» hubiera querido, y esta era su resolución, 
mantener la guerra de Italia. Pero dominado por la Maintenon, por Ghamillard 
y por los duques de Borgoña sus nietos, los cuales le persuadían de que aban- 
donada la Italia mejoraría la guerra de España, en la Alsacia y en Flandes, y 
iiue Genova, Venecia y el Papa, tan pronto como vieran la Italia desamparada 
por los franceses, se unirían por su propio interés para sacudir el yugo de los 
alemanes, dejóse vencer de sus instigaciones. Y arreglando secretamente un 
tratado de neutralidad con el emperador y con el duque de Saboya» se dieron 
las órdenes á los generales franceses y españoles para que evacuaran las plazas 
fuertes que se conservaban en Milán y en el Mantuano, como asi se verificó 
(marzo y abril, 1707); concediendo el emperador y el saboyano en virtud del 
convenio el paso á Francia á los veinte mil hombres encerrados en aquellas 
ciudades, plazas y castillos. Los italianos no quisieron salir, y la mayor parte 
tomaron partido con los enemigos, indignados de semejante conducta. Asi so 
sacrificaron aquellas tropas, y asi se privó á Esqpaña de unos dominios qoe so* 
traban fuerzas para conservar. 

Hecha la ocupación del Piamonte, y puesto el duque de Saboya en pose- 
sión de Alejandría, de Valenza del Pó, del Honferrato y otras plazas qoe se 
le ofrecieron, cuando dejó el partido de España y se pasó á los aliados, fal- 
tando éstos abiertamente al tratado de neutralidad que acababa de estipular- 
se, et^iaron un cuerpo de ejército para que se apoderara del reino de Nápo* 
les: empresa que llevaron á cabo sin gran dificultad; ya por la falta de me- 
dios en que se había dejado al marqués de Villena para su defensa, ya por 
b disposición de los napolitanos, ya porque dentro de la misma capital se ha- 
bía estado fomentando la rebelión. El leal marqués de Villena hizo todo cé* 
ñero de esfuerzos para sostener aquellos dominios, incluso el de dar el ejem- 
plo de convertir en moneda su bajilla de plata, reducido á comer en bajilla 



PARTE III. LIBRO VI. 33 1 

áe peltre, para alentar á los demás á proporcionar recursos sin gravar á los 
poeblos. Pero abandonado de todos, inclusos los gobernadores, los magistra- 
dos, y algunos magnates españoles que faltando á su fé y á su patria hicie- 
ron causa con el enemigo, y viendo que esperaban en vano socorros ni do 
Francia, ni de España, tuvo que refugiarse, no sin gran trabajo, con algunas 
tropas españolas y walonas en Gaeta, que mas adelante fué tomada por asalto* 
después de un gran bloqueo. Perdióse pues también para España el reino de 
Kápoles, y reconocióse en él y se juró obediencia á Carlos de Austria. 

Solamente la Sicilia permaneció fiel á Felipe Y., merced á la lealtad y á 
las acertadas y prudentes medidas del virey marqués de los Balbases, que 
sabiendo calmar á los descontentos, logró tener en respeto ¿ los austríacos 
•coando todos creían qne la conquista de Sicilia seria por lo menos tan fácü 
como la de Ñápeles (4). 

Tales habian sido las de^racias de España, y tan infelizmente iba para 
día en el esterior la guerra de sucesión, al tiempo quo en la península aoon- 
tedan los sucesos de que hemos dado cuenta en el anterior capítulo, y los 
i^rdtos enemigos se preparaban y reforzaban para la segunda campaña. Unos 
y otros habian entretenido los meses de invierno (de 4706 á 4707) en irrup- 
ciones y empresas fronterizas, y en esa especie de guerra de vecindad, por 
lo común sangrienta» que se hacen entre sí los poeblos de una misma nación 
pronunciados por diferentes partidos. Muchas de estas espedicioncs de in- 
cendio y de saqueo, y de estas acometidas destructoras habian sufrido las vi* 
Das y lugares de las fronteras de Aragón, Valencia y Castilla. El archiduque 
Garlos se volvió de Valencia á Barcelona (7 de marzo, 4707), dejando por vi- 
rey de aquel reino al conde de Corzana, y por generales del ejército á milord 
Galloway y al marqués de las Minas. 

£1 de los aliados babia recibido un considerable refuerzo por Alicante. Los 
nuestros esperaban también el que venia de Francia y babia entrado ya por 
Navarra, con el duque de Orle%ns, que después de la desgraciada campaña 
del Píamente, babia sido destinado á España con el mando superior del prin- 
cipal ejército. Todo parecía anunciar algún acontecimiento importante. Mo- 
viéronse Galloway y el de las Minas hágia Yecla y Villena: el duque de Ber- 
inxk se situó con su ejército en Almansa. Aquellos querían adelantar la ba- 



(f ) Le Oero, Historia de las Provincias- pUoto 99 y S3.— Macanas, Memorias MMSS. 

Unidas.— Lamber!, Memorias para la Histo- e. 40i.— Botia , Storia d* Italia.— Memorias 

riadel siglo XVIIL—Qoinci, Historia miliUr de Berwick— Historia de las oampaftas del 

teLnis XIV.— Historia de la casadeAus- duqoe de Vend6me.— San Felipe, Comenta* 

tria.— Comentarios de la guerras de Espafia, rios, tom. 1.— Balando, P. II. capitolos U 

m. L—Bslando, Historia civil, P. lU. ca- al 81. 



'A 



332 mSTORIA DE BSPA^ 

talla antes qae llegaran las tropas francesas: éste procaral» dar tiempo ¿ quo 
\iniese el de Orleans con su gente: porqae ademas de no qoerer privarle 
del honor de mandar las armas, si bien naestra caballería era boena y de 
confianza, la infantería era may inferior en número y calidad á la del enemí^, 
soldados bisónos y reclutas muchos, habiéndolos que no habiao disparado to- 
davía un fusil. Sin embargo los oficiales españoles, que ardian por entrar en 
combate, murmuraban á voz en grito del general, y públicamente decían qno 
como era hermano de la reina Ana de Inglaterra se habia ajustado con los 
ingleses, y trataba de que se perdiera todo, y escribíanlo asi á la corte. Nada 
de esto ignoraba el de Berwick, y tenia la prudencia de tolerarlo, guardando 
^lencio como si de ello no se apercibiese. 

Aquellas quejas no dejaron de hacer algún efecto en la corte; por lo cual* 
se dieron las disposiciones mas activas para que el de Orieans pasase inme- 
diatamente á tomar el mando del ejército. Habia llegado ¿ Madrid el 48 de 
abril (4707), donde fué recibido con honores de Infante de Espafia y trata-^ 
miento de Alteza, y al medio dia del S 4, sin reparar en que fuese la gran fes* 
tividadde Jueves Santo, parlió á la ligera, porque era la voz común que sin su 
presencia nada se baria, puesto que Berwick andaba esquivando la batalla* 
Felizmente todos los cálculos salieron fallidos: la batalla se dio, y la victoria 
se ganó antes que el de Orleans llegara. 

Contando Galloway y el de las Minas con qné no podría él de Orleans lle- 
gar á Almansa basta el 26 (abril), abandonaron apresuradamente el 84- el 
sitio que tenían puesto al Ciasbillo de Villena, y marcharon á Cándete. A las 
once de la noche sapo el de Berwick que los enemigos avanzaban sobre Al- 
mansa; preparóse á recibirlos, y envió á llamar al conde de Pinto, á quien 
habia destacado con cuatro mil hombres sobre Ayora. A las once de la ma- 
ñana del 25 se vio el ejército enemigo puesto en orden de batalla con toda 
la arrogancia de quien parecia contar con un triunfo seguro. Comenzó el com- 
bate atacando con vigor la caballería española dd ala derecha para recobrar 
un ribazo de que se habia apoderado el enemigo, pero con gran pérdida, 
porque fué dos veces deshecha y rechazada. A las dos de la tarde se mezcla- 
ron ambos ejércitos con furor. Los enemigos rompieron nuestro centro, y 
matando los tres brigadieres que mandaban los regimientos que le formaban, 
pasaron hasta las puertas de Almansa. Berwick se apresuró á reemplazarlos 
con otros de caballería é infantería del cuerpo do reserva; remedió el primer 
desorden; recorríó y reanimó todas las líneas; el intrépido Dasfeldt sostova 
otra carga á la j)erecha, mientras por la izquierda y centro arremetieron in- 
fantes y ginetes con tal ímpetu, especialmente los regimientos de don José 
Amézaga, que rompiendo y desordenando á loa enemigos, dosamparándolott 



ARTE III. LIBRO Yf. 3i33 

n caballería, heridos sus doe generales, y teniendo qae retirarse del campo 
de batalla, al cerrar la noche se consumó so derrota: terrible faé la matanza, 
7 toda sa a ItUería y ba§ages quedaron á merced de los nuestros. El conde 
de Dohna, holandés, qae con trece batallones había logrado á favor de la os- 
coridad retirarse á las alturas de Cándete, fué obligado al día siguiente ¿ ren- 
dirse por el saleroso y hábil Dasfeldt, quedando prisionero con todos sus 
batallones. 

La victoria no pudo ser mas completa. Hiciéronse en esta célebre batalla 
dooa mil prisioneros, con cinco tenientes generales, siete brigadieres, veinte 
y cinco coroneles, ochocientos oficiales, toda la artillerñi y cien estandartes y 
banderas. Murieron cinco mil de los aliados; siendo lo mas notable de esta 
trionfD que de nuestra parte apenas se perdieron dos mil hombres. El brigadier 
don Pedro Ronquillo, que vino á traer al rey la noticia de la Yictoría, fué he- 
dió mariscal de campo. El conde de Pinto fué enviado con las banderas cogidas 
al enemigo para colocarlas en el templo de Atocha. Berwick, ¿ quien sin duda 
debió sn salvación la España, recibió en recompensa el Toisón de Oro, y fué 
lieeho grande de España con el título de duque de Liria y de Gérica. A la cía- 
dad de Almansa se le concedieron también privilegios especiales, y mas ade* 
lante se erigió en el logar del combate el monumento que hoy. existe para per- 
p«toar la memoria de tan glorioso y memorable suceso (4). 

'I) Bl moDumeoto coDfiisle en una pira- En cada uno de tu» onatro lados se leen 

B.de de piedra de cuarenta y ocho palmos largas inscripeiones en catlellaoo y laün,en 

de ahora, cuyo remate es un león eoronado terso y en prosa, 
en pié, con una espada en la garra dereeha. La de poniente dioec 

Dei Omnipoíentii miterieordia, 

•Pata eterno reeonocimiento al gran general de lodat el maHscal duqnede Ber* ■ 

Dios de los Ejércitos y de su Santísima Ha- wick, contra el ejército de rebeldes y su» 

dre; de la insigne Tíctoria que con su pro- aliados de cuatro grandes potencias, que* 

teecion consiguieron en este sitio en 25 de dando enteramente derrotados; muertos en 

abril de 1707 las arma» del rey N. S. don 7e- la campada, lieridos y prisioneros diea y 

fip« V. el Animoso, auxiliado del se flor rey seis mil, apresada toda sn artillería» tren y 

Gristiinlsimo Lni» XIV. el Grande, siendo bagage,con nn botin riquísimo 

Lilia futxtrwñt fr^mUumqué dedére leonésj 
Bie Baiabut Lueiui Ritus «IrtiMgns fuiL 

En la del 11 orttr se lee: 

2>so Omíio ÜÁzno. 



Del Quinto Garlos memoria» 
Felipe Quinto también 
Excita en nobles Tietoria», 



I 



3?í HISTORIA PE ESPAÑA* 

Muchas y muy curiosas particularidades nos han sido consenr&das acerca do 
esta famosa batalla. Escribiéronse y se imprimieron varías relaciones» algunas 
bastante estensas. En ellas se empresa que ambos ejércitos estaban divididos 
en dos líneas; en el de los aliados interpolada en ambas la caballería con la íd- 
fantena, en el nuestro la infantería en el cen*<ro y la caballería á los costados. 
Ifandaba la derecha de nuestra primera línea el duque de Pópoli con los ma- 
riscales conde de Pinto y Lilly; la izquierda el marqués Davaray y don Fran- 
cisco Ifedinilla; el centro los generales San Gil y Labadie.— *La derecha de la 
segunda línea el caballero Dasfeldt; la izquierda el duque de Havre con elma- 
riscal Mahoni; el centro el general Hessy con el mariscal don Miguel Pons do 
Mendoza. El duque de Berwick quiso quedar libre para poder atender donde 
más conviniese, como lo ejecutó. — ^Del ejército enemigo mandaba la derecha 
de la primera línea el conde de Villa verde, general déla caballería; la izquier- 
da milord Galloway; el centro el marqués de las Minas. La segunda derecha 
don Juan de Atayde, general de la caballería; la izquierda el conde de la Ata* 
laya; el centro Frisen y Vasconcellos. Mandaban como generalísimos el portu- 
gués marqués de las Minas, y milord Galloway, francés refugiado en Inglaterra» 
que en Francia habia sido antes conocido con el nombre de marqués de Ru- 
vigny. — ^Este ejercito constaba do cuarenta y cuatro batallones y cincuenta 
y siete escuadrones, con un número de oficíales casi duplicado al que corres- 
pondía, por no haber acabado de llegar los reclutas de que se iban á formar 
otros cuerpos. — ^Dáse noticia del orden que hubo en el combate, y de las fun- 
' clones que tocó desempeñar en él á cada gefe y cada cuerpo. — Se especifican 
nominalmente todos los prisioneros de alguna graduación que se hicieron, así 
holandeses, ingleses y portugueses, como catalanes, aragoneses y valencianos, 
según consta de las revistas parciales que después se fueron pasando á los do 
cada nación .-7-El campo de batalla estaba entre el Oriente y Poniente de AJ- 
iñansa: los enemigos venían de la pirte de Mediodía: nuestro ejército los es- 
peró de la parte del Norte, teniendo á las espaldas sobro la derecha el cerro 
de San Cristóbal, en el centro la villa de Almansa, y á la izquierda la ermita 
de San Salvador. 

Cuando de dos Jaimes glorias 
En este campo se ven. 

Tempore fuo hie Maurii 

Jacobut castra tubegit 

Werbicus eligiag tiUere fccU aqua$» 

«Bl rey don Jaime, llamado el Gonquis- Ko creemos necesario copiar las dnnli 
tador, derrotó á los Moros la primavera del inscripciones, qne por otra parle no tieoen 
nflo Ii55 en este mismo campo.» gran méritov 



PARTE III. LIBHO VI. 33$ 

La infantería española , á pesar de ser en mucha parte compuesta de re-* 
dotas y forzados, se condujo de un modo que dejó admir¿)do a! de Berwick, y 
asilo espresó en su carta al rey. La de los Guardias, que mandaba el mariscal 
doD Antonio del Valle, no peleó, porque estando formada, habiéndole hecho 
una descarga los enemigos, y viendo que se mantenía inmóvil, fué tal el terror 
que les causó que se retiraron y la dejaron (4). 

No siempre siguen á un triunfo los inmediatos y prósperos resultados que 
stgnieron ¿ éste. El duque de Orleans, que llegó á la mañana siguiente, con 
el sentimiento de no haber estado á tiempo de participar del honor de tan 
gloriosa jornada, después de haber felicitado á Berwick por su inteligencia y 
acierto y rendido homenage al valor de las tropas, no queriendo desaprove- 
char un momento, de acuerdo con Berwick dio orden para que las tropas que 
venian de Francia junto cqu las que habia en la frontera de Navarra mar- 
chasen sobre Zaragoza, donde iria en breve; y ordenó al caballero Dasfeldt 
qne con un cuerpo considerable de tropas fuese ¿ someter el pais del otro 
fedo del Júcar, y con el ejército principal avanzara á Valencia. El de Orleans 
y el de Berwick marcharon con el resto á Requena, cuya guarnición se rindió 
Gilmente quedando prisionera de guerra (S de mayo), y haciendo lo mismo 
á los dos dias la de Buñol y su castillo, desde alli envió el de Orleans un 
trompeta ¿ la ciudad de Valencia pidiéndole la obediencia y sumisión. 

El conde de Gorzana, virey por el archiduque, que tenia engañada la po- 
blación publicando haber sido favorable á los aliados el éxito de la batnlla do 
Almansa, tanto que se habia celebrado en Valencia con iluminac'on y Te-Deunif 
viéndose tan de cerca amenazado, dispuso salvar su persona y equipage, y 

(I) El timbalero d« las guardas napolita- Orleans; mas loego sospechó st ac^uello lo 
BIS» qoe huyó i los principios de la batalla, habría robado aquel hombre á su amo, y se- 
encontró al duque de Orleans á cuatro leguas ría ficción lo de la batalla. En estas iucerti- 
del campo, y le dijo que todo lo habia perdi- dumbres llegó á dos leguas de Almansa, 
doBenrick sin poderse saWar un solo cuer- donde ya encontró mucha gente de aque- 
po, y que él habia podido escapar é iba to- Uos lugares* que iba con azadas y otros ins- 
cando el timbal para avisar á todcs que hu- trumentos que el duque de Beririck habia 
yesca. El duque le creyó al pronto, lamen- mandado llerar para enterrar los muertos y 
Undoso de que acaso por oo haber llegado retirar los heridos. Entonces ya supo lo cíer- 
i tiempo él y sus tropas se hubiera perdido to del caso. £1 de Orleans llegó á Almansa 
la batalla; mas luego desconfió de aquel á poco de haber terminado el combate- 
hombre, y siguió sa camino. A poco tiempo Relación de la Batalla de Almansa, publi-* 
encontró otro que tenia aire como de criado cada en 4« de Julio de 1707.— Otras relaclo* 
de cocina, montado en una buena muía y nes impresas.— Comentarios de San Felipe, 
con ana gran maleta. Este le dijo que laba- A. 1707.— Balando, Historia civil, tom. I., 
talla se habia ganado, y todos los enemlgot eapitulo S6.— Macanáz. , Memorias, cap. SS 
quedaban ó muertos ó prisioneros, y que él y 108.— Santa Cruz, Reflexiones miliUres.-— 
en el pillage fiabia tomado aquella muía y Memorias de Berwick.— Id. de San Simón, 
aquella maleu. Recobrópe con esto el de 



33$ HST0R1A DE ESPAÑA* 

huyó coa algona caballería ¿ Barbastro y de allí ¿ Torlosa. Tumaltodse con 
estola ciadad, y habia quien proponía que se ahorcara al trompeta. Pero i 
tu vez el de Orleans, viendo que el trompeta no volvía y la respuesta se di- 
lataba, estaba resuelto á entrar á sangre y fuego, cuando salieron el obispo 
auxiliar y otros i ofrecerle las llaves de la ciudad y á pedirlo perdón para sus 
habitantes. Concedióles el duque el perdón de las vidas, dejando todo lo de* 
más á merced del rey, y en su virtud entró el de Berwick en Valencia {% de 
mayo, 4707) con diez batallones de infantería española y seis escuadrones. Se 
publicó el perdón, se restableció la autoridad real, se recogieron las armas á 
los vecinos, y quedando de gobernador el general don Antonio del Valle, qae 
supo tener aquella bulliciosa población en la quietud mas completa, salió 
Berwick ¿ incorporarse al ejército. 

Habia entretanto el conde de Mahoni sometido á Alcira, y el caballero 
Dasfeldt puesto sitio ¿ la ciudad de Jáiiva, la población valenciana msis tenaz 
en su rebeldía desde el principio de la guerra, y bien lo acreditó cuando la 
tuvo asediada el conde de las Torres. Tampoco ahora quiso rendirse, no obe- 
lante carecer de tropas regladas, y ofrecérsele repetidas veces el perdón, y 
constarle la derrota de Almansa y la sumisión de Alcira y de Valencia; que 
con todo esto, ahora como ¿ntes, todos sus moradores se pusieron en armas, 
seglares, clérigos, frailes, mugares y niños; y fuéle preciso ¿ Dasfeldt ir ga- 
nando casa por casa á costa de muchísima sangre de unos y de otros, aíendo 
tan horrible la mortandad como asombrosa la resistencia. Al llegar ú ooq- 
Vento de San Agustin, fortificado y defendido por los frailes, algunos de ellos» 
que no habian hecho armas y habían estado orando, se interpusieron coa el 
Santísimo Sacramento en la mano entre la ti-opa y sus armados compañeros, 
mas no pudieron contener el furor y el estrago, y cogidos ellos entre dos 
fuegos, perecieron los más, y murieron casi todos los frailes en aquella obsti- 
nada defensa. Asi se conquistó la rebelde ciudad de Játiva, que en castigo do 
* 8u tenacidad fué mandada quemar, y no dejar en ella piedra sobre piatka, 
como habremos do ver luego. 

£1 duque de Orleans, que habia venido rápidamente á la corte dejando al 
de Berwick el cargo de acabar da reducir al reino de Valencia, volvióse in- 
mediatamente (45 de mayo) á buscar el ejército que estaba en la frontera de 
Aragón. Sometiósele de paso Galatayud, á la cual impuso uxia multa de trece 
mil doblones para gastos de guerra, y el 25 llegó á la vista de Zaragoza. El 
conde de la Puebla que allí mandaba salióse con la guarnición austríaca dei 
otro lado del Ebro, y abandonada la ciudad á so suerte pidió capitulación 
ofreciendo la obediencia, por sí y á nombre de todo el reino. Entró pues el 
de Orleans en Zaragoza (S6 de mayo, 4707), desarmó é los habitantes, olire^ 



PARTE llt. LlBhO Vt. m 

tió respetar Uá i'iÚBa y haciendas á las ciadades, villas y lagares del reinó 
que en el-témiao de ocbo dias entregaran las armas y Yolvieran á la obedten* 
cía ddrey, y asi lo. ejecutaron casi todas (4). 

. Por stt parte el de Berwick siguiendo sus marchas llegó sin considerable 
üposicion hasta el arrabal de Tortosa, y atacó el puente de barcas qne habla 
sobre el Ebro para impedir la comunicación de Cataluña y Valencia^ Rindió* 
nosele muchos lugares, socorrió el castillo de Pefiíscola, y encaminándose 
luego por Gaspe pasó á unirse en Bugaraloz con el de Orltons, qtte babia par- 
tido de Zaragoza» ansioso de someter la Cataluña antes que llegaran refuer- 
Bosde los aliados. Juntos pues ambos generales, se dirigieron con todo el 
ejército hacia Fraga, pasaron, aunque con alguna dificultad, el Ginca, haUa* 
nm en Fraga víveres, municiones y alguna artillería que los enemigos aban* 
donaron, se recuperó el castillo de Mequinenza, haciendo prisionera la guar- 
nición, y llegando á las cercanías de Lérida» redcyóronse á bloquearla, dando 
cuarteles de refresco á las tropas fatigadas de las marchas» en tanto que so 
reunían los medios materiales y se yencian otras dificultades y obstáculos pa* 
n poner un sitio en forma. 

Como en este tiempo tuvieran los aliados sitiada la cindad y puerto de To- 
lón de Francia, fué menester que Berwick partiera allá pof la Provenza con utt 
cuerpode doce mil hombres, quedando entretanto el de Orleans con su cuar- 
tel general en Balaguer esperándola artillería de batir (23 de agosto, 4707)» 
Mochos trabajos tuvo que pasar y mochos combates parciales que sostener 
sutes de poder embestir la plaza de Lérida, empresa contra la cual estaban 
las cortes de Madrid y de Versalles» Era ya el %6 de setiembre (4 707) Cuando 
comenzó esta operación: abrióse la brecha el % de octubre, y el 43 se retira- 
ron los enemigos á la cindadela. El príncipe Enrique Darmstadt envió á rogar 
al de Orleans que tratara con consideración á las mugeres y niños que que- 
daban ea la ciudad: el duque se los envió todos á la cindadela para que él 
los gaardase como quisiese. El mariscal de Barwick, después de haber hecho 
levantar el sitio de Tolón, regresó á marchas forzadas y llegó todavía á tiem- 
po de tomar parte en el de Lérida. La ciudadaia fué atacada con un vigor 
sin ejemplo, y á pesar de las contrariedades que los enemigos y las continua- 
das lluvias oponian, el 44 de noviembre, cuando todo estaba dispuesto para 

(I) Coentt Berwick en sos Memorias que caiitaniieolo, y que biio salir al pueblo j al 

para alucinar al paeblo de Zaragoza babia clero en procesión á la muralla y conjurar- 

elcondede la Puebla propalaJo y hecho lo con toda formaüdad y ceremonia. Es muy 

creer al vulgo que no haoia tal ejército posible que el conde, y el clero mismo, lo- 

Inncés que llegara de Navarra, y que el gráran persuadir algo de e^to á la «encilla 

campamento que te difisaba no era era co- pleae para qne no ae desalrntára á la vista 

*> /„^1 7 verdadera, aino de magia y en- del pe.igro. 

Jomo u. Sg 



338 BISTOBIA DE ESPAÑA. 

el asalto, el día mismo que se recibió orden de Versalles para do empefiarso 
eu tamaña empresa, pidieron los sitiados capitulación, qae se les otoi^ó con 
todos los honores militares, y el 44 salieron las guarniciones de la cindadela 
^ castillo. 

A la rendición de Lérida sigaió la de ana gran parte de los lagares del 
llano de Urgél. Gervera encontró la ocasión que deseaba de librarse del yago 
de la rebelión. Sometióse también Tarraga. Un destacamento que fué enviado 
óMorella tomó en principios de diciembre aqtieNa ciudad, que dominando las 
montañas de Valencia y Aragón, abria la puerta á la comunicación con los de 
Tortosa (4). El duque de Noaillés, que por orden de Luis XIV. había entrado 
OOD un cuerpo de ejército por el Ampurdan, llenó su objeto de distraer por el 
norte de CataluHa algunas tropas de los aliados y miquelete^; bien que le*- 
niendo también que concurrir á libertar á Tolón, sitiada por el duque de Sa^* 
boya, su cooperación en Cataluña, aunque inútil, no tuvo otro resultado que 
el de dlyertir algimas fuerzas enemigas. 

Terminadas estas operaciones volvióse el de Orleans á Zaragoza, y desde 
este punto vino en posta á Madrid. Aposéntesele en el palacio que se de:;ia 
de la reina madre (por haberle vivido la madre de Carlos 11.), y redbióselo 
con el placer y con el amor que merecia por su linage y por sus recientes he* 
chos (30 de noviembre, 4707). Aqui tuvo la honra de ser padrino de baoiis- 
mo á nombre de Luis XIV., del príncipe de Asturias, primogénito de nues- 
tros reyes, que había nacido el 85 de agosto, diá de San Luis rey de Francia, 
y á quien por lo mismo se puso el nombre de Luis Fernando. Para que en es- 
te año todo fuese en bonanza para Felipe V., quiso Dios colmar sus deseos y 
los d) la reina y añrmarle en el amor y cariño de los españoles, dándole sn* 
cesión varonil. T como los enemigos habían propalado ser falso el anuncio do 
este feliz suceso, por lo m'smo se celebró el alumbramiento y se solemnizó el 
bautismo con estraordinai ios regocijos y con abundante distribución d<) gra- 
cias y meAsedos (2). Conoluida aquella ceremonia partió el de Orleans para 

(I) San Felipe, Comentarios, A 1707.— (9) Cuando eo S9 de enero se anunció qI 
Belando, Bisi. civil de Bspafta, P. 1 , c. 60 — pueblo el ei lado de la reina, publicaron los 
Macanas, Memorias, cap 85.— El conde de rebeldes en la Gaceta de Zaragoa de 10 de 
Robres, Hist. de las Guerras civiles, MS. febrero que el duque dé Anjou (como llama- 
Macanáz, en el capitulo 85 de sus Mc> ban siempre al rey), viéndose incapaz án 
morias, pono los nombre» de los aragonesa sosie ncrse, para engañar á las Castillas, ha- 
j valencianos mas notables que pelearon bia hecho publicar que la duquesa de Ao-* 
este afio de 1707 en favor del archiduque, y Jou, su mugcr, se hallaba preñada y c<'0 
sirvieron como gefes y cabos en sus ejérci- tres faltas, y anadian ellos que las tres fal- 
tos; y Feliü en el libro XXIU. de sus Ana- tas eran ciertas, pero que era faHa de di* 
les, inserta también varioi cala ogos noroi- neru, falla de víveres y falta de tropas, 
na es de ellos. 



PARTE III. LIBRO VU 33d 

Fraoclá (48 de diciembre). También el de Berwickse encaminó á París, pero 
hízole volver el rey á Zaragoza para que continuara al frente del ejército 
hasta el regreso del de Orleans. 

Las cosas de Aragón y Cataluña quedaban al terminar el aflo 4707 de la 
manera que hemos dicho. En el reino de Valencia las tres poblaciones de 
importancia que conservaban los rebeldes eran Alicante, Denia y Alcoy. Cer- 
ca de la primera pusieron los nuestros un cuerpo de obs3rvacion que la tuvie- 
ra como bloqueada por tierra. A Denia, población tan porfiada en su rebel- 
día como Játiva, se le puso sitio, y llegó á darse nn asalto. Pero defendíala 
^n Diego Rejón, caballero murciano que por un jtísto resentimiento habia to- 
mado partido por el archiduque; hombre que por su generoso comportamien- 
to, por su prudencia, su valor, su instrucción y su cafcallerosa delicadeza se 
hizo querer de nuestros mismos generales, y honraba como guerrero, como po- 
lítico, como hombre de buenos sentimientos al partido que perteneciera. Re- 
chazaron guiados por él los paisanos armados de Denia el asalto de los nues- 
tros, y determinóse levantar el sitio basta ocasión «ñas propia y mejor esta- 
don. Encargado el caballero Dasfeidt del mando de todo el reino de Valen- 
cia, situóse en la capital, cuyos habitantes encontró descaradamente hostiles 
al gobierno del rey. Los bandos de Orleans y de Berwick para que entregaran 
las armas no habían sido cumplidos: nn decreto real que prescribía lo mismo, 
tampoco habia sido ejecutado, antes se despreciaba con desvei^enza hacien- 
do alarde de ensefiar las armas por debajo de las capas. Dasfeidt se empeiSÓ 
en hacerlos cumplir, y como viese qu¿ tampoco era obedecido, mandó prime- 
ramente hacer dh reconocimiento de algunas casas sospechosas con grande 
aparato. Desús resultas hizo ahorcará un hijo del impresor Cabrera, en 
cuya casa se hallaron armas, habiéndose fugado su padre. Y como todavía no 
bastase este ejemplar para traer á obediencia aquella gente indócil, publicóse 
otro bando imponiendo irremisiblemente pena de la vida á los que en el tér- 
mino de veinte y cuatro horas no entregaran las armas, y á los que sabiendo 
que las tenian otros no lo manifestaran. Esto los intimidó de tal modo, que en 
Dn dia y en una noche, entre las que se entregaron y las que arrojadas á la 
calle por las puertas y ventanas recogieron las patrullas, se hallaron mas de 
tremta y seis mil de todas especies. Asi solamente se pudo sujetar aquella 
ciudad que se mostraba indomable (4). 

Habíase tratado, luego que se vio vencidas las rebeliones de Aragón y 

pr.«n"o!r«*n: !^^?"m*?' ^■""^'^ "" ''- de lo. ánimos y el encono de los pcitidoi 
PfPMn otra» particularidades y se reBereo eo aquel reino. 
▼»ri« escenas que maniflestan la agitación 



3V0 HISTORIA DE ESPAÑA. 

de Valencia, de la nueva forma de gobierno que convendria (kr á aquelloa reí* 
nos, que, como es sabido, se regian de muy antiguo por sus particolaret cons- 
tituciones, fueros y franquicias. Encomendó el rey el estudio de este gravúsimo 
negocio, para que sobre él le diese dictamen, á don Melchor de HacaHáz, 
que gozaba reputación de gran jurisconsulto, mandándole que confereiiciase 
sobre ello con don Francisco Ronquillo, gobernador del Consejo de Castilla, y 
Con el embajador de Francia Amelot, que eran dos personas á quienes estaba en 
aquel tiempo confiado todo el gobierno de la monarquía (4). Tratado el asun- 
to con la meditación que merecía, y oido el parecer de aquellos personages, 
especialmente el de Macanáí, ¿ quien se envió con este objeto á examinar la 
legislación de Valencia, se acordó abolir los fueros y privilegios de Valencia y 
Aragón, y que estos dos reinos se rigieran en lo sucesivo por las leyes deCas- 
lilla, estableciéndose en la capital de cada uno de ellos una chancillería igoaf 
¿ las de Valladolid y Granada, con un superintendente para la administración 
de la hacienda, que también se había de uniformar á la de Castilla. Expidió 
Felipe V« en 29 de junio (4 707) el famoso decreto en que se derogaban ios 
antiguos fueros aragoneses y valencianos. 

«Considerando (decía) haber perdido los' reinos de Aragón y Valencia, y 
todos sus habitadores, por la rebelión que cometieron^ faltando enteramente 
al juramento de fidelidad que me hicieron como á su legítimo rey f sefior, 
todos los fueros, privilegios, exenciones y libertades que gozaban, y que con 
tan liberal mano se les habían concedido, asi por mí como por lo^ reyes mis 
predecesores, particularizándolos en esto de los demás reinos de mí corona; y 
tocándome el dominio absoluto de los referidos reinos *de AragOQ y Vale&ciai 

(1) H6 aqai la cariosa pintora que hace los ingleses imprimioroa, oo escQsaiOD 

Macanas do las cualidades y prendas de es* de decir que nás gente babia anoMD* 

tos dos personages, de los cualds Ronquillo tado don Francisco Ronquillo al partí* 

cuidaba de los consejos y tribunales, y do del archiduque, que lu armas de t<M 

de todo lo tocante á la Jusiioia y al gobier- dos los alindoi hablan sujetado en toda U 

no político y económico, Amelot de UGuer- guerra, y t(ue con pocos ministros coflM 

ra, Marina, Hacienda é Indias, aunque los Ronquillo habría el archiduque logrado qo9 

dos corrían de acuerdo en lodo. todas las Castillas se le hubiesen sujetado, 

«Amelot (dice) era prudente, docto, muy como Aragón . Caialufta y Valencia lo liabian 

eiperímentado, advertido y trabajador; Ron- hecho.» Memorias, cap. 87. 
quillo poco advertido, nada estudioso, cor- Acasa Macanázno faó del tododesapa- 

(o de ingenio, fácil á ser engaftado, difícil iionado en este Juicio de Ronquillo, por lo 

de desengafiarse, tenái eñ el concepto que mucho que le contrariaron los consejos del 

hacia, ó en el que le ponian los que estaban ioiimo amigo de aquel ministro, el inqoísi* 

á su lado, pero muy celoso de la justicia, dor de Murcia, obispo de Oviedo, cuyo ca* 

desinteresado amante del rey y enemigo de ri^ter y costumbres pinta con muy feos co-* 

los traidores: y aun su poca política hi- lores, y cuya historia refiere muy minucicH 

10 al rey tantos errmlgos, que en tas sámente. 
Memorias de los hechos de Galloway que 



PAilTE III. LIBRO VI. 341 

pues é la circunstattcia do sdr comprendidos en los demás qae tan legítima- 
m¿ote poseo en esta monarquía, se añade ahora la del justo derecho de la 
cooquista que de ellos han hecho últimamente mis armas con el motivo do 
BU rebelión; y considerando también que uno de los principales atributos de 
la soberanía es la imposición y derogación de las leyes, las coales con la va- 
liedad de los tiempos y mudanzas de costumbres podría yo alterar, aun sin 
los grandes y fundados motivos y circunstancias que hoy concurren para ello 
en lo tocante á ios de Aragón y Valencia: He juzgado por conveniente, asi 
por eslO; como por mi deseo de reducir todos mis reinos de España á la uni- 
formidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y tríbonales, gobernándose 
igualmente todos por las leyes de Castilla, tan loables y plausibles en todcf 
el imiverso, abolir y derogar enteramente, como desde luego doy por aboli- 
dos y derogados, todos los referidos fueros, privilegios, prácticas y costum- 
bres hasta aqui observadas en los referidos reinos de Aragón y Valencia; 
siendo mi voluntad que estos se reduzcan á las leyes de Castilla, y al ose y 
práctica y forma de gobierno que se tiene y ha tenido en ella y en sus tri- 
bunales, sin diferencia alguna en nada, podiendo tener por esta razón igual- 
mente mis fidelísimos vasallos los castellanos oficios y empleos en Aragón y 
Valencia, de la misma abanera que los aragoneses y valencianos han de po- 
der en adelante gozarlos en Castilla, sin ninguna distinción; facilitando To 
por este medio á los castellanos motivos para que acrediten de nuevo los 
afectos de mi gratitud, dispensando en ellos los mayores premios y facías, 
tan merecidas de su esperi menta da y acrisolada fidelidad, y dando á los ara- 
goneses y valencianos recíproca é igualmente mayores pruebas de mi benig- 
nidad, hahilitándolos pira lo que no lo estiban, en medio de la gran libertad 
de los fueros que gozaban antes, y ahora quedan abolidos. 

«En cuya consecuencia he resuelto, que la audiencia de ministros que se 
ha formado para Valencia,. y la que he mandado se forme para Aragón, se 
gobiernen y manejen, en todp y por todo, como las dos chancillerías de Va- 
Uadolid y Granada, observando literalmente las mismas reglas, leyes, prácti- 
ca, ordenanzas y costumbres que se guardan en estas^ sin la menor distinción 
ni diferencia en nada, escepto en las controversias y puntos de jurisdicción 
eclesiástica, y modo de tratarla; que en esto se ha de observar la práctica y 
estilo que hubiere habido hasta aqui, en consecuencia de las concordias ajus- 
tadas con la Santa Sede Apostólica, en que no se debe variar; de cuya reso- 
lución he querido participar al Consejo, para que lo tenga entendido. Buen 
Retiro, áS9 de junio de 4707 (4).» 

(I) Modela Real Academia de la Hísto- loria eiríl, P. I., e. 68. 
ria, Est. SO, gr. S, número 22.— Belando, His- 



8i2 UISTORIA DE ESPAÑA. 

Gran novedad cansó esta providencia en pueblos tan de antiguo acostum- 
brados ,á gobernarse por leyes propias y especiales, y qoe gozaban tantas y 
tan privilegiadas exenciones. T como en ella fueran comprendidos hasta las 
villas y logares, y los particulares y nobles que babian permanecido fieles al 
rey, para acallar sos quejas dio otro segundo decreto (S9 de julio), en que 
ofrecia expedir nuevas confirmaciones de sus privilegios y franquicias á las 
villas, lugares ó familias de cuya fidelidad estaba informado (4). Fué igual- 
mente extinguido el Consejo Real de Aragón, y distribuidos sus ministros en- 
tre los demás consejos, conservando á su presidente el conde de Frigiliana 
todos sus honores, sueldos y gages (t). A establecer la nueva chancillería fué 
enviado á Valencia don Melchor de Macanáz con especíales facultades é ins- 
trucciones, y á su mediación, y á su talento y piudencia se debió que se fa^ 
sen arreglando y dirimiendo mochas y muy graves disidencias que sobro 
competencias de autoridad surgieron al principio, entro el presidente de la 
audiencia don Pedro de Larreategui y Colon, y el caballero Dasfeldt, coman- 
dante general del reino. También se dio á Macanáz el cargo de juez especial 
para entender en todos los procesos de las confiscaciones que hablan de ha« 
cerse á los rebeldes, con tal autoridad, que de su fallo no se admitía apela- 
ción sino al Consejo, y no á otro tribunal alguno (3). 

Tales fueron las providencias generales que se tomaron contra aquellos dos 
reinos en castigo de su rebelión, pero aun fué mayor y mas rigoroso y doro 
el que se impuso á la ciudad de Játiva. Esta población qoe tanto se había se- 
llalado por su ciega adhesión á la causa del archiduque, por su porfiadísima 
resistencia á los ejércitos reales que dos veces la hablan cercado, y por su ar- 
rogante desprecio del perdón con qoe fué repetidamente convidada, sofrió 



(I) Hállase copia de él en Belando, His- pronaDeUredes, por algooo de los íntetes»- 
torta civil, iom. 1., e. sa. éot se introdujere algún reearso, é se «p«- 

(i) Maeanáx fué el qoe propuso la ex- lase eo los casos y cosas eo que confenM 
tiQclon de este Goosejo, á consecuencia de i derecfio se deben otorgar las apclaeio- 
uoa representación qoe aquel cuerpo diri- nes , se las otorguéis para ante loe del 
gió al ley, pidiendo «en términos bastante nuestro Consejo , y no para ante otre 
atrevidos Us reformas que le pareoia en el Jnei ni tribunal alguno, porque álos doais 
gobierno de aquel reino.— Hacanái, Memo- consejos, audieDcias, chancilleriu y demás 
rías, cap. 87. ministros y Justicias de estos nueslraa rel« 

(8) «Don Felipe por la gracia de Dios, oto. nos les inhibimos y bebemos por inhibidos 
(decia el decreto): A vos don Melchor Ma- del conocimiento referido, pues solo hn- 
canáx, salud y gracia: Sabed qoe á nuestro beis de conocer vos de ello, según y ea la 
servicio conviene os encarguéis y ejeriais forma qoe va espoesto, sin que se oa em- 
el Juzgado de conascaciones de bienes to« barace por persona alguna, qae asi es 
cantes á rebeldes de nuestro reino de Vt- nuestra voluntad. Dado en Madrid á a da 
le ocia, etc.» Y concluía asi. «Y si de los aa- octubre de 1707.a 
los y sentencias que sobre ello diéredes y 



PARTjS lil. LlimO VI. 3V3 

todo el rigor de las iras del vencedor, io-a la severidad de qae es capaz en 
soeDojo un sobelraao. Játiva, á piopaesta del general Dasfeldt que la^ entró á 
sangre y fuego, propuesta que aprobaron el de Berwick, y el de Orleans, y 
el Consejo, y el monarca mismo, fué mandada quemar y reducir á pavesas, 
7 qae se borrara sa nombre y quedara todo sepultado en sos cenizas. Y asi 
86 ejecutó (de 4t á 20 de junio, 4707). Sacadas primero las monjas de sus dos 
monasterios, y llevadas á Castilla las mugeres y nifios de la ciudad, con pro-> 
hibicicm de volver á entrar jamás en el reino de Valencia, púsose fuego ¿ 
aquella desventurada población, y toda, á escepcíon de los templos, fué con* 
vertida en cenizas. 

Pero en aquel mismo afio, á consecuencia de vivas representaciones y re- 
petidas instancias dirigidas al rey por don Melchor de Ifacanáz, determinó 
FeLpe V. y ordenó que sobre las ruinas de la ciudad destruida se reedificara y 
levantara otra ciudad, no ya con el nombre de Játiva (que habia de quedar 
borrado para siempre), sino con el de San Felipe: que de los bienes de los 
rebeldes se indemnizara á los pocos que en la ciudad habían sido leales de 
losdafios que sufrieron; que lo demás se aplicara y repartiera entre los nue- 
vos pobladores, y que á los pobres que se hubieran mantenido fíeles se les 
señalara la porción conveniente para su manutención. El cargo de ejecutar 
esta providencia y todo lo relativo á la reedificación de la nueva ciudad y 
orden que en ello habia de guardarse, fué también encomendado por el' 
rey al mismo don Melchor Rafael Macanáz, juez de confiscaciones en. el reino 
de Valencia (4), el cual, con la actividad y celo que acostumbraba desplegar 

(I) Digno et también de aer conocido e^ nuestra gratitud tan merecida de su amor y 

le notable docamento: fidelidad, caüQcada con los trabitjoü y perso- 

«Don Felipe por la graciado Dios, etc. A cucíjnes que pad cieron por nuestro real 
vos don Melchor Rafael Macanáz, Juea de servicio en poder de los rebeldes, de cuyas 
cocSseaciones de nuestro reino de Valencia, personas de todos estados se hallaba iofor- 
salad y gracia. Sabed, que la obstinada re- mada nuestra real persona, por cuyos moti- 
beidia con qae hasta los términos de la de- vos he resuelto que vuelvan á ocupar sus 
sesperaeion resistieron la entrada de núes- easas y posesiones á la referida ciudad y sus 
tras armas los vecinos de la ciudad de Jáli- términos, y que de loa biei.es do los rebeldes 
va, para hacer irremisible el crimen de su del mismo territorio se les dé cumplila sa- 
perjnra infidelidad, desatendiendo la benig- tiafaccioo de todos los daftos y nienosoabos 
nidad con que repetidas veces les franqueó que en los suyos hubieren padecido, y á los 
nuestra real persona el perdón, empeftó que sitndo pobres s¿ mauínri. ron leaioi, so 
Duestra Justicia i mandarla arruinar para les uigne cjnforme á su calid<.d la porción 
extinguir su memoria, como se habia ejecu- conveniente para su manteoimíemo .... 
tado para castigo de su obstinación, y es- «Y porqu.- el culto divino y todo lotagr - 
earmieoto de los que intentasen su mismo do quede indemne y restablecido con ma* 
ciror; y no siendo nuestro real ánimo com* Joras, á proporción del número de lo. nue- 
prehender en esta pena á los inocentes vos pobladores, es nuestra volunta 1 que la 
(auii<|ue fueron muy poco^), antes si de sal- iglesia colegial, parr. quias, conventos y ca- 
var sus vidas y haciendas, y mauifcs'.arlcs pellaniadcouserven la propiedad y usufruc- 



S4i BISTCÍRU m ESPAÑA, 

en todo, dio principio antes de espirar aquel mismo afio á la obra de la re- 
pobladoQ. 

Tales habían sido en este afio de 4707 loa felices sucesos de ]as armas cas- 
teltanas y francesas que debían afirmar el reinado de Felipe de Borbon dentro 
de la península española» y tal el estadoi en qae quedaban los tres reinos de 
la corona de Aragón rebelados por el archiduque} restándonos solo añndir qne 
por la frontera de Portugal habían también los españoles recobrado á Ciudad- 
Rodrigo. Mas á pesar de esta serie de tríanrus sobre Ijs al rr^rg, nb por 
eso renunciarqn á CQntinuar la Iqpha ooi\ la actividad y energ'a que írem n 
iriendow 

tod« todu sos poMs|»iie8, sobre qae |ipr eo, para repirtirlos 4 arbitrio de nviCn 

nuestra real persona se darán en tiempo real persona á naoTos pobladores benemé- 

oportuno las providencias necesarias para ritos, y en especialidad A efleíales de nuet- 

sareediSeacion, qo siendo admitida ei| di» tras tropas, soldados estropeados, Yiudas y 

cha ciudad personiT alguna eclesiistica ni huérfanos de militares, y otros que se hn- 

•eglar notada del crin^en de ii\fldelidad, y bjeren interesado con ignal empefto en nnec- 

para formar de las ruinas de una ciudad re- tro real serTieío; pira lo cual se les manda* 

beldé contó la expresada de Jáiiva (cuyo rin dar los despschos necesarios..... 

nombre ha de quedar borrado) una colonia «T confiando de fos que en este negocie 

fidelísima que se l^ de intitular de San os aplicaréis con el celo y rectitud que se 

Felipe, ha experimentado en los demás que so es 

■T asimismo es nnestri^ Toluntad que to- han encomendado, os cometemos este en- 

dos los bienes de rebeldes, raices, muebles carso y nueva población ete. Dada en 

y semovientes, derechos y acciones que en Madrid á 87 dias del mes de noviembre 

foalquier.manera le pertenetcan ó hayan de 1797 all6s.»««T sigúela instr^cdoo. 
pertei^e^ljg^ apliquen á maestro real fls« 



<.ij .ni. L 



r 



I 



CAnmt vil. 



lEOOOIACIOmSS DB LUIS ZIV, 



60EJIR\ GENERAL i CAMPAÑAS CELEBRES. 



mp %9mm 4 «mi». 



Tona de Aleoy.-~Pérdida de óráo,— Peosamieato pbUMeo alríboido tí duque de Or- 
leiiis.-4Hlo, aUqne y conquista de Tortoia.~Boda8 del archiduque Garlos.— Fiestas de 
Bareelona.— CampaiU de Valeoeia.~Ree6braase para el rey Deoia y Alicante.— Quejas 
de los catalanes contra «a rey.— Respuesta de Carlos.— Pijérdense Cerdefia y Menorca.^' 
Gooflicto y aprieto en que loa alemanes ponen al Sumo Pontiflee.— lli^Taden sus Estados.) 
*-Apr6piaase los. feudos de la Iglesia. -sEspan lo en Roma.— Oblitran al Pontíflce á re- 
conocer á Carlos de Austria como rey de Bspafla.-rCampafia de 4708 en los Países Bajos.; 
■"Apodteanae los aliados de Ulle.— Retirase el duque de Borgofta A Francia.— Causas 
dt asta estrafta eeadueta.— Planes del duque.— Situación lamentable de la Francia.— 
Apuros y conllietos de Luis XIV.— Negociaciones para la paz.— Condiciones que exigen 
los aliados, liumillantes para Francia y España^— Firmeza, dignidad y españolismo de. 
Felipe y.— Gonferenciaa de la Haya.— Artiftcios infructuosos de Luis XIV.— Exígese á 
Felipe que abdique la corona de Espafia.— No)!>le resolución de Felipe y de los espa- 
fieles. -Juran las cortes espaftolaa al principe Luis. como heredero del trono.— Entereza 
de Felipe V* con el Papa.— Causas de su resentlmienlo.;— Despide al nuncio y suprime 
el tribunal de la nunciatura.— Quejas de los magnates espafioles contra la Francia y los 
franceses: disidencia de la c6rte.— Decisión del pueblo espaftol por Felipe V.— Discurso 
notable del rey.— Hábil y mafiosa conducta de la princesa de loe Orai nos.— Separación 
del embajador francés.— Ministerio eapaftol.— Altifas é ignominiosas proposiciones de 
los aliados para la paz.— Rómpanse las negociaciones.- Francia y Espafta ponen en pié 
aineo grandes ejércitos.-^ Ponen otros tantoay mas numerosos los aliados.— Célebrea 
ttmpaftas de 4709.— En Flandes.— En Italia.— En Alemania*— En Espafta.— Resnltado. 
deonas y ottasir-Situacion de la corte y gobierno de Madri^. 



Bajo aospicios favorables comenzó la campafia de 4708, rmdiesdoel conde 
Mahooi la importante villa de Alcoy (9 de enero), receptáculo de los miqnelen 
Ut| YoJiímtarios valencianos, y en cuyos habitantes dominaba el mismo espí<'. 



3 16 ilISTORIA DE ESPAÑA. . 

ritu de rebelión que Ion caro había costado á los de Játíva. No hubo quiea 
pudiera impedir á los soldados el saqueo de la villa , y para que sirviese de es- 
carmiento á otros fué ahorcado en la plaza el comondante de los miqueletes 
Francisco Perera, y puesto después su cuerpo en el camino de Alicante. Ma- 
honi había ejecutd^o esta empresa sin la aprobadon de los generales Berwick 
y Dasfeldt, que hubieran querido dar algún reposo á las tropas y no acabar 
de fatigarlas en aquella cruda estación. Y tanto por esto, como por la poca 
subordinación que habitualmento solia tener el conde Mahoni á sus superio- 
res, lograron éstos quo el rey le destinara con su regimiento de dragones ir- 
landeses al reino de Sicilia, que andaba algo espuesto después de la pérdida 
del de Ñapóles, asi como al brigadier don José de Chaves con los cuerpos que 
mandaba, y que en todo seguia la conducta y la marcha de Mahoni. 

Algo neutralizó la satisfacción que tantos y tan continuados triunfos babian 
causado en la corte y en toda España la nueva que á este tiempo se recibió de 
haberse perdido la plaza de Oran, que sitiada mucho tiempo hacía por los 
moros argelinos, ausiliados de ingenieros ingleses, holandeses y alemanes, £alta 
de socorros desde que el marqués de Santa Cruz se pasó á los enemigos con 
las dos galeras y los cuarenta mil pesos que se le habían dado, al fin hubo de 
rendirse, huyendo con tal precipitación y desorden el marqués de Valdecafias 
su gobernador y los principales oficiales, que dejaron allí otros mochos en mi- 
serable esclavitud de los moros. Lástima grande fué que asi se peí diera aque- 
lla importante plaza, conquista gloriosa del inmortal Gisneros, que estaba sir- 
viendo constantemente de freno á los moros argelinos. Al decir de autoriza- 
dos escritores, no le pesó al embajador francés que se perdiera para Espafia 
aquella plaza. 

Al volver de Francia el duque de Orleans á tomar otra vez la direocion su- 
perior do la guerra, mostró traer ciertos pensamientos, acaso inspirados por 
;el duque de Borgoña, nada desinteresados y nada favorables al rey don Felipe; 
;al menos dábalo á sospechar asi con su conducta y sus palabras (4), lo cual 
no podía agradar á los españoles. De contado antes de entrar en Espafia orde- 
nó al duque de Berwick que pasase á Bayona donde brillaría órdenes del rey 
Cristianísimo, y éstas eran de destinarle á la guerra del Delfinado. Llevóse 
muy á mal el que asi se sacara y alejara de España al ¡lustre vencedor de Al* 



(I) Oiasele decir, sin que se recatara de líos tan leales y tan valtentes como los eas- 

ello, que sí el rey de £spa&a su sobrino He- tellanos, antes tendría á mucha dicha vivir 

gara á «onsenlir en lo qae pretendían sus siempre con ellos, y morir en su defensa 

enemigos, qae era renunciar la corona y para no verlos bajo el. dominio de ana na- 

volverse á Francia, 61 no dejaría perder sa cion estraña cualquiera.— MacaniXi, llem. 

derecho, ni abandonaría jamás unos vasa- c. 1SI. 



PAIlTR III, LIBRO V!. 3v7 

mama. La conducta del de Orleans en la corte, en el tiempo en qae ahora 
permaneció en ella, que fué deH4de marzo al 43 de abril (4708), le hizo 
también perder mucho en el concepto do todos los hombres sensatos, y aun 
en el del públ:co. Porque asociándose solo del duque de Habré, del marqnój 
de Crevekeur, del de Torrecusa, y de otros jóvenes coooc'.dos por sus costum- 
bres libres y por su vida licenciosa y disipada, dieron tales escandí los quefuó 
menester que el alcalde de corte y aun el mismo gobernador del Consejo to- 
maran ciertas providencias que reclamaba el público decoro y pedia la decen- 
cia social. Con que la merecida reputación q e tenia de general entendido, do 
gaerrero valeroso, activo y firme en la ejecución de los planes que conoebia, 
la deslustró con la fama de inmoral que adquirió en la cjrto, y que no desmen- 
tía ni aun en medio de lus ocupaciones de la campana. 

Salió al fin de Madrid, resuelto á continuar la que en Cataluña dejó pen- 
diente el ado pasado, después de dar en Zaragoza las providencias conducen- 
tes á su propósito, de publicar un nuevo indulto para los miquelet^s de Ara« 
gon que dejasen las armas, de inspeccionar las guarniciones y proveer á la 
defensa de las fronteras, puso en movimiento el ejército destinado al sitio y 
ataque de Tortosa, que era la empresa que ahora traia meditada, y á la cual 
había de ayudar el duque de Noailles, general del ejército del Rosellon, aco- 
metiendo la Cerdaña y distrayendo las tropas de los aliados bácia el Norte del 
Principado. Dilatáronse las operac ones del sitio hasta el mes de junio á causa 
de la lentitud con que llegaban las provisiones, y de que un convoy de cien 
barcos que iba cargado de víveres fué sorprendido por una escuadra inglesa 
que se apoderó de todos, á esccpcion de nueve que pudieron salvarse. Al fin 
el mariscal Dasfeldt, junto con el gobernador y el comisario ordenador del 
ejército d¿ Valencia, hallaron medio de surtir al de Orleans, no solo de vitua- 
llas, sino dd artillería y municiones y de todo lo necesario para el sitio, y con 
esto, /construido, aunque con trabajo, un puente sobre el Ebro, se apretó el 
cerco, comenzó el ataque y se abrió trinchera (20 á 22 de junio, 4708). 

Los aliados no habían dejado de prepararse también, cuanto á cada poten- 
cia le permitían sus particulares circunstancias y apuros (4), para ver de re- 
parar el funesto golpe de Almansa y la serie de desastres que á él siguieron. 
La reina Ana de Inglaterra envió algunos refuerzos de tropas y mas de un mi- 
llón de libras esterlinas, que el parlamento, haciendo un esfuerzo, le concedió 

(I) La Inglaterra estaba entonces ame- propio motivo tavo qne enviar tropas y n»- 
aazada por la invasión, qae en efecto inlen- ves á IHiddeiburg; y ai emperador oo ie fal- 
ló por este tiempo, aunque con desgracia, taba A que alentier en sus propios estados y 
Jjcobo 111. protegido por Luis XIV. desdo en los vecinos, 
ai Í»u«rto de DunlLcrque. La Uolanda por el 



n 



GV8 HISTORIA DE ESPAÑA. 

para )a guerra' de Cataluña y Portugal; bizo embarcar también un cuerpo do 
los que operaban en Italia, y dio el mando del ejército de Cataluña al general 
Stanhope, á quien inyistió con el título de embajador cerca del rey Carlos III. 
de Espafia. El lord Galioway se voWió á mandar las tropas inglesas de Extre- 
madura» porque el marqués de las Minas, bombre de avanzada edad, se babia 
retirado á Portugal ¿ poco de lo de Almansa, y quedóse sin mando. También 
el emperador José, á instancias de las potencias marítimaa, únicas que hasta 
entonces habían estado sosteniendo la guerra de Españdi envió ahora un 
cuerpo de ejército ¿ las órdenes del conde de Staremberg, el mas bóbil de sus 
generales después del príncipe Eugenio. Mas todas estas fuerzas, ademas de 
la lentitud con que llegaban de paisas tan distantes, apenas sirvieron sino para • 
reforzar las guamic'ones de Alicante, Denia, Cervera y Tortosa, y mochas de 
ellas eran poco apropésito para pelear en un pais que no conocían. 

Por otra parte el archiduque Cáelos no dejaba de andar distraído con el 
asunto de su matrimonio, que se celebró en este tiempo en Yiena con la prin- 
cesa Isabel Cristina de Brunswick, que para casarse con él había abjurado el 
* año anterior la religión protestante y ^brazado la católica romana ante él ar- 
zobispo de Maguncia. La joven princesa fué enviada ahora é España y con- 
ducida desde Genova por el almirante Lake, trayendo al mismo tiempo en so 
ilota algunos cuerpos de tropas alemanas y palatinas, y desembarcó el SO de 
junio en Barcelona (4 708), donde fué recibida con demostraciones de júbilo y 
con todos los honores de reina, como que lo era para los catalanes como esposa 
de su rey Carlos III. 

Fué esto á tiempo que el duque de Orleans tenía ya apretada la plaza de 
Tortosa. Habíale servido grandemente para esto el caballero Dasfeldt, que 
ademas de las provisiones y víveres que le envió desde Valencia, había ocupa- 
do muy oportunamente los desfiladeros que conducen de este reino á Cataluña. 
El conde Staremberg acudió con todas las fuerzas que pudo reunir para hacer 
levantar el sitio, pero era demaa lado débil para ello, y la plaza se rindió por 
capitulación el 4 4 de julio con todos los honores de la guerra. De los trece ba- 
tallones de tropas estrangeras